Capítulo 9

Calaveras y espinas

Las tropas fueron reforzadas y se produjeron más detenciones. Para colmo, al parecer, en las turbinas del lecho del río se enredaron algas o redes desgarradas. Había muchos apagones y también en el Larimar las luces centelleaban y se apagaban, y Jakub tenía que subir el ascensor hasta la cuarta planta a mano con el cabestrante de emergencia. Jade sabía lo que aquello significaba: Martyn y la gente de Arif tenían que arreglar las turbinas antes de que las finas aspas se doblasen bajo la fuerte corriente submarina.

Jade apretaba los puños cada vez que veía a Tam abandonar la casa con su séquito de espías alados, que se precipitaban desde el tejado y las hendiduras de las paredes. Se afligía con solo pensar en lo que Jakub diría tras la partida de Tam, cuando viera las habitaciones más suntuosas asoladas. Por su parte, se ocultaba en el ala este del edificio, lo más alejada posible de las estancias de lujo y del salón de banquetes. Era una habitación de la segunda planta. Conservaba aún unos postigos en buen estado que impedirían que las urracas entraran en la habitación. Tenía el diario y los demás tesoros de la sala azul escondidos debajo de la cama, un armatoste negro de ébano desgastado.

Eludía a Faun en todo momento. Sin embargo, lo peor no eran el desprecio y el rechazo que él le demostraba; lo peor era el hecho de que no podía dejar de pensar en él. Cuanto más enfadada se sentía, más a menudo se despertaba de noche con el corazón agitado porque le parecía oír su risa. En una ocasión en que se atrevió a acercarse al puente de los Grifos, Jade lo vio al otro lado del río. Faun se encontraba en el límite de la Ciudad Muerta y contemplaba pensativo los muros y las calles. Al regresar de nuevo por el puente, avanzó con cautela. «Como un animal salvaje que se siente inseguro en la ciudad», se dijo Jade. Curiosamente, a pesar de la decepción que sentía, la presencia de Faun la fascinaba más que nunca. Su aire desconocido lo hacía muy atractivo. La agitación sorda que ella sentía en el pecho era como una carga. O, tal vez, como un anhelo. Faun se había detenido en el centro del puente y la había mirado de hito en hito desde allí. Era imposible que él la hubiera visto porque el sol le daba directamente a los ojos, y Jade se encontraba medio escondida en la penumbra; con todo, ella tuvo la certeza de que la había reconocido.

—¿Qué os pasa a los dos? —preguntó Lilinn cuando, al poco, Faun y Jade se cruzaron miradas hostiles en el pasillo y pasaron el uno junto al otro sin decirse nada.

—Lo mismo podría preguntar yo sobre ti y Jakub —contraatacó Jade cerrando de golpe la puerta de la cocina. Lilinn se rió.

—¿Nosotros? —respondió impasible—. Nada.

—Ya, claro. Os pasáis el día cuchicheando, tienes las llaves del sótano, y te pones de su parte ante Manu y Nell. Sí, en efecto, eso es lo que se dice «nada».

—¿Acaso está prohibido hablar con tu padre? —replicó Lilinn tranquilamente.

El olor a menta y salvia impregnó la nariz de Jade en cuanto la cocinera empezó a triturar las hierbas. Jade observó que utilizaba el cuchillo con la mano derecha y que no tenía mucha habilidad con ella.

—No, no está prohibido —respondió Jade—. De todos modos, no consigo entenderlo. Hace unas semanas apenas le dirigías la palabra y ahora…

—Tal vez es Jakub quien busca contacto conmigo —dijo Lilinn.

Un punto a su favor.

—¿Y a qué vino lo de que tú no eres espía de la Lady?

Lilinn dejó de triturar las hierbas.

—¿Acaso lo sospechas? —preguntó, sorprendida. Se rió—. Jade, ¿significa esto que no te fías de mí? ¿Cómo se te puede ocurrir que yo sea capaz de engañaros?

—Yo no he dicho eso —respondió Jade con cautela—. Pero más de uno se preguntaría cómo es posible que una zurda como tú pueda herirse la mano izquierda mientras corta verduras.

Los ojos azules de ave rapaz de Lilinn empequeñecieron.

—Puede que más de uno se lo pueda preguntar, pero tú no. A fin de cuentas, ya sabes que cuando corto cambio a menudo de mano, a pesar de que no soy tan hábil con la derecha. Al menos, cuando corto verduras.

Jade se sobresaltó al ver que Lilinn arrojaba el cuchillo con gran rapidez. Este silbó en el aire y fue a dar con un golpe seco justo en el centro de una viga. Jade miró boquiabierta a la cocinera, que no pudo disimular una sonrisa triunfante.

—Tras dos años viviendo con Yorrik y toda la chusma en los callejones y sótanos de la ciudad, aprendes a luchar con las dos manos ¡De eso puedes estar segura!

Jade suspiró aliviada. «Esto es todo lo que se consigue con la desconfianza», se dijo.

—Perdona —musitó—. Esta cacería, los ecos…

—Lo sé. Todos estamos medio locos de preocupación. A mí me pasa lo mismo. En cuanto a Jakub… ¿puedo hablarte con franqueza, Jade? Pues, sí, me gusta mucho. Y eso que al principio lo tomé por un tipo insensible, de esos que hacen de todo para lograr para sí ventajas y el favor de la Lady. Hasta que comprobé que tiene un buen corazón.

—Corazón sí tiene —dijo Jade con intención—. Y posiblemente tú sabes mejor que nadie lo fácil que resulta romper un corazón.

—¿Adonde quieres llegar?

Jade cruzó los brazos.

—Parece casi como si te hubieras enamorado de él.

«¿Y qué tiene eso de malo?», se preguntó mentalmente mientras hablaba.

Lilinn torció la boca y dibujó una sonrisa irónica.

—¿Tú crees que merecería algo así? Ya sabes que solo me enamoro de mujeriegos y mentirosos. No sé si me entenderás, pero cuando estoy con él tengo la sensación de que es… como yo.

Jade lo entendía. Lo entendía incluso demasiado bien. Si había dos personas que pudieran compartir una misma desdicha, estos eran Lilinn y Jakub.

—¿Cuántos años tenía Jakub cuando tú naciste? —preguntó Lilinn.

—Diecinueve. ¿Por qué quieres saberlo?

—Porque tiene los ojos jóvenes. La barba lo hace parecer mayor. Me gustaría tanto que algún día lograse superar su pesar…

Había dicho esa frase de corazón, y Jade notó cómo su malestar se desvanecía para dejar paso a un sentimiento de calidez.

—Lilinn —continuó—, ¿por qué Yorrik, precisamente? ¿Qué veías en él si era un mentiroso y un canalla?

Lilinn se acercó a la viga y sacó con fuerza el cuchillo de la madera. Sin duda, Yorrik tenía suerte de no encontrarse en la cocina.

—Yo adoraba su risa… y sus besos. Pero, por encima de todo, hoy creo que me gustaba sentir que era tan distinto a mí.

Me encantaba la sensación de que todos los segundos a su lado se me escapaban de las manos, y que no había nada firme ni seguro, y que él solo me amaba cuando me miraba. —Dibujó una sonrisa torcida—. Ya ves. Soy adicta a los casos perdidos.

«Tú siempre quieres lo que no puedes tener». ¿Por qué justo ahora le venía a la cabeza esto que Martyn le había dicho un día en medio de una discusión.

—Pero, en fin, como sabes, no mereció la pena —finalizó Lilinn—. No confíes en el amor: solo da infelicidad. ¿Por qué me preguntas eso? ¿De nuevo te has peleado con Martyn?

Jade negó con la cabeza y se apretó con fuerza la cinta que llevaba en la frente para ocultar las pequeñas heridas de la sien. Podía ocultar las heridas con mangas largas y pañuelos, pero no podía esconder la sensación de sentir su hogar profanado y destruido. Le bastaba con pensar en el diario que las urracas azules habían estado a punto de destrozar, para que le resultara incluso fácil odiar a Tam y a Faun.

—Voy a ver a los Feynal —dijo poniéndose de pie—. No me esperéis. Puede que pase la noche en el trasbordador.

—Pasa por la orilla del río —le gritó Lilinn cuando Jade ya salía—. No cruces la ciudad.

Mientras estuvo al alcance de la vista desde el Larimar, tomó la dirección del puerto, pero luego, al cabo de dos calles, cambió de dirección y se ocultó a la sombra de un portal. Allí se sacó rápidamente un pañuelo grande de debajo de la chaqueta y se lo ató a la cabeza para ocultar así su melena. A continuación, volvió del revés la chaqueta de color claro que llevaba y dejó el forro negro a la vista. De este modo, si las urracas azules la veían por la calle, por lo menos Tam no la reconocería de inmediato. Luego volvió a salir a la calle y se encaminó hacia el este.

En otros tiempos, las tumbas de los señores y los potentados adornaban la colina situada junto a la puerta este de la ciudad; entonces, en cambio, el osario parecía un vertedero. Entre los senderos trillados que discurrían entre la espinosa maleza, había astillas de calaveras. La grava crujía bajo el peso de zapatos y pies descalzos. Las ruinas de los antiguos sepulcros apenas se adivinaban ocultas bajo la hiedra y las correhuelas. Desde algún punto al otro lado del muro, que arrojaba una sombra alargada bajo la luz de las últimas horas de la tarde, se elevaba el canto de las cigarras. Alguien había tirado restos de pescado que los gatos abandonados se habían encargado de repartir por todo el osario. Con el calor del sol, el hedor era tan espantoso que a Jade se le revolvió el estómago. «Bonito lugar de encuentro, Ben», se dijo malhumorada mientras se tapaba la nariz y la boca con un pedazo de tela.

—¡Ben! —gritó.

Dos mirlos huyeron volando de una zarza y las cigarras interrumpieron su canto, pero nadie respondió. Jade atravesó el lugar buscando posibles escondites. Ben, sin embargo, no daba señales de vida. Tal vez estaba oculto en algún lugar y no la oía.

—Las calaveras se guarecen solas —murmuró Jade—. Su palacio es de mármol. Las campanas mudas llaman a la lucha. Por lo tanto, tenía que encontrar algo de mármol. Si no estaba equivocada, probablemente encontraría una pista en alguna de las tumbas.

Oculto entre trepadoras y maleza, descubrió un trozo gastado de epitafio. «En vida… untos. En la muerte unid…», descifró. Por un instante, cuando pensó en la cantidad de tumbas, el alma se le cayó a los pies.

Miró a su alrededor por si veía urracas azules, y luego se sacó un pequeño cuchillo de la manga y empezó a cortar zarzas y maleza. El sol le quemaba las mejillas y la frente, y el viento producía extraños sonidos que a Jade le provocaban escalofríos en la espalda. Aunque las espinas le rasguñaban las piernas, no desistió. Un silbido lejano la sobresaltó. Escudriñó en dirección a la puerta este. Primero creyó que se trataba de un espejismo, pero luego descubrió un grupo de personas. No sabía si eran tan solo habitantes de la ciudad o si se trataba de centinelas. En cualquier caso, por encima de sus cabezas, revoloteaba una bandada de pájaros.

Jade renegó. Aunque el grupo todavía estaba bastante alejado, era demasiado tarde para huir. Por mucho que ella se ocultara entre las tumbas, las urracas azules, pues a juzgar por su vuelo tan bajo solo podían ser las espías de Tam, la verían desde el aire. Se agazapó y, avanzando a cuatro patas, se deslizó por debajo de un seto de enebro todo lo rápido que le fue posible. Las espinas le desgarraban la chaqueta y las piedras se le clavaban en las rodillas. Entonces oyó el aleteo de unas alas. Se alegró de haber vuelto del revés la chaqueta y dejar a la vista la parte oscura, ya que eso la camuflaba mejor. Se quedó quieta durante unos segundos y, al ver que no ocurría nada, siguió avanzando a tientas. «Espero que no haya ninguna patrulla y que no lleven galgos», se dijo. En ese instante dio con la mano en una superficie de mármol blanco liso. Palpó con los dedos la piedra blanca desgastada y notó una ranura a la que alguien le había quitado el musgo de forma concienzuda. Jade forzó la postura para dirigir la mirada hacia lo alto. Dibujado a contraluz en aquel cielo resplandeciente, entre hojas y ramas, había un monumento funerario: dos campanas de cobre cubiertas con una pátina de color verde oscuro. ¡Había una cripta! Y tenía una puerta que, a juzgar por las señales en el suelo de tierra, había sido abierta hacía poco tiempo.

Recorrió con los dedos la ranura en lo alto hasta palpar una cerradura oxidada. Se arrodilló y pulsó el tirador. La puerta, evidentemente, no se abrió. Unas voces se aproximaban, y las pisadas ahuyentaban a ratones y gatos fuera de sus escondites.

—¡Ben! —musitó Jade desesperada por el ojo de la cerradura—. ¡Ben, soy yo, Jade! ¡Déjame entrar! ¡Si estás ahí den…!

Sus manos se agitaron en la nada y el lugar donde instantes antes había habido una puerta quedó ocupado por una oscuridad repentina. Unos dedos enjutos la asieron de la muñeca y la arrastraron con fuerza hacía delante. La puerta se cerró en silencio, tal como se había abierto. Al punto, Jade se encontró postrada de rodillas sobre la grava húmeda con el filo tembloroso de un cuchillo junto a la garganta. A pesar de que allí el ambiente era fresco, ella empezó a sudar.

—¿Qué haces aquí? —le espetó una voz ronca en el oído.

—Ben… —gimió Jade—. ¡Aparta el cuchillo!

—Pues dime la contraseña —masculló Ben. Jade le agarró la muñeca y se apartó el cuchillo de la garganta sin mucha dificultad. El arma cayó sobre el suelo de grava.

—¡Asesinos! —aulló Ben—. ¡Nos van a matar!

Jade se dio la vuelta, pero en aquella densa oscuridad resultaba difícil orientarse. Dio con la palma de la mano en la nariz de Ben. El chilló. Pero antes de que pudiera tomar aire, Jade le apretó la boca con la mano.

—¡Para ya, imbécil! —musitó—. No quería pegarte, sino que te callaras. Ahí fuera hay una patrulla. Grita más fuerte y te oirán.

Ben dejó de resistirse de inmediato.

Jade suspiró aliviada. Por lo menos, el hombre conservaba algo de buen juicio. Estuvieron un momento parados en silencio, pero no parecía que alguien de fuera hubiera notado algo. Jade apartó por fin la mano de la boca de Ben.

—¿Contraseña? —le susurró él.

—¿Qué?

—¡Contraseña! —insistió Ben con severidad.

Jade gimió y se incorporó.

—¿Tandraj? —probó. Era la única palabra que Ben le había susurrado días atrás.

—Mal —repuso Ben con severidad—. El santo y seña correcto es «Once lores». ¡Vamos, ven conmigo!

Los débiles brazos del anciano la levantaron con fuerza. Notó el roce de las paredes húmedas en los hombros.

—Escalera —le susurró Ben.

Notó que la suela de su calzado se deslizaba sobre el borde de una piedra lisa. Al cabo de diez escalones, que Ben superó con dificultad y con la respiración entrecortada, apareció otra puerta, detrás de la cual se abría una cripta circular. Una luz débil iluminaba los sarcófagos, que, tras haber sido arrastrados contra la pared, hacían las veces de muebles. Sobre ellos había botellas y platos. Una pequeña lámpara destacaba dentro de un cono de luz. Jade no se lo podía creer.

—Esto es un auténtico campamento —dijo ella—. ¡Tú aquí no vives solo! ¿Es…? ¿Estos son…? ¿Vosotros sois… rebeldes?

Ben parpadeó sin comprender nada.

—¿Rebelión? —murmuró él, confuso.

Jade se desanimó. La verdad es que la cripta no parecía un cuartel general de rebeldes, sino más bien el refugio de unos cuantos vagabundos. Sin duda, los rebeldes no perdían el tiempo arrastrándose a cuatro patas debajo de setos espinosos.

—¡Seguro que sabes alguna cosa! —insistió ella—. Me dijiste que el muerto de la fuente era un lord.

La invitó con un gesto a que se sentara frente a un sarcófago. El se recogió como un paraguas y apretó las rodillas contra el pecho.

—Vi cómo los centinelas lo sacaban —explicó—. Lord Minem llevaba rubíes en las botas. Conocía esas botas. Una vez me propinó unas patadas con ellas. ¡Aquí! —explicó señalando su cadera—. ¿Y lo mataron los ecos?

—¿Al lord número doce? Oh, no. Fueron los rebeldes.

Al decir esto, abrió los ojos y se tapó la boca con la mano, como si hubiera hablado de más.

—Tranquilo, Ben —contestó ella—. No pienso delatar a nadie. Solo necesito averiguar un par de cosas.

—Se dedican a recuperar lo que nos pertenece —afirmó él con tono grave y la claridad que ella llevaba esperando desde hacía tiempo.

—Pero tú conoces a los rebeldes, ¿verdad? —La voz de Jade en aquella estancia sonaba sorda y extraña—. ¿Cuántos son, Ben?

—Todavía no son suficientes —dijo Ben—. No bastan ante tanta injusticia.

Bajo aquella luz titilante, él no parecía un loco, pero ella no estaba totalmente segura.

—«Han vuelto», me dijiste. ¿Qué querías decir con eso?

La prudencia de aquel viejo la irritaba.

—¿Los… amos?

De hecho, la respuesta era más bien una pregunta llena de cautela.

—¿Estás hablando de los dos reyes hermanos procedentes de las islas? —preguntó Jade.

Ben asintió con alivio.

—La estirpe de los Tandraj.

—Pero si durante la guerra de Invierno la Lady acabó con todos los Tandraj.

Ben levantó el dedo índice.

—Con todos, no —repuso él—. Con todos no. El príncipe sobrevivió.

Jade aguzó los oídos. ¡Un príncipe! Jakub jamás le había contado nada sobre él. En cambio, eso arrojaba una lógica pavorosa a la situación del momento.

—¿Logró escapar? ¿Acaso ahora lidera a los rebeldes?

Ben contrajo el rostro en una mueca, como si aquel recuerdo le causara dolor.

—Nadie lo sabe —dijo, nervioso—. Nadie lo sabe, nadie lo sabe.

Empezó a mecerse hacia delante y hacia atrás.

«¿Qué hago yo aquí? —pensó Jade—. Estoy escondida en una cripta hablando con un loco».

—¿Cómo sabéis que vive? —preguntó impaciente.

—Por los ecos —le susurró Ben—. Solo él puede llamarlos y los ecos regresan. Por lo tanto, el príncipe está en la ciudad.

¡Aquello era una noticia! Por primera vez desde la muerte del eco, al que desde hacía tiempo ella llamaba «mi eco», a Jade le pareció que podía formarse al fin una imagen más clara en lugar de pedazos y fragmentos inconexos.

—«Nacido en invierno —cantó Ben—, y con sed de venganza. Él ha regresado y prepara una batalla».

A Jade le costaba mucho contenerse para no agarrar a Ben de los hombros y sacudirlo.

—Los ecos —dijo ella, casi sin aliento—. Cuéntame más cosas sobre ellos. ¿Los ha llamado para que le ayuden? ¿Por eso asesinan? ¿Para reconquistar la ciudad? ¡Ben, mírame!

El anciano dejó de mecerse, se aclaró la garganta y escupió.

—No me acuerdo —dijo él, sonriéndole como si la acabara de ver—. ¿Te conozco? ¡Contraseña! Jade entonces perdió la paciencia.

—¡Deja ya de hablar como un loco! —le ordenó con brusquedad—. Y no me trates como a una imbécil. Tú no eres tan olvidadizo como pretendes. ¿Qué sabes de los ecos?

No mucho ya, temió ella al ver la expresión confusa en el rostro del anciano. Parecía esforzarse mucho.

—Son buenos —dijo al fin con tono convencido. Jade tuvo ganas de reír. ¡Su intuición no la había engañado!

—¿Comprendes su idioma? Sinahe?

Ben se encogió de hombros, e hizo una mueca de payaso desconcertado.

—¡No me acuerdo! —dijo con tristeza y empezó a darse golpes con la mano en la sien, como si llamara desesperado a una puerta cerrada. Ben se le escapaba como una barcaza a la deriva cuya soga Jade ya no podía retener por más tiempo. Ella lo tomó por los hombros y suavemente le obligó a mirarla.

—Está bien, Ben, está bien, tranquilízate. Tengo que hablar con los rebeles, ¿entiendes? Dejaré un mensaje aquí.

La desconfianza dio al anciano una apariencia especialmente desagradable.

—¿Con qué derecho? ¿Acaso eres de los nuestros? —le espetó.

Aunque el ambiente en la cripta era fresco, el frío que la atería era de otra naturaleza. Era el frío que se sentía al pensar en un calabozo. «Todavía estoy a tiempo de regresar. Volver con Jakub, volver a mi vida entre el Mercado Negro, los fusiles y el miedo a los cazadores», se dijo.

—Es posible —dijo ella en voz baja.

—«Es posible» no basta —respondió Ben con severidad—. «Es posible» suena a delación.

Jade resopló y se puso de pie.

—Y «delación» rima con «razón». A estas alturas, me resulta imposible creer que hayas perdido la razón por completo —le dijo ella al anciano—. En tal caso, les dirás a tus amigos que he estado aquí. En tal caso, diles de mi parte lo siguiente: que vigilen las urracas azules. Vuelan bajo y acostumbran a ir en bandada junto con un nórdico. Se hospeda en el Larimar, pero está al servicio de la Lady y de los lores. Es un peligro para vosotros. Se dedica a informar a la Lady de todo lo que ven sus pájaros. Por lo tanto, debéis permanecer donde ellos no os puedan descubrir.

Ben tenía los ojos abiertos de par en par.

—Esto suena más que un simple «es posible» —dijo con una sonrisa astuta—. Mira, no tengo ni idea de los disparates que farfullas, ni sé a quién debo contárselos, sería bueno que a partir de ahora vigiles si ves cascotes.

Cascotes. Como si algo así pudiera valer como identificación. De todos modos, de ser así, no era una elección apropiada: la ciudad rebosaba cascotes; apenas quedaba un solo cristal en las ventanas. Jade evitó con cautela los bloqueos de calles y el barrio acordonado, y se escabulló por atajos en dirección hacia el puerto. Las numerosas escapadas que había hecho al Mercado Negro representaban una ventaja. Jade conocía todos los ruidos y todos los gritos, e intuía, como si fuera ciega, las rutas que era preferible evitar. Cuando oía pisadas de botas, se hacía a un lado, pero a la vez se levantaba la manga para mostrar bien, por si acaso, la señal del lirio. Al rato cayó en la cuenta de que, tal como iba, con el pelo oculto bajo el pañuelo, podía ser tomada por un eco. «No pierdas la cabeza», se decía para tranquilizarse. Pero el corazón le latía cada vez más rápido. «El príncipe y los ecos», no dejaba de repetirse.

Por bien que la visión de la Ciudad Muerta le había provocado espanto, le resultó más siniestro aún encontrar el puerto desierto. Al ver que no había ni un solo barco mercante, Jade comprendió la gravedad de la situación. Bañados por la luz del atardecer, los muelles y embarcaderos se mostraban abandonados y solitarios junto a las aguas tranquilas. Incluso el faro estaba apagado. Unas siluetas oscuras se recortaban en el estrecho camino de ronda que volteaba la punta del faro. Si la Lady había bloqueado el comercio de la ciudad, entonces la cacería no había hecho más que empezar.

Jade se arrebujó la chaqueta en los hombros. El trasbordador de los Feynal no estaba anclado y tampoco se veía en el delta. Únicamente en la lejanía había unos puntos que oscilaban sobre las aguas. Tal vez se estaban aproximando. Se acurrucó junto a una grúa de carga, en un rincón a salvo de las miradas, y aguardó.