EN EL BOSQUE DE LOS MAGOS
Después de varias jornadas de viaje a través de bosques y montañas, Elendor y sus compañeros llegaron hasta un estrecho camino entre unas rocas, en lo alto de un monte.
El mago les hizo una señal para que se detuvieran y señaló con su vara al paisaje que se divisaba al fondo, al otro lado de las rocas.
—Amigos, aquél es el bosque de los magos.
—Parece un lugar tranquilo —dijo Gorgian.
—No os fiéis de lo que ven vuestros ojos. Está situado en una extensa llanura y, aparentemente, no tiene peligro alguno, salvo el de perderse entre su espesura. Sin embargo, habéis de saber algo: si los magos conocen lo que está ocurriendo en Surtham, es probable que hayan protegido más aún el lugar que habitan. Quién sabe lo que nos podemos encontrar al cruzar el camino: hechizos, criaturas, hombres… Toda precaución es poca ante la llegada de Thandor, y así lo habrán interpretado los hechiceros.
—Pero te tenemos a ti, ¿no es así?
—Exacto, Meliat. Aunque hace ya tiempo que no piso estas tierras. Quizá las cosas hayan cambiado. Es posible que no tengamos el recibimiento que deseamos, pues es difícil distinguir el bien del mal en estos tiempos sombríos. No obstante, espero seguir contando con la confianza de los ancianos. Seguidme. Descenderemos la montaña y nos situaremos frente a la entrada del bosque.
Los hermanos Dogrian miraron fijamente a su maestro, escuchando sus sabias palabras. Algo que les había quedado muy claro a todos los miembros del grupo era la prudencia que su guía reflejaba en cada uno de los consejos y conocimientos que les transmitía. En su interior, los tres jóvenes se hacían la misma pregunta: ¿cómo conocía su maestro todo lo referente a cada uno de los lugares que iban atravesando en su camino? Desde que habían abandonado Crossos, su inquietud por descubrir al verdadero Elendor aumentaba a cada paso. ¿A qué se dedicaba el anciano antes de asentarse en la capital de Northam y hacerse cargo de ellos?
Esperando el momento oportuno para contarles la verdad, el mago contemplaba los alrededores del bosque y buscaba con la mirada cualquier atisbo de peligro que pudiera acecharles. Entonces, se acordó de una advertencia más que tenía que transmitir a sus amigos, antes de llegar a su destino.
—Cuando alcancemos el bosque, no hagáis ningún gesto que pueda resultar agresivo para sus grandes árboles. Debemos ser sigilosos y precavidos, pues en estos momentos los enemigos pueden encontrarse en cualquier parte.
Lentamente, de uno en uno, fueron descendiendo por la montaña, a través del estrecho y pedregoso camino que serpenteaba entre las rocas. Era un sendero resbaladizo que no resultaba fácil de atravesar. Las desgastadas botas de los capitanes se deslizaban con facilidad sobre las piedras y provocaban que en más de una ocasión Hadrain, que iba en último lugar, tuviera que sujetar a Meliat, que caminaba justo delante de él, para que no cayera hacia delante o, lo que sería mucho peor, a uno de los lados.
Al dejar atrás la montaña, quedaron cautivados al ver los árboles que, a poca distancia de ellos, se alzaban majestuosos con las ramas extendidas hacia todas las direcciones, que hacían casi imposible la entrada al bosque.
—¡Parad! —gritó Elendor—. Comeremos algo antes de adentrarnos en la espesura.
Hadrain se adelantó unos metros, contemplando la densa maleza que cubría el margen de aquel extraño lugar.
—¿Cómo lograremos entrar en este bosque? ¿Abriéndonos el paso a mandobles?
—Tranquilo, capitán —dijo el anciano con serenidad—. En poco tiempo lo descubrirás. Mientras tanto, te sugiero que llenes un poco el estómago. Necesitarás recuperar fuerzas si tienes que desenvainar tu espada.
—¿Así que por fin vamos a tener algo de acción? —preguntó Meliat, sonriente.
—Espero que no —respondió en tono seco el anciano, sorprendido ante la actitud del capitán de Northam.
—Yo también —se apresuró a afirmar Meliat, cabizbajo, consciente de que su pregunta no había sido muy adecuada.
Yunma buscaba entre la poca comida que les quedaba.
—Nos quedamos sin provisiones —dijo mientras cogía unas semillas que habían recogido la tarde anterior.
En los dos últimos días se habían alimentado de algunas de las frutas y hierbas que Elendor, gran conocedor de aquellas tierras, había recolectado entre los matorrales que iban atravesando.
—No te preocupes, dentro de muy poco tiempo podremos conseguir más alimentos, si es que los hechiceros se muestran tan amables como lo han hecho hasta ahora.
Tras una hora de descanso, el mago tomó su vara y, levantándose, incitó a los demás miembros del grupo a seguir su camino. Se acercaron hasta los árboles más altos, entre los cuales el paso parecía imposible. Hadrain desenvainó su espada, dispuesto a abrir un camino cortando ramas. Antes de que pudiera alzar su arma contra alguna de ellas, un murmullo mantenido le hizo detenerse.
—¡Los árboles hablan! —gritó el capitán, dando un paso atrás.
Elendor se apresuró a sujetarle del brazo, mientras le hablaba con cierto enfado.
—¿Qué haces, insensato? Os dije que no realizaseis ningún gesto que pudiera resultar agresivo para los guardianes de este bosque.
Hadrain volvió a envainar su espada con rapidez, asustado por el incesante rumor que se expandía por el interior de la arboleda.
Se quedaron todos quietos, hasta que por fin se hizo el silencio. Cuando el murmullo cesó, Elendor continuó caminando.
—Esperad detrás de mí —dijo, mientras se aseguraba de que había un espacio entre él y sus acompañantes.
El anciano se acercó a uno de los árboles y lo tocó suavemente mientras pronunciaba extrañas palabras en voz baja.
Nada más terminar de hablar, retiró la mano y, para sorpresa de todos, especialmente de los hermanos Dogrian, que no habían visto nunca a su maestro realizar un hechizo, ocurrió algo inesperado. Las ramas de algunos de los árboles se separaron y crearon un sendero que se adentraba varios metros hacia el corazón del bosque.
—¡Un túnel bajo las ramas de los árboles! —exclamó Arthuriem.
—Elendor, ¿quién eres realmente? ¿Un mago? —preguntó Gorgian, casi asustado.
El anciano no contestó nada. No era el momento de hablar sobre ello, ya que, si todo salía según esperaba, pronto lo descubrirían.
Comenzaron a entrar al pasadizo que se ocultaba entre las numerosas ramas. En primer lugar lo hizo Elendor, seguido de los hermanos. A pocos metros se veía luz, en el otro extremo.
Al atravesar el túnel, quedaron asombrados por el paisaje que tenían ante sus ojos. Los árboles eran los más altos que habían visto. Y también los más gruesos. Sus enormes raíces sobresalían en la tierra y se expandían varios metros. Entre ellas, se podían contemplar numerosos matorrales, y grandes rocas.
—Bienvenidos al bosque de los magos —dijo Elendor, alegre por haber vuelto allí después de tanto tiempo—. Aquí se encuentran los árboles más remotos de las Tierras Antiguas. Susurran entre ellos en un lenguaje desconocido para hombres y hechiceros. Sus murmullos se extienden de rama en rama y atraviesan el bosque de un extremo a otro. Utilizan sus raíces para atrapar a todo aquel que intenta herirles. Por eso os dije que tuvierais cuidado. Son seres extraordinarios, pero muy peligrosos si se les ataca. Dicen los antiguos magos que este bosque es quien les dio la sabiduría y el conocimiento. Ahora, agradecidos, es su deber mantener el equilibrio de la naturaleza, un equilibrio que ahora está en peligro.
Tanto los capitanes como los hermanos Dogrian contemplaban estupefactos la majestuosidad de aquellos seres descomunales. Tras un breve silencio, todos ellos miraron a Elendor, esperando una nueva iniciativa para alcanzar su destino. El anciano no tardó en volver a hablar.
—Cuando lleguemos ante la presencia de los ancianos, no habléis, dejad que lo haga yo.
—¿Dónde está la Cámara Pentagonal? —preguntó Gorgian.
Sus dos hermanos se le quedaron mirando, sin saber qué quería decir con aquella pregunta.
—¿Qué es la Cámara Pentagona, Elendor? —inquirió Yunma.
—Nunca nos has hablado de ella, ¿verdad?
—No, Arthuriem. Gorgian es el único que sabe algo de la Cámara, aunque no mucho. La Cámara Pentagonal es el lugar secreto en el que los ancianos magos se han reunido siempre para tomar las decisiones más difíciles e importantes. Es una habitación oculta en el interior de una cueva, donde habitan. Tiene cinco lados y cinco estatuas, levantadas en honor de los hechiceros que se reunieron por primera vez hace mucho tiempo…
De repente, se oyó el crujido de una rama. Elendor, mirando hacia atrás, continuó hablando a la vez que, intentando hacer el menor ruido posible, guiaba a sus amigos a través de la espesura del bosque, consciente de que sus pasos eran vigilados.
—Estad atentos, porque lo que van a contemplar vuestros ojos no lo ha visto ningún humano. Los antiguos poderes, no sólo de la Cámara, sino de todo el bosque, han pasado desapercibidos para el hombre a lo largo de toda nuestra historia. Fijaos bien en las hojas que hay en el suelo.
Tanto Meliat como Hadrain y los tres hermanos observaron la hierba que cubría el suelo como una alfombra.
—Pero… no hay ninguna hoja en el suelo —dijo Arthuriem.
—Exacto. Ni una sola hoja. Cada una de ellas forma parte de un árbol. Son sus manos y dedos. Las hojas de los árboles están también dotadas de vida y permanecen unidas a las ramas.
—Continúa hablándonos de la Cámara —dijo Yunma, entusiasmado por la descripción que el anciano había hecho de la sala.
—De acuerdo.
—Tú la has visto, ¿verdad? Has estado allí.
Elendor no supo qué contestar ante la afirmación de Gorgian. El joven estaba en lo cierto, pero ¿cómo explicárselo?
Después de un breve silencio, prosiguió hablando del lugar al que se encaminaban.
—El pequeño reino de los magos que se oculta en este bosque no es un lugar que se pueda visitar. Aunque estoy convencido de que nos permitirán entrar, debido al importante asunto que traemos aquí para poner en sus manos. Muchos son los enemigos de los ancianos, y muy diversas son las formas que utilizan para intentar acceder a su reino. Sin los magos, es posible que Northam cayera fácilmente en la oscuridad, ante el ataque enemigo. No imagináis lo afortunados que somos al tener a los sabios de nuestra parte. Ésa es la principal ventaja que tenemos sobre nuestros enemigos. Cuando nos encontremos con ellos, convocaremos un consejo, y decidiremos con su ayuda qué es lo mejor para nuestros reinos.
—¿Falta mucho para llegar?
—Estás cansado, ¿verdad, Arthuriem? No te preocupes —dijo Elendor, mirando las rocas que se encontraban entre unos matorrales, muy cerca de ellos.
—Ya hemos llegado. La entrada al reino de los magos se encuentra entre aquellas piedras.
Antes de que terminara de hablar, se oyó otro extraño ruido, proveniente de unos matorrales.
—Quietos —dijo Elendor en voz baja—. Nos están siguiendo. Agrupaos en torno a mí, rápido.
—¿Has oído eso? —preguntó Meliat a Hadrain, que se encontraba a su lado.
—Sí, parecían los pasos de alguien, o quizá el trotar de un caballo.
Meliat se acercó silenciosamente a Elendor, observando cómo el anciano sujetaba fuertemente su vara.
—¿Qué tipo de criaturas habitan este bosque?
—Animales salvajes, como los lobos. Aunque una vez creo que hubo aquí pequeños dracos.
—¿Dragones? —preguntó asustado el capitán del Norte.
—No eran como los dragones, sino más bien enormes lagartos, venenosos en algunas ocasiones. Aunque no creo que, de quedar alguno, sufriéramos su ataque, salvo que así lo disponga uno de los magos. En tiempos antiguos, estas criaturas eran guardianes de este bosque y los principales protectores de los hechiceros.
Los sonidos empezaron a escucharse cada vez más cercanos, procedentes de diferentes lugares.
—Nos están rodeando.
—Corramos hacia la entrada al reino de los magos —dijo Hadrain, mirando hacia los alrededores.
—No, permaneced quietos. Si son enemigos nuestros, también lo serán de los magos. Les llevaríamos hasta la entrada secreta.
—¿Qué debemos hacer, entonces? —preguntó Meliat.
—Seguidme, lentamente. Caminaremos hacia aquellas rocas, algo más pequeñas.
Elendor apenas se había separado un par de metros del resto cuando una criatura surgió de entre los árboles y se dirigió contra él.
—¡Elendor, cuidado! —gritó Gorgian.
El anciano se dio la vuelta y pudo ver cómo aquel ser se le echaba encima. Por suerte, reaccionó a tiempo y, antes de que la criatura se abalanzara sobre él, giró su brazo y le propinó un fuerte golpe con la vara que la hizo caer al suelo. Pronunció unas palabras que la dejó paralizada.
—Es un…, un centauro —dijo Yunma—. Como los que aparecen en los libros de la biblioteca. Pero… no es una criatura maligna, ¿verdad, Elendor?
—No, a no ser que esté bajo un hechizo.
El anciano, acercándose al centauro, que ahora le miraba aterrado, intentó averiguar por qué les había atacado.
—¿Quién eres? —inquirió el mago mientras le apuntaba con su vara.
—Soy Rahut, hijo de Patroc, guardián de este bosque.
—Entonces —dijo Elendor—, llévanos ante los hechiceros. Hemos venido a hablar con ellos de algo muy importante, y no tenemos tiempo que perder.
—¿Cómo sé que no sois sus enemigos?
—Déjame que te lo demuestre —contestó el anciano, acercándose a las rocas que conducían al reino de los magos.
De repente, un gran número de centauros aparecieron de entre los árboles. Apuntaban con sus arcos a Elendor.
Rahut, haciendo una señal para que bajaran sus armas, contempló los pasos de quien le había derribado momentos antes. Al llegar hasta la misma entrada, el mago pronunció unas palabras y alzó su vara. Las rocas se separaron y dejaron ver un pasadizo en su interior. Dándose la vuelta, se acercó de nuevo al centauro, que le miraba asustado.
—Sólo los ancianos conocen las palabras que abren las puertas de su reino. ¿No serás tú el que están esperando?
Antes de que pudiera responder, los tres hermanos llegaron corriendo hasta donde se encontraban el anciano y el centauro.
—Elendor, ¿estás bien?
—Sí, Gorgian. Estoy bien.
—¡Elendor! —exclamó el centauro, dando un paso hacia atrás—. Ése es el nombre que pronunciaron los ancianos. Eres tú el hechicero al que están aguardando.
—¿Te están esperando? ¿Cómo saben los magos que veníamos hacia aquí?
Antes de que Elendor pudiera contestar a las precipitadas preguntas de Yunma, el centauro lo hizo por él.
—Es el deber de los hechiceros. Cuando se celebró el último consejo, todos prometieron reunirse en la Sala cuando nos acechara el peligro. Y así ha sido siempre, hasta la desaparición de uno de los otros cuatro.
—¿Desaparición? ¿De qué estás hablando, Rahut?
—Del hechicero Gérodas. Mucho tiempo ha transcurrido desde su marcha a las tierras del Sur a través de las peligrosas fronteras de Tarsios. No sabemos muy bien a qué fue allí, y lo cierto es que no volvimos a verle. No ha regresado desde entonces. Los ancianos están preocupados, y temen que Gérodas haya caído en la sombra. Como sabes, él es el más joven y el más vulnerable al poder del enemigo.
Elendor no podía creer lo que estaba escuchando, o mejor dicho, no quería creerlo.
—Si se confirma lo que temen los ancianos, el poder del enemigo es bastante mayor de lo que imaginamos.
—Esperaba que tu llegada a nuestro bosque arrojara algo de luz sobre la marcha de Gérodas. Sin embargo, no sabías nada, ¿verdad?
El mago negó con la cabeza. Miró hacia sus compañeros, que se encontraban justo detrás de él. Necesitaba hablar lo antes posible con los ancianos.
—No perdamos más el tiempo. Llévanos ante los hechiceros.
El centauro fue el primero en atravesar la entrada que conducía al extraño refugio de los magos, mientras los hermanos Dogrian hablaban entre ellos en voz baja, mencionando a Elendor y los magos.
Atravesaron un primer pasillo que se perdía en numerosas curvas entre las húmedas paredes de piedra que lo cubrían. Todo el corredor estaba tenuemente iluminado por una hilera de antorchas colocadas a ambos lados. Tan sólo se escuchaba el caminar de Rahut y los visitantes a los que guiaba, mientras las ligeras corrientes de aire iban de un lado a otro.
El pasadizo les condujo a una pequeña sala, iluminada también por antorchas colocadas a la misma distancia unas de otras. El suelo estaba cubierto en su mayoría por una alfombra de color claro. Al fondo de la sala, dos puertas situadas cerca de cada esquina conducían a más pasadizos que, sumidos en la oscuridad, no dejaban ver su otro extremo.
—Esperad aquí —dijo el centauro, mientras atravesaba la sala y se perdía por una de las puertas.
—¿Qué es realmente este lugar? —preguntó Meliat.
—Éste es el reino de los magos. Aquí habitan los otros tres hechiceros que velan por nosotros. Durante muchos años nos hemos reunido en una de las salas a las que conducen aquellas puertas. Los magos siempre hemos viajado por los reinos, asegurándonos de que el mal que un día casi nos conduce a la perdición no volviera a aparecer. Cada vez que descubríamos cualquier atisbo de peligro, nos reuníamos en la Sala y decidíamos la mejor manera de actuar para acabar con él. El hechicero Gérodas era uno de los cinco. Su principal misión era vigilar las tierras del Sur.
—Y así ha sido hasta hace muy poco tiempo.
Aquella voz les hizo mirar hacia el extremo de la sala. Entre la oscuridad del pasillo que había tras la puerta situada a la derecha emergió la figura de uno de los magos. El verde de sus ojos era bastante parecido al color de su túnica, decorada en sus mangas con finos hilos de color oscuro que dibujaban una línea de flores envolventes. Sus largas barbas, que caían sobre la túnica ocultando su cuello y sus largos cabellos lisos destacaban por su color rojizo. Llevaba una vara de color negro en su mano izquierda, y unas sandalias que dejaban entrever sus arrugados pies.
Aquel extraño personaje continuó hablando mientras se acercaba a sus invitados.
—... Sin embargo, no hemos vuelto a tener noticias de él desde su último viaje al Sur.
Recorrió toda la sala con la mirada y la detuvo sobre Elendor, que le contemplaba con alegría, feliz de volver a verle, pero preocupado al mismo tiempo por el motivo de su llegada. Elendor caminó hacia el hechicero.
—Mi querido amigo Édargas.
—Mucho tiempo ha transcurrido desde tu última visita. Sin embargo, los motivos no son menos preocupantes que la última vez que pisaste nuestro bosque.
—Siento ser portador de malas noticias cada vez que vengo a este lugar —respondió Elendor mientras se fundía en un abrazo con su viejo amigo—. Grandes momentos hemos pasado juntos, y difíciles han sido las batallas que hemos tenido que librar contra las fuerzas del mal.
—Y las que nos quedan todavía por vivir, amigo mío. Sin embargo, en esta ocasión el peligro es aún mayor que en anteriores ocasiones. Acomodaos, mientras os explico los rumores que están sacudiendo nuestro pequeño reino.
Todos hicieron caso al anciano y se sentaron en unas sillas de madera que había colocadas junto a una mesa rectangular, situada en medio de la sala.
—Gérodas es el más joven de los hechiceros que merodeamos por los reinos. Inexperto, aunque poderoso, siempre ha respondido como se esperaba de él ante los numerosos enemigos a los que hemos tenido que enfrentarnos a lo largo de todos estos años. Su ayuda siempre ha resultado decisiva para acabar con el mal. Sin embargo, en la última ocasión en que tuvimos que enfrentarnos a un enemigo común, Gérodas se mostró demasiado… agresivo. Se comportaba con extrema violencia, como si estuviera fuera de sí. Su actitud no fue la propia de un hechicero que tan sólo lucha por defenderse de una amenaza. Le miré a los ojos, y en ellos pude ver verdadero odio. Por un momento, pensé que estaba perdiendo la razón, que se volvía peligroso. Pero, finalmente, acabamos con nuestros enemigos y él volvió a ser el mismo de siempre. No le di mayor importancia a aquel incidente, pensé que habría sido una mera impresión mía. Sin embargo, un día Gérodas salió de este bosque en dirección al Sur, y no hemos vuelto a verle. Ahora, hemos sido testigos de la maldad que se está gestando en Surtham, y mucho me temo que Gérodas se haya visto metido en ello. Si nuestro enemigo está intentando volver a estas tierras, es posible que haya logrado engañar no sólo a los hombres, sino también a él.
Cuando terminó de hablar, se escucharon unos pasos procedentes de uno de los pasillos. Pronto se pudo ver a los otros dos ancianos que vivían allí. Elendor, mirándoles de arriba abajo, se puso de pie para saludarles.
—¡Gildas! ¡Goncias!
Los magos abrazaron a Elendor, alegres por volver a verle.
—Ha transcurrido demasiado tiempo desde tu última visita, querido amigo —dijo Gildas—, empezábamos a temer por ti. Imagino que Édargas te habrá puesto al corriente de lo que está ocurriendo.
—Así es. He venido para convocar el Consejo. Debemos reunirnos para decidir qué tenemos que hacer ante la amenaza que se cierne sobre los reinos.
Elendor clavó su mirada en sus tres viejos amigos. De ellos, Gildas era el más anciano. Su aspecto daba fe de ello: tenía la cara cubierta de arrugas, y largos cabellos blancos como la nieve que no lograban ocultar toda su cabeza, en cuya parte más alta, cerca de la coronilla, su pelo desaparecía, dejando en su lugar una calva que brillaba con la luz de la estancia en la que se encontraban. Vestía una túnica de color dorado, muy limpia. En su mano derecha destacaba un maravilloso anillo de color plateado, con una pequeña insignia. Era la señal del poder que ostentaba, como máximo representante del bien y líder indiscutible de los hechiceros, por su edad y gran sabiduría. Su vara, de un color marrón, era algo más gruesa que la de sus compañeros. En su extremo había algo que llamó poderosamente la atención de los hermanos Dogrian: algo así como una esfera, que más bien parecía un ojo.
El otro hechicero, Goncias, pese a no ser tan mayor, ya que era ligeramente más anciano que Elendor, no tenía un solo cabello sobre la cabeza. En su lugar, unas manchas de color oscuro destacaban en medio de su calvicie. Destacaban en él sus grandes ojos azules, a juego con su vestimenta. A diferencia de los otros hechiceros, el bastón que llevaba siempre consigo no tenía ningún poder, sino que le servía para apoyarse en su lento caminar. Debido a una de las antiguas batallas libradas en el bosque, había perdido la sensibilidad en su pierna derecha y cojeaba al caminar.
Los hechiceros observaron a los acompañantes de Elendor, estudiándolos minuciosamente. Ambos pensaron lo mismo: los asuntos que habían impulsado a su amigo a retornar al bosque debían de ser de extrema gravedad, lo suficientemente urgentes como para haber conducido hasta allí a varios humanos. Nunca antes un hombre había pisado los terrenos de los hechiceros. La mayor parte de los que habían intentado acceder al bosque tenían oscuras intenciones, y la mayoría de ellos eran abatidos por los guardianes de los magos o terminaban huyendo para siempre de allí.
La curiosidad se adueñó de Gildas, que no dudó en interrogar a Elendor.
—Has hablado de convocar el Consejo, pero no nos has dicho el verdadero motivo de tu regreso. Sin duda, debe ser una grave preocupación la que te ha hecho volver acompañado de estos cinco hombres. Sabes que está prohibida la entrada a los humanos, ¿recuerdas nuestras antiguas leyes?
Elendor no supo qué responder a las palabras del más anciano de los sabios, que le observaba frunciendo el ceño. Tenía razón. Por muy graves que fueran los acontecimientos que se avecinaban, no había un solo motivo para quebrantar las leyes que imperaban en el bosque. Mirando humildemente a quien consideraba como el hechicero más poderoso que quedaba con vida, Elendor no tuvo más remedio que reconocer su error.
—Recuerdo nuestras leyes y os pido perdón por haberlas desobedecido, pero creo que no me equivoco si os digo que la maldición que se cierne sobre nosotros está por encima de todo. Los peligros que amenazan todas nuestras tierras hacen que la llegada de los hombres al bosque sea más bien necesaria, pues ahora su destino es también el nuestro.
Gildas quedó confuso ante aquella última afirmación.
—Explícate.
—De acuerdo. Os lo haré ver de otra forma. ¿Qué fue del ‘Libro del dragón’? ¿Dónde fue escondido?
Los hechiceros comprendieron entonces la gravedad de la situación. Nada se sabía de aquel antiguo libro desde hacía decenas de años, cuando desapareció del lugar en que se ocultaba. Los hechiceros habían intentado encontrarlo por todos los medios, pero sus esfuerzos no habían dado resultados.
—¿Acaso has descubierto su paradero? —preguntó Goncias.
—Por desgracia, no. Pero hemos tenido conocimiento de importantes hechos que han tenido lugar en las tierras del Este y en las del Sur. Todo apunta a que los hombres de Surtham bien podrían haberse hecho con el libro. Escuchadme con atención: los ocultos poderes de Tarsios han despertado, y aumentan con el transcurso del tiempo. Un gran ejército ha empezado a extenderse en sus fronteras, y es muy probable que el ‘Libro del dragón’ o el mismo Thandor tengan algo que ver.
Elendor les contó todo lo que hacía referencia a las noticias que los guerreros del Este habían llevado a la corte de Davithiam. En ningún momento fue interrumpido, ni por los hermanos Dogrian ni por los capitanes, que decidieron no intervenir en la conversación hasta que no tuvieran más remedio.
Después de escuchar a Elendor, los otros hechiceros se miraron fijamente. Había algo que su amigo debía saber.
—¿Ya conoces el destino de Thandor, tras su derrota? —preguntó Goncias, seguro de que Elendor no sabía toda la verdad acerca de lo ocurrido tras la muerte del príncipe. Al no obtener respuesta alguna, decidió seguir hablando.
—Como sabes por los manuscritos que se conservan en las grandes bibliotecas, el dragón dorado, justo antes de morir, acabó con la vida de Thandor y, desgraciadamente, también con Zorac. El príncipe, al beber la sangre del dragón, estableció un vínculo entre los dos linajes, mediante el cual su espíritu no abandonaría este mundo mientras la estirpe del dragón dorado perdurara, como así ha sido hasta ahora. En algún lugar entre Northam y Estham, entre las montañas más perdidas, son varios los que afirman haber descubierto una enorme criatura entre las nubes. Al principio nadie les creyó, pero al escuchar tu relato, ahora ya sabemos que la estirpe del dragón dorado no ha desaparecido…, al igual que el espíritu del príncipe.
—¿Qué ocurrió entonces? —preguntó Elendor. Goncias prosiguió su historia.
—Cuando Thandor murió, su espíritu quedó atrapado en los tres pedazos de su espada. La empuñadura, en la que residía la maligna voluntad del príncipe, fue llevada al Sur, que de alguna forma ha debido sucumbir ante las intenciones del traidor. En el segundo pedazo, llevado al Este, se encontraba la fuerza de Thandor. Es por ello que allí surgieron los hombres más fuertes y valerosos, los grandes guerreros de Estham. Y en el tercer pedazo, llevado al Oeste, permanecía la sabiduría de Thandor. Por eso en los pueblos de Oestham han nacido sabios hombres y magos, que han luchado hasta la muerte por defender nuestras tierras. Si la voluntad y la sabiduría de Thandor se unen a su cuerpo, nuestro enemigo volverá a cobrar vida. Y aunque su espíritu no esté completo y el cuerpo sin la fuerza se encuentre todavía débil, tendrá suficiente poder como para convertirse, de nuevo, en la gran amenaza de nuestra era.
—Elendor —intervino Gildas—. La guerra contra Thandor marcó la Primera Edad de los hombres. No podemos permitir que marque también la segunda. Si el enemigo consigue hacerse con los tres pedazos de la espada, no habrá nadie capaz de detenerle. La Segunda Edad de los hombres habrá llegado a su fin, y nuestra existencia en estas tierras también.
—¿Cuánto tiempo hace que sabíais esto? —preguntó Elendor, aparentemente enfadado.
—Te buscamos para poder explicártelo, pero no logramos encontrarte. Los asuntos de los hombres del Norte te han mantenido demasiado ocupado durante todos estos años, ¿verdad? —preguntó Gildas, dirigiendo su mirada hacia los acompañantes del mago.
—Así es. He pasado mucho tiempo fuera, quizá demasiado.
Goncias se acercó a Elendor e intentó calmarle.
—Es necesario reunir a los pueblos y razas de los reinos para hacer un frente común contra Thandor. Hombres, enanos, centauros…, cualquier criatura que pueda luchar debe hacerlo.
—¿Cuánto tiempo llevan viviendo los centauros en vuestro bosque? La última vez que estuve aquí no recuerdo haber visto ninguno.
—Cuando empezaron las hostilidades en el Sur, se adentraron en nuestras tierras y solicitaron nuestra ayuda. Los sureños habían declarado la guerra a todas las criaturas que vivían en sus territorios. Así que decidimos permitirles habitar nuestros bosques y establecimos una alianza con ellos. A cambio de refugiarse entre los árboles, vigilarían nuestro reino para que ningún enemigo lograra entrar. Y así ha sido, por el momento. Rahut y el resto de centauros han guardado nuestras tierras informándonos de cualquier peligro que pudiera llegar hasta aquí. Si estalla la guerra, contaremos con un buen ejército de ellos para defender a los reinos.
—Si nos damos prisa y no llegamos demasiado tarde —contestó Elendor.
—Entonces no perdamos más el tiempo. Convoquemos de nuevo el Consejo. Vayamos a la Sala Pentagonal y discutamos la mejor solución para defendernos de Thandor.
—Bien dicho, Gildas. Debemos tomar una decisión lo antes posible. Mis queridos amigos —dijo Elendor, dirigiéndose a Hadrain, Meliat y los hermanos—. Lo siento, pero no podéis acompañarnos. Está escrito en nuestras leyes que sólo los magos están autorizados a entrar en la Sala Pentagonal. No puedo volver a quebrantar nuestras normas una segunda vez. Tendréis que aguardar aquí.
—De acuerdo —asintió Meliat—. Si sólo vosotros podéis tomar la decisión más adecuada, esperaremos a que así lo hagáis.
Los magos salieron de la estancia, hasta el otro lado del pasillo, donde se encontraba la Sala Pentagonal. Allí hablarían durante varias horas hasta llegar a una conclusión.