7

El padre Connolly estaba sentado en una hamaca en el patio de la escuela parroquial escrutando el cielo. Estaba allí, sin abrigo y con un delantal de carpintero. Había estado pintando la plataforma del tiovivo de los niños pero al verme lo dejó y dijo que de acuerdo, que si yo quería me escucharía.

Dio un pequeño impulso a la hamaca y yo hice lo mismo en la mía, con lo que nos pusimos a balancearnos adelante y atrás casi al unísono.

—Cuando yo tenía tu edad, Buddy —dijo lentamente—, ya estaba en el seminario, con lo que me evité muchos desengaños.

—¿Desengaños? —le di un impulso aún más fuerte a mi hamaca—. ¿Así es como lo llama? ¿Descubrir que el mundo es algo espantoso?

—No es espantoso, Buddy. Puede que algunas personas lo sean, pero tienes que aprender a ser compasivo…

—Diga —dejé de balancearme—, tengo algunas preguntas que hacerle y quiero respuestas concretas, no un sermón sobre la bondad de Dios.

Él también dejó de balancearse. Sentí sus ojos sobre mí. Miré fijamente la lata de pintura y la brocha que había dejado al sol.

—Se supone que tengo que honrar a mi padre y a mi madre —dije—. Pero ¿cómo voy a honrar a mi padre siendo como es?

—¿Y cómo es tu padre? —Su tono era dulce, y eso me fastidió. Él ya sabía cómo era. Antes de irse, mi padre se había confesado con el padre Connolly, como el resto de la familia. Además, el cura tenía que saber todo lo que pasaba en la parroquia. Si él no estaba enterado ¿quién lo iba a estar?

—No trabaja y bebe y… creo que fornica. Eso es adulterio, ¿verdad? ¡Y sólo Dios sabe qué más cosas hace!

—Sí, seguro que Dios lo sabe. Y si tú encontraras algo en tu corazón para poder perdonarle, estoy convencido de que le ayudarías. Tu madre es una persona caritativa, ¿no es así? Ella le perdona, y Dios también.

Fruncí el entrecejo.

—Fiona Genna… —Le miré a la cara—. ¿Él es el padre de su hijo?

—No te puedo contestar a eso, Buddy. —No me miraba a los ojos.

—¿Por qué? ¿Es que soy demasiado joven?

—No. Porque, aunque lo supiera, los sacerdotes guardamos el secreto de confesión. Sólo puedo hablarte de lo que es de conocimiento común, que Carmine Genna va a traer de Italia un marido para Fiona. El niño va a tener apellido.

Me imaginé lo que podría sentir cualquiera que se casase con una mujer que iba a tener un hijo de otro.

—¿Cómo puede ser capaz? —dije ásperamente.

El padre Connolly se encogió de hombros. Estaba colorado por el sol hasta el límite de su incipiente calva. Por primera vez lo vi como a un hombre, un hombre como los demás, que había hecho unos votos. ¿Sería también igual que los demás por debajo de la sotana?

—Imagino que en Europa habrá muchos jóvenes ansiosos por venir aquí —dijo—. Tan ansiosos por venir que no ponen reparos… —Sus palabras se diluyeron—. ¿Has vuelto a pensar en lo del seminario? En alguna ocasión he llegado a pensar que tenías una auténtica vocación por el sacerdocio.

Moví obstinadamente la cabeza.

—No. No soy lo suficientemente bueno.

—A veces me pregunto —dijo reposadamente—, si alguno de nosotros lo es.

Me levanté de la hamaca rabioso.

—No me está usted ayudando. Puede que nos enseñe catecismo y a jugar a la pelota, pero usted no puede ayudar a nadie. Mi madre está sufriendo, ante mis propios ojos. ¿Qué puedo hacer? Eso es lo que quiero saber. ¿Por qué no se quedó donde estaba?

El padre Connolly miró al suelo.

—Buddy, debes perdonarle. Es tu padre. Lo hecho, hecho está. Me dijiste que ahora tenía trabajo. Quizá ha cerrado un capítulo de su vida.

—Lo dudo. Sí, lo dudo. —Volví a ver a mi padre bebiendo cerveza con Lurlane. ¿Cómo Lurlane me había podido hacer esto a mí?—. Trabaja en una casa de pecado. ¡Y yo también!

El padre Connolly me echó una mirada rápida.

—Si tú lo sientes así, ¿por qué no lo dejas?

Enrosqué mis manos en la barra que sujetaba las hamacas.

—Al principio no era así. No me lo pareció. Pensaba,…quiero ser un hombre, un hombre como es debido. Pero ¿puede un hombre ser decente?, ¿puede un hombre ser bueno?

—Por supuesto que sí. Nació en el pecado, pero a pesar de ello, debe intentarlo.

—Entonces, ¿por qué no lo hace? Tantos gangsters, tantos asesinatos. Siempre lo mismo en los periódicos. Pistolas y muertos. Muerte, muerte, muerte… Y la Policía. Continuamente oigo hablar de eso, todo el mundo habla de eso. Y los políticos burlándose de nosotros. Exceptuando quizás a Roosevelt. Puede que él se salve. ¡Eso espero!

—Todas las noches rezo por el presidente —dijo el padre Connolly.

—¡Rezar! —casi escupí la palabra—, ¿para qué sirve? Nunca, en toda mi vida, he recibido una sola respuesta a mis oraciones.

—Puede que no rezases por lo que tenías que rezar.

Mi enfado iba creciendo, casi hasta convertirse en asco.

—¿Cómo puede decir eso? ¿Y usted qué sabe por qué rezo? Quiero ser un hombre bueno, un buen hijo. Quiero encontrar un trabajo digno, trabajar duro y casarme con una mujer decente… —Me detuve. Mi madre debía ser una mujer decente. Me pregunté, a mí mismo o al que quisiera oírme—. ¿Por qué se casó con él? Ella era de buena familia. ¿Por qué tuvo que casarse con ese gandul irlandés?

—Si estás hablando de tu madre, puedo confirmarte que es de buena familia. Los O’Malley eran auténticos pilares de la Iglesia. Por entonces yo era seminarista. Llevo en St. Patrick cerca de veinte años… Recuerdo a tu madre en aquellos días. Era una joven buena, no una chiquilla atolondrada, sino con una mente sana y un corazón puro, y era una buena hija. Quizá no tan guapa como otras. Algunos incluso la calificaban de corrientucha, pero ella no quería aparentar, es decir llenarse la cara de pinturas y polvos, que eso es lo que algunos creen que es ser guapa. Y había muchas chicas guapas que echaron el ojo a Donal Carmody nada más llegar a Chicago, te lo aseguro. Era como un soplo de aire fresco del Shannon; en serio, un muchacho encantador de mirada vivaz y acento seductor. —Chasqueó los dedos para sí mismo—. Había algo del amigo Caín en él, sí, pero nada que no pudiera arreglarse… —Hizo una pausa, suspiró—. Me gustaría saber cómo el diablo consigue adueñarse de los hombres. No quiero decir con esto que tu padre esté endiablado. Te han estado contando chismes, Buddy, chismes que no deberían existir.

—Le aseguro que no son chismes —protesté—. Son cosas que yo he visto con mis propios ojos. ¿Cómo puede ella soportar tantos abusos?

—¿La pega? ¿Es cruel?

—¡Que si la pega! Pues claro. Una vez intentó ahogarla. Menos mal que entré yo y pude apartarle. Pero luego cerraron la puerta. ¡Y entonces hizo lo que quiso!

—Buddy, yo, naturalmente, no me he casado, así que supongo que no me considerarás un experto. Pero he tenido padre y madre, como todo el mundo y, además he tenido que dar consejo en muchas ocasiones a más de un matrimonio. El caso es que las mujeres como tu madre se entregan en cuerpo y alma al hombre con el que se casan. Eso es todo. Siempre será igual. Al decir mujeres como tu madre me refiero a las que, como Beulah O’Malley, no tienen muchos pretendientes, a diferencia de otras. Luego viene a cortejarla un Donal Carmody con todo su encanto y la muchacha se siente como en la gloria. Recuerdo perfectamente el día de la boda, en sus ojos cabían todas las estrellas. Muchacho, deberías estar orgulloso de que tu madre sea una persona tan equilibrada. Es hogareña. No se encuentra tan fácilmente una mujer tan fiel y amorosa como tu madre. Donal Carmody, en ese sentido, es un hombre afortunado. Marido, iglesia y hogar. Ese es el universo de tu madre. Ver esta viva imagen de la devoción es lo que más me complace.

—Es decir, que ¿no importa la cantidad de veces que la ha tratado mal? ¿Ni las que lo siga haciendo? ¿Me está diciendo que es justo que ella sea siempre la que tiene que dar sin recibir nada a cambio?

Se levantó de la hamaca y vino hacia mí.

—Escucha, Buddy, no creo que tu padre sea tan malo. A medida que vayas creciendo te irás dando cuenta de que hay muchos hombres que no pueden llevar a cabo sus sueños, o los de su mujer, en este caso. La mayoría de los pecados de tu padre son por omisión, no por comisión. Tu madre lo sabe y sospecho que eso hace que le quiera aún más.

—Entonces, ¿es que no tuvo nada que ver con Fiona Genna? ¿No fue por eso por lo que se fue de la ciudad?

—No puedo decirte —replicó, abriendo mucho los ojos.

—¡Sí lo puede decir! Ella se lo tuvo que contar. Usted es su confesor.

Movió la cabeza lentamente.

—No me dijo el nombre. No quiso. Pero hablábamos de no poder llevar a cabo nuestros sueños, Buddy. Cuando me ordenaron, yo tenía hermosísimas ideas sobre cómo ayudar a la gente, dedicándole toda mi vida. Pero luego descubrí, para mi amarga decepción, que la mayoría de las veces son ellos mismos los que no te dejan…

—¡Estupendo! —pegué tal puñetazo al poste que me quedé con la mano ardiendo—. ¡Maravilloso! Usted no quiere decir ni que es culpable ni que es inocente. Pues muchas gracias, padre Connolly. ¡Muchísimas gracias! —Me entraron ganas de darle una patada a la lata de pintura cuando me fui; pero no lo hice. Me hubiese producido demasiada satisfacción, y yo creo que quería sentirme miserable. De hecho, así me sentía; todo el camino hasta casa de Jimmy fui sintiéndome tan rastrero como el vientre de una serpiente y lleno de furia.

Cuando llegué a su casa, Jimmy Crosby estaba levantándose de la cama. No había nadie más, pues su padre estaba de servicio.

—Jimmy, quiero ir a una casa de putas —le dije—. Tú sabes dónde están.

—¿Ahora mismo? —respondió bostezando.

—Sí, ahora. Por la noche no puedo, tengo que trabajar. Y después, imposible, mi madre armaría un escándalo.

—Vaya —pareció dudar—. No sé si estarán abiertas tan de mañana.

—Tienen que estar —razoné—. Hay muchos tíos que trabajan de noche y algún apaño habrá para ellos.

—Pues no sé. —Jimmy cogió los pantalones que colgaban de una silla. Se movía más despacio que una tortuga.

—Venga, date prisa. No tengo todo el día.

Se quedó con una pierna dentro del pantalón y la otra fuera.

—¿Tienes dinero?

—Me pagaron ayer.

—Es caro.

—En fin, no costará más de cinco dólares, ¿verdad? Venga, espabila. ¿O es que…? —De repente tuve una sospecha—. A lo mejor no sabes dónde están. A lo mejor aquel día me dijiste que habías estado con una, me metiste una bola. ¿A que sí? Por eso estás poniendo tantas pegas.

—No es cierto —me miró furioso—. Es que lo que no se puede es llegar a casa de alguien, sacarle de la cama y decirle: «Vamos a una casa de putas». Al menos dale tiempo a que se lo piense y se vaya haciendo a la idea.

—Mientes —le acusé—. Apuesto cualquier cosa a que no has hecho ni la mitad de lo que has contado.

—¡Sí que he estado en una casa de putas! —Ya tenía puestos los pantalones y ahora buscaba los calcetines.

—Habrás estado, pero seguro que nada más. Entrar y salir. —Empezaba a comprender que no podías fiarte de nadie en este mundo.

—Bueno… había mucho lío aquella noche. —Jimmy me miró y enrojeció—. Dijeron que…, bueno, ella dijo que no tenía tiempo para andar con niños, que volviese otro día que tuviera tiempo para jugar con niñitos. —Su rostro pasó del rosa al rojo remolacha sólo de pensarlo.

—A lo mejor por la mañana no están tan ocupadas.

Me senté al borde de la cama.

—Puede —encontró los zapatos y se los puso.

—¿Cómo era?

—¿Quién?

—La prostituta. ¿Era joven?

—Creo que sí. Más o menos —metió los brazos en las mangas de la camisa.

—¿Era guapa?

—Así, así. No lo sé. Tenía muchas porquerías en la cara.

—¿Era la única o podías elegir?

Se lo pensó unos instantes.

—Sí, había otras. Seguro. La mayoría estaban arriba y no las vi. Algunas eran mayores, muy mayores, por lo menos de treinta. Y había otras más caras. Había hasta una china. Y una negra. Se dice que dan suerte.

—¿Qué es lo que da suerte?

—Una mujer de color. Y también dicen que las chinas están hechas de otra forma.

—¿De otra forma? ¿Cómo?

—Al biés —sonrió. Se puso de pie y se estiró—. Venga, vámonos.

A mitad de camino me di cuenta de que no me apetecía ir. Pero Jimmy ya se había emocionado con la idea y no podía echarme para atrás. Además, tenía que ir. Tenía que saber lo que era aquello. Puede que en el asunto hubiese cosas que hiciesen perder el control a gente como mi padre. Si quería tratar de entenderle tenía que aprender a pensar como un hombre.

La casa a la que llegamos tenía un aspecto absolutamente normal, con el tejado blanco y una gran terraza. Las ventanas parecían limpias y el césped cortado, como en cualquier casa. Al subir las escaleras, cogí por el brazo a Jimmy y le pregunté.

—¿Seguro que es aquí?

—Sí, estoy seguro —fue su respuesta. Sacó pecho y llamó al timbre.

Al fin, una corpulenta mujer nos abrió la puerta. Llevaba un negligée del estilo de los de Lurlane, y cuando nos vio puso cara de mal humor.

—No quiero suscribirme a ninguna revista, aunque lo hagáis para pagaros los estudios.

—No vendemos suscripciones —Jimmy sonrió lo más descaradamente que pudo.

—Tampoco quiero cepillos —dijo la mujer y se volvió para adentro.

—Somos clientes —aseguró Jimmy.

—¿Clientes? —Volvió y nos miró, primero a Jimmy y luego a mí—. ¿Tú también? —me preguntó.

—Sí, señora —me tembló la voz. Me dieron ganas de darme una patada a mí mismo.

Movió la cabeza incrédula.

—No sé dónde va a ir a parar este mundo. Bueno, no os quedéis ahí parados como pasmarotes. Pasad. Voy a ver quién está libre.

La seguimos. Jimmy pegado a sus talones y yo detrás. Por dentro era muy elegante. Los muebles eran modernos, con las patas cromadas, como en las películas. Dijo que nos sentáramos y esperáramos, así que nos instalamos en un par de sillas bastante incómodas, de esas que, aunque quieras, no puedes repantingarte.

Jimmy me miró.

—Desde luego, Buddy, eres único para las sorpresas.

—¿Tienes miedo? —le pregunté.

—¿Quién? ¿Yo? Por supuesto que no. ¿Y tú?

—No, ¿por qué iba a tenerlo? Ya estoy bastante crecidito.

—Eso es verdad. Alguna vez hay que lanzarse.

—Claro.

Oímos débiles ruidos de voces que venían de arriba de las escaleras. Se acercaban. Con las voces se oyeron unas pisadas. Jimmy miró a la ventana. Yo miré al suelo. Era de linóleo con dibujos en gris, naranja y azul.

—Dios santo, ¿qué tenemos aquí? Ay, ay, ay —oí que decía una voz—. Pero si no sois más que unos niños.

Mi cabeza se levantó involuntariamente. Era bajita y regordeta y su pelo era una masa de bucles marrones. Sus ojos eran verdaderamente raros, uno azul y otro castaño. De pie, a su lado, estaba la mujer china de la que había hablado Jimmy. Recordaba a una de esas muñecas japonesas que vendían en el puesto de los caramelos. Sólo que no llevaba el traje típico; las dos llevaban negligées, una blanco y la otra negro. La china llevaba el blanco.

—Yo soy May Belle —dijo la de negro, la de los bucles, acento sureño—. Y ésta es Loto-en-Flor.

—Yo me llamo Jimmy —mi amigo estaba de pie, sonriendo nervioso—. Este es Buddy. —Me levanté también. Pensé que era lo que había que hacer.

—¡Buddy! ¡Pero si es el chico más guapo que he visto en mi vida! —May Belle cogió mi brazo y se apartó para mirarme—. ¡Con ese pelo ondulado de oro que tienes y esos ojazos azules! Y ¿qué me dices de esas mejillas sonrosadas? Buddy, cielo, ¡eres como un muñeco!

Intenté sonreír. Me vi como un idiota.

Jimmy se acercó a Loto-en-Flor.

—¿Eso es todo tuyo? —le preguntó guiñándole un ojo. Con su cara tan pálida, usaba polvos blancos, era absolutamente inexpresiva.

—Para descubrirlo tendrás que pagar, ¿no? —Su inglés era perfecto.

—Tú lo has dicho —hizo ademán de rodearla con su brazo, pero luego lo bajó.

—¿Y tú no dices nada, Buddy? —May Belle se había acercado. Sentí los bultos de su pecho contra mi brazo—. ¿No sabe hablar, Jimmy? ¿Te comió la lengua un gato?

—Sí que sé hablar —me salió demasiado fuerte—. Y también sé cantar. ¿Quieres que te cante una canción?

May Belle se acercó aún más.

—Bueno, eso sería la cosa más encantadora del mundo, pero la verdad es que tengo que colarte por delante de mi primera cita, y no creo que nos sobre tiempo. Hoy no va a poder ser —miró hacia arriba y me sonrió.

Tragué saliva.

—Entonces, vamos.

—Sí —dijo Jimmy—. Vamos. Me sorprendió ver que a él también le temblaba la voz.

Subimos las escaleras, May Belle parloteando a mi lado. Su cháchara, atestada de «cariños» y «cielos», no llegaba a mis oídos. Me zumbaban, creo que es la mejor forma de describirlo. Me sentía ardiendo, quizás demasiado.

Jimmy y Loto-en-Flor nos seguían. Al menos eso es lo que yo pensaba hasta que me di la vuelta y vi que no estaban.

May Belle me agarró del brazo. Habíamos llegado a la puerta. Abrió.

—Entra, cariño —susurró—. Te voy a enseñar cosas que ni siquiera habías imaginado.