Capítulo 22.

Martes, 29 de marzo - Domingo, 3 de abril

El martes por la mañana, Lisbeth Salander accedió al registro de la Policía Criminal nacional y buscó a Alexander Zalachenko. No aparecía por ninguna parte, algo que no le sorprendió ya que, por lo que sabía, no tenía antecedentes penales en Suecia y ni siquiera figuraba en el padrón.

Para entrar en el registro se sirvió de la identidad del comisario Douglas Skiöld, de cincuenta y cinco años, adscrito al distrito policial de Malmö. Se sobresaltó cuando, de pronto, su ordenador hizo clin y un icono del menú empezó a parpadear; alguien deseaba chatear a través del programa ICQ.

Dudó un instante. Su primer impulso fue tirar del cable y desconectarse. Luego, lo pensó mejor. Skiöld no disponía de ICQ en su ordenador. Pocas personas mayores lo instalaban, ya que se trataba de un programa que, en general, utilizaba la gente joven y los usuarios experimentados que querían chatear.

Lo cual significaba que alguien la estaba buscando a ella. Y por tanto no había muchas alternativas. Abrió el ICQ y escribió las palabras:

—¿Qué quieres, Plague?

—WASP, es difícil dar contigo. ¿Nunca miras tu correo?

—¿Cómo lo has hecho?

—Skiöld. Tengo la misma lista. Suponía que estarías usando alguna de las identidades con más autorizaciones.

—¿Qué quieres?

—¿Quién es ese Zalachenko al que andas buscando?

—MYOB.

—¿…?

Mind Your Own Business.

—¿Qué está pasando?

Fuck O, Plague.

—Y yo que pensaba que el discapacitado social era yo, como tú siempre dices. Si nos fiamos de la prensa, en comparación contigo, soy la normalidad personificada.

—«I»

—Otro dedo para ti. ¿Necesitas ayuda?

Lisbeth dudó un momento. Primero Blomkvist y ahora Plague. No había quien parara el aluvión de gente que acudía en su auxilio. Plague era un ermitaño de ciento sesenta kilos que se comunicaba con el mundo exterior, a través de Internet y que hacía que, a su lado, Lisbeth Salander pareciera un dechado de competencia social. Como Lisbeth no contestaba, Plague escribió una línea más.

—¿Todavía ahí? ¿Necesitas ayuda para salir del país?

—No.

—¿Por qué disparaste?

Piss off.

—¿Piensas matar a más gente? Y en tal caso, ¿debo preocuparme? Seguramente sea la única persona capaz de seguirte el rastro.

—Ocúpate de tus asuntos; no tienes de qué preocuparte.

—No me preocupo. Búscame en hotmail si necesitas algo. ¿Armas? ¿Pasaporte nuevo?

—Eres un sociópata.

—Mira quién habla.

Lisbeth desconectó el programa ICQ, se sentó en el sofá y se puso a pensar. Al cabo de diez minutos volvió a conectarse y le envió un mail a su dirección de hotmail.

El fiscal Ekström, el instructor del sumario, vive en Täby. Está casado, tiene dos niños y dispone de banda ancha en su chalé. Necesitaría el access de su portátil o, si no es posible, de su ordenador de casa. Necesito leerle en tiempo real. Hostile takeover con un disco duro espejo.

Lisbeth sabía que Plague raramente abandonaba su casa de Sundbyberg, así que alimentó la esperanza de que hubiese adiestrado a algún acneico adolescente que pudiera hacer el trabajo de campo. No firmó el mail; resultaba superfluo. Quince minutos más tarde, el ICQ volvió a hacer clin.

—¿Cuánto pagas?

—10.000 + gastos para ti y 5.000 para tu ayudante.

—Tendrás noticias mías.

El jueves por la mañana, Lisbeth recibió un correo de Plague. Era una dirección ftp. Lisbeth se quedó perpleja. No esperaba ningún resultado hasta dentro de, al menos, dos semanas. Realizar un hostile takeover, incluso con el programa de Plague y su hardware diseñado a medida, era un proceso laborioso que requería introducir, sin ser detectado, en un ordenador, kilobyte a kilobyte, pequeños fragmentos de información hasta crear un sencillo programa. La rapidez de la operación dependía de la frecuencia con la que Ekström usara su ordenador; luego, eran necesarios unos cuantos días más para transmitir toda esa información hasta un disco duro espejo. Cuarenta y ocho horas no sólo resultaba excepcional, sino teóricamente imposible. Lisbeth estaba impresionada. Activó su ICQ.

—¿Cómo lo has hecho?

—Cuatro personas de la casa tienen ordenador. No te lo vas a creer: no tienen cortafuegos. Seguridad cero. No tuve más que engancharme al cable y cargar. Los gastos ascienden a seis mil coronas. ¿Te lo puedes permitir?

—Por supuesto. Más una bonificación por un trabajo rápido.

Tras vacilar un instante realizó, vía Internet, una transferencia de treinta mil coronas a la cuenta de Plague; no quería malacostumbrarlo con sumas exorbitantes. Luego se acomodó en su silla de Ikea modelo Verksam y accedió al portátil del instructor del sumario, el fiscal Ekström.

Una hora después ya había leído todos los informes que el inspector Jan Bublanski le había enviado. Según el reglamento, ese tipo de información no debía salir de la jefatura de policía, pero Lisbeth sospechaba que Ekström, sencillamente, pasaba de las normas, se llevaba el trabajo a casa y se conectaba a Internet sin ningún cortafuegos.

Una vez más, eso demostraba su tesis de que no hay mejor grieta en un sistema de seguridad que el más tonto de los colaboradores. Gracias al ordenador de Ekström obtuvo información esencial.

Lo primero que descubrió fue que Dragan Armanskij había destinado a dos colaboradores, gratis, para que se unieran al equipo de Bublanski, cosa que, en la práctica, significaba que Milton Security financiaba la caza policial. Su misión consistía en contribuir, de todas las maneras posibles, a la detención de Lisbeth Salander. «Muchas gracias, Armanskij, todo un detalle. Lo tendré en cuenta». Su rostro se ensombreció cuando descubrió quiénes habían sido los elegidos. Bohman le parecía un tipo bastante soso pero, en general, correcto con ella. En cambio, Nicklas Eriksson era un don nadie corrupto que se había aprovechado de su posición en Milton Security para engañar a uno de los clientes de la empresa.

Lisbeth Salander poseía una moral selectiva. Engañar a los clientes de la empresa, siempre con la condición de que se lo tuvieran bien merecido, no le resultaba nada ajeno, pero jamás lo haría tras haber aceptado un trabajo que implicara mantener el secreto profesional.

Lisbeth también descubrió que la persona que filtraba información a la prensa era el mismísimo instructor del sumario, Ekström. Quedaba al descubierto en un correo electrónico en el que contestaba tanto a preguntas sobre el informe psiquiátrico de Lisbeth como a las de la relación de Lisbeth con Miriam Wu.

La tercera pieza de información relevante fue la constatación de que el equipo de Bublanski no tenía ni la más mínima pista para buscar a Lisbeth Salander. Leyó con interés un informe que desglosaba las medidas adoptadas y los sitios que se hallaban bajo vigilancia temporal. Una lista breve. Por supuesto, Lundagatan, pero también el domicilio de Mikael Blomkvist y la antigua dirección de Miriam Wu en Sankt Eriksplan, así como el Kvarnen, donde había sido vista en alguna ocasión. «Joder, ¿por qué daría aquel espectáculo con Mimmi? ¡Qué ocurrencia más idiota!».

El viernes, los investigadores de Ekström también encontraron la pista que los llevó hasta las Evil Fingers. Supuso que eso significaría que controlarían unas cuantas direcciones más. Arrugó el entrecejo; ya podía dar por perdidas a las chicas del grupo, si bien era verdad que no había tenido ningún contacto con ellas desde que regresara a Suecia.

Cuanto más pensaba en el tema, más desconcertada estaba. El fiscal Ekström había filtrado a la prensa todo tipo de mierda sobre ella. A Lisbeth no le costó nada entender su objetivo: darse publicidad y preparar el terreno para el día en el que dictara auto de procesamiento contra ella. Pero ¿por qué no había filtrado el informe de la investigación policial de 1991? El motivo de su inmediato ingreso en Sankt Stefan. ¿Por qué ocultaba aquella historia?

Entró en el ordenador de Ekström y se pasó una hora examinando sus documentos. Al acabar encendió un cigarrillo. No encontró ni una sola referencia a los acontecimientos de 1991. Eso la llevó a una extraña conclusión. Él no estaba al tanto de aquella investigación.

Por un momento, Lisbeth no supo qué hacer. Acto seguido miró, de reojo, su PowerBook. Había dado con algo a lo que el Kalle Blomkvist de los Cojones pudiera hincarle el diente. Reinició el ordenador, entró en su disco duro y creó el documento «MB2».

El fiscal E filtra información a los medios de comunicación. Pregúntale por qué no ha filtrado el viejo informe policial.

Eso debería bastar para ponerlo en marcha. Esperó pacientemente durante dos horas hasta que Mikael se conectó. Mikael abrió su correo electrónico, pero tardó quince minutos en descubrir el documento de Lisbeth y cinco más en responder con el documento «Críptico». No mordió el anzuelo. En su lugar le dio la lata con que quería saber quién había asesinado a sus amigos. Era un argumento que Lisbeth podía entender. Se ablandó un poco y contestó con «Críptico 2»:

¿Qué harías si fuera yo?

Lo cual, de hecho, tenía la intención de ser una pregunta personal. Respondió con «Críptico 3». La dejó perpleja.

Lisbeth:

Si es que te has vuelto loca de atar, probablemente sólo Peter Teleborian pueda ayudarte. Pero no creo que tú hayas matado a Dag y a Mia. Espero llevar razón. Rezo por ello.

Dag y Mia pensaban denunciar el comercio sexual. Mi hipótesis es que eso, de alguna manera, motivó los asesinatos. Pero no tengo nada en lo que apoyarme.

No sé qué salió mal entre nosotros pero en una ocasión tú y yo hablamos de la amistad. Yo te dije que la amistad se basa en dos cosas: el respeto y la confianza. Aunque ya no me quieras, puedes seguir depositando tu confianza en mí. Nunca he revelado tus secretos. Ni siquiera lo que pasó con el dinero de Wennerström. Confía en mí. No soy tu enemigo.

M.

Al principio, su referencia a Peter Teleborian la enfureció. Luego se dio cuenta de que Mikael no pretendía fastidiar. No tenía ni idea de quién era Peter Teleborian; probablemente no lo hubiera visto más que por la tele, donde aparecía como un experto respetado internacionalmente en psiquiatría infantil.

Pero lo que realmente la dejó perpleja fue la referencia al dinero de Wennerström. Ignoraba por completo cómo habría conseguido Mikael averiguar eso. Estaba convencida de que no cometió ningún error y de que nadie en el mundo se había enterado de lo que había hecho.

Volvió a leer la carta varias veces.

La referencia a la amistad la incomodó. No sabía qué contestar.

Al final creó «Críptico 4».

Me lo pensaré.

Se desconectó y se sentó en el alféizar de la ventana.

Hasta el viernes por la noche, alrededor de las once, nueve días después de los asesinatos, Lisbeth Salander no abandonó su piso de Mosebacke. Para entonces, sus provisiones de Billys Pan Pizza y otros productos alimenticios, al igual que la última miga de pan y el último trocito de queso, hacía tiempo que se habían agotado. Hacía tres días que se alimentaba exclusivamente de copos de avena que compró por impulso una vez que se le ocurrió comer más sano. Descubrió que un decilitro de avena acompañado de unas cuantas pasas y de dos decilitros de agua, se convertía, tras un minuto de microondas, en unas gachas perfectamente comestibles.

No fue sólo la falta de comida lo que la hizo salir. Tenía que encontrar a una persona. Y, por desgracia, no podía hacer realidad esa necesidad encerrada en su casa. Se acercó al armario, sacó la peluca rubia y cogió el pasaporte noruego de Irene Nesser.

Irene Nesser existía en la vida real. Su aspecto físico era bastante similar al de Lisbeth Salander. Hacía tres años que había perdido su pasaporte. Cayó en las manos de Lisbeth por mediación de Plague, y desde hacía año y medio ella alternaba su personalidad con la de Irene Nesser en función de las circunstancias.

Lisbeth se quitó los pirsins de las cejas y de la nariz y se maquilló ante el espejo del cuarto de baño. Se vistió con unos vaqueros oscuros, un jersey marrón y amarillo sencillo pero abrigado y unas botas con algo de tacón. Todavía le quedaban en una caja unos cuantos botes de gas lacrimógeno; se llevó uno. También sacó la pistola eléctrica que llevaba más de un año sin tocar y la puso a cargar. Metió una muda en una bolsa de nailon. Dejó el piso bien entrada la tarde. Empezó el periplo por el McDonald’s de Hornsgatan. Lo eligió porque allí resultaba menos probable que se cruzara con alguno de sus ex compañeros de Milton Security que en el de Slussen o en el de Medborgarplatsen. Se comió un Big Mac y se bebió una Coca-Cola grande.

Después de cenar cogió el 4, cruzó Västerbron y se bajó en Sankt Eriksplan. Caminó hasta Odenplan y poco después de la medianoche, estaba en Upplandsgatan ante el portal de la casa del difunto abogado Bjurman. No esperaba que el domicilio se hallase bajo vigilancia, pero advirtió que había luz en la ventana de un vecino de su misma planta y por eso, se dio un paseo subiendo hacia Vanadisplan. Cuando volvió, una hora más tarde, la vivienda ya estaba a oscuras.

En la penumbra de la escalera, Lisbeth subió con pies ligeros hasta el piso de Bjurman. Con la ayuda de un cúter cortó el precinto policial. Abrió la puerta silenciosamente.

Encendió la luz del vestíbulo, que sabía que no se veía desde fuera, y, acto seguido, sacó su pequeña linterna y se dirigió hacia el dormitorio. Las persianas estaban bajadas. Paseó el haz de luz por la cama aún manchada de sangre. Pensó en lo cerca que había estado de morir allí mismo y, de pronto, le invadió una sensación de profunda satisfacción al saber que, por fin, Bjurman había desaparecido para siempre de su vida.

El objetivo de visitar la escena del crimen consistía en averiguar dos cosas. En primer lugar, la conexión entre Bjurman y Zala. Estaba convencida de que tenía que existir algún vínculo, pero al analizar el contenido del ordenador de Bjurman, no pudo sacar nada en claro.

Pero había otra cosa a la que no paraba de darle vueltas. Durante la incursión nocturna que realizó unas semanas antes, advirtió que Bjurman había sacado unos documentos de la carpeta donde guardaba todo el material de Lisbeth Salander. Las páginas que faltaban correspondían a esa parte de la descripción del cometido de Bjurman, redactada por la comisión de tutelaje, donde se resumía el estado psíquico de Lisbeth Salander en términos de lo más sucinto. A Bjurman no le hacían falta esos documentos, así que era posible que hubiese limpiado la carpeta y los hubiese tirado. En contra de esa suposición estaba, no obstante, el hecho de que los abogados nunca tiran documentación relacionada con un caso abierto. Los papeles podían ser todo lo superfluos que se quisiera, pero no dejaba de resultar ilógico deshacerse de ellos. Sin embargo, no estaban en la carpeta ni tampoco en ningún otro sitio.

Se percató de que la policía no sólo se había llevado esas carpetas que trataban sobre Lisbeth Salander, sino también otra documentación. Dedicó dos horas a peinar el piso, palmo a palmo, para averiguar si a los agentes se les había pasado algo. Unos momentos después pudo constatar, ligeramente frustrada, que ése no parecía ser el caso.

En la cocina halló un cajón que contenía diferentes tipos de llaves. Encontró las del coche y también un juego con la de alguna puerta y la de un candado. Se acercó en silencio hasta los trasteros de la última planta e intentó abrir todos los candados del pasillo hasta que dio con el trastero de Bjurman. Había muebles viejos, un armario con ropa trasnochada, esquís, la batería de un coche, cajas con libros y algunos trastos más. No encontró nada de interés, de modo que bajó las escaleras y se sirvió de la otra llave para entrar en el garaje. Dio con su Mercedes y en un instante advirtió que no contenía nada de valor.

Descartó visitar su bufete. Tan sólo hacía unas semanas que había estado allí, la misma noche en la que entró en su casa, y sabía que Bjurman llevaba dos años sin pisarlo. Allí no había más que polvo.

Lisbeth regresó al piso, se sentó en el sofá del salón y se puso a pensar. Se levantó unos cuantos minutos después y volvió al cajón de las llaves de la cocina. Las examinó de una en una. Un juego pertenecía a las cerraduras de una puerta y una de las llaves era antigua y estaba oxidada. Frunció el ceño. Luego levantó la mirada y vio, junto al fregadero, un estante en el que Bjurman había colocado una veintena de bolsas con simientes. Las cogió y constató que se trataba de semillas para plantar en el jardín.

«Tiene una casa de campo. O una casita con jardín en alguna colonia. ¿Cómo se me ha podido pasar?».

Tardó tres minutos en dar con una factura de hacía seis años que revelaba que Bjurman había pagado a una empresa constructora por unos trabajos efectuados en el camino de acceso, y un minuto más en encontrar los papeles del seguro de un inmueble situado en las proximidades de Stallarholmen, fuera de Mariefred.

A las cinco de la mañana se detuvo en el 7-Eleven de lo alto de Hantverkargatan, junto a Fridhemsplan. Compró una considerable cantidad de Billys Pan Pizza, leche, pan, queso y otros productos básicos. También compró un periódico matutino cuyo titular la dejó maravillada.

LA MUJER BUSCADA ¿EN EL EXTRANJERO?

Por motivos desconocidos para Lisbeth, el periódico había elegido no nombrarla. Se refería a ella como «la mujer de veintiséis años». El texto indicaba que una fuente perteneciente a la policía afirmaba que tal vez hubiera huido al extranjero y se hallara en Berlín. No quedaban claras las razones que tendría ella para irse precisamente a Berlín pero, según las informaciones recibidas, había llegado a oídos de la policía que había sido vista en un «club anarcofeminista» de Kreutzberg. El local era descrito como un refugio de jóvenes seguidores de cualquier corriente que fuera desde el terrorismo político hasta el movimiento antiglobalización y el satanismo.

Regresó a Södermalm con el autobús número 4, se bajó en Rosenlundsgatan y paseó hasta Mosebacke. Antes de meterse en la cama preparó café y se comió unos sándwiches.

Lisbeth durmió hasta bien entrada la tarde. Cuando se despertó olisqueó pensativamente las sábanas y constató que ya iba siendo hora de cambiarlas. Dedicó la tarde del sábado a limpiar el piso. Sacó la basura y metió los periódicos viejos en dos grandes bolsas que guardó en un trastero del vestíbulo. Puso una lavadora de ropa interior y camisetas y luego otra con vaqueros. Recogió los platos sucios, puso el lavavajillas y terminó pasando la aspiradora y fregando el suelo.

Eran las nueve de la noche y estaba empapada en sudor. Llenó la bañera y echó sales de baño a discreción. Se acomodó dentro, cerró los ojos y se puso a pensar. Cuando se despertó, ya era medianoche y el agua estaba helada. Irritada, se levantó, se secó y se fue a la cama. Volvió a dormirse casi en el acto.

El domingo por la mañana, cuando conectó su PowerBook y leyó todas las tonterías que habían escrito sobre Miriam Wu, Lisbeth enfureció. Se sintió miserable y le invadieron los remordimientos. No se había dado cuenta de hasta qué punto iban a atacar a Mimmi. Y el único delito de Mimmi consistía en ser… ¿conocida?, ¿amiga?, ¿amante?, de Lisbeth.

No sabía muy bien qué palabra utilizar para describir su relación con ella, pero comprendió que, fuera la que fuese, lo más seguro es que ya hubiese terminado. Se iba a ver obligada a borrar el nombre de Mimmi de su, ya de por sí, corta lista de amigos. Tras el acoso mediático del que estaba siendo víctima, dudaba que Mimmi quisiera volver a tener algo que ver con esa loca psicótica llamada Lisbeth Salander.

Le daba rabia.

Memorizó el nombre de Tony Scala, el periodista que dio el pistoletazo de salida de la persecución de Mimmi. Además, decidió localizar a un desagradable columnista que aparecía retratado con una americana a rayas que se empeñaba en reiterar el epíteto «la bollera BDSM», en una crónica supuestamente humorística de un periódico vespertino.

La lista de personas a las que Lisbeth tenía intención de someter a tratamiento empezaba a ser bastante larga.

Pero primero debía encontrar a Zala.

No sabía con exactitud qué sucedería cuando diera con él.

El domingo por la mañana, a las siete y media, una llamada de teléfono despertó a Mikael. Somnoliento, estiró la mano y lo cogió.

—Buenos días —dijo Erika Berger.

—Mmm —contestó Mikael.

—¿Estás solo?

—Me temo que sí.

—Entonces te sugiero que te metas en la ducha y que prepares café. Vas a recibir una visita dentro de cinco minutos.

—¿Ah, sí? ¿De quién?

—Paolo Roberto.

—¿El boxeador? ¿El rey de Kungsträdgården?

—El mismo. Me ha llamado y hemos hablado media hora.

—¿Por qué?

—¿Que por qué me ha llamado a mí? Bueno, nos conocemos lo suficiente como para saludarnos cuando nos vemos. Le hice una larga entrevista a raíz de la película de Hildebrand en la que participó y luego hemos coincidido varias veces a lo largo de los años.

—No lo sabía. Pero me refería a por qué me va a visitar a mí.

—Porque… bah, creo que es mejor que te lo explique él mismo.

Mikael apenas había salido de la ducha y se había puesto unos pantalones, cuando Paolo Roberto llamó a la puerta. Le abrió y lo invitó a sentarse a la mesa de la cocina mientras buscaba una camisa limpia y preparaba dos espressos dobles que sirvió con una cucharadita de leche. Impresionado, Paolo Roberto observó el café.

—¿Querías hablar conmigo?

—Ha sido idea de Erika Berger.

—Muy bien. Pues adelante.

—Conozco a Lisbeth Salander.

Mikael arqueó las cejas.

—¿Ah, sí?

—Me quedé un poco sorprendido cuando Erika Berger me contó que tú también la conoces.

—Creo que es mejor que empieces por el principio.

—Vale. Verás, anteayer regresé de Nueva York después de un mes y me encontré con el careto de Lisbeth en todos los putos periódicos. La prensa está echándole encima mucha mierda. Hostia, y ni uno solo de esos putos cabrones parece tener ni una maldita palabra positiva sobre ella.

—Has conseguido meter dos «putos», un «cabrones» y un «hostia» en una sola frase.

Paolo se rió.

—Perdón. Es que estoy bastante cabreado. Llamé a Erika porque necesitaba hablar con alguien y no sabía con quién. Como el periodista de Enskede trabajaba para Millennium y da la casualidad de que conozco a Erika Berger, la llamé.

—Vale.

—Aunque Salander se haya vuelto loca y hecho todo lo que dice la policía, hay que darle, al menos, el beneficio de la duda. Vivimos en una sociedad de derecho y nadie debe ser condenado sin haber sido escuchado.

—Estoy completamente de acuerdo —dijo Mikael.

—Eso tengo entendido, por lo que Erika me ha contado. Cuando la llamé pensé que los de Millennium también ibais tras la cabeza de Lisbeth, sobre todo teniendo en cuenta que ese tal Dag Svensson trabajaba para vosotros. Pero Erika me ha dicho que tú piensas que es inocente.

—Conozco a Lisbeth Salander. Me cuesta verla como una asesina psicópata.

De repente Paolo se rió.

—Es una chalada de la hostia, pero va con los buenos. Me cae bien.

—¿De qué la conoces?

—He boxeado con Salander desde que ella tenía diecisiete años.

Mikael Blomkvist cerró los ojos durante diez segundos antes de volver a levantar la vista para mirar a Paolo Roberto. Como siempre, Lisbeth Salander seguía siendo una caja de sorpresas.

—Hombre, claro, Lisbeth Salander boxeando con Paolo Roberto. Estáis en la misma categoría de peso.

—No estoy bromeando.

—Te creo. En una ocasión, Lisbeth me contó que solía hacer de sparring con los chicos de un club de boxeo.

—Déjame contarte cómo empezó. Hace diez años entré como ayudante del entrenador de los júnior que querían empezar a boxear en el club de Zinkensdamm. Yo ya era un boxeador consagrado y el responsable de los júnior pensó que yo podría atraer a la gente, así que empecé a ir por las tardes y me convertí en el sparring de los chicos.

—Vale.

—Y bueno, una cosa llevó a otra, me quedé todo el verano y hasta bien entrado el otoño. Hicieron una campaña y pusieron pósteres y cosas así para intentar despertar el interés de los jóvenes por el boxeo. Y la verdad es que se apuntaron muchos chavales de quince o dieciséis años hasta unos cuantos más. Había bastantes inmigrantes. El boxeo era una buena alternativa a merodear por el centro y meterse en líos. Que me lo digan a mí. Yo sé lo que es eso.

—Vale.

—Y un día, en pleno verano, apareció esa chica flacucha de la nada. Ya sabes la pinta que tiene. Entró en el local del club y dijo que quería aprender a boxear.

—Me puedo imaginar la escena.

—No veas la que montó. Media docena de chavales, más o menos con el doble de peso que ella y considerablemente más grandes, se partieron de risa. Yo también me reí. Nada serio, pero nos metimos un poco con ella. También teníamos un grupo femenino y yo le dije alguna estupidez del tipo «las niñas pequeñas sólo pueden boxear los jueves» o algo así.

—Imagino que ella no se rió.

—Pues no, no se rió para nada. Me clavó sus ojos negros. Luego, alargó la mano y cogió unos guantes que alguien había dejado por allí. Le quedaban enormes y ni siquiera se los ató. Nos tronchamos de risa. ¿Te lo imaginas?

—Esto promete.

Paolo Roberto volvió a reírse.

—Como yo era el entrenador, me acerqué y fingí lanzarle unos cuantos jabs.

—Uy, uy, uy.

—Sí, más o menos. De repente la cabrona me soltó una leche en todos los morros.

Volvió a reírse.

—Allí estaba yo haciendo el payaso con ella; me cogió completamente desprevenido. Me metió unos dos o tres castañazos antes de que ni siquiera se me ocurriera esquivarlos. A ver, su fuerza muscular era cero y sus golpes me hacían más bien cosquillas. Pero cuando yo empecé a esquivarlos ella cambió de táctica. Boxeó de manera instintiva y colocó más golpes aún. Así que comencé a pararlos en serio, y descubrí que la muy cabrona era más rápida que un reptil. Si hubiese sido un poco más alta y más fuerte, allí habría habido un combate en toda regla. ¿Entiendes lo que te digo?

—Perfectamente.

—Y, entonces, volvió a cambiar de táctica y me dio en todos los huevos. Ni te cuento lo que me dolió.

Mikael asintió con la cabeza.

—Así que yo le devolví unos jabs y le pegué en la cara. No fue ningún puñetazo fuerte ni nada por el estilo, sólo un pum. Entonces ella me dio una patada en la rodilla. Aquello era una locura. Yo era tres veces más grande y pesado, y ella no tenía absolutamente nada que hacer, pero me estaba moliendo a palos como si le fuera la vida en ello.

—La habías provocado.

—Luego caí en la cuenta. Y me dio mucha vergüenza. Quiero decir… nos habíamos anunciado con pósteres y todo eso para atraer a los jóvenes al club, y cuando Lisbeth se presenta y dice completamente en serio que quiere aprender a boxear, se encuentra con una panda de chavales que no hacen más que reírse de ella. Yo habría perdido la cabeza si alguien me hubiera tratado así.

Mikael asintió con la cabeza.

—En fin, aquella pelea duró varios minutos. Así que al final la cogí, la tumbé en el suelo y la sujeté hasta que dejó de patalear. Joder, la tía tenía incluso lágrimas en los ojos y me miraba con tanta rabia que… bueno…

—Que empezaste a boxear con ella.

—Cuando se tranquilizó la dejé levantarse y le pregunté si eso de aprender a boxear iba en serio. Me tiró los guantes y se dirigió a la salida. Salí corriendo tras ella y le bloqueé el paso. Le pedí perdón y le dije que, si lo decía en serio, yo le enseñaría, que se presentara al día siguiente a las cinco en punto.

Se calló un rato y su mirada se perdió en el vacío.

—Al día siguiente por la tarde les tocaba a las chicas y ella apareció. La metí en el cuadrilátero con una tía que se llamaba Jennie Karlsson, de dieciocho años, que llevaba más de un año entrenándose. El problema era que no había nadie con el mismo peso de Lisbeth que tuviera más de doce años. De modo que le pedí a Jennie que fuera con cuidado y sólo simulara los golpes, puesto que Salander estaba muy verde.

—¿Y qué sucedió?

—Diez segundos después Jennie tenía el labio partido. Durante un asalto entero, Salander colocó golpe tras golpe y esquivó todo lo que Jennie intentaba. Y estamos hablando de una tía que jamás había pisado un cuadrilátero. En el segundo asalto, Jennie se cabreó tanto que empezó a dar golpes en serio, pero no acertó ni uno. Yo me quedé boquiabierto. Nunca he visto a ningún boxeador profesional moverse con tanta velocidad. Si yo fuera la mitad de rápido que Salander, sería feliz.

Mikael asintió con la cabeza.

—Pero la limitación de Salander era que sus golpes no valían nada. Empecé a entrenar con ella. La tuve en la sección femenina durante un par de semanas y perdió varias peleas, porque tarde o temprano alguien conseguía encajarle un buen puñetazo y entonces teníamos que parar y llevarla al vestuario, porque se cabreaba y empezaba a dar patadas y a morder y pelear de verdad.

—Suena a Lisbeth.

—No se rendía nunca. Pero al final fastidió a tantas chicas que su entrenador la echó.

—¡Anda!

—Sí, resultaba imposible boxear con ella. Sólo tenía una posición, la que nosotros llamamos Terminator Mode; que consiste en dejar KO al adversario; y daba igual si se trataba sólo de un calentamiento o de un entrenamiento con el sparring. A menudo las chicas volvían a casa magulladas porque Lisbeth les había dado una patada. Entonces se me ocurrió una idea. Yo tenía problemas con un chico sirio de diecisiete años llamado Samir. Un buen boxeador: constitución fuerte y con vodka en el golpe, pero no sabía moverse. Se quedaba parado todo el rato.

—¿Y?

—Le pedí a Salander que pasara una tarde por el club cuando yo estuviera entrenando a Samir. Ella se cambió y yo la metí en el cuadrilátero con él, con su protector de cabeza, de dentadura y toda la pesca. Al principio, Samir se negó a hacer de sparring con ella porque «no era más que una jodida tía» y todas esas chorradas machistas. Así que le dije alto y claro, de modo que todo el mundo pudiera oírlo, que ahí nadie iba a hacer de sparring, y aposté quinientas coronas a que ella lo iba a noquear. A Salander le dije que no se trataba de ningún entrenamiento y que Samir le iba a pegar muy en serio. Me miró con su típico gesto desconfiado. Samir todavía estaba de cháchara cuando sonó la campana. Lisbeth tomó impulso con todas sus fuerzas y le endosó un puñetazo con una energía de tres pares de cojones en toda la cara y le hizo besar la lona. Para entonces, yo llevaba entrenándola todo el verano y ella ya había empezado a echar un poco de músculo y a tener algo de potencia en sus golpes.

—Supongo que Samir se pondría muy contento.

—Bueno, imagínate; se habló de esa pelea durante meses. Samir recibió una paliza. Ella ganó por puntos. Si hubiese tenido más fuerza, lo habría dejado bastante maltrecho. Al poco tiempo de empezar el combate, Samir estaba tan frustrado que fue a por ella con todas sus ganas. A mí me aterrorizaba la idea de que acertara, porque entonces habríamos tenido que llamar a la ambulancia. Al encajar algún que otro puñetazo con los hombros ella se hizo unos cuantos moratones y acabó contra las cuerdas, porque no podía resistir la contundencia de los golpes de Samir. Pero el tío estaba a años luz de alcanzarla de verdad.

—Joder, me gustaría haberlo visto.

—A partir de ese día, los chavales del club comenzaron a respetar a Salander. Sobre todo Samir. Y yo empecé a meterla para que hiciera de sparring de chicos bastante más grandes y pesados. Ella era mi arma secreta y resultó ser un ejercicio cojonudo. Diseñamos sesiones de entrenamiento en las que la tarea de Lisbeth consistía en intentar acertar cinco golpes en distintos puntos del cuerpo: mandíbula, frente, estómago, etcétera. Y los chicos con los que peleaba debían defenderse y proteger esos puntos. Haber boxeado con Lisbeth Salander se convirtió en sinónimo de prestigio. Era como pelear con un avispón. La verdad es que la llamamos la avispa y se convirtió en una especie de mascota para el club. Creo que le gustaba porque un día se presentó en el club con el tatuaje de una avispa en el cuello.

Mikael sonrió. Se acordaba perfectamente de su avispa. Formaba parte de la descripción de la orden de busca y captura.

—¿Cuánto tiempo duró?

—Más de tres años, pero sólo una tarde por semana. Yo sólo estuve allí a jornada completa durante ese verano y luego, esporádicamente. El que llevaba las sesiones con Salander era nuestro entrenador júnior, Putte Karlsson. Después, Salander empezó a trabajar y ya no tuvo tanto tiempo, pero hasta el año pasado se dejó ver por allí una vez al mes para entrenar. Yo me la encontraba unas cuantas veces al año y hacía sesiones de sparring con ella. Era un buen entrenamiento; me hacía sudar la gota gorda, por decirlo de alguna manera. Ella casi nunca hablaba con nadie. Cuando no había sparring podía pasarse dos horas dándole al saco de arena intensamente, como si se enfrentara a un enemigo mortal.