CAPÍTULO X

Abandonamos el tiburón de Luigi en una calleja y continuamos el camino a pie. Mis ideas eran claras con respecto a lo que debía hacer ahora.

Entramos en un bar, y le dije a Ana que me esperase sentada en un taburete mientras telefoneaba.

—¿Estás seguro de que no nos han seguido, Jonathan?

—He mirado varias veces por el espejo retrovisor y no vi nada. Estoy dispuesto a jurar a que los dos muchachos que ya están muertos eran los únicos que componían nuestra guardia de honor… Pide algo para ti y para mí. Voy a establecer contacto con Marcel Gros.

Fui a la cabina y, después de consultar el cuaderno, marqué un número.

—Inspector Marcel Gros al habla —dijo la voz de mi amigo.

—¿Cómo quedaste con la pelirroja de Río de Janeiro? —le contesté. Hubo una pausa y al momento él gritó:

—¡Jonathan Temple!

—Sabía que te acordarías de mí, Marcel.

—Recuerdo mucho más a la pelirroja, y en cuanto al final de la historia, resultó casada.

Imagínate, yo estaba dispuesto a convertirla en mi mujer.

Nos estábamos refiriendo a un hecho ocurrido el año anterior, pero aquello era agua pasada, y lo que tenía en mis manos quemaba como las brasas.

—Marcel, vine a París para algo importante.

—¿Quién es tu compañera?

—Ana Martin, una muchacha de diecisiete años.

—¿Ahora te gustan jovencitas?

—Olvídate de eso. Ella y yo estamos vivos de milagro.

—¿Qué pasa?

—Murieron tres hombres en Nueva York poco antes que saliésemos del aeropuerto, y ya tenéis dos muertos más en París. Los tipos nos estaban esperando en Orly.

—¿Quieres decir que no os dejaban salir de Nueva York y que tampoco querían dejaros ver el Sena?

—Eso es.

—¿Te metiste en otra aventura de chinos?

—No. Esta vez es de franceses.

—Concreta, Jonathan.

—Sería mejor que te lo dijese personalmente.

—Oye, no puedo moverme. Tengo un trabajo enorme. El primer ministro ruso está aquí en visita oficial… Eso nos trae de cabeza. Nuestro presidente y el ruso han visitado juntos muchos lugares, y eso nos hace desplegar un gran esfuerzo.

—Quizá el ruso se quede solo en el momento más inesperado.

—No te entiendo.

—Van a matar a vuestro presidente.

Marcel dejó escapar el aire de sus pulmones.

—Siempre hay fanáticos, Jonathan —contestó—. Antes de que llegase el ruso, recibimos muchas cartas y llamadas telefónicas asegurándonos que las horas del general estaban contadas…

—Lo mío no es lo mismo.

—Oh, sí, claro.

—Marcel, te he dicho que ha habido cinco muertos. La confabulación es seria y ha sido planeada en los Estados Unidos.

—¿Quiénes son los confabulados?

—No lo sé. Pero imagino que debe ser una organización de fanáticos; ya sabes que hay unas cuantas por allí.

—Oh, sí, es una plaga. Pero también la sentimos en nuestra carne, en Europa.

—Quiero que vengas aquí para continuar hablando.

—Espera un momento… ¿Dónde crees tú que lo van a matar?

—Un amigo, periodista, el que murió primero, escribió algo en un papel. Una sola palabra.

—¿Qué fue lo que escribió?

—Claremont.

—¿Estás seguro?

—Claro que lo estoy. ¿Significa algo?

—Desde luego. —La voz de Marcel Gros se había tornado grave—. ¿Dónde estás, Jonathan?

—Café Balsan, calle Dubonnier.

—Sí, lo conozco. Iré en media hora.

—Te espero, Marcel.

Regresé junto a Ana, que había pedido dos whiskies.

—¿Hablaste con tu amigo? —preguntó.

—Sí, vendrá aquí.

—¿Se lo creyó?

—Le di algunos detalles de la historia que deben haberlo convencido. Ana dio un suspiro.

—Bueno, al fin va a terminar todo felizmente.

—Eso espero.

—¿Todavía lo dudas?

—Esos fanáticos son duros. El Deuxiéme Bureau tendrá que trabajar a fondo para desmantelar el complot. Pero ya no es cuestión nuestra —toqué el bolsillo donde guardaba el sobre con los dos boletos del avión—. Regresaremos a Nueva York esta misma noche.

—¿Sabes una cosa, Jonathan?

Bebí un trago y la miré interrogativamente.

—¿Qué se te ocurre, Ana?

—No me gustaría volver al colegio.

—¿Por qué no?

Ella se encogió de hombros.

—Prefiero la vida que se hace por fuera.

—No sabes lo que dices.

—Me crees una chiquilla, ¿eh?

—Lo eres.

—¿Cómo tengo que demostrarte que ya soy una mujer?

—Lo que quiero decir es que todavía no acabaste tu educación, y otra cosa más importante: ¿no has visto qué clase de mundo es éste?

—Ya estoy preparada para enfrentarme a ese mundo. ¿Quién de mis compañeras podría tener una experiencia mejor que la mía? He conocido a un investigador privado, a asesinos profesionales, a una mujer aventurera… ¿Y sabes lo que te digo, Jonathan? Encuentro excitante esta clase de vida. Te envidio.

—¿Ves cómo tenía razón? No sabes lo que dices. Esta vida que tú envidias está llena de trampas, de mentiras.

—Las trampas y las mentiras están en todas partes. No hace falta que uno sea investigador privado para encontrarlas en el camino.

—Abandona esa filosofía. No llegarás con ella a ninguna parte.

—¿A dónde has llegado tú, Jonathan?

—Mi caso es distinto.

—¿Por qué?

—Es bien sencillo: porque me gusta enfrentarme con la gentuza y, sobre todo, me divierte estropearles sus planes…

—¿No lo haces por dinero?

—Si el dinero fuese importante para mí, me habría dedicado a vender aspiradoras y neveras. Es a lo que estaba destinado. Mi padre tenía un almacén de esa clase en Lincolnville, Missouri… Estuve algún tiempo atendiendo a la clientela hasta que me cansé. Tengo un hermano tres años menor que yo. Le dije que me pagase por la tienda lo que quisiese, y me largué a Nueva York. Parece que fue ayer, y ya han pasado siete años de eso…

—¿Te has enamorado alguna vez?

—¿Qué?

—Me has oído perfectamente. No te hagas el distraído.

—Muy bien, te oí.

—Entonces, respóndeme.

—Sí, creo que me he enamorado alguna vez.

—¿Más de una?

—La verdad es que me enamoro en cada caso que intervengo, y te prohíbo que pienses que siento por ti algo más que una mera simpatía.

—Entonces, ¿de quién te has enamorado ahora? Y no me digas que es de la rubia.

—Tiene buen tipo y posee seducción.

Ella saltó del taburete, abrió ligeramente las piernas y puso un brazo en jarras.

—¿No poseo yo seducción?

Tragué saliva. Aquel diablillo tenía seducción como para poner un almacén en París y exportarla en botellitas de esencia.

—No estás mal.

Sus ojos chispearon.

—¿Tengo más que Dominique?

—Oh, sí, mucho más.

—Lo dices como un cumplido, ¿verdad? Apuré el whisky de mi vaso y fui a pagar.

Entonces, Ana me dio un golpe en la rodilla y perdí el equilibrio. Tuve que sujetarme a ella para no caer, y la abracé.

Ana entreabrió los labios mientras me miraba profundamente a los ojos. Me sentí perdido.

—Hola, Jonathan —dijo una voz.

Era Marcel Gros, y su llegada fue como el golpe de campana para un boxeador que se está tambaleando.

Me aparté de Ana y estreché la mano de Marcel. Luego presenté a Ana.

—Eh, Jonathan, estaba preparado para encontrarme con una chiquilla con pecas, feúcha, y ella es una maravillosa mujer.

Ana sonrió halagada.

—Gracias, Marcel, usted es un hombre —acompañó aquellas palabras con una mueca hacia mí.

—Marcel —dije—, ahora lo importante es el asunto del atentado, y no hablar con chiquillas.

Ana me soltó una patada, pero esta vez me pilló prevenido y salté a tiempo.

Marcel encontró aquello muy divertido, porque se echó a reír de buena gana. Luego me dio una palmada y dijo:

—No tienes de qué preocuparte. Ya lo tengo, todo listo. Llamé a mi jefe, y nos está esperando en su casa. Me contarás la historia en el camino, y luego se la repetirás a él.

—Magnífico —asentí.

Salimos del bar y nos metimos en su coche.

Marcel condujo a través de calles del viejo París. Luego salimos de la ciudad. Mientras hacíamos el recorrido, le conté la historia. De vez en cuando, Marcel soltaba algún gruñido, pero no me interrumpía haciendo preguntas. Cuando hube terminado, mi amigo dijo:

—Es lo más serio que hemos tenido hasta ahora. Quiero decir que, teniendo en cuenta los cadáveres que hay en este caso, está claro que esa organización de fanáticos ha tomado la cosa en serio.

—Dijiste que la palabra Claremont tenía sentido para ti.

—Desde luego.

—¿Qué quiere decir?

—Será mejor que mi jefe te lo explique. Ya estamos llegando.

El coche entró por un gran portón y corrió por un camino bordeado con árboles con ramas desnudas. El amplio jardín estaba cubierto de nieve.

Una casa estilo siglo XVIII se alzaba en el fondo.

Marcel detuvo el coche ante la escalera. Luego subimos los tres y, como si estuviesen esperando nuestra visita, se abrió la puerta de la casa.

Un criado de patillas largas se inclinó para saludarnos.

—¿El señor Surmont? —preguntó Marcel.

—Los espera en la biblioteca, señor Gros —dijo.

Seguimos a Marcel por el vestíbulo, cuyas paredes estaban adornadas con copias de cuadros famosos.

Entramos en la biblioteca.

Un hombre estaba sentado en un sillón. Frisaba en los cincuenta y cinco años, poseía cabello blanco y ojos verdosos. Vestía un elegante traje oscuro y en su corbata roja exhibía un brillante del tamaño de una avellana.

—Señor Surmont —dijo Marcel—. Éste es mi amigo Jonathan Temple. La señorita que lo acompaña es Ana Martin.

Aquel hombre se levantó del sillón. Primero le dio la mano a Ana, dedicándole una sonrisa.

—Encantado, Ana. Es usted muy bonita.

—Gracias, señor Surmont. Luego estrechó mi diestra y dijo:

—Al parecer, es usted un hombre duro, señor Temple.

—Lo soy para mis enemigos.

—Sí, desde luego, y por ello me alegro mucho de que al fin lo hayamos cazado.

Sentí que la sangre se me helaba en las venas. Volví la cabeza hacia Marcel, que había quedado a mi espalda, y vi que me estaba apuntando con una pistola.

—Sí, Jonathan —dijo—. Las cosas están así, y tú no vas a impedir que el general muera.