Capítulo 13

Príncipes y necios

Aquella noche los ecos la visitaron. Ella sabía que estaba soñando; justo por debajo de la superficie del sueño, notó que intentaba escapar, pero en realidad solo se le contrajo un poco el cuerpo, y el grito que creía haber proferido apenas fue un gemido mientras dormía. Eran cuatro. Iban envueltos en harapos. Retales de tela atrapados al azar, pedazos de lonetas y redes, y debajo, terciopelo robado a un lord. Las figuras giraban a su alrededor, rodeándola y deslizándose en torno a ella. Jade se giraba sin cesar sobre sí misma con el fragmento de cristal en la mano.

—Estoy con vosotros —gritaba una y otra vez—. ¡Estoy de vuestro lado!

Estaban tan cerca que percibía incluso su olor: era un olor amargo y viejo. Recordaba un poco el de la piel húmeda del toro. Cuando las siluetas se detuvieron y apartaron los retales de ropa y los harapos que tapaban sus rostros, Jade se encontró con cuatro rostros demoníacos idénticos. Tenían la piel negra, y en las órbitas pálidas de los ojos, ciegas en apariencia, destellaban la perfidia y las ansias de matar. De uno de aquellos colmillos afilados goteaba un espumarajo. El pánico le hizo alzar el trozo de espejo.

—¡Estoy con vosotros! —gritó.

Vio con sorpresa que el cascote de la mano empezaba a iluminarse. Entonces la mancha de luz en forma de rombo se deslizó rápidamente por encima de esos seres mientras Jade se iba girando. El dibujo que reflejaba abrasaba su piel negra. Los rostros mudaron, se volvieron tersos, empezaron a brillar y Jade se encontró con cuatro caras blancas e idénticas. Delicadas, severas y bellas. Unos ojos verdes la miraban centelleantes. Jade no sabía si eran hombres o mujeres. Luego los cuatro doblaron la cabeza hacia atrás, abrieron las bocas, tomaron aire y gritaron. Jade se estremeció con aquel tono agudo y rechinante. Contrajo el rostro y se agachó apretándose los oídos con las manos. El sonido le vibraba por todas las fibras del cuerpo y la hizo llorar.

Se despertó sobresaltada y bañada en sudor y se encontró en su cama, temblando y totalmente alterada. ¡Faun! Nunca antes había deseado tanto poder refugiarse entre sus brazos. Palpó el otro lado de la cama, pero sus dedos solo encontraron tela intacta. Se secó las lágrimas en la oscuridad y se sorbió la nariz.

Unos dedos de lluvia tamborileaban en los postigos de la ventana. Por el olor a lana húmeda, supo que el agua había penetrado a través de la ventana sin cristal y que ya empapaba la alfombra.

Se incorporó abatida y se frotó los ojos. Luego sacó las piernas de la cama y se puso de pie.

Delante de ella, la oscuridad cambió de sitio. Aunque apenas fue un amago, le provocó un estremecimiento que le recorrió todas las venas. Su cuerpo reaccionó de forma automática: retrocedió, se echó en la cama y se refugió en el lado opuesto. Al instante tenía el cuchillo en la mano. «¡Vamos, muéstrale el trozo de espejo, no el cuchillo! ¡No seas idiota!». Aquel fue su primer pensamiento. El segundo fue preguntarse cómo eso había logrado penetrar en el Larimar. Pensar que alguien la había estado observando mientras dormía le provocaba miedo y enfado a la vez. Entonces empezó a distinguir mejor: una figura alta junto a su cama. Una respiración. Luego un movimiento hacia la puerta. No era el paso grácil de un eco, sino un andar felino que habría podido reconocer entre miles.

—¡Faun! —logró decir con voz ahogada. Dejó de lado el cuchillo y corrió rodeando la cama—. ¿Por qué no dices nada? ¡Me has dado un susto de muerte!

Pero cuando Jade tendió los brazos hacia Faun, él retrocedió. Una ropa empapada de lluvia se le escapó entre los dedos. —¡No me toques!— le dijo Faun en voz baja.

—¿Qué te ocurre?

—Nada. Yo… tengo que marcharme.

Hablaba con voz ronca, y cargada de rechazo. Aquel era el Faun que ella conocía con la luz de día. —¿Ha ocurrido algo?

Él se detuvo, tenso, como buscando una oportunidad para huir. Luego se apartó con brusquedad y se dirigió a la puerta de un salto. La sorpresa abandonó a Jade y la rabia ocupó fácilmente su lugar.

—¡Oye! —refunfuñó ella aproximándose a él. Cuando Faun intentó esquivarla de nuevo, hizo ruido.

—¡Jade, déjame! —musitó apretando los dientes.

—De ningún modo —masculló ella—. ¿Acaso te crees que puedes largarte sin dar explicaciones?

Él estaba frío y temblaba. En el momento en que Jade fue a abrir la boca y decir algo, él la apartó con tanta fuerza que fue a parar contra la cama y recibió un golpe doloroso en la barbilla con el brazo que la rechazaba.

Sin embargo, no estaba dispuesta a permitir que él se le escapara. Forcejearon unos segundos sin decir nada, luego Jade perdió el equilibrio y lo arrastró consigo en su caída. Al momento se encontró tumbada de espaldas, boqueando, con el polvo de la alfombra en la nariz y los brazos firmemente agarrados a la cintura de Faun. Notó el peso de él encima de ella.

—¡No voy a consentir que te vayas! —susurró—. No, sin saber lo que ocurre. ¿Se trata de Tam?

«O tal vez —se dijo—, ¿es solo que ya no me quieres y que pretendes marcharte sin más?».

En lugar de responder, él la asió de los brazos. Solo la sorpresa logró que ella lo soltara. Al instante notó unos dedos gélidos que le agarraban las muñecas. Nunca nadie la había tocado de ese modo. Aunque él la asía con fuerza, parecía que quisiera guardar distancia. Próximos y, sin embargo, a varias millas de distancia. No le gustaba la idea de que él viera su rostro en la oscuridad mientras que ella apenas conseguiría adivinar el brillo de sus ojos. Notó que él tomaba aire trabajosamente. Sentía su aliento en la clavícula. De pronto, él posó los labios en su piel y ella se apartó.

—¡¡¡Suéltame de inmediato!!! —exclamó ella con tono amenazador.

Él le acariciaba el cuello con los labios, pasándolos por encima y por debajo de la barbilla. Jade apretó los puños.

—Te quiero —susurró él.

Luego la besó con el ansia de un sediento en una fuente. Tenía los labios fríos a causa de la lluvia y su gesto era tan avasallador que ella retrocedió extrañada ante esa avidez y vehemencia. Faun le apretaba dolorosamente los dientes contra los labios. ¡Era el colmo! Jade se hartó y pasó a defenderse con todas sus fuerzas. Entonces los labios de él se separaron de los suyos y ella logró soltarse las muñecas. A continuación, Jade levantó el brazo y le propinó una bofetada. El golpe hizo que él se hiciera a un lado, lo cual permitió que ella quedara libre y se pudiera poner de pie.

—¿Qué significa todo esto? ¿Te has vuelto loco?

En la palma de la mano dolorida sentía las palpitaciones del corazón. Eso y también una humedad fina y deslizante. Está llorando, se dijo. Pero no se dejó engañar.

—No —respondió Faun en voz baja al oír el chasquido de una cerilla.

Jade prendió la mecha de la lámpara de aceite y luego se volvió. Bajo la luz titilante vio que Faun parpadeaba y se protegía con la mano de aquella luz repentina.

Estaba pálido y parecía totalmente agotado. Tenía el pelo mojado pegado en la frente. Era evidente que había estado bajo la lluvia. Sus ojos tenían un brillo febril y en la mejilla presentaba un arañazo que tenía mal aspecto. Con el bofetón, la herida, que ya había empezado a cicatrizar, había vuelto a sangrar.

—Lo siento —dijo él avergonzado bajando el brazo—. No quería... De repente pensé que no podía soportar perderte.

—¿Y por eso me has dado un susto de muerte y te has abalanzado sobre mí?

Él tenía los ojos apagados, y, en su pálido rostro, no parecían más que manchas oscuras. No respondió. Jade estaba inmóvil junto a la cama agarrada a los barrotes de madera de la misma debatiéndose en su interior. «Está herido», se decía la Jade de la noche. «Que salga de aquí», insistía la Jade prudente que era durante el día.

—No vuelvas a agarrarme nunca más así —dijo ella al final con voz firme—. Es el mejor modo de perderme.

—Lo siento —respondió él compungido—. Yo… no sé lo que me ha pasado.

—¿Quién te ha herido?

—Aunque no te lo creas, ha sido una pantera de las nieves —respondió él restregándose la mejilla con la manga húmeda—. En el corazón de la Ciudad Muerta.

—Sí, era un animal de la casa de fieras de lord Norem. Claro que te creo.

Por primera vez, Jade odió profundamente a Tañía. Faun levantó la cabeza.

—¿Sabes lo del asesinato de lord Norem?

—En la ciudad algo así se sabe rápidamente.

—¿Has salido a pesar de que te rogué que te mantuvieras alejada de las gentes de la Lady?

—Creo que ya me conoces. Nadie puede decirme adonde ir y dónde quedarme —repuso Jade con tono tranquilo—. Las noches nos pertenecen a los dos, pero los días siguen siendo míos. Cada uno tiene su vida.

El sonrió con tristeza.

—Nuestras noches —musitó él—. Son más valiosas que cualquier otra cosa.

Aquellas palabras provocaron en ella algo que hubiera preferido no sentir en ese instante: nostalgia y temor a perder también esas noches.

—¿Qué hacíais en la Ciudad Muerta?

—Encontrar a alguien —dijo él sin más.

A continuación se frotó la frente, como si el mero recuerdo le provocara dolor de cabeza. De pronto, a Jade le pareció que se quedaba sin aire.

—¿Lo habéis encontrado? —farfulló—. ¿Al príncipe?

Faun abrió los ojos y contempló pensativo su rostro. «Lo sabe —pensaba ella—. Sabe que yo estoy al otro lado».

Pero él asintió, con un gesto sin asomo de orgullo. Jade tuvo que sentarse.

—¿Estáis seguros? —preguntó con voz temblorosa.

—Ese muchacho parecía un Tandraj —le explicó Faun—. En cualquier caso, un centinela que había luchado en la guerra de Invierno reconoció su parecido con los reyes hermanos. Un muchacho. Parecía.

—¿Está… muerto?

Deseó que su voz no sonara tan fina y preocupada.

—La Lady no hace prisioneros —respondió Faun, lacónico.

Fue como precipitarse al vacío, contra un suelo duro y sin opción para librarse del impacto. «Ha sido todo en vano —se dijo estremecida—. Los rebeldes no podrán vencer».

—Sobrevivió a la guerra porque alguien lo sacó de la ciudad —siguió explicando Faun—. Es posible que luego viviera en los bosques. No sabía de dónde venía ni quién era. Ni siquiera sabía hablar. Es posible que regresara a su ciudad natal por un funesto azar.

—¿Y cómo logró ocultarse durante tanto tiempo de los espías de Tam?

—La suerte del necio —dijo Faun con voz empañada—. Vagabundeaba por la Ciudad Muerta.

Seguramente descubrió su habilidad meses atrás. No sé si era consciente de lo que hacía. Llamaba a los ecos. Posiblemente el pobre se asustó mucho cuando empezaron a asomar por la ciudad. Y cuando hoy lo hemos encontrado…

El rostro se le ensombreció.

«Tal vez no era él —se decía Jade intentando calmarse—. No hay necio capaz de ocultarse durante tanto tiempo». Aquel pensamiento la reconfortó.

—¿Y por eso estabas tan enfadado? ¿Por qué tuviste que ver cómo lo mataban?

—Era joven —respondió Faun en voz baja—. A lo sumo tenía tu edad,

—¿Cómo ha muerto?

—Riéndose —contestó Faun con un hilo de voz—. De verdad, puedo asegurarte que reía sin parar.

Jade se puso de pie con las piernas temblorosas y se acercó a él. Lo abrazó, le besó los párpados y la frente. Faun no se movió, y cuando ella le tomó la cara con las manos, cuidadosamente para no tocarle la herida, él le devolvió el beso con una delicadeza que hizo que Jade cerrara los ojos. Luego se quedaron sentados en silencio, estrechamente abrazados y escuchando la lluvia. Unas imágenes se arremolinaban en la cabeza de Jade: los ecos del sueño, la cara de Moira, Tañía y los demás rebeldes. Y una y otra vez ese necio, ¿y si era el príncipe de Invierno? ¿El parecido físico era suficiente como prueba? No, decidió. «Para mí eso no es suficiente. Todavía hay esperanza». ¡Tenía que encontrar a Ben mañana mismo!

—Tam pronto habrá cumplido su encargo —dijo Faun al cabo de un rato—. En cuanto se hayan localizado los últimos ecos, no habrá ningún motivo para que permanezcamos en la ciudad.

Se habían reído juntos, habían soñado con viajar y, en cambio, jamás habían dicho que aquellos encuentros secretos eran un pacto que solo conocía el presente. Sin embargo, Jade entonces traspasó ese límite.

—¿Qué significa eso? —quiso saber—. ¿Continuarás con él?

Resultaba extraño hablar del futuro; era como si acabara de retirar un velo de delante de una cara y viera por vez primera a la persona que se ocultaba detrás.

—Es posible.

—¿Es posible? —repitió ella con enfado—. ¿Qué te retiene junto a él? ¿No le has servido suficiente tiempo?

—No… no es tan simple, Jade.

—Nunca lo es —repuso ella con sarcasmo—. ¿Dónde diablos te voy a encontrar si te me escapas?

Faun sonrió y al fin ella volvió a ver al Faun que amaba.

—Te encontraré. Estés donde estés, volveré. No pienso abandonarte.

Era una promesa. Ella se dio cuenta. Con todo, no logró poder devolverle la sonrisa.

—¿No confías en mí? —preguntó él.

—Confiar no es más que otro modo de decir conocer. Me lo dijiste en una ocasión, ¿te acuerdas? Pero a veces me parece que no te conozco en absoluto, o quizá solo un poco.

—¿Y yo? ¿Acaso yo te conozco mejor? —preguntó Faun.

Ella, sorprendida, bajó la mirada. Aquel era un buen momento para contarle la verdad, se dijo. Pero el momento pasó sin que ella pudiera decidirse a hacerlo.

Faun le sonrió y le apartó un mechón rizado de la cara.

—Sé que no toleras órdenes de nadie, pero quizá esta vez me hagas caso. Te lo suplico: mañana no vayas a la ciudad. La Lady pretende organizar otra cacería. Y habrá detenciones.

—Los rebeldes —dijo ella más para sí que para Faun.

El asintió.

—Lady Mar ha decidido tener pronto a toda su ciudad de nuevo bajo control.

«Su» ciudad.

Jade apretó los labios, pero no contestó nada. «No hay que preocuparse —se dijo para tranquilizarse—. No les ocurrirá nada; en los próximos días se ocultarán, porque no son tontos. Incluso Tañía se guardará mucho de abandonar mañana su escondrijo».

Como si aquella noche se hubieran adentrado en el mundo real, por primera vez se amaron bajo la luz de la lámpara de aceite. Fue algo nuevo e inquietante. A diferencia de Faun, que la podía contemplar incluso en la oscuridad, Jade lo vio por primera vez por completo, y no de forma fugaz bajo la luz mortecina del amanecer. Recorrió admirada con el dedo la línea de su arco costal y observó que el gesto provocaba que los pelillos de la piel se le erizaran. Faun era un hombre atractivo: los músculos se le dibujaban bajo la piel, y cuando Jade colocaba la palma de la mano sobre la suya parecía realmente que en ellos confluyeran el oro y la plata. Lo único que le desagradaba era el tatuaje que él llevaba en el pecho, pero esta vez tampoco cerró los ojos para no verlo. No lo tapó con la mano, sino que lo observó con la misma atención que el resto de su cuerpo. Se embebió de los tonos de su piel, de la leve sonrisa que dibujaba con los labios y de la expresión de su mirada, que era más cálida y brillante cuando ella lo besaba y se estrechaba contra él. Tampoco él cerraba los ojos cuando lo besaba, y Jade se preguntó si en las noches que habían pasado juntos él la habría observado siempre con esa intensidad. Resultaba excitante y extraño a la vez, abrazarse de este nuevo modo. Faun, como temeroso de volver a presionarla demasiado, la acariciaba con una delicadeza y un cuidado especiales, mientras que ahora era Jade la que lo besaba con tanta pasión que él tenía que tomar aire. Estaban más cerca que nunca, y cada caricia parecía que fuera a abrasarles la piel. Mucho más tarde, cuando la luz se debilitó y empezó a titilar, Jade apretó la mejilla en el cálido hueco de la clavícula de él y cerró los ojos.

Esta vez no la despertó una pesadilla, sino la certeza de que estaba sola. El lugar de Faun a su lado estaba vacío. La lámpara de aceite se había apagado y Jade se sintió feliz en esa penumbra. Era como si despertara de un estado de embriaguez. Al pensar en Faun, fue presa de una sensación de pérdida. A continuación, todo lo demás regresó a ella con todo su peso. Se incorporó de un salto en la cama y se apoyó los codos sobre las rodillas. «¿Y si ha muerto de verdad? —se preguntaba—. ¿Y sí los rebeldes, al no contar con la ayuda de los ecos, se encaminan hacía la perdición?».

En cuanto se hubo planteado mentalmente esa pregunta, se percató de que también ella formaba parte de ellos. ¿Cómo sería vivir fingiendo que no había ocurrido nada? ¿Podría soportarlo? O acaso, pese a todo, ¿tendría el valor para seguir luchando por su libertad?

Salió de la cama y tanteó la silla en la que colgaba su chaqueta. Aunque no podía ver la fotografía de su madre en la oscuridad, se consoló acariciando la superficie lisa de su sonrisa invisible.

—¿Qué debo hacer? —musitó—. Amo a mi enemigo y temo por mis aliados. ¿Y si lo que dice Faun es cierto?

Al percibir un ruido se apretó la fotografía contra el pecho en actitud protectora.

Aguzó el oído con nerviosismo. El ruido llegaba apagado a su habitación proveniente del pasillo. Y era tan inusual que al principio no fue capaz de identificarlo. Salió de puntillas del cuarto y recorrió el pasadizo en dirección hacia la escalera. Entonces supo qué era: ¡música! El sonido resonaba amortiguado por la caja del ascensor. Era evidente que venía de un piso inferior.

Era una melodía lenta y rítmica, pero se ocultaba tras tantos ruidos de arañazos y objetos arrastrados que parecía que todos los espíritus del Larimar intentaran acallarla. A cada escalón que Jade bajaba, la música se volvía más nítida. Oía violines y el sonido suave de un piano, y luego vislumbró una estrecha franja de luz que se colaba por la rendija de una puerta entornada que daba al pasillo en la primera planta.

Las tablas de madera crujían rítmicamente al ritmo de unos pasos lentos. Jade entreabrió con un dedo la puerta y espió a través del resquicio.

En el centro del suelo entarimado y manchado de un antiguo salón estaban de pie Jakub y Lilinn. Habían retirado los muebles a un lado y ahora bailaban estrechamente abrazados siguiendo la melodía de un antiguo disco que giraba tambaleante en un gramófono desvencijado.

Jade apenas reconocía a su padre. No llevaba su camisa de cuero manchada, sino que iba vestido con una camisa de terciopelo de color azul grisáceo que solo había llevado una vez en su vida. Y… ¡Lilinn! Jade abrió la boca con asombro. La bella cocinera se había soltado el pelo y no parecía que le preocupara lo más mínimo que en lugar de ocultarle los pechos en realidad su cabellera los resaltara. En las caderas llevaba anudado un pañuelo de seda rojo que oscilaba en torno a las piernas con cada movimiento.

Bailaban con tal entrega y ensimismamiento que Jade tuvo la impresión de ver algo prohibido. La fotografía de su madre parecía arder en su mano, y se la apretó hacia sí aún con más fuerza, en un intento por detener el pasado que en esos instantes se le escapaba de forma definitiva e irrecuperable. Mil veces se había imaginado, con temor, ese momento, aunque también lo había deseado a menudo y ahora, cuando se veía forzada a despedirse de la imagen de sus padres como pareja, lo único que sentía era un vacío melancólico. Sí, parecía una traición, pero Jade tenía que admitir también que ella se sentía más cerca que nunca de su padre. Los dos bailarines ya no tenían una simple aventura, habían dejado de ser su padre y la cocinera. Eran, simplemente, unos amantes.

Jostan Larimar y su ninfa.