EL RELATO DE SIUL

 

 

Siul decidió tomar la palabra, y empezó a relatar al anciano lo que unas horas antes había contado al rey.

              Son muchas las leyendas que hablan de islas y tierras más allá de nuestro reino, territorios perdidos donde se cree que nunca ha llegado el hombre. Entre los habitantes del Este se decía que al otro lado del mar, en los confines del mundo conocido, existían extrañas criaturas que habitaban en algún lugar perdido. Siempre hemos pensado que se trataba de antiguos cuentos y exageradas leyendas, pero nada más. Mi padre, Edmont, rey del Este, nunca había creído en aquellas historias. Eran relatos tan sorprendentes que nadie en su sano juicio les daría crédito. Algunos de ellos trataban de criaturas con enormes alas y afiladas garras.

              ¿Dragones? preguntó Elendor.

              Sí. Los viejos manuscritos hablaban a menudo de ellos, pero si le preguntas a un hombre del Este, te dirá que esas criaturas desaparecieron hace cientos de años. Es más, nunca se ha podido demostrar que los dragones hayan pisado alguna vez nuestras tierras. Nunca…, al menos hasta hace muy poco tiempo.

              ¿Qué quieres decir? le preguntó el anciano, agarrando con firmeza su vara, mientras empezaba a mostrar una intensa preocupación por lo que el príncipe del Este le estaba contando.

              Hace varios años, atraídos por esas historias de dragones y monstruos, de tierras perdidas y de islas, un grupo numeroso de nuestros hombres se echó a la mar en una gran embarcación. Llevaba consigo armas y víveres para varios meses. Estaban dispuestos a traspasar las peligrosas aguas que bañan nuestras costas, en busca de aquellos míticos seres. Aquel día perdimos a muchos de nuestros valerosos guerreros, pues nunca más volvimos a verles. No regresaron. Todos creímos que los cuerpos de aquellos hombres orgullosos e insensatos estarían perdidos en las profundidades del mar. Un día, paseando cerca de unos profundos acantilados con mi hijo pequeño, descubrí la entrada a una cueva grande. Tenía miedo de descubrir qué guardaba, porque la tarde estaba muy avanzada y la marea no tardaría en subir e inundar aquel agujero entre las rocas. Sin embargo, movido por una extraña curiosidad, decidí adentrarme en aquel tenebroso lugar. Mi mujer y mi hijo me esperaron fuera. Empecé a caminar por los pasadizos de aquella caverna, hasta que mi vista se oscureció en su interior. Casi cuando ya no distinguía la pared del suelo, en el extremo de una de sus galerías, vi una pequeña luz que se colaba por algún agujero entre las rocas. A llegar hasta el lugar que iluminaba débilmente, descubrí los restos de un barco, de nuestro barco. Eran tan sólo unas maderas hechas pedazos, armas y escudos con nuestro emblema. Pero no encontré ningún rastro humano. Posiblemente, nadie sobrevivió al naufragio.

              Quizá tus hombres no sobrevivieran a la primera noche de su viaje. Las aguas de los mares del Este son intratables, y sus tempestades las más terribles explicó Elendor, que parecía conocer bastante bien el reino de Estham.

              Eso es lo que yo pensé en un principio. Hasta que me acerqué a los restos del barco y removí las viejas y húmedas maderas. Fue entonces cuando lo encontré.

              Siul se inclinó lentamente apoyando sus dos manos sobre la mesa. Sus ojos se clavaron en los de Elendor, que se mostró impaciente por el prolongado silencio que habían dejado las palabras del príncipe.

              ¿Qué fue lo que encontraste?

              Una enorme cáscara de huevo, rota en varios pedazos.

              Tras esas palabras, la vara del anciano cayó al suelo. Elendor, tembloroso, se levantó de su silla y, tomando de nuevo su bastón, se acercó lentamente al príncipe, mientras intentaba asimilar aquella respuesta. «¿Dragones? se preguntaba—. Esas criaturas dejaron de existir hace mucho tiempo». Tenía que haber otra explicación. Cuando llegó hasta el asiento de Siul, éste le miraba asustado, sin atreverse a continuar hablando. El anciano le sujetó fuertemente del brazo.

              Dime, ¿recuerdas de qué color era aquella cáscara?

Siul, haciendo un esfuerzo por contestar, se llevó la mano a la frente y buscó entre sus pensamientos. Tardó en reaccionar, pero finalmente pudo responder a la pregunta.

              La débil luz no permitía diferenciar con claridad los colores, pero estoy seguro de que aquella cáscara brillante era de un tono azulado, un azul muy claro.

              ¿Estás seguro? insistió Elendor.

              Sí.

              El anciano se echó hacia atrás y caminó lentamente ante la atenta mirada del rey y los hombres del Este. A su mente le venía una sola imagen: el dragón dorado.

              Antes de haber podido llegar a una conclusión, el príncipe del Este volvió a hablar.

              No es ese hallazgo lo único que tiene aterrado a mi padre.

              Elendor volvió a sentarse en su silla, impaciente y atemorizado al mismo tiempo. Todavía le quedaba por escuchar preocupantes noticias que habían llegado desde el Sur.

El príncipe Siul, acariciando suavemente la tela que cubría la mesa, prosiguió.

              Nuestro pueblo lleva muchos años viviendo en una paz relativa, únicamente alterada por las pequeñas contiendas que hemos mantenido contra los bandidos procedentes de Surtham. Algunos de esos pueblos han intentado entrar en nuestras tierras, para asaltar y destruir nuestras regiones. Ithindel es uno de los lugares más importantes. Por desgracia, se encuentra demasiado cerca del Sur. Debido a los numerosos enfrentamientos que hemos tenido con los pueblos de Surtham, mi padre decidió trasladar la capital del reino a Crótida, una ciudad más segura y alejada de las tierras salvajes. En Ithindel se encuentran actualmente nuestros mejores ejércitos, que custodian los caminos que atraviesan las montañas hasta el otro lado del reino. Había algo que nos tenía preocupados: desde hace unos años no hemos vuelto a tener ni un solo ataque de estos bárbaros. Nadie les ha visto. Era como si se los hubiese tragado la tierra. Hace unos meses, intrigado por esta extraña situación, mi padre envió exploradores al Sur, con la finalidad de descubrir y estudiar las maniobras que nuestros enemigos pudieran estar llevando a cabo. Estábamos convencidos de que aquellos pueblos salvajes estaban uniéndose para constituir un numeroso ejército con el que atacar Ithindel y poder adentrarse así en nuestro reino.

              ¿Qué es lo que vieron vuestros exploradores? preguntó, exaltado, el rey, pues en su conversación anterior con Siul, antes de la llegada de Elendor, apenas se había mencionado el reino del Sur.

              Mis hombres se adentraron en aquellas tierras inhóspitas y descubrieron un paisaje casi inimaginable. El reino del Sur es oscuro, siempre rodeado de una extraña niebla que oculta sus montañas. Está lleno de desiertos de rocas volcánicas. Sus numerosos cráteres dejan salir anchos ríos de lava en los lugares más altos. Sin embargo, no fue eso lo que más les asustó. Durante una buena parte de su viaje no encontraron ni un solo rastro de vida. Pero al terminar de atravesar el primer desierto, al llegar a lo más alto de las montañas que lo limitaban, se dieron cuenta de por qué no habíamos tenido ningún ataque de aquellos pueblos en varios años.

              Siul se levantó de su silla y, haciendo gestos con las manos, empezó a describir la escena que contemplaron sus hombres desde lo más alto de las montañas.

              Al otro lado, muy a lo lejos, se divisaban las altas torres de una fortaleza, un enorme castillo rodeado de gruesas murallas. En sus alrededores, en el exterior del gran foso que lo envolvía, numerosos grupos de hombres con armaduras, espadas y escudos hacían guardia desfilando de un lado a otro.

              Los pueblos del Sur deben de haber encontrado un rey. Como tu padre temía, se han unido, guiados por un gobernante común. ¿Preguntaste a tus hombres el emblema de sus escudos?

              Sí. Uno de mis exploradores se acercó a escasos metros de una de esas patrullas y me dijo que en los escudos había algo así como…

              Elendor le interrumpió antes de que pudiera acabar la frase.

              ¿La cabeza de un dragón negro?

              Siul se quedó paralizado, mirando fijamente al anciano con los ojos fuera de sí.

              ¿Cómo lo sabes? ¿Acaso has estado alguna vez allí?

              El anciano no sabía qué contestar. Estaba confuso y bloqueado. Intentó imaginar los terribles acontecimientos que podrían azotar a los reinos en poco tiempo. La aparición de los dragones y el poder que empezaba a desatarse en el Sur sería el comienzo de una nueva lucha en la que todos los reinos se verían involucrados. Si se confirmaban sus conjeturas, el peligro era inminente.

              Elendor.

              El príncipe del Este intentó captar la atención del anciano, en busca de alguna respuesta que pudiera explicar lo que se estaba gestando en Surtham, pero Elendor se encontraba perdido.

              El rey se levantó de su asiento, se acercó a Elendor y le tocó suavemente el hombro.

              ¿Qué nos aconsejas, amigo mío? ¿Qué debemos hacer?

              El rey Davithiam, heredero de los grandes reyes que habían gobernado Northam desde los tiempos más antiguos, siempre había tenido en el viejo Elendor a su más fiel consejero, y a su mejor amigo. A menudo se reunían para hablar de los asuntos más importantes del reino. Estas reuniones se llevaban a cabo en secreto. Ni siquiera los hermanos Dogrian conocían la profunda amistad que unía a su maestro con el rey.

              Davithiam tenía la convicción de que el anciano podría dar una explicación lógica a los sucesos que se estaban dando en el Sur. Él era, seguramente, la persona que más tierras había recorrido en sus numerosos y solitarios viajes.

              La primera vez que el rey se encontró con Elendor, en seguida se percató de su sabiduría. En otros tiempos, el anciano había tenido grandes poderes, que en los últimos años se habían ido apagando lentamente. Sin embargo, su mente seguía funcionando como en sus mejores años.

              Pero ahora, por más que buscaba una explicación lógica a la historia de Siul, no conseguía encontrarla. Los hechos que acababa de escuchar le estaban desbordando.

              Recorrió con la mirada los rostros de los caballeros del Este, que esperaban alguna respuesta tranquilizadora.

              ¿Conocéis el relato de la muerte del príncipe Thandor y el gran Dragón?

              Siul se apresuró a contestarle.

              Siempre creí que era uno de aquellos cuentos para niños.

              Seguro que ahora no lo ves así, ¿verdad?

              El príncipe movió la cabeza. El anciano tenía razón. Desde el mismo momento en que vio los restos del huevo de dragón empezó a interesarse por las historias que había despreciado tiempo atrás.

              La guerra de Thandor contra su padre y su pueblo marcó el inicio de nuestra historia, la historia de nuestros reinos. Gracias a la victoria sobre el príncipe, nuestros pueblos son ahora libres. Hay muy pocos que conocen qué es lo que ocurrió después, antes de la creación de los reinos.

              Los hombres de Siul, atraídos por las palabras de Elendor, le miraban entusiasmados, como solían hacer los niños y jóvenes que acudían a la plaza al oír las palabras de su maestro. Elendor continuó hablando.

              Los restos del dragón fueron convertidos en cenizas y arrojados sobre la montaña Abantiem. El Rey bueno fue enterrado en un gran mausoleo construido en el interior de este palacio. En cambio, no se supo nada del cadáver del príncipe Thandor. Según dicen, fue llevado a Surtham.

              ¿Crees que el ejército del Sur tiene algo que ver con Thandor?

              Elendor asintió ante la pregunta de uno de los hombres de Siul.

              Exacto. Cuando el príncipe se reveló contra su pueblo, desapareció por algún tiempo. Después, regresó con un numeroso ejército traído del Sur. ¿Sabéis cuál era el emblema de los escudos de su ejército? La cabeza de un dragón negro. Todos los hombres de Thandor llevaban aquel símbolo. Es como si el príncipe hubiera regresado.

              El rey interrumpió a Elendor.

              Pero eso es imposible. Como tú acabas de decir, fue enterrado en el Sur. No hay ningún poder que pueda hacer regresar a alguien del mundo de los muertos.

              El anciano seguía moviéndose, caminaba de un lado a otro. Pensar que Thandor había vuelto no tenía sentido. Sin embargo, la aparición del dragón dorado podría arrojar luz sobre aquel misterio. Elendor terminó de recordar los acontecimientos que habían seguido a la batalla entre hombres y dragones.

              Como se dice en los manuscritos más antiguos, el origen del trastorno de Thandor, que le llevó hasta la locura, estaba en la sangre del dragón dorado. Los antiguos magos descubrieron que la sangre de esta criatura tenía increíbles propiedades curativas y grandes poderes. El mayor de estos dones era, sin duda, la inmortalidad. Todo aquel que bebiera este líquido no moriría por causas naturales. Sin embargo, también corría el riesgo de caer en sus mayores ambiciones personales. Poco más se conoce sobre los efectos de la sangre del dragón.

              Elendor miró a sus interlocutores y comprobó que sus últimas palabras no habían terminado de convencerles. Sabía que la respuesta tenía que estar en algo relacionado con el dragón dorado y su sangre. «¿Cómo puede haberse creado un ejército que venere a alguien que murió hace muchos años?» Fue entonces cuando se percató de que la respuesta sólo podía estar en un lugar: la gran biblioteca. Como consejero real, tenía acceso a los lugares más importantes de la ciudad, entre ellos el edificio que guardaba los libros más antiguos del reino. Tenía que ir allí lo antes posible. Entonces miró al rey Davithiam y al resto de hombres que le acompañaban. En la sala donde estaban reunidos ya no quedaba nada por hacer, y así se lo hizo ver.

              Por mucho que lo intentemos, no conseguiremos encontrar la relación entre la aparición de los dragones, los ejércitos del Sur y Thandor. No de momento.

              Después se dirigió hacia el rey.

              Dame algo de tiempo y volveré al palacio con la respuesta adecuada.

              Mi querido Elendor, no hay tiempo que perder. Si los hombres del Sur están a punto de invadir Estham tenemos que ayudar a Siul y a su padre. Reuniré a mi guardia y les diré que recorran los pueblos y ciudades del reino para reclutar a todo aquel que tenga edad para empuñar una espada. En cuanto tenga un ejército, partiremos hacia el Este.

              Un día insistió Elendor—. Sólo te pido un día. Mañana, antes de que anochezca, estaré aquí para mostrarte el modo de actuar frente a la inminente guerra que se avecina.

              Está bien. Por hoy ya es suficiente, pues nuestros visitantes del Este estarán cansados de su largo viaje. Haré que les preparen unas alcobas en las que puedan pasar la noche y descansar. En cuanto a ti, será mejor que también te vayas a dormir. Te espera un día muy duro, amigo.

              Elendor se despidió del rey con una pequeña inclinación de cabeza. Luego hizo lo propio con los caballeros del Este y salió de la habitación. Un centinela le acompañó hasta la puerta de la muralla, que se cerró tras él y le dejó solo en mitad de la oscuridad de la noche.

              De camino hacia su casa, escuchó unos pasos detrás de él. «¿Quién puede andar a estas horas en medio de las sombrías calles?», pensó. Al paso de una esquina se escondió detrás de un árbol.

              Al poco tiempo, aparecieron varias sombras. Tal y como sospechaba, le estaban siguiendo. Las sombras dieron paso a tres figuras humanas que caminaban lentamente, creyendo que el anciano estaba más lejos. Ahora era él quien, oculto entre unas ramas, estaba por detrás de sus perseguidores.