CAPITULO PRIMERO

Jimmy Hilton abrió la puerta de la oficina para barrer el polvo que había acumulado con la escoba.

Su jefe, el marshal Tony Kipling, era muy severo en lo tocante a la limpieza. Había que procurar que no tuviera queja.

La escoba de Jimmy tropezó con unas botas clavadas ante la puerta.

El que ocupaba aquel calzado de excelente calidad era un hombre muy alto, huesudo de rostro, ojos penetrantes y labios muy delgados.

Vestía muy bien y Jimmy calculó que aquella camisa, los pantalones y el cinto con el revólver, valdrían lo menos cuarenta dólares.

Jimmy forzó una sonrisa porque había lanzado un chorro de polvo precisamente en la lustrosa bota del desconocido.

—Lo siento, señor...

—Smith. Bruce Smith.

—Le voy a limpiar la bota, señor Smith.

—No hace falta, hijo.

—¿Cree que la voy a dejar pringada de polvo? No, señor. Si yo tuviera unas botas así, me enfadaría mucho si alguien las manchara de polvo. Vaya lustre bien dado, canastos.

Bruce Smith permitió que el chico de la oficina le frotara la bota derecha con un trapo que acababa de alcanzar.

—¿Y el sheriff, chico?

Jimmy sacudió el paño del polvo.

Sonrió atrapando la escoba de nuevo.

—En Rocker Hill no tenemos sheriff, señor Smith.

—Estupendo, se ha muerto, ¿eh?

Jimmy ensanchó la sonrisa.

—No me entendió, señor Smith. En Rocker Hill hay marshal. No alcanzamos la categoría de ciudad del condado para tener un sheriff.

—¿Dónde está el marshal?

—¿Tony Kipling? Se fue de caza.

Smith emitió un suave gruñido.

—Comprendo. Va detrás de algún ladrón de ganado, o de aves de granja... ¿De qué te ríes, hijo?

Jimmy controló el estallido de risa.

Sacudió la cabeza y aclaró:

—Está realmente de caza, señor Smith. Pero caza de perdices. No regresará hasta mañana.

Smith pestañeó pensativo y después asintió.

—Muy bien, muchacho. Por lo que veo, tú estás ocupando su lugar.

—Sí, señor Smith.

—Bien, vas a hacer una cosa.

—¿Qué cosa, señor Smith?

—Pasarás recado a los vecinos para que no salgan de los portales.

Jimmy dio un respingo.

—¡No me diga! ¡Hay noticias de otro tomado como el del mes pasado! ¡Santo cielo, debo correr a advertir al vecindario antes de que sea demasiado tarde...!

—Espera, hijo. No se trata de ningún tornado.

—¿No?

—Lo que se van a producir son unos disparos.

Jimmy reculó alarmado.

—¿Disparos?

—Sí, hijo. Estampidos, balas, ya sabes.

Jimmy apretó los labios.

—¡Un momento! —exclamó enojado.

—Primero deja que yo hable, pequeño. Tú te limitarás a avisar al vecindario. No deben correr niños por la calle, ni ancianos, ni mujeres. Sería muy lamentable que se produjeran víctimas inocentes.

—¡Soy la autoridad de Rocker Hill en estos momentos, Smith! ¡Y no voy a permitir que se produzcan disparos!

Bruce Smith entrecerró los ojos, evidentemente sorprendido.

—Canastos, veo que te tomaste en serio la delegación de autoridad.

—Y si alguien se atreve a quebrantar la ley, me veré obligado a encerrarle en la celda.

Bruce Smith chascó la lengua.

—Escucha, hijo...

—¡Deje de llamarme “hijo”, señor Smith! ¡Llámeme “ayudante”!

—Está bien, ayudante —sacudió la cabeza Smith con tolerancia—. Nadie quiere asaltar tu Banco, o el almacén de mercancías generales. Sólo vamos a liquidar a un tipo. ¿Entiendes?

Jimmy achicó los ojos.

—¿Van a matar a un tipo? ¿Usted y cuántos más?

—Y dos hombres más, hijo... Quiero decir “ayudante”. Mis colaboradores y yo fuimos comisionados expresamente para este trabajo.

Jimmy estaba demasiado perplejo para interrumpir al forastero.

Este prosiguió resollando con auténtica fatiga.

—El tipo en cuestión cabalgó mucho tiempo. Tres semanas. Pero mis colaboradores y yo conseguimos acortar el camino por la ruta Sur y, según nuestros cálculos, tomaremos contacto con el tipo en este pueblecito.

—De modo que si matan aquí a ese hombre es sólo porque van a coincidir.

—Eres listo, ayudante. Sigue así de despabilado y no tardarás muchos años en llegar a marshal. O a sheriff.

Jimmy tragó saliva y de repente soltó la escoba y derivó la mano hacia la percha donde colgaba su canana con su revólver.

El forastero contempló sin un pestañeo la serie de operaciones verificadas por el ayudante.

—Queda detenido preventivamente, señor Smith.

Smith contempló fijamente el arma, denotando contrariedad.

De pronto disparó la zurda, ahora convertida en una cuchilla de hueso y músculo, y golpeó la muñeca armada de Jimmy.

Jimmy vio que el revólver se le caía de la mano sin sentirlo.

También el brazo lo tenía dormido con un hormigueo que le trepaba hacia el hombro.

Jamás en su vida había experimentado una cosa semejante.

—¡Usted se arrepentirá de esto, señor Smith...!

Se interrumpió con un grito porque el hormigueo dio paso a un calambre infernal que le obligó a sujetarse el brazo.

Smith sacudió la cabeza.

Golpeó el revólver con el pie y palpó el bíceps del ayudante.

—Sólo dura unos segundos, hijo. Luego todo desaparece.

Jimmy resollaba de furia y dolor.

Smith suspiró profundamente.

—Quizá te ves en la obligación de tomarte en serio la delegación de autoridad, muchacho. Pero cuando todo pase, sólo tienes que decirle a tu jefe... ¿Cómo dijiste que se llamaba?

—¡Tony Kipling!

—Eso, Kipling. Dile a Kipling que estuvieron aquí tres hombres de Frederic Newman para matar a un tipo. Verás cómo no rechista y todo lo da por bueno.

—Usted no conoce a Tony Kipling, señor Smith.

—Ni de oídas, muchacho.

—El les hará pagar si hacen algo fuera de la ley.

—Se trata de algún vejete cascarrabias chapado a la antigua, ¿eh?

—¡Hagan algo ilegal, y sabrán quién es Tony Kipling!

—De acuerdo, canastos. Tú mantente quieto dándole a la escoba y ya me encararé yo con tu jefe.

—¡Ustedes no quebrantarán la ley en Rocker Hill! —chilló Jimmy medio ahogado por el histerismo.

La izquierda del señor Smith volvió a actuar milagrosamente y le golpeó de revés justo bajo la oreja.

Jimmy reculó hacia el interior de la oficina y dio con los cuartos traseros en el suelo, perplejo porque el golpe le había serenado de un modo extraño.

El hombre llamado Bruce Smith le dirigió una sonrisa.

—Mantente quieto un rato, muchacho. Sólo un rato.

Luego, dedicó una cabezada de comprensión al ayudante y cerró la puerta de la oficina dejando el recinto en la penumbra.

Jimmy gimió de rabia y de humillación.

Cuando el pistolero le había mencionado el nombre de Frederic Newman, toda la fuerza se le había escapado en un abrir y cerrar de ojos.

Pensó en Tony Kipling y deseó morirse en el acto porque era la primera vez que le dejaba el cargo en sus manos. Y le había fallado.

Súbitamente, Jimmy golpeó rabiosamente el suelo.

Y lloró, porque en el fondo sólo era un niño, a pesar de sus sesenta y ocho años.

 

* * *

Bruce Smith permaneció al otro lado de la puerta de la oficina y cuando escuchó las lamentaciones de Jimmy esbozó una media sonrisa.

Echó a andar a lo largo de la acera y de pronto vio a Alfred que llegaba al galope.

—¡Bruce! —exclamó Alfred, al tiempo que se apeaba del caballo antes que éste se detuviera.

—¿Lo viste?

Alfred asintió sacudiendo el polvo de las perneras del pantalón.

—Está a dos millas de aquí.

—Demonios, hemos de darnos prisa en prepararle el recibimiento.

—Habrá tiempo. Viene al trote. ¿Y Amos?

—Nos está esperando en la cantina.

Alfred respiró aliviado.

—Bueno, por fin llegó el momento.

—Sí, Alfred. Todo tiene un fin.

Los dos hombres atravesaron la calle en dirección a la cantina.

Se detuvieron y miraron por encima de los batientes porque Amos tenía una discusión con dos sujetos de rudo aspecto.

Uno de los dos tipos de rudo aspecto sacudió el puño delante de Amos.

—¡Pruebe a echarme de la cantina, amigo! ¡Ande, pruebe!

Amos frisaría los veinticinco años, era rabio de ojos azules, y ademanes suaves.

Sonreía con amabilidad, aunque el brillo de sus pupilas resultaba amenazador.

—¿Cómo se llama usted, caballero?

—¡Rudolph Benson!

—Está bien, Rudolph. Usted y su amigo van a salir de aquí muy calladitos antes de que me enfade.

Rudolph abrió mucho los ojos mirando a su compañero.

—¿Estás oyendo lo mismo que yo, Bill?

Bill era un tipo rechoncho muy fuerte y muy sucio.

Se echó a reír.

—Me gustaría ver cómo se enfada el nene.

—Sería muy lamentable para ustedes dos, caballeros —carraspeó Amos y agregó la mejor de sus sonrisas.

Rudolph rechinó unos dientes como palas y levantó el puño.

—¿Qué le parece si le pego un mazazo en la boca, pollo?

Amos sacudió la cabeza y chascó la lengua repetidas veces denotando desaprobación.

—Se están poniendo difíciles, caballeros.

—¡Maldición! —exclamó Rudolph—. ¡Este tipejo se la ganó!

Corrió con trote pesado hacia Amos.

Este bebió un corto trago del vaso sin inmutarse.

De repente, estiró la pierna e incrustó el pie en la entrepierna de Rudolph.

Rudolph masculló de dolor, completamente encogido.

Entonces, Amos se sostuvo con las manos en la barra, alzó las piernas a pulso y las trenzó en el cuello de Rudolph.

El hombrón pegó de cara en el suelo, siempre atenazado por las piernas de Amos quien no había movido un solo dedo para reducirlo.

Bill escupió en sus manazas y rugió:

—¡Ahí voy, Rudolph! ¡Yo le daré al bastardo...!

Bruce y Alfred penetraron en aquel justo instante.

—Oiga, no está bien que dos adultos quieran maltratar a un muchacho —dijo Bruce.

—¡No se meta! —gritó Bill—. ¡Está desnucando a Rudolph con sus triquiñuelas!

Al tomar impulso hacia el joven, Bruce intervino con un cuchillazo de la mano abierta precisamente en el pescuezo de Bill.

Bill siguió corriendo, pero ahora lo hizo en zigzag porque perdía el conocimiento y carecía de control.

Finalmente chocó de cara contra la pared y se vino abajo con mucho estruendo.

Alfred desenfundó entretanto el revólver, cascó el cogote de Rudolph con la culata y lo sacó de entre las piernas de Amos, totalmente inconsciente.

Bruce desparramó ahora la mirada sobre los cuatro clientes que contemplaban embobados la escena y dijo:

—¿Serían tan amables de desalojar el local?

Los cuatro clientes se levantaron a una y corrieron hacia los batientes de la salida como si quisieran ganar un concurso.

Brotaron al mismo tiempo del local y se perdieron en la calle.

El rubio Amos chascó los dedos y un tipo calvo y obeso que atendía el mostrador emergió desde abajo evidentemente asustado.

—¿Cuánto debo, Sam?

Sam sonrió tan forzadamente que sus dientes parecieron el doble de lo normal.

—La casa invita por ser ustedes hombres al servicio de Frederic Newman.

—Gracias, Sam —sonrió el joven rubio.

—¿Quieren que llame a tres mexicanas para que les atiendan, caballeros?

—Gracias —intervino ahora el alto Bruce—. Pero tenemos trabajo, Sam.

—Oh.

Bruce dio una cabezada hacia la puerta.

—Tú, Alfred. Ocupa el portal del almacén general que está en la acera de enfrente.

Alfred asintió y abandonó la cantina.

—Tú te quedas junto a la puerta —agregó Bruce, mirando al rubio Amos.

El joven rubio asintió con su sonrisa de niño y se sirvió otro whisky.

Bruce abandonó la cantina.

Calculó cómo podría formar una posición de triángulo con respecto a sus dos compañeros y eligió el portal del establo público.

Penetró en el establo y pisó sigilosamente porque un viejo dormía sobre una silla recostada contra la pared y no quería despertarlo.

Desenfundó el revólver y comprobó que estaba en condiciones de ser usado. El cilindro rodaba bien y el percutor estaba aceitado.

Al levantar la mirada, lo vio.

Por allá llegaba Bud Mason, jinete en un potro, evidentemente cansado por la interminable huida.

Bruce entrecerró los ojos contemplando al hombre que estaba en peligro de muerte.

Bud Mason frisaba los veintinueve años, era moreno de ojos negros y elevada estatura.

Ya estaba llegando al centro del triángulo.

Bruce amartilló el revólver.

Abrió fuego.