3. Dos consciencias en una única cabeza

«La primera persona del singular —ese diablillo del yo— no es primera, ni persona, ni singular.»

JAMES HILLIMAN

En los años treinta existía un trastorno para el que no había cura alguna. Solía afectar a niños y jóvenes, y no pocas veces les generaba graves lesiones e incluso la muerte. Se trataba de una extraña enfermedad que se denominaba epilepsia. Cuando un grupo de células cerebrales que se encontraban generalmente en la proximidad de una pequeña cicatriz situada en la corteza cerebral comenzaba a irritarse, empezaba a producir una serie de descargas súbitas y exageradas. Estas descargas, como si se tratara de una onda que se extiende por la superficie de un lago, llevaban a su vez a que los grupos neuronales situados en la vecindad empezaran también a descargar. En cuanto esa corriente de disparos llegaba al cuerpo calloso, uno de los puentes que conectan los dos lados del cerebro, entonces la totalidad del cerebro entraba en ese estado anormal y la persona experimentaba lo que se denomina un estatus epiléptico. El enfermo perdía la consciencia, caía al suelo y empezaba a tener convulsiones. A veces, podía caer sobre una chimenea o sobre un suelo duro, lo cual explicaba algunas de las dramáticas consecuencias que tal evento tenía la capacidad de producir. Otro de los problemas era que, en el estado convulsivo, la persona podía asfixiarse y morir como consecuencia de ello. Los médicos no sabían qué hacer para resolver semejante trastorno. En aquella época la neurofarmacología no estaba muy evolucionada y no existían todas las alternativas terapéuticas que existen hoy en día y que pueden ser tan eficaces para hacer frente con total éxito a esta dolencia.

Los neurocirujanos fueron entonces los que decidieron presentar una arriesgada solución. Se sabía que la descarga epiléptica comenzaba en una zona del cerebro y que los síntomas y signos que el paciente presentaba podían orientar sobre el lugar de la descarga inicial. A esta constelación de síntomas y signos se la conocía como «aura epiléptica». Si, por ejemplo, el foco inicial estaba situado en una zona visual, el paciente notaba destellos de luz. Si estaba situado en el lóbulo temporal, podía oír sonidos e incluso experimentar alucinaciones.

Los cirujanos pensaban que si conseguían que la descarga no pudiera pasar de un hemisferio del cerebro al otro, al menos podrían evitar que el paciente entrara en el temido estatus epiléptico. Lo que los neurocirujanos planteaban era casi una locura, ya que implicaba la sección del cuerpo calloso, una estructura que tiene más de quinientos millones de fibras nerviosas. ¿Qué sería de un ser humano cuyos dos hemisferios cerebrales no se pudieran comunicar? ¿Sería tal vez peor el remedio que la enfermedad?

Como no se veía ninguna otra alternativa en el horizonte, los médicos decidieron comenzar con la labor experimental y para ello utilizaron a los monos macaco, que han sido siempre de tanta ayuda en la investigación médica. Una vez anestesiados y abierta la calota craneal, comenzaron la meticulosa sección del puente entre ambos hemisferios. Después llevaron a los monos a la sala de recuperación para observar qué es lo que ocurría cuando aquellos monos se despertaran.

Los científicos no pudieron salir de su sorpresa cuando vieron que la sección del cuerpo calloso en los macacos no parecía tener ningún efecto negativo en ellos. Animados por estos hallazgos, ahora tenían que ir directamente a los seres humanos que padecían la enfermedad. Claro que la diferencia entre un macaco y un ser humano es muy grande, y eso explica por qué en las primeras operaciones, los neurocirujanos sólo se atrevieron a hacer secciones incompletas del cuerpo calloso. El resultado fue que, aunque después de la operación a la descarga epiléptica le costaba más encontrar el puente para saltar al otro hemisferio, ya que parte de él ya no existía, al final encontraba lo que quedaba, pasaba al otro lado y en ese momento se desencadenaba un nuevo estatus epiléptico. De alguna manera, la solución de cortar parcialmente el cuerpo calloso sólo retrasaba el despliegue de toda la sintomatología. Animados porque aquellas personas a las que se les había seccionado parcialmente el cuerpo calloso no parecían tener ninguna secuela postoperatoria, los médicos decidieron ir a por todas y realizaron secciones completas del cuerpo calloso. El resultado fue extraordinario, porque esta vez la descarga epiléptica no podía extenderse a sus anchas y porque, al igual que en los macacos, la sección total del cuerpo calloso no parecía tener ninguna consecuencia. A partir de ese momento, se consideró que el cuerpo calloso era una estructura de la que curiosamente se podía fácilmente prescindir.

Durante muchos años las cosas estuvieron así, hasta que apareció en escena un científico llamado Roger Sperry que empezó a interesarse por la llamada «serie del cerebro dividido de California». Esta serie reflejaba aquellos pacientes a los que hacía años se les había seccionado el cuerpo calloso. Muchos de ellos, niños por entonces, eran ahora adultos que llevaban una vida completamente normal.

Sperry se hizo una serie de preguntas: ¿Cómo es posible que se pueda cortar una estructura de semejantes características sin que el cerebro lo note? ¿De qué manera se puede estar enterando un lado del cerebro de lo que sucede en el otro si no se puede comunicar con él? Ello sin duda le llevó a buscar y buscar, hasta que descifró el misterio, algo que le mereció ganar el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1981.

Lo que este investigador descubrió en el Instituto Tecnológico de California fue mucho más que una explicación a por qué los enfermos no habían experimentado ningún déficit tras la sección del cuerpo calloso. Roger Sperry descubrió algo tan fascinante y sorprendente que todavía hoy nos cuesta entenderlo del todo.

Permítame el lector que le explique algunas cosas del funcionamiento del cerebro para que pueda comprender con mayor claridad la base de los descubrimientos del profesor Sperry y la importancia que tienen en nuestra vida. Si mantiene los ojos mirando al frente, todo lo que esté situado en el campo visual izquierdo será percibido por el hemisferio cerebral contrario, esto es, el derecho, y todo lo que esté situado en el campo visual derecho será percibido por el hemisferio cerebral izquierdo. Sin embargo, lo que oiga en su lado izquierdo irá a ambos hemisferios del cerebro, lo mismo que lo que oiga en su lado derecho. Por otro lado, la mitad derecha del cuerpo está controlada por el hemisferio cerebral izquierdo, y la mitad izquierda del cuerpo, por el hemisferio derecho. Por eso, si conoce a alguien que ha tenido un ataque vascular cerebral en el lado izquierdo verá que la zona que le cuesta mover es la zona derecha del cuerpo.

Si yo le proyecto a alguien en una pantalla una imagen, de tal manera que sólo la pueda ver su hemisferio cerebral izquierdo, ya que se la proyecto en el campo visual derecho, y además evito que esa persona pueda mover la cabeza, a menos de que su cuerpo calloso esté intacto, su hemisferio cerebral derecho no tendrá ni idea de lo que la persona está viendo.

Sperry inventó un tipo de lentilla que evitaba que cada lado del cerebro tuviera acceso al campo visual que no le correspondía. Entonces, en el caso de los hombres, entre otras imágenes proyectó el de unas mujeres desnudas. Estas imágenes las proyectó de tal manera que sólo las pudiera registrar el hemisferio cerebral izquierdo. Como aquellas personas tenían su cuerpo calloso seccionado, la información no podía pasar al otro lado del cerebro, al lado derecho.

—¿Qué ven ustedes? —preguntó Sperry.

—Son mujeres desnudas, profesor.

Había algo muy extraño en sus contestaciones, porque no revelaban ninguna emocionalidad en su descripción. Además, su piel no mostraba tampoco ninguna respuesta galvánica. La respuesta galvánica de la piel es la base de los detectores de mentiras, ya que se produce de manera inconsciente cuando algo produce en nosotros una descarga afectiva.

Después Sperry les proyectó en la misma pantalla la palabra madre y ocurrió lo mismo: describieron perfectamente lo que significaba y, sin embargo, no había ningún rastro de emocionalidad en su descripción.

Entonces, Sperry cambió la posición de la pantalla y proyectó las imágenes de las mujeres desnudas de tal manera que ahora sólo las pudiera percibir el hemisferio derecho de esas personas, y entonces fue cuando tuvo lugar algo bastante curioso. Los hombres empezaron a sonrojarse y a ponerse nerviosos, mientras que la respuesta galvánica de la piel se disparaba en señal de un claro impacto emocional.

Entonces, Sperry les preguntó sobre lo que les pasaba.

La mayor parte de las personas sólo tienen centros del lenguaje en el hemisferio cerebral izquierdo. Esto implica que hemos de responder a las preguntas desde este lado. Sin embargo, aquellos hombres no podían contestar a lo que Sperry les preguntaba porque su hemisferio izquierdo no había visto las imágenes y por eso su respuesta típica no era otra que: «Doctor, es que hace mucho calor en esta habitación y usted nos pone un poco nerviosos».

Si bien su hemisferio izquierdo no podía ver las imágenes de mujeres desnudas, sí que podía percibir los cambios intensos que habían tenido lugar en el cuerpo, y la forma en la que lo habían interpretado es como lo hicieron, atribuyendo a un supuesto calor y al propio Sperry el origen de sus emociones.

La conclusión de Sperry es que el ser humano no sólo tiene dos hemisferios cerebrales, sino que, además, tiene dos mentes que procesan la realidad de forma diferente y, a la vez, complementaria. Ambas mentes tendrían dos consciencias diferentes.

El hemisferio izquierdo es un gran especialista a la hora de analizar la información y almacenarla. No podríamos aprender nuevas ideas y nuevos conceptos, si no dispusiéramos de un hemisferio cerebral izquierdo. Su función es clave en el momento de aprender nuevas rutinas y patrones de respuesta. De este modo podemos responder de una manera práctica y eficaz a muchos de los retos con los que nos enfrentamos. Sin hemisferio izquierdo, no tendríamos ninguna capacidad para utilizar ni los números ni las letras, los cuales para nosotros carecerían por completo de significado. Además, nos costaría mucho identificar las partes de un todo. El hemisferio izquierdo es el hemisferio del conocimiento y de la erudición, que es algo que nuestra sociedad valora tremendamente.

El hemisferio derecho es mucho más sutil en su funcionamiento. Gran experto en las tareas espaciales, es la cuna de la imaginación y, por lo tanto, es clave en el proceso creativo. El hemisferio derecho, a diferencia del izquierdo, trabaja en paralelo, procesando millones de datos de información simultáneamente. Su gran destreza no está en el análisis de los distintos elementos de algo, sino en encontrar las relaciones entre esos elementos. Además, tiene una conexión mucho más intensa que el hemisferio izquierdo con el sistema límbico, que es nuestro cerebro emocional. Por eso, los sujetos de Sperry mostraban tanta emocionalidad sólo cuando las imágenes se presentaban al hemisferio derecho y no cuando se presentaban al izquierdo. El hemisferio derecho es especialmente activo durante el sueño y en diversas técnicas de meditación, si bien, por ejemplo, en algunas formas de meditación, la principal actividad tiene lugar a nivel anterior del hemisferio izquierdo, donde se despliegan emociones de carácter fundamentalmente positivas como podrían ser la alegría y la compasión.

Hoy sabemos que el hemisferio derecho está mucho más alerta de lo que ocurre en el cuerpo que el hemisferio izquierdo, especialmente en todo lo que tiene que ver con las reacciones de alarma frente a un posible peligro. El hemisferio derecho es el más importante cuando nos tenemos que enfrentar a un entorno nuevo y desconocido. Incluso en los animales se ve un aumento de la actividad del hemisferio derecho cuando se encuentran con la incertidumbre. La razón podría ser que las conductas estereotipadas que se dirigen desde el hemisferio izquierdo pueden ser muy útiles cuando nos movemos tranquilamente en nuestra área de confort, pero no cuando nos han cambiado el terreno y ya no sabemos dónde estamos. Tengamos en cuenta que el hemisferio derecho está captando muchos datos del entorno sin que ni tan siquiera nos estemos dando cuenta de ello. Además, está conectando esos datos con la información que previamente se tiene y todo con una única finalidad, que es la de descubrir cuáles son los patrones que operan en ese nuevo entorno. Una vez descubiertos y desarrolladas estrategias para moverse con soltura, entonces esa nueva estrategia de actuación quedará almacenada en el hemisferio izquierdo.

Uno de los elementos que más marca una diferencia entre ambos hemisferios es cómo nos transmiten la información para que nos demos cuenta. El hemisferio izquierdo utiliza el pensamiento en forma de palabras, mientras que el hemisferio derecho, al carecer de centros del lenguaje, ha de manejar la información de una forma diferente. Él se comunica por medio de sensaciones corporales, imágenes, símbolos o emociones. Éste es uno de los grandes problemas, que prestamos demasiada atención a lo que pensamos y muy poco a las sensaciones que tenemos y que de alguna manera podrían enmarcarse dentro de un concepto que es la intuición.

Si recordamos, fue una enfermedad, en este caso la epilepsia, la que ayudó a Roger Sperry a descifrar algunas de las capacidades más sorprendentes que tienen ambos hemisferios cerebrales. Mucho se ha avanzado desde esa época y, por ejemplo, sabemos no sólo que el hemisferio izquierdo ejerce una especie de inhibición sobre el hemisferio derecho, sino que además el hemisferio derecho es la puerta al inconsciente y a una percepción completamente diferente de la realidad de la que tenemos, cuando es el hemisferio izquierdo el que domina en nuestras vidas.

El 10 de diciembre de 1996, una mujer extraordinaria, una neuroanatomista norteamericana llamada Jill Taylor, experimentó un ictus, un accidente cerebrovascular, al rompérsele una malformación arteriovenosa en la superficie de su hemisferio cerebral izquierdo. Este tipo de malformaciones congénitas forman como un ovillo de vasos que están sometidos a mucha presión, por lo cual pueden romperse con cierta facilidad. Gracias a su formación médica, pudo seguir todo el proceso a medida que le ocurría. Sobrecoge su descripción de cómo era incapaz de pedir ayuda, porque no conseguía ni siquiera descifrar los números del teléfono y, sobre todo, de cómo fue perdiendo poco a poco su sentido de identidad, su sentido del yo, mientras entraba en un estado de paz y de alegría difícil de describir. Además, empezó a experimentar la unidad de todo lo que nos rodea en lugar de la compartimentación que vemos en todo lo existente. En su lucha interior por salir adelante, no sólo encontró un obstáculo en su incapacidad para usar el lenguaje y pedir ayuda, sino también en el hecho de que sentía unas emociones tan agradables que prefería mantenerse allí. Finalmente fue rescatada; la intervinieron para extirpar el coágulo que ejercía presión en su cerebro, y al cabo de ocho años se había recuperado por completo. Necesitó una fuerza extraordinaria para volver a familiarizarse con conceptos y conocimientos que antes dominaba, e incluso, para aprender nuevas destrezas y rutinas que previamente manejaba con gran perfección.

No se puede ser categórico en nada de lo que a la ciencia se refiere, pero da la impresión de que gran parte de la construcción de nuestra identidad, de nuestra personalidad y de los patrones de nuestra conducta depende del hemisferio cerebral izquierdo. Esto tendría mucho sentido si consideramos la importancia que tiene el lenguaje en la construcción de nuestra identidad y hasta qué punto la forma en la que interpretamos las cosas afecta a las experiencias emocionales que tenemos. Es posiblemente en nuestro hemisferio cerebral izquierdo donde podemos encontrar los límites mentales que nos imponemos y que se reflejan en nuestros filtros a la hora de observar la realidad. Sin embargo, como ha quedado bien patente en el caso de la Dra. Taylor, no se puede funcionar en nuestra realidad de formas, números, letras y objetos si no se dispone de un hemisferio izquierdo que funcione de manera adecuada.

Ahora bien, si queremos aprender nuevas cosas y cambiar algunos de los patrones establecidos para que se ajusten más a lo que es la realidad, da la sensación de que el hemisferio cerebral derecho es esencial, ya que nos aporta no sólo la experiencia de unidad, sino la de ausencia completa del tiempo.

Si vivimos sólo en el plano de la identidad, de la personalidad, nuestra vida se limitará a un deambular por la zona de confort y, por eso, nos manejaremos bien usando destrezas aprendidas y rutinas establecidas, pero no nos abriremos realmente a un proceso de crecimiento y evolución.

Necesitamos de los dos hemisferios, pero no uno dominando y el otro siendo sometido, sino colaborando estrechamente, para beneficiarnos de lo que es la perspectiva desde ángulos tan diferentes y complementarios.

Resumen final

Usted tiene unas capacidades muy valiosas que le permiten analizar y razonar. Sin embargo, no se olvide de que tiene otros talentos menos aparentes y no por ello menos relevantes. Cultive episodios de silencio y reflexión, y empezará a ver facetas de la realidad que antes se le escapaban.