10

—¿No es exagerado tener a tres mujeres viviendo en tres calles apartadas? —le preguntó el farmacéutico a su amigo. ¿Por qué no alojarlas en tres zonas separadas de un solo harén, como habían hecho su padre y su abuelo?

—Mis esposas nunca vivirán lo bastante alejadas; al cabo de una hora se sacan los ojos —dijo el elegante invitado—. Aún sería mejor que tres océanos las separasen. Entonces, yo viviría en una isla en el medio. Cada noche mi brújula me llevaría imperturbable hasta una de ellas.

—A mí tampoco me vendrían mal tres desiertos que me separasen de mi mujer —repuso el farmacéutico—, pero para nosotros los cristianos el matrimonio es único, como la muerte. Vuestro profeta era un hombre de mundo. Nuestro Cristo, un revolucionario; no tenía ni idea de mujeres.

—Quizá sí. Quizá por eso nunca se casó, aunque las mujeres se echaban a sus pies —respondió el hombre, que vestía un traje blanco y no era otro que Nassri Abbani.

Bebían el café que una gruesa manceba de farmacia de bata blanca les había servido. En la rebotica, el farmacéutico tenía un laboratorio con una cocina en un rincón y una nevera refrigerada con bloques de hielo, donde siempre guardaba una botella del mejor aguardiente. Al final se levantó.

—Querías gotas para la irritación de los ojos, ¿no? ¿Para quién?

—No lo sé —respondió, sorprendido, Nassri Abbani.

—Necesito saber si son para un niño o para un adulto —dijo el farmacéutico, y le dio a su amigo un apretón de manos.

—Entonces le preguntaré a mi mujer. ¿Tienes teléfono?

—¿Para qué va a tener teléfono un pobre boticario? Me llamo Elías Ashkar, no Nassri bey Abbani.

—Está bien, lo averiguaré hoy y te lo diré mañana —respondió el elegante Abbani, y salió de la farmacia.

«Esto es lo que se saca en limpio —pensó mientras salía—. Lamia habla demasiado, y al final nadie sabe lo que de verdad quiere.»

Si su padre se hubiera casado con ella en lugar de imponérsela... Él, Nassri, aún era joven e inexperto entonces. Querían refrenar su gusto por las mujeres, tal como expresó su padre. Lamia parecía la adecuada: era la hija de un famoso juez y olía más a libros y tinta que a sensualidad.

Lamia era la pura encarnación de la última palabra. No dejaba ninguna frase de su esposo sin comentar, y no digamos en pie. Siempre había algún idiota griego, chino o árabe que había demostrado lo contrario hacía siglos. Y cuando Lamia no encontraba ninguno, su padre servía como testigo de que ella tenía la razón.

Al contrario que con sus otras mujeres, con Lamia nunca se había sentido en su hogar, porque la gran casa con espléndido jardín en las proximidades del hospital italiano había sido un regalo de bodas de su suegro, y Lamia la llamaba con desparpajo «mi» casa y no «nuestra» casa.

Era una asesina del placer que empezaba a bostezar en cuanto él la tocaba.

—Tu cuerpo no está recubierto de piel, sino de interruptores —le espetó Nassri una vez en la cama, furioso—: en cuanto te tocan, te apagas.

—Tosca imagen, sin gracia ni espíritu —replicó ella, y bostezó aburrida.

Era espantosamente seca, tenía el pecho plano y estaba obsesionada con la lectura. Nassri, en cambio, no sabía qué hacer con los libros. Le bastaba el periódico para considerar que el mundo era un asco.

—Un hijo con tu apostura y la inteligencia de Lamia sería una suerte para el clan. Podría llevar mi nombre —le dijo su padre al despedirse de él en la noche de bodas.

Las cosas fueron bien distintas. Tuvieron seis retoños... pero sólo niñas, y las seis salieron a Lamia. Ningún varón del que Nassri pudiera alegrarse. Aquel matrimonio había sido el mayor error de su padre. Con ese pensamiento dormía junto a Lamia una de cada tres noches, después de haber cumplido con su deber. Sólo era feliz en los últimos meses de sus embarazos, porque entonces no podía tocarla. Una prohibición que atendía gustoso.

Nassri Abbani tenía la costumbre de, tras un ligero desayuno, ir a una cafetería donde tomar un moca dulce y leer el periódico; luego paseaba por el suk. Al pasar hacía sus pedidos, siempre a la dirección de aquella de sus tres mujeres con quien iba a dormir esa noche. Los verduleros, pescaderos, comerciantes de especias y golosinas, panaderos y carniceros atendían concienzudos sus deseos y le proporcionaban siempre los mejores productos, porque el señor Abbani era conocido por su generosidad. No regateaba ni comprobaba. Pagaba. Tampoco olvidaba nunca dejar una jugosa propina para los mozos.

Nassri Abbani llevaba siempre elegantes trajes europeos y, como en Damasco hacía calor a menudo, tenía más trajes claros de fino lino y seda damascena que de oscura tela inglesa. Llevaba camisas de seda y zapatos italianos, y se ponía todos los días un clavel o una rosa frescos en la solapa. Lo único árabe en su aspecto eran sus corbatas orientales con arabescos. Además, tenía toda una colección de bastones de paseo con puños de oro o plata.

Siempre lo llamaban Nassri bey. Bey o pachá eran títulos honoríficos otomanos, que en Damasco eran una reliquia del pasado sin ningún valor real, pero rodeaban a quien los ostentaba con el aura de un elevado origen, porque sólo los nobles próximos al sultán otomano recibían de él esa condecoración invisible pero audible.

Nassri Abbani era muy orgulloso y, a pesar de su amabilidad para con todos, apenas hablaba con nadie, salvo con el farmacéutico Elías Ashkar, cuyos conocimientos médicos superaban con mucho los de los propios doctores. La moderna farmacia de Ashkar estaba en el nuevo barrio de Salihiya, en las cercanías del despacho de Nassri y no lejos de la casa de su segunda esposa, Saide, justo al lado de la boutique del famoso Albert Abirashed, en la animada calle Rey Fuad, que después de la guerra de Suez, en 1956, fue rebautizada como calle de Port Said. Con esta nueva denominación se pretendía honrar la resistencia de la población de la ciudad egipcia de Port Said contra la invasión anglo-franco-israelí. Abbani encontraba ridículo el motivo, y hasta el último día de su vida se refirió a ella como calle Rey Fuad.

Nassri Abbani iba a ver al farmacéutico casi todas las mañanas, y pronto la gente empezó a cuchichear sobre las secretas mixturas que allí le daban para soportar físicamente su infinito deseo por las mujeres.

Hacia las diez —a veces después, pero nunca antes—, Abbani entraba en su gran despacho, en el primer piso de su espléndida y moderna casa. La planta baja la compartían una gran tienda de electrodomésticos y Air France. En el segundo piso residía la central de la compañía de alfombras persas. Las tiendas y empresas pagaban un alquiler considerable, porque la calle Rey Fuad era una arteria principal de la ciudad moderna, con los mejores hoteles y restaurantes, librerías, agencias de prensa, oficinas de importación y exportación, cines, y caras tiendas de moda que se jactaban de llevar a sus escaparates la alta costura de París. El despacho de Nassri tenía, junto con una cocina, un moderno baño y un almacén de material y archivo, dos habitaciones. Una era grande y luminosa, con una ventana que daba a la calle, y estaba amueblada como un salón: dos sofás de madera oscura tapizados en terciopelo rojo, una mesita baja y varios sillones espléndidos dominaban la estancia y dejaban tan sólo un rincón libre para una delicada mesa con recado de escribir y teléfono.

Por un estrecho pasillo se llegaba a la segunda habitación, igual de grande pero sin ventanas, que sólo parecía consistir en mesas de trabajo y estanterías repletas de archivadores. Allí se sentaba su colaborador de muchos años Taufiq, con dos escribientes entrados en años y tres jóvenes ayudantes.

Taufiq no era mayor que Nassri, pero con su enjuta figura, su pose encorvada y su cabello tempranamente encanecido, parecía pertenecer a otra generación. Oscuras ojeras bajo los ojos indicaban su agotamiento.

Nassri había heredado a Taufiq de su padre, que en su lecho de muerte le dijo:

—Tus dos hermanos tienen inteligencia y tú tienes a Taufiq. Cuídalo, porque si se va, te hundirás.

El viejo Abbani, cuya riqueza era proverbial, mantuvo hasta su muerte su aguda mirada a la hora de valorar a las personas. Era fabricante, corredor y latifundista. Se contaba que uno de cada dos albaricoques que se consumían en Damasco provenía de sus campos, y que todos los productos de la capital derivados del albaricoque procedían de sus fábricas.

También era el mayor comerciante de semillas de albaricoque, muy cotizadas para la fabricación de mazapán, aceites y sustancias aromáticas.

Taufiq había entrado a trabajar como mozo para Abbani a los quince años. Entonces era bajito y estaba casi muerto de hambre, por lo que los empleados de los almacenes, que llenaban con semillas de albaricoque los sacos de yute y los cosían para transportarlos, se burlaban de él. Pero el experimentado Abbani no sólo vio en él a un genio del cálculo, sino también a un joven de juicio agudo y gran valor. Taufiq lo demostró en una ocasión al contradecir a Abbani, cosa a la que nadie más se había atrevido.

Abbani se puso furioso, pero consigo mismo, porque sin la objeción de aquel muchacho pálido se habría arruinado por un necio cálculo. Cuando se tranquilizó, bajó al almacén para darle una lira como recompensa. Pero no vio a Taufiq por parte alguna. Al preguntar, se enteró de que Mustafá, el jefe de almacén, lo había azotado con una vara por haber corregido en voz alta al jefe. Todos los demás, que por supuesto también habían advertido el error, habían cerrado la boca por respeto. Cuando por fin encontraron a Taufiq y lo llevaron ante Abbani, éste dijo:

—Desde hoy trabajaremos juntos, muchacho. Y todos los que hay aquí tendrán que mostrarte respeto, porque desde hoy eres mi primer secretario. —Y a los circundantes les advirtió—: El primero de vosotros que se atreva siquiera a mirarlo mal está despedido.

Unos meses después, Taufiq tenía en la cabeza todas las formas de calcular, el cálculo porcentual y la confección de tablas. Dominaba los trucos más refinados a la hora de solicitar exenciones de aranceles, una capacidad que el viejo Abbani no había conseguido enseñar a sus dos contables en diez años.

Desde entonces, Taufiq fue tratado como un hijo de la familia Abbani. Cuando cumplió dieciocho años, su protector le concertó un matrimonio favorable con una viuda joven y acomodada del pueblo de Garamana, al sur de Damasco. Era una buena mujer, y desde entonces Taufiq vivió complacido. Para él, el viejo Abbani era un don de Dios.

Con el tiempo, Taufiq alcanzó una posición acomodada, y su esposa le dio tres hijos. Siguió siendo humilde, y hablaba en voz queda y respetuosa con todos, incluso con los mozos. Por agradecimiento a su salvador, se mantuvo fiel a su malcriado hijo, que se interesaba más por la ropa interior de las mujeres que por los intereses y los precios del suelo. Pronto Taufiq se convirtió en el único soberano de un pequeño imperio financiero. Con los años acabó por cogerle cariño a Nassri, que confiaba absolutamente en él y nunca le reprochaba ningún error. Al contrario que sus dos tacaños hermanos, Nassri era generoso. Sin duda entendía poco del negocio pero mucho de la vida y, como su padre, no sentía el menor respeto hacia los poderosos, a quienes enredaba con placer y entrega.

—Dios da a cada uno lo suyo —se decía a sí mismo y a los demás. No se podía pedir a un campeón de boxeo que bailara ballet.

Taufiq seguía fielmente la costumbre de recabar el consentimiento de su patrón antes de cerrar cualquier negocio. Nassri estaba siempre de acuerdo, porque no entendía una palabra de negocios con albaricoques y sus innumerables productos. Tampoco tenía el menor interés en las fincas que se vendían para comprar otras porque, supuestamente, allá donde ahora crecían granados, adelfas y caña de azúcar pronto iban a construirse los barrios más caros de Damasco. Y eso se debía a que una embajada abandonaba su espléndida sede en la ciudad vieja y quería trasladarse precisamente allí.

—Haz lo que consideres oportuno —decía Nassri Abbani a media voz. Y en dos años el precio del suelo se había multiplicado por cinco.

Y cuando Nassri, feliz con el beneficio, quería vender, Taufiq lo rechazaba con un gesto.

—Lo que hemos de hacer ahora es comprar grandes superficies. Dentro de cinco años tendrás quinientas veces más.

—Por mí... —cedía Nassri, aunque no estaba realmente convencido.

Cinco años después, los terrenos del nuevo barrio de Abu Rummane eran de hecho los más caros de la ciudad. Taufiq estimaba el beneficio en un seiscientos cincuenta por ciento.

Cuando Nassri entraba en el despacho por la mañana, le preguntaba amablemente a Taufiq:

—¿Alguna novedad?

Y el secretario respondía invariablemente:

—Enseguida voy a verte, Nassri bey.

Luego hacía una seña al mozo para que fuera a la cafetería cercana y pidiera dos cafés, uno muy dulce para el jefe y uno sin azúcar pero con mucho cardamomo para él.

Mientras tomaban el café, Taufiq explicaba de manera escueta y precisa todos los acontecimientos, sabiendo que su patrón se aburría con mucha rapidez. En el plazo exacto de siete minutos, había expuesto todos los movimientos financieros, exportaciones, alquileres y reparaciones de las muchas casas y todas las nuevas fincas en construcción.

—Entonces todo está en orden —decía Abbani con aire ausente, aunque a veces el informe contuviera cifras negativas.

Luego hablaba por teléfono con sus amigos durante una hora, y apenas pasaba una semana sin que acordara una comida con algún hombre poderoso en su restaurante favorito, Al Malik, en las cercanías del Parlamento.

—Comiendo puedo allanar bien nuestros caminos —le decía a su gerente, y no exageraba.

Nassri tenía encanto y conocía el mundo, a sus congéneres y los cotilleos de actualidad, y eso impresionaba a sus comensales. Naturalmente nunca les permitía pagar, sólo disfrutar. El cocinero procedía de Alepo; si había una cocina que superara con sus aromas y composiciones la damascena, ésa era la de la mayor ciudad del norte.

Cuando no podía invitar a nadie, se iba solo a almorzar. Y únicamente en ese caso se atrevía el propietario del restaurante a cambiar dos palabras con el distinguido señor.

A Nassri Abbani no le gustaba comer a mediodía con sus esposas e hijos; por la noche lo aceptaba.

Después de comer iba a visitar a su prostituta favorita, Asmahan, que vivía en una casita a menos de cien pasos del restaurante. Asmahan se alegraba de verlo porque siempre llegaba a mediodía, cuando ninguno de sus distinguidos pretendientes tenía tiempo para ella. Nassri bromeaba con Asmahan, a quien le gustaba realmente su gran sentido del humor y reía hasta que se le saltaban las lágrimas. Luego hacía el amor con ella, dormía media hora de siesta, volvía a hacer el amor con ella, se duchaba, pagaba y se iba.

A veces, al marcharse, Nassri pensaba que la joven prostituta lo soportaba todo demasiado alegre y mecánicamente, y deseaba más pasión. Sólo años después sabría por azar lo que el corazón de Asmahan podía aceptar por él. Pero por lo demás tenía todo lo que a él le gustaba: un hermoso rostro con ojos azules y cabello rubio, un cuerpo que aturdía, como hecho en mármol, y una lengua que sólo producía miel.

Y eso no se lo daba ninguna de sus tres esposas.