Escena III

HARPAGÓN.— Acércate; ven a confesar la más negra acción, el atentado más horrible que se haya cometido nunca.

VALERIO.— ¿Qué queréis, señor?

HARPAGÓN.— ¡Cómo, traidor! ¿No te avergüenzas de tu crimen?

VALERIO.— ¿De qué crimen queréis hablar?

HARPAGÓN.— ¿De qué crimen quiero hablar, infame? ¡Como si no supieras lo que quiero decir! Es inútil que pretendas encubrirlo; está descubierto el asunto y acaban de contármelo todo. ¡Cómo! ¡Abusar así de mi bondad, introducirte deliberadamente en mi casa para traicionarme y hacerme una jugarreta de esta naturaleza!

VALERIO.— Señor, puesto que os han descubierto todo, no quiero emplear rodeos ni negaros la acción.

MAESE SANTIAGO.— Aparte: ¡Oh, oh! ¿Habré yo adivinado sin saberlo?

VALERIO.— Era propósito mío hablaros de ello, y quería esperar para hacerlo a unas circunstancias favorables; mas puesto que es así, os ruego que no os enojéis y que accedáis a escuchar mis razones.

HARPAGÓN.— ¿Y qué lindas razones puedes darme, infame ladrón?

VALERIO.— ¡Ah, señor! No merezco esos nombres. Cierto es que he cometido una ofensa contra vos; mas, después de todo, mi culpa es perdonable.

HARPAGÓN.— ¿Cómo…? ¿Perdonable? ¿Una traición, un asesinato de este género…?

VALERIO.— Por favor, no os encolericéis. Cuando me hayáis oído, veréis que el daño no es tan grande como creéis.

HARPAGÓN.— ¡Que no es tan grande el daño como creo! ¡Cómo! ¡Mi sangre, mis entrañas, bergante!

VALERIO.— Vuestra sangre, señor, no ha caído en malas manos. Soy de una clase que no la perjudicará, y no hay nada, en todo esto, que no pueda yo reparar.

HARPAGÓN.— Ésa es mi intención, y que me restituyas lo que me has quitado.

VALERIO.— Vuestra honra, señor, quedará plenamente satisfecha.

HARPAGÓN.— No se trata aquí de la honra. Mas dime: ¿quién te ha impulsado a esa acción?

VALERIO.— ¡Ay! ¿Me lo preguntáis?

HARPAGÓN.— Sí; te lo pregunto, en efecto.

VALERIO.— Un dios que lleva en sí la disculpa de todo cuanto obliga a hacer: el Amor.

HARPAGÓN.— ¿El amor?

VALERIO.— Sí.

HARPAGÓN.— ¡Bonito amor, bonito amor, a fe mía! ¡El amor a mis luises de oro!

VALERIO.— No, señor; no son vuestras riquezas las que me han tentado; no es eso lo que me ha deslumbrado, y os aseguro que no aspiro, en modo alguno, a vuestros bienes, con tal que me dejéis el que poseo.

HARPAGÓN.— ¡No lo haré, por todos los diablos! No te lo dejaré. ¡Mas ved su insolencia queriendo quedarse con lo que me ha robado!

VALERIO.— ¿Y llamáis a eso robo?

HARPAGÓN.— ¿Que si lo llamo robo? ¡Un tesoro como éste!

VALERIO.— Es un tesoro, verdaderamente, y el más preciado que poseéis, sin duda; mas no lo perderéis dejándomelo. Os pido de rodillas ese tesoro lleno de encantos, y si queréis obrar bien, habréis de concedérmelo.

HARPAGÓN.— No haré tal. ¿Qué quiere esto decir?

VALERIO.— Nos hemos prometido fidelidad mutua y hemos jurado no separarnos.

HARPAGÓN.— ¡Admirable juramento y divertida promesa!

VALERIO.— Sí; nos hemos comprometido a ser el uno del otro para siempre.

HARPAGÓN.— Os lo impediré; estad seguro.

VALERIO.— Solamente la muerte puede separarnos.

HARPAGÓN.— ¡Eso es estar maniático por mi dinero!

VALERIO.— Ya os he dicho, señor, que no era el interés lo que me había empujado a hacer lo que he hecho. Mi corazón no ha obrado por los móviles que imagináis, y un motivo más noble me ha inspirado esta resolución.

HARPAGÓN.— ¡Ya veréis cómo resulta que quiere quedarse con mi caudal por caridad cristiana! Mas yo tomare mis medidas, y la Justicia, descarado bergante, va a ampararme en todo.

VALERIO.— Empleadla como queráis; estoy dispuesto a sufrir cuantas violencias os plazcan; mas os ruego que creáis, al menos, que si existe perjuicio, sólo debe acusárseme a mí, y que vuestra hija no tiene culpa en todo ello.

HARPAGÓN.— Así lo creo, realmente; sería muy extraño que mi hija hubiera estado complicada en este crimen. Mas quiero recuperar mi fortuna y que me confieses adónde la has llevado.

VALERIO.— ¿Yo? No la he llevado a ningún sitio; sigue en vuestra casa.

HARPAGÓN.— Aparte: ¡Oh, mi querida arquilla!

¿No ha salido de mi casa?

VALERIO.— No, señor.

HARPAGÓN.— ¡Eh! Dime entonces: ¿no la has tocado?

VALERIO.— ¡Tocarla yo! ¡Ah!, la ofendéis, e igualmente a mí. Y la pasión que por ella siento es muy pura y muy respetuosa.

HARPAGÓN.— Aparte: ¡Que siente pasión por mi arquilla!

VALERIO.— Preferiría morir antes que dedicarle un pensamiento ofensivo: es ella demasiado digna y no menos honesta para eso.

HARPAGÓN.— Aparte: ¡Qué mi arquilla es demasiado honesta!

VALERIO.— Todos mis deseos se han reducido a gozar de su contemplación, y nada que sea criminal ha profanado la pasión que sus bellos ojos me han inspirado.

HARPAGÓN.— ¡Los bellos ojos de mi arquilla! Habla de ella como un enamorado de su amada.

VALERIO.— Doña Claudia, señor, sabe la verdad de esta aventura, y ella puede atestiguar…

HARPAGÓN.— ¡Cómo! ¿Mi sirvienta es cómplice del negocio?

VALERIO.— Sí, señor; ha sido testigo de nuestro compromiso, y sólo después de conocer la honestidad de mi pasión me ha ayudado a convencer a vuestra hija de que me entregase su palabra y de que aceptara la mía.

HARPAGÓN.— Aparte: ¡Eh! ¿Es que el miedo a la Justicia le hace desvariar?

(A Valerio). ¿Por qué mezclar a mi hija en esto?

VALERIO.— Digo, señor, que me ha costado grandísimo trabajo hacer que consintiera su pudor en lo que mi amor deseaba.

HARPAGÓN.— El pudor, ¿de quién?

VALERIO.— De vuestra hija, y tan sólo desde ayer ha querido dedicarse a que firmásemos una promesa de casamiento.

HARPAGÓN.— ¿Mi hija te ha firmado una promesa de casamiento?

VALERIO.— Sí, señor, y yo, por mi parte, le he firmado otra.

HARPAGÓN.— ¡Oh, cielos, otra gran desdicha!

MAESE SANTIAGO.— (Al Comisario). Escribid, señor, escribid.

HARPAGÓN.— ¡Agravación del mal! ¡Acrecimiento de la desesperación!

(Al Comisario). Vamos, señor; desempeñad el deber de vuestro cargo e instruidle una querella por ladrón y por seductor.

MAESE SANTIAGO.— Por ladrón y por seductor…

VALERIO.— Ésos son nombres que no me corresponden, y cuando sepan quién soy…