Una tregua en la batalla
[Linda P. Baker]
La lluvia azotaba el descuidado tejado de pizarra. Los truenos retumbaban en el cielo y su estrépito se acentuaba con los destellos brillantes de los relámpagos. Las jarras repicaban en la barra mientras voces escandalosas pedían a gritos más cerveza. Chasquidos de golpes al iniciarse una riña entre dos de sus hombres; gritos de mofa; gritos de ánimo; crujidos de muebles al romperse.
Una tregua de descanso en la batalla.
Para Laronnar, primer capitán de la segunda compañía del ejército de los Dragones de la Reina Oscura, las treguas nunca eran ni tranquilas ni descansadas.
Se irguió y la silla en la que estaba sentado cayó al suelo por el impulso. Aquel ruido pasó inadvertido en la confusión que reinaba en la posada. En tres zancadas rápidas se plantó, irritado, junto a los dos hombres que se peleaban. Agarró a ambos por el cuello y aprovechó el ímpetu de la lucha para hacer que sus cabezas chocaran una contra otra. Cuando los hombres se soltaron, arrebató la daga de la mano del más pequeño y la lanzó sobre una mesa. La hoja se clavó en ella y cimbreó bajo la luz mortecina de la posada.
—Basta de peleas —dijo en voz baja pero amenazante.
Miró a la atractiva camarera: una chica alta y pelirroja. Ella era el motivo de la pelea, la segunda que había tenido que zanjar por su causa.
—Basta de peleas.
Esta vez la voz era la de ella. El más pequeño de los dos hombres cogió su daga mansamente. El otro masculló una disculpa.
Laronnar volvió con paso decidido hacia su silla, tan confiado en la eficacia de su ira, en el control que mantenía sobre sus hombres, que no se molestó en volverse a mirarlos. Levantó de nuevo la silla con el pie, la colocó ruidosamente en su sitio y se sentó. Luego hizo un gesto a la camarera pelirroja para que llenara su jarra. No estaba de humor para alborotos de taberna. Y menos aún cuando la segunda compañía debería estar luchando contra el enemigo en lugar de estar allí.
Su plan había funcionado a la perfección. Tal como había previsto, el contingente de humanos y enanos que defendían la ciudad portuaria de Lenat fue tomado totalmente por sorpresa cuando la segunda compañía avanzó sobre la ciudad desde las aguas. Sin duda el enemigo creyó que aquél era un ataque directo de los Dioses del Mal, surgiendo por donde apuntaba el brillante sol de la tarde.
Las tropas de Paladine huyeron hacia las colinas cercanas, y dejaron a Lenat sumida en una absoluta confusión. La brigada de Laronnar estaba a punto de caer sobre ellos cuando estalló la tormenta. La lluvia caía con gotas como agujas y el viento, al dar contra las alas de los dragones, los movía sin control por el cielo. Si Laronnar hubiera estado al mando, sin duda hubieran continuado luchando a pesar de todo.
—Estábamos tan cerca —dijo entre dientes por vigésima vez desde que había entrado en el bar. Tomó un trago de cerveza—. Estábamos ya sobre ellos.
Al decirlo miró a su lugarteniente, Haylis, que estaba sentado frente a él al otro lado de la mesa y luego, a la camarera pelirroja, que le estaba sirviendo más cerveza. Haylis le sonrió por encima del hombro de una mujer rolliza y basta que tenía sentada sobre las rodillas. Como siembre, su lugarteniente llevaba el rubio cabello sucio y despeinado. A pesar de la sonrisa amable que iluminaba su rostro, los mechones en punta le daban un aire malicioso, de diablillo.
—Olvídalo ya, capitán —dijo riéndose de los esfuerzos de la mujer por librarse de su abrazo—. Hemos tomado la ciudad y mañana atraparemos a los Guerreros de la Luz.
Entonces Haylis, a pesar del peso de la mujer que tenía en su regazo, levantó un pie, lo plantó en la cadera de la camarera pelirroja y empujó a la chica hacia Laronnar.
—Disfruta de la tregua.
Más por reflejo que por deseo, Laronnar agarró a la camarera cuando con un traspié cayó en su regazo balanceando la jarra para no verter ni una gota. Tenía los labios fruncidos, pero Laronnar no podía distinguir si aquél era un enfado fingido o real. Tampoco le importaba mucho: era un botín de los vencedores. La muchacha intentó levantarse pero él la asió con fuerza y hundió el rostro en aquella cascada de mechones rizados rojizos. Olía a humo, a cerveza y a especias, en cualquier caso, mejor que ninguno de los que había estado en contacto con él en varios meses.
Tal vez Haylis tuviera razón, se dijo. Al fin y al cabo, no podía hacer nada respecto a la batalla hasta que el viento no amainara y su oficial al mando decidiera que podían llamar a las tropas. ¿Por qué no relajarse un poco?
El Mono a Rayas era un garito pobre de la ciudad portuaria de Lenat, pero era mejor que otros que había visto. El local estaba iluminado con velas, antorchas humeantes y una enorme chimenea, que desprendía luz y hollín así como un olor a madera húmeda. El gran mostrador de roble brillaba por el roce de los innumerables codos que se habían apoyado en él; y el suelo, de madera, mostraba las marcas del paso de multitud de botas. La cerveza era amarga pero abundante y, aunque las camareras no eran muy amistosas, por lo menos estaban lo bastante asustadas como para no mostrarse abiertamente hostiles.
La sala del local tenía forma de «L» y estaba ocupada por la tropa: una mezcla de humanos, ogros y draconianos, todos muy alegres y ruidosos a causa de la bebida; iban desaseados y apestaban a batalla y a sangre. Se afanaban en beber el máximo de cerveza posible para llamar la atención de las camareras antes de que la tormenta amainara y la batalla se reanudase.
—Quédate aquí —dijo Laronnar acercándose más a la pelirroja y acariciándole la piel blanca de los brazos mientras frenaba sus esfuerzos por escapar—. Yo soy el capitán de esta chusma. No vas a conseguir nada mejor.
La puerta de entrada al Mono a Rayas se abrió de golpe y dejó entrar una ráfaga de lluvia y viento frío con olor a mar. Las antorchas oscilaron en los aros de latón deslustrado. Una mujer cercana a la puerta chilló fingiendo un desmayo. Una voz masculina, bonita y melosa, traspasó el umbral precediendo a su propietario.
—Aquélla fue una batalla gloriosa. Nosotros estábamos allí, suspendidos por encima del bosque mientras las copas de los vallenwoods rozaban la barriga de mi dragón…
Laronnar quedó paralizado. La camarera pelirroja dio un respingo y se puso en pie al sentir que el brazo que sujetaba su cadera se aflojaba. Pero Laronnar agarró su frágil antebrazo y la volvió a sentar sobre sus rodillas mientras mascullaba una maldición.
—Esperamos a que los elfos salieran del cobijo del bosque. Estaban tan decididos a realizar una emboscada que… —prosiguió la voz de Dralan, el comandante de Laronnar.
Aquellas palabras fueron pronunciadas en un tono tan profundo e imperioso que Laronnar sintió como si se hubiera tragado cristales rotos.
—¡Bastardo! —susurró para sí—. ¡Éste era mi plan!
Laronnar cogió a la camarera por el cuello y se la acercó más aún en un intento por ignorar la voz de Dralan. Al otro lado de la mesa, la mujer que Haylis tenía en el regazo arrullaba como una paloma en celo. Esquivó un beso de Haylis, quitó el brazo del cuello de éste y se soltó del abrazo.
—¿Ése es el comandante? —dijo en voz baja—. Es muy apuesto. ¡Y muy elegante!
Como en respuesta a sus palabras, Dralan se echó la capa hacia atrás, sobre los hombros y mostró la brillante armadura metálica, que imitaba unas escamas de dragón, ajustada a su musculatura así como el medallón, un supuesto regalo de Takhisis, la Reina de los Dioses del Mal, que adornaba con oro y esmeraldas aquel pectoral inmenso.
—¡Oh! —suspiró la mujer.
—Realmente es muy apuesto —corroboró la camarera que Laronnar tenía en su regazo.
Su tono de voz suave y admirado hizo que Laronnar deseara agarrar aquel cuello delgado y apretar hasta que por fin saliera de ahí un ruido menos molesto.
Dralan, que tenía sangre real y apariencia majestuosa, era todo lo que Laronnar nunca podría ser. Era alto, de espaldas anchas, imponente. Tenía los cabellos negros y era apuesto. Sus ojos azules y su voz poderosa tenían el don de atraer a cualquier mujer que quisiera y su porte le procuraba el respeto y la confianza de cualquier hombre. Dralan era un caballero, bien educado, con estilo, atento, y era uno de los favoritos de la Señora del Dragón, la cual dirigía el ejército. En cambio, la misma Señora del Dragón no sabía siquiera de la existencia de Laronnar. Si lo viera por la calle, no se detendría para mirarle, aunque era tan alto y fuerte como el comandante.
La mirada clara y penetrante de Dralan percibió el interés que había despertado en aquellas dos mujeres. Hizo un saludo a Laronnar, su primer capitán, con un gesto sencillo, elegante y desdeñoso a la vez, y sonrió a la mujer pelirroja que éste tenía en el regazo.
—¡Kaelay!
Así que ése era su nombre.
Dralan extendió la mano y, sin mediar palabra, aquella belleza pelirroja se escapó de las rodillas de Laronnar. Éste la cogió por el delantal e intentó tirar de ella. Pero esta vez la muchacha se negó a ser detenida. Le propinó una palmadita juguetona en las manos y se zafó de él. Miró a Laronnar por encima del hombro, con una sonrisa maliciosa en sus ojos verdes.
—Al fin y al cabo, fue la estrategia del comandante la que hizo que ganarais. Quiero oír el resto de la historia.
—Fue mi plan —dijo Laronnar con el entrecejo fruncido mientras se disponía a ponerse en pie.
—¡Capitán! —exclamó Haylis irguiéndose antes de que Laronnar pudiera hacerlo—. ¡Voy a pedir más bebida para los dos! —Agarró su jarra y vertió lo que le quedaba en la de Laronnar. Luego pidió a gritos más cerveza.
Laronnar vaciló un instante, con el cuerpo medio levantado del asiento y la mirada clavada en Dralan. El comandante mantenía los ojos muy abiertos, curiosos; parecía estar dispuesto a permitir que Laronnar se echara atrás o bien a afrontar cualquier reto. La comitiva de humanos y draconianos que rodeaba a Dralan contemplaba a Laronnar con una hostilidad obvia.
Un estremecimiento febril le recorrió la espalda y le erizó los cabellos de la nuca.
—Déjelo, Capitán —susurró Haylis de espaldas al grupo—. ¿Quiere que le despellejen vivo o algo peor? Ya sabe que es el favorito de la Señora del Dragón Azul.
Aquellas palabras hicieron mella en él, pero no por el motivo que Haylis había indicado. Laronnar, de pelo liso y castaño y unos ojos que su madre llamaba medio marrones, tenía un don que el comandante nunca podría igualar. No había nadie que fuera más brillante y taimado al planear una batalla. Dralan toleraba su presencia porque hasta entonces había hecho pasar por propios los éxitos de Laronnar. Y el motivo por el que Laronnar soportaba a Dralan era una promesa que éste le había hecho. Dralan le había prometido que en esta ocasión una campaña rápida y exitosa en Lenat le valdría una mención de sus habilidades a la Señora del Dragón Azul. Laronnar estaba convencido de que aquello le abriría grandes oportunidades en su carrera.
Fue por ello, y no por otra causa, que se mordió la lengua y disimuló la rabia y envidia que sentía. Con un esfuerzo que seguramente su rostro anguloso acusó, Laronnar logró contener su enfado y guardárselo para sí.
El capitán tomó la jarra de cerveza con desinterés fingido y se la bebió de un trago. El líquido amargo, espeso como el aceite, le abrasó la garganta. Haylis le dio una palmadita en el brazo para que se sentara.
La voz de Dralan atronó de nuevo para pedir bebida pero luego, cuando se dirigió hacia el mostrador acompañado por un tropel de aduladores gimoteantes y obsequiosos, se amortiguó y se convirtió casi en un zumbido molesto. Se oían voces que le convidaban a bebida sólo para que relatara aquellas «historias fascinantes».
—Sobre gestas que no son suyas —dijo Laronnar por lo bajo mientras reprimía su rabia. Se encogió de hombros y por fin tomó asiento. Con un pie firme en el suelo, apoyó la silla sobre las patas posteriores y colocó el otro pie en el travesaño. La silla chocó contra la pared pero en medio del barullo y el tumulto de la taberna, aquel ruido pasó inadvertido. Haylis se sentó mientras profería un sonoro suspiro de alivio y también tiró hacia atrás su silla. Laronnar contempló a su comandante, que permanecía en pie abrazado a la camarera pelirroja.
—Un día esa lagartija draconiana que sirve a Dralan encontrará a nuestro ilustre comandante con una daga en el cuello.
—¡Shhh! —Haylis se reclinó sobre la mesa mirando a un lado y a otro para asegurarse de que nadie había oído aquello—. Deberías ir con más cuidado.
Laronnar miró con enojo en dirección al mostrador. Kaelay apartaba a los clientes para que el comandante pudiera pasar. Los soldados y aldeanos obedecían sin vacilar y cedían el paso.
La camarera entregó al comandante una jarra de cerveza y le sonrió. Dralan se volvió de espaldas a la gente que lo rodeaba y olvidó a sus aduladores y sirvientes. Con manos ávidas, se la acercó y se inclinó para decirle algo al oído.
Laronnar lanzó un bufido de enojo.
—Me pregunto de quién serán las ideas que presenta ahora como suyas.
—¿De verdad fue idea tuya engañar a los elfos para que salieran de Silvanesti y se organizara una merienda de ogros en el campo? —dijo Haylis para distraer los pensamientos de su amigo.
Laronnar se esforzó por apartar la vista de la mujer que parecía devorar cada una de aquellas mentiras. Tomó varios tragos de cerveza y luego golpeó la jarra contra la mesa con tanta fuerza que la poca cerveza que quedaba se derramó por aquel mueble mugriento.
—Sí, fue mía —dijo—. Igual que el plan que utilizamos para tomar este puerto maloliente.
—¿Venir por el agua fue idea tuya?
—Sí, y también funcionó. Pero parece que quedarnos ahora bebiendo y yendo de putas hasta que esos malditos caballeros se reagrupen no importa. —Laronnar miró hacia el mostrador y dijo en voz alta—. Fue mi plan. ¿Acaso has oído algo distinto?
El puerto de Lenat estaba situado en una península bordeada por el mar de Khurman al noroeste y la bahía de Balifor al sudeste. Aunque Lenat era una ciudad más pequeña que Port Balifor, que estaba al otro lado de la bahía, era una base excelente para el ejército de la Reina Oscura. Silvanesti, la plaza fuerte de los elfos, estaba a menos de doscientos cuarenta kilómetros al sur y Sanction, sólo a trescientos veinte kilómetros al noroeste. Ciertamente, apoderarse de este puerto había sido una idea espléndida.
Una idea de Laronnar.
—No —dijo Haylis demasiado rápido. Dio una palmada en el hombro de su amigo—. Volveremos al campo de batalla antes de que te des cuenta. Esos caballeros no tendrán agallas para reagruparse. Es imposible, tras el susto que les hemos dado.
Los intentos de Haylis por calmar a Laronnar sólo lograron intensificar sus recelos y el alcohol de la cerveza empezó a hacer efecto.
—Una tormenta no es ninguna excusa para abandonar una batalla —dijo Laronnar con voz desenfadada y hablando con cierta dificultad.
El viento aullaba como si quisiera tirar la pared contra la que estaba reclinado. La lluvia repiqueteaba en la pasarela de madera que había fuera de la taberna.
—Por muy fuerte que sea —agregó.
—¿No te gusta la cerveza, mi señor?
Laronnar se sobresaltó al ver que una sombra emergía de entre los ruidosos clientes de la sala. Tenía la mano ya en la empuñadura de su espada cuando se dio cuenta de que aquella voz suave era la de la hermosa camarera pelirroja. Se relajó y dejó caer la mano en el muslo. La examinó recorriéndola lentamente de la cabeza a las botas de piel, que sobresalían debajo de su túnica.
Kaelay era magnífica. El color de su cabello contrastaba con el de su piel, tan blanca como la arena del final de una bahía, y le hacía resaltar el rostro y los hombros. La túnica de color marfil que vestía realzaba las suaves curvas de sus pechos. La prenda se sujetaba en los hombros con un broche de madera sencillo y sus pliegues pendían libres, como si estuvieran a punto de soltarse. Laronnar sintió que la sangre de las venas se agitaba con fuerza en su vientre.
La mujer le llenó la jarra con habilidad. Luego limpió la mesa con un trapo no más limpio que el suelo pegajoso.
—No he podido evitar oírte. ¿Preferirías estar fuera en una noche tan lluviosa como ésta? He oído decir que el descanso es bueno para la moral de las tropas.
—Es bueno para la bolsa de tu amo —musitó Laronnar. La tomó por el brazo con una sonrisa incitante que mitigaba ligeramente el sarcasmo anterior y que no pretendía disimular para nada otro tipo de interés.
Pasó el pulgar por la piel suave y tersa de la muñeca de Kaelay. Ella bajó la mirada y contempló los dedos que la acariciaban. Por un momento Laronnar creyó ver incomodidad en el hermoso rostro de la muchacha. Pero entonces ella le sonrió y él se quedó sin aliento. La joven se inclinó. Sus labios estaban muy cerca…
—Como te decía, Kaelay —la voz profunda de Dralan sobresalía entre el rumor y las voces que les rodeaban—, inmediatamente me di cuenta de que las velas de los barcos nos podían dar la protección que necesitábamos.
Kaelay se incorporó. Miró a Dralan, luego a Laronnar y luego, de nuevo a Dralan en un intento por decidirse.
—Volábamos muy bajo, nos deslizábamos sobre las olas, casi podía sentir el sabor del agua del mar en mis labios.
La voz suave de Dralan la decidió. Y con una sonrisilla triste Kaelay se giró. Laronnar sintió una rabia intensa pero le permitió soltarse sin decir palabra. Kaelay, ignorando las voces que pedían más cerveza, se abrió paso entre las mesas abarrotadas ante las que estaba Dralan, con una bota sobre el apoyo para los pies del mostrador y de espaldas a él. Laronnar tomó torpemente su jarra, se la acercó a los labios y la vació de un trago. Unas gotas de cerveza le resbalaron por la barbilla y fueron a caer sobre su camisa blanca.
—Esta vez no —juró mientras se ponía en pie.
—¡Capitán, no! —dijo Haylis incorporándose con rapidez y tomándole por el brazo—. Sólo está tratando de volverte loco. Si lo consigue acabaremos matándonos los unos a los otros. Les ahorrará trabajo a los guerreros de Lenat.
—Yo ya estoy loco —dijo Laronnar refunfuñando. Se alejó a grandes zancadas antes de que Haylis pudiera detenerle. Alcanzó a Kaelay justo cuando ella llegaba junto a Dralan.
—El viento es muy distinto encima del agua —decía Dralan en aquel momento.
—Ven aquí. —Laronnar tomó a Kaelay del brazo y se la acercó. Ella olía a especias, a malta y a humo—. No pierdas el tiempo escuchando estas mentiras.
Kaelay se rió lo suficientemente fuerte como para llamar la atención de Dralan.
—¿Acaso escuchar a tu comandante es una pérdida de tiempo? —preguntó mientras se colocaba el cabello por encima del hombro.
—Estás borracho, Laronnar. —Dralan se interpuso entre los dos e hincó los nudillos en el peto de Laronnar—. Esta chica no quiere perder el tiempo contigo.
Aquello encendió el tremendo rencor que Laronnar llevaba reprimiendo desde hacía mucho tiempo. El capitán, apretando los puños, intentó esquivar a Dralan. Pero éste le cerró el paso y apretó con más fuerza el puño contra el pecho de Laronnar.
—Te sugiero que te marches, capitán. Estaba explicando a estas damas y caballeros mi victoria de hoy.
¡Mi victoria! Si Dralan le hubiera prendido fuego no le hubiera encendido mejor.
—¡Aquél fue mi plan y tú lo sabes! —exclamó Laronnar en voz baja y apenas contenida—. Dijiste que esta vez…
—Ya es suficiente, capitán. —Dralan subrayó el rango lo suficiente como para que Laronnar entendiera el mensaje: resulta más fácil descender que ascender.
La rabia y la sensación de injusticia apenas le permitían pensar. Comprendió que Dralan jamás había deseado mantener su palabra: nunca reconocería su labor. Dralan le miraba con ojos burlones. Retar a un comandante en una taberna llena de partidarios del mismo era un acto desesperado. Pero Laronnar ni siquiera intentó echarse atrás y refrenar la furia que se revolvía en su interior. Una colérica voz le incitaba al suicidio.
Miró a Kaelay. Ésta se humedeció los labios con la punta de la lengua. Las pupilas de sus ojos estaban tan dilatadas que apenas podía verse su verde brillante.
Suicidio. Ya no le importaba.
—¡Aquél era mi plan! —gritó Laronnar. Las palabras resonaron en el techo alto y volvieron a él dándole una satisfacción mayor que una victoria en el campo de batalla. De pronto, inesperadamente, se sintió sobrio como si no hubiera bebido una sola gota de cerveza.
—Todos los planes han sido míos.
El rostro de Dralan empezó a transformarse y pasó de la sonrisa a una expresión peligrosa y desagradable. Sigilosa y premeditadamente colocó la mano en la empuñadura de su espada.
—Seguramente no has planeado una sola batalla en toda tu carrera —se mofó Laronnar—. Excepto, ¡claro!, aquella vez en que tendiste una emboscada a unos enanos.
—Venga, capitán —dijo Dralan con el rostro tenso y pálido de rabia pero en un tono tranquilo. Le tendió una mano—. Ya conoces las normas.
Efectivamente Laronnar las conocía muy bien pues las había aplicado por orden de su comandante. Entre las tropas de Dralan los alborotos estaban prohibidos. El comandante los consideraba poco civilizados. En cambio una disputa podía resolverse con un duelo entre caballeros.
Laronnar hizo un gesto de desprecio a aquella mano tendida. Podía pasar por un gesto propio de un caballero, pero aquél era un viejo truco: se daba la mano a un contrincante con gentileza fingida a la vez que con la otra se usaba un arma oculta.
Con una mirada cautelosa hacia su comandante, Laronnar tomó el guante que llevaba sujeto en el cinturón de armas y se lo puso en la mano. Aquél era un guante de piel de color marfil, con el dorso reforzado con una malla de acero hecha por los elfos, tan delicada como la tela de una araña y tan fuerte como una cota de malla. Unos clavos afilados adornaban los nudillos.
Con movimientos rápidos y ágiles, Laronnar desenvainó lo que parecía ser una gran daga y le quitó la falsa empuñadura de madera. En sus manos quedó una hoja de acero de unos tres palmos de largo, con unas muescas en el extremo donde no había empuñadura. La insertó en una ranura del guante, deslizándola por la funda practicada en él.
Los chasquidos metálicos al encajar la cuchilla sonaron claramente. La hoja brilló azulada bajo la luz de las antorchas en cuanto Laronnar dobló la mano y se acomodó el guante a los dedos. Con una lentitud premeditada soltó el fiador que sujetaba el cinto de su espada y dejó caer el arma. Como era de esperar, las miradas de todos, incluida la de Dralan, siguieron la caída de la espada al suelo.
Entonces Laronnar atacó con la hoja que sobresalía del dorso de la mano. Su movimiento fue tan certero, tan preciso, que Dralan tropezó contra el mostrador al recular cuando la hoja pasó por delante de su rostro. El comandante se recuperó rápidamente y se apartó con brusquedad del mostrador. Desenvainó la espada y adoptó una postura de lucha tras apartar a un draconiano que volaba a la altura de su codo. La multitud se movió para dejar espacio para el combate.
Los dos contrincantes hicieron chocar sus armas, acero contra acero, suavemente como tanteándose. Gracias al guante, Laronnar podía sentir el ritmo de las espadas en la piel y en los huesos.
Laronnar atacó. Se agarró la mano enguantada con la otra y blandió el arma contra su comandante con todas sus fuerzas. Dralan esquivó el golpe y se puso fuera de su alcance.
Laronnar aprovechó el impulso para girar sobre sus talones y propinar otro golpe fulminante. Dralan le hizo frente y las armas chocaron en un estruendo metálico que llenó el aire como si fueran campanadas.
Al dar un paso atrás Dralan hirió con su espada el ala de uno de los draconianos que volaban. La hoja afilada atravesó la piel dura y la sangre verde se desparramó por el suelo. El draconiano aulló de dolor y fue apartado del camino de Dralan por otro compañero de su misma especie.
La multitud, boquiabierta, empujaba y hacía sitio para la pelea. Los dos hombres avanzaban y retrocedían de forma paralela al mostrador y las hojas de acero brillaban y rechinaban al tocarse. Los hombres aplaudían y disfrutaban de aquel espectáculo sin que les importara quién fuera a ganar. Los gritos de ánimo dieron fuerzas a Laronnar y embistió con más furia si cabe. Ante tal fuerza y velocidad, Dralan se vio forzado a echarse hacia atrás. Aunque a duras penas, logró parar cada embate mientras retrocedía. Al esquivar un golpe virulento, dio un salto sobre una silla y se encaramó a una mesa, que se tambaleaba peligrosamente bajo los pies. Su espada cayó a una velocidad de vértigo.
Esta vez fue Laronnar quien tuvo que retirarse y esquivar un golpe destinado a partir su cabeza en dos. Ahora era él el que tenía que evitar que le alcanzaran los golpes certeros de Dralan. Entonces éste saltó de la mesa y fue a parar casi sobre Laronnar; durante unos instantes los dos hombres forcejearon mientras sus armas se agitaban peligrosamente en el aire por encima de sus cabezas.
—¡Te lo advertí! —rugió Dralan—. Vas a aprender a obedecer a tus superiores.
Laronnar prefirió ahorrarse las energías para la pelea. Soltó el antebrazo de Dralan y le tomó por el cuello. El comandante, que era más grande, respiraba con dificultad mientras el pulgar de Laronnar penetraba en la blanda base de la garganta.
Dralan dobló el cuerpo y luego lo estiró para empujar con toda su fuerza. Laronnar le soltó rápidamente pero sus dedos dejaron unos surcos sangrientos en la garganta de Dralan. Los dos hombres se movieron en círculo para recobrar el aliento.
Dralan pasó la espada a la mano izquierda y se limpió el cuello con la derecha. Los dedos se le tiñeron de sangre. Soltó una maldición y atacó. Su manejo de la espada era excelente: una danza de pasos ágiles y movimientos precisos del brazo mientras el filo refulgía bajo la luz de las velas.
Laronnar dio un traspié y cayó hacia atrás sobre una mesa. Dralan arremetió con la espada en alto y se abalanzó para asestar el golpe definitivo. Laronnar apenas tuvo tiempo para esquivarlo. La espada silbó junto a su oreja y quedó clavada en la mesa donde antes había reposado su cabeza. Notó astillas de madera cayéndole por las mejillas y la nuca.
Laronnar rodó sobre la mesa al suelo y escapó a gatas. Dralan lo persiguió riéndose y apartando las mesas como si, en lugar de muebles de roble pesado, fueran simples ramas.
Laronnar se incorporó rápidamente con el arma levantada sobre la cabeza a modo de protección. La punta de la espada de Dralan se deslizó por el filo y rozó la mano de Laronnar, hiriéndole. Laronnar logró ponerse en pie y dio un paso atrás. Dralan sonrió al ver la sangre que caía de la muñeca de su contrincante.
—Ríndete, Laronnar. Es posible que si te humillas lo suficiente te perdone la vida.
Pero Laronnar hizo una finta a la derecha para luego girarse hacia la izquierda sobre una mesa y luego otra y acabar delante de Haylis que, igual que el ayudante de Dralan, se esforzaba por estar junto a su capitán. Haylis sostenía el cinto y la espada que Laronnar había dejado caer cerca del mostrador.
Cuando Dralan embistió, Laronnar cogió la daga de defensa que Haylis llevaba en su cinto. Haylis, sin comprender bien lo que su capitán intentaba hacer, avanzó de pronto para ofrecerle la espada y enredó el cinto de piel y sus pies con los de Laronnar. Éste dio un traspié, agarró a su lugarteniente por los hombros y se dio la vuelta. La espada de Dralan cayó sobre las espaldas de Haylis.
El hombre se agitó en brazos de Laronnar, emitió un sonido gutural y murió con una expresión perpleja y asombrada. La sangre caía a borbotones sobre Laronnar.
—¡Bastardo! —chilló Laronnar a Dralan.
El comandante, que todavía tenía la espada clavada en el cuerpo de Haylis, estaba tan sorprendido como su víctima.
—¡Pero yo no…! —farfulló Dralan.
Laronnar metió los dedos en el cinto de armas de Haylis y arrojó el cuerpo a los brazos de Dralan. El peso muerto arrancó de un tirón el cinto y Laronnar se puso a cubierto asiéndolo con dureza.
Cuando Dralan liberó su espada, Laronnar ya tenía lo que quería: la daga de Haylis. Por precaución cogió también la diminuta ballesta de su lugarteniente y se la metió en el cinto. Cuando Dralan vio la daga hizo un gesto de desprecio: era un arma propia de ladrones.
Laronnar sonrió y paró con la daga el primer golpe de Dralan. Tenía una pequeña sorpresa preparada para su estúpido comandante.
Dralan volvió a atacar con tanto ensañamiento que apenas prestó atención. Laronnar resistía el embate con la daga y la hoja del guante. Mientras Dralan se entretenía con esto, Laronnar fue cambiando ligeramente su posición para conducir a su enemigo a un lugar donde el suelo estuviera despejado. Laronnar entró en el pasillo. Libre ya de obstáculos, atacó con el puño armado en un gesto peligrosamente externo y dejó expresamente descubierto su lado izquierdo. Dralan cayó en la trampa.
Laronnar levantó su brazo izquierdo y activó el preciado botón que había en la guarnición de la daga. Las dos hojas de defensa se separaron de la hoja central de forma que Laronnar logró atrapar la brillante espada de Dralan en las tres hojas de la daga. Saltaron chispas. Rechinó el roce de metal contra metal. Laronnar desplazó la daga hasta la mitad de la espada de Dralan. Luego, se dio la vuelta con todas sus fuerzas. El chasquido de la hoja al partirse sonó como el estallido de un rayo en la taberna que, de pronto, se había quedado en silencio.
Dralan lanzó una maldición y tiró la empuñadura de la espada rota contra Laronnar. Éste reaccionó, tiró la daga al suelo y atacó con la mano derecha, blandiendo el puño armado en un semicírculo cerrado.
La hoja alcanzó el hombro de Dralan y éste cayó hacia atrás. El arma atravesó ropa, piel y carne. Dralan cayó agarrándose el brazo ensangrentado.
Entonces Laronnar atacó hacia el suelo asiendo el puño armado con la mano izquierda. En el último momento, Dralan se hizo a un lado. La espada de Laronnar cortó el aire vacío que su contrincante había ocupado y dio contra los pesados tablones de roble del suelo. Laronnar cayó de rodillas y Dralan le dio un puntapié.
Cuando la pesada bota del comandante se estampó en su cara, el dolor estalló en de la cabeza de Laronnar. La fuerza del golpe lo tiró hacia atrás y la mano se dobló bajo él. Laronnar profirió un quejido e intentó ponerse en pie. Notó el sabor de la sangre en los labios y en la lengua y se concentró en aquel sabor desagradable a cobre. Consiguió erguirse sirviéndose de las rodillas y los codos mientras se apretaba la cabeza. Cuando recuperó el equilibrio vio que Kaelay ayudaba a Dralan a ponerse en pie y que su ayudante draconiano sostenía la espada que había dejado caer y se la entregaba a su comandante.
Laronnar, todavía de rodillas, tomó del cinto la pequeña ballesta de Haylis y apuntó.
Un murmullo parecido al del viento recorrió los clientes de la taberna cuando el draconiano cayó de espaldas contra las puertas desvencijadas de la taberna con la flecha de la ballesta clavada en la frente.
Al instante, la lluvia y un frío viento marino se colaron por la puerta de entrada. Los clientes que se habían agolpado en la puerta se apresuraron a volver a la pared, ansiosos por no perderse un detalle de la pelea y por no mojarse mientras la miraban.
Dralan, con el pecho agitado, se puso en pie, mudo de asombro por un momento. Contempló a su ayudante muerto y la larga espada que brillaba mortecina en la pasarela de madera, todavía asida por el draconiano. Dralan miró a Laronnar.
—Dos buenos soldados han muerto por nuestra disputa. Pongamos fin a esto —espetó con la mano extendida y la palma hacia arriba—, de forma honrosa.
Laronnar se esforzó por ponerse en pie. El aire frío apagó las velas y azotó las antorchas de forma que la sala quedó sumida en la luz vacilante de las llamas. El frío le ayudó a aclarar las ideas. Asintió y extendió la mano: la mano enguantada.
Algo en la cara, o en los ojos, le traicionó.
Dralan retrocedió y tropezó con el cuerpo de su ayudante. Laronnar agarró la parte trasera de la armadura de Dralan y lo arrastró al interior de la taberna en el momento en que el comandante tomaba la espada del draconiano. Laronnar golpeó la parte posterior de la cabeza de Dralan con el guante de acero que le cubría el dorso de la mano.
El modo en que Dralan se tambaleó hizo pensar que aquel golpe le había dejado sin sentido. Pero Dralan mantenía asida la espada con las dos manos y la arrastraba con él. Laronnar golpeó con fuerza la nuca desprotegida de Dralan con los clavos del guante de forma que rasgó un lado de la cabeza a su contrincante. Dralan gimió como un animal herido, se echó hacia adelante y con su peso se soltó de la presa de Laronnar.
Entonces Dralan se incorporó y se encaminó tambaleante para hacer frente a Laronnar. La sangre le brotaba de un lado de la cabeza y le manchaba el blanco cuello. Apretó la espada draconiana en sus manos. Dralan atacó, pero su manejo de aquella espada era torpe y no podía ver bien. La hoja hirió a Laronnar en las costillas y le hizo caer. El golpe siguiente fue más certero y la punta de la hoja dio en el muslo. Laronnar gimió. El dolor le palizaba la pierna.
Aquel dolor le dio miedo. Y el miedo le infundió ánimos. Laronnar dio un puntapié con su pierna sana. La espada salió despedida de las manos de Dralan y Laronnar se apartó a gatas apretando con una mano su pierna ensangrentada.
Dralan buscó la espada con torpeza, la encontró y se encaminó hacia su enemigo. Intentó dar la vuelta a aquella arma tan pesada para asirla mejor por su enorme empuñadura. Antes se detuvo para pasarse la manga por la cara y limpiarse de sangre los ojos.
Entretanto Laronnar se escabulló. Todavía tenía la ballesta. Buscó una flecha en el cinto y entonces vio que no quedaba ninguna: las había perdido durante la pelea. Levantó una mesa y se ocultó a gatas bajo ella para sobreponerse. La pierna le quemaba como si estuviera ardiendo. Oyó que Dralan se le acercaba. Entonces sintió una mano suave en el hombro que le invitaba a quedarse donde estaba. Se volvió y vio a la camarera pelirroja, Kaelay, con su sonrisa dulce y su olor a especias. No iba despeinada pero en cambio llevaba la túnica manchada de sangre por delante, por donde antes había ayudado al comandante a ponerse en pie.
—Permíteme que te ayude —dijo. Su voz evocaba el murmullo del aire.
—¿A qué juegas? —dijo Laronnar con enfado. Tiró al suelo la ballesta inservible y empuñó la pata de una silla rota como si fuera un ascua—. ¿Acaso te estás vengando por la toma de tu pequeña ciudad miserable?
—Esto no es un juego, mi señor. Ayudo a quien mejor pueda ayudarme —dijo mientras se arrodillaba a su lado.
—Primero le ayudaste a él, ahora a mí. —Laronnar intentó de nuevo ponerse en pie. El sonido de unas botas arrastrándose por el suelo de madera era cada vez más cercano. Laronnar cayó y ella le sostuvo.
La espada pesada se desplomó de pronto sobre el canto de la mesa, justo encima de la cabeza de Laronnar, desparramando astillas y trozos de madera.
Ajeno al terrible dolor que sentía en el muslo, Laronnar se puso en pie y lanzó la pata de la silla. Ésta se desplazó sibilante por el aire a unos pocos centímetros de la cara de Dralan y logró hacerle perder el equilibrio. La pesada espada cayó contra el suelo desde el borde de la mesa.
Mientras Dralan intentaba levantar de nuevo la espada, Laronnar se volvió hacia Kaelay.
—¡Puta! Estás intentando distraerme. —Intentó atacarla con la espada como antes había hecho a Dralan—. Si nos matas a todos, vendrán otros que ocuparán nuestro lugar.
Ella esquivó el golpe con más agilidad que el comandante.
—Ayudo a quien mejor pueda ayudarme —repitió. Toda su dulzura había desaparecido y en su lugar había maldad e ira. Entonces tomó con fuerza la mano de él, le apretó el puño y pronunció una sola e incomprensible palabra.
Laronnar se quedó sin aliento. Una luz perniciosa se desprendió humeante de sus manos, quemándole la piel como si fuera una ortiga. Kaelay pronunció otra palabra y luego le soltó la mano con tanta brusquedad que le hizo tambalear. Entonces vio que en la mano donde ella había posado la suya tenía ahora la pequeña ballesta amartillada y cargada con una flecha.
Laronnar se puso en guardia al ver que ella se sobresaltaba y se dispuso a enfrentarse a Dralan, que sostenía en sus manos la reluciente espada draconiana. Laronnar dio un paso hacia adelante, oprimió la ballesta cargada contra el pecho de Dralan y apretó el gatillo.
La pequeña flecha, que apenas medía un palmo, dio en el corazón de Dralan justo en el momento en que la espada de éste golpeaba el brazo de Laronnar. Notó que el dolor le recorría el cuerpo, pero le pareció extrañamente débil.
Laronnar contempló la expresión de sorpresa y luego de rabia en el rostro de Dralan. Vio cómo la espada de su contrincante resbalaba entre sus dedos y cómo Dralan caía al suelo. Oyó el estrépito de la espada al deslizarse desde su hombro y caer contra el borde de la mesa y luego, al suelo.
¡Y Laronnar seguía en pie! Cauteloso, movió levemente la cabeza a un lado y hacia abajo para verse el hombro. No sangraba. No tenía la carne arrancada ni se veían los extremos sangrantes de los huesos. ¡La espada no le había herido! ¿Cómo podía ser?
Volvió la vista hacia Kaelay; ésta se había apartado y estaba en pie, sola entre el montón de mesas cercano a la puerta. Sonrió y se encogió de hombros en un gesto que hizo destacar los pechos que se marcaban debajo de la túnica. Luego se dio la vuelta. Antes de que pudiera ir tras ella, un estallido de vítores surgió de entre los soldados que permanecían en el bar; éstos se abalanzaron sobre Laronnar para estrecharle las manos entumecidas y darle palmadas en la espalda a modo de felicitación.
Laronnar salió de la taberna y respiró profundamente el aire salado, más fresco gracias a la lluvia. Ya se había dado la llamada a la batalla; la tregua había terminado. Bajo el cielo del atardecer, el brillo de las primeras estrellas de la noche centelleaba en los charcos de la pasarela. La calle que se abría ante él estaba enlodada y tan desierta y tranquila que se podía oír el murmullo del mar y el crujido de los barcos en la orilla.
Había vencido. Ahora él era el comandante. Su corazón todavía latía fuerte por la intensidad de la batalla, la alegría y el orgullo. Las heridas le ardían y sentía dolor en los hombros. Se tambaleó de cansancio, pero no le importó. En sus oídos todavía resonaban los gritos y vítores por su nuevo título: comandante Laronnar.
Abrió los brazos para abrazar la noche que se avecinaba y la batalla, tan próxima. Ahora sólo quedaba hallar aquella hechicera de ojos verdes que le había ayudado a ganar el duelo. Él sabría sacar un buen provecho de aquel poder. De la oscuridad del cielo, emergió un dragón; éste dio una vuelta y luego otra, y por fin descendió y aterrizó sin apenas hacer ruido. Laronnar deseó que no lo fuera, que no fuera la hembra de Dragón Azul, la de los grandes ojos verdes, que no fuera Char, la dragona del comandante. Aquella dragona era una criatura salvaje y traicionera, toda gracia y fuerza, perfidia y majestad y había sido enviada por la propia Reina Oscura para acompañar a Dralan. Char cruzó la calle mojada con pasos ágiles.
Laronnar miró a la criatura con reservas. ¿Habría venido a felicitarle? ¿O a matarle? De pronto la alegría por la batalla y su felicidad se desvanecieron. Se quedó sin aliento.
En la espalda y el pecho, Char lucía un elegante arnés de piel y una silla decorada con galones y joyas brillantes. Una cinta le cruzaba el amplio y escamoso pecho y en el centro lucía el símbolo en relieve de la Reina Oscura: el Dragón de Cinco Cabezas.
—¡Fue una lucha justa! —dijo Laronnar. Tragó saliva de modo ostensible, pero ésta no acudió a saciar la sequedad que sentía en la boca y la garganta. Dobló una rodilla ante aquella criatura enorme—. ¡Pregúntale a quien quieras pero no me mates!
—Muerte —retumbó Char desde las profundidades de su amplio pecho en un tono de voz burlón y sarcástico—. ¿Acaso eso es lo que esperas a cambio, Laronnar? He dicho que ayudaría a quien mejor pudiera ayudarme.
Laronnar alzó la mirada y contempló aquellos ojos astutos y brillantes, de un color esmeralda como el de la hierba en primavera. Sintió el olor a especias y humo y olvidó su temor a ser devorado ahí mismo.
—¡Tú…! —dijo asombrado.
—¿Mi señor? —La dragona dio un gran paso al frente y bajó su pata izquierda para que Laronnar pudiera subir.
—¡Eras tú…! —exclamó. Entonces se dio cuenta de que estaba mirando a la dragona con la boca abierta. Tomó aire para tranquilizarse—. Tú eres quien me ha ayudado. Tú eres…
Char inclinó la cabeza en señal de asentimiento.
—¿Por qué?
—Tal vez estaba harta de Dralan. Es posible que le considerara demasiado… honrado —dijo suavemente.
Aquella malicia dulce en el tono de voz hizo estremecer a Laronnar, de miedo y en parte también, de placer.
—A lo mejor tú me has parecido más valioso. —La dragona giró la cara a un lado y al otro, mirando a Laronnar como cuando se examina algunas especies de insectos bajo la luz.
Laronnar se estiró cuanto pudo e hizo una reverencia sin dejar de mirar a la dragona.
—Graci…
Char le interrumpió la formalidad con un gruñido.
—El hombre que luche en mi lomo no debe tener compasión, ni escrúpulos, ni honor. Debe ser tan desalmado que incluso su propia madre tema darle la espalda. —Se inclinó y bajó su enorme cuello hasta que sus brillantes ojos verdes quedaron al nivel de los de él.
»Te aviso. Ambiciono ser algo más que la cabecilla de una pequeña compañía del ejército de mi señora. Si me decepcionas seguirás el mismo camino que Dralan.
Laronnar se puso el casco y bajó el visor. A continuación se encaramó por la gruesa pata delantera de Char y se sentó de un salto en la silla.
—Vamos, hay una batalla que tenemos que ganar.
Y con el impulso de sus piernas poderosas, Char saltó hacia el cielo y extendió sus enormes alas para elevarse en el vivificante aire salado.