CAMBIO DE PLANES
Las murallas del paso eran golpeadas por enormes piedras lanzadas desde las imponentes máquinas de asedio construidas en el Sur. Centenares de hombres penetraban sus muros, armados con espadas anchas, dispuestos a terminar con cualquier rastro de vida. Los estandartes de las murallas caían al paso de las tropas sureñas. Entre las dos últimas murallas, un fuego arrasaba con el campamento del Este. En medio de las llamas, se encontraba el hechicero Édargas, pidiendo ayuda. Sus gritos cada vez se hacían más fuertes: «Gildas, Gildas».
Gildas se incorporó, sobresaltado. Aquella pesadilla parecía tan real… que sentía un intenso calor por todo su cuerpo. Se echó la mano a la frente. Estaba sudando.
La imagen de Édargas entre las llamas le hizo recapacitar. Se puso en pie y se vistió rápidamente. Tenía que hablar lo antes posible con Goncias sobre la decisión que habían tomado días atrás, cuando enviaron a Édargas y los dos capitanes a un terrible destino. Las murallas del paso no estaban preparadas para contener a los ejércitos de Thandor. Lo había pensado desde un principio, y ahora, a través del sueño, lo veía claro.
Se levantó de su lecho, perseguido por las imágenes que una y otra vez atormentaban su interior. Con paso veloz, recorrió las oscuras galerías del refugio, buscando en las diferentes salas. Goncias no estaba allí. Llegó hasta uno de los extremos de los estrechos pasillos, donde se encontraba una pequeña biblioteca, en la que guardaban los libros más importantes, libros de hechizos, de increíbles criaturas, pociones…
Fue allí donde encontró a su amigo, leyendo un volumen de la historia de las Tierras Antiguas relatada por uno de los antiguos hechiceros que habían participado en la batalla contra Thandor.
—¡Goncias!
Al darse la vuelta, éste contempló el pálido rostro de Gildas.
—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras bien?
—Creo que nos equivocamos al enviar a Édargas hasta las Acadias. Allí no hay nada que hacer. Morirán si no abandonan los precipicios.
—Eso mismo he estado pensando durante estos dos días. Tan sólo nos queda la esperanza de que el espíritu de Thandor todavía se encuentre disperso y el ‘Libro del dragón’ continúe oculto, allí donde esté. Por eso, esta mañana, nada más despertarme, he venido aquí para ver si podía encontrar algo que nos ayudara.
—¿Aquí, en la biblioteca?
—Exacto. Intenta calmarte. Ambos conocemos bien a Édargas y sabemos que, llegada la hora, retirará de allí a los hombres y los conducirá hacia Estham. Será allí, frente a las murallas de Crótida, donde tendrá lugar la batalla decisiva.
—¿Por qué en Crótida?
—Porque es la ciudad en la que se guarda el tercer pedazo de la espada, el que Thandor necesita para volver a la tierra de los vivos con todo su poder. Sin la punta de la espada, aunque consiga retornar a este mundo, sus hechizos no tendrán el poder suficiente como para adueñarse de estas tierras. Por mucho que recupere su sabiduría, sin su fuerza no podrá hacer el mismo daño. Enviará sus ejércitos al Este para recuperar este tercer pedazo.
—¿Y qué ocurre con el segundo?
—Se encuentra en las profundidades de Oestham, en las ruinas de los palacios antiguos, un lugar maldito. Además, tendría que atravesar las inmediaciones de la Isla de las Sombras, y él sabe que ninguno de sus hombres, por muy poderosos que sean, podría sobrevivir al encuentro con los espíritus de los que un día cayeron por su engaño.
—¿Qué me dices de Gérodas? No hemos vuelto a tener noticias de él.
—Como dijo Elendor, es muy posible que Thandor haya conseguido engañarle a él también. Llegado este momento, creo que sólo nos queda una opción. Trae los caballos. Partimos de inmediato.
—¿Hacia Crótida?
—No. Cabalgaremos hacia el Este, pero no será precisamente a Crótida.
Gildas miró a su amigo, aturdido por sus palabras. No comprendía lo que quería transmitirle. Si la batalla decisiva se iba a librar en Crótida, ¿por qué no iban hacia allí? Goncias, indiferente a los pensamientos del otro mago, pasaba los dedos por uno de los antiguos libros que llevaba varias horas leyendo en busca de alguna respuesta.
—Entonces, ¿cuál será nuestro destino?
Al no obtener ninguna respuesta, volvió a preguntar.
—Goncias, ¿hacia dónde nos dirigimos?
—Hacia aquí —respondió, señalando una parte del mapa que estaba estudiando.
Gildas se acercó hasta poder contemplar el lugar que apuntaba el dedo del otro hechicero. Al leer lo que había escrito sobre lo que parecía representar unas montañas, se echó hacia atrás, impresionado por aquella decisión.
—¿El antiguo Reino de los Dragones? —preguntó, asustado, al pensar que Goncias había perdido el juicio.
—Exacto —respondió, conservando la calma, mientras dibujaba el itinerario en el mapa con uno de sus delgados y alargados dedos—. El lugar en el que antaño habitaron la gran mayoría de los dragones de las Tierras Antiguas.
—Sé perfectamente qué es el antiguo reino. Lo que no consigo imaginarme es, primero, cómo vamos a poder atravesar las tórridas tierras del Nordeste, abandonadas hace muchos años; y segundo, para qué tenemos que viajar hasta allí.
—Verás, en uno de mis viajes por los reinos, llegué a esas tierras. Caminaba de noche y aprovechaba el día para refugiarme en algunas de las numerosas cuevas que se encuentran entre sus calurosos desiertos y evitar así las extremas temperaturas que traía el sol. En una de aquellas cuevas, fue donde lo vi.
—¿Qué es lo que viste? ¿Un dragón? —preguntó Gildas, con ironía.
La petrificante mirada de su compañero le hizo tomarse aquella conversación un poco más en serio. Goncias asintió lentamente con la cabeza, mientras continuaba su relato.
—Sí. Pero no un dragón cualquiera, sino… un dragón dorado. Era todavía una cría, mediría apenas metro y medio. Cuando desperté en medio de la cueva y contemplé aquella criatura a escasos metros de mí, observándome con sus grandes ojos, mi primer impulso fue gritar y salir corriendo. Sin embargo, la tranquilidad y aparente docilidad con la que me miraba el dragón me hicieron quedarme allí quieto, maravillado mientras estudiaba cada uno de sus movimientos. Sentí cómo intentaba hablarme a través de su mente y me pedía que no mencionara aquel encuentro a ningún hombre o criatura. Y así ha sido… hasta ahora.
—¿Cuánto tiempo hace de ese encuentro?
—No sé, dos o tres años, quizá. Estos últimos días, leyendo algunos de los antiguos libros, me acordé de aquella visión, y entonces comprendí por qué el espíritu de Thandor todavía permanecía en este mundo. Mientras la estirpe del dragón dorado no llegue a su fin, el espíritu del príncipe no abandonará estas tierras.
—¿Y qué es lo que quieres hacer? ¿Matar al dragón?
—No, ni mucho menos. ¿Cómo íbamos a enfrentarnos a la criatura?
Gildas respiró aliviado. Al parecer, la mente de su amigo todavía estaba bastante lúcida.
—Lo que haremos es encontrarle y pedirle su ayuda. Tan sólo sus poderes pueden acabar con la maldad que nos amenaza. Ya encontraremos alguna forma de acabar con Thandor de una vez para siempre. Ahora, el dragón será más grande y poderoso. Si conseguimos su ayuda, venceremos.
Goncias sonrió ante el extasiado rostro del otro mago, que se había quedado paralizado al oír aquella historia.
—Vamos —dijo, dándole una ligera palmada en la espalda—. Nos queda un largo camino, y no tenemos demasiado tiempo. Coge solamente lo que te resulte más necesario.
—Entonces, creo que iré a por mi pipa y algunos de los aromas.
Goncias salió de la biblioteca, mientras que Gildas continuaba estudiando los mapas y textos de aquel viejo manuscrito, que también hablaba de pociones y hierbas.
En poco tiempo, con las provisiones necesarias, ambos hechiceros recorrían con premura los pasillos que conducían al bosque. Montaron sobre dos hermosos caballos de colores oscuros y cabalgaron rumbo al Nordeste, hacia las tierras que quedaban más alejadas en aquella dirección, el lugar que antaño había estado poblado por enormes criaturas y que parecía no haber cambiado mucho desde entonces: el Reino de los Dragones.