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Cuando estoy mal, no esperes a que te lo cuente
Hace unos meses quedé profundamente impresionado por la actitud de un conductor de una de las líneas de autobuses que circulan por Madrid. De entrada, me sorprendió la amabilidad profunda y autentica con la que recibía a cada nuevo pasajero. Antes de arrancar miraba por el retrovisor para asegurarse de que la gente estaba bien agarrada. Que lejos de esos tirones que a veces sufrimos cuando vamos en un autobús y que si nos descuidamos, nos pueden tirar al suelo. Cuando el conductor veía a alguien que corría para llegar al autobús, en lugar de cerrar y acelerar al abrirse el semáforo, hacía lo que podía para esperarlo y ayudarlo. Recuerdo que en una de las paradas, había una mujer con una visión muy limitada. Tenía unas gafas con unos cristales muy gruesos e intentaba distinguir el número del autobús porque no lo podía ver con claridad. El conductor se dio cuenta y le dijo desde el asiento alzando la voz el número que era.
Parece que un viaje en autobús no es nada especial y, sin embargo, para los que íbamos en ese autobús, aquel hombre logro algo diferencial, al menos para mí, que por eso todavía lo recuerdo y lo admiro. Lo pequeño cuando se hace de una manera grande se convierte en algo admirable. Cuando llegó mi parada, me acerque al conductor para agradecerle todo lo que había hecho. Él se quedó un poco perplejo, probablemente para él lo que había hecho era normal, simplemente él era así.
Si una persona puede influir de esa manera en otros seres humanos, simplemente durante los minutos en los que uno va de una parada a otra, que no podríamos lograr si todos hiciéramos algo semejante para que los demás se dieran cuenta de que los vemos, de que los oímos, de que los valoramos y de que queremos hacer algo por ellos.
Si yo pudiera destacar algo de aquel conductor de autobús, destacaría su agudeza sensorial, el estar atento, el darse cuenta, el reconocer lo que pasa. Esta cualidad me impacta mucho porque me demuestra que alguien está despierto cuando muchos de nosotros todavía estamos dormidos. Si la agudeza sensorial es muy importante para generar experiencias positivas, como ocurrió en mi caso y en muchos de los pasajeros durante aquel viaje, no es menos importante a la hora de reconocer cuando otros están inmersos en el resentimiento, la tristeza, el miedo o la desesperanza.
En muchas ocasiones nos enteramos tarde del sufrimiento que alguien muy querido ha estado llevando sobre sus hombros. En ese momento sale de nosotros una dulce protesta: «Si me lo hubieras dicho antes, si tan solo hubieras pedido mi ayuda, si me hubieras hecho participe de aquello que te estaba ocurriendo, entonces sin duda te habría ayudado».
Estos comentarios son la mayoría de las veces por una parte sinceros y por otra revelan hasta que punto las personas hemos perdido esa agudeza sensorial que nos permite descubrir el sufrimiento de otras personas antes de que ellas pidan ayuda. Si yo fuera en una de esas barcas que bajan por los rápidos de los ríos y en el choque con una de las piedras o tal vez por el movimiento salvaje de uno de los remolinos me cayera al agua, tengo pocas dudas de que me pondría a pegar gritos para pedir ayuda, por si acaso los otros tripulantes de la barca, tan ensimismados en sus propios asuntos no se percataran de que yo me había caído.
Tengo un buen amigo que ha hecho el descenso del río Zambeze en África. Este río tiene unas corrientes muy fuertes que hacen que no sea nada difícil caerse de la barca y, de hecho, mi amigo, a pesar de ser un gran experto, se cayó. Todos tienen instrucciones sobre como actuar si alguien se cae al agua, lo cual les permite actuar con rapidez y con eficiencia. Esto que se ve claramente en el ejemplo del río, no es lo que en general ocurre cuando uno siente que se ha caído en medio de las corrientes de la vida. En ese momento, no nos hemos preparado de entrada por si esto ocurriera, con lo cual nos encuentra desprevenidos y, además, avergonzados por la caída hace que tendamos a replegarnos sobre nosotros mismos, a aislarnos y a no pedir ayuda. Parece como si buscáramos que en ese empequeñecimiento que experimentamos se hiciera más difícil para los demás descubrir la situación en la que nos encontramos. Si a pesar de todo, alguien nos ve, nota algo y nos pregunta, en lugar de revelarle lo que nos pasa, solemos responder: «Estoy bien, no me pasa nada, muchas gracias por tu interés, hasta luego».
Siguiendo con el ejemplo anterior, es como si alguien que se mantuviese a bordo se diera cuenta de que nos hemos caído al agua, acercara la barca y nos preguntara si necesitamos ayuda y le contestáramos: «No, gracias, muchas gracias, ya me ahogo yo solito en el río».
Es muy complicado entender por qué a las personas nos cuesta tanto pedir ayuda cuando hay prácticamente siempre alguien a nuestro alrededor que nos la podría brindar. Tal vez no sería capaz de ayudarnos a resolver el problema, pero lo que sí haría es escucharnos y eso en si ya puede ser una gran ayuda. Creo que hemos sido condicionados para avergonzarnos si manifestamos nuestros sentimientos de soledad, nuestra confusión, nuestra pena o nuestro miedo.
La vergüenza es una emoción devastadora y de consecuencias mucho más negativas que la culpa. La culpa es un sentimiento por lo que hacemos, mientras que la vergüenza la experimentamos por lo que somos. La vergüenza es más honda, tiene más calado. La vergüenza nos mueve a pedir algo que jamás pediríamos si estuviéramos en nuestros cabales y que es que «la tierra nos trague».
Los seres humanos tenemos una esencia que es extraordinaria. Esta representa la autentica sabiduría. Su capacidad de reparar tanto nuestras heridas físicas como aquéllas que no por ser invisibles duelen menos es inmensa. Nuestra esencia, nuestro verdadero ser, conoce lo que necesitamos y puede darnos los recursos que precisamos. Solo pide que creamos en su existencia como parte de lo que somos y que no enfoquemos nuestra atención en eso que tememos ser, personas sin la suficiente inteligencia, personas que no son merecedoras de ser amadas. Tenemos un miedo inmenso a ser eso que tememos ser, hemos hecho una definición tan pobre y limitante de nosotros mismos que empleamos la mayor parte de nuestro tiempo y de nuestra energía intentando impresionar a los demás con una imagen diferente, con un continuo pretender ser.
Cuando sufrimos, cuando nos sentimos torpes, pequeños y confundidos creemos que los demás va a darse cuenta de que no éramos quienes pretendimos ser ante sus ojos: seres invulnerables, capaces controlarlo todo, felices y equilibrados. Como consecuencia de esa idea, de esa sensación de «desnudez» frente a los demás, llegamos a la curiosa conclusión de que eso que siempre hemos tenido, el miedo de ser, va a quedar expuesto ante sus ojos. Por eso pienso que surge esa tendencia a ocultarse, a negar, a disimular, a intentar aguantar como sea los retazos que quedan de aquello que pretendíamos ser, que fingíamos ser. Es algo así como intentar aguantar como sea la fachada de un edificio que por dentro está en ruinas para que los que la contemplen sigan pensando que el edificio es maravilloso.
No puedo ni imaginarme la energía que tenemos que emplear y el desgaste físico e intelectual que nos origina esta obsesión en mantener nuestra fachada. Lo sorprendente es que todavía la mayor parte de los seres humanos no nos hayamos dado cuenta de que en realidad el edificio que está tras la fachada no está en ruinas, sino que en si es una maravilla y que, de hecho, en calidad y en hermosura es infinitamente mejor que la fachada que lo tapa y a la que atribuimos la única belleza. Es algo así como si creyéramos que la imagen que proyectan esos espejos cóncavos o convexos que encontramos en las ferias y que deforman nuestros cuerpos reflejara la realidad de aquello que somos. En este caso, sabemos que la imagen deformada que reflejan no se ajusta a la realidad. El problema surgiría si creyéramos lo que el espejo refleja. Si así fuera, intentaríamos ocultarnos de los demás por todos los medios.
Nosotros no tenemos ninguna culpa sobre este proceso tan singular y tan poco atractivo. Es fruto de un condicionamiento que la humanidad ha sufrido durante muchos siglos. Pero este hecho no significa que no tengamos responsabilidad a la hora de cambiarlo. Entiendo por ser responsable el decirse a uno mismo: «Esto ha de ser cambiado», «yo soy quien ha de cambiarlo», «yo quiero cambiarlo», «yo puedo cambiarlo», «yo elijo cambiarlo».
El ejercicio de nuestra responsabilidad consiste, pues, en dejar de culpabilizarnos a nosotros y a los demás por las circunstancias y empezar a dar una respuesta a través de nuestra motivación, de nuestro compromiso y de una acción resuelta, persistente y paciente.
La fuerza y la confianza para ponernos en marcha como los que creen que pueden y no como los que se creen incapaces no surge de la imagen que tengamos de nosotros mismos, un edificio en ruinas, sino de como podríamos vernos si de verdad creyéramos que hay algo en nuestro interior que está lleno de belleza y de fortaleza. Me vienen a la mente esas edificaciones tan preciosas como el Museo Guggenheim en Bilbao, el teatro de la ópera en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, el Palacio de Correos de Madrid o esas preciosas casas de Gaudí en Barcelona, por citar solo algunas de las joyas arquitectónicas que se encuentran en todos los lugares de España y en todos los países del mundo. Son edificios que no dejan de sorprendernos y de maravillarnos, que atraen a personas de todo el mundo y que llegan a influir tanto en una ciudad que la transforman. Ningún ser humano se puede comparar con un edificio viejo y destartalado. Todos somos como esos otros edificios emblemáticos, diferentes, bellos, dignos de admiración. Sin embargo, si nos negamos esta opción, no solo nosotros, sino el mundo entero se perderá el impacto transformador que podríamos generar.
La fe mueve montanas porque es capaz de permitir que actuemos con la certeza de que algo existe sin que nuestros sentidos puedan percibirlo. Nosotros tampoco podemos apreciar con nuestros sentidos las ondas de radio que llegan a nuestro transistor y, sin embargo, esas ondas son reales. Por alguna razón que desconocemos, las personas hemos perdido nuestra capacidad de sintonizar con esa frecuencia, con esa realidad extraordinaria que sin saberlo se encuentra en nuestro interior.
Nuestra esencia habita en ese corazón que solo se escucha cuando se abre la mente y se silencia el murmullo incesante de pensamientos miopes que creen que solo existe aquello que se puede medir, pesar y analizar como si de un extraño mineral se tratara. No es necesario creer a pies juntillas, lo que sí es preciso es abrir una «rendija» en nuestro intelecto para acercarnos a algo que al fin y al cabo es un misterio. Esa inmersión en el misterio con el espíritu de fascinación y sorpresa de un niño es la que nos puede conectar con esa fuerza de extraordinario poder, capaz de devolver a nuestro mundo la luz, la alegría, el entusiasmo, la serenidad y la confianza. Cuando uno vive en la oscuridad, abrir una rendija que deje pasar algo de luz puede parece un gesto intrascendente y, sin embargo, no lo es, porque cuanto mayor sea la oscuridad, mayor será el impacto de una pequeña luz.
Por eso es de capital importancia que desarrollemos, por una parte, nuestra agudeza sensorial para detectar quien puede a nuestro alrededor beneficiarse de nuestra ayuda y, por otra parte, que jamás, jamás nadie se avergüence de lo que es. Todos podemos cometer grandes errores y grandes torpezas y, a pesar de ello, se puede ser duro con la conducta y suave con la persona. Si atacamos a la persona contribuiremos a que el problema se haga aún mayor. Es algo así como echar gasolina al fuego y esperar que el fuego se apague. Los verdaderos vínculos, la autentica confianza y la complicidad sana y bella no se fraguan en medio de nuestros éxitos y de nuestros aciertos, sino cuando en nuestras caídas alguien nos da la mano para que nos levantemos.