Capítulo 12

La danza de los muertos

Hasta entonces, Jade se había servido de los exteriores y las fachadas de la ciudad para pasar inadvertida; ahora, sin embargo se adentraba en su subsuelo y se familiarizaba con la maraña de pasadizos que ocultaba; era un sistema intricado de cámaras, escondrijos y vías de escape. Pasaba por sótanos con paredes abiertas y discurría por lo largo de canales, aprendió a interpretar las señales: aquí, un montón de cascotes en el alfeizar de una ventana apuntando hacia el norte; allá, una cinta roja atada a un trozo de madera roto sobresaliendo de una pareced.

Resultaba peligroso y excitante a la vez desaparecer con Tania ante una patrulla, o encontrar en la entrada de un callejón a un criado de una villa noble que la saludaba y le mostraba con disimulo el brillo de un pedazo de cristal en la mano.

Ella conocía solamente a unos pocos nombres y, sin embargo, le parecía que era parte firme de una red que se extendía por toda la ciudad. Sin embargo, no había ni rastro de los ecos ni de príncipe.

—¡Dos ecos han sido avistados ante la Puerta Dorada! —anuncio Tania en una reunión en el matadero—. Y Ben dice que hay cuatro más ocultos en las proximidades del osario. ¡Esta allí! Solo esperan poder atacar. Queridos míos, tenemos que pensar algo que distraiga por un tiempo a los cazadores.

Tras decir aquello, se echo a reír y sus ojos brillaron con una resolución fiera. Jade no supo si admitir el valor de Tania o temer su locura. Para ella, esa guerra era un juego de estrategia que la emocionaba tanto como a Jade su sueño de conocer tierras lejanas.

Con más frecuencia de la necesaria, Jade se detenía en las cercanías del puerto y buscaba con la vista el trasbordador de Arif. La mayoría de las veces solo lograba ver el barco de lejos, pero una vez tuvo suerte y llego en el preciso instante en que acaba de zarpar y se marchaba río arriba. Pocas veces había estado tan nerviosa como cuando vio a Martyn. Estaba en cubierta separando las sogas. En su expresión no había nada parecido a una sonrisa radiante; de hecho, perecía contener una tormenta de relámpagos letales. Jade lo saludo con el brazo y le hizo un gesto que usaban de niños para decirle que quería hablar con él.

Martyn, sin embargo, apretó los labios, desvío la mirada y desapareció de su vista dirección a la proa. Jade se quedo de pie, con los puños apretados y un nudo en la garganta. Aunque esa reacción le dolía más que cualquier riña que hubieran podido tener entre ellos, tenía que admitir que, en su lugar, ella habría reaccionado de igual modo.

Jade no encontró ningún eco, a pesar de buscar por todos los canales y edificios no vigilados; sin embargo, unos días después de la reunión, encontró a Ben. Estaba sentado cerca del palacio, justo al lado de la puerta lateral de la iglesia de Cristal. Por el cristal ahumado de color gris se veía el rayo del Santo Styx brillaba en el interior, por encima del altar. Visto desde fuera, el rayo parecía suspendido exactamente encima de la cabeza de Ben, como si de un aura de tratase.

—¿Te conozco? —le pregunto al ver a Jade.

Jade miró a su alrededor y se puso de cuclillas frente al anciano.

—¿Dónde te has metido? —le susurró.

—Visitando la horca —dijo Ben riéndose—. Tengo que practicar la danza de los muertos. Ya falta poco; cien años son más que suficientes.

Jade se sacó del bolsillo un pedazo de pan, que él tomó para sí y se metió en la boca con ansiedad. Cerca de allí se oyó un chillido agudo de pájaro, parecido a un guacamayo o una cacatúa.

—Dile a Tania que mañana desaparezca de las calles —le susurró Jade a Ben—. Habrá otra cacería, esta vez en la parte este de la ciudad y en las proximidades del puerto. Por lo que he logrado averiguar, se están planeando nuevas detenciones.

—No sé de qué me hablas —farfullo Ben con la boca llena—. Pero lo recordare. Tal vez esto pueda ser útil para ese hombre.

Señaló entonces a porteador que se apresuraba hacia la Casa del Diezmo cargado con un bulto en la cabeza.

Jade asintió y añadió el rostro de aquel hombre a su galería de aliados.

—¡Levántame! —exclamó Ben con tono tendiéndole la mano. Jade se la tomo y ayudo con cuidado al anciano a ponerse en pie. En cuanto él se hubo apoyado en su brazo, la arrastro hacia una puerta lateral de la iglesia.

—¡Ven! ¡Vamos a visitar al Santo!

—¡Sabes perfectamente que eso no es posible! —murmuro Jade—. Aunque la puerta no estuviera cerrada, solo la gente de los palacios puede entrar a la iglesia.

—Ahí no hay lores —repuso Ben, lacónico, empujando la puerta.

¡Estaba abierta! Jade se dio cuenta entonces de que la cerradura había sido forzada.

—¿Quién ha sido? ¿La gente de Tania?

En ese momento se oyeron unos gritos airados cerca de allí y, a continuación, cuatro enormes papagayos alzaron el vuelo por encima de los tejados de una villa y huyeron en dirección hacia el río. Un grito agudo rompió el aire, y Jade entonces oyó golpes contra una puerta, como si de punta pies se tratase. Sin haberse podido recuperar aún de su asombro, Ben la hizo pasar por la puerta que daba al interior de la iglesia.

En el exterior hacia un calor tremendo, pero allí dentro se estaba tan fresco que Jade sintió de inmediato que tenia la piel de gallina. El cristal ahumado hacia que la calle y la palaza que quedaba frente a la iglesia refulgieran fantasmales en un gris plomizo.

—¿Qué ocurre aquí, Ben?

En la iglesia resonaba incluso la respiración.

—¿Contraseña? —murmuró Ben mientras espiaba preocupado en dirección a la puerta de una de las villa.

Al principio, a Jade le dieron ganas de reprenderlo y decirle que se ahorrara sus locuras, pero, al ver como Ben entrecerraba los ojos y escudriñaba la calle, le pareció extrañamente lucido y sensato.

—Once lores —repuso ella en voz baja—. ¿Por qué?

—¡Error! —exclamo Ben, y golpeo levemente con una uña la pared de cristal prosiguió—: Diez lores.

En ese instante se abrió una puerta que conducía al patio interior del palacio de la ciudad. Jade solo oyó el chirrido de las bisagras y el crujido de la madera de forma amortiguada, pero a través del cristal contemplo cómo dos toros negros con cuernos dorados pasaban a toda carrera junto a la iglesia. Incluso el suelo del edificio parecía vibrar al paso de sus pesadas pezuñas. En un acto reflejo, Jade echo a Ben al suelo y empujo desde dentro de la puerta.

—¡Lord Norem! —susurró Ben mientras se frotaba entre gemidos la rodilla en la que se había dado un golpe—. Dispone de los animales más peligrosos y se jacta de ello. Toros de las estepas del este, tigres de los desiertos de hielo de Limara, osos de los bosques boreales…

—Esto es obra de Tania, ¿verdad? ¿Tú sabías que iban a abrir una casa de fieras?

Se estremeció al pensar que, de haber permanecido diez minutos más en la calle, se habría topado de frente con los toros. Otro pensamiento le vino a la cabeza: Martyn y los Feynal. ¡Ojala estuvieran en el agua!

—Algo debe de haber salido mal —observo Ben con tono seco—. Su intención era conducir los animales en la otra dirección.

Jade renegó e intento atisbar a través de los cristales lo que ocurría en el exterior. Entretanto, el estrépito era tan intenso que incluso penetraba claramente dentro de la iglesia. Se oía ladrido y bufidos y, más tarde, unos disparos. Se inicio un tumulto. Los cazadores se precipitaron por la calle., rogó Jade mientras tiraba a Ben por el brazo pare que se agachara. Echó un vistazo rápido por encima del hombro en busca de un escondite. El eco sordo de los disparos retumbaba en las finas paredes y llenaban aquel espacio de techo elevado. Jade dirigió una rápida mirada al mosaico del Santo Styx, que se encontraba detrás del altar. Era la primera vez que lo podía ver sin el filtro del cristal y el incienso. El Santo, una figura cadavérica que llevaba una calavera de ibis en una mano y un lirio y hierro en la otra, la escrutaba amenazador con sus ojos de, mosaico color plata y su mirada severa. Sin querer, Jade bajo la vista.

Había llegado otra patrulla y la plaza era un hervidero. Instintivamente, Jade se agacho al oír el rugido de un tigre. Tuvo tiempo de ver también cómo una llamativa casaca adamerada aparecía por un lado de la escena y desaparecería entre la muchedumbre.

—¡Moira! —susurró a la vez que pensaba: ¡Faun!.

Ben la miró estupefacto al ver que Jade se levantaba súbitamente.

—¡Quédate aquí! —le ordenó ella.

Aunque era una autentica locura, la idea de que Faun pudiera sufrir la embestida de un toro la hacía olvidar todos sus temores.

—¿Qué haces? —le preguntó Ben, con los ojos abiertos de par en par.

—Encargarme de que alguien huya antes de que muera por culpa de las tonterías de Tania —repuso Jade.

Aguardó hasta cerciorarse de que no había ningún depredador cerca de la puerta; luego se deslizó hacia la calle u echó a correr. El calor era como un muro ardiente y su frente te cubrió inmediatamente de sudor. El estrépito se le vino encima procedente de todos lados. Ruidos de cascos, más disparos, gritos de órdenes. Al parecer, los cazadores también localizaban animales en las calles adyacentes. No había rastro de Faun en ningún sitio, y Jade no vio ni siquiera una sola urraca azul.

En cambio, a quien vio fue a Moira, que en ese instante soltaba a su perro y le daba una orden. ¡Hoy la cazadora iba sola! Jade suspiró con alivio y se refugió tras la baranda de una escalera de mármol. Se asustó mucho al sentir que una mano le agarraba el tobillo y pegó un chillido.

—¿Tanto miedo tienes, princesita? —preguntó con sarcasmo una voz que le resultaba muy familiar.

Tania salió ágilmente de debajo de la escalera y sonrió. Jade iba a decir algo cuando un ruido le erizó los pelos: gruñidos de oso. Demasiado cerca.

—Es hora de marcharse —dijo Tania.

Evitaron todo encuentro con los cazadores y los animales en estampida. Jade estaba totalmente sin aliento cuando por fin Tania cruzó a toda prisa un patio trasero y se paró frente a una entrada. Al golpear la puerta, esta se abrió y Tania penetró en la oscuridad. Jade volvió a tomar aire y la siguió.

—¡Primer piso y a la izquierda! —le susurró una voz masculina—. Por la segunda puerta pasáis a la casa contigua.

Jade obedeció con las rodillas temblorosas y se apresuró a subir por la escalera.

La sala era una estancia diminuta con dos puertas y no tenía más que una mesa y un banco, había también una garrafa de vino y varios vasos medio llenos, lo cual indicaba que otros aliados la usaban también a modo de refugio. Tania no corrió hacia la segunda puerta sino que se acercó a la ventana e hizo una señal a jade para que se acercara.

—¿Os habéis vuelto locos? —musitó Jade enfadada—. Ahí fuera hay gente que no tiene nada que ver con los cazadores. ¿Es que ya no importan las vidas humanas?

—Es un riesgo que hay que correr —repuso Tania—. No te preocupes tanto por los demás. Esas bestias provocarán un poco de confusión y distraerán a los cazadores. Eso es todo.

No era agradable en absoluto pensar lo que podía estar ocurriendo en las calles.

—¿De que los va a distraer? ¿De lord Norem?

—¡Acércate, vamos! —le dijo Tania, impaciente.

Jade se acercó a la rebelde y miró también por la ventana. Esta daba a un callejón sin salida. En él se acumulaba la inmundicia y olía a basura descompuesta. Por bien que más allá se alzaba una villa reciente con fachada magnífica, detrás de ella, en los edificios que bordeaban aquel callejón sin salida, el revocado se desmoronaba.

Los restos de una escultura de piedra situada debajo de la ventana daban testimonio de que aquella casa también era del período de los reyes, en su tiempo, la escultura había representado a un hombre, pero de él ahora solo quedaban unas piernas musculosas y parte de la cadera.

Entonces, desde la izquierda, resonaron las pisadas de unas botas. Los ladridos de perro se hicieron más fuertes. Jade y Tania retrocedieron al ver pasar por la calle a unos cazadores a toda velocidad. El olor a depredador se coló por la ventana, y a jade le pareció vislumbrar entre el tumulto el fulgor del pelaje blanco de una pantera de las nieves. Al estallido de un disparo y el bufido de una fiera le siguieron los gritos de júbilo de una docena de gargantas.

—Lord Norem no se hubiera imaginado jamás algo así —dijo Tania sonriendo con sarcasmo—. Su valiosa casa de fieras convertida en presa de los cazadores y los galgos.

Jade era incapaz de reírse de algo así.

—¿Lo has matado? —preguntó en voz baja.

Tania adopto una actitud seria y negó con la cabeza.

—¿A lord Norem? No. Me limite a averiguar a que hora acostumbraba a ir al palacio de Inverno por un atajo y tapado con una capa burda. Con algo de suerte, Ruk lo habrá esperado allí mientras los cazadores se entretenían conteniendo a todas sus fieras. Eso siempre y cuando sus propios animales no lo hayan atrapado antes. —Una sonrisa desangelada hizo que su cara adoptara una expresión dura—. A fin de cuentas, están acostumbrados al sabor de la sangre humana.

—¿Quieres decir que…?

Tania asintió.

—¿Acaso los gritos de ayer no se oyeron en el Larimar? ¿Por qué te figuras que las horcas siguen vacías? En fin, con lo que amos averiguado, es seguro que continuaran así. ¿Para qué dejar pudrir al sol una excelente carne humana cuando es posible regalarle y regalar a las bestias de la casa una tarde entretenida?

Hasta el momento, Jade solo había notado cierta comezón incomoda en el estomago, pero aquello la hizo sentir muy mal.

Tania le dio una palmadita en el hombro.

—Vamos, princesita —dijo con tono conciliador—. ¡Volvamos al subsuelo!

Esas palabras se perdieron en un griterío al que siguió una salva de fusiles. Jade se estremeció. En lugar de correr hacia la puerta como Tania, echó un vistazo cauteloso a la calle. Eran los toros. Una nube de polvo se levantó cuando uno de los animales resbaló y cayó al suelo. La bestia se estremeció como si tuviera un espasmo y luego quedó inmóvil.

—¡Jade! —la apremió Tania desde la puerta.

Una casaca revoleteó entre el polvo, los disparos retumbaron y un galgo se apresuró al interior del callejón sin salida. Y luego, una cazadora seguida de cerca por un segundo toro.

Moira.

Fue uno de esos instantes en que, en un único segundo, confluyen una multitud de sensaciones y pensamientos. Jade observo que los cuernos dorados del toro estaban manchados de rojo y que el coloso sangraba por barias heridas, lo cual aumentaba su sed de venganza. Notó que Moira se daba cuenta que acababa de caer en una trampa; cómo se volvía y apuntaba y apretaba infructuosamente el gatillo del arma. Vio cómo en el rostro de ella asomaba la certidumbre de que iba a morir. En un callejón sin salida. Entre la inmundicia y los escombros., decía una voz dentro de la cabeza de Jade. Y, a la vez, esa misma voz gritaba: ¡Los cuerno van a alcanzarla!.

Las copas y las garrafas se hicieron añicos cuando Jade quitó el mantel de la mesa. No podía más que confiar en que lograra sostener el peso de Moira. Lo último que vio antes de pasar las piernas por encima del alfeizar y salir por la ventana fue la expresión de asombro de Tania.

El toro tenía acorralada a Moira en un rincón. La cazadora estaba de pie, de espaldas a la pared, sin aliento, y asía al arma por el cañón para por lo menos blandir un arma.

Aunque su expresión reflejaba la concentración más completa, estaba muy pálida. Jade se acerco al punto inclinado de la estatua rota, retorció rápidamente el mantel para convertirlo en una especie de cuerda y lo anudó a un saliente de la piedra. En ese instante, la bestia atacó. Jade gritó y cerró los ojos con un acto reflejo. El hedor de la piel bañada en sudor le penetró en la nariz. Oyó un gemido y un ruido sordo, como el de un cuerpo abatido., se dijo. Se obligó a abrir los ojos de nuevo. Primero vio un amasijo de cascos y extremidades, y entonces se dio cuenta de que era testigo de una danza siniestra. Moira se zafaba del toro, se agazapaba y luego saltaba, daba una patada al hocico rebosante de espuma, y volvía a ponerse de pie. Dio con la culata del arma en la testuz de animal, y la cazadora se volvió rápidamente en un intento desesperado por esquivar la cornamenta.

El perro de Moira atacó las patas traseras del toro y le mordió un tendón. El coloso se volvió. La sangre de un cuerno salió despedida y pintó un dibujo extraño en la pared de una casa que recordaba los garabatos de un loco.

—¡Moira! ¡Aquí! —gritó Jade.

La cazadora levantó la cabeza hacia ella. De nuevo Jade a le sorprendió la rapidez con que la cazadora era capaz de comprender la situación. Sin titubear, Moira arrojó el arma al suelo, dio un salto hacia la soga improvisada que le llegaba a la altura de los ojos, tomó impulso y se agarró de ella. Jade hizo de contrapeso. La tela resbaló y quedo trabada definitivamente entre cantos de piedra rotos. El toro resopló y sus cascos resonaron en el suelo. Se oyó un aullido, y a continuación el toro tomó al perro por los cuernos y lo precipitó contra la pared. El animal cayó con un quejido y se quedó inmóvil con la espalda rota.

Unas perlas de sudor recorrían la frente de Moira mientras trepaba. La manga izquierda le colgaba hecha jirones, y Jade vio estremecida que tenía una herida abierta en el brazo. Se apoyó todo lo posible en el pie izquierdo y tendió la mano a Moira. El toro bajó la cabeza y embistió hacia delante.

—¡Las piernas! —aulló Jade justo en el momento en que Moira cerraba los dedos, como garras de hierro, en torno a su muñeca.

Jade estuvo a punto de perder el equilibrio, pero logró recuperarse a tiempo, apretó los dientes e hizo todo el contrapeso que le fue posible. Hubiera jurado que la pared del edificio vibró cuando el toro arremetió allí donde instantes atrás estaban las piernas de Moira. Un segundo más tarde, la cazadora estaba de cuclillas en el saliente de piedra inclinado junto a Jade. Por un instante, permanecieron mirándose fijamente a los ojos, y Jade se sintió de pronto invadida de una sensación de alivio y de alegría tales que dirigió una sonrisa a la cazadora. Moira respondió a la sonrisa durante instante fugaz.

Luego ambas, totalmente agotadas y sin decirse nada, clavaron la mirada en el callejón. Jade notaba todos los músculos del cuerpo agitados y sentía la boca tan seca que tenia la lengua adherida al paladar como si fuera un trozo de cuero. Entonces fue cuando cayó en la cuenta de que Moira le podía preguntar que se le había perdido en esa casa. Los cazadores registrarían el edificio y encontrarían pistas de los rebeldes. Entonces se la llevarían también a ella a la isla de la Prisión, la interrogarían y…

—¡Maldita sea! —murmuró Moira—. Era mi mejor perro.

La sangre teñía el suelo, y el galgo miraba hacia el cielo con la vista ya empañada.

Los músculos se estremecían debajo de la piel brillante y sudorosa del toro. Sacudió la pata delantera y levantó la mirada hacia ellas., se dijo Jade, angustiada. Con solo pensar que esos cuernos brillantes llevaban adherida la sangre de los presos, arrojados a un infierno directamente desde le calabozo, tuvo de nuevo una sensación de nauseas.

Un estallido fuerte la sobresalto y entonces el toro hincó las rodillas. El animal balanceándose, pero, el ser alcanzado por el segundo disparo, se desplomó entre gemidos. Papeleó todavía tres veces al aire con las patas traseras, y luego se quedó quieto. Moira suspiró con alivio.

En la calle había dos cazadoras, que bajaron las armas a la vez.

—¿Estás bien, Moira?

—¡Sí! —exclamó.

Solo Jade se percato de que su voz le flojeaba ligeramente. La cazadora renegó a causa del brazo herido, aunque se colgó sin titubear del trozo de ropa, lo rodeó con las piernas y bajó por él. Llegó al suelo con un salto y, tras rodear al toro, se acercó a su perro. No miró atrás en ningún momento. Jade no podía entenderlo. ¡Ni gracias, ni adiós! ¡Nada!

¿Y si ese era su modo de dejarla escapar?, se pregunto.

Jade se incorporó con las piernas temblorosas, se agarró al marco de la ventana y regresó a la habitación vacía tan rápido como le fue posible.

Pasaron varias horas hasta que jade se atrevió a salir de su escondite. Igual que Tania, pasó también la segunda puerta y, siguiendo la ruta trazada por las señales, pasó a otra casa y a una carbonera donde solo las manchas oscuras en las paredes y en el suelo recordaban su uso anterior. Con la caída de la tarde se encaramo por la ventana de un sótano y comprobó que se había alejado lo suficiente de la zona cercana al palacio. No se atrevía a regresar a la iglesia y buscar a Ben, así dirigió sigilosamente en dirección al río dando el mayor rodeo posible. A esas alturas, Jakub ya se habría vuelto medio loco de preocupación por si paradero.

Se estremeció al pensar que tal vez un tigre o un oso se pudieran haber librado de la cacería. Jade se detuvo un instante y aguzo el oído, y entonces le pareció oír otro paso que se detenía con cierto titubeo. Era un paso más ligero, pero sin duda no era ningún animal. Jade notó que la frente se le cubría de sudor.

Mostró con dedos nerviosos su troza de espejo y, sin apenas darse cuenta, aceleró el paso; en un momento dado, al doblar por un callejón y echar un vistazo por encima del hombro, tuvo la total certeza de ver algo, un movimiento flexible con una agilidad impropia de los humanos, incluso tal vez una silueta.

“¡Quédate quieta —se dijo a sí misma—. Has llamado y buscado al eco. Ahora le tendrás que hacer frente”.

Pero las piernas y su corazón temeroso parecían tener otra opinión, e incluso el trozo de espejo que llevaba en la mano se convirtió en no más que un trozo inútil de vidrio recubierto. “¿Y si no fuera cierto? —se pregunto entonces—. ¿Y si los ecos no reconocen el espejo?”.

Con todo, Jade se detuvo y se volvió lentamente. Avanzó un poco hacia la esquina de la calle. Necesitó más valor pare escudriñar la calle que él había empleado para abandonar la protección de la iglesia de Cristal. Sin embargo, donde instantes atrás acechaba una oscuridad furiosa, ahora solo había sombras huecas.

Jade suspiró y se volvió de nuevo. El susto la hizo retroceder un paso. Tania estaba apostada en la pared de la casa con los brazos cruzados.

—¿También de camino a casa? —preguntó con una sonrisa seca. Jade deseó que la rebelde no se diera cuenta de que el pulso todavía la latía desbocado.

—Si. ¿Y qué? —repuso lo más tranquilamente posible.

Tania se encogió de hombros.

—Ruk lo logró.

Diez lores. Jade cerró los ojos un momento. De nuevo tuvo la sensación de encontrarse en una balsa que se balanceaba a la tenía que asirse con fuerza para no ser arrojada a las profundidades. Cuando volvió a abrir los ojos, Tania la seguía mirando fijamente. Por primera vez, Jade tuvo que admitir que sentía el mismo asomo de hostilidad que se reflejaba claramente en la expresión de Tania.

—¿Qué? —le espetó Jade.

—Nada —repuso Tania—. Solo me preguntaba si todavía sabes dónde está la derecha y la izquierda.

—Todo depende de qué lado del río se mire —respondió jade imposible—. Pero en ambos lados viven personas, ¿no crees?

Tania negó con la cabeza y sonrió de forma compasiva.

—Ay, princesa Larimar, eres un caso perdido.

Se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad.