Escena VI
VALERIO.— (Riendo). Por lo que puedo ver, maese Santiago, pagan mal vuestra franqueza.
MAESE SANTIAGO.— ¡Pardiez!, señor recién llegado, que os las echáis de importante, eso no es cuenta vuestra. Reíos de los palos que os den, y no vengáis a reíros de los míos.
VALERIO.— ¡Ah, maese Santiago, no os enojéis, por favor!
MAESE SANTIAGO.— Aparte: Se amilana. Voy a echarlas de bravucón, y si es lo bastante necio para tenerme miedo, le vapulearé un poco.
¿No sabéis, señor risueño, que yo no me río y que si me calentáis la cabeza os haré reír de otro modo?
(Maese Santiago empuja a Valerio hasta el fondo de la escena, amenazándole).
VALERIO.— ¡Eh! ¡Poco a poco!
MAESE SANTIAGO.— ¡Cómo! ¿Poco a poco? ¡No me da la gana!
VALERIO.— ¡Por favor!
MAESE SANTIAGO.— Sois un impertinente.
VALERIO.— Señor maese Santiago…
MAESE SANTIAGO.— ¡Nada de señor maese Santiago! ¡Si cojo un palo, os voy a zurrar de lo lindo!
VALERIO.— ¡Cómo! ¿Un palo? (Valerio hace retroceder a Maese Santiago a su vez).
MAESE SANTIAGO.— ¡Eh! No hablaba de eso.
VALERIO.— ¿No sabéis, señor fatuo, que soy lo bastante hombre para zurraros a mi vez?
MAESE SANTIAGO.— No lo dudo.
VALERIO.— ¿Y que no sois, en resumidas cuentas, más que un cocinero bergante?
MAESE SANTIAGO.— Ya lo sé.
VALERIO.— ¿Y que no me conocéis todavía?
MAESE SANTIAGO.— Perdonadme.
VALERIO.— ¿Me vais a zurrar?
MAESE SANTIAGO.— Lo decía en broma.
VALERIO.— Pues a mí no me gustan vuestras bromas.
(Dando de palos a Maese Santiago). Así sabréis que sois un mal bromista.
MAESE SANTIAGO.— (Solo). ¡Mal haya sea la sinceridad! Condenado oficio es. De aquí en adelante renuncio a él y no volveré a decir la verdad. Pase aún en mi amo; tiene cierto derecho a pegarme; mas en cuanto a este señor intendente, me vengaré de él si puedo.