Capítulo 15
El alma de las llamas
Al principio, resultó fácil estar enfadada con Jakub. A fin de cuentas, Jade todavía no podía sentir toda la dimensión de la pérdida. Por otra parte, la mano y el brazo heridos le dolían tanto que cada gesto la hacía renegar. Había abierto los postigos de la ventana y había buscado en el río de la noche ese otro rostro. Pero la muchacha había desaparecido y no había dejado a Jade nada más que su propio reflejo. Le hubiera gustado mucho acudir a Faun, pero no se atrevía a acercarse al salón de banquetes de la planta baja. Se preguntó si estaría en el hotel. Había algo que le decía que sí: Jay estaba tranquilo, pero a Jade se le puso la carne de gallina al imaginarlo acechándola en su jaula y olfateando su rastro en el aire. Sacó su mochila de debajo de la cama y empezó a empaquetar. Iba a marcharse en secreto de casa. Si Jakub se daba cuenta de sus intenciones, haría todo lo posible por retenerla. Pero ella había tomado una decisión y casi la asustaba lo inevitable y lógico que le parecía aquel paso. Era como si en su interior siempre hubiera sabido que aquel día iba a llegar.
Las heridas le dolían y le resultó difícil meter en la mochila con la mano herida sus objetos más preciados. No necesitaba mucho espació para sus cosas: algunos de sus tesoros, ropa, otro par de zapatos y un cuchillo. Y naturalmente, la fotografía que Jakub le había traído del cuarto de baño. Todavía estaba húmeda y tenía los bordes levantados. Jade se sentó en la cama de caoba y abrió el diario manoseado. En el tercio final había páginas en blanco entre las cuales colocó la fotografía. Respondiendo a un impulso, hojeó la primera hoja y leyó las líneas escritas con una caligrafía torcida:
Dices que nada hay peor que la muerte, Laurin, pero no es cierto. El amor es el peor veneno que existe.
Cerró rápidamente el libro y lo metió en lo más profundo de su mochila. Esperó un buen rato a Faun a la luz de una vela porque ella no soportaba la oscuridad. Nerviosa, escuchaba todos los ruidos, oscilando entre el pavor y la esperanza. Finalmente, no pudo soportarlo más y abrió la puerta para ir a la escalera. Un movimiento oscuro en la pared la sobresaltó. ¿Jay? Pero entonces, la luz de la vela que penetró en el pasillo hizo brillar una cabellera rubia. El alivio le hizo flaquear.
—¡Faun! ¿Dónde te has metido durante tanto tiempo? —le susurró.
Él estaba sentado con la espalda apoyada en la pared, los codos sobre las rodillas y las manos hundidas en el cabello. Entonces levantó de pronto la cabeza. Tenía los ojos rojos, como si hubiera estado llorando. Jade se precipitó hacia él y se sumergió por completo en su abrazo. El le besó la frente, el pelo, y a ella no le importó lo más mínimo el tremendo dolor que sentía en la herida del brazo cuando él la estrechaba contra sí. Por primera vez, se volvió a sentir a salvo y segura.
—Jay ha intentado matarme —dijo ella tras entrar con Faun a la habitación y cerrar la puerta. El se precipitó sobre ella y la abrazó. Le acarició el cabello con la barbilla.
—Ha sido culpa mía. Yo… no estaba. No estaba allí para protegerte.
Aquella vacilación en la voz le resultó desconocida. Involuntariamente, volvió a temblar.
—¿Vuelve a estar en la jaula?
El asintió. Jade esperó que él dijera algo más, pero Faun solo la abrazaba y permanecía en silencio. Jade cerró los ojos. No sabía si alguna vez podría volver a creer a Jakub, pero le resultaba más fácil que nunca confiar en Faun.
—Los ecos vienen del río. ¿Lo sabías? —preguntó.
Faun aflojó su abrazó y finalmente la soltó, vacilante.
—Sí, desde ayer. Tam lo descubrió. Por eso la Lady pretendía anegar todos los canales de la ciudad y vigilar las orillas.
—¿Pretendía?
—Quien fuera que los llamaba desde las profundidades ha muerto. Sin él, ellos están en una posición débil. Tam dice que en el río no son más que un eco del pasado.
Hasta que mencionó el nombre de Tam, Jade había querido contar a Faun lo de las manos y la muchacha. Pero en ese momento recordó que él y ella luchaban en bandos distintos.
—Perderán su fuerza y desaparecerán en las profundidades.
Faun hablaba con una voz curiosamente apagada y, cuando ella levantó la cabeza y lo miró, observó que sus ojos vacilaban en aquel extraño color intermedio entre negro y rojo miel.
—¿Te marchas? —preguntó él mirando la mochila. Jade asintió y dio un paso atrás. Para lo que tenía que decir, no solo necesitaba hacer acopio de todo su valor, sino también poner un poco de distancia.
—No pienso quedarme en el Larimar —dijo con voz resuelta—. No, mientras esté Jay… o Tam. Si es preciso, me marcharé sola, pero… en este viaje hay sitio para dos.
Las palabras, pesadas como el plomo, quedaron suspendidas en la habitación. Faun se mordió los labios y miró la mochila.
—Sé dónde podríamos encontrar cobijo —añadió Jade. El corazón le iba tan rápido que le pareció incluso que oía cómo la sangre le recorría las venas. Y entonces Faun, su Faun, aquel en el que ella tanto confiaba, le dio una respuesta que hizo que el suelo desapareciera bajo los pies.
—Es mejor que te marches —dijo él—. De hecho he venido a… despedirme de ti. Tenemos que poner fin a esto, Jade. El cuerpo de Jade comprendió el significado de esas palabras porque la mano buscó el apoyo en el marco de la cama. Pero su mente, en cambio, se negaba a creerlo.
—No… No comprendo —musitó—. Ayer me dijiste que regresarías, que me encontrarías donde fuera.
El no desvió la mirada, sino que levantó la barbilla y tensó los hombros.
—Ayer aún creía que podría protegerte.
—¡Pero yo no quiero a nadie que me proteja! —le espetó ella—. Solo quiero que me expliques qué significa todo esto.
—Le he estado dando vueltas, Jade. Y creo que nuestra historia… no tiene futuro.
—¿Historia? ¿No somos más que una historia?
Hacía rato que le había dejado de importar que su voz resonara en el pasillo. “Esto no me está ocurriendo a mí —se decía, aturdida—. A mí, no. No, no es más que un sueño”.
Faun tragó saliva, pero la expresión severa en sus ojos le daba un aspecto distante e inaccesible, igual que cuando se conocieron.
—No vamos a poder vernos más —dijo él con una frialdad que para Jade fue como un puñetazo en el estómago—. Tam y yo nos marchamos mañana del Larimar. Hasta que el puerto vuelva a estar abierto para los barcos mercantes y podamos partir, residiremos en uno de los palacios de los nobles.
—Así que es por Tam, ¿no? ¿Acaso eres su esclavo? ¿Te ha ordenado él que te alejes de mí?
A Faun se le agitaban los músculos del maxilar inferior. Jade sintió una profunda y desesperada satisfacción al ver que había puesto el dedo en la llaga.
—No —respondió él—. Es por Jay.
Jade abrió la boca con asombro.
—¡Ha estado a punto de matarme! —gritó—. ¿Y a ti te da lo mismo? ¿Puedes volver a él y hacer como si no hubiera ocurrido nada? ¡Es un monstruo!
—¡No lo es! —espetó él. Luego bajó la cabeza y añadió en voz más baja—: Es mi hermano, Jade.
Ella no pudo hacer otra cosa más que echarse a reír. Pero Faun no reaccionó y la risa de ella retumbó en el silencio mortal de la habitación.
—Debería habértelo dicho antes —prosiguió Faun, frotándose incómodo la señal del fuego negro.
—¿Qué significa esto? —preguntó Jade—. ¿Es que Jay es humano? ¡Eso es imposible! He visto sus fauces. Me ha atacado y ha intentado morderme. Notó como el recuerdo la embargaba y la sangre le desapareció de las mejillas. Se sintió mareada. Faun negó con la cabeza.
—No, no es un ser humano. —Se humedeció, nervioso, los labios antes de proseguir—: En mi clan existe un ritual. Cuando un niño nace, sus padres llaman con una canción a su gemelo del bosque. Pueden pasar varios días hasta que por fin aparece un animal dispuesto a compartir su alma con la de un humano. En cuanto viene y el fuego se vuelve negro, el pacto se considera sellado hasta que en el cielo nocturno solo se ve el alma azul de las llamas. En mi caso, Jay fue quien invocó el fuego negro. Estuvo a mi lado mientras crecí. Me cuidaba, me dejaba una parte de sus presas cuando volvía de caza.
Jade apenas podía soportar la dulzura que se dejaba oír en la voz de Faun
—Y, cuando tuve seis años, abandoné a mi familia y lo seguí al bosque. Era la época del sol oscuro. Todavía hoy sueño a veces con ello.
—¿Los niños han de abandonar a sus padres para ir a vivir con un animal?
Faun, al parecer, no hizo caso del desdén que encerraba el tono de voz de Jade.
—Aprendemos el uno del otro —explicó él—. Aprendemos a sentir con el otro, a cazar. Y nos mantenemos unidos hasta que el gemelo muere.
Jade tuvo que cerrar los ojos. En su interior, su pensamiento se agitaba en un remolino. “¡Está loco! ¿O tal vez soy yo la que ha perdido el juicio?”. Le molestaba mucho darse cuenta por primera vez de lo poco que sabía en realidad de Faun. Por fin entendía su cerrazón, la desconfianza y su enojo cuando ella le había preguntado si era humano. ¿Cómo se podía sentir alguien encadenado a un animal?
—¿Cómo puede continuar siendo tu hermano después de lo que me ha hecho? —preguntó ella al cabo de un rato.
—No puede evitarlo. Es como un sonámbulo —repuso Faun.
—¿Encima lo disculpas?
—¿Quién es el culpable? ¿El que aprieta el gatillo de un arma o el arma en sí? Jay obedece las órdenes de Tam, igual que las urracas azules y las demás criaturas que él tiene cautivadas con su voz. Tam lo capturó después de hacerle caer en una trampa en un barranco. Y en cuanto Jay oyó su voz, dejó de debatirse dentro de la red.
—Pero tú sí te resististe.
—Sí. Las cicatrices en las muñecas de Tam son mías —explicó con sequedad—. Intenté liberar a Jay, pero yo era demasiado débil. Solo tenía once años.
—¿Y por qué no huiste más adelante con Jay?
—Porque no me seguiría. ¿Por qué crees que Tam cierra tan bien la jaula? Yo no puedo abandonarlo. Estamos unidos de forma indisoluble. A ti, en cambio, te mataría porque conoce tu olor. Y por eso es mejor que lo dejemos.
—Así que me dejas por un animal. Por… ¿qué es? ¿Una pantera de las nieves?
Faun cruzó los brazos. - Ya lo has visto.
Jade estuvo a punto de volver a echarse a reír. Por un instante rememoró las fauces, el rostro demoníaco, la piel negra.
—Así que la bestia de la ventana no era un eco.
—Lo único que quería era que te mantuvieras alejada de Tam —le explicó Faun—. Y de los ecos. Y cuando lo viste en la ventana me dije…
—… que era más fácil mentirme —dijo ella riéndose con amargura.
Faun levantó la mirada y le dirigió una mirada grave. —¿Me habrías podido amar si te hubiera hablado de él? ¿O quizá me habrías mirado como ahora?, esto es, como si yo también fuera… un animal.
Jade descubrió por primera vez lo fina que resulta la frontera entre el amor y el odio. Y resultaba más fácil, mucho más fácil hacerse daño uno mismo que notar el dolor.
—Animal o esclavo, ¿cuál es la diferencia, Faun? Te atreves a recriminaros a Jakub y a mí porque, como tú mismo dices, somos esclavos de una tirana, mientras que tú llevas incluso la marca del hierro de Tam en el pecho. Faun apretó los puños.
—Abandona la ciudad mientras haya tiempo —dijo esforzándose por contenerse—. Esta no es tu guerra, Jade.
—Y tampoco es asunto tuyo a dónde voy o si me quedo —masculló ella.
—Te marchas con él, ¿verdad? ¿Con ese amigo de la barcaza? Jade tomó la mochila y fue hacia la puerta. Cuando ya tenía la manija en la mano, se volvió de nuevo hacia atrás y dirigió una mirada demoledora a Faun.
—Eso tampoco te incumbe ya. Sin embargo, parece que Martyn es la única persona que no me engaña.
Faun se quedó paralizado. Ella observó con satisfacción lo mucho que parecía afectarle esas palabras. Sus ojos de medianoche despedían un destello peligroso, y la boca se volvió una línea dura.
—Si yo fuera libre… —dijo él con una franqueza absoluta que se clavó en el pecho de Jade como un cuchillo envenenado— iría contigo a donde quisieras.
—Pero no lo eres —repuso Jade, imperturbable—. Para ti, una bestia es más importante que yo. Aléjate de mí, Faun. Y no te vuelvas a acercar jamás.
Jade se volvió y abrió la puerta con decisión. “Tú no eres él —pensó mientras recorría por última vez el pasillo—. Yo amaba a otro Faun”.
Sus pasos resonaban siniestros por la calle. Jade se alegró de poder pisar los guijarros de la orilla al cabo de unos pocos metros. El Wila parecía observarla con miles de ojos al encaramarse al bote y alejarse con el remo. No se atrevió a poner en marcha el motor, así que se dejó llevar por la corriente río abajo durante un rato. En cuanto estuvo fuera de la vista del hotel, llevó el bote a un lugar repleto de flores de loto. El olor a canela y algas la envolvió. Allí el agua estaba tranquila, solo un cisne negro que dormitaba en el terraplén de la orilla levantó la cabeza y miró con enojo a aquella intrusa indeseada.
Jade jamás había imaginado que un sentimiento fuera capaz de provocarle tanto dolor físico. Sentía un ardor insoportable en el pecho y, con él, un vacío infinito y la sensación de no poder respirar por completo nunca más. Cerró los ojos, se acurrucó y apretó la frente contra las rodillas. Sus pensamientos se arremolinaban en la cabeza. Imágenes extrañas, jirones de sueños, la risa de Faun, el príncipe de invierno, Jakub. Y Jay. Una y otra vez, los minutos en el baño y la rotura del espejo. El espejo. Jade se sorbió la nariz y palpó el trozo de espejo. Tocarlo la consoló y le dio cierta seguridad. Resultaba extraño no sentir miedo alguno de los ecos por primera vez desde hacía meses. Al contrario, Jade miraba con anhelo el agua, pero la muchacha no estaba allí. Solo vislumbró el brillo pálido de algo que podría ser otro rostro.
—¿Estáis ahí? —susurró sacando la mano. Una víbora saltó del agua y estuvo a punto de morderla. Jade se apartó rápidamente y el bote balanceó. Miró con asombro el reptil que se alejaba serpenteando por el agua: era una serpiente blanca cuyo moteado negro Jade había confundido bajo el agua con unos ojos. Tomó el remo con manos temblorosas y se alejó rápidamente de aquel mar oloroso de flores cerradas.
Tras reflexionar un momento, decidió afrontar el riesgo y poner en marcha el pequeño motor. El traqueteo escindió el silencio de la noche. Unos pájaros alzaron el vuelo asustados desde la maleza de la orilla, y en la lejanía se oyó el ladrido de un perro. Jade se agazapó todo lo que le fue posible y dirigió el bote río arriba. Cuando pasó ante el Larimar por la orilla sur, procuró no mirar. La luz penetraba por las rendijas de las ventanas de la cuarta planta y cuando, a su pesar, se fijó más detenidamente, reconoció con rabia súbita algunas urracas azules que la observaban, apostadas en la ventana redonda de su habitación azul. Como si hubieran percibido su aborrecimiento, las aves saltaron del alféizar y se precipitaron hacia abajo. Jade temió que la fueran a atacar y asió con fuerza el remo; pero las espías de Tam se limitaron a sobrevolar la superficie del agua y a revolotear en torno al bote. De este modo siguieron a Jade un buen trecho río arriba. En cuanto asomó el puente de los Grifos, se dieron la vuelta y se marcharon a toda prisa en dirección al hotel.
Los Feynal se habían alejado un buen trecho del puente del Grifo. Una corona de antorchas iluminaba la cubierta del transbordador. La gente del río estaba sentada en círculo. La brisa llevó a Jade el olor de anguila asada. Ese día, ninguna risa amortiguó el ruido de su motor. Incluso desde donde se encontraba, Jade notó claramente que el agotamiento había hecho mella en el grupo. En cubierta, el deslizador estaba dispuesto para la próxima inmersión. Cuando Jade vio a Martyn, el corazón se le aceleró. Antes incluso de que ella tuviera ocasión de saludarlo con el brazo, él volvió la vista hacia el lugar del que venía el ruido del motor, y se puso en pie con sorpresa. La gente del río alzó el cuello para ver qué ocurría. Martyn se acercó a la borda en dos zancadas. Jade apagó el motor y remó los últimos metros hasta el transbordador. Martyn le echó una soga, ella la tomó y amarró el bote a la borda. Sin embargo, no desembarcó, y Martyn tampoco hizo el ademán de bajar al bote para hablar con ella. Al contrario: se quedó de pie frente al acceso de la borda, como si quisiera barrerle el paso.
—¿Por qué devuelves el bote en medio de la noche? —Le gritó, con enfado—. De noche las patrullas disparan contra todo lo que se mueve.
—¿Qué, Jade? ¿Te apetece darte un chapuzón a la luz de la luna? —apuntó Cal con una burla bonachona. Pero Martyn lo acalló con un gesto de indignación.
—Sé que estás enfadado conmigo —logró decir Jade sin aliento—. Pero tengo que hablar contigo…
—¿Hablar? —preguntó Martyn cruzando los brazos—. ¿Por qué no? ¡Vamos, di lo que tengas que decir!
—¿No podemos hablar a solas?
—Yo no tengo nada que ocultar a los demás. ¿Tú, sí?
Jade suspiró. ¡Ese era Martyn!
—Como quieras —musitó—. Pero no se trata de nosotros. Se trata del río y de los ecos. Recorrió con la mirada las caras de la gente del río, que se había ido acercando a la borda y bajaban la vista en dirección al bote. Jade se sorprendió.
—¿Elanor todavía no ha vuelto?
Arif negó con la cabeza sin decir nada. Parecía muy preocupado; Jade se dio cuenta de ello incluso bajo la luz de las antorchas. —¿Por qué no?
—Sigue aguardando en casa del prefecto —respondió Arif mientras volvía a la lumbre.
—Este no es tu problema —dijo Martyn a Jade.
—¿Que no es mi problema? —Rezongó Jade—. Mira, independientemente de lo que nos traigamos tú y yo, a mí Elanor me importa. También tú y yo fuimos amigos durante mucho tiempo, ¿acaso lo has olvidado?
—A mí me parece que eres tú quien lo ha olvidado —repuso Martyn con tono glacial.
Jade podía soportar bien el dolor y las lágrimas de Jakub, pero estar en pie en un bote inestable en actitud suplicante era demasiado para ella.
—¡Yo nunca te prometí nada, Martyn! Lo intentamos y luego nos separamos. Así que deja de hacerte la víctima.
—¡Tú me dejaste! —le recriminó él—. Y todavía hoy no entiendo por qué. Lo más seguro es que yo resultaba muy fácil de tener.
Cal dejó oír un silbido.
—Vamos, el ambiente está muy cargado —dijo haciendo un gesto a los demás.
Por fin el grupo se alejó de la borda. La gente del río regresó a sus platos, pero Jade era consciente de que sin duda escucharían con atención todas y cada una de sus palabras. Con todo, bajó un poco el tono de voz cuando volvió a hablar.
—Tal vez fue eso —admitió—. No lo sé. Quizá nos conocemos desde hace demasiado tiempo.
—Tal vez… ¿Eso es todo lo que me sabes decir sobre esto?
—¿Y qué quieres que te diga? —exclamó ella—. ¿Que a veces tenía la impresión de estar besando a mi hermano? ¿Que era bonito dormir contigo pero que el deseo jamás me persiguió en sueños? ¿Que nunca tuve la sensación de arder de fiebre cuando nos volvíamos a ver? Martyn, yo te amaba, pero de este otro modo, y lamento mucho haberte hecho daño. Y así es como hoy te sigo queriendo, y es algo que no pienso dejar de hacer, tanto si me perdonas como si no.
Martyn tomó aire. Jade se mordió el labio inferior. Había creído imposible poder sentirse peor, pero entonces se dio cuenta de que se había equivocado.
—¡Caramba! —dijo él con voz ronca. Luego carraspeó.
Ella apenas podía entrever su silueta porque él estaba exactamente delante de una antorcha. Jade inclinó la cabeza. Las mejillas le ardían.
“Bravo, Jade —se dijo—. Y tú eres la que te lamentas porque los demás te hacen daño”.
Martyn, sin embargo, no parecía triste; se limitó a sacudir la cabeza y renegó con toda el alma.
—¡Maldita sea! Me habría resultado más fácil si por una vez tú me hubieras dicho tan claramente como ahora lo que ocurría —dijo con una rabia a duras penas contenida.
—Está bien —murmuró Jade—. Es evidente que hoy no tengo el día. Será mejor que desembarque y me marche. Si te parece, amarraré el bote en esa orilla. Así mañana podrás recogerlo.
Cuando se disponía a soltar la soga, Martyn la detuvo con un silbido. Se asomó a la borda, saltó sin más por encima y, con seguridad y sin balanceo, fue a parar frente a ella en el bote que se balanceó. Su piel no olía a invierno ni a musgo, sino a brisa salada y a sol. Por primera vez, a Jade le pareció tan desconocido que se sintió totalmente desconcertada. Martyn la escrutó un buen rato, mientras ella se preguntaba dónde había ido a parar aquel muchacho que ella creía conocer tan bien. De todos modos, se dijo, la Jade de entonces también había desaparecido. “Un hombre con ojos de medianoche me la arrebató”.
—Lloras —constató Martyn.
Como siempre, le bastó una sola palabra para vencerla. La rabia que Jade sentía contra sí misma dejó paso a una repentina sensación de vacío y, de pronto, se sintió además terriblemente cansada. “¿A quién pretendo engañar?”, pensó entonces, abatida.
—Hemos terminado —dijo ella en voz baja—. Lo besé, sí… y muchas cosas más. Lo quise. Pero ha terminado.
El dolor se le echó encima dejándole el sabor amargo de la derrota, a la vez que notaba en la garganta una piedra caliente que apenas le permitía respirar.
Martyn suspiró.
—Bueno —dijo con tono seco—, así por lo menos sabrás lo que se siente.