5
Cuando llegué a casa estaba a oscuras, excepto una luz encendida en el pasillo y otra en el cuarto de Tamara. Estaba muerto de hambre, así que fui a la cocina y miré en la nevera. Había unas sobras de cecina y me hice con ellas un sándwich; me lo comí vorazmente. No se oía ni un ruido en la casa. O todos estaban durmiendo, o no había nadie, o estaban muy callados.
Hice todo el ruido que pude pero no apareció nadie. Volví a salir al pasillo y me detuve dudoso ante la puerta de la habitación de mi madre. Empecé a subir las escaleras, volví a bajar y llamé a la puerta de mi madre.
Contestó ella en voz baja y somnolienta.
—¿Quién es? ¿Eres tú, Donal?
—Francis.
Al cabo de un momento, dijo:
—He dejado un poco de cecina en la nevera.
—Ya la he visto —esperaba que me preguntases dónde había estado.
—Esa mujer, la señora Salome, dice que tiene un trabajo para ti. Tienes que ir con ella.
Me alegré, pero no tanto como si me lo hubiesen dicho ayer. Acerqué mi cara a la puerta.
—¿Dónde está?
—¿Tu padre? —pausa—. Ha salido.
—¿Va a volver?
—Sí —algo irritada—: Está de nuevo en casa. Deberías estar contento.
—¿Lo estás tú? —lo dije más fuerte de lo que había pensado.
Sonaron unos ruidos y luego se abrió su puerta. Llevaba un viejo y descolorido kimono encima del camisón y tenía el pelo suelto.
—No te comprendo. Deberías alegrarte.
—¿De qué se esconde?
Desvió la mirada.
—No se esconde de nada. Todo el mundo en esta casa sabe que él está aquí.
—Nunca pensé que me mentirías.
—No estoy mintiendo. No sé lo que te pasa…
—Me estoy haciendo mayor, eso es todo.
—¡Mayor! Te estás comportando como un niño de dos años.
Me di la vuelta, rabioso, y me fui a la cama. Así y todo, había descubierto algo que merecía reflexión.
Era más feliz cuando mi padre no estaba. No quería que se quedara.
El Hindustani Palace no era tan importante como su nombre podía hacer pensar. Cabrían unas cien personas y no era un club nocturno como el de Jimmy; tenía asientos de cine. Había un escenario con una parte que se prolongaba hasta el público y la orquesta se sentaba a cada lado, debajo del escenario.
Mi trabajo consistía en vender caramelos entre actuación y actuación. Llevaba al hombro un gran saco de cuero y tenía que soltar una retahíla sobre los premios que podían tocar en cada cajita sorpresa. Se vendían a veinticinco centavos. El gerente, el señor Max Henry me lo explicó todo y luego me presentó al señor Sam Ordway, el rey de los caramelos.
El señor Sam Ordway era alto y huesudo, y olía muy raro. Tenía voz de bisagra oxidada y hablaba a cien por hora. Me llamaba Buster, aunque yo le recordaba continuamente que mi nombre era Buddy.
—Buster —dijo inmediatamente después—. Agarra una silla que luego, en el descanso, haremos un ensayo —me fui al fondo del teatro y me senté en un rincón mientras la orquesta afinaba.
En seguida bajaron las luces, sonó la fanfarria, y salió Bert Dawes. Llevaba una nueva nariz, roja y bulbosa, ropa demasiado grande, de colores chillones y unos zapatos inmensos. Contó un par de chistes sobre un jeque y sus esposas que no me parecieron muy divertidos y luego hizo la presentación de Salome y su danza de los siete velos.
La orquesta tocó una melodía oriental, al tiempo que Bert desaparecía en una nube de humo, y allí estaba ella, bajo los focos, toda envuelta en gasas plateadas y nebulosas, Lurlane, como algo sacado de un árbol de Navidad.
Llevaba una cosa negra alrededor del cuello. Dio dos pasos, balanceándose, y la cosa que le rodeaba el cuello se movió. Apareció una cabeza como surgida de la nada y se puso a bailar en el aire. ¡Madre mía, si era una serpiente!
No pude apartar los ojos. Los tenía como pegados, totalmente abiertos, siguiéndola allí donde fuese. Iba de un lado a otro, dejando caer velos, como había dicho Bert, y bailando con la serpiente. Al final se quedó con una mínima protección para la parte de arriba y un único velo en la parte de abajo. La música era cada vez más rápida e impetuosa, aunque no podía reconocerla, cuando, ¡zas!, algo voló por los aires y cayó en el pasillo, casi a mis pies. Comprendí que era la prenda de arriba de Lurlane y volví a mirar justo a tiempo para ver que la serpiente era lo único que Lurlane llevaba alrededor de su torso y que el séptimo velo lo tenía en la mano. Entonces las luces se apagaron de repente y volví a respirar.
Una voz salió de la oscuridad y se rió junto a mi oído.
—Te ha dado fuerte, ¿eh, Buster?
Volví la cabeza y miré indignado a Sam Ordway. Hay personas que consiguen ensuciar las cosas más bellas, y no me importaba lo que dijera la gente, pero yo nunca en mi vida, ni siquiera en sueños, había visto nada tan bello.
Sin embargo, para mi sorpresa, el señor Max Henry no parecía del todo satisfecho. Las luces de la sala se encendieron, subió al escenario, todo encorvado, y llamó a Lurlane.
Ella regresó envuelta en una túnica con plumas rosas y sin serpiente. Me asaltó una terrible inquietud: ¿Dónde guardaría la serpiente? ¿En casa?
—No sé qué decirte —empezó el señor Max Henry—. ¿Ese es todo el gancho que tienes? ¿Esa apolillada boa? Entiéndeme, está bien, pero hay muchas chicas bonitas y con talento en esta Feria y la competencia va a ser feroz. ¿No podrías hacer algún número con otra ropa, quizá algo más movidito? ¿Algo un poco diferente? ¡Maldita sea, en St. Louis habían montado un Egipto en pequeño y todo!
Ella le miró fijamente.
—Tú contrataste los siete velos para el tema hindú. Dijiste que era lo que querías. ¡Dios! No pensarás que a mí me gusta llevar una serpiente colgando encima de las tetas, ¿verdad?
Él alzó las manos con las palmas hacia arriba.
—Ya lo sé, ya lo sé. Pero me he enterado de cosas…, hay una fulana con unos abanicos que hace un número que deja a la gente boquiabierta, y hay otra que va vestida de niña y baja y se sienta encima de las rodillas de los palurdos…
Lurlane se puso muy tiesa.
—Yo soy una artista —dijo entre dientes—, ¡no una mujerzuela!
Parecía que al señor Max Henry le hubiesen dado una puñalada.
—Yo no he dicho que tengas que hacer lo mismo. Lo único que te decía es…, necesitamos algo electrizante, con clase.
—Todavía no has visto a Tamara —le recordó Lurlane—. Su número tiene clase. Con el tutú y las zapatillas de ballet.
Max Henry hizo una mueca.
—Sí, de acuerdo. Me liaste para que la contratara y si no, tú no firmabas, pero es sólo una niña. En serio, Lurlane, ella no tiene tu categoría. Quizá algún día la tenga, pero ahora, no.
Vi cómo relampagueaban los ojos de Lurlane, pero de repente cambió de actitud, alargó el brazo y tocó la arrugada mejilla de Max Henry.
—Max, todo va a ir bien, te lo prometo. Ya se me ocurrirá algo…, no sé el qué, pero ya me vendrá alguna idea… Y mientras tanto se volverán locos con la serpiente, te lo aseguro.
Se contoneó y le miró; él gruñó y se dio la vuelta, diciendo:
—De acuerdo, está bien. Vamos a repasar el número de Pfenn y después la escena de Flugel Street.
Al Pfenn apareció muy puesto bajo los focos. Parecía mucho más joven, casi un niño, y cantaba muy bien. Sin embargo, el señor Max Henry volvió a encontrar defectos, y mientras discutía con la orquesta, Lurlane, en traje azul de calle, avanzó por el pasillo hasta el fondo del teatro, donde yo estaba.
—¿Qué te ha parecido, Buddy? —me preguntó.
—Estaba preciosa —contesté tragando saliva. Me di cuenta de que estaba poniéndome colorado.
Se sentó a mi lado y me palmeó la mano. Llevaba el mismo perfume que ya había olido yo en su almohada.
—Gracias, cariño.
Sus ojos brillaban en la oscuridad. Vi que estaba satisfecha. Sam Ordway dijo algo detrás de nosotros que yo no entendí y ella replicó:
—Cierra el pico, bocazas —casi automáticamente me sentí mal por ella. Imaginé que por el hecho de desnudarse en público tendría que soportar muchos comentarios desagradables. Gente que no podía comprender que era una artista y no una mujerzuela.
—¿Querrás acompañarme a tomar un café? —me preguntó.
Dije que sí antes de recordar que no tenía un solo centavo en el bolsillo.
—Invito yo —dijo como si hubiese leído mis pensamientos—. Cuando te paguen podrás invitarme tú.
Salimos del Hindustani Palace a la plena luz del día. Era difícil asimilar toda la amplitud de la Feria. Allá donde mirabas podías ver grandes edificios nuevos, extrañas estructuras, gran despliegue de vidrio y aluminio. La montaña rusa estaba dando una vuelta de prueba, por encima de nosotros y, aunque la Feria todavía no estaba abierta al público, parecía haber gente por todas partes, trabajando en la calle y en los jardines, preparándolo todo, limpiando…
Caminamos por la calle principal de la Feria y llegamos a la terraza de un café francés donde, según Lurlane, daban café y pasteles.
—Aún no he tenido tiempo de darle las gracias por lo del trabajo —dije.
Me dedicó una sonrisa.
—No te preocupes, Buddy, me encantó hacerlo.
Inmediatamente después se me ocurrió que con la primera paga que recibiese le haría un regalo. Sería lo primero que haría.
—Lurlane —tenía que satisfacer mi curiosidad antes de que nos fuésemos—. ¿Dónde guarda la serpiente?
Sonrió hasta que aparecieron los hoyuelos y sus ojos brillaron con malicia.
—No se lo digas a nadie, pero ¡adivina lo que hay en la sombrerera de mimbre!
A la mañana siguiente dormí hasta muy tarde. Cuando mi madre llamó a la puerta, muy temprano, murmuré:
—Vete. Ahora soy un hombre que trabaja. Que te ayude él.
Ella se fue.
Bajé a desayunar-almorzar con los demás y encontré a mi padre pasando la aspiradora por el vestíbulo: un agradable espectáculo.
—Oh, buenos días —Lurlane le saludó algo sorprendida—. ¿No es usted el nuevo inquilino?
Él hizo una pequeña inclinación y la miró con sus ojos azul irlandés.
—Soy el hombre de la casa, señora. Donal Carmody, para servirle.
—Pero Buddy —se volvió hacia mí—, no me dijiste que tu padre estaba en casa —y a continuación, para mi inmenso placer, me cogió del brazo y entramos en el comedor.
No había metido aún la cuchara en mi tazón de cereales cuando mi madre asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
—Francis —dijo con frialdad—, tu amigo Crosby ha venido a verte.
Jimmy estaba sentado en la escalera de atrás fumando un Wing, descaradamente y a plena luz.
—Oye, estaba comiendo —le dije—. Se me van a enfriar los cereales.
—No te preocupes, es sólo un minuto. Pensé que tenía que decírtelo. John Dillinger no puede estar viviendo en tu casa porque ayer robó un banco en Indiana y consiguió despistar a la Policía tirando tachuelas por la ventanilla de atrás de su coche para pincharles las ruedas —Jimmy dio una profunda chupada a su cigarrillo, tosió.
—Te dije que no podía ser Dillinger —contesté y me di la vuelta para seguir con mis cereales.
—Veo que tu viejo ha regresado —dijo Jimmy.
—No vayas pregonándolo por ahí —le dije muy en serio—. Nadie sabe que se marchó y nadie tiene por qué saber que ha vuelto. Te lo conté a ti y a nadie más.
—Oh, venga, Buddy, todo el mundo sabe cuándo y por qué se fue.
Fui a echar un vistazo a la cocina. Estaba vacía. Volví fuera y me senté junto a él en un escalón.
—Si tanto sabes —dije altivamente—, dime por qué y te diré si tienes razón.
—Pues, porque… —me miró con agudeza—. Oye, ese truco es muy viejo. ¡Tú eres el que no lo sabes! No tienes ni idea.
—Claro que lo sé —me puse de pie—. Pero eso sí que es un truco, y no te lo voy a decir para que luego se lo sueltes tú a todo el vecindario.
—Vaya —dijo Jimmy a mis espaldas, según me iba alejando—, resulta que no sabe lo de su padre. Deberías preguntarle a Carmine Genna.
Carmine Genna tenía una tienda de ultramarinos unas manzanas más allá de nuestra casa. Mi madre no compraba allí, iba a Piggly-Wiggly; decía que no se fiaba de la frescura de los productos de Carmine porque pensaba que no debía vender mucho. Cuando yo le pregunté qué quería decir con eso, se limitó a mover la cabeza y cambió de tema. Como con casi todo, tuve que enterarme por medio de otra persona de que Carmine Genna era un contrabandista y que llevaba también una casa de juego en la trastienda.
Ya había estado algunas veces en la tienda de Genna, casi siempre con Jimmy, comprando cigarrillos. La mujer que estaba en el mostrador, la hermana de Genna, Fiona, no era demasiado exigente con respecto a la edad que había que tener para poder comprar tabaco. Había también revistas verdes que, siempre que podíamos, hojeábamos Jimmy y yo.
Me quedaba tiempo para ir a la tienda de Genna antes de empezar a trabajar, pero no se trataba de entrar y decir simplemente: «¿En qué lío está metido mi padre?». Lo mejor sería que entrase a comprar algo; lo malo es que no tenía dinero. Y aunque lo tuviera, ¿qué iba a hacer después de comprar? ¿Preguntar? El desgraciado de Jimmy, si sabía algo, ¿por qué no me lo decía? Lo más seguro era que no supiese nada y que se lo estuviese inventando todo.
Estaba sentado al sol en los escalones del porche intentando decidir qué podía hacer, cuando oí el sonido del arpa de mi padre. Había que reconocer que tocaba bien. Cuando sus dedos recorrían las cuerdas, sentía escalofríos.
Oí a Lurlane exclamar algo, pero no pude descifrar el qué. Era típico de mi padre. Yo podía, en vano, cantar al piano hasta quedarme ronco para intentar llamar su atención cuando ellas entrasen, y él, sin ningún esfuerzo, sacaba el arpa y ya estaban todas a su alrededor.
Apoyé la cabeza en las rodillas y, sin querer, me puse a escuchar la música. Nunca me había echado una mano ni lo intentó, y, desde luego, no había sido un buen padre. Cuando tenía trabajo siempre era durante la noche y, naturalmente, dormía de día. Y luego, cuando no tenía trabajo, tampoco estaba en casa. Y si estaba, se peleaban. Haciendo memoria, era como si, antes de irse, siempre se hubiesen estado peleando. Sin embargo, también siempre era ella la que le perdonaba, ¡siempre!, como ahora.
La música dejó de sonar y hubo aplausos. Como ya no se oía nada, corrí alrededor de la casa y entré por la puerta de atrás. El perro de la señora Hennessey me ladró al pasar. Mi madre estaba en la cocina fregando los platos. Iba a decirle: «¿Y él, por qué no te ayuda?», pero en lugar de hacerlo cogí un paño y me puse a secar los platos.
—Francis —sopló ese rizo que siempre se le soltaba del moño y le caía sobre la frente—, ¿qué tienes que hacer en la Feria? Llegaste tan tarde anoche que no pude preguntártelo.
—Vender caramelos.
—¿Sí?, qué bien —me pasó un plato—. No es que tenga mucho futuro. Pero es una buena ayuda hasta que encuentres tu sitio.
—Sí, mamá —estaba seguro de que si supiera lo del Hindustani Palace, cambiaría de tono, pero como ella misma había dicho: Ojos que no ven, corazón que no siente…
—Quiero que tengas algo de dinero en el bolsillo —dijo de repente—. Después de que te fueras ayer, pensé que podrías necesitarlo para algo. Vete a la despensa y saca un dólar de mi monedero.
Coloqué cuidadosamente el plato en su sitio. Fui a buscar el dólar y me lo metí en el bolsillo. No sabía si me alegraba tenerlo. Ahora tenía que ir a la tienda de Genna. No me quedaban excusas. A no ser que ella me mandase alguna tarea…
—Y en lo de arreglar las habitaciones, mamá, ¿te está ayudando él? —pregunté.
Enjuagó la sartén y la puso boca abajo en la mesa.
—Les dije que cada uno tenía que hacerse su cama, excepto cuando cambiase las sábanas.
Eso explicaba por qué no había visto la pistola del señor Hall. En el fondo, sabía que tenía que contárselo, pero ¿qué haría ella entonces? Estaba debatiendo esa cuestión cuando la puerta de la cocina se abrió de repente y apareció mi padre, todo sonriente.
—Ya he conseguido trabajo —cacareó. Le brillaban los ojos.
—¡Donal! Pero ¿cómo…? —a veces, cuando le hablaba revivía, como ahora. Desaparecían las arrugas de preocupación y su rizo daba brincos en la frente.
—La señora Salome. Necesitaba una novedad para su espectáculo y ha dicho que mi arpa viene de perlas. Cogió a mi madre por los brazos y la atrajo hacia sí. Desvié la mirada.
—Hall nos va a llevar a la feria en coche, con arpa y todo —dijo mi padre al cabo de un momento—. Vente con nosotros, Buddy, si quieres.
—Iré andando —dije rígidamente.
—Hay sitio. Puedes ir en el asiento descubierto de atrás —me miraba de una manera que me molestaba, casi suplicante. Un hombre no puede suplicar. No quería que me mirase así.
—He quedado con Jimmy Crosby —mentí.
—Donal, ¿estás seguro…? —la preocupación había vuelto a la cara de mi madre—. ¿Tiene la señora Salome la última palabra?
Sacudió la mano.
—El gran jefe es un tal Max Henry. Ella dice que lleva tiempo dándole la paliza para que encuentre algo nuevo. Y que la idea le va a parecer genial.
—Ojalá —mi madre se acordaba de las veces anteriores, como cuando lo de la prueba con la orquesta sinfónica. ¡Siempre tan seguro, y tan equivocado!
Tuve que ser sincero con ella.
—Es verdad —le dije—. Yo oí al señor Henry decirlo.
Entonces ella le sonrió.
—Estaré esperando impaciente… a que vuelvas a cenar.
—Para los Carmody, la rueda de la fortuna empieza a cambiar, ya lo verás —le lanzó un guiño y salió de la cocina pavoneándose. Yo me despedí de ella y salí por la puerta trasera.