Capítulo 17
Iglesia y cárcel
Los rebeldes, como siempre que huían, se dispersaron en todas direcciones como un banco de peces, sin más objetivo que encontrar otro escondite. Lo último que Jade vio de Tañía mientras la rebelde se arrastraba frente a ella en un túnel fue un trozo de espejo que llevaba prendido en la suela del zapato. En cuanto llegaron a un recoveco de un patio trasero, Jade, preocupada, buscó a Ben, pero el anciano había desaparecido, como si se hubiera desvanecido.
Nell había sabido evaluar muy bien la situación. La ciudad era un hervidero. Se producían arrestos en muchas casas, como si la orden se acabara de dar en ese mismo instante; los carros con barrotes traqueteaban por los callejones, y la gente se resistía a ser detenida gritando y luchando con pies y manos.
En esa parte de la ciudad, Jade contaba con bastantes posibilidades para esquivar a los cazadores, pues había muchas hornacinas y salientes. Se encaramó a un puente de piedra que se extendía sobre una calle. Allí, resguardada de las miradas por una viga que sobresalía, recuperó el aliento e intentó ordenar las ideas. Los pulmones le ardían aún a causa de la rapidez con que había recorrido la última parte del camino. “Tañía es una más —se decía para tranquilizarse—. No puede convencer a todos los rebeldes. Tengo que hablar con Nell y con los cabecillas de los demás grupos”.
De pronto, el viento cambió de dirección y, en lugar del polvo de las calles, levantó el olor del aire marino y los ruidos y gritos procedentes de la zona del palacio. Jade se agachó sin querer cuando oyó un ruido grave y vibrante. ¿Un cuerno de caza? Venía de la iglesia. Como si aquel sonido hubiera despertado a los animales, estos empezaron a rugir en todas las casas de fieras. Los perros replicaron entonces a los depredadores e incluso las órdenes retumbaron en aquel nítido aire matutino. Jade sintió mucha lástima al pensar en Ruk y en todos los demás presos. No se atrevía a imaginar lo que le aguardaba en la plaza de la iglesia. Había además otra preocupación que la carcomía cada vez más: Jakub. ¿Estaría bien? ¿Los cazadores habrían respetado el Larimar? Jade titubeó un minuto; luego, decidida, se descolgó del puente y se puso en camino. “Me limitaré a comprobar que no hay problemas”, se dijo.
En esta ocasión, procuró recorrer despacio los últimos metros de forma intencionada, pero, un poco antes de alcanzar los últimos recodos, ya no lo pudo resistir por más tiempo. Echó a correr sobre el suelo adoquinado y de mármol, y siguió corriendo cuando los guijarros de la orilla crujieron bajo sus suelas. Lo primero que vislumbró fueron las ventanas abiertas de par en par. Se oían chasquidos y crujidos de madera. Varios postigos colgaban torcidos de las bisagras, y en el río flotaba un armario destrozado. Jade se tuvo que tapar la boca con la mano para no proferir un grito. ¡Su hogar! Las lágrimas afloraron en sus ojos, como si presenciara el maltrato de un ser querido.
La puerta trasera estaba abierta, y los cazadores y los centinela se arremolinaban en torno a ella. Unos pocos pasos más allá, aguardaba un carro con barrotes. Los prisioneros estaban sentados en su interior; Jade no reconoció a nadie, pero vislumbró entre ellos a un hombre corpulento. Al punto abandonó el último resquicio de prudencia que le quedaba.
—¡Jakub! —gritó echándose a correr.
Los rostros se volvieron hacia ella y se agolparon contra los barrotes. Pero Jakub no estaba allí y ella no conocía a ningún otro de los demás presos. Al instante siguiente, dos cazadores le impedían el paso y la agarraban por los hombros.
—¡Prohibido pasar!
—¡Yo vivo aquí! —repuso Jade—. ¡Tengo que ver a mi padre, Jakub Livonius!
Los cazadores intercambiaron miradas elocuentes, pero no la soltaron.
—Si es así, cierra el pico hasta que el registro termine y cálmate —masculló el más joven de los dos—. No se trata de Livonius. De hecho, él ni siquiera está aquí.
Aquello tranquilizó a Jade. De pronto, se acordó de que esa mañana Jakub tenía previsto ir a ver al prefecto. Los cazadores, al parecer, notaron su alivio porque la apartaron hacia atrás, se pusieron delante y volvieron a cerrar filas. Jade tenía que mirar por encima de las espaldas de los hombres para poder ver la puerta. En ese instante, dos porteadores salían de la casa. Con los rostros demudados por el esfuerzo, arrastraban un objeto plano envuelto en una tela que colocaron en otro carro. La brisa levantó un trozo del paño y, cuando el sol quedó prendido en un espejo redondo y reluciente, se produjo un destello. ¡No era un espejo decorativo de bronce, sino de plata! Jade entornó los ojos. Jamás había visto aquel espejo en el Larimar. En el borde inferior del marco, que asomaba por debajo de la tela, vislumbró un símbolo: un escudo con dos coronas dispuestas sobre una línea vertical, a modo de original y reflejo. “¿Tandraj?”, se preguntó al instante.
“Dos reyes, dos coronas”. Un murmullo recorrió las filas de cazadores. Y los curiosos que se agolpaban desde hacía rato a un lado de la calle también estiraron el cuello.
—¡Dejad mi espejo! —gritó una voz de mujer desde el interior del edificio. Tenía un tono agudo y alterado.
Jade no podía creer lo que vio a continuación. Era cierto. No se trataba de Jakub, ni tampoco del Larimar. Se trataba de Lilinn.
La mujer se debatía con todas sus fuerzas mientras dos cazadores la arrastraban fuera de la casa. Era un forcejeo mudo y desesperado que Lilinn ejecutaba con una práctica sorprendente. Jade soltó un respingo cuando al fin uno de los cazadores logró doblegar el brazo de la cocinera por detrás de su espalda. Ella apretó los dientes, pero no profirió ningún ruido. El odio refulgió en su mirada cuando el otro cazador desenvainó el cuchillo y le abrió el vendaje con un corte rápido. Un grito de triunfo retumbó en una docena de gargantas en cuanto el hombre alzó el brazo de la mujer y dejó que la gente de alrededor lo viera: por encima de la muñeca izquierda, Lilinn tenía tres cortes paralelos que casi estaban curados. Jade increpó a uno de los cazadores: —¡No podéis hacerle esto! ¡Es nuestra cocinera! ¿Por qué la apresáis!
El más alto de los dos la miró por encima del hombro con desprecio.
—Era una manzana podrida. No era un mal plan esconderse justo ante las narices de la Lady. —El hombre sonrió—. ¿Ves las heridas? Son del arma de lord Minem, una espada de tres hojas. Parece que aquí tenemos a una de las rebeldes del grupo que asesinó a lord Minem.
—De todos modos, el espejo y los planos que ocultaba en el sótano son de sobra suficientes para algo más que una ejecución —añadió el otro cazador.
Jade retrocedió con un traspié. Apenas sentía las piernas y tuvo que apoyarse en la pared de un edificio para no caer. Recordó la fuente sangrienta e intentó imaginarse a Lilinn ante el lord con una daga, pero su mente se negaba a completar esa escena.
Un aluvión de recuerdos fugaces le vino a la memoria. Lilinn arrojando el cuchillo en la cocina. Su afectada afabilidad con Tam y Faun. Su interés por Jakub y sus arengas sobre la fidelidad a la Lady para alejar de ella cualquier sospecha. Y vio también a una Lilinn en la Ciudad Muerta, cerca del puente del Lomo de Gato, intentando advertir a dos ecos de la presencia de los cazadores. Todo aquello cristalizó en un convencimiento que dejó a Jade sin habla y, a la vez, profundamente enojada. “Traicionada y vendida —pensó sin más—. Tañía estaba en lo cierto: no lo sé todo. En realidad, no sé siquiera ni una ínfima parte”. ¿Estaría Nell al corriente de eso?
Pero entonces pensó que en aquella historia tan clara había algo que no acababa de encajar.
¿Qué significaba que Lilinn ocultara en el Larimar un espejo de los reyes Tandraj?
¿Conocía la naturaleza de los ecos y no se lo había contado ni a Tañía ni a los demás? Y había otra cosa que no acababa de cuadrar: el espejo y unos planos en el sótano… Aquella parte de la casa estaba inundada y no había un sitio suficientemente seco para planos, ya fueran de papel o de cuero. Al menos, no en las habitaciones a las que Jade tenía acceso. Y era incapaz de imaginar, ni con la mejor voluntad, que Jakub otorgara a su amante la llave del cuarto ciego que tan celosamente custodiaba.
—¿Adonde la lleváis? —gritó Jade cuando Lilinn, maniatada, fue arrastrada hacia el carro.
—Con los demás —respondió el cazador mayor.
De lejos, la aglomeración de gente hacía que pareciera que el Mercado de la Iglesia había cobrado vida de nuevo. Los carros descargaban, y los porteadores se apresuraban entre la muchedumbre. Era una imagen de normalidad engañosa que quedaba evidenciada por el sinfín de armas y órdenes que resonaban en la plaza. Jade intentaba abrirse paso entre algunos curiosos cuando una mano la agarró por el hombro. Se volvió y se encontró con la cara inflamada de Manu. Era evidente que alguien le había propinado un puñetazo en el pómulo.
—No te acerques —le advirtió.
—¿Qué te ha ocurrido? —le preguntó ella en voz baja.
Manu intentó escupir con indiferencia, pero el gesto no le salió especialmente bien.
—Me han dado una paliza cuando he intentado acércame a las jaulas. ¡Mira qué vergüenza!
Jade se puso de puntillas y miró hacia donde señalaba. Unas jaulas de hierro. Delante de la puerta de la iglesia había unas cincuenta. En la mayoría apenas había espacio suficiente para un galgo.
—Han detenido a Simón, del Mercado Negro —masculló Manu, palpándose con cuidado la mejilla herida—. ¡Pero si es un pobre imbécil! Cuando está borracho, lanza grandes arengas, pero pondría la mano en el fuego de que él no forma parte de la conspiración. Al intentar acercarme a su jaula, me han dado una paliza.
Jade miró con inquietud la iglesia de Cristal.
También el edificio parecía estar cautivo, cubierto como estaba de sogas acabadas en ganchos de hierro que pendían tanto de los salientes como de las almenas de cristal del tejado alargado que formaba la nave de la iglesia. Los carros descargaban justo al lado del edificio, y las cuerdas se tensaban por medio de poleas. Parecía un espectáculo perfectamente ensayado.
No muy lejos de ella, hicieron salir a dos prisioneros de un carro. Estaban esmirriados y apenas se tenían en pie. Tenían la piel tan pálida que parecía que llevasen meses sin ver la luz. Parpadearon confusos con el sol, y la debilidad apenas les permitió resistirse cuando fueron empujados al interior de la jaula. Jade observó que la silueta más baja era una mujer de pelo muy corto de color castaño que llevaba dos orificios en los lóbulos de las orejas. En el antebrazo, encima del sello del lirio, llevaba tatuados unos barrotes negros: era la señal que se hacía a todos los condenados cuando llegaban a la isla de la Prisión. La puerta de hierro de la jaula se cerró y luego, tras una señal con la cabeza del soldado, la soga se tensó y levantó esa estructura de barrotes entre sacudidas rápidas. A continuación, llegó el siguiente transporte de prisioneros. Una y otra vez, entre la multitud, estallaban voces, llantos y gritos en cuanto alguien distinguía entre los prisioneros a amigos y familiares que habían dado por muertos.
—Los cuelgan de la iglesia —murmuró Manu antes de escupir una vez más—. Sin agua ni alimento. A pleno sol. Como mucho, resistirán tres días. ¡Qué monstruosidad!
—Así que este es el plazo —dijo Jade más para ella que para Manu. Debería sentirse aterrorizada y estar fuera de sí de indignación, pero curiosamente de pronto la invadió una gran tranquilidad. Solo experimentaba dos cosas: una determinación fría y calculada, y una ira creciente y rabiosa.
—¡Eh! ¿Qué pretendes? —Manu asió a Jade por el brazo—. ¡No vayas por allí! ¡Agrupan a la gente y…!
—¡Suéltame, Manu! ¡Tengo que encontrar a alguien! Sin reparar en los reniegos de él, Jade se sumergió en la muchedumbre y se encaminó hacia la iglesia.
Jamás había visto tanta gente armada. Continuamente llegaban carros a la plaza. Los cazadores, entretanto, habían formado una barrera en torno a las jaulas y la iglesia. Sus armas y los galgos, que habían soltado, mantenían a la gente a distancia. Jade aguardó a que una cazadora recorriera con la mirada la multitud en actitud vigilante para hacerle un gesto y llamar su atención.
—¡Soy Jade Livonius! —gritó con voz firme y resuelta—. Traigo una noticia para Moira.
Quizá la cazadora conocía realmente su nombre, o tal vez la impresionó el aplomo de Jade; en cualquier caso, la mujer asintió.
—En el carro de las cadenas, detrás de la iglesia —gritó con desgana.
“Un buen farol”, se congratuló Jade en silencio. No fue fácil rodear la iglesia guardando la distancia debida. La cantidad de gente que los cazadores habían convocado con el cuerno de caza era excesiva. Jade vio gente descalza. Personas con apenas un abrigo sobre su ropa de dormir que buscaban, desesperadas, al marido, al hermano o a la madre detenidos. Sufrió varios empujones hasta que al fin vio a Moira. La cazadora, con el brazo vendado, se encontraba junto a un carro, y con la mano derecha ilesa comprobaba los ganchos antes de que sus ayudantes levantaran las cadenas del carro y las llevaran a la iglesia.
—¡Moira! —gritó Jade por encima del tumulto.
La cazadora interrumpió su tarea y se volvió. ¿Jade se equivocaba, o realmente el rostro se le había iluminado un poco? Con un ademán, le dio a entender que la esperara unos pasos más allá en la calle. Jade asintió y se retiró. La espera, de casi media hora, le pareció un año entero. Entretanto, se colgaron también jaulas en la parte lateral de la iglesia: no a una altura que cualquiera pudiera tocar a los presos, pero sí lo suficientemente cerca para que todo el mundo pudiera ver bien su cara. Al fin, Moira hizo un gesto para que se acercara. Dos cazadores se hicieron a un lado para dejar pasar a Jade. Fue una sensación siniestra dejar atrás a la muchedumbre y adentrarse en la zona desocupada del centro.
—¿Qué? ¿Ansiosa por meterte de nuevo en problemas? —le espetó Moira.
—Esta vez es Lilinn quien está en un aprieto —repuso Jade sin rodeos—. ¡Ha sido apresada!
Moira no se mostró especialmente sorprendida.
—Eso he oído. ¿Por eso estás aquí? Jade, tú no puedes ayudarla. Vete a casa.
—No pienso hacerlo. ¡Tengo que verla! Solo un momento, una palabra.
Intentó adivinar qué pasaba detrás de esos ojos de color pardo aterciopelado pero, como siempre, Moira no dejó entrever ninguna emoción.
—Te lo ruego, Moira —añadió—. ¿Me podrías llevar hasta las jaulas?
Cerraba las manos con fuerza de puro nerviosismo, y ya se disponía a discutir cuando la cazadora asintió.
—Bueno —dijo entonces con voz seca—. Me siento en deuda contigo después de aquel baile con el toro.
En su interior, a Jade le pareció que podía volver a tomar aire. Con todo, fue muy angustioso rodear la iglesia acompañada de Moira y acercarse a las jaulas. Le hubiera gustado poder apartar la mirada de allí, pero tenía que encontrar a Lilinn. Moira se dirigió a un hombre apostado junto a la polea. Al oír su solicitud, se produjo una discusión acalorada. Jade atisbo la primera cara conocida. No se trataba de Lilinn, sino de uno de los rebeldes que trabajaba en la casa de las fieras de un lord.
Había también otras personas que le resultaban familiares: gente del Mercado Negro, vendedores, personas que solo conocía de vista, y aliados. “También mi tiempo se agota —se dijo con inquietud—. Uno de ellos me delatará”.
—¡Vamos Jade! —La voz de Moira la sacó de su ensimismamiento—. ¡En marcha!
Jade casi tenía que correr para mantenerse al paso de la cazadora. Tras dejar atrás a los centinelas apostados junto a una de las entradas laterales de la iglesia, entraron en la sala del altar.
El lugar era fresco y estaba sumido en un silencio casi inquietante. El incensario ardía y emitía unos hilillos oscilantes en el aire. Olía a incienso denso y dulzón. Jade se sintió como sumida en un sueño irreal del cual esperaba despertar en cualquier momento.
—Moira —susurró—, no iremos a subir a la torre.
La cazadora la miró por encima de los hombros.
—¿Adonde, si no? La jaula ya está colgada allí.
Los peldaños de la escalera de caracol estaban desgastados y apenas resultaban visibles. Moira los subía de dos en dos y se asomaba por todas las ventanas para escudriñar hacia fuera con la mirada. Al llegar a la cuarta ventana, dio con lo que buscaba e hizo un gesto a Jade para que se acercara.
—Ha habido suerte —dijo haciéndose a un lado—. Sé breve. No tengo mucho tiempo.
Jade asintió y se precipitó hacia la ventana. Una ráfaga de viento la hizo parpadear. Sin embargo, al instante, abrió bien los ojos. Jamás había visto la ciudad desde esa perspectiva. Cientos de personas tenían la vista clavada en las jaulas. En aquel mar de rostros, Jade pudo distinguir a algunos rebeldes. Nell estaba ahí abajo, junto a Manu, y vio también a gente que apenas una hora antes ella había intentado convencer.
Los rostros sombríos y terriblemente serenos de los rebeldes eran tan parecidos, que Jade temió que los cazadores pudieran reconocerlos fácilmente entre la multitud. Tañía era la que más se arriesgaba. Sin tener en cuenta que alguien la podía ver y luego denunciar, se había abierto paso hasta primera fila y tenía la vista clavada en una jaula. Jade supuso que había encontrado a su hermana desaparecida. Cuando la mujer se dio la vuelta con firmeza y se abrió paso entre la muchedumbre, Jade supo que era demasiado tarde para disuadir a los rebeldes de su plan. La Lady pasaría al contraataque. Y Tañía aceptaría el desafío. A la vista de las jaulas, no tendría problemas para convencer a los demás jefes rebeldes. No había vuelta atrás. Jade maldijo en silencio.
—¿No la ves? —preguntó Moira—. ¡Arriba, a la derecha!
Jade volvió la cabeza cuando por el rabillo del ojo le llamó la atención otra prisionera que iba a ser metida en una jaula. Su pelo rojizo y corto brillaba bajo la luz del sol. La mujer mantenía la cabeza erguida con orgullo, y no miraba ni a la izquierda ni a la derecha. Cuando el centinela le ordenó agacharse para entrar en la jaula, ella le escupió a la cara.
Al instante, se produjo un forcejeo. Jade cerró los ojos. Las gentes del río. Elanor. Así que ella también. “¿Cómo se lo voy a decir a Arif?”, pensó con el corazón lleno de pesar por su compañera en el trasbordador.
—¿Jade? —le preguntó una voz incrédula.
Lilinn estaba acurrucada en una jaula que colgaba a buena distancia de la ventana y se agarraba a los barrotes. Sus ojos parecían ser de un cristal duro y azul. —¿Qué haces aquí? —siseó.
Su tono tosco apenas podía disimular su temor. Poco antes, Jade se había sentido aún muy enfadada con la cocinera, pero entonces nada le importaba más que estar cerca de ella. Tendió la mano, y Lilinn reaccionó de inmediato y pasó el brazo entre los barrotes. El esfuerzo le hizo dibujar una sonrisa forzada, la jaula osciló levemente, y las yemas de los dedos se tocaron solo de modo fugaz.
—¡No desesperes! —le gritó Jade—. ¡Moveremos cielo y tierra para ayudarte!
Pero Lilinn, resignada, negó con la cabeza, apartó la mano y se replegó sobre sí misma, completamente abatida. Apenas podía permanecer sentada en la jaula. Su petición tenía el tono desesperado de un lamento.
—¡Ve a ver a Jakub!
“Jakub no te va a poder ayudar”, estuvo a punto de responder Jade, pero entonces se dio cuenta de que Lilinn no lo decía por ella.
—¡Lárgate ya! —gritó Lilinn.
Jade negó con la cabeza.
—Para nada.
—¡Oye! —gritó Moira enfadada cuando Jade apoyó la rodilla en la cornisa de la ventana. Se encaramó con agilidad sobre esta y desde allí pasó al exterior, por el peinazo de la ventana, hasta tener a Lilinn a la altura de los ojos. Aunque hasta el momento había conseguido reprimirse, se dio cuenta de que en muchos sentidos era totalmente la hija de Jakub.
—¿Qué pretendías? —le espetó a Lilinn—. ¿Fue todo mentira? ¿Te hiciste amiga mía solo para entrar en el Larimar? ¿Qué narices se supongo que tengo que contarle a Jakub?
—¡Livonius! —le ordenó Moira desde la ventana—. ¡Baja de aquí! ¡Ya basta!
La cocinera miró a Jade como si se hubiera vuelto loca, y luego dirigió una mirada de advertencia en dirección hacia Moira.
—Lo siento —dijo en voz alta—. Es cierto que me infiltré en vuestra casa. Pero nunca quise poneros en peligro. Y soy consciente de que eso es lo que hice al esconder en vuestro sótano el espejo y los mapas.
Lilinn hizo una seña discreta a Jade. Una gota de sudor le recorría las sienes y tenía las manos, que se aferraban a los barrotes, blancas como el mármol. Jade comprendió y devolvió la seña.
—Pero ¿por qué? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué lord Minem? ¿De verdad eres su asesina?
—¿Asesina? —Lilinn rió con amargura, apretó la mano en un puño y le mostró los tres cortes—. Lord Minem tuvo una oportunidad. Mi hermano y mi madre no tuvieron ninguna cuando él los lanzó a los tigres.
Jade se mordió los labios. La familia de Lilinn… Jamás había hablado de ellos. La cocinera tragó saliva y se apartó.
—¡Livonius! —atronó Moira—. ¡Baja, o te disparo aquí mismo!
Jade se apresuró a regresar a la ventana. Apenas hubo tocado el suelo, Moira la agarró por el cuello y la apretó contra la pared.
—¿Te has vuelto loca? —le reprochó—. Has tenido suerte de que ninguno de los cazadores de ahí abajo te haya disparado.
Jade se dejó caer por la pared de cristal hasta que se quedó sentada en el suelo.
—Lo siento —musitó apenas. No tenía fuerzas para discutir. Lilinn, Elanor y la guerra que acababa de empezar, se dijo. Era más de lo que podía soportar en un día.
Moira suspiró y se sentó en la escalera. Parecía cansada, y, sin duda, la herida la molestaba.
—¿Y bien? ¿Ha merecido la pena? —dijo—. Vuestra cocinera morirá de todos modos.
—¿Tú no tienes ni un atisbo de compasión? —espetó Jade.
—¿Y los rebeldes, tienen compasión? —repuso Moira—. Pregúntale a mi mejor amigo, que está en su cuarto gravemente herido sin saber si llegará a mañana. ¿Sabes lo duro que es perder a tu único amigo? O pregúntale a lord Minem. Pero, no, aguarda, que como no tiene cabeza no podrá decirte nada…
Aunque Jade ya tenía la réplica en la punta de la lengua, logró contenerse a tiempo.
—¿Y eso de ahí fuera no te importa? —preguntó en voz baja—. ¿De verdad? Quiero decir que tú eres…
—¡Un momento! —le interrumpió Moira—. ¿Crees que me resulta fácil ver morir a la gente de mi tropa? ¿Piensas que todo lo que veo me parece bien? De todos modos, a esa batiburrillo de cabellos rubios de ahí fuera puede que le aguarde un final muy duro, sí, ¿y qué? A fin de cuentas, nosotros, los cazadores, somos tributos vivientes de los lores. Nuestras familias nos entregaron cuando apenas sabíamos andar, y muchos ni siquiera logran superar el adiestramiento hasta que son adultos. Existen lores temibles, es cierto, pero, en más de una ocasión, algunos de ellos me han protegido de un destino peor. Mira a tu alrededor, Jade. Mira bien a la gente y verás que cada persona en esta maldita ciudad tiene motivos para matar. Y, sin embargo, no todo el mundo agarra un cuchillo.
Jade miró a la cazadora totalmente perpleja.
—Entonces, ¿por qué estás al servicio de los lores? —se atrevió a preguntar.
Moira torció la boca para dibujar una sonrisa fría.
—No se trata de servir, Jade. La libertad no es más que un sueño bonito de una vida sencilla. Créeme, de amos y criados hay en todas partes, aunque tengan otros nombres. Y todo lo que eres y tienes en esta ciudad es el resultado de negociaciones y de luchas, todos los días, todas las horas.
A veces no resulta fácil mantener el equilibrio. La pregunta es: ¿cómo debo actuar? Me digo: ¿merece la pena luchar cada día por el equilibrio, por mi tropa, por uno de los lores menos temibles a cuyo servicio estoy… o es mejor hacerlo por mí, simplemente, para poder vivir? ¿Debería dedicarme a matar a ciegas por una causa confusa?
Jade la miró con los ojos abiertos de asombro. Deseó en ese instante haber podido conocer a esa cazadora en otra ciudad y en otro tiempo, donde no fueran más que dos mujeres que se encontraban y se sonreían.
Moira pareció darse cuenta de que había hablado demasiado. Apartó la mirada de Jade, se puso en pie y se dirigió hacia la escalera.
Jade se incorporó también y la siguió. Creía que Moira ya no le diría ni una palabra más, pero la cazadora la sorprendió cuando, ya delante de la puerta, se volvió de nuevo y dirigió a Jade una sonrisa burlona.
—Eres una sentimental y estás loca, Livonius, y encima eres una exaltada. Pero, en cierto modo, me caes bien. —La sonrisa se convirtió en una mueca irónica—. No me extraña que desde que Faun ya no se hospeda en el Larimar esté tan sumido en sus penas de amor que no sirva para nada.