18

—A largo plazo, el trabajo en el café no es para ti, Salman. ¿O vas a decirme que en todos estos años aquí has aprendido algo con que alimentar una familia en el futuro? —le preguntó Karam una cálida mañana de otoño, y no esperó la respuesta—. El calígrafo Hamid Farsi necesita un mozo. Su bizco Mustafá ha buscado otros aires —añadió, y tomó un gran sorbo de té—. Deberías presentarte al puesto. La caligrafía es una mina de oro, te lo aseguro.

Salman se quedó petrificado de miedo. Pensó que el viejo criado Samih se había chivado a Karam por la pelea del día anterior.

Había sido la primera pelea seria en años. Karam no estaba en el café aquel lunes. Como siempre, eso ponía agresivo a Darwish. Se hacía sus conjeturas, pero sólo Salman conocía la verdad. Karam se pasaba el día entero en la cama con su amante Badri, que como todos los lunes libraba en la peluquería. Pero la cafetería no tenía día de descanso.

La discusión surgió cuando el último cliente se hubo marchado. Samih, el empleado más antiguo, hizo caja y pasó las cuentas sin pagar de las notas al cuaderno de clientes. Junto a los clientes que pagaban en efectivo, había otros fijos y tiendas del barrio que pagaban semanal o incluso mensualmente. Salman y Darwish recogieron, lavaron los platos, fregaron el suelo, ordenaron las sillas y repartieron ceniceros limpios por las mesas. No había nada que su jefe odiara más que encontrar suciedad por las mañanas.

Darwish andaba pinchando todo el tiempo y buscando camorra con Salman, que le disgustaba. Aquella tarde, el joyero Elías Barakat se había quejado de la arrogancia de Darwish y exigió que lo atendiera Salman. Samih le advirtió que tuviera cuidado de no provocar a Darwish, pero el muchacho no quiso enfadar a Barakat. El joyero siempre era generoso con las propinas, además de cristiano, y para Salman ése era un motivo fundamental para portarse bien con él. Samih y Darwish eran musulmanes, y Salman sospechaba que trataban intencionadamente mal a los clientes cristianos.

El muchacho atendió a Barakat y obtuvo una propina de una lira. El joyero gritó, a modo de despedida, que volvería porque ese café aún tenía un servicio civilizado y educado.

Cuando estuvieron solos, Salman sintió el odio acumulado de los dos musulmanes contra él, el «comecerdo», como Darwish lo llamaba. Samih hablaba poco, pero asentía a todo lo que su compañero decía, y de esa manera lo instigaba. Poco antes de medianoche, Darwish dijo que sabía que Salman se metía en la cama de su jefe para conservar su puesto; de lo contrario, hace mucho que lo habría perdido debido a su torpeza.

Entonces Salman perdió la paciencia.

—¡Sólo estás celoso porque el jefe ya no prefiere tu culo, sino uno mucho más bello! —le gritó a Darwish—. Puedes estar seguro, idiota, de que ni un cuervo querría mi huesudo trasero. Karam se folla todos los días a un hombre bellísimo, cuyo nombre no te revelaré aunque te mueras de celos.

Darwish se desplomó como un castillo de naipes y empezó a llorar quedamente. Samih siseó lleno de odio:

—Adorador de la cruz, eres una criatura del diablo. ¿Por qué tienes que herirlo así? ¿No sabes cuánto sufre?

Samih no era ningún chivato, pero cuando el jefe quiso ponerle en bandeja un trabajo nuevo, Salman pensó que el viejo camarero lo había delatado.

¿Por qué tenía que trabajar precisamente con el calígrafo?

Si Karam le hubiera ofrecido ir a aprender con un carpintero o un cerrajero, no habría sentido aquella presión en el estómago. Pero sabía que Karam, y más aún su amante Badri, calificaban de serpiente al calígrafo y lo insultaban cuando hablaban de él en privado. ¿Y Karam quería enviarlo precisamente a casa de ese hombre? Salman ni siquiera podía preguntárselo, porque a menudo oía por casualidad esas conversaciones sobre el calígrafo. Los había oído despotricar de manera secreta y gozosa, y así se había enterado de algunos secretos de la ciudad con los que pudo impresionar incluso a la omnisciente Sara.

Desde la muerte de Adnan, Salman tenía pocas historias que contar. El taxista Adnan, el hijo de Samira, siempre contaba las historias más extravagantes en sus descansos en el café de Karam. Hasta su muerte, siempre pasaba por allí dos o tres veces al día a tomar un té con mucho azúcar. Durante un servicio nocturno por carretera, su taxi se estrelló contra un camión parado. Adnan y su pasajero murieron en el acto.

Así que la última gran historia fue la de la pareja de enamorados Karam y Badri. Sara no se cansaba de oírla. Estaba ansiosa de ella.

Badri no era precisamente conocido como filántropo. Formaba parte de una oscura asociación denominada «los Puros» que estaba en contra de cristianos y judíos, pero sobre todo contra una organización secreta denominada «Alianza de los Conscientes». Al parecer, el calígrafo Hamid Farsi tenía algo que ver con esa alianza. Badri afirmaba que sus miembros eran serpientes: de puertas afuera eran musulmanes, pero de puertas adentro eran enemigos del islam. Adoraban a dioses griegos y se iban a la cama con sus hermanas. Sara se moría de risa ante la idea de irse a la cama con sus propios hermanos, porque no soportaba a ninguno de los tres.

—Sin duda ese Badri tiene músculos, pero no tiene más que caca en la cabeza —decía—; aun así, lo que hace con Karam es fascinante.

Salman no lograba concretar más. Por una parte, Karam no soportaba a los fanáticos, pero por otra no decía una sola palabra contra los Puros para no irritar a Badri. Estaba entregado a él, y a su vez Badri lo explotaba. A veces, después de una pelea, Karam lloraba de nostalgia por su amigo y le imploraba perdón por teléfono hasta que el peluquero dejaba, complaciente, de estar de morros.

Cuando Karam se encontraba con su amante, se convertía en un chiquillo dependiente que se derretía de gratitud a cada contacto y que hacía todo lo que Badri deseaba.

Sara decía que el amor era un dios de dos caras, pues liberaba y esclavizaba a la vez. Había dado expresamente un largo paseo hasta el barrio de Amara, donde Badri tenía su sombrío y miserable salón de peluquería. Sin duda Karam estaba ciego de amor, porque ese saco de músculos no animaría a una persona sobria ni siquiera a meterse el dedo en la nariz.

—No me sorprenderá que tu jefe se muera un día por Badri, aunque el musculitos rebosa tanta necedad que hasta se le oxidan los tornillos —decía, y Salman se tronchaba de risa al oír esa expresión.

«¿Por qué el calígrafo?», se preguntaba aquella mañana.

Y como si hubiera oído la pregunta que no había formulado, Karam dijo:

—La caligrafía es un arte distinguido. Fíjate en la gente: ministros y médicos forman parte de su clientela. Y todos quieren hablar «personalmente con Hamid Farsi».

Salman asentía, pero no se creía su suerte. Casi todos los años, el arrogante y caprichoso Farsi echaba a un mozo, cuando no era el mozo el que, como el bizco Mustafá hacía poco, buscaba por sí mismo nuevos horizontes.

—Venga, levanta la cabeza —lo animó Karam—; ¡es una buena noticia! No te mando a un burdel. La caligrafía es un arte prestigioso. Los ricos adoran esas cosas y no se cansan de ellas. Y lo mejor es que no preguntan cuánto vale. ¿Sabes lo que pide Hamid Farsi por un proverbio como Bismillah alruhman alrahim? ¡Cien liras! De acuerdo, es un maestro, pero los maestros también comen con cuchillo y tenedor. ¿Y sabes lo que le cuestan el papel y la tinta? ¡Una lira! ¿Y nosotros aquí? Yo no gano tanto ni en una semana, y además he de soportar los pedos y escupitajos, el mal aliento y el sudor de mis clientes. Su clientela se inclina de gratitud. La nuestra sólo se deja ver cuando quiere quejarse.

—Pero tú sabes que yo odio la escuela y los libros. —Salman trató de salvarse con una mentirijilla.

—Viejo truhán, ¿quieres engañar a Karam? Gracias a Sara, sabes más que la mayoría de los bachilleres. Y... —se inclinó hacia el muchacho y habló en voz baja y conspirativa— y tienes que ocultar al maestro que sabes todo eso. Puedes decirle tranquilamente que sólo fuiste al colegio hasta segundo, y que no te interesan los libros. Y entonces podrás aprender su arte a escondidas. Los calígrafos guardan celosamente sus secretos. Así que debes aprender ese excelso arte sin que se note. Y si te echa, vuelve conmigo.

Salman respiró aliviado.

—¿Y podré visitarte? —preguntó.

—¿Te has vuelto idiota o qué? Vendrás aquí a comer todos los días, y una vez a la semana irás a mi casa, a practicar la caligrafía. En tu casa nadie puede llegar a nada. Te prepararé una habitación. Pero ¡ni una palabra de esto a los demás! No te perdonan nada. ¿Nos entendemos?

Salman asintió en silencio.

Cuando pensaba en el asunto, Salman tenía que darle la razón a Karam. Aparte de las clases de Sara y las pocas propinas con que le alegraba la vida a su madre, el tiempo que pasó en el café fue desolado, al contrario de lo que había pensado en un principio. Sus pensamientos iban a los oscuros rincones de su memoria. Un cliente, un rico corredor de comercio que vivía solo, había intentado llevárselo a la cama tres veces. Todos los días pedía pequeñeces, y en cada ocasión le metía mano mientras sus ojos ardían de ansiedad. Le imploraba a Salman que se quedara, sólo quería tocarle el culo un poco. Lleno de temor, el muchacho le pidió ayuda a Karam. Éste sonrió con aire significativo y desde entonces envió a Darwish, que cobraba un par de liras por quedarse quieto, a atender al corredor.

También Nadia aparecía en sus recuerdos. Nadia, la guapa hija veinteañera del mercader de alfombras Mahmud Bustani. Sus padres tenían una hermosa casa en la calle de las rosas, que estaba en el centro del barrio de Suk-Saruya. Bustani acudía todos los días al café a las tres y se fumaba un narguile antes de ir a la tienda. Nadia se había divorciado después de un año de matrimonio con un príncipe jordano. Le ponía ojos tiernos a Salman, hasta que lo enamoró, y salía a su encuentro siempre que él hacía pedidos para sus padres o por la vecindad. Le preguntaba dónde vivía, y él mentía y decía que en Bab Tuma, el centro del barrio cristiano, y cuando ella le preguntaba si se convertiría al islam por amor, él respondía excesivo que se haría judío y hasta budista si no le bastaba con el islam. Y siempre que ella le preguntaba curiosa por su casa, él respondía con pocas palabras para esconder su miseria. La belleza de las viviendas del distinguido barrio de Suk-Saruya paralizaba su sinceridad. ¿Cómo iba a contarle a Nadia, o a cualquier otro de esos ricos clientes, en qué casucha miserable dormía por las noches? Allí había mansiones con patios interiores diseñados por refinados arquitectos conforme a las imágenes del Paraíso. Karam no exageraba cuando decía que los ricos damascenos quedarían un día decepcionados con el Paraíso y exclamarían ofendidos: «En Damasco vivíamos mejor. Toda la devoción y todo el ayuno han sido en vano.» Salman compartía esa opinión. Sin duda el Paraíso se había hecho para los pobres, y con que allí hubiera una casa sólida y comida suficiente, todos quedarían satisfechos.

Nadia se quejaba a menudo de que él se limitaba a quedarse callado y mirarla embobado; quería oír algo hermoso de sus labios. Como no se le ocurría nada, Salman le pidió ayuda a Sara, y ella le dictó la traducción de un fogoso poema de amor francés.

Pero no tuvo suerte. Nadia ni siquiera quiso tocar la hoja. Se había enterado por una amiga de que él vivía en un nido de ratas; había estado allí y se había convencido por sí misma.

—¡Un albergue de mendigos! Y aún tienes la frescura de engañarme. Tú no me quieres.

Lanzó una carcajada histérica, pero Salman sintió las lágrimas reprimidas de su decepción. Quiso decirle que le había mentido porque la amaba, pero Nadia no lo dejó hablar. Cuando le dijo que era un pequeño embustero fantasioso y que sólo por generosidad no iba a denunciarlo a su jefe, Salman regresó lentamente al café.

A pesar de las palabras de consuelo de Sara, no pudo dormir. Sentía una profunda vergüenza por sus mentiras. Porque en el fondo sólo quería besar a Nadia y sentir alrededor sus tiernos brazos.

Karam dejó a Samih a cargo de la caja y fue con Salman al suk Al Hamidiya. Le compró dos camisas y dos pantalones, calcetines y zapatos nuevos. Cuando lo tuvieron todo, fueron a la famosa heladería Bakdasch.

—El maestro Hamid prefiere contratar a simplones analfabetos antes que a gente astuta —dijo Karam mientras tomaban un helado—. Es tan celoso que ha arruinado con villanías a los tres calígrafos que en los últimos diez años han intentado abrir una tienda en el barrio. No comparte con nadie el rico botín del que disfruta aquí sin competencia. En cambio, en el barrio de los calígrafos de Al Bahssa se amontonan.

»Hamid tampoco revela ninguno de los secretos de su arte. Tendrás que espiarlo todo. No puedes quitarte la máscara de simple que no se entera de nada. Quizá entonces baje él la guardia, y habrás de aprovechar ese momento para arrancarle sus secretos. Averigua qué recetas emplea para sus famosas tintas y qué trucos personales usa al escribir. ¿Qué es exactamente lo que lo hace magistral? Yo no entiendo de esto, pero dicen que su caligrafía se reconoce desde lejos. ¿Cómo y por qué? Debes averiguar todo eso para tener éxito. Pero conserva los secretos para ti, escríbelos y esconde tus cuadernos en mi casa... ¡y no en casa del diablo, que está aliado con él! No debes hablar de esto con nadie, ni siquiera con Sara. Si Farsi te pilla, no sólo te echará antes de que hayas aprendido todas sus artes, sino que te castigará con dureza. Lo ha hecho dos veces con aprendices muy bien dotados pero poco cautelosos. Desde entonces, uno de ellos se sienta con la mano lisiada junto a la mezquita de los Omeyas y mendiga, y el otro vende cebollas. Y ninguno de los dos sabe que fue su maestro el responsable de que los convirtieran en lisiados. Es el hermano gemelo del diablo. —En el rostro de preocupación de su joven amigo, Karam advirtió que había exagerado—. Pero en tu caso no te hará nada malo. Ay de él si te toca un pelo, porque nada, pero nada, quedará sano en su estudio ni en sus huesos. Así que debes aprender y no tener miedo.

—Pero ¿y si no aprendo?

—Eres listo y tienes mano firme. No es difícil cuando se conocen los secretos. Un amigo me ha dicho que contando con la pluma adecuada y la tinta correcta, se domina ya la mitad de la caligrafía. Por eso debes observar atentamente cómo corta el maestro sus plumas, hasta que sepas hacerlo en sueños.

—¿Por qué haces todo esto por mí? —preguntó Salman, mirando las dos grandes bolsas de ropa nueva.

—Esto es una pequeñez, muchacho. Yo no tengo hijos, y al fin y al cabo te debo la vida —respondió, y le acarició la cabeza con ternura—. Hoy irás al peluquero, y luego al hammam, y mañana a las nueve te presentarás ante mí como un príncipe e iremos juntos a ver a Farsi. Pero lo llamaré hoy, porque no le gusta que nadie aparezca sin avisar. Como ya te he dicho, el embajador francés es humilde a su lado.

Cuando se despidieron en el suk Al Hamidiya, Karam retuvo largo rato la mano de Salman.

—Te doy dos años; para entonces tienes que haber aprendido todos los trucos del oficio. ¿Entendido? —dijo con voz solemne.

—Sí, mi señor, me esforzaré —respondió Salman. Luego rió y se despidió con la mano para liberarse de una agobiante sensación de gratitud que lo había conmovido hasta las lágrimas. No sospechaba que iba a mantener su palabra.

A la mañana siguiente, Mariam se sorprendió al ver a su hijo con la ropa nueva.

—Pareces un novio. ¿Sara se ha decidido por ti? —preguntó. Los preparativos de la boda de Sara estaban en pleno apogeo.

—No, no, pero hoy voy a intentar conseguir un nuevo trabajo. Con un calígrafo —respondió Salman.

Su madre le cogió la cabeza entre las manos y lo besó en la frente.

—Hueles a suerte.

Hamid Farsi no era tan malo como Salman había temido. Karam lo conocía desde hacía años, pero nunca se le había acercado especialmente, como con los otros vecinos.

Además de la limpieza de la tienda, lo que enseguida llamó la atención de Salman fueron los ojos pequeños e inteligentes del calígrafo. Parecía observarlo constantemente, de modo que, al contrario de lo que Karam le había recomendado, Salman no quiso mentir y dejar en buen lugar a su familia. Respondió con sinceridad. No ocultó ni la enfermedad de su madre ni las borracheras de su padre. Hamid Farsi alzó las cejas, sorprendido ante la franqueza de aquel muchacho enjuto y bajito, que tendría como mucho diecisiete o dieciocho años, pero ya había conocido todos los altibajos de la vida. Farid no sólo se veía a sí mismo de niño; además, las orejas de soplillo le recordaban a su querido maestro Serani, que también poseía tan poderosas alas.

Cuando le preguntó qué esperaba de su trabajo, el muchacho tendría que haber respondido, conforme a lo ensayado con Karam: «Servir, mi señor, y ganar dinero», pero de repente Sara pareció soplarle:

—Mi señor, apenas he ido a la escuela, pero amo nuestra escritura. No voy a convertirme en calígrafo ni en erudito, pero quisiera llegar a ser un buen ayudante. Me esforzaré en seguir sus consejos y ser en todo momento su fiel servidor.

Karam estaba seguro de que Salman lo había echado todo a perder. Pero, con inmensa sorpresa, oyó decir al calígrafo más famoso de Damasco:

—Entonces, vamos a intentarlo. Estás contratado desde este momento, y te enseñaré ahora mismo qué tendrás que hacer aquí y con quién. Despídete de tu antiguo jefe, sin cuya palabra ni siquiera habrías pisado este estudio.

Salman se dirigió a Karam y le dio gentilmente la mano.

—Muchas gracias, maestro —musitó.

—Hazlo bien, muchacho, y todos los días a las doce tendrás tu comida caliente en mi café. Y sé decente, como lo has sido conmigo todos estos años —repuso Karam conmovido, y se fue.

Una vez fuera, sintió que había estado sudando de nerviosismo y respiró aliviado.

—Pero qué zorro —musitó, y se echó a reír; luego se encaminó a su café, al extremo de la calle.