2. La mirada interior
«¿Quién es capaz de hacer que el agua turbia se aclare? Déjala quieta y poco a poco se volverá clara.»
LAO TZU
Nuestras experiencias, cuando han sido intensas desde el punto de vista emocional, sobre todo si han tenido lugar durante nuestra niñez, pueden dar lugar a lo que se denominan «creencias inconscientes». Este tipo de creencias son en realidad convicciones que tenemos. Se trata de algo que para nosotros es una auténtica certeza y que, por lo tanto, no admite discusión. No se parecen a ideas, sino a verdaderos sentimientos. Es muy diferente pensar, por ejemplo, que no soy capaz de hacer algo, a sentirme incapaz y a saberme incapaz. Cuando hablamos de estas creencias hablamos de algo muy enraizado en la mente. Me gustaría resaltar que la mayor parte de las convicciones que nos limitan, lo hacen sin que nosotros lo sepamos, esto es, actúan por debajo del plano de la consciencia.
Posiblemente, muchos de nosotros hemos oído hablar del test de cociente intelectual, que, durante muchos años, se consideró que medía la inteligencia de una persona. Es curioso que cuando a una serie de jóvenes se les ayudó a desenmascarar algunas de esas convicciones profundamente limitantes que tenían sobre quiénes eran y a transformarlas en convicciones más positivas, consiguieron elevar de forma extraordinaria su cociente intelectual. Esto significa, ni más ni menos, que algunas de nuestras convicciones pueden limitar de forma muy importante el despliegue de nuestra inteligencia.
Muchas veces estamos convencidos de que somos de una manera determinada y nos parece imposible llegar a cambiar. Sin embargo, vuelvo a repetir que lo que nuestro cerebro es capaz de reconocer y de captar en nosotros es sólo una pequeña parte de la realidad que somos. Además, conviene saber que nuestro cerebro, en lo que a percepciones se refiere, puede engañarnos por completo.
Cuando uno observa un amanecer y todo el movimiento del sol hasta que éste se oculta, la percepción visual que se tiene es que el sol se ha movido, mientras que yo estaba quieto. Le costó mucho a Galileo que las mentes de la época se abrieran a considerar algo que estaba en línea opuesta, no sólo con lo que pensaban, sino también con lo que veían. Hay una serie de ideas que tendemos a descartarlas de entrada porque están en contradicción con lo que nuestros propios sentidos nos muestran. Pondré otro ejemplo para una mayor claridad. Todos entendemos que la materia está formada por átomos y que, como nuestro cuerpo es material, pues también está integrado por átomos. Cuando observamos nuestro cuerpo, lo vemos sólido y, sin embargo, esto es una percepción que no se sostiene con la realidad.
En una ocasión en la que visité el Museo de la Ciencia en Londres, explicaban algo sorprendente. La parte que podríamos llamar «sólida» de un átomo es el núcleo, que si recordamos de alguno de nuestros estudios de física, está rodeado de una corteza que es un espacio fundamentalmente vacío y por el que se mueven los electrones. Pues bien, para que nos hagamos una idea de lo hueco que está un átomo, el núcleo tendría el tamaño de un balón de fútbol colocado en medio de la ciudad de Londres, mientras que la corteza ocuparía el espacio de toda la capital británica, cuyo diámetro es de alrededor de 50 kilómetros. Si estamos formados por átomos, como lo estamos, quiere decir que estamos fundamentalmente huecos y, a pesar de ello, nos vemos sólidos.
También nuestras vísceras cambian de tal manera que muchos de los órganos que tenemos actualmente no contienen ninguna de las células que teníamos cuando nacimos. Son células nuevas que han aparecido como consecuencia del proceso de reproducción celular que sucede de manera continua en el cuerpo.
Va a hacer falta, por parte del lector, una mente muy abierta para adentrarse en estas páginas, no porque se vayan a hacer revelaciones de fenómenos extraordinarios, sino porque nos vamos a dar cuenta de que o salimos de nuestra forma tan limitada de pensar o seremos incapaces de ver las cosas desde esa perspectiva que nos va a permitir descubrir puertas donde antes sólo veíamos muros. Necesitamos recuperar la capacidad de sorpresa y asombro de un niño, para introducirnos en lo que Einstein llamaba «la belleza del misterio».
De igual manera que la realidad de los microorganismos se hizo patente con la invención de un instrumento de observación que era el microscopio y que la realidad de las galaxias se ha hecho patente con la utilización del telescopio, vamos a necesitar un instrumento muy especial para adentrarnos en el mundo interior y descubrir aquello que, aun existiendo, permanece oculto. Ese instrumento de observación no es otra cosa que la consciencia.
Me gustaría contarle al lector una historia fascinante que le escuché relatar a Steven Covey:
Dos pescadores se encontraban en un río en Estados Unidos, pescando con la técnica de la mosca. En esta técnica que se ha popularizado en muchas películas, el hilo se mueve como un látigo encima del agua, golpeando ocasionalmente la superficie del agua para dar la impresión de que un insecto ha caído en ella. Esto hace que las truchas inmediatamente se lancen a la captura. Lógicamente, para que al pez le dé tiempo a cazar su presa, ha de sentir que está muy cerca de ella. Por eso, en esta técnica de pesca es de gran importancia que el cebo toque el agua en la proximidad de los peces.
Uno de los pescadores pescaba muchísimo, mientras que el otro no pescaba nada. Preguntados sobre la posible explicación a este hecho tan curioso, muchas personas hablaban de suerte y otras de experiencia. La realidad se aleja mucho de lo que nos parece razonable. El pescador que pescaba tantos peces utilizaba unas gafas especiales que se llaman «gafas polarizadas» y que le permitían distinguir la silueta de los peces debajo del agua. A los que no somos especialmente aficionados a la pesca, no se nos habría pasado ni siquiera por la cabeza que ésta fuera la explicación, ya que no teníamos ni idea de que hubiera gafas capaces de lograr algo tan sorprendente.
Nuestra consciencia se asemeja a las gafas polarizadas de la historia. Ella es la que nos va a ayudar a descubrir qué es lo que hay en nuestro interior, aquello que no nos deja vivir la vida como nos gustaría vivirla en lo que sí que depende de nosotros y que es mucho.
La consciencia necesita de la atención. La consciencia sería como el ojo que ve, y la atención, como la luz que ilumina para que el ojo vea. Sólo cuando llevamos la atención a nuestro interior es cuando podemos descubrir aquello que permanecía cubierto y desvelar aquello que estaba velado.
Resumen final
Debajo de muchos de sus miedos más profundos, no existe una incapacidad real para enfrentarse a ellos, sino la convicción de que usted es incapaz.