20

Una crisis es una oportunidad disfrazada

Un banco internacional estaba muy interesado en atraer como cliente a un hombre sumamente rico cuya existencia acababan de detectar. Con tal fin, mandaron a visitarle a algunos de los mejores comerciales del banco, los cuales iban provistos de unos productos tan atractivos que era casi impensable que el cliente se resistiera al menos a alguno de ellos.

Para sorpresa y espanto de los comerciales, el cliente los trató de una manera tan profundamente descortés que ellos se quedaron completamente desconcertados. Al volver al banco comentaron lo ocurrido. Decidieron pensar que tal vez el momento de la visita por alguna razón que ellos desconocían había sido terriblemente inoportuno. Tal vez, aquel hombre había recibido previamente a su visita una mala noticia, un disgusto, cualquier cosa que le hubiera sacado de sus casillas.

Pasado un tiempo, decidieron llamarlo de nuevo y el cortésmente les concedió la entrevista, pero cuando ilusionados volvieron a verlo, los trató si cabe de una manera más dura y distante que como los había tratado la vez anterior. Los comerciales se marcharon decididos a no volver a visitarlo jamás.

Estaban así las cosas, cuando un joven recién llegado al departamento comercial del banco y durante una simple conversación mientras tomaban un café, oyó hablar de este hombre que al parecer tenía tanto dinero y tan poca educación. Mucha gente en su misma situación hubiera decidido dar la razón a los que criticaban a aquella persona tan huraña e incomprensible, sobre todo si recién llegado a una oficina, se le pusiera en bandeja una oportunidad tan estupenda para caer bien a los demás. Suelen gustarnos más las personas que nos dicen lo que queremos oír y no nos suelen gustar tanto, aunque luego no las olvidemos, aquéllas que nos dicen no lo que queremos oír, sino lo que necesitamos escuchar.

Aquel joven, ante la perplejidad de los demás pidió permiso para visitar a aquel cliente. Lo llamaron por teléfono y aquel multimillonario volvió a conceder la ansiada entrevista. Sin embargo, cuando el joven llegó a su despacho, el hombre lo trató con la misma frialdad y dureza con la que había tratado a los otros comerciales del banco. A pesar de la dificultad de las circunstancias en las que se encontraba, el joven comercial, si bien tenía poca experiencia, fue capaz de demostrar una gran dosis de sabiduría. Él ya sabía que cuando uno es así en su forma de comportarse, no es así por naturaleza, sino porque tiene uno o varios «aguijones» clavados en el cuerpo y que no paran de soltar veneno.

—Señor, me permite usted que le haga una pregunta —dijo el joven comercial.

El millonario quedó desconcertado porque hasta ahora todos los que le habían visitado le habían hablado de sus productos. Aquel joven era el primero que le quería preguntar algo, que tenía interés en conocer, que quería saber.

—Hágame la pregunta —le contestó.

—¿Qué tal se ha portado con usted mi banco en el pasado? —preguntó el joven.

Esta cuestión debió de tocar algo muy hondo en el interior de aquel millonario, tanto que aquel hombre tan hermético para todo lo que no fuera una expresión desagradable empezó a sincerarse.

—Mire, yo hace mucho, mucho tiempo era un agricultor. Me levantaba muy temprano para arar el campo y me acostaba muy tarde. A base de trabajar y trabajar conseguí sumar unos ahorros y con ellos compré otro pedazo de tierra. En aquel momento se me hizo necesario disponer de un tractor y fui al banco que usted representa para pedir un crédito. No solo me lo negaron, sino que además me explicaron que no podían conceder un crédito a una persona tan insolvente como yo. Me sentí profundamente humillado. Ahora pasado el tiempo he ganado mucho dinero y su banco, qué sorprendente, ahora me considera una persona interesante.

Aquel joven podía haberse puesto a defender al banco, a decir que agua pasada no mueve molino, que intentarían reparar el daño causado, etcétera.

Sin embargo, tuvo otro gesto que no surgió sino de esa sabiduría que no se localiza en la cabeza, sino en el corazón.

—Mire, lo entiendo perfectamente, creo que aunque yo no puedo hacer ya nada para reparar el sufrimiento causado, si que puedo hacer otra cosa y es decirle que yo en sus circunstancias muy probablemente habría hecho lo mismo que usted y sobre todo quiero decirle en mi nombre y en el del banco que lo siento de verdad.

El joven comercial se levantó para despedirse y marcharse cuando en ese momento el millonario que era tan humano como cualquier otro hombre, le dijo que esperara porque quería seguir hablando con él.

Sé cómo se desarrollo la historia ya que conocí a uno de sus protagonistas.

Aquel hombre millonario se hizo cliente del banco. La única condición que puso fue que su interlocutor con el banco fuera el joven comercial. Se creó una relación de confianza que a todos benefició. El banco multiplicó el dinero de aquella persona y se benefició lógicamente por ello. El hombre millonario curó parte de aquella herida invisible, de esa sensación de humillación que cuando no es superada afecta muy negativamente a la salud y al bienestar. El joven ganó autoridad ante los otros miembros del departamento comercial y además se hizo un nuevo amigo.

Un líder hace que las cosas sucedan y aquel joven hizo un verdadero ejercicio de liderazgo. En lugar de formar parte del problema, la critica al millonario, decidió ser parte de la solución al mostrar su disposición para visitarlo. En lugar de reaccionar fue proactivo y, por eso, en vez de posicionarse cuando se le atacaba, decidió preguntar para explorar y comprender. Además, tuvo la humildad que es necesaria para escuchar lo que no es agradable de oír. Y por si fuera poco, dijo algo cuyo alcance es difícil de explicar: dijo «lo siento».

Pienso que hay tres sencillas frases que abren muchas puertas: la primera es «por favor», la segunda, «gracias» y la tercera, «lo siento».

Creo que los conocimientos son muy importantes y que, si cabe, la experiencia aún lo es más. Sin embargo, para hacer frente a algunos de los desafíos más complejos que la vida nos presenta es necesario algo más que los conocimientos y la experiencia, es necesaria la filosofía, que no es otra cosa que el amor a la sabiduría. Sócrates, uno de los más grandes filósofos que han existido, decía que cuando los dioses querían destruir a un ser humano, primero lo convertían en arrogante y así él mismo se destruya. La filosofía, el amor a la sabiduría nos invita a la humildad. El joven comercial tuvo la humildad necesaria para que alguien al sentirse escuchado de verdad abriera las puertas de su corazón de par en par.

Séneca, otro de los grandes filósofos, decía que no nos da miedo hacer las cosas porque sean difíciles, sino que las cosas son difíciles porque nos da miedo hacerlas. El joven comercial fue valiente y audaz. Se arriesgo a caer mal entre algunos de sus compañeros que tal vez lo vieron como un iluso, un ignorante y un insensato y lo hizo para servir bien a su banco.

El gran psicoanalista suizo Carl Jung decía que la mayor parte de los problemas mentales no se solucionaban con psiquiatría, sino con filosofía. El resentimiento, la frustración, alimentan de forma continua un torrente de pensamientos negativos que con el tiempo pueden llevarnos a una depresión. Solemos pensar que una persona tiene pensamientos negativos porque está deprimida y no que está deprimida porque no para de tener pensamientos negativos. La ansiedad permanente es la gran enfermedad de nuestro tiempo y es causada por el continuo bombardeo de pensamientos negativos y limitantes que penetran sin permiso en nuestra conciencia.

El joven comercial fue capaz con su conversación de ayudar a que esta conversación negativa tan poco saludable que el millonario mantenía consigo mismo comenzara a desvanecerse. Su implicación en la salud es clara si tenemos en cuenta y recordamos que la elevación mantenida de algunas de las sustancias químicas que se liberan durante la ansiedad favorece la muerte neuronal. Es cierto que las neuronas son tan abundantes que para que nos hagamos una idea de su número, habría tantas como árboles hay en toda la selva del río Amazonas. También es cierto que el número de conexiones que establecen las neuronas entre sí y que es de cien mil billones, sería equivalente al número de hojas que tienen los árboles de esa misma selva amazónica. Sin embargo, imaginemos lo triste que es que se declaren incendios que maten muchos de esos árboles. Sabemos que la liberación sostenida de cortisol y los aumentos de los niveles de glutamato dentro de las neuronas las llegan a destruir, al menos a las neuronas de los hipocampos, que, como sabemos, son centros vinculados a la alegría, a la capacidad de aprender y de recordar. Por eso muchos expertos en salud mental piensan que estas reacciones mantenidas y continuas de ira, resentimiento y ansiedad pueden llevarnos a un estado depresivo, donde lo que más destaca por su ausencia es la alegría.

Albert Einstein decía que ningún problema importante puede ser resuelto en el mismo nivel de pensamiento en el que fue creado. En otras palabras. Si el distanciamiento con una persona lo explicamos a base de una serie de juicios y de suposiciones, mientras nos mantengamos en ese marco de referencia, no podremos alterar la situación. Es necesario cambiar el marco de referencia y para ello hay que ser capaz de apartarse de la idea de que lo que veo es lo único que existe y empezar a buscar información, a preguntar y abrirnos a escuchar.

Muchas veces cuando la actitud de una persona no nos agrada, damos por hecho que lo único que nos muestra es su dureza, su rigidez y su intransigencia. Con este tipo de valoraciones, por razonables que nos parezcan, los únicos sentimientos que se suelen experimentar son la ira, la frustración y el resentimiento. Nuestro cuerpo se tensa, la inspiración se acorta, mientras que la espiración se alarga, casi como si mostrara una forma de contracción corporal. Nuestra atención está tan enfocada en dar una y otra vuelta a lo mismo que seremos incapaces de percibir nada más, por interesante o bello que pueda ser.

Si en ese momento nos paramos y nos hacemos una curiosa pregunta: «¿qué es lo que mi actitud hacia esa persona dice de mí?», probablemente, notaremos como poco a poco se va abriendo un espacio en nuestra mente que nos permite sondear y descubrir cosas nuevas e interesantes. Es posible que seamos más conscientes de lo fácilmente que se puede poner una etiqueta negativa a una persona y como esto puede Alegar a dificultar o impedir por completo el encuentro y la colaboración. Cuantos talentos esa persona sin duda puede tener que nosotros, viéndola de una forma tan negativa, no estamos dispuestos a explorar. Por todo ello, creo que cuanto más intentemos cambiar a los demás para que piensen y vean las cosas como las vemos nosotros, menos éxito alcanzaremos, ya que aquello que se resiste persiste.

Cuando sentimos que alguien nos quiere cambiar como si fuéramos parte de la maquinaria de un reloj defectuoso, nos rebelamos, nos irritamos y nos oponemos de una manera abierta y sonora, o tal vez silenciosa. Puede ser que en esos momentos digamos si con la cabeza, pero lo que está claro es que nuestro corazón dice no. Las personas solo cambiamos de verdad cuando nos damos cuenta de las consecuencias de no hacerlo. El cambio autentico se produce, no por imposición de otros, sino por reflexión propia, y a veces esta reflexión lleva un tiempo. Invitar a la reconsideración de algo es más efectivo que pretender convencer sobre la necesidad de un cambio.

Cualquier enfrentamiento entre personas no es un conflicto entre sus naturalezas, sino entre sus formas de ver las cosas, sus patrones de referencia, sus paradigmas. Para entender las opiniones de una persona es importante conocer como se formó esa forma de ver las cosas. Solo así puede uno valorar cosas que a priori parecen insignificantes, pero que para la otra persona no lo son.

Para generar salud no es imprescindible ser médico ni haber pasado por la universidad. Si somos capaces de dedicar más tiempo y más esfuerzo a comunicarnos de verdad, no solo a decir lo que sabemos, sino también a expresar lo que sentimos, no a etiquetar con tanta rapidez y sí a preguntar y a escuchar con más interés, de manera directa vamos a empezar a notar efectos en nuestra salud, en nuestra energía y desde luego, en nuestra vitalidad.