PRÓLOGO. CIELO E INFIERNO: ¿QUÉ ES ESO?
«Lo que el Señor pone en mi boca, ¿me lo voy a callar?» (Nm 23, 12)
«Todo lo que hacen los hombres es insuficiente y puede ser mejorado», dice nuestro papa Benedicto XVI, y por eso le pido que no sea demasiado crítico con mi torpe pluma en este difícil escrito que le presento, querido lector. El tema es de una complejidad tan extraordinaria y la ignorancia espiritual sobre el mismo es tan abismal hasta entre los que presumen de ser católicos, que sospecho que provocaré revuelo. Comenzaré por confesarle que he batallado duramente antes de decidirme a escribir sobre las verdades escatológicas llamadas Novísimos. Digamos que el zapato me quedaba grande, me daba vértigo hasta pensarlo y solo gracias al apoyo de mi director espiritual (un curilla joven de pueblo que es mis pies y mis manos en estos asuntos), he podido al fin envalentonarme, echar codos y contarle a usted todo lo que he averiguado sobre el tema según las enseñanzas de la Iglesia católica. Está claro que con frecuencia se hacen patentes las dificultades que cualquier proyecto sobrenatural lleva consigo, y sé que la solución no consiste en claudicar ante los obstáculos, sino en luchar con fe y valentía por superarlos.
Pero la pura verdad es que no me apetecía un pelo meterme en este berenjenal... Sin embargo algo me impulsaba a investigar los Novísimos, pues me sorprendía que se supiera tan poco sobre ellos y que los sacerdotes no nos los mencionaran desde los púlpitos. Ya me escamé cuando investigué sobre el tema del purgatorio y escribí sobre él allá por el año 2007. Vaya desilusión me llevé al escuchar de boca de numerosos sacerdotes: «No me pregunte a mí, porque no tengo ni idea».
Existe otra razón por la que me he lanzado a escribir sobre el cielo y el infierno. Se trata de lo que el mismo Jesucristo dijo en Lc (9, 26) y Mc (8, 38): «Quien se avergüence de mí y de mis palabras, de él se avergonzará el Hijo del hombre cuando venga en su gloria...». Y aunque la comparación es absurda, nunca olvido una frase que dijo el gran Martin Luther King, a quien admiro profundamente por la terrible lucha que mantuvo en Estados Unidos por hacer entender que la paz solo se lograría en el mundo gritando la verdad. La frase en cuestión era: «No me preocupa tanto la gente mala, como el espantoso silencio de la gente buena». Y como me ha rondado desde niña en la memoria, no he tenido más remedio que llenarme de valor a través de la oración, y escribir con el único ánimo de informar sobre el tema de la mejor manera que Dios me lo ha dado a entender. Ojalá estas humildes líneas cumplan mi propósito.
Partamos desde lo más básico y enumeremos los Novísimos: Muerte, Juicio Particular, Purgatorio, Cielo, Infierno, Parusía y Juicio Final. Sabemos en qué consisten pero no cuándo ni cómo ocurrirán. Y mire usted por dónde, yo de ellos sé menos que nadie. O sabía, porque ahora llevo ya estudiado lo mío sobre este espinoso tema y la información me sale hasta por las orejas gracias a la Iglesia católica, cuyos escritos sobre el particular son abundantísimos y de gran esclarecimiento. Yo seré un instrumento básico e ignorante, querido lector, pero le aseguro que la Iglesia católica no lo es. Le invito por tanto a que escuche su propuesta.
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La sabiduría eclesial parte de una realidad basal muy sencilla: todos vamos a morir. Y como nos sucede a los de a pie, los teólogos se cuestionan sobre lo que pasará después con nuestra alma. Entonces, y basándose siempre en las enseñanzas de Jesucristo, afirman que ésta podrá acceder a dos estados o percepciones espirituales: condenación o salvación, según el amor que hayamos procurado a los demás durante nuestra vida terrenal. En el estado de salvación se encuentran dos tipos de almas: las que están perfectamente preparadas y entran en la presencia de Dios de forma inmediata (o sea, que van al cielo de sopetón); y las que sin estar aún perfectamente puras a causa de rastros de pecados ya perdonados por la confesión, no pueden entrar al paraíso hasta pasado un tiempo determinado, quedando entonces en el estado del purgatorio. Sus pecados fueron efectivamente perdonados por Dios a través de la confesión, pero dejaron secuelas dolorosas en el prójimo. En este caso, esas almas se retirarán voluntariamente de la presencia amorosa de Dios; no será Éste quien las envíe al purgatorio, sino que serán ellas las que voluntariamente descenderán a él, dado que en su entendimiento perfecto comprenderán que no son aún aptas para morar en la presencia de Dios. Para explicarlo de forma sencilla: sentirán vergüenza y perfecta contrición de sus pecados y «se retirarán» voluntariamente de Dios. Este estado (purgatorio) es el segundo estado espiritual dentro ya del de la salvación. Solo los condenados (los que voluntariamente rechazan a Dios con todas sus fuerzas) irán al infierno, que es el tercer estado del alma, y el de la más absoluta y eterna condenación.
Y como es lógico nos preguntamos cómo serán esos estados, porque vaya miedo que da pensar en ellos, querido lector... ¿Se parecerán a algo de lo que se vive en la tierra? ¿Alguien los ha percibido tras morir y ha regresado a la vida para contárnoslo? Asómbrese si respondo afirmativamente a esta última pregunta. En efecto hay personas que han muerto clínicamente y que han sido devueltas a la vida gracias a máquinas quirúrgicas sofisticadas; ellos sí han relatado aquello que vieron o experimentaron en el otro lado. Y para mi total asombro también he encontrado testigos que, aun sin haber fallecido, vieron cielo, purgatorio e infierno. En este grupo podemos mencionar entre muchos otros a los pastorcitos de Fátima, a Sor Josefa Menéndez, al famoso conferenciante protestante Bill Wiese, a los actualmente investigados videntes de Medjugorje, a muchos santos de la Iglesia católica y a un montón de gente desconocida. A lo largo de estas páginas hablaré de algunos de ellos y de sus revelaciones privadas para que pueda usted juzgar por sí mismo. No es mi tarea convencerle de nada, ni mi intención que se convierta al cristianismo. ¡Dios me libre de intentar obligar a nadie a seguir mi andadura! Sé que son temas de enorme polémica que no gustan a los intelectuales, pero le aseguro que si he incluido en este relato las historias y testimonios que presento, ha sido porque me han impresionado sobremanera sus descripciones sobre los lugares eternos. Por ello encontrará en este libro hipótesis asombrosas y propuestas espeluznantes que vienen de católicos y no tan católicos, pero que desde el punto de vista de la Iglesia católica, presentan el suficiente atractivo como para ser sometidas a valoración o investigación eclesial, (como es el caso de los videntes de Medjugorje en la actualidad).
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Creo que a causa de la terrible maldad que existe hoy en el mundo (muchos teólogos contemporáneos afirman que nunca existió tanto alejamiento de Dios como en nuestros días), de estas verdades últimas o Novísimos no se habla ya ni siquiera desde los púlpitos. La ignorancia que existe sobre el tema del infierno, o el miedo que da hablar de él, ha llevado hasta a algunos sacerdotes a afirmar con rotundidad que el infierno no existe. Pero no es cierto, querido lector. El infierno existe y el demonio también. ¿Que por qué? Pues porque lo dijo el mismo Jesucristo, lo que, dicho sea de paso, debería bastarnos a todos.
Algunos iracundos lectores de mi libro sobre el purgatorio llegaron a afirmar en mi web que el purgatorio no existía según la Iglesia católica y que por lo tanto, yo lo había inventado. Enmudecía al descubrir que ni siquiera algunos miembros del clero saben que la existencia del purgatorio es dogma de fe (artículo 1.030-1033 del Catecismo). La Iglesia católica no solo es clara con respecto a su realidad, sino que ignoran que el beato papa Juan Pablo II amonestó duramente a los obispos en el año 1999 por no hablar eficazmente a los fieles sobre un dogma tan importante como es éste.
Desconozco el porqué de tanta confusión sobre este tipo de temas escatológicos dentro del ámbito católico. Creo que se debe a que no nos informamos debidamente; nos lo enseñaron mal o tal vez no hubo una instrucción adecuada de la asignatura de Escatología en nuestros seminarios durante las décadas de los setenta y ochenta, lo que hace que algunos sacerdotes sean poco doctos al respecto. No les culpo, pero me he quedado preocupada ante el número de sacerdotes que afirman no creer en la existencia del infierno o del demonio... También los hay que se han enterado solo a medias y tampoco nos lo aclaran a nosotros, creándonos un lío morrocotudo o una desinformación apabullante. Pero gracias a Dios también he encontrado sacerdotes verdaderamente informados sobre los Novísimos. Menos mal que de todo hay en la viña del Señor.
Entre las consideradas «lumbreras sociales» también he encontrado algunas que se dedican a enredar aún más la madeja. Hace poco leí con estupor un artículo sobre el tema escrito por la pluma de un periodista de enorme fama y gran tirada mediática, agnóstico confeso, en el que afirmaba que estaba muy contento porque (según sus palabras): «El Papa por fin ha quitado el purgatorio de la religión católica». ¡Toma ya! Se había cargado una verdad escatológica de un plumazo él solito y encima se sacaba de la manga que había sido el mismo Papa quien lo había hecho. Y es que no es más sabio el que más conocimientos y más preparación académica tiene, o el que más admirado es por los demás, querido lector. En mi humilde opinión el más sabio fue, es y será aquel que ha descubierto lo que Dios desea de él y lo cumple en la vida con la mayor humildad posible.
En otras palabras: el que más imita a Dios y lo hace con amor. Los de las medallas y la adulación popular... ¡Vaya miedo me dan! Está más que claro que el mencionado periodista de gran fama no había ni siquiera consultado el Catecismo para escribir su artículo, pero al ser considerado una eminencia periodística hasta hubo amistades que me dijeron: «Si lo dice X, que es tan inteligente y popular, será que es cierto... Ya se sabe que el Papa está demasiado mayor y defiende conceptos pasados de moda». Mire usted qué bien. Así vamos.
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Es una verdad dolorosa que ninguno o casi ninguno de los católicos leemos bien el Catecismo. Hay incluso gente que, presumiendo de ser muy religiosa, muere un día anciana sin haberlo tocado siquiera. Me sorprende que casi nadie se dé cuenta de que si no utilizamos las fuentes inagotables de información que nos brinda nuestra Iglesia, jamás nos adentraremos en las verdades que la fe católica propone. El Vaticano no las esconde; yo he logrado acceder a libros de escatología de una valía y seriedad descomunal. Concluyo pues que el susodicho periodista jamás mostrará interés sobre mi libro del purgatorio o sobre este que ahora escribo cuyo contenido es el cielo e infierno. No obstante y por pura cortesía hacia él, voy a dejar claro ahora algo que quizá le libere de tanto enmarañamiento escatológico.
Sobre lo que la Iglesia católica se ha pronunciado es sobre la no clara existencia del limbo, que nada tiene que ver con el purgatorio. La existencia del limbo jamás ha sido dogma de fe, pero la existencia del purgatorio sí lo es, se pongan como se pongan los intelectuales agnósticos de este país, algunos sacerdotes desinformados o los periodistas hechos un lío escatológico. Y no debe creerlo porque lo diga yo, querido lector: son las enseñanzas de la Iglesia católica. Yo solo me limito a repetirlas aquí.
Ya ve... Si me hago incómoda entre los lectores es porque cuento verdades de la Iglesia que no gustan. Pero deseo dejar claro que para realizar mis trabajos literarios solo me mueve un inmenso respeto a Dios y un amor sincero a Cristo. No entro en mi pobre capacidad lingüística (en pocas páginas que lleva leídas supongo que ya se habrá dado cuenta de que no soy don Miguel de Unamuno y que desgraciadamente jamás lo seré). Pero le aseguro que escribo con el corazón, pongo en ello mucho amor y enorme esfuerzo. Mi esperanza radica en que a través de mi escrito pueda llevar al mundo información sobre las verdades de Dios con paz y alegría, porque todas las cosas de Dios son buenas y yo solo quiero hablar de su amor. Lo repito en mis conferencias: vale la pena vivir por Cristo, con Él y para Él. Solo Él importa porque solo Él es el principio y el fin; solo Él es la Verdad. ¿Para qué hemos sido creados si no servimos ni para proclamar esa Verdad? En un mundo tan lleno de ignorancia espiritual somos pocos los que nos atrevemos a gritarla al mundo... ¡No desaprovechemos más el tiempo! Le invito a no esperar un minuto más: adéntrese en esta lectura y entenderá muchas cosas sobre lo que nos espera tras la muerte. ¡Y no me diga ahora que el miedo se lo impide! Nunca debe temer a Dios ni a sus cosas. Mi consejo es que corra veloz hacia Él y que huya del demonio como si de la peste se tratara. A ése ni agua. Tenga siempre la seguridad de que el infierno no fue creado para los hombres sino para Satanás y para aquellos que, con terrible empeño, desean seguirle. Si algo debe temer durante esta vida es precisamente ser un ignorante espiritual. ¡No lo sea más! Nuestra meta es el cielo, siempre lo fue y siempre lo será. Dios Padre con tal fin lo creó. ¿A qué espera para conocerlo?
Con todo cariño,
La autora