16

Hamid Farsi no sólo le fue ajeno a Nura en la noche de bodas, sino en todas las noches que siguieron hasta su huida. Todas las afirmaciones de las mujeres bienintencionadas de que una se acostumbraba a su marido resultaron falsas. Una se acostumbraba a las habitaciones y los muebles e incluso a estar sola. Pero ¿cómo iba a acostumbrarse a un desconocido? Ignoraba la respuesta.

En la cama, Hamid era amable y considerado, pero aun así Nura se sentía sola. Casi se ahogaba cuando lo tenía encima y dentro de ella. Se quedaba sin aire. Y esa soledad y extrañeza le causaban un dolor infinito.

Cuando todos los platos del banquete de bodas se hubieron acabado, todas las canciones estuvieron cantadas y los últimos huéspedes hubieron dejado la casa, el exotismo embriagador palideció hasta convertirse en una soledad ordinaria. Nura vio a Hamid con ojos nuevos, como si el novio hubiera abandonado la casa y un esposo desconocido hubiera ocupado su lugar.

Muy pronto descubrió su primer defecto: no sólo no escuchaba a otras mujeres, sino tampoco a la suya. Poco importaba lo que ella contara; acto seguido, Hamid le hablaba de sus propios proyectos, grandes o pequeños. Al parecer, todo le preocupaba más que la vida con Nura. Cuando ella le preguntaba por sus planes, él se volvía despectivo.

—Eso no es cosa de mujeres —decía. Cualquier enano le interesaba más que una mujer inteligente.

Pronto las palabras se secaron en los labios de la joven.

Hamid también la atormentaba con su férrea cotidianeidad, a la que ella no lograba habituarse. Aunque su padre dirigía una mezquita, nunca había tomado tan en serio el tiempo. Una conducta que Hamid despreciaba. El no tomar el tiempo en serio era un signo de la decadencia de la cultura árabe. No había nada en el mundo que él despreciara más que la palabra «mañana», que muchos árabes gustaban de emplear en promesas, reparaciones, pedidos y citas.

—¡No andes con rodeos! —le gritó un día al carpintero—. Dame una fecha, porque todos los días tienen principio y fin, salvo mañana.

El carpintero había prometido tres veces hacer una estantería para la cocina, y al final Hamid la compró en una tienda de muebles.

Hamid dirigía su vida conforme a un plan exacto. Despertaba, se lavaba y afeitaba, tomaba un café y salía de casa a las ocho en punto. A las diez telefoneaba para preguntarle a Nura si necesitaba que el mozo le llevara algo a mediodía. También el joven iba acosado por su jefe. A las once y media en punto estaba en la puerta, sudoroso y sin aliento. Los pobres mozos.

A las seis en punto, Hamid volvía a casa y se duchaba. A las seis y media cogía el periódico que había llevado de la tienda para terminar de leerlo. A las siete en punto quería cenar. Miraba el reloj una y otra vez. Los lunes y miércoles se iba a la cama a las nueve en punto. Los martes, viernes y domingos se acostaba con Nura, y para eso aplazaba en media hora el descanso nocturno. Esos días estaba artificiosamente de buen humor para ponerse a sí mismo a tono y sacar de su mente la caligrafía, por la que estaba obsesionado, durante un par de horas. En esos días, Nura aprendió a pintarse en el rostro una sonrisa para recibir a su marido.

Los jueves jugaba a las cartas con otros tres calígrafos hasta medianoche, en un café del barrio nuevo. El sábado participaba en las reuniones semanales de una asociación de calígrafos. Pero Nura jamás se enteraba de lo que allí se hablaba.

—No es cosa de mujeres —decía Hamid ásperamente, con gesto desdeñoso.

Durante un tiempo, Nura se preguntó si los sábados no se iría de putas. Pero luego descubrió en el bolsillo interior de la chaqueta de Hamid un documento de una de las reuniones. Eran dos hojas de papel con el acta de una sesión celebrada por los calígrafos. Leyó las palabras clave y las encontró aburridas, y se asombró de que pusieran por escrito todas las intervenciones. Se hablaba de caligrafía árabe. Volvió a guardar las hojas en el bolsillo para que su esposo no advirtiera nada.

Al cabo de tres meses, una tensa soledad había anidado en la casa. En cuanto regresó la calma, la soledad le mostró a Nura su feo rostro. Los libros amados que había llevado consigo se transformaron en pálidos escritos que habían perdido todo su atractivo. No podía comprar libros nuevos sin el permiso de Hamid. Le mencionó tres veces títulos que deseaba leer, pero él se limitó a menospreciarlos con un gesto. Dijo que se trataba de autores modernos, cuyos textos destruirían la vida familiar y la moral. Nura se enfureció, pues él no había leído ni uno solo de aquellos libros.

Para vencer su soledad, Nura empezó a cantar en voz alta, pero poco después le llegó de la casa vecina un venenoso comentario que acalló su voz.

—¡Si esa mujer es tal como canta, su marido se acuesta con una regadera oxidada! —gritó alguien riendo a través del patio. Era un hombre bajito de rostro amable, al que en adelante Nura se negó a saludar.

Para distraerse, empezó a limpiar la casa una y otra vez. Sólo cuando se dio cuenta de que estaba limpiando las ventanas por tercera vez en una semana, tiró el paño a un rincón, se sentó junto a la fuente y lloró.

Las mujeres de las casas vecinas eran amables y abiertas sin excepción; cuando la invitaban a tomar café, la muchacha encontraba en ellas atención y afecto. Por su parte, ellas disfrutaban con el refinado lenguaje de Nura y su destreza para la costura, y deseaban que las acompañara al hammam.

Se veían por la mañana, para compartir ante un café aromático los rumores de la noche, y después de la siesta para tomar el segundo y obligado café.

Mientras tanto, se entretenían cocinando o con la trabajosa tarea de confitar y conservar fruta y verdura.

Nura se reía mucho con sus vecinas. Al contrario que su madre, eran mujeres que disfrutaban de la vida y se lo echaban todo a la espalda, incluso a sí mismas. Sobre todo poseían astucia, con la que se hacían la vida más fácil. Nura aprendía mucho de ellas.

Pero, para decirlo con sinceridad, la aburrían. Eran personas sencillas que, en cuanto la conversación no discurría en torno a hombres, cocina y niños —en lo que eran verdaderas expertas—, no tenían nada que decir acerca de la vida. No sabían leer ni escribir. Después de varios intentos, lamentablemente fracasados, de llevarles algo del mundo que había fuera de su vida conyugal, también Nura guardó silencio. ¿Qué iba a hacer?

¡El teléfono fue su salvación! Con él pudo al menos recuperar el contacto con sus amigas del colegio. Eso le alegró un poco la vida, aunque el tiempo seguía pasando con lentitud. Sana, una divertida compañera de colegio, le aconsejó:

—Escribe un diario sobre los secretos de tu matrimonio. Sobre todo, acerca de lo prohibido que anhelas. Pero ¡busca un escondite seguro para él!

Nura descubrió un escondite seguro en la despensa, donde había un viejo armario cuyo fondo era fácil de extraer.

Empezó a escribir, y también a observar con más atención a su marido. Anotaba en un gran cuaderno lo que veía y sus sensaciones al respecto. Escribiendo, aprendía a plantear las cuestiones más difíciles y, aunque no siempre encontraba una respuesta, sentía un singular alivio al haberlas planteado.

Con cada página que llenaba, aumentaba la distancia con su esposo. Curiosamente advirtió muchas cosas de él que hasta entonces no había percibido. Descubrió que Hamid era un técnico genial, pero, al contrario que a su padre, no le interesaba el contenido de las palabras sino más bien su forma.

—La proporción y la música deben concordar —le explicó en una ocasión.

«No puedo creer que a un calígrafo le interese la belleza de las palabras pero no su contenido», escribió Nura en su diario, y lo subrayó con rotulador rojo.

Un día, él llevó a casa un proverbio escrito y enmarcado de forma encantadora, que encontró su sitio en el salón. Nura no dejaba de elogiar la belleza de la escritura, pero no lograba descifrarla. Estaba artísticamente ensortijada, retorcida y reflejada. Tampoco pudo leerla ninguno de sus pocos huéspedes, pero todos, incluso su padre, encontraban bellísimo el cuadro que formaban las letras, porque satisfacía el alma y el espíritu. Cuando Nura instó a Hamid a revelar su contenido, él sonrió:

—Con estiércol, la verdura crece más deprisa.

Consideró el espanto de Nura como un signo de escaso sentido del humor.

Hamid vivía como en un castillo, rodeado por los muros de su orgulloso silencio. A las mujeres no se les había perdido nada en ese castillo. Sólo eran admitidos en él su viejo maestro Serani y el primer ministro Al Azm, cuya casa estaba en las inmediaciones del estudio y que, como rendido admirador del calígrafo, era también muy buen cliente suyo.

Pero incluso esos hombres le resultaban lejanos, a pesar del respeto que les mostraba. En lo más íntimo de su ser, Hamid Farsi estaba solo. A Nura le hería profundamente que, cuando quería llegar hasta él, topaba con gruesos muros. Sus amigas querían consolarla diciéndole que a ellas les ocurría lo mismo. Sana tenía un marido atacado de celos enfermizos.

—Cada vez que alguien me mira demasiado en la calle, arma una escena lamentable. Se identifica como oficial de las Fuerzas Aéreas, y yo quiero que me trague la tierra. Teme constantemente que un desconocido me lleve con él. Como si yo fuera su asno, su coche o su juguete. Se lanza enseguida sobre el hombre del que sospecha, como ha aprendido de su padre, sus vecinos y esas imposibles películas egipcias en que los hombres se pelean presas de ataques de celos mientras la mujer se queda a un lado y espera; igual que antes ha esperado la cabra, la oveja o la gallina a que en la lucha entre los chivos, carneros o gallos haya un vencedor.

Por su marido, Sana no sabía ni una sola palabra sobre su trabajo en las Fuerzas Aéreas. Eso no era cosa de mujeres.

—Pero sí que podemos ser viudas —decía amargamente, y de manera profética, porque pocos años después su marido se mató en el vuelo de pruebas de un nuevo avión de combate.

Otras miraban a sus esposos como a niños inseguros que necesitaban su castillo de arena. Nura podía estar contenta de que Hamid no la engañara. Otra la acusaba de ingratitud, porque su marido le procuraba un bienestar como ella no habría podido soñar, y ella se aburría.

—Qué angelito —gruñía Dalia—. Dile que los maridos gastan más en el burdel y el restaurante que en la esposa... así que no me venga con gratitudes.

Nura tampoco sentía, incluso sin el apoyo de la modista, ninguna gratitud hacia alguien que nunca la tocaba salvo para acostarse con ella, y que durante meses no le preguntaba cómo estaba.

Hamid evitaba todo contacto, como si ella tuviera una enfermedad contagiosa. También en la calle iba siempre un paso por delante. Nura le pedía que se mantuviera a su lado, porque le resultaba humillante ir siempre jadeando tras él. Él se lo prometía, pero en la siguiente calle volvía a ir varios pasos adelantado. Nunca quería darle la mano.

—Un hombre orgulloso no hace eso —alegaba Hamid escuetamente.

Ella se preguntó durante años por qué un hombre podía sentir herido su orgullo por dar la mano a una mujer, pero nunca encontró la respuesta. A veces se interponía en su camino para que Hamid tuviera que tocarla, pero él siempre hallaba la forma de esquivarla. Cuando lo tocaba, él se estremecía. Se preocupaba hasta la náusea de que jamás lo viera desnudo, y apartaba la mirada cuando ella cruzaba desnuda el dormitorio para ir al baño.

En una ocasión, discutió con ella toda la noche porque durante la cena lo había tocado por debajo de la mesa. Habían cenado en casa de los padres de Nura, la comida había sido exquisita, y Sahar había estado jovial como pocas veces en su vida. Por primera vez, acarició delante de invitados las mejillas de Rami. Nura se sentía feliz y quiso compartir la alegría con su marido. Le tocó una pierna por debajo de la mesa. Hamid la retiró espantado. A ella le costó contener una sonrisa. En casa, él le gritó que ese comportamiento frívolo era propio de putas, que una esposa decente no hacía algo así en público.

Esa noche, Nura le replicó a gritos por primera vez. Estaba fuera de sí. Le dijo que si las cosas seguían así, se helaría a su lado, y Hamid se limitó a reírse, venenoso.

—Entonces enciende la estufa. Tenemos leña de sobra. —Con esa cortante observación, la dejó en la sala.

El espanto de Nura no conoció límites cuando oyó sus ronquidos apenas media hora después.

¿Qué debía hacer? Sólo quería paz. ¿Acaso su madre no decía a menudo que, por malo que fuese, el matrimonio era el puerto más seguro? Nada de eso era cierto. Nunca había dormido tan intranquila, nunca había pensado en huir tan a menudo.

¿Qué la inquietaba? Durante largo tiempo no lo supo, hasta que encontró a Salman. Sólo a través de él advirtió que su inquietud procedía de la conciencia de estar desperdiciando absurdamente su vida.

Su diario secreto se llenaba a ojos vistas, y Nura se sentía como una espía que debía observar a un ser extraño. Incluso cuando su marido estaba o dormía junto a ella, percibía esa distancia que le permitía observarlo.

Hamid era fanático en todo lo que pensaba y hacía, pero ocultaba siempre las afiladas aristas de su opinión bajo una gruesa capa de cortesía. Quería ser el mejor en todo, pero, dejando aparte la caligrafía, era inexperto como un niño pequeño. A menudo, Nura advertía que su padre le daba la razón para no dejarlo en evidencia. Cuando en una ocasión habló de ello con Rami, éste respondió:

—Niña mía, tienes razón. En muchas cosas, tu esposo no tiene más que intuiciones que él considera conocimientos, pero si lo ofendo todas las semanas, pronto no querrá visitarnos, y eso sería peor. Ver tu rostro es más importante para mí que toda la razón del mundo.

Pero Hamid siempre quería ser el mejor, no sólo en las cuestiones teológicas, filosóficas o literarias, sino también en muchas otras, aunque no leía otra cosa que el periódico. Después de largos años luchando por alcanzar el honor de ser el calígrafo más prestigioso, había salido victorioso de esa batalla y, como casi todos los vencedores, estaba embriagado consigo mismo.

Cuando se casó con Nura, era tan famoso que, a pesar de haber recibido grandes premios, apenas podía dejar de hacer encargos. No le quedó más remedio que delegar muchas tareas en sus colaboradores. Naturalmente, se reservaba los diseños y los últimos retoques. Y los encargos más importantes, las cartas y los himnos de alabanza en la más noble caligrafía seguía haciéndolos de su puño y letra y con inmenso placer. Pedía mucho, pero sus obras eran únicas. Y le halagaba que académicos, políticos o ricos comerciantes, satisfechos con el éxito que obtenían por medio de sus trabajos, fueran a visitarlo expresamente para darle las gracias.

—Lo que encargué —le dijo uno de sus clientes— era un feo esqueleto de mis deseos, y tú lo has llamado a la vida llenándolo de alma, carne y sangre.

Sobre todo, le pedían cartas ricos campesinos que no sabían orientarse en la jungla de la capital. Jamás preguntaban el precio, porque sabían que sus piezas abrían puertas. Cartas cuyas páginas eran obras de arte únicas. Hamid no repetía un esquema ni una sola vez. Por eso se desprendía a regañadientes de las obras terminadas.

Pasaba días ocupado en el sentido y la finalidad de una misiva, y le daba exactamente la forma adecuada para transformar la escritura en música, en una manera de cabalgar en una ola que llevaba al lector justo allí donde el solicitante quería llevarlo.

Sentía su trabajo muy emparentado al de un compositor. Ya su maestro elogió su sentido para la música de la escritura. Mientras los otros nunca desarrollaron un verdadero sentido de lo prolongada que debía ser una extensión, de cuántas redondeces soportaba una palabra y dónde había que colocar los puntos, él dominaba ese arte a la perfección de forma sensorial. No admitía, desde lo más profundo de su instinto, la disonancia en la composición de sus páginas.

La caligrafía árabe está creada para ser música para la vista. La longitud de la unión entre las letras representa un gran papel en la composición. La extensión o el acortamiento de esa unión es para el ojo como la prolongación o el acortamiento de la duración de un sonido para el oído. El alif, que en árabe es un trazo vertical, se transforma en un compás para el ritmo de la música. Pero como a su vez el tamaño de la letra alif determina, según la doctrina de la proporción, el tamaño de todas las demás letras, participa también en la altura y profundidad de la música que las letras forman horizontalmente en cada línea. Y también la distinta anchura, tanto de las letras como de las transiciones en el pie, tronco y cabeza de las letras, entre finísima y desbordante, influye en esa música para el ojo. La extensión de las líneas horizontales, la alternancia entre letras redondas y angulosas, entre líneas verticales y horizontales, influye en la melodía de la escritura y engendra un ambiente ligero, juguetón y alegre, tranquilo y melancólico, o grave y sombrío.

Y si se quiere hacer música cuidadosamente con las letras, el espacio entre ellas y entre las palabras aún requiere mayor habilidad. Los espacios vacíos son instantes de silencio. Y, lo mismo que la música árabe, también la caligrafía apuesta por la repetición de determinados elementos que no sólo promueven la danza del cuerpo y el espíritu, sino también la separación de la esfera terrena para alcanzar otras esferas.