16
El ataúd estaba cerrado. Dos enormes velas dejaban escapar un desagradable olor a ambos lados del féretro, y tras éste, un enorme crucifijo dorado… El tanatorio de San Paolo había sido construido años atrás en el interior de la iglesia cuya advocación pertenecía al mismo santo. Era un lugar sórdido. No en vano, la sala principal era la antigua cripta del templo, por lo que acceder a la misma era lo más parecido a colarse sin permiso en una cinta de terror. Sus techos abovedados, los bancos de madera vacíos y la poca luz que se colaba desde el exterior conferían al entorno una estampa ciertamente lóbrega.
Maurizio, tras su conversación con Toscanelli, había tenido tiempo para pasar por el hotel para cambiarse de ropa; la situación así lo requería. La muerte se había producido de manera tan repentina que aún no habían llegado los familiares de la difunta. Por eso no pudo evitar una mueca de desagrado cuando comprobó que a la derecha del féretro se encontraba Faccini hablando con el padre Luvoslav. Se acercó a los dos extendiendo la mano.
—Buenas noches —se apresuró a decir.
El sacerdote lo miró con curiosidad, como si buscase un síntoma de flaqueza, como si sus hábitos negros le otorgasen el poder de atravesar la capa externa y colarse en la mente de quien se plantaba frente a él para así escudriñar en su interior.
—Profesor Roncalli, buenas noches. Aunque la situación… En fin, siento mucho el deceso de su compañera. Creo que estaban muy unidos —apuntó el sacerdote.
Faccini se regocijó con las inoportunas palabras del sacerdote. O no sabía, o buscaba una reacción, pero Maurizio mantuvo la compostura.
—Sí, en otro tiempo fue una amiga muy querida. Pese a todo, la distancia no hizo que se perdieran los buenos recuerdos —aseguró con una elegancia repleta de verdad. Y continuó—: Tenía la esperanza de que el doctor Casalli ya estuviera aquí. Deseaba saludarlo y transmitirle mi más sentido pésame. Por favor, háganlo por mí. Mi intención es regresar esta misma noche a Roma —finalizó.
—Ah, ¿se marcha esta noche? —le preguntó, sorprendido, Faccini.
—Sí, tengo entendido que de momento las excavaciones se suspenden, así que hasta nueva orden no regresaré. Ahora poco es lo que tengo que hacer aquí. Además, necesito reflexionar sobre lo ocurrido…
El padre Luvoslav no entendía muy bien lo que sucedía. Si alguien tenía potestad absoluta para suspender los trabajos ésa era la institución a la que representaba. Y que él supiera, esa orden no había llegado. Maurizio, observando divertido el estupor en el rostro del sacerdote, se apresuró a continuar con su exposición.
—El profesor Toscanelli me ha pedido que me marche. Entiendo que son necesarios varios días de duelo antes de retomar los trabajos.
Y así, tendiendo una vez más la mano a sus interlocutores, se despidió y se encaminó hacia la escalera de salida.
Antes de que pusiera el pie en el primero de los escalones, Faccini reclamó su atención por última vez.
—Maurizio, lo llamaré, no lo dude… Por cierto, ¿dónde está Toscanelli?
Sin mediar palabra, se encogió de hombros y emprendió la subida. Ya en el exterior, al respirar la neblina que a esas horas volvía a adueñarse de Venecia, dio rienda suelta a sus emociones.
Nadie lo veía; ya podía llorar…
Los pensamientos no le permitían apreciar la belleza de la ciudad por la que se encontraba caminando. La nube del recuerdo creaba una cortina que lo llevaba una y otra vez a las mismas cuestiones. ¿Qué quería Hécate? ¿Qué había descubierto? Y la más importante de todas: ¿por qué? Incapaz de hallar respuesta a algo que, adivinaba, algún sentido debía de tener, llegó al hotel. Maurizio saludó cortésmente a una pareja de ancianos recién llegados y al conserje, que una vez más inclinó la cabeza murmurando algo parecido a un saludo.
—Disculpe, me marcho en una hora. Puede disponer de la habitación… —anunció mientras apretaba el pulsador del ascensor.
El joven asintió en silencio, y segundos después desapareció por la estancia que se abría pasada la recepción. No le dio importancia; bastante tenía el muchacho que callar.
Maurizio, intentando dejar atrás las amargas experiencias de las últimas cuarenta y ocho horas, subió a su habitación. Abrió la puerta y se enfrentó a una de las situaciones que más detestaba: tenía que hacer la maleta y apenas si faltaba una hora para tomar el tren de regreso a Roma. Además, lo que lo aguardaba en casa no le daba ánimos para acelerar el ritmo. Los últimos días… no, los últimos meses con Donna habían sido un cúmulo de despropósitos. Él lo sabía, y además, para mayor castigo, era consciente de que la culpa era suya; nada más que suya…
Tras colocar la ropa con la minuciosidad de un psicópata: las camisas perfectamente abotonadas, los pantalones doblados al milímetro, la ropa interior en su pequeño departamento, fijó su mirada en los periódicos que se amontonaban en la cómoda. Bajo los mismos se ocultaba su secreto. Ya tendría tiempo en los días venideros de analizarlo, lejos de las miradas insidiosas del inspector Faccini. Al recoger el material que le había facilitado Hécate, con el pulso tembloroso, no pudo evitar que cayera al suelo. El temblor aumentó. Entre las fotografías, más bien detrás de una de ellas, había un post-it amarillo que había sido pegado con cuidado para evitar que se desprendiera. Y sobre él, escrito con una caligrafía exquisita, una dirección: «Centro de Estudios Teológicos Germano Pattaro».
Suspiró profundamente y, con el corazón acelerado, miró el reloj. Eran las 21.00 horas. El tren salía cuarenta minutos después…, pero el nuevo descubrimiento surgía como una barrera demasiado alta para saltarla en esta carrera tan repleta de obstáculos. Sin darle demasiadas vueltas, pues era de los que pensaban que ésa era la única manera de tomar decisiones, cogió el teléfono y marcó el número de la recepción. El muchacho tardó en cogerlo. Maurizio sonrió, imaginándolo con la mirada perdida en el aparato, dudando qué hacer.
—Sí, señor, ¿qué desea? —respondió con evidente prisa.
Maurizio respiró profundamente.
—Sí, finalmente me quedaré una noche más… Mejor aún: ya lo avisaré cuando decida marcharme —anunció, colgando sin esperar la confirmación de su interlocutor.
La noche tomaba esta ciudad sin tierra, mecida al antojo de unas aguas extrañas, capaces de inspirar sorpresa y miedo al mismo tiempo.
Ahora necesitaba beber, o descansar, que para el caso…