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Cuando llegué a casa, en la radio estaba sonando «Annie doesn’t live here anymore»[5], y se oía claramente desde la acera, cosa que no era propia de mi madre.

Corrí hasta el porche y entré por la puerta. El aparato Atwater Kent del salón estaba puesto a todo volumen y tendida en el sofá, con una pierna vendada y apoyada en una almohada, estaba Tamara.

—Oye, eso está muy alto. A la señora Hennesey le va a dar un pasmo —dije, y bajé el volumen. Luego pregunté—: ¿Qué te ha pasado?

Sonrió valientemente.

—Me torcí el tobillo bajando las escaleras. Alguien había dejado una escoba y un recogedor en lo alto y no lo vi —me miró con unos ojos redondos—. Tuve suerte de no romperme.

La miré fijamente.

—No te preocupes —sonrió dulcemente—. Mi madre dice que no me va a poner un pleito aunque falte algunos días al ensayo.

Tragué saliva.

—Dejé las cosas allí, me parece. Lo siento.

—¡Oh!, no es culpa tuya —suspiró y arregló las almohadas en las que se apoyaba—. Si te digo la verdad, soy propensa a los accidentes.

—¿Eres qué?

—Es psicológico. Mamá tiene un amigo en Nueva York, uno de esos psiquiatras estilo Sigmund Freud. Se lo explicó todo.

—Ya —yo había oído el nombre de Freud, pero no tenía ni idea de qué, claro que no iba a preguntárselo—. De todas formas lo siento de veras. ¿Dónde están los demás?

Lo que en realidad yo quería saber era dónde estaba el señor Hall. Jimmy y yo habíamos acordado conseguir más información acerca de él antes de decírselo al sargento Crosby. Si realmente era Dillinger y el padre de Jimmy podía cogerle con las manos en la masa le ascenderían o le darían una recompensa, o algo parecido.

—Tu madre está en tu habitación con el nuevo inquilino.

—¿El nuevo inquilino? ¿En mi habitación?

Tamara asintió con la cabeza. Sus rizos rubios se balancearon.

—Vas a tener que mudarte a la pequeña habitación del tercer piso, se lo he oído decir a tu madre; él va a ocupar tu cuarto.

—¿Y por qué tengo yo que…? —frené en seco. Estando en el tercer piso con el señor Hall, podría espiarle mejor. Puede que este nuevo inquilino fuera un enviado de Dios. De cualquier forma eso quería decir más dinero—. ¿Quién es el nuevo huésped?

Se encogió de hombros graciosamente.

—No lo sé. No lo he visto —hizo una mueca, dio unas palmaditas en el sofá—. Siéntate y háblame. ¿Quieres que juguemos con la uija?

—Tendría que estar ayudando a mi madre —me había pillado otra vez. No sabía lo que era una uija.

—Ya te llamará cuando te necesite. Está ahí, en la mesa. Tráelo.

—¿El qué?

—El tablero de la uija. ¿No sabes cómo se utiliza? Te enseñaré.

—Francis, ah, estás aquí —mi madre estaba en la puerta y parecía preocupada. Pensándolo bien, últimamente siempre estaba preocupada. Como se descuidase, las rayas esas que tenía iban a convertirse en arrugas y se iba a poner muy vieja.

—¿Tenemos otro inquilino? —le pregunté.

Asintió con la cabeza de forma extraña.

—Le voy a instalar en tu habitación. Tendrás que subir al tercer piso, con el señor Hall —me echó otra extraña mirada y luego miró a otra parte.

«Caramba, este nuevo inquilino debe ser un tipo importante», pensé. Ella trataba a los demás como si le importasen un comino, y ahora, sin embargo, me sacaba a mí de mi cuarto para meter a éste. Empecé a decir: «¿Quién demonios es…?», cuando se acercó un hombre. Me fallaron las palabras y me quedé con la boca abierta.

—Buenos días, muchacho.

—Hola —respondí débilmente.

—Ven —hizo un gesto de acogida—. Te ayudaré a instalarte.

—Sí, señor.

—Pero luego vuelve, Buddy, y hazme compañía —gritó Tamara desde el sofá.

Seguí a mi madre y a mi padre hasta mi habitación y cerré la puerta. Parecía como si nunca hubiese estado fuera, con su chaqueta de smoking y todo. Lo mismo que si fuese el rey del mundo, exactamente igual.

—¿Y ahora qué pasa? —me encaré a ellos en plan acusador—. Tengo derecho a saberlo.

Se miraron el uno al otro y después mi padre extendió los brazos hacia mí. Me eché para atrás.

—Bien, Buddy, te lo contaré —intercambió otra mirada con mi madre—. La cosa es esta —metió los pulgares en los bolsillos de la chaqueta, una postura falsa que él solía poner, y se enderezó—. Verás. He estado metido en un pequeño lío. Esa es la razón por la que os dejé, a tu madre y a ti en febrero; no quería que ninguno de los dos os vieseis mezclados en el asunto.

—Y sigues metido en él —dije fríamente. Puede que hubiera convencido a mi madre, pero yo era harina de otro costal.

—Sí, en cierto modo. Pero tu madre y yo —otra vez ese intercambio de miradas—, tu madre y yo nos echábamos de menos, así que decidimos que si éramos discretos y yo volvía tranquilamente, nadie en absoluto se iba a dar cuenta.

decidiste. Me imagino que viniste anoche como un furtivo para ver si no había moros en la costa y que estuviste con ella mientras yo la estaba buscando… ¿Por quién te quieres hacer pasar, por Charles Farrell o algo parecido?

—Bueno, se lo diremos a los huéspedes, por supuesto. Pero ellos no hablan con los vecinos, ni son parientes que se vayan a poner a chismorrear. Tampoco son amigos que puedan ir contando por ahí que Donal ha vuelto. En realidad, Buddy, tu madre no ha conocido nunca a ninguno de mis amigos, porque, a decir verdad, tu viejo es bastante vulgar, mientras que tu madre es una buena mujer. No iba a faltarle al respeto trayendo a mis amigos por aquí.

—No puedes ir contando que tu padre ha vuelto, Francis. Ni a Jimmy Crosby ni a nadie —mi madre apretó los labios. No me gustó cómo lo hizo. Los había dejado reducidos a una delgada línea.

Entonces vi su arpa en un rincón de la habitación cubierta con la funda verde. Habría utilizado dinero nuestro para desempeñarla. ¡Seguro que lo primero que hizo fue sacar el arpa de la casa de empeño!

—¿Has conseguido trabajo entonces? —pregunté, y añadí cruelmente—: ¿O sólo has vuelto para compartir nuestra recién inaugurada prosperidad? Ya sabes lo que dice Roosevelt. ¡Ya están aquí otra vez los días felices!

—Ah, qué chico tan duro de corazón —suspiró profundamente y se frotó los ojos. «¡Embustero!», pensé, «¡embustero!»—. Pero no te culpo. Si pudiese contarte, Buddy, el lio en el que me metieron. Yo era un inocente espectador, yo era…

—¿Por qué no me lo cuentas? —quizá no utilicé el tono adecuado, porque suspiró de nuevo y se volvió hacia mi madre.

—Ojos que no ven, corazón que no siente —me dijo ella.

—Tienes razón —repliqué sarcásticamente—. ¿Sabes? Tienes toda la razón. ¡Eso mismo te digo yo a ti! —dicho esto, empecé a vaciar la ropa del armario y de la cómoda y, cargado hasta los topes, salí dando pisotones, traspasé el salón y subí dos pisos. Lo tiré todo al suelo lleno de polvo y me arrojé en la hundida y estrecha cama. Clavé la mirada en la pared; el papel se estaba despegando. Mucho después, di una vuelta en la cama, me levanté y me puse a guardar la ropa.

Cuando bajé Tamara estaba esperándome y nos pusimos a jugar con la uija. Era una bobada. Se trataba de un tablero con el alfabeto pintado en la parte de arriba, números en la parte de abajo y un sí a un lado y un no al otro. Colocábamos las puntas de los dedos sobre un pequeño cubilete que se ponía encima del tablero y le hacíamos preguntas. Al cabo de un momento el cubilete comenzaba a moverse y a deletrear las respuestas. Ta mara decía que yo empujaba el cubilete y yo que no. Ella insistía que ella tampoco. Le preguntó a la uija a qué edad se casaría. Contestó que a los dieciséis años y ella se rió como una tonta. Le preguntó con quién se casaría y el cubilete empezó a dar vueltas intentando decidirse. Luego deletreó, «ya sabes». A ella le pareció encantador.

—Pregúntale algo, Buddy.

Me planteé todas las cuestiones cuya respuesta quería conocer, pero estaba seguro de que la uija no tenía esas respuestas, así que actué tan estúpidamente como ella y pregunté que con quién me casaría. Supuse que contestaría «nadie». Esa debería ser la contestación si de verdad aquello tenía algo de auténtico.

El tablero me dio las iniciales J. S. Tamara se puso histérica.

—Ni siquiera conozco a ninguna J. S. —dije irritado.

—Oh, claro que la conoces —arqueó las cejas.

—¿Quién es?

—Jenny Stanley.

—No conozco a ninguna Jenny Stanley.

Ella dejó caer las pestañas.

—Soy yo.

—¿Tú? ¿Pero no te llamabas Tamara Salome?

—En serio, Buddy —por primera vez su voz sonó como la de una chica de verdad, no tan cuidada en sus sostenidos y bemoles—. No creo que nadie pueda llamarse Tamara Salome. Es un nombre artístico.

—¿Qué tiene de malo Jenny Stanley?

—Pues supongo que nada, sólo que es tan corriente que la gente no se queda con él. Por eso mamá eligió Salome de apellido. Salome fue una famosa bailarina de la biblia. Lurlane sí es su nombre auténtico, pero ella pensó que Jenny no servía. Dijo que había sido muy poco previsora a la hora de ponerme el nombre; pero la verdad es que la madre de mi padre se llamaba Jenny y me lo puso para que la familia se quedara tranquila, aunque de bien poco sirvió. Me ha dicho que hay muchas bailarinas rusas famosas y Tamara suena a ruso, así que pensó que me quedaría muy bien. Me encanta, es tan romántico. Hazle otra pregunta a la uija. ¡Esto es muy divertido!

Arrugué la cara al mirar al absurdo tablero. ¿Quién podía creer en esas bobadas? Hice la pregunta más tonta que se me ocurrió:

—¿Qué hizo mi padre en febrero?

El cubilete pareció temblar. Tamara me lanzó una mirada de curiosidad y luego volvió a concentrarse en el tablero. El cubilete se movía despacio, como hacía el perro de la señora Hennessey cuando se ponía a olfatear los sitios donde otros perros habían hecho sus necesidades. Finalmente se detuvo vacilante junto a una M, luego junto a una U, una E, una R, una T y una O. Después el cubilete se paró del todo y no volvió a moverse.

Me levanté y me acerqué a la ventana. El sol hacía que el mundo pareciese verde y dorado, pero se destacaban las rayas que yo había dejado en el cristal.

—¿Tu padre ha muerto, Buddy? El mío, no. Mamá se divorció de él cuando yo era pequeña.

—No, mi padre no está muerto.

—¿Tu madre también está divorciada?

—No, siguen casados. Los católicos no creen en el divorcio —suponía que seguirían casados aunque no compartiesen el mismo dormitorio. ¿Qué sabía yo realmente de ellos? ¿Habían cambiado de repente, o hacía ya tiempo que su relación había empezado a cambiar? Ya no eran papá y mamá, sino un par de extraños. Intenté verlos como si fuesen otras personas. Pero yo no tenía esa capacidad.

—¿No es extraño entonces que la uija haya deletreado la palabra MUERTO? ¿Qué querrá decir? ¿Dónde está tu padre?

Me puse en tensión. ¿Qué es lo que tenía que contestar?

—Ha estado fuera.

—¿Abandonó a tu madre? Mamá dice que los hombres son terribles, mejorando lo presente, por supuesto. Bueno, eso es lo que ella dice.

Yo no contesté. Seguramente Lurlane había conocido a muchos hombres. Pero para mí una cosa estaba clara; ella sí que no permitiría que un hombre como mi padre la tratase como si fuese basura.

—Por lo menos os dejó esta casa —siguió diciendo Tamara. Esta chica era un disco rayado que no necesitaba cuerda.

—Esta casa es de mi madre. Antes era de su padre y se la dejó.

—¡Qué bien! A veces pienso que me gustaría tener una casa. Un hogar de verdad. Pero mamá dice que la gente del espectáculo tiene que estar libre de cadenas y de compromisos. Tener muchos trajes, viajar… ¿Buddy?

—¿Qué? —me alejé de la ventana. Acababa de descubrir que no me sentía muy bien.

—¿Sales con alguna chica?

La miré. Su pelo rubio y dorado estaba todo revuelto sobre la almohada. Sus ojos azules, grandes y redondos tenían una expresión vacía y la boca era abultada, en forma de arco de Cupido. Del cuello para abajo parecía una mujer.

—No.

—¿Y eso, por qué?

—No sé. Fui a un colegio de chicos y no conozco a muchas chicas.

Se enderezó apoyándose en la almohada, se arregló el pelo con la mano.

—Vuelve a poner la radio.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Quiero preguntarte algo y no quiero que nadie nos oiga. Enciéndela.

La miré fijamente, me encogí de hombros y giré el mando de la Atwater Kent. Apareció un tipo cantando «La última ronda».

Tamara me hizo una seña para que me acercara. Y después:

—¿Has besado a una chica alguna vez?

Sentí que empezaba a enrojecer.

—No.

—¿Te gustaría besarme?

—No lo sé.

Sus abultados labios parecían suaves. Rojo-cereza y suaves. ¿Sabrían a cerezas maduras?

Levantó la barbilla, cerró los ojos. Me incliné, su cara se acercó. Su piel era dorada y había minúsculos pelitos dorados sobre su labio superior, sólo unos pocos, casi invisibles. Excepto si uno se acercaba tanto como yo.

No sabía a cerezas maduras, pero estaba conectada a algún tipo de corriente eléctrica que me hizo sentir un hormigueo por todo el cuerpo. Me incorporé.

—¿Tan mal estuvo? —susurró.

«Voy a por la última ronda», cantaba la radio.

—No, no ha estado mal —dije rápidamente.

Oí un portazo. Me eché para atrás…, bien atrás, al fondo de la habitación.

—Hace calor ahí fuera —dijo el señor Hall, secándose la frente junto a la puerta.

—Hace calor aquí dentro también —le contesté—. Te veré más tarde, Tamara, tengo que irme.

Por supuesto, tenía que ir a algún sitio, donde fuera y me acerqué a la iglesia. Entré a ver al padre Connelly. Pero había salido a hacer sus visitas a la parroquia, así que fui a pasear un rato al borde del lago. Intenté ordenar mis ideas, como por ejemplo, averiguar por qué me sentía tan raro, pero no conseguí encontrarle sentido a nada.

Lo único que descubrí era que esa sensación tenía que ver con mi padre.

¿Y con mi madre?