EL CONSEJO DE LOS MAGOS
Tras dejar en la primera sala a los hermanos Dogrian, Meliat y Hadrain, los hechiceros llegaron a la Sala Pentagonal, el lugar donde en numerosas ocasiones se habían encontrado para tratar los principales asuntos de los reinos.
Era un salón no muy grande, con suelo de madera. En cada uno de los cinco lados que lo formaban, se había colocado una estatua que representaba a un mago sujetando un libro de hechizos. Las cinco estatuas eran iguales, todas ellas de piedra, no muy altas, sobre un pequeño pedestal. Numerosas antorchas iluminaban toda la sala en la que, sobre una alfombra de color verde situada en el centro, se había colocado una mesa redonda. El techo estaba formado por una cúpula con un mosaico hecho de trozos de piedras de colores que representaba el mapa de los Cuatro Reinos. Este mosaico constituía el elemento central de la sala, embellecida también por los cinco tronos que se habían colocado alrededor de la mesa.
Casi al mismo tiempo, los cuatro magos se sentaron en sus respectivos lugares. La mirada de todos ellos se centró en el trono que quedaba vacío y que debería haber sido ocupado por Gérodas.
Gildas, el más anciano de todos ellos, comenzó a hablar mientras, con una pluma, empezaba a escribir sobre un pergamino.
—Queda así, pues, constituido el sexto Consejo de la Segunda Edad de los hombres, en medio de la desaparición de nuestro compañero Gérodas. Una vez más, después de un largo periodo de paz, la seguridad de nuestras tierras vuelve a verse amenazada por los planes de aquel que un día intentó dominarlas. El espíritu de Thandor ha contaminado el reino del Sur y ha arrastrado a sus criaturas a la maldad y la perdición. Su engaño hará que Surtham se revele ante los demás reinos, comenzando por las tierras vecinas de Estham. Es por eso que debemos encontrar el modo de detenerle cuanto antes. Ha llegado la hora de destruir a nuestro enemigo y de hacer que el espíritu de Thandor acabe en el reino de los muertos, como así debía haber sido hace muchos años.
Por un instante, dejó de escribir lo que para los ancianos representaba parte de la historia de los reinos, que debía quedar recogida en los antiguos libros, como legado para evitar conflictos futuros.
Elendor tomó la palabra.
—Todos sabemos que, si Thandor consigue hacerse con el ‘Libro del dragón’ y descifra sus hechizos, destruirá todo lo que encuentre a su paso.
—¿Cómo sabemos que el príncipe Thandor está intentando encontrar el Libro? —interrumpió Édargas.
—¿Cómo explicáis la desaparición de Gérodas? Si hay algo de lo que estoy seguro es que el príncipe se está valiendo de nuestro amigo para llevar a cabo su plan.
Los otros hechiceros se miraron unos a otros, confusos.
—No te precipites, Elendor —dijo finalmente Gildas—. No debes sacar conclusiones inciertas. No hay ninguna evidencia de que Gérodas nos haya traicionado.
—Sin embargo, todo apunta a que así ha sido —afirmó Édargas, ante la sorpresa de los otros dos ancianos—. Como le dije a Elendor antes de que entrarais en la otra sala, estoy convencido de que Gérodas se ha visto envuelto en los planes del enemigo. Creo que Thandor lo ha convertido en siervo suyo.
—¿Os dais cuenta de lo que eso significaría? —Volvió a hablar Elendor—. Nuestro enemigo sería más poderoso de lo que imaginamos. Además, este refugio ya no sería seguro. Gérodas podría conducir hasta aquí a sus ejércitos, puesto que ahora seríamos nosotros sus principales adversarios.
—¿Cómo detener el avance de los ejércitos del Sur? —preguntó Goncias.
—Hay que reforzar el paso de las Acadias.
—Sabes de sobra, Gildas, que esas murallas serán derruidas por las tropas de Surtham sin oponer resistencia. Los guardianes del paso serán los primeros en caer.
Gildas miró a Elendor. Tenía razón. El pasadizo entre los precipicios no les detendría. Sin embargo, él seguía creyendo que había que fortalecerlo.
—Al menos nos darán tiempo para poder reunir a los ejércitos de los demás reinos.
—¿Piensas reforzar la vigilancia enviando a un mayor número de soldados a una muerte segura?
Goncias no estaba de acuerdo. Aquélla no parecía ser la decisión más acertada, pero Gildas estaba convencido de que era la única opción posible: enviar más hombres al paso para proteger la fortaleza de las Acadias, e incluso hacer una incursión a través del reino del Sur y tratar de derribar a los enemigos en sus propios territorios.
—No subestimes a los hombres del Este. Han guardado el paso de las Acadias durante muchos años. Si les enviamos algo de ayuda, quizá puedan contener el avance de Surtham. Si Thandor no ha regresado todavía y el ‘Libro del dragón’ continúa desaparecido, quizá tengamos una oportunidad para resistirles. El camino al Oeste está cerrado por la Isla de las Sombras. Es posible que sólo se hayan hecho con un pedazo de la espada.
Después de aquellas palabras, los hechiceros continuaron deliberando durante mucho tiempo, sin encontrar solución alguna. Finalmente, Goncias pidió consejo a Elendor, que apenas había hablado.
—Tú has recorrido una gran parte de los reinos. Conoces estas tierras mejor que nadie. ¿Qué nos aconsejas, amigo?
El anciano, acariciándose suavemente la barba, con la vista perdida en el fondo de la sala, tardó algún tiempo en responder a la pregunta de sus compañeros, pero en el transcurso de la reunión se había convencido de que las posibles opciones eran reducidas. Reforzar el paso y resistir la embestida de los hombres del Sur podría resultar una decisión difícil, aunque acertada.
—Gildas podría tener razón. Y, aunque no la tuviera, no nos queda más remedio que correr el riesgo. Debemos enviar al paso de las Acadias a todo hombre capaz de luchar.
—Que sea así, pues. Mientras tanto, Elendor, tú te dirigirás al Norte. Habla con Davithiam, convéncele para que envíe un gran número de tropas a Estham de inmediato. Si los sureños consiguen atravesar el paso, es posible que la ciudad de Crótida sea su siguiente destino.
—Pero, Gildas. No puedo abandonar a los hombres, y mucho menos a los tres jóvenes que me acompañan.
—Bien, entonces los jóvenes partirán contigo de vuelta al Norte.
—¿Y quién va a defender a los hombres? —insistió Elendor, elevando la voz.
—Yo lo haré —respondió Édargas—. Yo iré con los dos hombres hasta el paso de las Acadias.
—No irás solo —replicó Gildas—. Convoca a los centauros. Están preparados para luchar.
—¿Preparados? —inquirió Goncias.
Gildas explicó su plan.
—Antes de celebrar el Consejo, sabía que llegaríamos a esta conclusión, así que hablé con el capitán Rahut. Él y sus centauros están listos para combatir. Ellos mismos se ofrecieron para acudir en ayuda de los hombres.
—¿Vas a mandar a un puñado de centauros a las Acadias?
—Tranquilo, Elendor. No son sólo un puñado. Y ahora, hacedme caso. Id al extremo del bosque, por donde habéis venido. Rahut os aguarda allí. Desde la entrada al bosque, tú y los chicos partiréis hacia Northam. Los centauros, Édargas y los dos hombres irán al Sur, al paso de las Acadias. Será allí donde resistamos ante los ejércitos del Sur, ya que es el único lugar por el que pueden salir de su reino.
Una vez tomada esta decisión, los ancianos se levantaron de sus asientos y abandonaron la sala. El Consejo había finalizado.
Cuando atravesaron el pasillo, encontraron a los jóvenes dormidos y a los capitanes de Crossos y de Crótida hablando amistosamente sobre sus experiencias en el campo de batalla.
Gorgian abrió los ojos y, al ver que los hechiceros regresaban de su prolongada reunión, despertó a sus hermanos.
Arthuriem se levantó con rapidez y se dirigió a Elendor.
—¿Qué habéis decidido?
El anciano le miró sabiendo que quedarían confusos al escuchar sus palabras.
—Arthuriem, Gorgian, Yunma…, preparaos para partir. Volvemos a Crossos.
—¿A Crossos? —preguntó Yunma, decepcionado.
—Entonces —dijo Gorgian—, ¿para qué nos hemos vestido así? ¿Para qué hemos traído armas? No podemos huir al norte. Nos necesitan.
—Creedme, sé cómo os sentís, pero es necesario que alguien vaya al Norte a avisar al rey Davithiam para que envíe tropas a Estham. Ya tendréis tiempo de entrar en combate si los ejércitos de Surtham consiguen atravesar la frontera más allá de su reino.
Los jóvenes no parecieron conformes con la decisión que habían tomado los ancianos. Sin embargo, sabían que no tendrían más remedio que acatarla. Era la voluntad de quien más sabiamente podía aconsejarles.
—¿Qué hacemos nosotros, Elendor? —indagó Meliat.
Édargas se adelantó en la respuesta.
—Vosotros me seguiréis a mí y a los centauros hasta el paso de las Acadias. Allí derrotaremos a los ejércitos del Sur.
—¡Estoy de acuerdo! —gritó Hadrain, poniéndose en pie. Aunque sentía tristeza por no tener a su lado a Siul, con quien tantas victorias había logrado, era para él un honor luchar junto a los grandes hombres del Este que guardaban el paso.
—En ese caso, creo que deberíais abandonar ya el bosque y dirigiros a cumplir vuestra misión.
—Gildas, ¿qué haréis tú y Goncias?
—Nos quedaremos protegiendo el bosque. Si Gérodas se ha convertido en nuestro enemigo, quizá decida atacarnos. Suerte, amigo Elendor. Me hubiera gustado que tu visita se hubiera producido en otras circunstancias, pero atravesamos momentos difíciles. Por desgracia, la mente de los hombres se corrompe con facilidad y su ambición de poder es un peligro para el resto de criaturas. Sin embargo, todavía mantengo la esperanza de que un día el mal desaparezca para siempre. Y estoy seguro de que con tu ayuda y la de tus valerosos compañeros así será.
—Cuídate, amigo. Nos veremos cuando todo esto haya acabado. Goncias, me alegro de haber vuelto a verte. Cuidad bien de nuestro bosque.
Elendor se dio la vuelta, dispuesto a salir de la sala.
—¡Espera, Elendor! —exclamó Goncias. No os marchéis todavía. Tengo algo que entregaros. Aguardad un instante.
El mago abandonó la sala ante la sorpresa de todos. En muy poco tiempo regresó con algo en sus manos. Unos pequeños frascos con un líquido verdoso.
—¿Qué es eso? —preguntó Yunma.
—Es una infusión de icinia, una de las flores de nuestro bosque. Tiene propiedades curativas, para ayudar a cerrar las heridas. Además, si en algún momento no tenéis alimentos, un frasco de esta sustancia os dará las vitaminas suficientes como para no comer en dos o tres días.
—Gracias, Goncias —respondió Elendor, y repartió los frascos entre sus compañeros, uno para cada uno de ellos.
Gildas se acordó de algo más que tenía que decirles. Se dirigió a los capitanes para darles un último consejo.
—Haré que os entreguen tres de nuestros caballos más veloces para que podáis llegar lo antes posible al paso de las Acadias. Id con cuidado. No sabemos cómo están las cosas en las tierras de Surtham. Cualquier sendero que conduzca al Sur puede resultar peligroso. Procurad no acercaros a los caminos y estad alerta, especialmente de noche. Los aliados de Thandor son muchos, y no son sólo humanos. Estoy seguro de que nos veremos pronto, adiós.
Goncias y Gildas salieron de la sala, hablando entre ellos mientras recorrían los pasillos que les conducían a sus aposentos. Sabían que la decisión que habían tomado era la más adecuada, pero también eran conscientes de que, si Gérodas se había convertido en un siervo de Thandor y encontraba el ‘Libro del dragón’, los que intentaran defender el paso de las Acadias hallarían allí una muerte segura.
—Acompañadme —dijo Édargas, mientras caminaba hacia la salida del refugio—. Nos dirigiremos al extremo sur del bosque. Allí nos esperan Rahut y sus centauros.
Atravesaron los estrechos pasadizos por los que habían venido y salieron al exterior.
—Aquí se separan nuestros caminos —dijo Elendor, extendiendo su mano hacia Meliat, que le respondió con un fuerte abrazo.
—Mi querido amigo. Espero que muy pronto, cuando todo esto haya pasado, pueda volver a verte en la plaza, como acostumbrabas a hacer, contando una de tus historias, la historia de cómo un día los hombres del Norte y del Este, ayudados por los magos, derrotaron al príncipe Thandor.
El mago asintió con la cabeza.
—Te aseguro que, si es así, tú serás uno de los protagonistas de esa historia. Que tengáis mucha suerte. Pronto volveremos a encontrarnos.
—Muy pronto —respondió el capitán del Norte.
Elendor se despidió también de Édargas, que sujetaba con fuerza su vara y se apoyaba en ella.
—Protégeles.
—Te lo prometo. Te devolveré a estos hombres sanos y salvos. No permitiré que les ocurra nada. Hasta pronto Elendor. Adiós, jóvenes amigos de Elendor. Avisad con premura al rey Davithiam. Si no logramos detener a Thandor, vosotros deberéis hacerlo.
Después de despedirse también del capitán Hadrain, Elendor y los hermanos se dirigieron hacia el norte del bosque, mientras que el resto marchó en la dirección opuesta.
Édargas condujo a Meliat y Hadrain al lugar donde se encontrarían con los centauros y los caballos que Gildas les había ofrecido. Al rodear unas rocas y llegar al extremo sur, los capitanes quedaron impresionados por la escena que tenían ante ellos. En un claro del bosque, Rahut les estaba esperando, y con él un gran número de centauros equipados con armaduras y cascos. Unos llevaban arcos, y otros grandes espadas e incluso hachas. Eran más de quinientos.
—Como veis —dijo el mago—, todavía quedan criaturas dispuestas a ayudar a los hombres a luchar por sus tierras, pues vuestra libertad es también la suya.
Édargas se fue abriendo paso entre aquella multitud, seguido por Meliat y Hadrain, que veían cómo los centauros cruzaban sus brazos colocando sus puños sobre los hombros mientras inclinaban ligeramente la cabeza en señal de lealtad.
—Mi ejército está preparado para viajar al Sur —dijo Rahut, señalando a sus tropas. No son demasiados, pero confío en que os seamos útiles para la guerra que se avecina.
—Sé que tú y tu ejército haréis todo lo posible por ayudarnos. Sobre todo después de lo que Thandor y los hombres del Sur hicieron con vosotros al desterraros de vuestras tierras y al asesinar a tantos de los vuestros.
—Aquí están vuestros caballos —dijo Rahut, señalando a los tres hermosos corceles que se acercaban—. Montad en ellos y nos dirigiremos al paso. Con un poco de suerte, estaremos allí en no más de tres días.
—Vosotros sois más veloces. Marchad por delante, para llegar lo antes posible. Nosotros tardaremos un poco más.
—En ese caso, nos veremos en el paso.
Y diciendo esto, hizo una señal a su ejército para que le siguieran. Rápidamente, Rahut y sus centauros llegaron al extremo del bosque y abrieron un pequeño pasadizo entre sus ramas por el que desaparecieron en muy poco tiempo.
—¿No les seguimos? —preguntó Meliat.
—Iremos por un camino un poco más corto, atravesando una cueva que hay entre las montañas. Los centauros nunca irían por allí. No están acostumbrados a los lugares cerrados y oscuros. Su paso sería demasiado lento. Además, así llegarán antes que nosotros hasta las Acadias. Debemos ganar todo el tiempo que podamos, antes de que los ejércitos del Sur abandonen sus fronteras.
Montaron en sus caballos y, guiados por Édargas, abandonaron el bosque en dirección a la gruta de Arthenios, donde descansarían antes de dirigirse hacia el paso de las Acadias.