6

Vilela le entrega a Morel una copia de los papeles que Hilda ha mecanografiado.

Morel empieza inmediatamente a leerlos. Sus manos tiemblan.

—¿Hoy no tiene bizcochos?

—Se acabaron. Y no quiero más bizcochos. Estoy engordando. He comenzado a hacer gimnasia. Voy a llegar a mil flexiones por día. Un Pantera Negra condenado a muerte lo hacía. Lo leí en una revista.

Morel sigue flaco, un poco más pálido.

—¿Le parece bien que hable de mi padre?

—Si es verdad, está bien.

—¿Y ha visto que hablo muy poco de Cristina? Aquí tengo algunas páginas más sobre ella. Esa mujer estuvo casada conmigo diez años.

—¿Cómo es?

—Parece una de esas suecas de Bergman. Una mujer imposible.

Extendido en el suelo, Morel ocupa toda la longitud de la celda. Hace cincuenta flexiones.

—Destructiva —termina.

Me acuerdo de Cristina cuando me decía:

—Siento que ya no estás cerca de mí como antes, que algo se acaba. Por amor de Dios, no dejes que eso ocurra, era una cosa tan bonita.

Una capa líquida cubrió los ojos castaños de Cristina, corrió por su cara.

Leíamos juntos a Rilke.

O dieses ist das Tier, das es nicht gibt.

Pound, Eliot, Rimbaud. Fotografié mil veces su rostro. Fijé los rápidos instantes que se perdieron en el aire.

—Dices que es así porque vendieron la casa. Cómo odio ese poema, cómo odio a la gente cuya casa fue vendida y por eso se entrega.

—Y yo, ¿a qué me entrego?

—¿Por qué no quieres tener un hijo?

—No quiero ser el instrumento ciego del instinto de conservación de la especie —respondí. La frase era ampulosa, pero era lo que yo sentía.

—Ten cojones por lo menos una vez en la vida —dijo Cristina.

—¿Haciéndote un hijo?

Estábamos casados desde hacía diez años.

Yo cada vez me volvía más egoísta. Pensaba: no aguanto más esta vida, pero no tenía valor para abandonar a Cristina. No se debía a ningún sentimiento de generosidad. Pero no soportaba la idea de que alguien se fuera a vivir con ella. Para decir la verdad, no sentía el menor interés sexual por ella. Después de diez años de casado todo se acaba. Es una pena, pero se acaba. De nada sirve tratar de seguir las instrucciones de los manuales que procuran garantizar la supervivencia del matrimonio por medio de ejercicios sexuales, recetas de comprensión y autoanálisis, y demás. Yo no había dejado a Cristina tan solo porque la consideraba mi propiedad privada.

Ese día, al entrar en mi estudio, Cristina dijo:

—Esto parece una pocilga.

—Es mi manera de trabajar.

Cristina me miró con expresión misericordiosa.

—Tú no sirves para nada. ¿Qué quieres de la vida?

—Quiero ser libre.

—¿Y por qué no lo eres?

—Yo no me dejo. Y tú no me dejas.

—Yo no, querido. Fuiste tú quien quiso casarse conmigo. Tú me lo pediste —dijo. Trataba de mostrarse sarcástica.

—Yo nunca quise sentarme en el sillón del dueño de la casa, con un perro echado sobre mis chinelas.

Mientras decía eso, comprendí mi vida.

Yo quería ser dueño de una mujer. Para eso debía ser dueño de una casa, dueño de un empleo, dueño de una gran cantidad de cosas.

—Esto no puede seguir así —dijo Cristina.

—¿Me voy yo o te vas tú? —pregunté.

—Me voy yo. Me marcho a casa de mi madre.

Cristina estaba segura de que, tarde o temprano, terminaría por llamarla.

—Voy a poner patas arriba esta mierda de casa.

—Esta mierda ya está patas arriba.

Mi vida estaba cabeza abajo.

Tiempo.

El cuarto del señor Guimaráes no quedó vacío mucho tiempo. Lo alquiló una chica llamada Ismenia. Algunos días después de mudarse, llegó de fuera una amiga de ella, declamadora. Subieron la escalera hasta el último piso, mientras yo las seguía con las maletas. Esa noche no salieron del cuarto. Varias veces fui hasta la puerta cerrada. No conseguí escuchar ni el menor ruido. Pensé: «Deben de caminar de puntillas, hablarse al oído». Mi imaginación inventaba situaciones con Ismenia y su amiga, mujeres imaginarias con cuerpos misteriosos y fascinantes, tesoros escondidos bajo la ropa.

Yo tenía catorce años y se me pudrían los dientes por falta de dinero. Por fin ahorré la cantidad necesaria para el tratamiento dental.

El dentista quería ponerme en la boca un canino de oro.

—¿De oro? Me parece feo —argumenté con timidez.

—¿Te vas a ganar la vida sonriendo o mordiendo? —preguntó el dentista.

Insistí en que era feo.

—El oro es oro —dijo el dentista—. Dura toda la vida, nunca más tendrás que preocuparte.

—Te enseñaré a bailar —me dijo Yara, mi compañera del curso nocturno.

Estábamos en el campo de baloncesto de la escuela. Piso de cemento. Se oía un tocadiscos. Yara tenía labios gruesos y rojos.

—¿Nunca sonríes? —preguntó Yara.

—La boca ha sido hecha para morder —respondí.

—Eres guapo —me dijo en la plaza Quinze mientras mirábamos las barcas que iban a Niteroi—. ¿Quieres besarme? Te dejo.

Ya me había besado antes una vecina llamada Silvia. En la esquina de Senador Dantas y Evaristo da Veiga, Silvia me invitó a acompañarla a la modista. Cuando el ascensor empezó a subir, pegó sus labios a los míos y me introdujo la lengua en la boca. El ascensor se detuvo, ella salió y me dejó solo, asustado por aquel beso insólito.

—Te dejo —repitió Yara. «¿El oro tendrá sabor?», pensé, tragando mi propia saliva. Yara me abrazó. La sentía caliente entre sus piernas rollizas—. Tienes maña para bailar. ¿Quieres que te enseñe, siempre?

Tiempo.

Consulté la guía telefónica, pero evidentemente no había ningún Khaiub.

Recordé a un conocido que frecuentaba cartomantes: Raúl.

—¿Conoces a un tal profesor Khaiub?

—Sí.

—¿Me quieres hacer un favor?

—Sí.

—Querría que me lo presentaras.

—¿A Khaiub?

—Así es.

—Bueno… No le conozco personalmente. Pero un amigo mío sí. —Y tu amigo, ¿querrá presentármelo?

—Me parece que sí.

—¿Me das su teléfono? ¿Puedo hablarle de tu parte?

—No tiene teléfono.

—Cono.

—Pero sé su dirección. Es en Gloria, en la calle Cándido Mendes.

—¿Cómo se llama?

—Rogerio.

Un ático, antiguo. Toqué la campanilla.

Apareció un tío en la ventana.

—¿Qué desea?

—Busco a un tal Rogerio.

—¿Quién le busca?

—Paul Morel.

—Él no conoce a nadie con ese nombre. —Vengo de parte de Raúl.

—¿Raúl qué? —Desde la ventana de arriba el tío lanzó un escupitajo a la calle.

—Raúl no sé cuántos.

—Tampoco conoce a esa persona.

—¿Y cómo lo sabe? Llámele para que se lo pueda preguntar. —¿Qué llame a quién?

—Al tal Rogerio.

—Rogerio soy yo. Y no sé quién es usted.

—Soy Paul Morel.

—¿Y usted quién es?

—Me duele el cuello. ¿No puedo subir, o no puede usted bajar, o lo que sea?

El último gran libro que descubrí es un diccionario de administración aduanera. Se titula Répertoire Général du Tarif y apareció en 1937. Dos volúmenes que pesan 50 kilos.

Rogerio se apartó de la ventana.

Poco después, el ruido de una puerta que se abre.

—Pase —gritó Rogerio.

Empujé la puerta. El tío estaba en el descansillo de la escalera; había abierto la puerta tirando de una larga cuerda atada al picaporte.

Subí la escalera, llegué al descansillo.

—¿De qué se trata? —Era un hombre flaco, que parecía enfermo. —Raúl me dijo que usted conoce al profesor Khaiub.

—¿Le dijo eso?

—Sí.

—¿Quién es Raúl?

—Un tipo que se pasa la vida consultando a cartomantes.

—¿Es uno delgadito, medio entrecano, de barba?

—No, es gordo.

—Entonces no sé quién es —respondió Rogerio.

—Es delgadito, me confundí.

¡Todo esto para encontrar al profesor Khaiub!

—Está bien, pero no conozco a ningún Raúl delgadito.

—¿Bromea? —pregunté.

—No sé.

—Raúl no me interesa. Quiero pedirle un favor. Necesito encontrar al profesor Khaiub. Pago cincuenta por su dirección.

—Aunque necesito un poco de dinero…

—¿Qué?

—No conozco al profesor Khaiub.

—¿No le conoce?

—He oído hablar de él. Pero no le conozco.

—¿No?

—Pero hay uno que le conoce —continuó Rogerio.

—¿Y me ayudará? ¿O es una persona difícil, como usted?

—Le ayudará. Llévele coca y le ayudará.

—¿Y dónde consigo cocaína ahora?

—Yo tengo. Quinientos.

—Deme.

Rogerio me dejó plantado en el descansillo mientras iba a buscar el material.

El sujeto que conocía a Khaiub vivía en la Gávea pequeña, en una casa enorme. Cuando llamé al timbre, un perro ladró. Por el ruido debía de ser un animal muy grande.

Un joven vestido de camarero abrió la puerta.

—Quiero hablar con el señor Daniel.

—¿Quién le busca?

—Paul Morel.

—¿Cómo?

—Paul Morel.

El camarero me hizo entrar.

Jardines bien cuidados. Un magnífico césped.

—Un momento, por favor.

—Espere. Llévele este papel.

El camarero cogió el papel y se retiró.

Yo había escrito: «Coca».

El camarero volvió.

—Sígame, por favor.

Fui hasta donde estaba Daniel, sentado al borde de una piscina de agua azul, bebiendo ginebra.

Gordo, de unos veinte años, engreído, de pelo largo.

—Me gusta su cara —dijo—. Ningún policía podría pensar que usted tiene encima la Cosa.

—Verdad —respondí.

—No quiero saber nada de sus conexiones. La Cosa debe ser entregada aquí, en casa. Si le cogen no ganará nada con decir mi nombre.

El tío pensaba que era un distribuidor.

—¿Cuánto puede traer?

Saqué la droga del bolsillo y se la di.

Daniel respiró profundamente.

—¿Cuánto me puede hacer llegar por semana?

—No tengo más que esto.

—¿Cómo?

—Solo esto. Y no sé cómo conseguir más.

—¡Portos! —gritó Daniel.

Apareció el camarero con el perro retenido por una correa. Vi por qué ladraba tan fuerte. Era más grande que yo.

—¿Quién le ha enviado aquí?

—Un tío llamado Rogerio, que vive en la calle Cándido Mendes.

—Mentira. No conozco a ningún Rogerio.

—Es un manco que vive en un ático.

Daniel me miró con desconfianza.

—Mi nombre es Paul Morel. Soy pintor.

—Nunca he oído hablar de usted. ¿Qué viene a hacer aquí?

—Me dijeron que usted conoce al profesor Khaiub. Le traje la coca de regalo.

—No conozco a ningún Khaiub. Váyase.

Daniel no estaba para bromas.

—¡Llévese la Cosa! —gritó, y arrojó el material al suelo.

Subí al coche y salí sin rumbo. Después de cierto tiempo advertí, sorprendido, que estaba en la puerta del hospital.

Mi padre estaba pálido, con unas ojeras negras que le daban un aire invadido, condenado, devastado.

—No paso de hoy —consiguió decir.

Vi que era así, verdaderamente.

Con los ojos muy abiertos, miraba la claridad que entraba por la ventana. Quería dormir, pero suponía que si permanecía despierto la muerte no le sorprendería.

—Nadie me dice una palabra, nadie me cuenta nada.

Traté de pensar en algo que decirle.

—Estas vacas solo saben meterme cosas en las venas, en la garganta, en la uretra. Hasta ahora el único agujero que se va salvando es el del culo.

—Estoy jodido, papá.

—Todo el mundo está jodido.

No pestañeaba. Quizá pensaba en su padre, mi abuelo, que salía del interior de su velero como del útero de su madre, o remaba solitario en un bote, en busca del maldito pez, en una torva madrugada y en un mar feroz, con fe en Dios y en sus brazos musculosos.

Cogí la mano de mi padre. Sus brazos estaban enrojecidos por las porquerías que las enfermeras intentaban meterle en el cuerpo y que escapaban de sus venas como el agua que brota de los desagües durante las tormentas. Le giré las manos descoloridas y allí, en las palmas, tenía callos amarillentos y duros como escamas de pez.

En ese instante mi padre murió.

No había dejado de estar alerta, pero no era suficiente quedarse con los ojos azules abiertos para seguir vivo.

Su rostro empezó a tranquilizarse.

Recordé la época en que jugaba al tenis y conducía velozmente su coche, y las mujeres se mostraban seductoras para que él se acostara con ellas.

Avisé a Cristina. El viejo la quería mucho. No conseguí hablar con mi hermano, no sabía dónde encontrarle.

En el entierro hubo más sepultureros que asistentes. Eran tres hombres, y solo estábamos Cristina y yo. Cristina puso una flor sobre el ataúd.

El cementerio estaba desierto. Caminamos lentamente por la alameda.

—Ya no te odio —dijo Cristina.

Estaba más delgada. Bonita.

—Te encuentro muy cambiado —continuó.

—Estoy muy bien —respondí.

—No me parece que estés muy bien. Perdóname la franqueza.

—Estoy cansado.

—¿Has trabajado mucho?

—No. ¿Qué haces ahora?

—Tengo un compromiso… —respondió Cristina, afligida.

En la puerta del cementerio le apreté la mano.

—Hasta luego.

—Adiós.

De allí fui a casa de Ismenia.

—No pude traer el cadáver de mi padre, lo han enterrado hoy.

—Nunca sé cuándo hablas en serio —contestó Ismenia.

—Tengo mucha hambre. La muerte de mi padre me ha dado hambre. La muerte me hace descubrir dos cosas: que estoy vivo y que eso no durará mucho tiempo.

—¿Tienes hambre? —preguntó Ismenia.

—Y también deseo.

—¿Tendrás el valor de comer lo que cocine?

—Hum… No sé —repuse. De veras no lo sabía. Nunca había conocido a una pintora que supiese cocinar.

—¿Qué quieres?

—Haz macarrones. Es más seguro.

Fui a verla a la cocina.

—¿Has pintado algo? —preguntó.

—Tú sabes que el arte ha terminado.

En todo el Louvre solo se salva la Batalla de Uccello.

El resto es basura.

—No estoy de acuerdo contigo.

—Eres una primitiva. Es decir, una persona que solo ve la superficie de las cosas.

—Si continúas así no te doy de comer.

—Retiro todo lo que he dicho. Vivan los primitivos y sus hermosos colores.

Leonardo aconsejaba detenerse de vez en cuando, mirar las manchas de la pared, las nubes, las cenizas, las llamas, los lugares donde se pueden encontrar ideas maravillosas. Pero en las personas todavía hay más para ver.

—Lamento haberme portado mal contigo —dijo Ismenia.

—No te preocupes.

—¡Qué pena que fueses tan jovencito en esa época!

—¿No conoces al profesor Khaiub?

—No. ¿Se acabó todo el arte, o solo lo que nosotros hacemos?

—Todo. Kunst ist überflüssig.

—Sí. Deberíamos hacer otra cosa, algo menos inútil. Un arte que realmente llegue al pueblo. El pueblo necesita el arte.

—El pueblo sufre la influencia de los connaisseurs y los críticos de mierda. En el Louvre siempre hay una muchedumbre de idiotas que miran la Venus de Milo.

—Eres un frustrado, como todos los artistas de vanguardia. Solo nosotros, los primitivos, tenemos aún un poco de salud y de entusiasmo por la vida.

—Cuidado con los macarrones —respondí.

Estaban deliciosos. Y el vino que Ismenia sirvió era también muy bueno.

—Me voy a poner cómodo —dije.

Me quité la camisa.

Ismenia me miraba.

—Tienes un bonito cuerpo.

La abracé.

—¿Has pensado en mí todo este tiempo? —preguntó Ismenia.

—Sí —respondí, mientras le besaba la oreja.

—¿Desde que eras un chico, desde la época en que yo alquilaba una habitación en tu casa?

—Así es. No veinticuatro horas al día, ni todos los días, pero pensaba mucho en ti.

—¿Cómo me encontraste?

—Vi tu foto en una revista. Y me dije para mis adentros: «Esta Ismenia es aquella Ismenia».

Erectio. Ismenia pegó su cuerpo al mío. Nos besamos un rato. Le quité la blusa.

—Vamos a quitarnos este montón de ropa —le dije.

Quería exhibirme.

Me desnudé por completo. Ismenia, después de contemplar mi roja erección apuntando al techo se desvistió. Estábamos en la sala.

—Ven a mi cuarto —dijo.

Acostumbrada a ver su cuerpo solo de frente, se asustó cuando compró un espejo doble que le mostraba el culo. ¡Dios mío! —pensó—, este espejo debe de ser defectuoso, esta no puede ser mi carne, ¡qué falta de firmeza, qué piel triste y enfermiza!

El culo de Ismenia, abajo, en la curva inferior, donde se unía a las piernas, presentaba un doblez que desanimaba. Me pareció ver una marca rosada, del tamaño de una espina. El color de la piel no era homogéneo. Yo no sabía que era difícil encontrar una coloración firme en esa parte del cuerpo, pero era optimista y esperaba encontrar únicamente traseros que parecieran de loza, a la vista, y de goma consistente, al tacto.

Ismenia alzó la colcha de la cama, la dobló cuidadosamente y se acostó. Me eché a su lado, boca abajo. Mi erección se terminaba.

—¿Has tenido alguna experiencia homosexual? —pregunté.

—Sí, con aquella declamadora. ¿Recuerdas a la declamadora que pasó unos días conmigo?

—Sí.

—¿Y tú?

—No. ¿Cómo te fue con la declamadora?

—No lo recuerdo bien. No fue gran cosa.

—¿Tomas la píldora? —dije. Quería ganar tiempo.

—Sí que la tomo, no te preocupes, tampoco yo quiero tener un hijo tuyo.

Nos besamos más. Tenía mi pierna entre las de Ismenia, sentía su coño húmedo.

—Ven, ven —dijo Ismenia.

No reaccioné.

—¿Qué ocurre?

—No sé. Probablemente, exceso de ansiedad.

—¿De veras? ¿Y no puede ser otra cosa?

—¿Por ejemplo?

—Quizá estés decepcionado, después de todos estos años de expectativa…

—Tal vez esté impotente.

—Hace poco no lo parecía.

—O tal vez me esté volviendo impotente, apenas capaz de una rápida penetración.

—Si fuera eso, no estarías tan tranquilo.

No lo estaba. A la primera oportunidad, me vestí. Ismenia se puso una bata.

—Qué cosa… —dije, desanimado.

—Al menos, espero que la comida te haya gustado.

—Era excelente. Me parece que nunca he comido unos macarrones tan buenos.

Nos quedamos callados un momento.

—¿En qué piensas? No me lo vas a decir.

—En nada. Creo que soy la única persona del mundo capaz de quedarse absolutamente sin pensar. La cabeza vacía. Como si estuviera muerto.

Pensaba en Joana. Pensaba en mi padre, y sentí ganas de llorar.