Capítulo 14
Ceniza en el agua
Tam y Faun partieron temprano. La cocina estaba a oscuras, no solo porque todavía era muy pronto, sino sobre todo porque, la tarde anterior, Jakub había tapado la ventana con tableros de madera a fin de evitar que en ella se colara algún disparo extraviado. La luz titilaba, como si fuera solo cuestión de tiempo que el suministro se volviera a interrumpir. En la cocina, Jade, nerviosa, hacia girar la taza de café en las manos procurando no preocuparse por Faun, por los Feynal o los rebeldes. Naturalmente, no lo lograba, y el echo de que Lilinn se dedicara a cortar tranquilamente el pescado y a cantar mientras en la calle se oían los primeros disparos no contribuía a su humor. Lilinn aquel día llevaba al pelo tapado con un paño anudado firmemente anudado y lucia un vestido sin escote. Muy poco de ella evocaba ahora a la ninfa que Jade había visto bailar. Jakub estaba sentado a la mesa atornillando una bisagra. De vez en cuando, dirigía una mirada furtiva a Lilinn. Entonces su rostro se dulcificaba y se llenaba de anhelo, y una sonrisa se dibujaba en torno a la comisura de sus labios. Y Jade sintió envidia de Jakub y Lilinn por poder estar juntos, sin más, y abrazarse sin tapujos sin la perspectiva de tener que separarse.
—En la calle el mundo se acaba y tú cantando —le recriminó a Lilinn.
—El mundo no se acaba —repuso Lilinn sin más—. Se tambalea y tiembla, pero después será más estable.
Jade volvió la vista hacía Jakub. En otros tiempos, le habrían bastado con dirigirle una mirada para saber si los dos opinaban lo mismo; ahora, en cambio, su padre se limitó a inclinarse sobre la bisagra.
—Espero que todo esto acabe pronto —se limitó a rezongar él—, y que podamos seguir viviendo como hasta ahora.
Jade sintió de pronto un sabor amargo en la boca.
—¿Cómo hasta ahora? —preguntó con desdén.
Ninguno de los dos reaccionó. El viento provenía del este y traía al Larimar unos gritos y unos disparos de tal intensidad que Jade tenia que taparse los oídos.
—¿Se ha sabido algo más del lord? —preguntó al cabo de un rato.
Jakub dejó de atornillar y por fin la miró. Lilinn siguió canturreando. “¿Qué ocurre aquí?”, se preguntó Jade, irritada.
—Cuatro presuntos rebeldes apresados —dijo Jakub—. Tres de ellos abatidos a tiros. El otro, herido.
Jade se estremeció. En su interior vio unos rostros que surgían, centelleaban y finalmente se apagaban, como velas. El temor se abrió paso en su interior. ¿A quien habrán apresado? ¿Y si nos traiciona y da nuestros nombres? Notó de pronto un dolor sordo en la cabeza, y contrajo el rostro al recordar el aullido agudo de sus sueños.
—Cuando uno se opone a la Lady, ya se sabe a lo que se expone —apuntó Lilinn.
—¿Qué quieres decir con esto? —quiso saber Jade—. ¿Estas de acuerdo con la locura que reina ahí fuera? ¿No te sientes mal por la gente? ¿Sabias que los lores utilizan prisioneros como carnaza para sus animales?
Lilinn contrajo la boca para dibujar una sonrisa irónica y luego levantó las manos.
—Son lores. Así son las relaciones de poder en esta ciudad, y tenemos que vivir con ellas. Sin duda, la muerte en la horca por asesinar a un lord resulta demasiado piadosa, y no basta como castigo.
—Pareces que cambias de opinión con la misma rapidez que de amante —espetó Jade en tono mordaz. Por el modo en que Lilinn se volvió y la miró con sus ojos azules de ave rapaz, supo que había puesto el dedo en la llaga.
—Hay una gran diferencia entre el amor y la guerra —respondió Lilinn con rabia a duras penas contenida—. Las promesas de amor y los corazones rotos no matan a nadie, pero en la guerra una simple palabra puede ser mortal. Así que vigila con tu lengua.
—Tú no eres quien para decirme cuándo callar —replicó Jade impávida—. Y menos aún en el Larimar.
—Lilinn tiene razón —intervino entonces Jakub—. No te pongas en peligro. Somos súbditos de la Lady Mar, y no le des más vueltas. Mientras nos mantengamos al margen de sus asuntos, no tenemos nada que temer.
Algo allí no iba bien. Algo iba muy, muy mal.
—¡Sabes perfectamente que eso es mentira! —exclamó Jade—. ¿Qué escena es esta? ¿Acaso la Corte os paga para que mordáis el polvo mientras os postráis ante la Lady?
El Jakub que Jade conocía debería haber estallado de cólera. Pero ese hombre de barbilla afeitada no repuso nada y se limito a intercambiar una mirada elocuente con Lilinn. Jade se percató de que se había producido un cambio decisivo.
—En fin, parece que os gusta el sabor de la mordaza —dijo con sarcasmo.
Dejó la taza sobre la mesa con un golpe y se puso en pie. Jakub la miró cohibido, pero cuando ella salió de la cocina no la retuvo. Y la cocinera, que en otros tiempos había sido su amiga, se dio la vuelta y continuó canturreando.
Los últimos disparos cesaron por la tarde, hacia la misma hora en que el hotel se quedó totalmente sin electricidad. El ascensor quedó parado entre dos pisos, y Jakub renegó y tuvo que accionar la cabina a mano con la manivela hasta dejarla en la planta baja.
Jade aprovechó la ocasión para salir a hurtadillas de la casa. No quiso dejar ningún mensaje en la pizarra porque estaba demasiado enfada con Jakub. Sabia que aun era demasiado peligroso acercarse al osario y contactar con Ben, sin embargo, no tuvo que ir muy lejos para encontrar a Nell. La mujer se ocultaba en un sótano cerca del puente de los Grifos, y se llevó un susto de muerte cuando Jade se acercó a ella arrastrándose por la pared resquebrajada.
—¿Ya a pasado todo? —susurró tras recuperarse del espanto.
Jade negó con la cabeza.
—Están en la otra parte de la ciudad. ¿Tania ha estado hoy por aquí?
Nell asintió.
—Regresará, esta haciendo una ronda de reconocimiento. Le ha suplicado que se quede pero… —Sacudió la cabeza con un gesto de resignación.
Jade gimió
—Escucha, tengo noticias —musitó—. Es importante que se las hagas llegar a Tania. Y si ves a Ben, díselo también. Díselo a todos, ¿me lo prometes?
Nell asintió.
Jade tomó aire y empezó a contarlo todo. Nell palideció y abrió la boca con espanto. Sus encías rosadas brillaron desnudas y vacías bajo la luz crepuscular.
—¿Ha muerto? —farfulló— ¿El príncipe de invierno a muerto?
—Eso dicen los nórdicos, sí. De todos modos, es preciso que no hagamos nada hasta que tengamos la certeza de que es verdad. Mejor no arriesgar, ni atacar.
Cuéntalo a los demás. Deberían ocultarse bajo tierra hasta que tengamos más datos. ¿Entendido?
Nell asintió con vehemencia, pero no podía articular palabra. Jade le dio una palmadita en la espalda.
—No desesperes, Nell. Todavía no está todo perdido. —Diciendo esto, Jade se sintió como un actor frente a un teatro sin público.
A continuación se deslizó sigilosamente de nuevo hacia el exterior. Antes de salir a la calle, se aseguró de que nadie la observara y metió otro mensaje debajo de un ladrillo suelto del muro, donde Tania u otro rebelde podría encontrarlo.
Un humo negro cubría la ciudad ocultando el cielo soleado. El aire olía a la pólvora de las explosiones, y, cuando Jade dirigió una mirada al otro lado del río, vio nuevas ruinas. Las fachadas de las casas situadas junto al río habían sido destruidas. Una pared se había precipitado al río y en ese dique de contención hacho de escombros de mármol se formaban remolinos. En el momento en que, con el corazón en un puño, se disponía a apartar la mirada de esa visión, distinguió en la lejanía de las aguas una forma conocida. ¡Eran los Feynal! Iban río arriba justo en dirección al puente de los Grifos. El corazón de Jade empezó a latir con fuerza.
Sin embargo, escudriñó la calle que bordeaba la orilla y se dirigió rápidamente hacia el puente de los Grifos. Supo que había cometido un error cuando oyó un chasquido a su espalda.
—¡Alto! —ordenó una voz autoritaria. Jade se quedó paralizada—. ¡Manos arriba! ¡Vuélvete!
Ella obedeció pese a que sus rodillas amenazaban con fallarle. Había casualidades desafortunadas. Y había también catástrofes. Sin duda, lo que estaba ocurriendo pertenecía a esta última categoría. Se encontró frente al cazador de la cicatriz en la ceja, el tipo que había posado el arma en la sien de Jakub. Lo acompañaba una cazadora que Jade no había visto nunca. Intentó respirar con tranquilidad, pero fue en vano. Rápidamente empezó a sopesar todas las posibilidades. ¿El hombre de la cicatriz la reconocería? ¿Le dispararía de inmediato? En tal caso, al menos ella no tendría ninguna posibilidad de delatar a los demás. ¿O tal vez —y la mera idea le cubrió de sudor la frente— iría a parar a una casa de fieras?
El hombre de la cicatriz bajó el arma y la miró con desdén.
—¿Qué haces aquí? —bramó.
—Iba a ver a las gentes del río —logró decir Jade con cierta dificultad. El hombre se volvió y escrutó el río. Entre tanto, el trasbordador se encontraba ya al alcance de la voz. Jade vio a Arif, que se encontraba delante, en proa.
—Bien, ¿y tú quien eres? —inquirió la cazadora con tono cortante y el arma todavía dispuesta.
—Jade Livinius. Del hotel Larimar. Ayudo a menudo a las gentes del río en el barco. Me conocen.
—¿Livinius? —dijo la cazadora bajando, para sorpresa de jade, el arma.
—Ahora yo se de que me suena ese careto tuyo —dijo el de la cicatriz—. Tú andas a menudo cerca de la iglesia, ¿verdad?
Jade contuvo el aliento. La posibilidad de poder salir de aquel atolladero le parecía tan atroz e imposible que creyó estar soñando. Cuando el hombre apoyó el arma junto a la bota y señalo con la barbilla el puente de los Grifos, se dio cuenta de que la influencia de Moira iba mucho más allá de lo que ella podía sospechar.
—¡Largo! —gruñó el cazador—. Esfúmate de aquí.
Jade no se hizo de rogar. Dio media vuelta y se precipitó por el puente de los Grifos. Cunado, casi sin aliento, alcanzó el punto más elevado del mismo, obsceno que los cazadores continuaban observándola.
Por suerte, Arif la había visto; en ese instante, ella no se sentía en condiciones de dar un silbido. El transbordador se deslizó en dirección al puente, con su punta de madera en forma de V repartiendo las olas por las orillas.
Jade aguardó a que la nave se deslizara por debajo del puente, luego se encaramó a la barandilla de piedra y saltó.
El impacto fue más fuerte de lo esperado, pero cuando se vio por fin en aquella isla flotante sintió alivio. ¡Estaba a salvo!
—¿Qué haces aquí?
Arif estaba de pie ante ella con los brazos cruzados.
—Una patrulla —musitó Jade—. Me han detenido. Les he dicho que os ayudo de vez en cuando.
Los cazadores se iban volviendo cada vez más y más pequeños, y la ciudad también se iba alejando mientras el transbordador seguía el recodo suave del río. Las demás gentes del río se habían reunido en torno a ella. Martyn no estaba, y Jade tampoco vio a Elanor.
—¿Martyn no está a bordo?
Arif volvió la mirada.
—¡Martyn! —gritó.
Jade sintió la boca seca. El corazón la latía con fuerza cuando vio a su amigo acercarse titubeante. Tenía el rostro más delgado y su expresión era más sombría que nunca. Pro primera vez desde que conocía a los dos hermanos, se dio cuanta realmente de su parecido.
—¿Y Elanor? —preguntó Jade.
Había algo que no iba bien. Nadie sonreía, nadie había hecho ninguna observación burlona. Tras pronunciar el nombre de Elanor, tuvo lugar un intercambio de miradas.
—¿Ha ocurrido algo?
Finalmente Nama, una mujer buzo de cabellos lisos y negros, contestó:
—¿Qué quieres que ocurra? Elanor sigue en casa del prefecto.
—¿Todavía? —inquirió Jade—, ¿siguen interrogándola?
Aquello no sonaba nada bien.
—Solo es una consulta —le corrigió Arif—. De hecho, no somos sospechosos de nada. Seguramente se quedará allí hasta que termine la cacería. Tal vez sea mejor así. Las turbinas de la parte del río están detenidas. Tenemos que ponerlas en marcha. Con la mano herida, Elanor no habría sido de gran ayuda. —El rostro se le iluminó un poco—. Realmente apareces en el momento oportuno.
Jade miro atrás. Estaba demasiado lejos para regresar al Larimar con seguridad.
Tal vez lo mejor seria pasar el día con los Feynal.
—Bien. ¿Qué tengo que hacer?
—Podemos apañarnos perfectamente sin ella —repuso Martyn.
—En este barco todavía soy yo quien dice quién se puede quedar aquí —le replicó Arif.
Martyn rezongó, pero a la señal de su hermano se acercó a un amasijo de sogas y dio a Jade unos ganchos y correas.
—En algún momento vas a tener que hablar conmigo —dijo Jade.
—Pues anda muy equivocada —respondió Martyn—. Por mí ya puedes ayudar con el cabrestante. Luego ya regresarás a la cama de Faun.
Jade se dio cuenta de que Martyn hablaba muy serio cuando anclaron en las zonas de las turbinas. Además de echar el ancla, amarraron también la embarcación a la orilla con sogas. El deslizador de hierro que, a modo de ascensor, llevaría a los buzos al fondo se encontraba ya en cubierta. Jade y Martyn apretaron bien las correas y comprobaron las sogas. Era un ejercicio de compenetración que habían realizado ciento de veces, pero Martyn seguía rehuyendo su mirada, y se limitaba a responder con monosílabos cuando no lograba entenderse con ella por medio del utillaje.
Cuando todo estuvo preparado, Jade se sentía completamente abatida y con los nervios acabados. Una cosa era perder a su padre por una mujer: con eso había contado más pronto o más tarde. De hecho, si no se hubiera tratado precisamente de Lilinn, esa hipócrita de dos caras, incluso se habría alegrado. Sin embargo, notar el rechazo de su mejor amigo era algo muy distinto. Y lo peor es que ni siquiera podía recriminárselo.
Se había echo tarde. El sol, convertido en una bola de fuego roja, se zambullía en el agua entre destellos de rubí. Aquello no tenia gran importancia para los buzos; para ellos era indiferente reparar turbinas de día o de noche. Abajo, entre las rocas, siempre era medianoche. Jade soltó la soga y la ató a un gancho que había en la borda. El deslizador de hierro, en el que habían cargado también piedras, fue echado al agua con una polea. El barco se inclinó levemente a un lado a causa del peso.
Nama y otro buzo, un hombre rechoncho llamado Cal, se encaramaron a la borda y se sentaron espalda contra espalda sobre el dispositivo. Nama se apretó bien el cinturón con sus herramientas: un cuchillo, una cuña de madera para las aspas de la turbina y unos ganchos con que asirse a las rocas. Cal comprobó sus arpones. Jade se acordó entonces de la morena que Martyn había pescado poco tiempo atrás y se estremeció. La mujer buzo asió con fuerza la lámpara del deslizador. Jade observó que los nudillos de Nama se volvían blancos por la fuerza con que agarraba el aparato.
—Tres minutos —ordenó.
Martyn dejó oír un pitido y los buzos tomaron aire. El deslizador atravesó la superficie con un chapoteo y, llevado por el peso, silbó en el agua mientras se sumergía y se convertía en un borrón engullido por la oscuridad del río. Jade contuvo también la respiración.
Las sogas silbaron al pasar por la cabria y los puños se cerraron en trono a la soga de seguridad.
—Fondo —gritó Martyn.
Las cuerdas se aflojaron. Ahora lo único que se podía hacer era esperar. El reloj iba marcando su compás. Arif tenía las venas de la frente hinchadas. Sostenía concentrado una fina soga de seda para poder dar orden de alzar si percibía el menor tirón.
Pasó un minuto. Martyn se mordía nervioso el labio inferior. Jade apartó la mirada de él y se quedó contemplando el agua. Los reflejos se encaramaban unos a otros, se encontraban y se separaban creando figuras hipnóticas hechas de reflejos de luz rojos y de la penumbra crepuscular. Y, en el centro, su rostro preocupado reflejado sobre la piel resplandeciente del río. Unos ojos que brillaban, una boca que se abría, y unos brazos… ¡que la hacían señas! Al principio se asustó, pero luego la hubiera gustado poder dar gritos de alivio y alegría.
—¡Has vuelto! —musitó. Sintió como si hubiera recuperado una parte de ella que había echado de menos durante mucho tiempo.
—¡Dos minutos y medio! —gritó Martyn—. ¡Hay que empezar a subirlos!
La cabria chirrió, las sogas se enroscaron, y el deslizador apareció como un asomo vago, luego se empezó a adivinar su forma y al final, se mostró con toda nitidez. Los buzos tomaron aire mientras sostenían triunfantes en alto unas sogas rotas. Jade no los miró, estaba más preocupada porque el movimiento de las aguas y el oleaje pudieran alejar el reflejo. Pero la muchacha seguía allí. Se rió y le tendió una mano. Entonces ella y Jade se tocaron por la yema de los dedos, justo en el límite del agua y el aire.
—¡No, Jade, no! —oyó que alguien le gritaba.
Las manos se tocaron y la imagen sonrió. ¡Que fría está! Se dijo Jade con asombro.
Unos dedos gélidos le agarraron la muñeca con tanta fuerza que chilló de sorpresa antes de perder el equilibrio y caer de cabeza al Wila. El espanto la paralizó y la ropa se le fue empapando; aunque el agua le quemaba los ojos, ella los mantuvo abiertos mientras procuraba con todas sus fuerzas ir hacia arriba. Entonces notó que aparecían más manos que la asían por las mangas y la envolvían en un remolino. Unos rostros borrosos y trasparentes se agolparon a su alrededor. A pesar de que para entonces Jade debería haber estado totalmente aterrada, curiosamente lo único que sentía era asombro. Intento reconocer los rostros. Unas burbujas de aire le cosquilleaban la garganta. En el momento en que un brazo la tomó por la cintura y la asió con fuerza, empezó a defenderse y a agitarse. Su mano chocó contra unas gafas de buceo y entonces se percató de que uno de los buzos la había subido a la superficie.
—¡Para! —le gritó Cal al oído.
Ella abandonó de inmediato toda resistencia. Esta vez eran manos reales las que la cogían y la aupaban. Notó las costillas contra la madera y al fin se encontró sentada y tosiendo en cubierta. Cal quiso ayudarla a ponerse de pie, pero Martyn lo apartó a un lado. Estaba pálido, pero los ojos le brillaban de rabia.
—¡No eres una novata! —le espetó—. Sabes que no debes tocar el agua. Y que justo aquí, sobre los abismos, resulta especialmente peligroso. Está plagado de víboras. Aquí incluso las morenas suben a la superficie.
—¡Ya lo se! —le replicó a gritos Jade vomitando todavía más agua—. Pero no eran víboras. ¡Eran manos!
Martyn sacudió la cabeza.
—Solo era la corriente. Es una zona de remolinos. Cuando son muy fuertes, parece como si hubiera un millón de manos extendidas hacia ti.
—¡Eran manos! —insistió ella.
Pero los buzos se miraron entre sí, perplejos.
Aquel atardecer de verano era tibio y sin viento. Jade no entendía por que seguía sintiéndose helada. Había regresado al Larimar con el bote auxiliar negro y lo había amarrado cerca del hotel. Al día siguiente por la mañana lo devolvería. Mientras corría los últimos metros hasta llegar a su casa, descalza y con el zapato que no le había caído al agua en la mano, los dientes le castañeaban. Llevaba la ropa adherida a la piel y se sentía incomoda. Las luces en la cuarta planta volvían a estar encendidas, pero no se veían urracas azules por ningún lado. Jade se apresuró hacia la puerta, pero entonces dudó. No podía ni quería encontrarse a Jakub. No ahora, tal como estaba, helada y calada hasta los huesos. Y también podía prescindir de los comentarios de Lilinn. Así pues, se deslizo en torno a la casa hasta una tubería que conducía al canalón del lado oeste del edificio. Se metió el zapato en el cinturón y trepó hasta la ventana diminuta de la primera planta.
No fue difícil empujar el cristal que había suelto precisamente para esas emergencias y abrir la ventana.
En esa ocasión, no se dirigió a la habitación de la cama de ébano, sino que se escabullo hasta la habitación del baño de mármol. Mientras recorría de puntillas la alfombra desgastada del pasillo, oyó abajo un gemido que le llegaba amortiguado por las paredes y reforzado por la caja del ascensor.
Era Jay. Estaba solo. El lamento se transformó en un grito remotamente semejante a un gruñido, y se oyeron unos golpes, como si la bestia se diera contra las paredes. Jade se echó a correr y solo volvió a respirar con alivio cuando llegó a su habitación y pudo cerrar la puerta.
Aunque la habitación estaba a oscuras, no encendió ninguna lámpara y se desplomó sin más en el suelo, abrazándose las piernas con los brazos. Al cabo de un rato, su respiración se tranquilizó y pudo volver a pensar con claridad. Se esforzó en recordar los rostros del agua. Pero la imagen era tan borrosa que en su mente solo veía fogonazos. ¿Y si estaba en un error? ¿Y si solo hubieran sido reflejos? Jade sacudió la cabeza y se quitó la chaqueta que llevaba adherida al cuerpo. Lo malo era que la fotografía se había mojado. Jade palpó el papel empapado. Se incorporó y entró a tientas en el baño de mármol sin ventana. Desde un día que había quemado un cable, aquella estancia conservaba un intenso hedor a hilo eléctrico chamuscado. Ahora, en la pared, allí donde debería haber estado la lámpara, solo asomaban dos cables, así que Jade encendió una vela que se erguía sobre una montaña de cera derretida que había junto al espejo roto.
Luego sacó cuidadosamente la fotografía del bolsillo. ¡Por suerte, todavía se podía reconocer! La colocó en un estante junto a la puerta y la alisó para que pudiera secar.
Entonces volvió la vista a la bañera. El frío continuaba calándole los huesos, como si el río se le hubiera metido dentro. Se notaba los labios entumecidos y, cuando se miró las manos, la llamó la atención ver que las uñas de los dedos había adquirido un tono azulado.
El grifo oxidado vertía un agua de color rojizo. Jade estuvo a punto de abandonar toda esperanza, pero entonces el agua limpia empezó a caer en la bañera ennegrecida. El vapor empezó a elevarse. ¡Agua caliente! Mientras tiritaba miró cómo la bañera se llenaba hasta la mitad. Tuvo que hacer acopio de valor para atreverse a mirar la superficie. «¿Debería echar yo también cenizas al agua, igual que la lady hace con su vino? —se preguntó. Así el reflejo se volvería turbio».
Sin embargo, en esa ocasión solo se vio reflejada a sí misma, con los labios azulados y el pelo mojado. Aliviada, se metió en la bañara. El calor la envolvió como si de un abrigo de seda se tratara. Jade cerró los ojos y sintió que la vida volvía a sus extremidades. La sangre le empezó a hormiguear en la yema de los dedos y los labios, y ella se sumergió y disfrutó de aquel calor que se llevaba el frío glacial que sentía en la cabeza. Lilinn y Jakub, el príncipe de invierno y los rebeldes… durante un reconfortante momento, todos permanecieron infinitamente lejos. Aun sumergida en el agua oyó de pronto un portazo amortiguado., pensó.
Tal vez Jay había sentido que Faun regresaba y por eso se agitaba tanto en su jaula. ¡Faun! De buena gana habría saltado de la bañera y corrido hacia él. Emergió del agua y se secó los ojos.
Su reflejo ante ella, también se quitaba el agua del cabello. Todo, por lo tanto, era como tenia que ser. ¿O tal vez no? Jade, irritada, frunció el ceño. Había algo allí que no encajaba. Aquella imagen, se algún modo parecía falsa.
En la planta baja se oyó otro portazo. Jay aulló y luego enmudeció de forma súbita. Entonces, frente a Jade, el agua empezó a moverse. Su reflejo se deslizó hacia el borde de la bañera, se alargó y… ¡emergió! Jade gritó y apretó la espalda contra la pared de la bañera. Clavó la vista con horror en aquel elemento inaprensible: el agua burbujeante ante ella, se extendía y tomaba forma. Una figura emergió del agua: cabeza, hombros y unos brazos y pechos trasparentes.
Frente a ella apareció un ser difuso y fluido… que era su vivo retrato.
La llama de la vela parpadeó y Jade se dio cuenta, con horror, de que pronto quedaría a oscuras, expuesta a esa criatura acuática. Tam gritó algo que ella no pudo entender. Lo único que percibió fue que era una orden. Siguieron unas pisadas rápidas y pesadas.
El reflejo se inclinó hacia delante y vertió de la boca un aluvión de agua. Jade notó que se le erizaba todo el vello del cuerpo. Cuando la muchacha fue a decir algo, se produjo un borboteo. En su rostro se reflejaba la desesperación.
—El que llama —farfulló de forma apenas compresible.
De hecho, no dijo eso exactamente. Era imposible, porque el agua se le escapaba de los orificios brillantes de la nariz, tosía y escupía. Jade oía sus palabras, de hecho, el asomo de las mismas, como si reverberaran en su cabeza.
—¿El príncipe? —El espanto apenas le permitía emitir más que un susurro ronco—. ¿El príncipe de invierno?
El reflejo asintió.
—Se dice que ha muerto —susurró Jade—. Lo asesinaron en la Ciudad Muerta.
Pero la muchacha negó con la cabeza.
—¡Vive! —Su voz era un murmullo y el agua se escapaba de su boca desfigurada a cada sílaba.
—¡Sin cuerpo…! ¡Sin sangre…!
Volvió a callar.
—Eres un eco, ¿verdad? —musitó Jade.
El rostro cristalino se desfiguró de nuevo; Jade se olvidó de todo cuanto la rodeaba, también su espanto, y solo deseó una cosa: poder tocar a aquella muchacha. Como si de un dique desbordado se tratara, la inundó de pronto una ternura salvaje por aquella criatura que tenia delante; sintió ganas de abrazarla, consolar su dolor y mecerla como a un niño.
—Lo siento mucho —murmuró, sin saber qué quería decir con esas palabras.
Fuera se oyó un estrépito y un grito. En ese mismo instante, un objeto pesado dio contra la puerta del baño. Jade gritó y se acurrucó en el lado más apartado de la bañera. Se oía la voz de Tam… y unos zarpazos en la puerta. Jay. En esos segundos de pánico, ella no podía pensar en otra cosa. La puerta se abrió en el mismo instante en que la muchacha se reflejó dentro del agua. Instantes antes de que una lluvia de gotas de agua apagara la vela, jade vislumbró en el espejo la imagen fugaz de una fila de dientes brillantes. Jay la atacaba.
Sin saber cómo, Jade salió de la bañera y trastabilló. Un golpe la alcanzó, y ella gritó y cayó al suelo. El baño era liso como el hielo, el aire frío penetró en la piel, y el reído del espejo al hacerse añicos atronó en sus oídos. Sintió que Jay se abalanzaba sobre ella. Notó otro golpe, y un dolor intenso le recorrió el brazo. Entonces dejó de ser ella misma. Jade se retiró a un rincón de su conciencia, acurrucada, gimoteando de espanto. Y lo que a partir de entonces reaccionó fue puro deseo de supervivencia, y unos reflejos más rápidos que el pensamiento. Jade dejó de pensar y empezó a actuar como un animal luchando por su vida. Vociferó, pataleó y dio con algo que estaba pavorosamente próximo. ¿Las costillas, quizás? Un aliento calido le recorrió la garganta. Se agachó, se hizo a un lado y se oyó cómo unos dientes chasqueaban en el vacío… la mano le dolía, alzó una cascote cortante. El agua se derramó en el instante en que los pies de la bañera se deslizaron con un chirrido metálico por encima de las baldosas. Tam atronó:
—¡Atrás!
Chirridos y estrépitos. Jade se arrastró detrás de la bañera metálica, agarrando el cascote como un puñal en la mano. No supo cuánto tiempo permaneció ahí agazapada, envuelta en la oscuridad, dispuesta a matar a cualquiera que se la acercara. Luego vislumbró una luz débil y oscilante, que se apagó de inmediato, unos pasos que se alejaban. Silencio., se dijo Jade, aturdida. El cascote le cayó de la mano. Y luego solo quedó la oscuridad.
—¡Jade! —La voz de Jakub resonaba trémula en la lejanía—. ¡Jade, mírame!
Unas manos ásperas le asían la cara y ella abrió los ojos.
—Seguro que ha estado en el río. —Era la voz de Tam—. Tiene la ropa empapada y lleva algas colgando.
—Dile que se largue —musitó Jade.
Una luz oscilante dejó entrever la expresión de alivio de Jakub en la oscuridad.
—¡Alabado sea Styx y todos los espíritus del Wila!
—dijo desde lo más profundo de su alma. A continuación se quitó la chaqueta de los hombros, la colocó sobre Jade y luego la tomó en brazos.
Jade se agarró a su cuello como si se hubiera ahogado. En ese instante volvió a se la niña a la que su padre sacaba del tonel de alquitrán para llevarla se la destrucción a la seguridad.
Tam estaba junto a la puerta. Tenía una expresión impávida.
—Mantente lejos de salón de banquetes —le dijo—. No sé si la próxima vez llegare a tiempo para salvarle la vida.
Jakub tensó su abrazo.
—¡Como vuelvas a aproximarte a ella con esa bestia vas a saber quien soy yo! —amenazó a Tam.
En nórdico sonrío con desden.
—Es mejor que no te la juegues con tu hotel —repuso con ese tono de voz melódica y amigable que Jade tanto aborrecía. Luego se volvió y se marchó.
Hacía mucho tiempo que Jade no estaba en la habitación de Jakub. Su padre tenia la costumbre de cambiar las cosas que lo rodeaban, como un imán que atrajera unos objetos y repeliera otros. Tenía las sillas y otros muebles arrinconados en una esquina, como un rebaño apelotonado y tembloroso. La alfombra presentaba arrugas, como si para entrar en la cama tuviera que atravesar un macizo montañoso. Apoyados en la pared había unos valiosos objetos que Jakub protegía como un tesoro: tres vidrieras artísticamente decoradas que había descolgado para salvaguardarlas de los disparos y las explosiones y había guardado en su habitación. Jade se miró en ellas: tres mujeres jóvenes y pálidas, con ojos de mirada febril. Unos rizos espesos y húmedos le enmarcaban el rostro afilándolo todavía más. Y observó tres veces a su padre limpiándole con un paño húmedo el rasguñó en forma de semicírculo que tenia en el brazo y que parecía una sonrisa roja.
La mano herida por el cascote le ardía bajo el paño que Jakub le había colocado a modo de vendaje. El susto le impedía que se notase el dolor de verdad.
—Solo es un rasguño —dijo él—. Mañana pienso ir a ver al prefecto de la Lady y me encargaré de que Tam y su bestia no se acerquen a ti de nuevo.
—Déjalo —dijo Jade con voz débil. Asombrosamente, Jakub calló.
—¿Es verdad lo que sospecha Tam? —preguntó él al cabo de un rato—. ¿Estuviste en el río?
Jade asintió. Y a continuación soltó toda la historia: le habló del reflejo que llevaba saludándola desde que ella tenía memoria. Y de las manos de la corriente y de su vivo retrato.
—Durante muchos años creí que era yo —dijo al final—. ¡Pero no lo soy! ¡Es alguien distinto!
Su padre se la quedó mirando con asombro, luego inclinó la cabeza rápidamente, se pasó la mano por los ojos y contrajo a continuación la boca. Al darse cuenta, aquello la conmovió más que todo cuanto había vivido aquel día. Jamás había visto llorar a su fuerte e irascible padre. El llanto silencioso la hacía sacudir sus anchos hombros. Las lágrimas le recorrían la barbilla afeitada y dejaban unas manchas oscuras en su camisa de cuero.
—¡Por Dios! —masculló con los dientes apretados—. ¿Por qué nunca me dijiste nada?
A Jade le pareció que volvía a sentir el fío del Wila en la piel.
—¿Tú sabes quién es ella, Jakub?
—Solo tu reflejo —repuso él, nervioso—. Pero tienes razón. Tú no eres ella.
—¿Es… un eco?
Él asintió se pasó la manga por los ojos.
—Tiene la capacidad de adoptar un reflejo —explicó con voz ronca—. Utilizan la magia de las corrientes profundas que hay en el fondo del río. Por eso el Wila es tan peligros. —Tomó saliva con dificultad—. Tam tiene razón. Tú la has tocado y luego, con el agua de la corriente, has llevado su rastro al Larimar. Y la bestia de Tam la ha olido.
La voz de Jakub resonaba en la mente de ella como si viniera de muy lejos. Ella intentaba comprender lo que significaba esas palabras, pero entonces logró cristalizar una conclusión. Su padre, en quien ella confiaba más que nadie, le había mentido durante años.
—Durante todo este tiempo has sabido cosas sobre los ecos —dijo en tono apagado.
Jakub se limpio las lágrimas y bajó la mirada, apesadumbrado. Apretó el brazo en tornó a los hombros de su hija, pero a la vez miraba ceñudo el espejo, como si quisiera ver algo que para Jade permanecía oculto.
—Decías que no te acordabas de nada —exclamo Jade deshaciéndose de su abrazo con fuerza—. De pequeña me inculcaste no nadar jamás en el río y no tocar el agua abierta, y tú eras perfectamente consciente de que los ecos se encuentran entre nosotros.
—¡Ojalá los hubiera podido olvidar! —se lamento Jakub—. Y créeme que lo he intentado. Pero regresan. En mis pesadillas, cada noche. Son… espíritus. Son agoreros. En la guerra de Invierno, la Lady los expulso al río. Aunque sus cuerpos murieron, ella no logró matar su espíritu. Esperan a que los llamen. Solo unos pocos son capaces de verlos, Jade. Yo no soy capaz, pero no sabia que tú sí.
Jade jamás se había sentido tan engañada. Por fin tenía la explicación que ella llevaba esperando durante tanto tiempo. Debería haberse sentido aliviada, pero solo notaba un gran vacío y una rabia que dejaban en segundo plano su encuentro con Jay.
—¿Por qué lloras? —le espetó a Jakub.
—¿Qué por qué? ¡Ese eco ha estado a punto de matarte!
Jade recordó aquel rostro cristalino y negó con la cabeza.
—No quería matarme. Estoy totalmente segura.
Jakub la tomó por los hombros. Sus ojos eran dos soles encendidos.
—Tienes que temerlo, Jade —insistió él con el tono suplicante—. ¡Témelos más que a la muerte! ¡Son unos monstruos! ¡Mataron a tu madre!
De nuevo empezó: el temblor. Los dientes le empezaron castañear. Y el nudo que tenía en la garganta parecía que era de hielo.
—¿A mi madre?
Jakub asintió.
—¡No me lo creo! —gritó ella—. ¡No creo ni una palabra!
—¡Son animales de presa, Jade!
—Siempre me has dicho que murió durante la guerra de Invierno.
—Murió poco tiempo después —respondió Jakub con la voz rota—. Pocos meses antes de que la Lady asaltara la ciudad.
Jade cerró los ojos. Todo empezaba a cobrar sentido. El recuerdo del olor a hojarasca del otoño. El asalto al palacio y la muerte de su madre. Dos acontecimientos espaciados por meses. Jade intentó encontrar otras imágenes, pero detrás de sus párpados cerrados no había más que el vacío. Con todo, le resultaba imposible imaginar que su madre había sido víctima de los ecos. Parecía un error.
Por primera vez en la vida, contempló a su padre con los ojos de un desconocido.
—¿Por qué no puedo creerte? —preguntó apartándose de él hasta quedar sentada en el borde de la cama—. Lilinn me dijo una vez que solo se enamoraba de mentirosos. Y resulta que tú pareces ser el mayor de todos ellos.
El dolor recorrió rápidamente la expresión de Jakub. A ella le parecía ver su corazón herido, pero en esa ocasión no estaba dispuesta a permitir que la compasión la cegara.
—¿Qué hubiera cambiado si te hubiera contado cosas de los ecos? —repuso él con voz dura—. La verdad que hoy conocemos no es más que un paño bonito bajo el que se esconden unos hechos horribles. Toda nuestra historia es un cuento, Jade. La Lady no tuvo que conquistar la ciudad. Le fue muy fácil porque en la ciudad ya había disputas. Os reyes se hacían la guerra entre ellos, los ecos y los humanos eran enemigos. Tenemos que agradecer a la lady que todos los ecos, hasta el ultimó, se hallen en el fondo del río.
—¡Un autentico y leal lacayo de la lady! —repuso Jade con amargura—. Ya no te conozco. ¿Dónde esta el Jakub que prefería meterse con los cazadores antes que someterse a las ordenes de la Lady?
—La Lady y los cazadores son dos cosas totalmente distintas.
—¡Sabes perfectamente que eso no es así!
—En todo caso, estoy vivo —dijo él, colérico—. Y tú siempre te has aprovechado de que yo tenga mis contactos en la Corte. Habríamos podido sucumbir, Jade, como tantos otros. Pero eso yo nunca no lo ha permitido. Puede que no vivamos muy bien en esta ciudad, pero no estamos peor que otros. Siempre has tenido un techo sobre la cabeza. Nos dieron el hotel, y en tu vida no habido guerras.
—Pero ha habido miedo. ¡La Lady es una tirana!
—¿Y que? —atronó Jakub con los ojos inyectados en rabia—. ¿Crees que los reyes de las islas eran más clementes que ella? ¿Te gustaría saber si ellos también eran unos asesinos? Pues sí, sí lo fueron. Cambiaron las caras, pero no las situaciones. Los reyes a los que la Lady venció no eran más que otros soberanos, ni mejores, ni peores.
—Se aclaró la garganta y prosiguió. —A veces, la única libertad posible consiste en escoger entre dos tiranos. Y yo tomé mi elección.
Por un instante, Jade quiso créelo. Pensó en el eco que había visto tras la ventana y quiso convencerse de que los ecos eran sus enemigos, y que una jaula conocida era mucho mejor que una libertad por conocer. Que fácil seria doblar la rodilla ante la Lady y esconderse en el Larimar. Pero entonces recordó el rostro desesperado de la chica del agua y supo de pronto que se había decidido definitivamente a favor del río.
—¿Dónde queda aquel padre mío, colérico y rebelde? —dijo ella—. El Jakub que conocí no se habría postrado voluntariamente, ni ante la Lady ni tampoco ante Lilinn.
—Las cosas cambian —murmuró Jakub—. Tú también has cambiado, créeme.
Y cuando él apartó la mirada y volvió la vista hacia la ventana, Jade lo sintió terriblemente lejos de ella y fue dolorosamente cociente de que, a partir de entonces, habría su mundo y el de él. Había dejado de haber un lugar común para ellos.
—Tú quédate con tus cuentos —dijo con amargura incorporándose de la cama—. Conviértete en un súbdito leal y cobarde, y báilale el agua a tu amante, tan fiel a la Lady. Tú baila, bésala e imagínate que la Lady estima tus servicios. Guárdate tus secretos para ti, que yo puedo indagar en los míos incluso sin ti.
Jakub tragó saliva con dificultad y parpadeó, demasiado orgulloso para seguir vertiendo lágrimas y demasiado enfadado para gritar a su hija. Y Jade lo quiso más que nunca.
—¿Qué narices miras en esa vidriera? —exclamó, desesperada.
—A ti y a mí —respondió él con la voz temblando de rabia—. Te has hecho mayor, y yo tal vez ni me he dado cuenta. Es verdad: debería haberte contado mi relación con Lilinn, pero ahora ya es demasiado tarde. No puedo ordenarte lo que debes creer. Pero piensa muy bien lo que haces. Si es lo que me temo, Jade, entonces estaremos en frentes distintos.
—¿Acaso no hace tiempo que lo estamos? —repuso Jade.