Capítulo V

Mary Hoover contempló sonriente la tarta erizada de veintidós velas preparada para su próximo cumpleaños, y de pronto levantó la cabeza con brusquedad al escuchar una extraña explosión en la lejanía.

—¿Qué ha sido eso, Molly?

La negra criada miró por la ventana con ojos de temor, pero de pronto pareció aplacarse, y mostró los dientes blancos como las teclas de un piano.

—Apuesto a que los chicos del equipo están ensayando algunos fuegos artificiales para agasajarla en su cumpleaños, señorita.

La hermosa rubia sonrió mientras una suave brisa entrando por la ventana, acariciaba sus cabellos, aunque en realidad se trataba de la onda expansiva de la explosión del aparato de Pollock.

—Este año no sé qué me pasa que me siento más feliz —dijo impulsivamente.

La negra volvió hacia ella los ojos, que destacaban en su morena piel como dos medios huevos duros.

—¿Sí? —sonrió irónica—. Yo también atrapé a mi George apenas cumplidos los veintidós.

Mary se volvió hacia ella.

—¿Qué estás diciendo, Molly?

La negra entornó las largas pestañas.

—¡Oh, nada! Me refiero a que usted ha pronunciado por primera vez un nombre de varón cuando dormía la siesta.

—Molly, ¿yo?

—Sí, señorita.

Mary la observó un segundo y se humedeció los labios.

—¿Qué…, qué nombre era, Molly?

—Jim, Jim Rayne.

Hubo un silencio.

La negra se entretuvo en preparar una bandeja de dulces cremosos.

Mary tenía los labios apretados.

—A veces suelo tener pesadillas —dijo entre dientes.

La negra se volvió y cerró un ojo a poco.

—No era una pesadilla, señorita. Al oírla gritar me acerqué y la vi con los ojos cerrados y un aspecto de felicidad. Incluso soltó un suspiro muy largo.

—¡Molly!

—Le digo la verdad, señorita —Molly traspasó a una mesa unos tarros de compota—. Además, el chico es muy apuesto.

—¡Molly! —la señorita Hoover se acercó—, ¿conoces a ese sujeto?

La negra se apoyó junto a un enorme tarro de ciruelas en dulce.

—Lo vi pasar hace un buen rato en compañía de Pat Hillman. Iban cargados con unas tuberías de formas muy extrañas.

—Sigue —Mary entornó las largas pestañas.

Molly arregló la batería de golosinas esparcidas por los estantes.

—Los chicos del equipo han comentado el incidente que Jim Rayne tuvo con el pelirrojo Mac. No pude oír más desde la ventana.

Mary levantó la mirada hacia la lejanía.

—De modo que se ha asociado con el desocupado de Hillman. Tiene idéntico modo de vivir.

—Sin embargo —prosiguió la negra y se chupó un dedo untado de crema—, he oído decir que el señor Rayne defendió a Sara Corcona de un par de desaprensivos. No puede ser mala persona. ¿Verdad, señorita?

—Aún quedan muchas cosas que comprobar para llegar a esa conclusión.

—¿Que cosas?

—Por ejemplo, el encargado de los forrajes descubrió otro cadáver, producto del revólver del señor Rayne, después de lo de Sara. Tal vez el señor Rayne es de esos individuos que esperan la menor ocasión para echar mano a las armas.

—¿Se refiere a un gun-man?

—Algo parecido. El señor Rayne tiene todo el aspecto de uno de esos hombres que se desvive por apretar el gatillo…

Mary se interrumpió al ver aparecer, una sombra en la puerta.

Era Jim Rayne.

—Tengo algo que oponer a eso.

Mary dio un respingo.

—¿Qué hace usted ahí en la puerta? —exclamó.

—Oh, no me atrevía a pasar —dijo Jim y se coló dentro de la amplia sala.

Mary aspiró aire con fuerza, los labios muy apretados.

—¿He de esperar que viene a colocarme sus ingeniosidades?

La negra se convirtió en humo.

Los dos jóvenes se aproximaron.

Jim sacudió la cabeza.

—La verdad es que comprendí que estuve un poco sutil con usted allá en el llano. Pasé por esta puerta y alcancé a oír su comentario.

—¿De modo que viene a excusarse?

—Yo le llamo fumar la pipa de la paz —Jim reparó en la pastelería repartida por las tablas—. Canastos. ¿Cómo se anticipó a festejar el acontecimiento?

—Se trata de mi cumpleaños. Los preparativos.

Jim buscó la tarta con los ojos y después de verla mantuvo la misma expresión en los ojos cuando los puso en la figura de Mary.

—Sensacional.

Ella tenía la mirada hacia la ventana del fondo.

—Usted no parecería mala persona si se arreglara un poco. Me refiero a ciertos…

Un estrépito de vajilla rota, seguido de un largo grito de Molly, partió desde el lugar donde se ubicaba la cocina.

—¡Oh! —exclamó Mary. Levantóse unas pulgadas la falda y corrió perdiéndose en el fondo del pasillo.

Jim tuvo el impulso de echar a andar en pos de ella, pero entonces escuchó una voz ronca desde el hueco de la puerta:

—¡Tasca el freno, tipo listo!

Jim frenó en seco y se dio la vuelta.

Mac, el pelirrojo, se apoyaba en el quicio de la puerta y sonreía jactanciosamente. Pero lo que llamó más la atención a Jim fue el grandullón que le acompañaba.

Era un sujeto de cara aplastada, ojos como perdigones y boca de labios contrahechos por los golpes de viejas luchas. Tenía la boca abierta por el asombro ante la figura de Jim.

—¿Quieres decir que era éste? ¿Este piernas largas?

—Sí, Howard. Es el bailarín de los trucos en la manga.

Howard inspeccionó a Jim para buscarle algo raro y de pronto profirió una risotada.

—¡Sostenme una mano mientras lo retuerzo con la otra! ¡Me sobra con una!

Jim chascó la lengua.

—¿Qué se llevan entre manos, muchachos? Sean buenos o se quedarán sin pastel.

Mac sonrió a medias debido a su despellejado mentón producto de la pelea sostenida con Jim.

—¿Qué te dije, Howard? No pierde el humor por nada del mundo.

Howard se rascó una de las orejas arrepolladas y avanzó.

—Ahora se lo quitaré para siempre. Después de lo que le de se va a quedar sin cara para reírse.

Jim retrocedió.

—Eh, amigos. No pesco el chiste. ¿0 es que quieren jaleo de veras?

Howard soltó un gruñido peligroso.

—Deja la cara floja, estúpido. Así te dolerá menos.

Jim acabó de retroceder y se mantuvo con las piernas abiertas.

—Mac —dijo—. Le doy tres segundos para que le ponga el collar a este oso. Luego será tarde. Ya sabe cómo las gasto.

Howard se quedó perplejo y abrió una gran bocaza.

—¡Bastardo, yo te daré…!

Jim se inclinó un poco cuando se le venía encima y de pronto se irguió al tenerlo a mano.

Sonó un fuerte chasquido.

Howard se llevó las manos a la cara y dio un paso atrás.

—¡Condenación ¡Aquí debe haber trampa!

Mac escupió una maldición al tiempo que avanzaba,

—¡Te lo dije, Howard! ¡Te lo advertí!

Jim retrocedió al ver que lo atacaban a la par.

Mac se adelantó bruscamente con la cabeza baja, en un cambio de táctica, conocedor de los ardides de Rayne y le tiró un golpe bajo.

Jim se encogió, con una complicada contorsión para esquivar la manaza de Howard que le iba directa a la cabeza.

Logró zafarse de la manaza, pero Mac lo enderezó de un corto directo en el mentón.

Jim arrolló una de las balas y metió la mano en un frasco de compota del que tardó en desprenderse.

Lo hizo percutiendo el cráneo de Mac, cuando quería repetir el mismo ataque.

Mac aulló y salió hacia delante.

Acabó el recorrido embistiendo una de las tablas y desapareció detrás de la repostería con puntas de crema.

Jim se revolvió presto y no le falló la suerte cuando disparó la diestra hacia la cara simiesca de Howard.

El tipo cayó hacia atrás y estrelló el cogote contra una tarta de piña orlada de crema de cacahuetes.

Mac se incorporó aullando al tiempo que dejaba un rastro de escarcha de mantequilla y se abalanzó sobre Jim en forma de ciclón.

Rayne ya lo estaba esperando y le sacudió donde menos impregnado estaba. Junto a la oreja. El golpe fue completo.

Mac se revolvió en el aire y atravesó un pequeño trecho camino de la ventana por donde salió con estrépito abrazando un par de tarros de confitura.

Justo en aquel momento, Mary y Molly entraron en la estancia. Al ver el desastre la joven emitió un largo chillido con las manos en la cabeza rubia. Molly se desmayó quedando en extraña posición sobre un tablón.

Jim se dirigió a Mary:

—Es mi destino. No lo creerá si le digo que me han provocado…

No pudo terminar la frase porque un martillazo detrás de la oreja le hizo perder el suelo de vista.

Jim empezó a bajar y vio que la jalea de melocotón se le acercaba.

Cerró los ojos antes de entrar en contacto con ella.

Limpióse el rostro al tiempo que se daba vuelta y ello lo salvó de un puñetazo demoledor de Howard que se hundió en cambio en un Fudge suizo relleno de almíbar.

El chasquido fue acompañado de una salpicadura que alcanzó las paredes.

Jim aprovechó la ligera confusión para coger al monstruo por debajo y embestirlo con la cabeza para enderezarlo. Acto seguido le incrustó los nudillos en plena boca y, cuando lo tuvo inmóvil, lo puso en marcha atrás con un fuerte golpe de derecha.

Howard cruzó un pequeño espacio y por fin chocó contra la fuente de molletes de leche agria y dio la vuelta de campana por encima de la tabla. Debieron gustarle los molletes porque ya no se movió de allí.

Mary rompió el silencio con un grito:

—¿Qué es esto…? ¿Có…, cómo ha sido capaz?

Pero entonces entró un tipo corriendo y resoplando por la puerta.

Era Mac, el pelirrojo, pero no lo pudieron reconocer al pronto por ir disfrazado con una peluca de cabello de ángel.

—¡Voy a matarlo, condenación! —rugió brincando hacia Jim.

El joven armó los puños para defenderse y esperó la acometida de Mac.

Pero entonces ocurrió algo inesperado. Mac sostuvo la mano cerrada en el aire y de repente pareció perder el último átomo de fuerza.

Entonces se vino abajo pesadamente.

Jim mostró a Mac inconsciente.

—Era lo que quería demostrarle —dijo, y dio un mordisco a una pera en dulce, en actitud pesarosa.

—Pero no me creerá.

—¡Salga de aquí! —chilló Mary fuera de sí, en el centro del estropicio.

Jim se ayudó en parte resbalando sobre un pedazo de melcocha y alcanzó la puerta.

—Feliz cumpleaños —dijo.

Mary se sintió desfallecer, pero alcanzó a apoyarse en los cuartos traseros de Molly y logró mantenerse en pie.