9

Empecé a pasar gran parte de mi tiempo libre en casa de Jimmy. Su padre había dejado el turno de día y había empezado a trabajar de nuevo por la noche, así que solía estar en casa. Me gustaba hablar con él; contaba cosas bastante interesantes, si uno se tomaba la molestia de escucharle. Como, por ejemplo, la masacre del día de San Valentín, cuando se cargaron a todos aquellos tíos en un garaje y luego se cepillaron también a un florista llamado Dion O’Bannion en su propia tienda.

Una vez le pregunté al sargento Crosby:

—¿Ha estado usted metido en algún caso de asesinato? No me refiero a asuntos de gangsters, sino a cuando se encuentra un cadáver y no se sabe quién ha sido.

Me dijo que nunca había llegado hasta el final, porque los que trabajaban en esos asuntos eran los detectives de homicidios. Pero que sí que había estado en alguno. Recordaba sobre todo uno de cuando él era joven y se dedicaba a patrullar por las calles. Se había fijado en una chica muy atractiva; ella vivía en un edificio de apartamentos en la zona que él patrullaba, y la solía ver llegar a casa después de su trabajo, por la noche Nunca había hablado con ella ni naca pero le había llamado la atención porque estaba muy bien. «Alta, morena y tenía un cuerpo así como una botella de Coca-Cola», era su descripción.

El caso es que parece ser que un día mientras él paseaba por la calle pensando en sus cosas, salió corriendo del edificio una señora, gritando «¡Asesino!, ¡asesino!». Se agarro a él y, chillando tanto que no había quien la entendiese, le arrastró hacia la casa. Dentro, le subió a un apartamento, resultaba que ella era a portera y tenía las llaves, y allí, tirada en el suelo, con su preciosa cara ensangrentada, estaba la joven en la que se había fijado el sargento Crosby.

—Desnuda, como un pájaro sin plumas —recordó con un suspiro—. En fin, el caso es que el chalado que se la había cargado había dejado allí la pistola y había salido corriendo. La señora estuvo a punto de cogerla para dármela, pero yo grité «¡Quieta!». La envolví en mi pañuelo y llamé a los detectives. Encima, el idiota había dejado huellas dactilares por todas partes y le cogimos enseguida. Era su marido y quería que ella volviese con él. Como ella no quiso, la mató.

—Su marido —dije yo—. ¡Caray!

El sargento Crosby encendió un puro. Estaba esa mañana sentado en el salón, en camiseta, bebiéndose una botella de cerveza. Para Jimmy y para mí era la hora del desayuno, pero para él, que acababa de salir del trabajo, era como si fuera de madrugada.

—¿Y si él hubiese sido un poco más listo? —le pregunté—. ¿Y si hubiese borrado las huellas de la pistola, o se la hubiese llevado?

—Si hubiese borrado las huellas le hubiéramos pillado también. Seguro que la había comprado a alguna casa de ventas por correspondencia. Y si la hubiese escondido la habríamos seguido la pista y habríamos dado con ella, habríamos comparado sus balas con la que la mató y le hubiéramos pillado de todas formas. Los únicos que consiguen escapar son los mañosos. Tienen muchos medios para deshacerse de una pistola, toda una red subterránea de tráfico de armas.

Jimmy me miró. Supuse que estaría pensando en la pistola del señor Hall v le hice un gesto con la cabeza para que no dijese nada.

El sargento Crosby terminó la cerveza y se estiró.

—No sé qué hacer, si irme a la cama o tomarme otra cerveza.

—Imagino que a veces se sentirá un poco solo —dije con la idea de que siguiésemos hablando—. La señora Crosby que en paz descanse ¿cuánto hace de ello?

Frunció las cejas.

—Más de diez años.

—Espero no ser indiscreto, pero ¿ha pensado alguna vez en volverse a casar?

Me miró de una forma extraña.

—Alguna vez —echó una bocanada de humo del puro—. Pero luego me lo pienso mejor y veo que no merece la pena. Jimmy, baja a la bodega y súbeme otra cerveza, anda.

—Estaba pensando en el tipo ése que mató a su mujer —expliqué—. Qué bobada. Podía haberse ido tan tranquilo y haberse buscado a otra.

—No siempre es tan fácil —dijo el sargento Crosby—. No es su aspecto físico lo que las hace tan especiales, sino otras cosas. Por ejemplo, mi Mary Agnes… —se detuvo—. Bueno, era exactamente lo que yo necesitaba. No he vuelto a encontrar a nadie como ella.

Y se puso a hablar otra vez de formas y maneras de asesinar. Dijo que lo de las pistolas y los cuchillos estaba de moda. Igual que lo de dar palizas o estrangular.

—En las novelas policiacas se habla mucho del veneno —siguió diciendo—, pero en realidad no te lo encuentras muy a menudo. Es un sistema demasiado elaborado para la media de inteligencia de los que se empeñan en matar a alguien. Es más frecuente el empujón por una escalera o por una ventana, pero tiene el inconveniente de que si sobrevive la víctima, el que le empujó no tiene ninguna escapatoria.

Asentí con la cabeza. Era cierto.

—En fin —Jimmy se levantó del sofá y se dirigió hacia la puerta—. ¿Por qué no hacemos algo? Últimamente parece que lo único que te apetece es estar sentado y hablar…

—A lo mejor es que me estoy haciendo mayor —le dije—. Cada vez me interesan más las cosas, me gusta leer los periódicos…

—¿Has visto lo de Hitler en Alemania? —me preguntó el sargento Crosby—. Fíjate bien en lo que te digo, este tipo está tramando algo.

—Sí, he leído algo de eso. Y también que esta mañana ha habido otro crimen pasional aquí, en nuestra ciudad. Sólo que esta vez fue la mujer la que disparó al marido porque le estaba engañando con otra.

—Gracias a Dios que no ha sido en mi distrito —dijo el sargento Crosby—. Bueno, ya está bien, muchachos, me voy a la piltra, que estoy muerto.

—Pues a ella también la han cogido, igual que lo que dijo usted antes. ¿Siempre se sospecha automáticamente de la mujer o del marido?

El sargento Crosby dio un gran bostezo.

—Nueve de cada diez veces se trata de alguien que conoce muy bien a la víctima. ¿Y quién mejor que el propio marido o la propia esposa?

—Sí —dije—, tiene razón. O el amante. Venga, Jimmy, si estás tan ansioso por hacer algo, vamos a acercarnos a los billares a echar una partida.

—Chico, desde que trabajas estás que lo tiras —Jimmy abrió la puerta y me dejó pasar el primero—. Por cierto, ¿cómo va el Hindustani Palace? Yo te puedo decir que la señorita Sally Rand los deja tirados por el pasillo.

—Estamos haciendo un buen negocio —dije—. Todo marcha de perlas.

No dormía bien por las noches. Era porque oía ruidos. Alguien seguía subiendo y bajando cuidadosamente las escaleras. Pero cuando salía a mirar, no había nadie. Se le debía dar muy bien lo de esconderse. Y debía ser muy listo. Un par de noches me quedé despierto y me escondí en el pasillo para pillarle, pero no apareció nadie.

Le pregunté a Al una mañana si alguna noche había oído ruidos. Estaba en su habitación, peinándose antes de bajar a desayunar.

Estaba muy concentrado haciéndose la raya ante el espejo.

—Oigo al perro de ahí al lado —me dijo—. Se pasa la noche ladrando. Le he dicho a tu madre que hable con la dueña —dejó el peine y se puso a contemplar el cabello, fino y rubio, en el espejo.

—Es la señora Hennessey —le dije—. Le trae sin cuidado lo que diga mi madre. Hace mucho, yo era un crío, se enfadó con mi padre por no sé qué y desde entonces no nos hablamos. Pero no me refería al perro; ¿no oye otros ruidos? —bajé la voz—. ¿Como si alguien fuese de puntillas de una habitación a otra?

Abrió un frasco que había sobre el buró y se extendió por la cara un líquido que olía como a dulce. Loción para después del afeitado, ponía en la etiqueta.

—Pues no sé. No sé —puso cara de no querer decir nada más.

Me entretuve jugueteando con los cepillos encima del buró.

—Usted vive en Nueva York, ¿no es así, Al? ¿Cómo es la vida allí? Muy ajetreada, ¿no?

Frunció el entrecejo, colocó los cepillos que yo había desordenado y se puso el abrigo.

—Estoy casado y tengo seis hijos. Para el que tiene seis hijos, Nueva York es exactamente igual que cualquier otra ciudad.

—Ya veo —me fui encaminando hacia la puerta—. Pero los otros, Bert y los demás supongo que le sacarán provecho, ¿no?

Se abrochó el abrigo y fue hacia la puerta.

—Lo que hagan mis compañeros es asunto suyo —dijo con mucho remilgo. Abrió la puerta y salió al pasillo.

—Claro, por supuesto, no quería decir eso. Yo siempre he deseado ir a Nueva York, sólo era eso. Porque allí hay de todo… Buenos días, Lurlane.

Ella cerró su puerta y pasó junto a mí sin mirarme.

—Buenos días, Buddy —lo dijo con frialdad. Siempre me trataba así, desde la noche aquella en que hablamos.

Tamara salía también de su habitación en ese momento.

—Buenos días, Buddy —dijo con voz cantarina—. Hace un día espléndido, ¿verdad? —miró hacia el piso de arriba—. ¿Ya ha bajado el señor Hall?

—No le he visto —me aparté y dejé pasar a Al y a Tamara—. Voy a ir a avisar a Bert y a él. Mi madre ha hecho hoy bizcochos y no querrá que se enfríen.

Llamé a la habitación de Bert. Se oyó un gruñido, abrí la puerta y me asomé. Estaba de pie, en bata, mirando por la ventana.

—Buenos días —dije alegremente—. Dese prisa, que el desayuno está servido.

Bert hizo una mueca. Tras él, en la mesilla de noche, había una botella vacía.

—Esta mañana no tengo mucho apetito —dijo. Me miró beligerante—. Anoche me cogí una buena. Me siento horriblemente mal.

—Temía que hubiese dormido mal por los ruidos que hacía alguien que andaba por ahí. ¿No ha oído a nadie?

Se llevó las manos a la cara y se restregó los ojos.

—¿Que si he oído a quién?

—No sé quién sería —me acerqué a él—. Usted duerme justo al lado de la habitación de Lurlane. ¿Ha tenido ella visita?

Se quitó las manos de los ojos y me miró con frialdad, fijamente.

—Eres un entrometido de mierda, ¿no? ¿Y a ti qué te importa?

—Esta es mi casa —dije con determinación—. La casa de mi madre —corregí—. A ella no le gustaría…

—¿Sí? Pues entonces deja que tu madre se preocupe. Y ahora sal de aquí para que me pueda vestir. No olvides el cuento de los tres monos. No ver, no oír, no hablar. Eso es lo que hay que hacer en este mundo, muchacho. Sigue esta norma y verás qué bien te va.

Mientras salía de la habitación de Bert, el señor Hall bajaba las escaleras.

—Hola —le saludé y esperé educadamente a que pasara—. Por favor, dígale a mi madre que bajo enseguida —le dije—. He olvidado algo en mi habitación.

Cuando dejaron de oírse los pasos del señor Hall, abrí la puerta de su cuarto y me deslicé dentro. Llevaba tiempo preguntándome si seguiría su pistola debajo de la almohada. Podía oír a Bert, bajo mis pies, dando vueltas por su habitación, así es que crucé el cuarto de puntillas y metí la mano debajo de la almohada.

Allí no había nada.

Miré debajo de la otra almohada, entre la ropa de cama e incluso debajo del colchón. No había pistola. Revolví los cajones del buró y dentro del armario. Tampoco estaba allí. Eché una mirada en redondo a toda la habitación, mordiéndome el labio. Es mucho más inquietante una pistola que ha desaparecido que una que está a la vista. Pensé que sería mejor que le contase a mi madre lo de la pistola del señor Hall. Y lo de que alguien se daba paseos nocturnos.

Llevaba demasiado tiempo cargándome la cabeza con el sentimiento de culpabilidad que me producía el saberlo. Tendría que decirle que me rondaba el horrible presentimiento de que algo malo iba a ocurrir. Puede que esta vez no me dijese que tenía mucha imaginación. Siempre de puntillas, lo coloqué todo y luego miré por la ventana del señor Hall. La señora Hennessey estaba en su porche. Sólo con ver la parte de arriba de su cabeza sabía que estaba mirando, como siempre, a nuestra casa. Tengo muy buena vista.