Capítulo 7 LA SANTIDAD DE ANA CATALINA DE EMMERICH

EL SEÑOR me invadió con su fuerza y su espíritu me llevó y me dejó en medio del valle, que estaba lleno de huesos. Me hizo caminar entre ellos en todas direcciones. Había muchísimos en el valle y estaban completamente secos.

(Ez 37, 12)

No se imagina lo bien que lo va a pasar leyendo este capítulo, querido lector. ¡Porque esta beata es la bomba! Cuando conocí y descubrí los secretos místicos de Santa Faustina o Sor Patrocinio, pensé que no hallaría en el santoral católico una santa o santo cuya vida les superara en riqueza mística. Me equivoqué, porque la vida, los milagros y las experiencias místicas de esta pequeña mujer alemana, han roto todas las barreras de la sobrenaturalidad. Y es que la beata Anna Catalina de Emmerich es un caso único e irrepetible en cuanto a visiones místicas, apariciones de santos, de Jesús y la Virgen, bilocaciones, revelaciones, instrucciones visibles sobre la realidad del cielo, purgatorio e infierno, los ángeles, los Novísimos y qué se yo qué más, querido lector.

Como curiosidad le diré que sus visiones y revelaciones sobre la Pasión del Señor en el Calvario son tan imponentes y valiosas, que hasta el director y productor de Hollywood Mel Gibson quedó profundamente conmovido con ellas, y por ello las escogió para realizar el guión de su famosa película La Pasión de Cristo, que ha sido un éxito mundial de taquilla. Por pura gracia de Dios he tenido la oportunidad de conocer a los demás productores de esta magnífica película, quienes me han contado una y mil anécdotas sobre el rodaje. Ellos fueron los que me aseguraron que gracias a las revelaciones de la beata Emmerich, pudieron elaborar los ropajes, los decorados y hasta el físico de los protagonistas, ya que la monja alemana dejó detallado hasta el más mínimo rasgo de los rostros de los contemporáneos de Jesús. Así que ahora ya lo sabe: los millones de espectaculares detalles de la película se los debemos a esta pequeña mujer de Dios y sus magníficas descripciones, copiadas al milímetro por los guionistas de Mel Gibson.

Esta monja alemana debía tal minuciosidad descriptiva a un fenómeno que sucede a muchos santos y que se conoce en mística como «bilocación». Consiste en estar en dos sitios a la vez, y ver y vivir experiencias sobrenaturales más allá del tiempo y del espacio material tal y como lo conocemos, o al que estamos acostumbrados. Para explicarlo de forma sencilla: son personas que a pesar de vivir en un siglo determinado, pueden «volar» o «trasladarse» a otros lugares y otros siglos, y estar en dos sitios a la vez en cuerpo y alma. Esto sucedió también a santos tan conocidos como el Santo Padre Pío de Petrelcina, o a mi querida Santa Faustina Kowalska. Pero el caso de la beata Ana Catalina de Emmerich es aún más curioso si cabe, pues aun estando postrada en cama muchos años, no habiendo salido jamás de Alemania y siendo analfabeta (no llegó a aprender nunca a leer o escribir), explicaba que «su cuerpo y alma volaban hasta lugares infinitos y lejanos, en donde vivía, veía y experimentaba como protagonista presente, los hechos vividos por Jesús en Galilea, Jerusalén, Getsemaní, etc.». Se veía entre los apóstoles, al lado de Jesús y ante el Sanedrín, como si viviera en presente todo lo acontecido en la vida terrena de Cristo. Ella misma se sorprendía hasta lo infinito con este extraño don que Dios le otorgaba, y se defendía ante sus estrictos interrogadores expresando su absoluto estupor: «¿Cómo me pasa a mí esto? Yo no lo sé» (Pasó por tres exhaustivas investigaciones de la diócesis, la policía bonapartista y las autoridades locales) [N. de la A.].

Sea por lo que fuere, tenemos hoy gracias a ella datos espectaculares sobre la vida de Jesús, de los apóstoles, de la Virgen y hasta de María Magdalena. ¡Y vaya si sufrió! Porque durante años nadie la creyó y fue víctima de burlas y humillaciones a causa de sus impresionantes y extraordinarios dones místicos. La Iglesia ha tardado mucho tiempo en aceptar sus escritos como válidos para lectura piadosa, y fue el papa Juan Pablo II quien, el 3 de Octubre de 2004, por fin la elevó a los altares reconociendo su monumental valía en el catolicismo, y aconsejando la lectura de sus revelaciones. El Vaticano no halló en ellas nada contrario a nuestra fe. Así que no tenga miedo, querido lector: le aconsejo hacerse con los libros que exponen sus revelaciones y meterse en los ojos de esta pequeña monja. Le aseguro que no quedará defraudado y tal y como le pasó a Mel Gibson, pasarán por sus ojos escenas nítidas de los ropajes, las calles y puentes, las joyas de los príncipes, y hasta el físico de Herodes, tal y como este gran director reflejó luego en la película.

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Nació Ana Catalina en Coesfeld, en el condado de Westfalia (Alemania), el 8 de septiembre de 1774, en el seno de una familia muy pobre perteneciente a una comunidad agraria. Sus padres, unos humildes jornaleros del campo, no pudieron costearle estudio alguno, por lo que nunca aprendió a leer o escribir. Si ha llegado hasta nosotros la importantísima información sobre su vida y sus revelaciones, ha sido gracias a la intervención providencial de un poeta de la época llamado Clemente Brentano, que por pura curiosidad (era agnóstico), acudió a visitarla habiendo conocido la noticia de que padecía los estigmas del Señor. Quedó tan impresionado por la monja estigmatizada, que ya nunca abandonó esas visitas, y apuntó, con mucho tino, todo lo que le relataba (visiones, apariciones, etc.). Por ello el lenguaje utilizado en las revelaciones es rico y los escritos muy hermosos, aunque lo fundamental es sin duda el extraordinario contenido, hoy respetado y aconsejado por el Vaticano como lectura piadosa.

La pobre muchachita no fue nunca feliz. Ya desde muy niña comenzó a mostrar todo tipo de regalos celestiales y sobrenaturales que la marcaron como un ser muy único dentro de la mística universal. A pesar de su pobreza y de su precaria salud, logró entrar en el convento de las agustinas canónigas de Dülmen, de donde marchó a causa de la persecución bonapartista cuando obligaron cerrar el convento el 3 de diciembre de 1811. Desde entonces hasta su muerte (9 de febrero de 1824), vivió postrada en cama en una casa particular que, por caridad, la recogió en una básica buhardilla, haciendo suponer a todos los doctores que la atendieron que fallecería a cada minuto a causa de la gran pérdida de sangre que le procuraban los estigmas. Duró así, enferma y desahuciada, trece años más, encerrada en aquella buhardilla sin apenas luz ni espacio. Fue sin embargo esta época la más rica en revelaciones privadas (investigadas todas por el obispo local), y cuando más información nos dejó sobre temas escatológicos tan importantes como cielo, infierno y purgatorio.

La autoridad eclesiástica fue dura con ella: la espiaron, investigaron y observaron hasta la impiedad, obligándola a quitarse las vendas de los estigmas muchas veces, y procurándole mucho dolor en los hurgamientos de las heridas. Lo más llamativo en su cuerpo no eran solo los estigmas, sino los reales sufrimientos corporales que padecía basados en la Pasión del Señor (experimentaba la flagelación, los golpes y la crucifixión en su carne). Si añadimos la escasísima alimentación que tomaba (por no decir «nula», dado que durante esos años de cama no se alimentó más que de la Sagrada Forma), su supervivencia no tiene explicación clínica. Todos los tormentos, las enfermedades, el hambre y las penurias que padeció los ofreció siempre, sin queja alguna, por los pecadores. Se los ofrecía heroicamente a Jesús y a la Virgen, por deseo de arrancar muchas almas al demonio, quien la odiaba con toda la fuerza de un universo, y quien la atormentó todo lo que pudo y más, a veces de forma sobrenatural, y otras utilizando medios humanos como los maltratos a los que una espantosa hermana biológica que vivió junto a ella hasta el final de su vida le procuró.

Esta hermana fue una verdadera molestia en la vida de Ana Catalina: la pegaba e insultaba. Le curaba con dureza y desdén las terribles heridas de los estigmas, que necesitaban cambios de vendas con mucha frecuencia. Existe una anécdota documentada al respecto y que fue anotada por el poeta Brentano como testigo ocular. Cuenta que, estando la religiosa al borde de la muerte y tras haber pasado años maltratada por su hermana, ésta se llenó de pronto de arrepentimiento y angustia. Corrió hacia la cama de la santa moribunda y le pidió perdón entre lágrimas desesperadas. Pero la pobre Ana Catalina estaba ya medio comatosa entrando y saliendo de sus sentidos, por lo que, en un mínimo momento de lucidez preguntó:

—¿Por qué llora tan amargamente esta mujer?

A lo que el poeta Brentano respondió:

—Es su hermana, que le pide perdón a usted.

Entonces, Ana Catalina exclamó colmada de piedad:

—Nadie hay en la tierra a quien yo no haya perdonado.

Todos los presentes se conmovieron, pues durante años habían sido testigos de los malos tratos, la envidia y las artimañas de aquella espantosa hermana hacia la monja.

Uno de los hechos que personalmente más me ha conmovido sobre esta mujer de Dios fue que, sin haber salido jamás de Alemania y siendo analfabeta, además de padecer constantemente brutales dolores, fue capaz de explicar a sus investigadores, con pelos y señales, dónde estaba escondida bajo tierra la casa de la Santísima Virgen, aquella en la que vivió sus últimos años en un monte perdido de Éfeso junto a San Juan Evangelista. Ni que decir tiene que nadie la hizo ni caso. Fueron muchos los que la tomaron por chalada o bruja por este hecho, y murió sin saber si algún día alguien encontraría aquella santa morada a la que tantas veces había acudido en bilocación (transportada espiritualmente). Tuvieron que pasar cerca de dos siglos para que un arquitecto italiano, armado con un equipo monumental de arqueólogos, acudiera a las costas de Turquía a averiguar si la casa de la que tantos detalles dio la beata Emmerich existía de veras. El equipo de excavación pasó largos meses buscando sin éxito aquel lugar bendito, y a punto estaban de rendirse cuando vieron a lo lejos, en un monte frente a donde erróneamente excavaban, a unas humildes mujeres musulmanas trepando por un sendero (El Islam respeta y venera a la Virgen María) [N. de la A.]. Estudiando de nuevo todas y cada una de las descripciones hechas por la santa alemana dos siglos antes, se dieron cuenta al fin de que excavaban en el lado incorrecto de la montaña. Y cuando acudieron y excavaron en ese nuevo terreno, ¡encontraron la casita de la Virgen a la que tantas veces Emmerich se había referido! Pero eso sí: bajo un metro de profundidad y fuera de vista. Increíblemente encontraron todo lo relatado por Ana Catalina: el caminito, el pozo, la cueva en donde «enterraron» a la Virgen, y la casa, humilde hasta el extremo, de dos estancias separadas por una pequeña tela. Ahí fue donde San Juan, efectivamente, vivió y acompañó a la Madre de Dios hasta su último suspiro en la tierra.

Este lugar es hoy considerado un santuario bendito por Roma, y el papa Juan Pablo II celebró ahí una misa, proclamándolo «uno de los lugares más importantes de veneración mariana del mundo». Hoy está permitido por la Santa Sede celebrar misas hermosísima frente a la entrada de la casita de la Virgen, a las que recomiendo que acuda. Yo me tiré llorando toda la ceremonia, al percibir una extraña y maravillosa presencia de la Madre de Dios. Le aseguro que es un lugar bendito. No se arrepentirá.

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¡Qué gran misterio es la permisividad de Dios hacia ciertos padecimientos humanos, querido lector! ¿Por qué la beata Emmerich sufrió tantos pesares? ¿No bastaban acaso las enfermedades, las penurias o el dolor físico y constante de los estigmas para obtener la salvación de muchas almas? ¡Ah! Pues no... Parece que Dios quiso probar la santidad de esta monja hasta el límite. Y por eso le adentro ahora en la parte más «fea» de sus visiones: las del demonio y el infierno. Lea sobre los ataques físicos infernales que la santita relató de la siguiente manera:

(Apuntes de Clemente Brentano sobre los dictados de Ana Catalina Emmerich)

"Siendo yo niña y aun después, me he visto muchas veces en peligros en mi vida; pero con el auxilio de Dios siempre he salido bien de ellos. Sobre este punto me ha sido dada con frecuencia luz interior con que conocía que tales peligros no nacían de la ciega casualidad, sino procedían por permisión de Dios, de las asechanzas del enemigo. Y surgían en los momentos en que me hallaba descuidada, cuando no estaba en la presencia de Dios, o cuando consentía por imprevisión de alguna falta. Por esta razón no he podido creer nunca que pueda darse la mera casualidad. Dios es siempre nuestro amparo y auxiliador si nosotros no nos separamos de Él; su ángel está siempre a nuestro lado, pero nosotros debemos hacernos dignos de su auxilio con nuestra voluntad y con nuestras obras. Debemos acudir a él como hijos agradecidos y no separarnos de Él, pues el enemigo de nuestra salvación anda acechándonos y procura de todos modos perdernos.

Tenía yo a la sazón pocos años; mis padres estaban fuera de casa y me hallaba sola. Habíame mandado mi madre que guardara la casa y no saliera de ella. Pero vino una mujer anciana y acaso por curiosear o por hacer algo que yo viera, me dijo: «Ven a mi peral y coge peras; ven pronto antes de que tu madre vuelva». Caí en la tentación: olvidé lo que mi madre me había mandado y corrí al huerto de aquella mujer tan apresuradamente que me di en el pecho con un arado oculto entre la paja y caí al suelo sin sentido. Así me halló mi madre y me hizo volver en mí por medio de un castigo sensible. El dolor del golpe lo sentí durante largo tiempo. Más tarde supe que el demonio se había servido de la mala voluntad de aquella mujer para tentar a mi obediencia por medio de la gula, y que lo que deseaba él era que yo pusiera en peligro mi vid, (como así fue a causa del descomunal golpe en la cabeza). Este episodio me volvió muy precavida [...]. Pero los peores ataques vinieron más tarde, cuando ya oraba y meditaba con mucha más profundidad y madurez. Era entonces cuando el demonio me atormentaba y distraía de mil maneras, pues solo deseaba que yo no orara. Y se valía para ello de ruidos, golpes, figuras espantosas en mi aposento y maltrato físico. A veces sentía unas manos frías como el hielo asiéndome los pies, que me derribaban o levantaban bruscamente del suelo. Aquellos tormentos solo cedían con más y más oración. Entonces yo le decía cosas como: «No me lanzarás de aquí más, miserable. Nada puedes sobre mí. No me impedirás que prosiga mi oración."

Los testigos afirman que estos ataques se recrudecían especialmente cuando Ana Catalina oraba con gran fervor por las ánimas del purgatorio o cuando ayunaba por ellas. ¡Entonces el escándalo que se formaba en su aposento era aterrador! Una de las anécdotas más feroces sucedió un día cuando se encaminaba hacia una cruz de madera que alguien había clavado en pleno campo, en los alrededores de su pueblo. Pero para llegar hasta ella debía atravesar un pequeño camino terroso lleno de plantas, arbustos y maleza. Era entonces cuando el demonio, en forma de perro feroz, se le aparecía en medio del camino y la intentaba obligar a dar la vuelta. El animal era descrito por ella como «una criatura espantosa, con una cabeza grotesca y muy extraña, que no había visto yo nunca en un perro». El color del peludo animal era siempre negro y era tan alto casi como un adulto. Entonces Ana Catalina, muerta de miedo pero envalentonada con la oración dijo: «Nada puede un demonio contra el Señor», y sintiendo todos los pelos erizados siguió hacia adelante con los labios cargados de oraciones. El perro, furioso, se lanzó contra ella y la apartó del camino con un gran empujón, pero huyó al ver que la niña redoblaba las oraciones llenas de fe, tras el brutal mamporro.

En otra ocasión le sucedió algo parecido encaminándose hacia la iglesia. Éstas son sus palabras al respecto:

"Una vez iba yo de noche a la iglesia, cuando salió a mí una figura como de un perro. Puse la mano por delante y recibí tan fuerte golpe en el rostro que me echó fuera del camino. En la iglesia se me hinchó tanto aquel, las manos y la cara, que estuve desconocida ante la gente. Me lavé con agua bendita [...]. Camino de la iglesia había una cerca que era preciso salvar sobre una tabla. Cuando en la fiesta de San Francisco llegué allí una vez muy de mañana, vi una gran figura negra que intentaba detenerme. Luché con ella hasta que pasé, pero sin sentir angustias ni temer al enemigo. Siempre me está saliendo al encuentro en los caminos y quiere que de yo un rodeo, pero no lo consigue."

Otras veces se le aparecía en forma de hombre oscuro y peludo, con ojos llenos de odio, que la tomaba por los hombros, la golpeaba y lanzaba a una zanja o desde lo alto de una escalera. Pero cuando esto sucedía, ella lo ofrecía inmediatamente para salvar las almas de los moribundos o para ayudar a las almas del purgatorio a entrar en el cielo. ¡Entonces el demonio se desesperaba y la amenazaba! En una ocasión le dijo: «Niña no me atormentes o lo sentirás». Ana Catalina pasaba mucho miedo, pero todo lo ofrecía con una entrega digna de una santidad profundamente madura.

¿Y qué pasa con las visiones del infierno? También las padeció, querido lector. Helas aquí expresadas nuevamente con sus propias palabras:

"Hallándome una vez muy turbada y abatida a la vista de las miserias que me rodeaban y de tantas penas y violencias como sentía, pidiendo a Dios que se dignara concederme siquiera un día tranquilo (pues vivía como en el infierno), mi ángel me reprendió muy severamente de esta manera: «Para que no compares tu estado con el infierno, voy a mostrártelo realmente como es». Condújome hacia el norte a un lugar en el que la tierra declina rápidamente. Primero nos levantamos mucho de la tierra. Seguimos hacia el norte por un sendero muy escarpado en un desierto como de hielo y llegamos a un país espantoso. Parecía como si me moviera en una elevada región alrededor de la tierra y conociera con certeza que iba descendiendo enfrente de aquélla. El camino estaba desierto y se iba tornando oscuro y helado a medida que descendía. Cuando llegué al lugar de espanto, entré en un mundo totalmente desconocido para mí. Cuando me acuerdo de lo que vi, tiemblo de pies a cabeza: había una sima tenebrosa, mucho fuego, terribles tormentos día y noche... Los límites del horizonte eran siempre noche pura [...]. Vi al Señor acercarse con gran severidad a lo más profundo del abismo: al infierno. Pareciome el infierno como una construcción de roca indeciblemente grande, espantosa, negra, con brillo metálico, cuya entrada estaba formada por puertas negras, extraordinarias y horribles, cerradas con llaves y cerrojos, que se movían a impulsos extraños. Percibíanse bramidos y gritos de dolor. Abiertas las puertas se vio un mundo horrible y tenebroso. Todo lo que estaba ahí procedía de la antítesis de la felicidad, esto es, de penas y tormentos. Todo tenía su raíz en una perpetua cólera, de falta de unidad, de desesperación. Veía muchas cárceles tenebrosas, cavernas de tormentos donde se maldecía y reinaba la más absoluta desesperación. Allí todo eran gritos, horror, aversión y espanto. Vi muchos torrentes de maldición, de odio, rencor, confusión, humo, tormentos y suplicios. Se palpaba la eterna y desgarradora discordia perpetua de los condenados. Todas las raíces de la corrupción y de la falsedad estaban aquí representadas en innumerables manifestaciones y obras de tormento y dolor; nada aquí estaba justo y únicamente podía tranquilizar al ánimo esta reflexión: que la divina justicia coloca a cada condenado la pena y el tormento que solo él se ha buscado empecinadamente. Pues todo lo que aquí se veía y sucedía era horrible, era la esencia y la forma y el espíritu del rencor del pecado, de la serpiente que se revuelve contra el que la ha amamantado en su seno. Vi aquí una columnata pavorosa, construida para causar horror y angustia.

[...] Cuando el ángel abrió la puerta, vime en medio de una confusión de voces, de espanto, de maldiciones, injurias, aullidos y lamentos. Algunos ángeles lanzaron hacia abajo ejércitos enteros de espíritus malos. Todos se vieron obligados a reconocer a Jesús y obedecerle y reconocerle como el Rey de Reyes, y éste fue su mayor tormento. Gran multitud de ellos fueron encadenados en un círculo alrededor de otros que estaban también sujetos; en medio de ellos había un abismo tenebroso. Lucifer fue arrojado en él y allí, a su alrededor, hervían tinieblas. Entendí que todo sucedía según leyes fijas."

* * *

Bueno, querido lector: ya ve que no son pocos los que han tenido la oportunidad de ver con sus propios ojos al feo del demonio o sus moradas. Hasta ahora le he incluido testimonios de santos, de no tan santos y hasta de personas que profesan un cristianismo alejado de la religión católica. Todos ellos han padecido este tipo de experiencias, y alguno de ellos ni siquiera vivía una vida de oración profunda. Sin embargo a todos les ha permitido Dios visitar el infierno y experimentar su realidad con un solo fin: contar al mundo que existe. Sigo insistiéndole que no debe temer nada, querido lector. Dios es infinitamente misericordioso y le recuerdo que no irá al infierno a no ser que se empeñe con terquedad. Además, ya tiene en estas páginas un montón de oraciones muy poderosas y eficientes para vivir esta vida agarrado a la mano protectora de Cristo. Entonces, ¿por qué temer? Ya se lo he dicho: dé todo a Dios, pero no al diablo. Ya sabe que a ése, ni agua.

ORACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN Y A LOS ÁNGELES ENVIADOS POR ELLA

Augusta Reina de los Cielos y Maestra de los Ángeles: a ti que has recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de Satanás, te pedimos humildemente que envíes legiones celestiales para que, bajo tus órdenes, persigan a los demonios, los combatan por doquier, repriman su audacia y los arrojen al abismo.

¿Quién como Dios? ¡Oh, buena y tierna Madre! Siempre serás nuestro amor y nuestra esperanza. ¡Oh, divina Madre! Envía a los santos ángeles para que nos defiendan y aleja de nosotros al cruel enemigo. Santos ángeles y arcángeles: defendednos y guardadnos. Amén.