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El poder que hay dentro de usted

Que el deporte es beneficioso para la salud, cuando se practica de forma equilibrada, parece poco cuestionable, a pesar de la pereza que tantas veces nos dificulta el practicarlo. Cuando yo era relativamente pequeño, empecé a tomar una cierta fobia hacia los deportes. Como no era muy hábil con la coordinación de mis pies, no conseguí entrar en el equipo de fútbol del colegio, como tampoco lo logré por mi corta estatura en el de baloncesto; ni por mi falta de corpulencia en el de balonmano. Quedé en cierta medida abandonado a la suerte, de tal manera que me metieron en el grupo de los que practicaban gimnasia. Mi padre, viendo lo poco que me agradaban los deportes, decidió apuntarme a un gimnasio donde enseñaban una disciplina que había llegado hacía poco tiempo a España, procedente de Japón: el judo. Entré como cinturón blanco, que es el de los principiantes. Como al director del gimnasio, cinturón negro tercer dan que se había formado en Japón, le interesaba popularizar el judo, decidió organizar un torneo en el gimnasio.

El día de la exhibición los jueces iban dando paso a los alumnos para que compitiesen según el color de sus cinturones, a todos, excepto a mí y a otro compañero de un nivel muy superior al mío. En medio de mi desconcierto, oí con perfecta claridad como uno de los jueces le decía a los otros dos:

—Nos hemos equivocado, no hemos llamado a ese blanco y como combata con el verde, el verde lo mata.

Faltó poco para que al oír aquellas palabras me desmayase, y como si nadie tuviera en cuenta mi pobre condición escuché como otro de los jueces respondía:

—Que le vamos a hacer, que se luzca el cinturón verde que para eso es nuestra estrella.

—¿Que se luzca conmigo? —pensé, aquello era inaudito.

A los pocos instantes nos llamaron y a medida que nos acercábamos al centro del tatami escuché un rumorcillo entre el público asistente probablemente como expresión de la pena que en ese momento sentían por mí.

Uno de los jueces se acercó a mí y me puso el cinturón rojo, símbolo del favorito del combate, ironía trágica de la inminente derrota. En aquel momento yo solo temblaba de miedo. Mi padre, que se encontraba entre los asistentes, me llamó con determinación. Pedí permiso a los jueces para acercarme a él. Cuando estuve frente a él, puso su mano en mi hombro, me miró con confianza y me dijo:

—Mario, tú puedes vencerlo.

—Pero, papá, ¿lo has visto? —le contesté.

—Si, lo he visto, y sé que puedes vencerlo si le haces la llave ogoshi.

—¿Un ogoshi? —respondí con desconfianza.

—Sí, se te da muy, pero que muy bien, hazle un ogoshi.

Cuando regresé al tatami no sabía como materializar la llave que mi padre me había aconsejado, pero una extraña fuerza vino a mí. Y después del saludo de rigor agarré a mi adversario y lo derribé. Gané el combate para sorpresa de todos.

A la altura de las orejas, en la parte más anterior de los lóbulos temporales del cerebro se encuentran dos núcleos que se denominan amígdalas o núcleos amigdalinos. En realidad, aunque parezca un único núcleo, es un conglomerado de núcleos con funciones todas muy importantes. Uno de ellos se llama núcleo central del miedo porque es el que activa muchas de nuestras reacciones de miedo. Sin su existencia, las personas no seríamos valientes, sino insensatas. Las amígdalas son capaces de captar un peligro físico incluso antes de que seamos conscientes de dicho peligro. Lo interesante es saber que las amígdalas se pueden activar desde zonas del cerebro que están muy ligadas a la forma de pensar. Hay pensamientos que desde la zona anterior del hemisferio derecho son capaces de activar los centros del miedo. Dicho de otra forma, los peligros creados por nuestra mente serían vividos como peligros reales y el organismo en consecuencia activaría los mecanismos de protección de la vida y, entre ellos, los mecanismos del estrés. Las personas que se quedan inmóviles cuando miran el peligro o que no paran de tener pensamientos negativos del tipo «no voy a poder», «es demasiado difícil», «me voy a equivocar», «no lo voy a superar» acaban arruinando todas sus posibilidades, no por carencia de recursos, sino por falta de confianza. En mi combate con el cinturón verde, mi propia conversación por razonable que fuera se estaba convirtiendo en la verdadera causa que imposibilitaba una gran victoria. Es esencial afrontar los retos lo mejor preparado que se pueda y si por una u otra razón se tienen que afrontar con menor preparación, hay que hacerlo con confianza. Cuando seamos conscientes de nuestra capacidad para dar pasos firmes, comprobaremos que muchas de las sensaciones que tenemos de falta de capacidad y que nos llevan a desconfiar y perder la esperanza han sido condicionadas. Nos hemos creído que no teníamos lo necesario y que lo que de verdad queríamos era inaccesible para nosotros. En pocos terrenos se ve tan claro como lo que creemos se convierte en lo que creamos. El dominio de nuestra conversación interior es una necesidad si queremos gestionar nuestra vida y para eso convirtámonos en esas personas que dan seguridad, apoyo y confianza en lugar de sembrar la gran duda en nuestro corazón. No menos importante es saber apoyar a otra persona cuando tiene que enfrentarse a un desafió. Qué diferencia más grande existe cuando junto a nosotros camina un compañero al que respetamos y que nos da ánimo, a cuando quien nos acompaña es un juez implacable.

Por ello, ante los desafíos, concentrémonos en lo que queremos, no en lo que tentemos. Si queremos cambiar algo que no nos gusta, cerremos los ojos y utilicemos nuestros sentidos internos, veamos, oigamos, toquemos, sintamos como serían las cosas si sucedieran como nosotros queremos. Las tecnologías de neuroimagen nos muestran como en un ejercicio de visualización se movilizan las mismas áreas en el cerebro que se activarían si la experiencia ocurriese en realidad. Este sistema accesible para todos lo utilizan muchos atletas del mundo de la competición.

Abrámonos a la posibilidad de que, ante los desafíos, si confiamos se pueden abrir puertas en la mente que desde la desconfianza permanecen cerradas.