CAPÍTULO IX
Aquél era el aeropuerto de Orly. Ya estábamos en París. Se ha hecho famoso eso de abril en París. Pero nosotros no llegábamos en abril, en la primavera, sino en diciembre, y nevaba lo mismo que en Nueva York.
Ana se había pasado las horas de vuelo durmiendo, apoyada su cabecita en mi hombro.
—Tengo hambre —dijo.
No había querido despertarla cuando repartieron alimentos. Pensé que era preferible para ella que descansase después de las emociones sufridas. Ana no estaba acostumbrada como yo a ventilárselas con asesinos y demás fauna de la jungla.
Fuimos al restaurante y ocupamos una mesa.
Yo había comido un poco en el avión, de modo que me contenté con un sándwich, pero Ana pidió huevos revueltos con jamón.
Estábamos despachando cada uno lo nuestro cuando Ana preguntó:
—¿Qué haremos ahora?
—Tengo un amigo en el Deuxiéme Bureau. Se llama Marcel Gros. Bueno, espero que aún trabaje allí.
—¿El Deuxiéme Bureau no es el que se ocupa de los asuntos de contraespionaje en Francia?
—Sí, y mi amigo está en la Investigación Estratégica. De repente una voz femenina dijo:
—¿Han hecho ustedes un buen viaje?
Alcé los ojos y vi a la rubia. Sí, allí estaba la del abrigo de astracán. Ahora no cubría sus ojos con gafas oscuras. Tampoco exhibía una pistola en la mano.
—¿Me invita, señor Temple?
Una luz roja que tengo en el cerebro se encendió anunciándome el peligro. Más allá de nuestra mesa la gente comía tranquilamente. Un tipo con bigote de morsa atacaba un gran plato de espagueti. Detrás de él un larguirucho estaba pendiente de lo que le decía una pelirroja que despachaba un plato de ostras.
—¿Qué le pasa, señor Temple? —dijo la rubia—. ¿Busca algún amigo quizá?
—A los suyos —contesté levantándome.
Entonces ella se sentó en una silla y sonrió mirando a Ana.
—Te felicito, querida. Eres muy bonita.
—Y usted muy mala, abuelita.
Se miraron desafiantes, como si fuesen a emprenderla a zarpazos.
—¿Me conoces, querida? —dijo la rubia en un tono de voz que había subido tres octavas.
—Claro, tú eres la rubia que está detrás de todo esto.
Mi investigación por los alrededores había resultado infructuosa y ocupé de nuevo mi silla.
—Quisiera beber algo —dijo la rubia.
—¿No tomó su ración de veneno esta mañana? —sugirió Ana.
—No, cariño. Me dijeron que una muchacha americana llamada Ana lo consumió todo.
Ana fue a arrojarse sobre la rubia, pero yo la contuve.
—Ana, si dejas fuera de combate a nuestra invitada, no sabremos la clase de oferta que nos trae.
El camarero se había acercado.
La rubia pidió una combinación de whisky, vodka y cinco ingredientes más. Yo había probado la bebida en un sótano de Nueva York, y estuve echando fuego durante una semana.
Ana hizo un gesto enfurruñado y siguió comiendo sus huevos revueltos.
—Antes de nada —dije—. ¿Cuál es tu nombre, rubia?
—Llámame Dominique.
—De acuerdo, Dominique. Las cartas sobre la mesa.
—¿Por qué tanta prisa, Jonathan?
—Manías, o quizá sea que hoy es 5 de diciembre y que mañana será 6.
—¡Estupendo! Pasado mañana será 7. ¿Y sabes dónde estaré, Jonathan?
—En el infierno —contestó Ana—. Pero no es ninguna sorpresa para nosotros.
Por un momento, Dominique dejó de sonreír, y sus ojos miraron con odio reconcentrado a la colegiala de Strassman.
—Estaré en Acapulco —dijo, mordiendo las palabras.
—¿No te parece un lugar demasiado lejano de París? —pregunté.
—Sin embargo, estaré allí porque todo habrá terminado.
—Imagino a qué te refieres. Al general. Tú podrás estar en Acapulco, porque el presidente francés estará tan tieso como Napoleón.
—Jonathan, ¿entiendes de política?
—Un poco.
—Entonces, entenderás ciertas cosas.
—¿Qué cosas, por ejemplo?
—Nosotros, los seres humanos, somos insignificantes peones en el tablero mundial donde se ventilan la suerte de los pueblos, de las naciones… Nosotros no podemos influir con nuestros actos en las evoluciones de la humanidad.
Me puse a aplaudir y dije:
—Profesora, has estado magnífica.
Me enseñó los dientes apretados y los entreabrió unas pulgadas para soltar un chorro de palabras.
—Bastardo, el último tipo que se burló de mí está ahora en Estambul pidiendo limosna.
—¿Con o sin piernas?
—Le quedó una.
—Vaya, tuvo suerte.
El camarero se acercó con su bebida anticohete.
Dominique bebió un trago y esperé que se convirtiese en un lanzallamas. Me equivoqué. Chascó la lengua y dijo:
—Ha sabido darle su punto.
—Tienes que agradecer que el barman fue antes pocero.
—Basta ya de ingeniosidades, Jonathan.
—Sí, hablemos como lo que somos, si Ana está dispuesta a taponarse los oídos.
Dominique me apuntó con el dedo, pero no escupió por allí el rayo de la muerte. De la punta de su índice no salió nada.
—Jonathan —dijo—. Voy a terminar con tu racha de chistes. No saldréis vivos de París, si no os retiráis de este negocio…
Ana dejó de comer los huevos revueltos, aunque apenas le quedaba para un bocado.
—Jonathan, no consientas que te intimide esta rubia de pega. Ella decía eso porque Dominique llevaba una peluca de las caras.
—Eres una chiquilla, Ana —repuso Dominique—. Jonathan, espero que no te dejes influenciar por ella.
—Soy un adulto —dije con orgullo—. Y yo tomo mis propias decisiones.
—Estupendo. Entonces yo te diré la que vas a adoptar. Las mujeres son así de lógicas.
Dominique metió la mano en el bolso y sacó un sobre muy grueso que dejó sobre la mesa y empujó hacia mi lado.
—No lo toques, Jonathan —exclamó Ana—. Puede hacer explosión.
—No, querida. No hay ninguna bomba dentro —le respondió Dominique.
—¿Y qué hay? —pregunté.
—Cinco mil dólares y dos pasajes.
—¿Para Acapulco?
—No, para Nueva York.
—Pero si acabamos de llegar.
—No tenéis nada que hacer en París. Además, está nevando.
—Me gusta mucho la nieve —dije—. ¿Y tú, Ana?
—La adoro —rió—. Me gusta hacer bolas. ¿Y a ti, Jonathan?
—Es uno de los juegos más divertidos que conozco.
—Haremos una muy gorda, Jonathan.
—Grandiosa.
—Tan alta como la torre Eiffel.
—Se la regalaremos al general De Gaulle.
La rubia no pudo resistirlo más. Pegó un puñetazo en la mesa.
—¿Qué clase de estúpidos sois vosotros?
Estuvo a punto de volcar su vaso y lo agarré antes de que cayese, por temor a que sobreviniese allí una explosión. No quería que París ardiese al fin.
Dominique consultó su reloj.
—Vuestro avión para Nueva York sale dentro de veinte minutos.
Bebió un nuevo trago, dejó el vaso, donde todavía había dos dedos del brebaje, y se puso en pie.
Ana gritó:
—Eh, Jonathan, no la dejes escapar.
—Yo sé cuándo he perdido una batalla —rezongué con supuesto mal humor.
—¿Quieres decir que nos vamos a Nueva York?
—Hemos perdido, nena.
—Eres un cobarde, Jonathan. Pero yo no me voy. Me quedo.
—Tú me vas a obedecer, Ana.
—De ninguna manera.
Fue a saltar de la silla, pero de nuevo se lo impedí.
La rubia estaba muy satisfecha del cariz que había tomado el asunto.
—Me alegra que seas un hombre juicioso, Jonathan. Después de todo, me resultaste simpático, y puede que algún día nos volvamos a encontrar en circunstancias más agradables.
—Lo mismo digo, rubia. Si alguna vez paso por Acapulco, preguntaré por ti.
—Ya me demoré demasiado con vosotros. Hasta la vista. Dio media vuelta y se alejó hacia la salida del restaurante. Ana dijo:
—Eres un miserable, Jonathan. Te has vendido por cinco mil dólares.
—Nena, no tuve más remedio que hacer como que aceptaba. Ella parpadeó.
—¿Quieres decir que es una farsa?
—Claro que no, pero me gusta la piel que llevo encima, y no tengo otra de repuesto.
Ella no vino aquí sola. Dominique no es quien aprieta el disparador.
—¿Quieres decir que hay otro?
—Sí, nena, puedes estar segura de que en este mismo restaurante, o a la salida, nos espera el pelotón de ejecución. Pero no mires a tu alrededor. Debemos confiarlos. Escúchame bien. Vamos a ir hacia las puertas que comunican con las pistas.
Llamé al mozo y pagué con una propina francesa, que es el doble de una americana. Luego nos pusimos en camino.
Mi idea era saber quiénes eran los tipos encargados de servirnos la ración de plomo.
Sólo se movió un hombre de las mesas próximas a las nuestras. El tipo con bigote de morsa. Vi por el rabillo del ojo que se pasaba la servilleta por la boca y que venía tras de nosotros.
Los altavoces anunciaron un vuelo a Nueva York. Era el nuestro. La gente empezó a aglomerarse en las puertas.
—Quédate aquí —dije a Ana al oído.
Me agaché y recorrí un trecho entre mujeres y hombres que me miraban extrañados. Finalmente fui a parar a la espalda de «Bigote de Morsa», que estaba de puntillas, dando saltitos.
—Aquí estoy —dije enderezándome, y le puse una mano en el hombro.
«Bigote de Morsa» volvió la cabeza y forzó una sonrisa.
—No entiendo —tartamudeó.
—Me estabas buscando.
—¿Yo a usted? ¿Para qué?
Hice un movimiento muy rápido. Le pasé el brazo por la cintura y lo atraje hacia mí mientras introducía la otra mano en su axila.
—Eh, ¿qué hace? ¿Es que está loco?
Mis dedos tiraren de la pistola que guardaba en su funda sobaquera.
No quise sacarla del todo. Moví el arma y le clavé el cañón en el costado.
El tipo no se movió una pulgada porque creyó llegado el último momento de su vida.
—No haga eso, amigo —dijo.
—¿Qué cosa?
—Matarme.
—¿No es eso lo que te dijeron que hicieses con nosotros?
—Oh, no, yo no tengo nada que ver con usted.
—Esa respuesta no me gusta nada.
Vi llegar a Ana a mi lado y sentí un cosquilleo en la espina dorsal.
—¿Por qué no te quedaste allí? —rezongué.
—Quise saber lo que pasaba —sonrió—. Vaya, capturaste a nuestro vigilante… Es algo más que un vigilante, Ana. Se trata de un asesino.
—No diga eso, señor —protestó «Bigote de Morsa»—. Yo soy un honrado comerciante.
—Claro, y te hace falta la pistola para ventilar los negocios.
—El mundo está muy agitado, señor. Mi mercancía es el vino. Últimamente se infiltraron en el negocio del vino personas indeseables.
—Qué pena, ¿verdad? —asentí—. ¿Cuál es tu nombre, honrado comerciante?
—Luigi Benvenutti.
—¿Dónde está tu compañero, Luigi?
—¿A qué compañero se refiere?
—Debe haber otro contigo.
—No, señor. No lo hay.
Le clavé más la pistola, e hizo un gesto de dolor.
—Estoy solo, señor Temple. Se lo aseguro.
—Ya sabes mi nombre, ¿eh?
—¿Qué iba a ganar con negarlo?
—¿Trajiste auto, Luigi?
—Desde luego.
—Viajaremos los tres en él.
—Sí, señor.
—No se te ocurra hacer un gesto a derecha o izquierda, o te la ganas. Te aseguro que no tendré ningún remordimiento si tengo que apretar el gatillo.
—Me estaré quieto.
—Adelante, muchacho.
Escondí la pistola en el bolsillo y echamos a andar.
Luigi Benvenutti caminaba delante de mí, pero tan pegados los dos, que nos podían confundir con siameses.
Ya estábamos acercándonos a la playa de estacionamiento.
—¿Marca de tu auto, Luigi? —le pedí, porque no quería que nos diese vueltas por allí, donde había más de un millar de coches.
—Un «Citroën».
—¿Matrícula?
—De París.
—¿Número?
—850 601.
—¿Dónde está?
—El de arriba, el tiburón color crema.
Sí, allí estaba, y el número de matrícula era el que Luigi había dicho. Se estaba comportando con honradez por primera vez en su vida.
—Las llaves, Luigi —le pedí.
Me sacó las llaves, que entregué a Ana.
De pronto vi aparecer a un tipo por la popa del automóvil aparcado a la izquierda.
Tenía una pistola en la mano del tamaño del Arco del Triunfo. Me vencí sobre Ana, que estaba inclinada sobre la puerta. El tipo que manejaba el cañón soltó un zambombazo.
Luigi Benvenutti lanzó un grito y giró como una peonza. Pude verle su pecho. Le habían destrozado la chaqueta, la camisa, la corbata, y no llevaba camiseta. Fue un error por su parte no ponérsela, porque el plomo casi le arrancó de cuajo todo lo que había allí: costillas, carne, y seguro que su cartera quedó hecha una ruina.
Hice mi disparo, porque también tenía derecho a utilizar un arma en aquellas circunstancias. No le di al tipo, pero lo hice desaparecer.
—Quédate aquí, Ana —le dije. Eché a correr hacia la izquierda. El fulano pensó lo mismo que yo.
Casi nos dimos de bruces, pero mis reflejos siempre han sido buenos. Hice un disparo a boca de jarro. No podía fallar, porque el muchachito me estaba apuntando con su arma. Esperé con el corazón encogido a que él también apretase el gatillo. Si ocurría eso, los restos de Jonathan Temple se iban a recoger en un fiordo de Noruega.
Vi el agujero que aparecía en la frente de mi rival, justo en el centro. Luego se desmadejó y cayó al suelo.
Oí un chillido a mi espalda. Era una dama que, al ver lo que estaba pasando, decidió desmayarse.
Volví junto al tiburón. Ana ya estaba dentro.
Me senté a su lado, y salimos de allí como fugitivos de la isla del Diablo.
—Caramba —sonrió Ana—. Tenemos cinco mil dólares y continuamos en París. Ya sólo falta que salvemos al general.