Pensó en ello.
Sabía que, a veces, un poco de temor puede ser bueno. Cuando se teme que las cosas empeoren si no se hace algo, puede sentirse uno impulsado a la acción. Pero no es bueno sentir tanto miedo que le impida a uno hacer nada.
Miró a la derecha, hacia la parte del laberinto donde nunca había estado, y sintió temor.
Luego, inspiró profundamente, giró hacia la derecha y empezó a internarse en el laberinto, caminando lentamente en dirección a lo desconocido.
Mientras trataba de encontrar su camino, Haw pensó que quizá había esperado demasiado tiempo en el depósito de Queso Q. Hacía ya tantos días que no comía Queso que ahora se sentía débil. Como consecuencia de ello, le resultó más laborioso y complicado de lo habitual el abrirse paso por el laberinto. Decidió que, si volvía a tener la oportunidad, abandonaría antes su zona de comodidad y se adaptaría con mayor rapidez al cambio. Eso le facilitaría las cosas en el futuro.
Luego, esbozó una suave sonrisa al tiempo que pensaba: «Más vale tarde que nunca».
Durante algunos días fue encontrando un poco de Queso aquí y allá, pero nada que durase mucho tiempo. Había confiado en encontrar Queso suficiente para llevarle algo a Hem y animarlo a que lo acompañara en su exploración del laberinto.
Pero Haw todavía no se sentía bastante seguro de sí mismo. Tenía que admitir que experimentaba confusión en el laberinto. Las cosas parecían haber cambiado desde la última vez que estuvo por allí fuera.
Justo cuando creía estar haciendo progresos, se encontraba perdido en los pasadizos. Parecía como si efectuara su progreso a base de avanzar dos pasos y retroceder uno. Era un verdadero desafío, pero debía reconocer que hallarse de nuevo en el laberinto, a la búsqueda del Queso, no era tan malo como en un principio le había parecido.
A medida que transcurría el tiempo, empezó a preguntarse si era realista por su parte confiar en encontrar Queso Nuevo. Se preguntó si acaso no abrigaba demasiadas esperanzas. Pero luego se echó a reír, al darse cuenta de que, por el momento, no tenía nada que perder.
Cada vez que se notaba desanimado, se recordaba a sí mismo que, en realidad, lo que estaba haciendo, por incómodo que fuese en ese momento, era mucho mejor que seguir en una situación sin Queso. Al menos ahora controlaba la situación, en lugar de dejarse llevar por las cosas que le sucedían.
Entonces se dijo a sí mismo que si Fisgón y Escurridizo habían sido capaces de seguir adelante, ¡también podía hacerlo él!
Más tarde, al considerar todo lo ocurrido, comprendió que el Queso del depósito de Queso Q no había desaparecido de la noche a la mañana, como en otro tiempo creyera. Hacia el final, la cantidad de Queso que encontraban había ido disminuyendo y lo que quedaba se había vuelto rancio. Su sabor ya no era tan bueno.
Hasta era posible que en el Queso Viejo hubiera empezado a aparecer moho, aunque él no se hubiera dado cuenta. Debía admitir, no obstante, que si hubiese querido, probablemente habría podido imaginar lo que se le venía encima. Pero no lo había hecho.
Ahora se daba cuenta de que, probablemente, el cambio no le habría pillado por sorpresa si se hubiese mantenido vigilante ante lo que ocurría y se hubiese anticipado al cambio. Quizá fuera eso lo que hicieron Fisgón y Escurridizo.
Decidió que, a partir de ahora, se mantendría mucho más alerta. Esperaría a que se produjese el cambio y saldría a su encuentro. Confiaría en su instinto básico para percibir cuándo se iba a producir el cambio y estaría preparado para adaptarse a él.
Se detuvo para descansar y escribió en la pared del laberinto: