CAPÍTULO III
Viajamos en mi coche.
—Señor Malsom, se me ocurre hacerle unas preguntas.
—Diga.
—¿Qué pasará cuando me vea el señor Strassman?
—Tomé precauciones. Usted no verá al señor Strassman.
—¿Quizá descuartizó a Strassman y metió los trozos en un baúl? Soltó una carcajada.
—Oh, no. Yo no haría una cosa como ésa… El señor Strassman se encuentra ausente del colegio a estas horas. Se marcha a las diez de la mañana y no regresa hasta las doce.
Consulté mi reloj. Eran las once y diez.
—Así que todo lo preparó, ¿eh, señor Malsom?
—Supuse que querría hablar con Ana.
—Imagino que Ana le ha hecho su confidente con respecto a sus deseos de ir personalmente a Francia.
—Sí, me lo cuenta todo. ¡Menos mal que no le prometí que me callaría! Quiero decir que habría faltado a mi palabra por habérselo contado a usted.
El colegio estaba rodeado por un jardín, ahora todo nevado. De la parte trasera llegaban gritos y risas femeninos.
Nos abrió la puerta una mujer alta, muy seca.
—Señor Malsom, lo estuve buscando.
—¿Qué pasa, señorita Popkin?
—Se estropeó la calefacción de la sala 3 C.
—Lo arreglaré enseguida.
La señorita Popkin me miró con la misma atención que dedicaría a una mariposa disecada.
—Es mi primo, señorita Popkin —dijo Malsom—. Está de paso por la ciudad… Le encontré y le pedí que me acompañase.
—Encantado, señorita Popkin —dije. Ella soltó un gruñido intraducible.
Dejamos atrás a la señorita Popkin y subimos por una escalera hasta el tercer piso.
Owen Malsom tenía sus habitaciones al final del corredor.
—¿Quiere esperar aquí? —dijo cuándo entrarnos—. Voy por Ana.
—De acuerdo.
Pasaron diez minutos, y Malsom regresó acompañado de una joven con una cara preciosa, ojos brillantes, de un maravilloso color verdoso. Se cubría con una falda gris y un suéter blanco, que contorneaba su espléndido busto.
Ella me sonrió mientras alargaba la mano.
—Me alegro mucho de que al fin el F. B. I.? me haya dado crédito. Miré a Malsom y me guiñó un ojo.
—Ana —dije con voz protocolaria—, el señor Malsom me ha contado algo de la conversación que sorprendiste en el despacho del director, cuando atrapaste aquel teléfono, pero yo quisiera que lo repitieses.
Sacudió la cabeza en sentido afirmativo y, a continuación, dijo las mismas palabras que yo había oído por boca de Owen Malsom.
—¿Algo más? —inquirí.
—No. En seguida se cortó la comunicación.
Me pellizqué en una mejilla y di unos pasos por la estancia, como lo debería hacer un auténtico muchacho de la F. B. I.?.
Al fin me detuve de nuevo ante la joven.
—Ana, nos vamos a ocupar del caso.
—¿De veras?
—Seguro.
—¿Y qué van a hacer, señor Temple?
—Naturalmente, vamos a impedir que maten al general De Gaulle.
—Estupendo.
—Y hasta posible que te den una medalla.
—No quiero ninguna medalla. Al fin y al cabo, lo mío no tiene importancia. Cumplí con mi obligación.
Naturalmente, yo no pensaba hacer nada. ¿No había consultado Ana ya con los verdaderos chicos del F. B. I.?, y aquel secretario de Hoover, Clark Cushman, le contestó que era un buen chiste? Saldría de allí en unos minutos, pero en el camino del aeropuerto haría una parada en mi oficina. Quería hablar con cierta joven llamada Lucy, y apretarle las clavijas por haberme hecho perder miserablemente el tiempo.
—Está bien, Ana. Puedes estar tranquila.
—¿Me tendrán al corriente?
—¿Cómo?
—Ya sabe. Me gustaría saber cómo acaba todo. Imagino que detendrán a los culpables.
—Tenemos un buen fichero y nuestros cerebros electrónicos se pondrán a trabajar activamente en el caso. Son magníficos; el último grito en la cibernética. Por un lado metemos los sospechosos y por otro lado nos escupe al culpable.
Entre los ojos de la joven apareció un fruncimiento.
—Caramba, llegará momento en que ustedes estarán de sobra.
—Es lo que nos tememos —asentí.
—No se preocupe. El hombre siempre será necesario.
—Sí, desde luego —repuse, admirando su belleza—. Siempre habrá que contar con el hombre.
En aquel momento, la puerta se abrió de golpe y un perro entró ladrando.
Bien mirado, resultó que no era un perro, y sus ladridos eran colecciones de palabras que, juntas, formaban frases.
—Señor Malsom —fue lo que logré entender—. ¿Qué diablos significa esto?
¿Aprovecha mi ausencia para que una de sus alumnas se vea con un hombre en esta habitación…? ¡Nuestro código de la moral es muy estricto, señor Malsom, y le aseguro que voy a hacer caer sobre su cabeza todo su peso!
El señor Malsom se estaba poniendo rojo como un tomate.
—Señor Strassman. No le consiento… —Logró decir.
—Usted me va a consentir muchas cosas, señor Malsom y una de ellas es que lo ponga de patitas en la calle. ¡Soy el responsable de mis alumnas! ¡Y cualquier acto de inmoralidad…!
Le puse una mano en el hombro y casi lo derribé.
—Señor Strassman —dije, y puse mi cara frente a la suya—. ¡Una palabra más y lo dejo sin dientes!
Ahora, el que se puso rojo fue el señor Strassman, pero no tardó en pasar al morado.
—¿Qué dice…? ¿Qué hace…?
—Tiene un cerebro demasiado tortuoso para dirigir un colegio de señoritas, señor Strassman.
Ana intervino pegando una patadita en el suelo:
—Señor Strassman, este caballero no tiene nada que ver conmigo… Es un alto funcionario del F. B. I.?… Y él se va a ocupar de que no maten al general De Gaulle.
—¿De qué habla, señorita Martin? —tartamudeó el perruno Strassman.
—De la conversación que escuché en su teléfono… Dos hombres estaban hablando…
Uno de ellos aseguró que iban a matar al presidente francés.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Hace unos días.
—No comprendo una palabra.
—Telefoneé al F. B. I.? para advertirles del atentado, señor Strassman. No me hicieron caso al principio, pero ahora recapacitaron y me enviaron a uno de sus representantes.
El señor Strassman entornó los ojos.
—¿Cuál es su nombre?
—Jonathan Temple.
—¿Quiere enseñarme su credencial?
—¿Qué le pasa, señor Strassman?
—Necesito saber quién es la persona que entra en mi colegio.
—Ya se lo ha dicho la señorita. Vine a ocuparme de esa conversación telefónica.
—Insisto en que me muestre su credencial.
Hay días muy malos y, al parecer, yo estaba en uno de ellos. Sin embargo, tan sólo unas horas antes, cuando desperté, sonreí feliz porque aquél era el día en que yo debía empezar mis vacaciones. Un poco más y las iniciaría metido en una reja. Los del F. B. I.? son muy quejicas cuando alguien trata de suplantar la personalidad de uno de sus bravos chicos.
—Está bien, señor Strassman —dije—. Ya me voy.
—No, usted no se irá sin mostrarme su credencial.
—Le he dicho que terminé mi investigación —repuse, dispuesto a todo, incluso a romperle las narices.
Owen Malsom intervino:
—Señor Strassman, yo soy el culpable.
—¿Qué quiere decir, Malsom? —Gruñó el fracasado novelista.
—Jonathan Temple no es mi primo.
—Ya lo suponía.
—Tampoco es funcionario del F. B. I.?.
—Empecé a sospecharlo hace un momento. Ana Martin me miró con los ojos agrandados.
—¿No es usted del F. B. I.??
—No, querida.
—¿Qué es usted, entonces?
—Un ingenuo.
Strassman soltó otro de sus ladridos.
—Silencio. Soy yo el director de este colegio.
Aquel tipo me estaba exasperando. Lo atrapé por el cuello de la camisa y tiré de él, levantándolo un palmo del suelo.
—Strassman, deje de chillar. Aquí no hay ningún sordo.
—¿Qué es lo que hace? ¡Suélteme ahora mismo o aviso al F. B. I.?!
—Y duro con eso.
—Quise decir a la policía… ¡Está usted violando las reglas de este colegio!
—Yo no violo nada. Vine aquí para convencer a esta muchacha, a Ana Martin, de que lo que oyó no tiene la menor importancia…
Alguien me soltó una patada en la espinilla. Dejé libre a Strassman y salté a la pata coja.
Era Ana quien me había cazado la pierna. Sus; ojos despedían chispas de fuego, mientras me apuntaba con el dedo.
—¡Usted es un falsario! De modo que quiso convencerme de que iba a tratar de impedir que matasen al general De Gaulle… ¡Condenado embustero! Me tomó por loca.
¿Es eso?
Strassman intervino:
—Señorita Martin, le ordeno que guarde silencio. Ana fue a seguir protestando, pero cerró la boca haciendo chocar sus menudos dientes.
Strassman respiró jadeante, como si hubiese subido a un séptimo piso sin ascensor.
—Señor Temple, estoy dispuesto a olvidar toda esto. Quiero decir que no tomaré represalias contra el señor Malsom.
—Muy amable por su parte.
—Lo único que pretendo es que no trascienda, que no se haga público… Durante quince años este colegio ha desarrollado su labor docente sin la menor mancha.
—Enhorabuena.
—Lo que quiero decirle, señor Temple, es que su intromisión aquí es inaudita. Pero lo olvidaré todo, si se marcha usted ahora mismo.
Yo quería marcharme, pero, de buena gana, antes le hubiese arrancado una oreja. El señor Strassman era robusto, ancho de hombros, pero yo le llevaba más de un palmo de estatura. Poseía cabello negro, con grandes entradas, nariz un poco aguileña y boca pequeña, de labios muy finos.
—Trato hecho, señor Strassman. Me voy. Ana pegó otra patadita en el suelo.
—¿Es que nadie me va a creer?
—Pequeña, tienes mucha imaginación —le dije—. Ni siquiera sabemos si es verdad lo que escuchaste.
Se dispuso a pegarme otra patada, pero esta vez logré burlarla.
—Piensa que es una invención mía, ¿verdad? Confiéselo.
—Muy bien… Lo pienso.
—¿Por qué?
—Porque es mi derecho.
—¿Sabe lo que es usted, señor Temple?
—Prefiero no oír tu opinión sobre mí.
—Pues tendrá que taparse los oídos, porque lo voy a decir.
Pero ella no me dio tiempo a que me tapase los oídos, porque lo soltó muy aprisa.
—Es usted un investigador privado de tres al cuarto, un incompetente, un irresponsable y un…
—¡Silencio! ¡Silencio! —gritaba Strassman.
Estaba casi encima de mí, de modo que le solté un empellón y lo envié rodando sobre la cama de Owen Malsom.
—Hasta la vista, señor Malsom —me despedí.
Luego salí de aquella jaula de locos, donde todo eran gritos. La tiesa señorita Popkin estaba en el corredor.
Le solté un gruñido al pasar y ella lanzó un grito, retrocediendo hacia la pared.
Poco después estaba fuera de aquel colegio, respirando el aire frío del invierno de Nueva York.
¡Al diablo con Ana Martin y sus imaginativas historias acerca de atentados políticos!
Esta vez me iba a Waikiki.