15
Vilela llama por teléfono a Matos.
—¿Cuándo quieres ver los papeles de Morel?
Matos le da una cita; Vilela no necesitaba decirle que lleve el diario de Joana. Esa es la sorpresa que Matos le reservaba, el as que tenía escondido en la manga.
—Yo sabía que tendrías que darme esos papeles —dice Matos. En su rostro se veía la misma sonrisa de años atrás, cuando le ganó a Vilela las elecciones del Directorio Académico de la facultad.
Intercambian grandes sobres oscuros.
—Me gustaría leer el informe de la autopsia.
—Lo arreglaré.
—Y el informe pericial.
—Te lo mandaré todo mañana.
—Morel todavía no ha terminado.
—Pero quiero ver el resto apenas lo escriba. Cambiamos todas las figuritas —advierte Matos.
—Morel no ha confesado nada.
—Tú mismo dijiste que todavía no ha terminado.
—No ha terminado de escribir. Pero la investigación policial sí ha terminado, ¿no?
—Sí. Ya está decretada la prisión preventiva. Mi petición fue muy breve: bastaba con adjuntar la copia del diario.
—Es evidente que el juez la iba a decretar —observa Vilela—. Morel es un pintor, y por lo tanto un sospechoso. Y además, sexualmente promiscuo. Por lo menos, es una amenaza. Apostaría a que le negaron la fianza por el inciso IV del artículo 323, la incaucionabilidad de los vagabundos.
—Te has olvidado del Código. Su crimen no admite fianza.
—Pero no está probado que sea el homicida.
—Recuerda los indicios…
—¿El diario?…
—El diario, la presencia en el lugar donde apareció el cuerpo de Heloísa, admitida por el mismo Moráis… ¿te parece poco?
—Es poco.
—Las acciones de Moráis son inconciliables con la posibilidad de su inocencia.
—Entonces, por eso, tendrá que probar que no es culpable. Eso va contra la ley. También tú has olvidado el Código.
Matos se ríe.
—Dentro de poco, sacarás de tu manga a Mittermayer, yo replicaré con Manzini y tú contrarreplicarás con Malatesta. —Matos gesticula como un italiano de caricatura—: «La scienza privata del giudice, elemento spesso insidioso e incontrolabile, non puó ayer valore decisivo e sostitutivo della prova ma puó ammettersi soltanto per illuminare il libero aprezzamento dei risultati della prova medesima».
—Ganarías una fortuna en el teatro —dice Vilela.
—Ciertamente, más que en la policía.
Los dos hombres callan. Vilela piensa en sus épocas de policía, su viaje a través de la miseria, la ira, el miedo. Matos trabajaba entonces en Jubilaciones.
Vilela telefonea a Matos.
—¿Has leído el diario? —pregunta Matos.
—En parte. He leído el informe pericial[5] y el informe de la autopsia[6]. Tengo dudas.
—¿Qué dudas?
—No le encuentro mucho sentido a la cosa.
—Cuando el homicidio no es por dinero, no tiene sentido. Lee el diario. Les gustaba excitarse de las maneras más extrañas. Moráis ataba a la chica y después la poseía; ella gritaba que no, y fingía que él la violaba.
—¿Vamos a comer? —invita Vilela.
Matos, apenas llegan:
—Me muero de sed, el médico dijo que puedo beber cualquier cosa menos cerveza. Pero me gusta la cerveza, ¿comprendes? Dentro de poco pesaré exactamente el doble de lo que pesaba en la facultad.
En esa época Matos era pálido y delgado y ahora es gordo y rubicundo; Vilela era gordo y rubicundo y ahora es delgado y pálido. El tiempo ha actuado en forma diferente sobre ambos.
—Leí lo de Moráis —continúa Matos—. Ese individuo te imita, pensé que leía tu último libro. Es igual. Joana y Heloísa. ¿Crees que existen las otras mujeres? Varios hechos son verídicos: de veras ganó un premio en la Bienal, se separó de la primera mujer… En el interrogatorio policial, Moráis declaró que vivía solo con Heloísa en la casa de Santa Teresa. ¿Mentía? No sé… Hay que investigar eso. La mierda es que estoy muy escaso de personal, todos los días hay nuevos homicidios. ¡Cómo se mata en esta ciudad!
—También podrían ser puras imaginaciones de Morel —dice Vilela, sin convicción.
Piden la comida.
—La imaginación de los dos es la cosa más alucinante que vi en mil años en la policía —responde Matos—. Moráis ha escrito en su relato: «Sospecho que el universo no es más extraño de lo que supongo; es más extraño de lo que somos capaces de suponer».
—Sí, eso es literatura. Una más de sus citas. ¿Quién habita en esa vivienda que menciona el informe sobre el examen del lugar? ¿Lo averiguaron?
—Una mujer llamada Creuza, que vivía con un individuo llamado Félix Assunçáo Silva. Él murió ahogado el verano pasado, en febrero. Se decía peón de albañil, pero en realidad era un ladrón ordinario de tercera categoría. Creuza fue quien halló el cadáver de Heloísa.
—¿Por qué, en esa ocasión, Morel golpeó a Heloísa hasta el punto de romperle nueve costillas, perforar el pulmón y provocar una contusión en la cabeza?
—¿Quién puede saber lo que pasa por la mente de un sádico? ¿O de un masoquista? Gilíes de Rais, mariscal de Francia, que luchó al lado de Juana de Arco, en Orleans, mató y torturó a cientos de personas en procura de gratificación sexual; Febronio, un modesto compatriota, sacrificó a muchos chicos para poder alcanzar el orgasmo. Le conocí en el Hospicio Judicial: era un pobre infeliz que sufría de fimosis y no podía tener relaciones sexuales con nadie, un ser ignorante y confundido, alejado del mundo.
—Termina con esta charla de Emilio Zola —responde Vilela—; ya sé que solo simulas cierta preocupación por los problemas sociales y psicológicos; basta de demagogia, deja esas tretas al jefe de policía o a los periodistas.
Matos se ríe, se sirve más cerveza.
—Aparte de esa mujer, Creuza, ¿alguien más vivía allí? —pregunta Vilela.
—No.
—A esta historia le falta lógica. ¿Has leído el relato de Morel?
—Claro que sí. Ya te dije que escribe como tú.
—No confiesa.
—¿También te has olvidado de Mittermayer? —pregunta Matos—. La confesión es la prostituta de las pruebas. Recuerda el crimen de Arca que tú mismo investigaste. Había una falsa confesión, por exhibicionismo patológico. En tus tiempos de tira habrás visto gente que confesaba por miedo, ambición, amor, vergüenza, mientras que otras personas no confesaban por nada… Moráis estaba frenado, contenido por esas mujeres, por aquel chico. Cuando empezó a pegarle no se controló, tal vez no quería hacerlo con tanta fuerza, sino meramente representar su papel. Heloísa, a su vez, representaba el suyo. Moráis creía que ella quería que la golpeasen, ella que Moráis quería pegarla con violencia, y quizá ambos acabaron por ser lo que no querían, asesino y víctima…
En la mente de Vilela, un fragmento del diario:
Compré un látigo en el Au Bon Marché. No fue fácil. Busqué la sección deportiva, vi raquetas, bastones ferrados, mochilas, tiendas, finalmente pregunté, avergonzada, y me contestaron aufond, á droite, y allí, en medio de sillas de montar inglesas, frenos y riendas, estaba la fusta que poblaba mis sueños, dura, para ancas de yegua en celo, para Paul, el amor de mi vida. «Tengo un látigo», dije. «Mentira —respondió él—, muéstramelo». Estábamos desnudos en la cama. «Tu cuerpo esbelto —decía Paul—, tu cuerpo luminoso, vibrante», decía esas cosas y sus ojos brillaban. Siempre tenía el aspecto febril de quien sufre una neumonía. «Tu cuerpo enjuto, flaco, de animal suelto en la selva, tus pechos puntiagudos, ah, cariño»… Le pasé la fusta. «Ah, mi bien —dijo—, mi amor», y aferraba la fusta negra y dura, mi amor, como un florete, cuando me dio el primer latigazo en la pierna, y otro en el pecho, mi corazón era solo de él; de él mi vida; me volví de espaldas, pero él me puso de frente; tenía los ojos llenos de lágrimas y de su boca surgía un silbido delicado, como el de una tetera con agua hirviente.
Vilela a Matos:
—Me gustaría haber conocido a Joana.
—¿A Heloísa? La conocí en la mesa de autopsias. ¿Te interesa?
—Leí el informe del examen del cadáver —responde Vilela. —Esa frialdad técnica… El cuerpo de esa chica, podrido y maloliente, hinchado, en la mesa, como si fuese una basura molesta, era algo que estaba por encima de la capacidad descriptiva de cualquier forense.
Vilela se despide de Matos, coge un taxi, se va a su casa.
—Podrías haber tomado el café conmigo, esta mañana. Después de todo lo que dijiste anoche, podrías haber sido hoy más gentil —dice Isabel, mientras dispone su ropa en dos maletas.
—¿Qué te dije? —pregunta Vilela.
—Si no sabes lo que has dicho, realmente nuestra situación no es buena —suspira Isabel.
—No vamos a discutir en el día de tu partida —responde Vilela.
La noche anterior habían comido en un restaurante con dos matrimonios amigos. Durante la comida, Isabel conversaba en voz baja con Marina, una de las mujeres. Esta había mirado varias veces a Vilela, visiblemente preocupada y recelosa de ser oída.
Isabel continúa preparando las maletas.
—Dulce Soares… ¿La conozco?
—No —responde Vilela.
El rostro de Isabel es el de una mujer extraña.
(¿Qué haría Morel en esa situación?).
Isabel ha terminado.
—¿Eres feliz? —pregunta Vilela.
—No sé. ¿Y tú?
—No.
Vilela lleva las maletas de Isabel. Apaga las luces del apartamento, cierra la puerta. Descienden en el ascensor, en silencio.
De vuelta, acostado en la cama, con el diario de Heloísa a su lado, Vilela divaga.
Cazaba bandidos, pero era feliz. En un basurero, en medio del hedor y de los urubús[7], obligó a Jorginho a desnudarse y arrodillarse. Su prisionero daba diente con diente, de miedo y de frío.
«No sé nada», sollozó.
Al ser despertado en el calabozo había preguntado mientras se mordía el labio inferior con un tic nervioso que mostraba sus dientes arruinados por las caries: «¿Ya es de mañana?». Arrodillado, me facilitaba el trabajo, bastaba que estirara la mano con el revólver, apretara el caño contra su cabeza trémula iluminada por la linterna. Después del estruendo, solo se oía, en la oscuridad, el rumor de las alas de los urubús. No, no era feliz en aquel tiempo. Solo tenía un objetivo definido: escribir. Mientras los demás se divertían o dormían, escribía obsesivamente.
¿Y ahora? Horas frente a la máquina, bebiendo, sin escribir una línea.
Abre el diario.
Primera página.
Fui al vemissage de Ana. Me sentía asfixiada en aquel salón lleno, atestado de personas. Salí un momento a respirar. Llovía. Un hombre me cogió del brazo y me dijo: «Mojarte no te hará bien». Se llama Paul Morel. Un rostro melancólico (a veces), pero que casi siempre ríe y finge, sonríe y simula estar alegre. Voy a comenzar un diario de las cosas que me ocurran a partir de ayer, desde que Paul Morel me cogió del brazo y me condujo de regreso al centro de la muchedumbre. Después se le acercó una mujer, una de esas rubias que se pintan de arriba a abajo, y tienen la cara de un color y el brazo de otro, y habló en voz baja con él, los dos salieron y al llegar a la puerta Paul me miró, y toda su cara me dijo cosas, y en lo profundo de sus ojos había un mensaje que entendí. De noche soñé con él, así: en un famoso restaurante, caro y lleno de tradición (aquí se sentaba el conde Cagliostro, allí Balzac, allá Napoleón), gente anciana que ya no podía mover las piernas comía manjares preparados con inmenso refinamiento. Uno que otro extranjero lograba ser rico y joven al mismo tiempo. Los camareros (su jerarquía era aún más rígida que la de los sacerdotes o los militares) servían silenciosamente.
Subido sobre mi espalda, Paul Morel hacía fantásticos malabarismos hasta que dijo irritado: «¡Se me ha resbalado el pie!». Le respondí: «¡Pórtate bien!», y él lloró, avergonzado. Después, se fue a dormir y yo me quedé despierta, solo para los turistas.
Por la mitad.
Ayer, al llegar a casa de noche, con Chico, vi el coche de Morel detenido en la puerta. Me excité mucho. Besé a C. en la boca (él se asombró ante mi inesperado gesto). Morel se acercó y, sin darse por enterado de la presencia de C. me llevó a su coche. C. permaneció parado en la calzada con esa cara de idiota que tiene. C. me sigue todo el tiempo, dice que lo hace para protegerme, pero es más temeroso que un ratoncito… Quiere casarse conmigo… Yo le dije que debía casarse con una burguesita tradicional, una de esas rameritas discretas y respetables que protegen la imagen (y las propiedades) del matrimonio con uñas y dientes, y piensan en los hijos y la vejez.