5

El barrio de Midan está al sudoeste de la ciudad vieja de Damasco. De allí partían las caravanas de peregrinos hacia La Meca y allí eran recibidas a su regreso. Por eso había muchas mezquitas, tiendas para atender las necesidades de los peregrinos, baños públicos y mayoristas de trigo y otros cereales en la ancha calle principal que lleva el nombre del barrio: calle Midan. En torno a esa larga calle se ramificaban muchos pequeños callejones. El de Aiyubiga partía de la animada vía principal, y sólo tenía cuatro casas y un gran almacén de semillas de anís. Sin embargo, la entrada principal estaba en la calle paralela.

Nura adoraba el aroma dulzón del anís, que le recordaba al de los caramelos.

El callejón de Aiyubiga se llamaba así por la gran familia que antaño habitaba las cuatro casas, cuyo cabeza, Samih Aiyubi, fue buscado por la policía después de la revuelta de 1925 contra la ocupación francesa. Huyó con toda la familia a Jordania, donde disfrutó de la protección de los ingleses. Luego, al fundarse el reino de Jordania, se convirtió en secretario privado del rey y espía de la Corona británica en el palacio del soberano. Se hizo jordano y nunca regresó a Damasco.

Poco después de la fuga de Aiyubi, un rico mercader llamado Abdullah Mahaini compró las casas por poco dinero. Mahaini, un hombre rico cuyos antepasados habían llegado de Siria central en el siglo XVII y se habían asentado en el barrio de Midan, comerciaba en sus filiales, repartidas por todo el país, con tejidos, maderas nobles, cuero, armas y materiales de construcción. Poseía las representaciones de una empresa eléctrica holandesa, un fabricante alemán de máquinas de coser y un constructor de automóviles francés.

La casita del final de la calle sin salida era una joya de la arquitectura y el arte de vivir del viejo Damasco. Mahaini se la dio a su hija Sahar, la madre de Nura, como regalo de boda. Las otras tres casas las vendió con gran beneficio. Al contrario que la primera esposa de Mahaini, que le dio cuatro varones, la segunda, la madre de Sahar, sólo parecía llevar mujeres en su vientre. Ocho chicas trajo al mundo, y el mercader no quiso alimentar a ninguna más tiempo del estrictamente necesario. Pasados los quince años, un esposo debía cuidar de ellas. Algunos vecinos murmuraban que a Mahaini únicamente le molestaba la diferencia de edad entre sus hijas y las siete mujeres con que fue casándose a lo largo de los años, que iban siendo más jóvenes conforme más viejo se hacía él.

Mahaini vivió hasta su muerte en un palacio próximo a la mezquita de los Omeyas. Los pretendientes de sus hijas golpeaban el picaporte de la puerta uno tras otro, porque casarse con una hija de Mahaini era como ganar la lotería.

Así ocurrió también con Sahar, que, como la mayoría de sus hermanas, no sabía leer pero era muy guapa. Muchos hombres pidieron su mano, pero Mahaini despidió a todos los mercaderes y sastres, boticarios y maestros. Se limitaba a sonreír, compasivo, a la madre de Sahar cuando ésta lamentaba su rechazo.

—Para Sahar —replicaba él en voz baja, como alguien seguro de lo que dice— ya he encontrado un marido espléndido. Con él podrás adornarte como suegra.

Abdullah Mahaini era un hombre leído y lleno de humor.

—Paso el día entero ocupado en hacer la paz entre mis belicosas nueve esposas, cuarenta y ocho hijos, diez criados y doscientos cincuenta trabajadores. Napoleón lo tuvo mucho más fácil.

Era un hombre tradicional pero abierto a las innovaciones; se casó nueve veces, pero se negó a que una sola de sus esposas o hijas llevara velo. Cuando algún musulmán estricto le preguntaba el motivo, repetía las palabras de un joven erudito sufí al que admiraba:

—Dios ha creado los rostros para que los veamos y reconozcamos. El corazón es el que vuelve piadosa a la gente, no el velo.

Explicaba a sus esposas e hijas que el velo no era un invento islámico, sino que había sido inventado en Siria mil años antes del islam. En aquellos tiempos, sólo las mujeres nobles podían llevar velo en público. Estaba considerado un signo de lujo. Cuando una esclava o campesina lo usaba, era castigada.

Mahaini amaba la vida social, y le gustaba rodearse de hombres inteligentes a los que invitaba, con los que iba al hammam y con los que también hacía negocios. Entre sus mejores amigos se contaban dos judíos y tres cristianos.

Estaba entusiasmado con un prestigioso pero pobre erudito sufí, el imán Rami Arabi, cuyos sermones seguía con interés viernes tras viernes en la pequeña mezquita de Salah, en el barrio de Midan. Por ellos renunciaba a la pomposa oración dirigida por el gran muftí de Damasco en la cercana mezquita de los Omeyas, la más importante de la ciudad.

De ese modo, el enjuto y pequeño imán se convirtió en yerno del gran Mahaini, y posteriormente en padre de Nura.

De los abuelos paternos de Nura, la abuela no se entendía con su nuera, mientras que el abuelo la idolatraba. Era misántropo, se mantenía literalmente escondido y solamente hacía las visitas imprescindibles. En esos casos, Sahar siempre lo malcriaba. En cambio, la abuela de Nura era una anciana enérgica que se dejaba ver a menudo en su casa.

—¡Sólo vengo a visitar a la inteligente y bendecida Nura! —exclamaba con desenvoltura—; que los criados se vayan al diablo. Y cuanto antes me pongan un café decente, antes desapareceré.

Sahar no hacía un café tan rápido para nadie más.

El abuelo Mahaini iba a comer todos los viernes, después de la oración solemne. Afirmaba que sólo el viernes podía dormir tranquilo, porque ya no tenía preguntas.

Como si un hada revelara al joven erudito qué preguntas rondaban durante la semana por la cabeza del viejo mercader Mahaini, desde el púlpito daba las respuestas exactas a esas cuestiones. Dicen que Sahar le confió una vez a una vecina:

—Mi marido habría hecho mejor en casarse con mi padre en lugar de conmigo. Se habrían entendido a las mil maravillas.

Eso no era del todo cierto, porque los dos amigos discutían a menudo en cuanto se quedaban a solas. Mahaini exhortaba al joven imán a no anticiparse a sus oyentes en décadas, sino tan sólo en meses. Nadie podía seguirlo tan deprisa. Así se lo ponía fácil a sus enemigos y, en vez de convertirse en muftí de Siria, tenía que hablar en esa mezquita pequeña y ruinosa ante analfabetos y duros de oído.

—Bah, no sabes lo que dices. ¿Acaso eres tú analfabeto?

—¿Cómo? —gritó el rico mercader, y se echó a reír.

—Los damascenos —replicó Rami Arabi— roncan ruidosamente mientras el tren de la civilización pasa ante ellos. Da igual lo que uno haga: el que ronca siempre se sobresalta cuando lo despiertan —añadió, y manoteó con desesperación.

Después de sus encuentros, el gran Mahaini se hacía reproches por haber criticado con tanta dureza a su sincero y erudito yerno. En cambio, el imán Rami Arabi se iba a la cama con el propósito de seguir el consejo del inteligente Mahaini y no dar a la gente su amarga medicina a cubos, sino a cucharadas.

Años después, Nura se acordaba de una experiencia que, en su sencillez, era un símbolo de la profunda amistad entre su padre y el abuelo Mahaini. Un día, Rami Arabi estaba reparando una cestita para que le sirviera de juguete a Nura. Entonces llegó el abuelo y, como siempre, parecía tener ardientes preguntas en su corazón. Pero el imán siguió atornillando y claveteando sin prestar atención al anciano, que se removía inquieto en su sillón.

Cuando Mahaini empezó a hacer venenosas observaciones sobre la forma en que algunos perdían el tiempo con cosas de niños, Rami se levantó, desapareció en su despacho y regresó con una tijera y dos pliegos de papel.

—¿Puedes hacer una pajarita capaz de volar? —le preguntó cariñosamente a su suegro.

—¿Acaso soy un crío? —gruñó él.

—Eso es lo que yo desearía para ti y para mí —dijo el padre de Nura, y volvió a dedicarse a la bisagra de la cesta.

En ese momento apareció Sahar con el café que había preparado para su padre, y se quedó en la puerta como petrificada. Se asombró no poco cuando el anciano sonrió, se arrodilló en el suelo y empezó a doblar el papel.

Fue la primera pajarita de papel de Nura, y poco a poco describió giros, aunque a veces también se enganchaba en algún árbol o se iba de cabeza al suelo cuando la niña la lanzaba desde el primer piso para que planeara.

La casa de Nura era muy tranquila, a pesar de estar cerca de la calle Mayor. Todos los ruidos se extinguían en el largo y oscuro pasillo por el que se llegaba del callejón al patio interior y otra vez al cielo abierto.

Era un patio pequeño y sombreado, de suelo decorado con ornamentos de mármol de colores que continuaban en los suelos de las estancias adyacentes. El centro del patio lo ocupaba un pequeño surtidor, y el chapoteo del agua formaba arabescos musicales para los oídos damascenos. Nada les gustaba oír más en los meses ardientes del año.

A veces, su padre se sentaba largo tiempo junto a la fuente con los ojos cerrados. Al principio Nura pensaba que dormía, pero se engañaba.

—El agua es parte del Paraíso, por eso ninguna mezquita debe renunciar a ella. Cuando me siento aquí y la oigo borbotear, regreso a mi origen, en el vientre de mi madre. O más lejos aún, al mar, y oigo sus olas, como el corazón de mi madre, batiendo contra la costa —le dijo en una ocasión en que la niña estaba sentada junto a él y había estado mirándolo largo tiempo.

Una escalera llevaba al primer piso. La azotea tenía una hermosa barandilla de forja. La mayor parte de la azotea se utilizaba para secar la ropa. También se secaban al ardiente sol frutas, verduras y, sobre todo, diversas mermeladas. En una cuarta parte de la superficie se había edificado una buhardilla diáfana que servía de escritorio a Rami.

El retrete era una estancia diminuta bajo la escalera. Como muchas casas árabes, la casa no tenía baño. Se lavaban en la fuente o la cocina, y se bañaban una vez a la semana en el cercano hammam.

Cuando más bella encontraba Nura su casa era en verano, porque en cuanto el patio interior quedaba en sombras después de mediodía, su madre volvía de tomar el café con su vecina Badia, rociaba el enlosado y las plantas con agua, y fregaba el suelo de mármol, dejándolo brillante y con sus abigarrados colores relucientes.

—Ahora está extendida la alfombra del frescor, ahora puede empezar la tarde —decía todos los días Sahar de buen humor.

Era un ritual. Se ponía un vestido de estar por casa, fresco y sencillo, y abría el grifo del surtidor. El agua saltaba hacia lo alto por los pequeños orificios y caía ruidosamente en la pileta, donde en verano ponía una gran sandía a refrescar. Sacaba un plato con aperitivos salados y se sentaba junto a la fuente. Para cuando Rami Arabi volvía de la mezquita, la sandía estaba fría y refrescante. Y hasta entonces duraba el buen humor de Sahar. En cuanto su marido regresaba, ella se tornaba rígida y fría. En general, reinaba una gélida frialdad entre sus padres. A menudo Nura veía que otras parejas se abrazaban, bromeaban o incluso, como su vecina Badia, se besaban. También la sorprendía ver la sinceridad con que las mujeres hablaban en sus reuniones de café de sus más íntimas experiencias de cama. Se daban consejos y explicaban los trucos con que seducían a sus maridos y se procuraban un poco de placer a sí mismas. Hablaban de ropa, bebidas y perfumes, y se regodeaban en descripciones de toda clase de besos. Eran las mismas mujeres que a veces corrían o arrastraban los pies por la calle con el pañuelo en la cabeza y la mirada baja, como si nunca hubieran sentido placer.

Los padres de Nura nunca se besaban. Un muro invisible los separaba. Nura no los vio abrazarse ni una sola vez. En una ocasión en que la puerta estaba entreabierta, la niña pudo verlos en el patio desde el sofá. Estaban sentados junto a la fuente y tomaban café. No podían ver a Nura, porque su habitación estaba en sombras. Ambos estaban del mejor humor y se reían de algún pariente que se había comportado como un tonto en una boda. De pronto él estiró la mano para acariciar los hombros desnudos de su esposa. Era un día muy caluroso, y ella no llevaba más que un fino camisón. Cuando la tocó, Sahar se estremeció.

—Deja eso, tienes que ir a la mezquita —dijo, y se sentó en otra silla.

Lo único que, junto con la frialdad de los padres, se tendía como un hilo a través de la infancia de Nura, eran los libros.

—Libros, libros apestosos por todas partes —se quejaba Sahar a menudo.

Los libros no apestaban, pero era verdad que estaban por todas partes. Llenaban los estantes de las dos habitaciones de la planta baja y los de la buhardilla, donde estaban apilados o tirados por el suelo. Una silla junto al escritorio y un sofá eran las únicas superficies libres. Allí se sentaba Nura durante horas, y leía.

En el dormitorio de sus padres y en la cocina no podía haber libros. Ése era el deseo de Sahar, al que su marido se sometía quejoso porque, en última instancia, la casa —incluso después de la boda— era de ella.

—Aparte de sus treinta chinches y sus tres mil libros con olor a moho, tu padre no tenía nada —le decía Sahar a Nura riendo.

No exageraba. Rami Arabi era un erudito sufí al que no importaban los bienes de este mundo, y que prefería los goces de la escritura a todos los demás.

A diferencia de la primera esposa de Rami, Sahar no sabía leer. Era diecisiete años más joven que su marido, y acababa de cumplir los diecisiete cuando se casaron. Rami Arabi tenía tres hijos varones de su primer matrimonio. Eran casi tan mayores como su segunda mujer, y ya tenían su propia familia. Raras veces acudían a casa de su padre, porque Sahar no los quería y no hablaba bien de ellos ni de su fallecida madre. Los despreciaba porque no sólo habían permanecido pobres como su padre, sino que además eran simplones. Eso también lo sabía Rami Arabi, y le dolía que ninguno de sus hijos fuera inteligente. Amaba a Nura, y le decía que ella poseía la inteligencia que habría deseado para uno de sus descendientes varones.

—Si fueras un chico, aturdirías a los hombres en la mezquita.

A él mismo le faltaban la voz y la presencia que tanta importancia tienen entre los árabes. Aunque sus hijos lo habían defraudado, siempre hablaba bien de su primera esposa, y eso irritaba especialmente a Sahar, que a veces siseaba:

—Los cementerios huelen a incienso, pero aquí huele a podrido.

Por otra parte, Sahar servía fiel y respetuosamente a su marido. Cocinaba para él, lavaba y planchaba su ropa, y lo consolaba en sus muchas derrotas. Pero no lo amó ni un segundo.

La casa le pertenecía a ella, pero la última palabra la tenía Rami. Sahar prefería llevar velo, para dejar claras las relaciones entre los desconocidos y los propios, pero él lo rechazaba, exactamente igual que Mahaini.

—Dios te ha dado un hermoso rostro porque quería alegrar con él a las demás personas —decía el uno antes del matrimonio, y el otro después.

Cuando una tía lejana, fascinada por el bello semblante de Nura, señaló que quizá fuera mejor ponerle un velo para que no sedujera a los hombres, Rami Arabi se rió de ella:

—Si ha de ser así, como dicen Dios y su Profeta, entonces también los hombres deberían llevar velo, porque muchos hombres seducen con su belleza a las mujeres, ¿me equivoco?

La tía se puso en pie como mordida por una serpiente y salió de la casa, porque había entendido la segunda intención. Tenía una relación con un hermoso joven de su vecindario. Todos lo sabían, salvo su esposo. La madre de Nura estuvo dos días de mal humor porque la alusión de su marido le había parecido poco hospitalaria. Por lo general, Sahar era una persona que vivía especialmente en tensión. Cuando tendía la ropa, siempre cuidaba de que su ropa interior estuviera en la cuerda central. Sólo así quedaba protegida de las miradas de los curiosos desde ambos lados de la terraza. Sentía una vergüenza singular, como si la ropa interior no estuviera hecha de algodón, sino de su propia piel.

Tampoco la vecina Badia usaba velo. Su marido quería incluso que atendiera a sus huéspedes. Era un rico comerciante textil en el suk Al Hamidiya, recibía visitas a menudo, incluso de europeos y chinos. Badia las atendía con reservas, porque estaba convencida de que los infieles eran impuros.

Pero al contrario que Badia, que no respetaba especialmente a su marido, Sahar temía al suyo, como temía a todos los hombres desde que su padre le dio una paliza porque, siendo una niña, lo llamó delante de todos sus invitados «gallo con muchas gallinas» y lo avergonzó. Él esperó pacientemente a que todos los invitados se fueran, pidió un palo a los criados, ató las manos de su hija y la vapuleó sin que sirvieran ni las lágrimas de su madre ni los ruegos de los criados.

—El hombre es la corona de mi cabeza —tuvo que repetir ella bien claro. Las lágrimas ahogaron muchas veces su voz, pero aquel día su padre parecía sordo.

También su marido podía enardecerse en cuestión de segundos. Él nunca le pegaba, pero la fustigaba con su lengua, que le cortaba el corazón con más agudeza que un cuchillo de acero damasceno. Y siempre que los labios del imán temblaban y el color de su rostro cambiaba, ella temía.

Sahar quería tener un varón a toda costa. Pero, después de Nura, todos sus hijos murieron poco antes o poco después del parto.

Años más tarde, Nura aún recordaba cómo su madre se la llevaba al cementerio, cerca de Bab al Saghir. Allí, en ese viejo cementerio, junto a sencillas tumbas, había también grandes cúpulas con las sepulturas de hombres y mujeres especialmente prestigiosos, de los inicios del islam. Eran parientes y compañeros de viaje del Profeta. Sahar siempre visitaba la tumba de Um Habiba, una de las esposas, y la de Sakina, una de las bisnietas del Profeta. Allí había mujeres chiíes, siempre vestidas de negro, sobre todo peregrinas llegadas de Irán, que recorrían todos los altares tocándolos con cintas y paños, como si sólo con tocarlas pudieran llevarse a casa todas las reliquias. Y aunque Sahar pertenecía a la mayoría suní y odiaba a los chiíes más que a los judíos y los cristianos, iba allí a rezar y pedir un varón. Pasaba la mano por el altar y a la vez se frotaba el vientre. No se atrevía a llevar un paño porque su marido se reía de aquellas supersticiones, y temía que los muertos, indignados, la castigaran con un aborto.

Nura recordaba que su madre pasaba más tiempo en los cementerios que entre los vivos. Marchaba con cientos de creyentes hacia las tumbas de los famosos eruditos del islam y compañeros del Profeta, subía con ellos a la montaña damascena de Qassiun y dejaba flores y ramas verdes de mirto en las sepulturas. A Nura no le gustaba aquella agotadora procesión, que empezaba por la mañana temprano y duraba hasta la llamada de mediodía del muecín. Se celebraba en determinados días de los sagrados meses de Ragab, Shabán y Ramadán. Daba igual que hiciera un frío gélido o un calor asfixiante. Nura siempre tenía que acompañarla, y Rami se oponía. Consideraba supersticiosos todos los rituales, y los despreciaba.

Y, en cada ocasión, la procesión terminaba a la puerta de una mezquita a los pies de la montaña de Qassiun. Allí había centenares de personas, cuando no miles, que lanzaban sus deseos y ruegos al cielo. Todo ocurría a un ritmo acelerado: la visita, el depósito de las flores y ramas de mirto y las oraciones. Porque tanto los profetas como los ángeles oían los ruegos sólo hasta el mediodía, según decía Sahar. Y de hecho, cuando el muecín llamaba a la oración del mediodía, todos callaban de golpe. Durante años, también era costumbre que los creyentes golpearan las muchas aldabas de bronce y argollas de metal que adornaban la puerta de la mezquita, armando un ruido infernal, hasta que el imán, irritado, ordenó desmontarlas y gritó a la defraudada congregación:

—¡Si Dios y sus profetas no oyen vuestros gritos y oraciones, tampoco oirán vuestras estrepitosas llamadas!

Sahar adoraba la procesión, y estaba como hipnotizada cuando tomaba parte en ella. Por eso sabía mejor que su esposo cuándo se visitaban qué tumbas y en qué época del año.

A veces, él suspiraba desesperado:

—¿Soy yo el imán o lo eres tú?

Rami Arabi había prohibido a su mujer que acudiera a charlatanes. Debía visitar a un médico razonable. Tampoco quería saber nada de las rogativas de Sahar a los santos vivos y muertos. Por eso, Nura nunca contaba las visitas de su madre a las tumbas u hombres santos. Sentía compasión por ella. Las cosas llegaron tan lejos que también la niña empezó a rogar a Dios para que su madre tuviera un varón.

Ocho veces creció el vientre de Sahar, se abombó enormemente sobre sus piernas, y luego, cuando ella volvía a adelgazar, no había ningún niño. Nura aprendió pronto la palabra aborto. Pero ni todos los sufrimientos podían debilitar el sueño de su madre. El octavo aborto fue especialmente grave y sólo la suerte hizo que los médicos lograran salvarle la vida, aunque al precio de que jamás volviera a quedar embarazada. Su marido le reprochó que los infernales brebajes que los charlatanes le habían prescrito la hubieran dejado estéril.

Nura se acordaba especialmente bien de ese octavo y último aborto. Su madre salió del hospital varios años envejecida. En esa época, en los baños comunes del hammam, Sahar descubrió los primeros indicios de que los pechos de su hija de once o doce años abultaban.

—¡Te has convertido en una mujer! —exclamó asombrada, un hálito de reproche en su tono.

Desde ese momento ya no la trató como la muchacha que era, sino como a una mujer adulta, rodeada de hombres babeantes y ansiosos.

Cuando Nura le habló a su padre de los exagerados miedos de su madre, él se limitó a reír, pero luego admitió que tendría que haber prestado más atención a las intuiciones de su hija. Sahar recelaba y desconfiaba de cualquier muchacho, como temiendo que fuera a arrojarse sobre Nura.

—Abajo en el sótano tengo una soga preparada. Si te ocurre algo, me ahorcaré —le dijo una mañana a la niña.

Nura registró el sótano, pero sólo encontró una fina cuerda de tender; aun así tuvo miedo por su madre, y empezó a ocultarle todas sus experiencias.

Rami Arabi tenía los oídos abiertos a todas las cosas del mundo, y no sólo acudían a visitarlo y pedirle consejo a la mezquita, sino también a casa. Era famoso por su paciencia y sinceridad, y raras veces se alteraba, aunque le preguntaran por qué Dios había creado los mosquitos o por qué el ser humano tenía que dormir. Respondía con calma y amabilidad. Pero no quería contestar nada, nada en absoluto, relacionado con las mujeres. No pocas veces interrumpía abruptamente al que acudía en busca de ayuda:

—Ésas son cosas de mujeres; mejor pregunta a la comadrona o a tu madre.

Tenía mucho miedo a las mujeres. Solía repetir que ya el Profeta había advertido de la astucia femenina. Pero aún hablaba más a menudo del hombre que quería que un hada cumpliera un deseo suyo. El hombre anhelaba un puente que fuera de Damasco a Honolulu. El hada alzó los ojos al cielo y gimió diciendo que eso era muy difícil para ella, que si no tenía un deseo más fácil. El hombre respondió que sí, que deseaba entender a su esposa. Entonces el hada le preguntó que si quería el puente a Honolulu de uno o dos carriles.

¿Cómo iba a hablar Nura a sus padres del joven herrero que la acechaba en la calle principal y le preguntaba en voz baja si quería que le cosiera la raja que tenía entre las piernas? Y quién le decía que él tenía la aguja adecuada. En casa se miraba en el espejo. Sí, ese lugar se parecía a una raja. Pero ¿coserla?

Desde luego había visto chicos desnudos en el hammam, porque las mujeres podían llevar consigo a sus hijos pequeños hasta que aparecía la primera erección; entonces ellos debían ir al baño con sus padres. Pero durante todos esos años, Nura había creído lo que una vecina le contó en el hammam: que los niños eran un poco limitados de nacimiento y no sabían hacer pis bien, y que por eso Dios les había dado esa pequeña manguera, para que no se mojaran todo el tiempo.

Nura aprendió muchas cosas en el hammam. No sólo era un lugar para el cuidado del cuerpo y la limpieza, sino también para el descanso y la risa. Allí siempre oía historias y aprendió de las otras mujeres lo que no figuraba en ningún libro. Las mujeres parecían dejar la vergüenza y la timidez con la ropa, y hablaban abiertamente de todo. La húmeda estancia olía a lavanda, ámbar y almizcle.

Allí Nura disfrutaba de exóticas bebidas y comidas que nunca probaba fuera. Las mujeres se esforzaban en mejorar sus artes culinarias, y llevaban consigo el sabroso resultado. Entonces, todas se sentaban en círculo y probaban los más de veinte platos, regados con té dulce. Nura siempre regresaba con el corazón enriquecido.

Cuando le habló del molesto herrero a su compañera de colegio Samia, ésta dijo:

—Es un mentiroso. Los hombres no tienen ninguna aguja sino un cincel, y sólo hacen más grande el agujero.

Samia le aconsejó recomendar al importuno que cosiera la raja de su hermana, y que si aún le quedaba hilo, lo intentara con la de su madre.

A Nura también le habría gustado preguntar a su padre o su madre por qué inventaba mil motivos para ver al pálido muchacho de grandes ojos que en el otoño de 1947 comenzó a trabajar de aprendiz de tapicero, justo cuando ella empezaba quinto curso.

La tapicería estaba muy cerca. El chico la vio pasar el primer día y sonrió, tímido. Cuando Nura pasó al día siguiente para volver a verlo, él estaba arrodillado en un rincón sobre una alfombrilla, y rezaba. También estaba rezando al día siguiente, y al otro. Nura se sorprendió, preguntó a sus padres, pero ellos tampoco sabían por qué.

—Quizá sea casualidad que el chico esté rezando justo cuando tú pasas —dijo su padre.

—O ha roto algo —añadió su madre antes de servir la sopa.

La siguiente vez que Nura se encontró al chico rezando, le preguntó a su jefe, un anciano de corta y blanquísima barba, si es que había hecho algo malo.

—No, por el amor de Dios. Es un buen muchacho —respondió el maestro, y sonrió bondadoso—, pero antes de aprender a tratar con la lana, el algodón, el cuero y las telas, debe aprender a tratar con las personas. Hacemos nuestro trabajo en los patios de las casas. No pocas veces, allí está la dueña de la casa o la anciana abuela. A veces la gente incluso nos deja completamente solos en su casa para que reparemos camas, colchones o sofás, mientras ellos se van a comprar, trabajar o visitar a los vecinos. Entonces, si el tapicero no es cien por cien de confianza, se daña la fama del gremio. Por eso está prescrito formar a un aprendiz devoto antes de que pise la primera casa.

Al oír este discurso, el muchacho alzó los ojos al cielo, y Nura sonrió ante ese breve pero claro mensaje.

Cuando, hacia el mediodía, el chico llevaba agua a la tienda desde la fuente pública, ella lo espiaba. Había muchas tiendas que no tenían agua. El chico debía ir muchas veces y cargar el agua en cubos.

Un día, Nura estaba esperando junto a la fuente. El muchacho le sonrió.

—Si quieres, puedo ayudarte —dijo Nura, y le mostró su jarra de hojalata.

Él se echó a reír.

—Por mí, encantado, pero no puedo aceptarlo o me tocará estar rezando durante media hora. Aunque puedo quedarme contigo un momento, si quieres —añadió, y puso una gran jarra bajo el chorro.

Por la fuente pasaban pocas personas y no se detenían mucho tiempo.

Nura pensaba a menudo en aquel chico cuando oía poemas y canciones que hablaban de hermosos ángeles. No entendía por qué un ser con alas gigantescas habría de ser hermoso, pero Tamim era más bello que ningún otro muchacho del barrio, y cuando hablaba, los latidos del corazón de Nura acompañaban todas sus palabras.

Tamim sólo había aprendido a leer y escribir con un imán durante dos años; luego tuvo que ponerse a trabajar porque sus padres eran pobres. En realidad quería ser capitán de barco y no tapicero de colchones y sillones, camas y sofás.

—Y encima rezar cada minuto que tengo libre. Ya me duelen las rodillas —le contaba a Nura.

En una ocasión que le contó que al día siguiente tenía que ir al suk Al Hamidiya, a comprar a un mayorista gran cantidad de hilo de coser e hilos de colores para su maestro, la niña decidió encontrarse con él en el mercado. Iría a esperarlo junto a la heladería Bakdasch.

Por la mañana anunció que se encontraba mal. Como siempre, su madre le recomendó que no fuera al colegio, porque lo odiaba, pero no se atrevía a decirlo muy alto porque su esposo quería que Nura terminara la enseñanza primaria.

También Rami Arabi consideró que su hija estaba muy pálida. Si se sentía peor, podía irse a casa en el tranvía. Así que Nura fue a clase. Una hora después, con pálido rostro y voz temblorosa, convenció a la directora de que se encontraba mal. Pero a diez pasos de la escuela su rostro recobró el color, y su paso, la fuerza. El colegio no estaba lejos del suk Al Hamidiya. Prefirió ahorrarse diez piastras y fue a pie.

A las diez llegó Tamim. Llevaba una gran cesta vacía para las compras. Allí en el mercado parecía aún más guapo que en la tienda de su maestro.

—Si alguien nos pregunta, somos hermanos, por eso podemos ir de la mano —le propuso Nura, que llevaba pensándolo toda la noche.

Él le dio la mano y ella tuvo la impresión de que iba a morirse de felicidad. Caminaron en silencio por el animado suk.

—Di algo —le pidió Nura.

—Me gusta tu mano; es cálida y seca como la de mi madre, pero mucho más pequeña.

—Tengo diez piastras y ya no las necesito para el tranvía. Regresaré andando a casa. ¿Qué helado te gusta más?

—El de limón.

—A mí el de moras damascenas —respondió ella, y se echó a reír—: deja la lengua completamente azul.

—Y a mí el de limón me pone carne de gallina —se relamió él, soñador.

Compraron dos polos y pasearon por el mercado. La primavera llenaba las calles de aroma de flores. Nura tenía ganas de silbar su canción favorita como hacían los chicos pero, al ser una chica, no podía.

Ahora caminaban separados, porque Tamim sujetaba su cesta con una mano y el helado con la otra. Y Nura no pudo por menos de reírse, porque él lamía el polo ruidosamente. Pero pronto el suk estuvo tan abarrotado que ella tuvo que colarse delante de él entre la multitud. Un mendigo ciego la fascinó con su canto. Se preguntó por qué los ciegos tenían esa voz tan especial. En ese momento sintió la mano de Tamim. ¡Ella ni siquiera se había tomado la mitad de su helado y él ya había terminado el suyo! Se volvió hacia el chico, que le sonrió.

—No temas; soy tu hermano —susurró.

Cuando tuvieron que volver a separarse, a la entrada del mercado, Tamim aún retuvo largo tiempo las manos de ella entre las suyas. La miró a los ojos, y por primera vez en su vida Nura sintió que le faltaba el aire de pura alegría. Tamim la atrajo hacia sí.

—Los hermanos se despiden con un beso —dijo, y la besó en la mejilla—. Y en cuanto sea capitán, vendré con mi barco y te llevaré —declaró, y luego desapareció a toda prisa entre la multitud, como si se avergonzase de las lágrimas que le corrían por las mejillas.

Un mes después, un muchacho distinto rezaba arrodillado en la pequeña alfombra.

—¿Y dónde está...? —le preguntó Nura al maestro, y se mordió la lengua para no pronunciar el nombre que había susurrado a su almohada todas aquellas noches.

—¡Ah, ése! —exclamó divertido el viejo—. Se fue, y hace unos días comunicó a sus padres que se había enrolado en un mercante griego. Un chico loco.

Por la noche, el padre de Nura llamó al médico. La niña tuvo fiebre toda una semana.

Dos años después de la huida de Nura, un hombre fuerte con uniforme de marino llamó a su puerta. Era capitán mercante, según le dijo a Rami Arabi. Sahar estaba entonces en el hospital, a causa de una operación de apendicitis.

Cuando el hombre se enteró de la fuga de Nura, sonrió y estrechó amablemente la mano de su padre.

—Nura siempre buscó el gran mar —dijo.

Esas palabras impresionaron tanto a Rami Arabi que, para disgusto de su mujer, hablaba a menudo de aquel encuentro, incluso en su lecho de muerte.

Pero eso ocurrió décadas después.