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Por favor, necesito una dosis de risa, doctor
Una persona le estaba comentando a su amigo la experiencia tan horrible que había tenido en un hospital:
—Imagínate como tenía que sentirme para irme del quirófano justo antes de que me anestesiaran.
—¿Qué es lo que pasó para que tomaras una decisión así?
—Pues que el anestesista no paraba de decir que aquélla era una operación muy sencilla, que estuviera tranquilo, que miles de personas se operaban de lo mismo y nunca había complicaciones, que siempre había una primera vez y que vería como el miedo desaparecía, y más cosas por el estilo.
El amigo estaba muy sorprendido y le dijo:
—Chico, no lo entiendo. Yo hubiera agradecido mucho cuando me operaron de la rodilla hace un año que el anestesista me hubiera dicho las mismas palabras tan confortantes que te decía a ti.
—Tú no lo entiendes, no me las decía a mí, se las decía a mi cirujano.
El papel del humor o al menos de la sonrisa pasa con frecuencia desapercibido precisamente cuando más se necesita. Parece que reírse o simplemente sonreír está fuera de lugar en la mayor parte de los ambientes. A medida que crecemos nuestra capacidad de reír se va atrofiando hasta que se convierte nada más que en un recuerdo. Afortunadamente, cada vez vamos recuperando más esta emoción tan necesaria para hacer frente a los desafíos a los que nos enfrentamos los hombres y las mujeres de hoy. El doctor Patch Adams, conocido por la película que lleva su nombre y que fue protagonizada por el actor Robin Williams, es un gran conocedor del papel del humor en la salud. Patch no se parece nada a Robin Williams, entre otras cosas, porque mide más de un metro noventa. Es fuerte y delgado y tiene un pelo que es mitad gris y mitad azul y que termina en una coleta. Lleva un pendiente en una de sus orejas que se lo cambia con frecuencia. Unas veces le cuelga una pequeña cuchara, otras un tenedorcito. Patch, que es como le gusta que lo llamen, se pasa la mayor parte de los días del año viajando a territorios en guerra o a países que han sufrido grandes catástrofes naturales para disfrazarse de payaso y, con sus músicos, llevar un poco de alegría a aquellas personas que lo han perdido todo. Cuando eres consciente de lo que hace este hombre y su equipo, te das más cuenta de que el humor es algo para tomárselo realmente en serio. Cuando una persona se ríe, su dolor físico se reduce y por eso la presencia de gente como Patch es tan necesaria, porque por una parte lleva alegría y por la otra reduce físicamente el dolor de aquéllas que están heridas. En los hospitales, los enfermos que se ríen con sus médicos, sus enfermeras, sus auxiliares, los celadores y las personas que limpian sus habitaciones necesitan menos analgesia que las que están rodeadas por un entorno emocionalmente aséptico, aunque pueda ser técnicamente brillante.
Hace años se publicaron dos artículos en el New England Journal of Medicine, uno de las publicaciones médicas más prestigiosas en el mundo, sobre otro hombre singular que en este caso no era médico. Se llamaba Norman Cousins y le habían diagnosticado una enfermedad articular degenerativa en una de sus formas más limitantes. Norman aceptó el diagnostico y no permitió que se convirtiera en un veredicto. Como tenía alquilada una habitación enfrente del hospital donde se le administraba parte de su tratamiento, que estaba enfocado fundamentalmente a paliar sus dolores y no a lograr una impensable remisión de su enfermedad, decidió que el humor le podía servir de gran ayuda. Coman Cousins compro un montón de películas de los hermanos Marx, sus actores favoritos, y se paso muchas horas riéndose con las ocurrencias de Groucho y sus hermanos. Lo curioso es que empezó a mejorar hasta tal punto que se curo por completo. Hoy sabemos que cuando en procesos inflamatorios articulares, como puede ser la artritis reumatoide, nos reímos, mejora el dolor y se reduce la inflamación. Por ello en la actualidad, en Estados Unidos, el humor es parte fundamental en el tratamiento de los afectados por esta enfermedad. En la artritis reumatoide hay una sustancia que se llama interleukina 6, que cuando se eleva en sangre aumenta la inflamación y el dolor. Curiosamente cuando las personas que padecen esta enfermedad se ríen, baja la interleukina 6. Este efecto se le atribuye a una serie de sustancias químicas llamadas neuropéptidos que se segregan cuando uno se ríe y que tienen la capacidad de bajar los niveles de interleukina 6. Además, el humor tiene, si cabe, un efecto no menos sorprendente y que es muy útil si estamos sanos o no. El humor es capaz de reducir e incluso hacer desaparecer el distrés, que, como sabemos, es la forma negativa de estrés y se asocia al bajo rendimiento, escasa lucidez y pérdida de la salud.
Tuve la ocasión de comprobar este efecto cuando trabajaba como cirujano en un hospital de Boston. Boston es una ciudad preciosa, llena de parques y que tiene un río, el río Charles, que la separa de la ciudad de Cambridge, que tiene, incluso a pesar de la cercanía, un Ayuntamiento diferente. Ambas orillas del río están franqueadas por hierba y árboles y mucha gente las usa para pasear, patinar o montar en bicicleta. En primavera es tal la explosión de colores que resulta difícil de olvidar.
Mi experiencia, sin embargo, tuvo lugar en un paisaje menos idílico, ya que era pleno invierno y la temperatura habitual era de veinte grados bajo cero. Todo estaba cubierto de nieve y muy pronto anochecía. Hay muchas personas que ante la falta de luz solar entran en un estado depresivo. Este tipo de depresión se llama estacional y se debe en parte a la falta de producción de serotonina, una hormona fundamental en los estados de ánimo y que se segrega, entre otras causas, por la exposición a la luz solar. Yo no puedo decir que estuviera deprimido, aunque tampoco aquel paisaje me parecía muy estimulante. Lo que más me preocupaba era que aquel día una serie de cirujanos nos íbamos a tener que hacer cargo de los pacientes del llamado equipo II. Aquello no era una buena noticia por varias razones. La primera era que se trataba de cuarenta y dos enfermos con problemas sumamente complejos, ya que muchos de ellos procedían de otros hospitales de Estados Unidos e incluso de otros países del mundo. Muchos, por tanto, habían sido ya operados en otros sitios, habían sufrido algún tipo de complicación y nos los enviaban para una probable reoperación. El asunto se complicaba porque éramos muy pocos los cirujanos que tomábamos el relevo, lo cual suponía que trabajábamos un número de horas absolutamente exagerado. Pronto empezamos a notar los efectos de la tensión y el agotamiento, datos claros de distrés. Aun así, sabíamos lo importante que era hacer nuestro trabajo de una forma excelente. Fue entonces cuando apareció Larry. Larry era un hombre de mediana estatura, de una inteligencia descomunal y con un sentido del humor prodigioso. Yo ya no recuerdo ni lo que decía ni lo que hacía. De lo que sí me acuerdo es de lo que nos reíamos nosotros y los enfermos con él. Entonces todos empezamos a notar algo asombroso. Nos sentíamos menos cansados y más alegres, nuestras decisiones eran más rápidas y certeras, y los vínculos humanos se hicieron más estrechos. Trabajamos como un verdadero equipo y era precioso ver como cuando uno terminaba de trabajar a las once de la noche, en lugar de irse a su casa para poner las piernas en alto e intentar dormir, buscaba en que podía ayudar al resto de sus compañeros para que todo el equipo pudiera descansar. Nuestro paso por el equipo II fue tan memorable que no querían que nos fuéramos. Estoy convencido de que muchas personas en el hospital pensaron que nuestra capacidad quirúrgica o simplemente nuestra capacidad de aguante era superior a lo normal. Nosotros conocíamos la realidad, que no era otra que el humor de Larry había ayudado a reducir nuestra tensión y en consecuencia había ayudado a desplegar nuestro talento.
Si queremos generar un ambiente de salud a nuestro alrededor, hagamos algo aunque sea sencillo y pequeño para crear un entorno amable y divertido, y si no lo hacemos por mejorar la salud, al menos hagámoslo para mejorar los resultados. Hay demasiado «hierro» en nuestro día a día y éste se puede fundir en el calor de una sonrisa.
Cuando estemos tensos, en lugar de ponernos a analizar sesudamente el origen de nuestra tensión, veamos una película de humor y observaremos como luego podemos analizar lo que nos paso de manera inteligente.