EPÍLOGO NO TENGA MIEDO: ¡IMITE A SAN CRISTÓBAL Y LISTO!

BIEN sé que el Señor es grande, nuestro Señor más que todos los dioses. El Señor hace lo que quiere en el cielo y en la tierra, en los mares y todos los océanos.

(Sal 135, 5-6)

¡Caramba! Parece mentira que llegamos por fin al final de esta aventura, querido lector. Ha sido valiente y tenaz, y yo una atrevida. Pero lo importante es que ambos, usted y yo, lo hemos logrado. ¡Y no ha sido tarea fácil! Le reconozco que yo también he pasado por momentos tensos en la elaboración de este ensayo. Los obstáculos han sido enormes y sé que a partir de ahora me esperarán aún más. Pero nada me preocupa más allá de haberlo intentado escribir de la mejor forma que he podido. Ya sabe que nuestros logros no son importantes a ojos de Dios, sino el esfuerzo y, sobre todo, el amor que se ha empleado en realizarlos. ¡Y menos mal! Porque si Dios nos juzgara por nuestros éxitos, estaríamos totalmente perdidos.

Espero de corazón que no haya padecido demasiado miedo. En ningún momento he deseado aterrorizarle, sino solo informarle de la realidad de la existencia del cielo, del infierno y del demonio. ¡Ojalá que ya se haya convencido de que debemos evitar los dos últimos a toda costa! Pero esté tranquilo: lo más importante es que la batalla contra el mal está totalmente ganada si corremos hacia los brazos de Cristo. Él solo espera una elección libre por nuestra parte. Y usted, ¿a quién escoge: a Dios o a Satanás? Puede pensar ahora que le acabo de hacer una pregunta de lo más estúpida, pero le aseguro que hay hombres y mujeres que cometen el espantoso disparate de elegir al diablo como amo de sus vidas. ¡Ay de ellos! Y le dejará encima boquiabierto saber que hasta algún santo hizo el canelo escogiéndole al principio de su vida (aunque, obviamente, luego se arrepintió) ¿Ve como todos podemos ser unos zoquetes? Lo fue uno de mis santos favoritos: ni más ni menos que el muy conocido San Cristóbal. ¿Quién no tiene su medalla pegada con un imán al salpicadero del coche? Es el patrón de los viajeros, y hasta los moteros con chupas de cuero le consideran el mejor protector del cielo en las curvas peligrosas.

Su historia es popular y muy bella, aunque no sabemos a ciencia cierta qué datos sobre él son absolutamente reales, dado que con el paso de los siglos algunos teólogos tildan ciertos aspectos de su vida como leyendas. Sea o no así, el relato es muy respetado en la tradición cristiano-ortodoxa; por eso nos ha llegado al catolicismo y por eso se la cuento. Si no, ¿de qué?

* * *

Cristóbal es considerado un mártir del cristianismo. Se sabe que vivió aproximadamente en el siglo III bajo el poder del emperador Derius (249-251) y que murió padeciendo tortura romana bajo las órdenes del gobernador Antíoco. Los primeros datos sobre su vida y milagros nos llegan en versión griega en el siglo VI y entran en Europa en el IX. Sin embargo, no es hasta el siglo XIII cuando se elabora un estudio sobre su vida y se intentan recopilar restos y datos fieles sobre su persona (se cree que sus restos son hoy los que venera la población cristiano-copta de Alejandría.)

Cristóbal era cananeo, pero lo que le hacía único era su imponente y monumental estatura. Se podría decir que era todo un gigante, midiendo poco menos de dos metros. Fornido, acostumbrado a la lucha y con cuerpo de soldado, era temido más por su aspecto que por su temperamento (las crónicas afirman que era noble y bonachón). Su rostro acompañaba al resto de su cuerpo, y tenía un cráneo tan grande y peludo que provocaba respeto y miedo a aquellos con quienes tropezaba por los caminos. Por todos estos aspectos y porque era valiente en el campo de batalla, el rey de Caná le colocó en un puesto importante de la milicia defensiva de la ciudad. Pero aunque Cristóbal respetaba con profunda veneración a su rey, no era feliz, pues su corazón albergaba un sueño que no lograba sentir sirviendo a su rey. El gigante deseaba ardientemente servir solo un señor: al más poderoso y fuerte de la tierra. ¡Y sospechaba que no era precisamente el rey de Caná! Y entonces sucedió algo que viró el rumbo de su vida...

Un día, viendo cómo un juglar bailaba y cantaba para su rey en una fiesta de palacio, escuchó declamar una melodía cuyo protagonista era el diablo. Pero el monarca, al oír mencionar su nombre, se santiguó. San Cristóbal preguntó entonces al monarca el motivo de ese gesto sobre su pecho y recibió esta respuesta:

—Es para ahuyentar al diablo.

—¿Es que acaso le teméis, mi señor? —Cristóbal hablaba lleno de inocencia.

—¡Claro! —El monarca era sincero—. Le temo porque tiene mucha fuerza y es extraordinariamente poderoso.

Entonces Cristóbal meneó la cabeza lleno de tristeza.

—Entonces debo partir de vuestro lado, mi señor. Solo tengo un sueño en esta vida: servir al ser más poderoso del mundo, y parece a todas luces que es ese tal diablo.

El rey permitió su marcha no sin lamentar su pérdida.

Cristóbal anduvo buscando al diablo por poblados y ciudades, pero nadie le sabía informar sobre su paradero. Algunos sabios le avisaron de que el demonio era solo un ser espiritual que vagaba por los desiertos. Otros le aseguraron que vivía en el corazón del hombre malo. Pero Cristóbal, insistente y cabezón, no se rendía. Por ello marchó al desierto con la esperanza de encontrarlo, siguiendo los consejos de algunos de aquellos sabios. Y fue ahí donde, tras muchas semanas, se topó con un poblado dominado por unos guerreros feroces y fuertes como él. El líder o jefe de tal poblado tenía gran fama de maldad. Todos le temían y sus órdenes eran acatadas al milímetro por sus vasallos. Ganaba batalla tras batalla y era implacable y muy cruel con los esclavos. Pero Cristóbal no sintió temor frente a él; así que le abordó y le preguntó:

—¿Acaso sois el diablo?

—Lo soy —afirmó aquel terrible guerrero.

—Entonces quiero serviros y que usted sea mi dueño y señor para el resto de mi vida.

Cristóbal le reverenció y se puso de inmediato a servirle. Ya ve, querido lector: ¡hasta los santos cometen a veces errores! Pero sigamos:

Pasaron algunos meses en los que Cristóbal trabajó bajo las órdenes de este malvado guerrero batallando en montañas y desiertos, y quizá matando a muchos inocentes en las contiendas. Hasta que un día sucedió algo que cambió el rumbo de los acontecimientos. Dicen las crónicas que recorriendo los montes con la intención de combatir a unos pueblos nómadas, el pelotón del malvado jefe conocido como «diablo», se topó de golpe con una cruz clavada en un cruce de caminos. Los soldados y su rey huyeron despavoridos ante su presencia.

—¿Pero qué pasa? —Cristóbal miraba expectante a su señor—. ¿Es que nuestros soldados y mi señor temen a una simple cruz de madera clavada en el suelo?

—¡Ah!, sí mucho —contestó su jefe diabólico—. Debemos huir de ella porque me recuerda a un hombre que vivió hace mucho tiempo. El hombre se llamaba Jesucristo y fue matado en un madero en forma de cruz. Cuando veo una cruz sé que debo huir, aunque no sé por qué. Me produce un espantoso pavor..., Así que odio el signo de la cruz, porque con solo mirarla algo me doblega de miedo.

—Entonces eso significa que ese Jesucristo es más poderoso que vos —respondió Cristóbal entristecido—. Veo que aún no he sido capaz de encontrar al hombre más importante de la tierra. Por eso debo alejarme de vos, mi señor diablo, y alcanzar mi sueño de servir a ese Jesucristo, esté donde esté.

Y así Cristóbal se marchó del lado del soldado considerado diablo y buscó a ese tal Jesús. Y anduvo y anduvo hasta que por fin, tras pasar muchas penurias y recorrer muchos desiertos, se topó con un ermitaño, quien con suma paciencia le enseñó todo lo que sabía sobre Jesucristo. ¡Y Cristóbal cayó rendido ante Dios! Decidió quedarse junto al ermitaño todo el tiempo que hiciera falta, pues era el único que parecía conocer a Jesús.

* * *

Un día el ermitaño le dijo:

—Cristóbal, ya estás preparado para amar al verdadero Dios, que es Jesucristo, aunque aún te falta un último paso para alcanzarle.

—¿Y cuál es?

—Has de ayunar.

Cristóbal, el gigante santurrón, se quedó de una pieza.

—¡De eso nada! Yo no puedo ayunar —protestó enérgico—. ¡Moriría de hambre! ¿Acaso no ves lo que mido? ¿No puedes ver los músculos que tengo que alimentar? No ayunaré... Pídeme otra cosa y la haré por Jesús.

—Está bien —contestó el ermitaño—. Entonces madruga al alba y ora largas horas a Dios.

—¡De ninguna manera! —San Cristóbal parecía consternado—. Eso es muy duro. Mi constitución no me permite madrugar tampoco, levantarme tan temprano... No soy hombre de albas sino de mediodías, y tampoco voy a aguantar largas horas orando. Te ruego que me pidas otra tarea para agradar a Dios.

Entonces el ermitaño permaneció unos momentos pensativo y en silencio.

—Mira hijo —dijo al fin—. Eres verdaderamente grande, corpulento y muy fuerte. Así que esta tarea te encomiendo: que te traslades a vivir a la cueva junto a la orilla del río. Tu misión será a partir de ahora llevar en tus hombros a todas aquellas personas que deseen cruzarlo por necesidad y que no puedan. Tus piernas son muy largas y musculosas, así que no te ahogarás ni hundirás a causa de la profundidad de las aguas o las corrientes. Creo que será una tarea con la que podrás dar gloria a Dios. Ve hijo, y espero de todo corazón que algún día puedas encontrar y servir con toda tu alma a Jesús.

Y fue así como Cristóbal comenzó una existencia de ermitaño junto a la orilla. Su vida transcurría plácida en ese banco del río, cuyas corrientes eran fuertes y traicioneras. Eran muchos los que a causa de esas turbulentas aguas habían perdido la vida, pero desde que Cristóbal vivió en su orilla, tanto ricos como pobres eran transportados en sus enormes hombros sin peligro alguno hacia la orilla opuesta. En su corazón bonachón entendía que era su manera de servir a Dios y de pagar por sus pecados pasados, pues todos aquellos a quienes cruzaba a la otra orilla quedaban felices y profundamente agradecidos.

Un día, mientras dormía en su cueva le despertó la voz infantil de un niño que le llamaba a voces desde el lado opuesto a la corriente.

—¡Cristóbal, ven y cárgame para llevarme al otro lado de río! Cristóbal se desperezó, miró hacia donde provenía la voz infantil, pero nada vio. Se recostó de nuevo en su camastro e intentó recuperar el sueño

—¡Cristóbal, ven! ¿Acaso no me oyes? —Otra vez hablaba la voz de niño. ¡Y otra vez se levantó y buscó para no encontrar a nadie! Ya se estaba extrañando cuando, por tercera vez, escuchó que una voz infantil le llamaba por su nombre. Y por fin, a lo lejos y en la orilla opuesta vio a un precioso niño que le hacía señas con la mano.

—¡Estoy aquí! ¡Ven y trasládame al otro lado, Cristóbal!

El gigante se apresuró a cruzar el río con sus potentes piernas, tomó al niño en brazos y le colocó sobre sus hombros para cruzar las aguas. Pero algo extraño empezó a suceder: ¡ese chiquillo menudo pesaba una barbaridad! Las aguas, enfurecidas, comenzaron a chocar contra sus piernas creando surcos y remolinos. ¡Estaba siendo una verdadera tarea ese traslado! «¿Qué le sucede hoy al río y quién es este muchacho que tanto pesa?», se preguntaba inquieto. Y cuanto más avanzaba en las aguas, más se hundía en el fango del fondo. Cristóbal se empezó a preocupar... Nunca antes había sentido la corriente tan fuerte ni las aguas tan traicioneras contra su cuerpo. ¡Tampoco antes se había hundido tanto en el fango! ¡El peso del muchachito comenzaba a ser imposible de cargar! El gigante se asustó sospechando que ambos perderían la vida... ¿Cómo había podido arriesgarse tanto? «Es todo mi culpa», pensó aterrorizado. «No entiendo cómo no he sido capaz de calcular el traspaso, ni de darme cuenta de lo que podría pesar este niño. ¡Moriremos sin remedio!». Pero no falleció... Al fin, exhausto, asustado y totalmente asombrado, logró llegar al otro lado del río, en donde dejó al chiquillo con sumo cuidado sobre el suelo. Medio desmayado a causa del agotamiento, miró al niño y dijo:

—Escucha hijo: me las he visto y deseado para cruzar el río contigo encima. ¡Cuánto pesas, criatura! Parecía que cargaba en los hombros el peso del mundo entero.

El niño respondió:

—Verdaderamente has cargado un gran peso, Cristóbal. Soy Jesucristo, el Rey a quien sirves con tu trabajo y tu vida. Y hoy no solo has llevado a través del río a todo un universo, sino también a quien creó tal universo. Y para que veas que lo que te estoy contando no es falso, clava tu bastón en la entrada de la cueva en la que vives y mañana por la mañana verás que se ha transformado en un árbol florido con frutos en abundancia.

Y ante sus atónitos ojos, desapareció.

Lo ha adivinado, querido lector: a la mañana siguiente y nada más despertar, Cristóbal corrió hacia la boca de la cueva ¡y encontró su bastón convertido en un gran árbol lleno de hojas, flores y dátiles! Desde ese día Cristóbal oró y alabó a Dios con todo su corazón y toda su alma. Fue feliz sabiendo que, al fin, trabajaba para el más poderoso rey del universo.

* * *

¿Lo ve, amigo mío? Hasta los santos escogieron a veces el camino equivocado y se esclavizaron al mal. Pero todo camino se puede reparar. Y he aquí una buena oración para que logre reconducir sus malas decisiones. Récela siempre y estará a salvo, pues no hay puerta más grande en el cielo que la Virgen María. Ya sabe que las buenas noticias son que junto a Ella Dios siempre gana (y el Patas rabia).

Solo tiene que decidirse de una vez: ¿amar a Dios o al demonio? Ya sabe lo que yo le aconsejo.

Hasta siempre, querido lector. Con todo cariño,

LA AUTORA

ORACIÓN DE POSESIÓN MARIANA

(ANÓNIMO)

Ante ti, ¡Oh Santísima Trinidad!, delante de toda la corte celestial, de los ángeles y de los santos; ante ti, ¡oh Santísima Virgen María!, proclamo y declaro solemnemente de modo irrevocable y eterno, de manera totalmente libre y espontánea, que te entrego todo mi ser, para que con el Espíritu Santo y San José, me poseas completamente para gloria y esplendor del Reino de tu Hijo Amado.

Esta posesión mariana rompe todo pacto y asechanza de las fuerzas del mal, y la sello en la preciosísima Sangre de Jesús. Amén.

Todas las anécdotas relatadas en el presente ensayo son verdaderas. Dado que algunos de los protagonistas no desean ser reconocidos, en ciertos capítulos los nombres, lugares y situaciones han sido modificados con el único propósito de proteger su intimidad y/o privacidad.

AGRADECIMIENTOS

Quiero agradecer con todo mi corazón la ayuda inestimable que he recibido de algunas personas sin las que jamás este libro hubiera podido ver la luz. Ha sido sin duda el libro más difícil de toda mi carrera literaria, y de los diez que llevo escritos, el que más quebraderos de cabeza me ha producido. El tema es tan duro, tan complejo y me ha dado tanto temor escribirlo, que en varias ocasiones me he visto imposibilitada de seguir. Solo lo he hecho por el amor, la paciencia, la sabiduría y las oraciones de protección de estas personas que a continuación nombro. Gracias amigos míos desde el fondo de mi alma:

1) Al padre don José Carlos Mellado: mi querido director espiritual; sacerdote joven de pueblo, lleno de luz y sabiduría, quien, con un tesón increíble, no me ha dejado tranquila hasta convencerme de escribir este ensayo.

2) Al padre don Javier Siegrist: un sacerdote terco y de espíritu implacable, cuya dirección y correcciones han sido absolutamente valiosas para mí. Gracias por aguantar mi genio, padre, y las cien mil preguntas con las que te he molido durante meses a causa de este libro. Sin tus respuestas no habría hecho más que cometer errores teológicos de todo tipo. Y gracias por no mandarme a la porra cuando discutimos... (Ya se sabe que las buenas amistades se pelean de vez en cuando).

3) A todas las hermanas dominicas del Monasterio de San Blas en Lerma, en especial a Sor María Leticia, un amor de mujer, gran amiga, compañera y un muy eficiente pararrayos contra los ataques del demonio. Gracias hermanitas: sois la mejor ayuda de Dios en mi vida. Vuestro tesón y alegría han logrado lo imposible en este libro.

4) A Sor Inés, Sor Inés II, Sor M.ª Fe y Mari Luz (hermanas del convento de Navas del Madroño de Cáceres). Cuatro religiosas de una santidad descomunal sin cuyo amor, apoyo y oraciones, nunca habría sido escritora.

5) Al padre don Carlos García Malo, magnífico sacerdote joven, quien, en un momento de absoluto terror, y sintiendo que no podría seguir escribiendo sobre el infierno y el demonio, tuvo la sabiduría de darse cuenta que yo padecía una grave tentación para abandonar esta tarea. Gracias a su fabulosa confesión y bendición posterior, tal miedo fue totalmente superado y el libro continuado. ¡Todo miedo se desvaneció a través de tus manos consagradas, padre Carlos! Sé que Jesús actuó a través de tu sacerdocio y pude finalizar mi tarea.

6) A mi fantástica profesora de Biblia, Mercedes Soto. Gracias por ser una maravillosa maestra de Dios.

7) Y por último: a todos los sacerdotes que han tenido que ver en mi vida, desde el que me bautizó recién nacida, pasando por el que me dio mi primera comunión, el que celebró mi confirmación, el que me casó, y todos los que día a día, me han dado su amor de padres, de confesores y protectores de mi alma. Gracias por vuestra decisión de ser sacerdotes. ¡Gracias por ofrecer vuestras vidas por mí y por todos mis hermanos del mundo!

Os quiere de verdad:

MARÍA VALLEJO-NÁGERA

BIBLIOGRAFÍA

AMORTH, Gabriele, An Exorcist, More Stories, Ed. Ignatius Press, 1992.—, An exorcist tells his story, Ed. Ignatius Press, 1994. AMORTH, Gabriele, e ITALO ZANINI, Roberto, Más fuertes que el mal: el demonio, cómo reconocerlo, vencerlo y evitarlo, Ed. San Pablo, Madrid, 2010.

ANNE, The Lay Apostle, Climbing the Mountain, Discovering your Path to Holiness, Ed. Direction for Our Times, Illinois, 2005.

ARMINJON, Charles (FR), The End of the Present World and Mysteries of the Future Life, Sophia Institute Press, Manchester, 2008.

BAXTER, Mary K., A Divine Revelation of Hell, Ed. Whitaker House, www.whitakerhouse.com.

BENEDICTO XVI, Luz del mundo, Ed. Herder, Barcelona, 2010.

BURPO, Todd, El cielo es real, Ed. Planeta, Barcelona, 2012.

CAMELI, Luois J., The Devil you don’t Know, Green Press Initiative.

Catecismo de la Iglesia Católica, Asociación de Editores del Catecismo Católico.

COSTELLO, Gerald M., Treasury of Catholic Stories, Ed. Sunday Publishing Division, 1999.

COURTOIS, Gastón, Cuando el Señor habla al corazón, Ed. San Pablo, Madrid, 2007.

DA RIESE PIO, Fernando, El santo padre Pío de Pietrelcina, un crucificado sin cruz, Ed. Centro de Propaganda, Madrid, 2009.

DEL BOSQUE DE SALES, Damián, Ramona, la Catalana, Ed. Hermanas de Jesús Paciente, Barcelona, 1985.

DENZINGER, Heinrich y HÜNERAMANN, Peter, El Magisterio de la Iglesia (Enchiridion ymbolorum Definitionum et Declarationum de Rebus Fidei et Morum), Ed. Herder, Barcelona, 2006.

FORTEA, Jose Antonio, Summa Daemoniaca, Ed. Palmyra, Madrid, 2008.

GALLAGHER MANSFIELD, Patty, Más de Dios, Franciscan University Press, Ohio, 1991.

KOWALSKA, Santa Faustina, Diario de la Divina Misericordia en mi alma, Ed. de los Padres Marianos de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, 1997.

LAROUX, Tamara, Delivered, Ed. Laroux, USA, 2012.

MAILLARD, Sor Emmanuel El niño escondido de Medjugorje, Ed. Des Béatitudes, 2006.

—, Mariam de Belén, «la pequeña árabe», Ed. Asociación Hijos de Medjugorje España, Barcelona, 2011.

Novena Book to St. Michael the Archangel, Ed. Shalom Publishers, 2010 (ordina@editriceshalom.it).

PAJARIÑO, Douglas, Apariciones de la Vírgen María, Grupo Editorial Lumen, México, 2011.

PAOLUCCI, Giorgio, Cristianos venidos del Islam, Ed. Libros Libres, Madrid, 2007.

PAREDES, Javier, Santos de pantalón corto, Ed. Homo Legens, Madrid, 2008.

RATZINGER, Joseph, Jesús de Nazaret, Ed. Encuentro, Madrid, 2011.

RUIZ DE LA PEÑA, Juan L., La pascua de la creación (Escatología-Sapientia Fidei), Ed. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2007.

SANTA TERESA DE JESÚS, Las Moradas o el castillo interior, su vida, Ed. Edimat, Madrid, 2006.

SCHMOEGER, C. E., Vida y visiones de la Venerable Ana Catalina de Emmerick, Ed. Santander, 1979.

SOR JOSEFA MENÉNDEZ, Un llamamiento al amor, Ed. Edibesa, Madrid, 1998.

SOR MARIA ISABEL DE JESÚS, Sor Patrocinio, Ed. Homo Legens, edición revisada por el catedrático de Historia Contemporánea Javier Paredes, Madrid, 2008.

TESOREIRO, Ron, Reason to Believe, Ed. Ron Tesoreiro, 2007.

TRIGILIO, John (Rev), Catholicism for Dummies, Ed. Wiley Publishing Inc, 2003.

UNAMUNO, Miguel de, Diario Íntimo, Ed. Alianza, Madrid, 1974.

VOLTES, Pedro, Sor Patrocinio, La monja religiosa, Ed. Planeta, Barcelona, 1994.

WIESE, Bill, 23 Minutes in Hell, Ed. Charisma House, Strang Communications, Florida, 2006.

YOUCAT, Catecismo joven de la Iglesia Católica, Universidad Católica de San Antonio, 2011.

ZAVALA, José María, Las apariciones de El Escorial, una investigación, Ed. Libros Libres, Madrid, 2011.