CAPITULO IX

—Escupan el dinero, muchachos —dijo Joe Moore en su papel de Gerald Wilbur.

A su flanco derecho se encontraba su compinche Rock Miller. Frente a ellos, las caras tristes, muy serios, alineábanse cinco hombres.

Uno de éstos, de cabello rojizo, avanzó con una bolsa en la mano.

—Oigan, amigos, creo que lo pusieron demasiado caro.

—No me diga, Castle —rió Joe—. Debería conocer mis costumbres. Cada vez que un tipo habla, alimento la cantidad. Dio su consentimiento al donativo. No lo estropee ahora o le pesará.

Castle sacudió la cabeza.

—Está bien, señor Wilbur.

—Hágase cargo del dinero, secretario —dijo Joe.

Rock Miller, el suplantador de Scoppefield, alargó la mano y apoderóse de la bolsa de Bend Castle.

De pronto llegó una voz de la zona oscura.

—¿Me permiten asistir a la ceremonia?

Encontrábanse en la parte del molino donde en otro tiempo se habían apilado los sacos de trigo. Ahora el molino mostraba huellas de abandono. Había grietas por todos lados porque los roedores lo habían convertido en su hogar. Una lámpara de petróleo pendía del techo. El viento que se hacía sentir en aquella colina impulsaba la lámpara de un lado a otro arrojando sombras sobre el escenario.

Todos los reunidos volvieron la cabeza hacia el lugar donde había aparecido Jim Hudson, el cual tomó una vieja soga que pendía de una viga poniendo el otro brazo en jarras. No tenía ningún arma en la mano.

—Caramba, señor Wilbur —dijo Rock Miller— es nuestro colaborador.

Los ojos de Hudson examinaron fríamente a los dos farsantes.

—¿Qué es lo que cobran, señor Wilbur?

—Scoppefield y yo quisimos aprovechar la oportunidad para abrir una suscripción por las víctimas de las inundaciones en las islas Filipinas —contestó Joe—. ¿No lo leyó en la Prensa? Un tifón asoló aquella parte del mundo causando estragos y víctimas.

Joe se despojó del sombrero y lo mismo hizo Miller, bajando los dos la mirada al suelo. Entonces Joe prosiguió:

—No sólo queremos llevarles bienes materiales para compensar su desgracia. Oremos todos juntos.

—Buen par de vivales están ustedes hechos —dijo Hudson.

Joe y Miller alzaron los ojos a un tiempo.

—¿Qué es lo que acaba de decir, Hudson? —repuso el primero.

—Acordaron abrir una suscripción en beneficio propio. Estaban defraudando a esta pobre gente. Sospechaba que había gato encerrado, pero ahora "estoy en situación de desenmascararlos.

—¿Sí?

—Pedí por telégrafo una descripción de Gerald Wilbur y no coincide en nada con la de usted, Wilbur.

Joe Moore apretó los dientes.

—¿Cuándo hizo eso? No ha salido de su habitación.

—¿Acaso olvida que tengo facilidad para escapar por la ventana? Creo que les he hecho una demostración antes de ahora. Supuse que me estarían vigilando, de modo que decidí llevar a cabo mi trabajo en la clandestinidad. Usted no es Wilbur y no se necesita ser un lince para llegar a la conclusión de que tampoco ese rubio es el verdadero Scoppefield. Teniendo todo eso en cuenta, podemos imaginar lo demás. Ustedes han asesinado a los hombres que han suplantado.

Bend Castle y los otros tipos que habían ido allí a pagar el supuesto rescate de sus tierras cambiaron miradas de sorpresa.

Joe Moore emitió una risita por entre los dientes.

—Se nota que le gusta mucho el papel de héroe, Hudson.

—Prefiero el de justiciero.

—Da lo mismo, puede llamarlo como quiera. Usted ha venido aquí dispuesto a que lo sacasen en hombros. Bien, Hudson, eso lo tiene conseguido. Lo sacarán en hombros, pero será metido en un ataúd.

Por entre las sombras del lugar opuesto al que se encontraba Hudson aparecieron tres hombres con el revólver en la mano.

El fulano que estaba en medio de los que componían el terceto era Mike Clapp.

Se hizo un silencio en la estancia que rompió el propio Joe Moore.

—¿Qué dice ahora, Hudson? Parece que las cosas no le salieron como había supuesto. Eso es lo que tiene de malo jugar al protagonista. Demasiado pesado. Siempre ha de estar en juego, dar saltos, pegar puñetazos, desenfundar más rápido que los demás; pero a usted le ha venido demasiado ancho ese papel. Debió conformarse con el de un personaje secundario. Aquí los únicos protagonistas somos nosotros. Mi secretario y yo.

Bend Castle y sus compañeros parecían haberse convertido en piedra.

Sólo Hudson se movió retrocediendo un paso sin soltar la cuerda.

—Oiga, Wilbur o como quiera que se llama; ¿cree que va adelantar algo con esto? Lo he desenmascarado, pero le puedo ofrecer una oportunidad.

—El muchacho se vuelve generoso.

—Reúna a sus hombres y lárguese de aquí.

—Mis amigos y yo pensamos continuar una temporada en este lugar. Aún no hemos terminado de ordeñar a los contribuyentes.

Hudson señaló a Bend Castle y sus compañeros.

—Ahora ellos saben quiénes son ustedes.

—Lo saben, pero mantendrán la boca cerrada por la cuenta que les trae. Si alguno de ellos habla, sufrirá las consecuencias su familia. Sépanlo desde ahora, muchachos; no respetaremos a mujeres ni a niños. Ustedes pagarán como está establecido y luego se irán a su casa y seguirán comiendo felices la sopa. ¿Hablo bien o necesitan un intérprete?

El rubio Miller rió estremeciendo los hombros.

—Apuesto a que lo han entendido claramente, Joe.

—Entonces, queda dicho todo —Joe miró a Mike Clapp—. Eh, socio, cuando quiera retíreme a Hudson de la vista. Lo tengo muy repetido.

Jim saltó ayudado por la cuerda cuando el revólver de Mike Clapp y el de sus compañeros empezaron a tronar.

Estaba cruzando el aire y ya su «Colt», esgrimido por la diestra, vomitaba plomo.

El viejo molino pareció sacudido por una tempestad.

Hudson había elegido su punto de destino, justo el lugar donde se encontraban los falsos Wilbur y

Scoppefield.

Cayó sobre ellos y los tres se derrumbaron en un revoltijo humano. Para ese entonces dos de los tres pistoleros habían dejado de vivir. Uno era el propio Mike Clapp.

El superviviente del terceto dejó de disparar por temor a herir a los propios fulanos que le pagaban.

Hudson puso a prueba sus reflejos. Se revolvió en una fracción de segundo conectando el puño en las narices de Rock Miller, a quien envió dando vueltas muy lejos de sí.

Joe Moore sacó el revólver y haciendo una mueca infrahumana, se dispuso a apretar el gatillo sobre Hudson, pero no tuvo en cuenta que Jim conservaba el revólver en la mano.

Sonó un nuevo estampido. Moore recibió el balazo en el ojo izquierdo y su cabeza se desvió hacia aquel lado como si su cuello fuese de alambre. Luego se derrumbó dejando escapar un sonido gutural.

El forajido al mando de Mike Clapp creyó llegado su turno al ver que Hudson estaba de espaldas.

De pronto se oyó algo parecido a un cañonazo. El asesino recibió una carga en el pecho, quedó incrustado en la pared y luego, poco a poco, se fue derrumbando, los ojos desencajados.

Hudson vio a Alex Mac Clure con una enorme escopeta en las manos.

—Gracias, Mac Clure.

—¿No le dije que no me quería perder esta reunión?

—Me alegro de que haya desobedecido mis órdenes o no lo habría contado.

Hudson se acercó al falso Scoppefield, quien después de estar unos segundos privado del conocimiento volvía en sí. Lo atrapó de la camisa y lo levantó de un tirón.

—¿Cuál es tu nombre?

—Rock Miller —repuso el rubio, asustado al ver por el suelo los cadáveres de sus compañeros.

Hudson dio un tirón de Miller sacándolo a la luz para que fuese contemplado por todos los presentes.

—Vamos, diles la verdad.

—Matamos a Wilbur y a Scoppefield. Joe y yo ocupamos sus puestos, pero debo decir que Joe Moore me obligó... ¡Lo juro! ¡Yo no quería...! ¡No quería!

—Eres un condenado cobarde, Miller —dijo Hudson, y le estrelló el puño en la cara.

Miller rodó otra vez por el suelo, donde quedó sin sentido.

Jim se enjugó con la mano el sudor de la frente.

—Bueno, amigos, creo que ya acabó la pesadilla. ¿Quiere ser tan amable uno de ustedes de llegarse a la ciudad y decirles al sheriff y al juez que se venga» al molino?

CAPITULO X

Se estaba celebrando una gran fiesta en el salón del hotel «Alcotán». El hombre festejado era Jim Hudson. Todos cuantos se encontraban allí parecían tener el mismo deseo de cambiar unas palabras con el joven que había desenmascarado a los dos truhanes.

Según palabras del juez Chander, que había pronunciado el discurso exaltando la figura de Hudson, el Estado enviaría a un nuevo inspector de Expropiaciones y esta vez el propio juez se encargaría de que las cosas se hiciesen legalmente.

En la habitación de los dos suplantadores se había encontrado una gran valija conteniendo el dinero que hasta entonces habían sacado a los afectados por las expropiaciones, y cada cual había recuperado su plata.

A Jim Hudson le molestaban aquellas muestras de júbilo. Dos o tres señoras de muy buen aspecto habían tratado de llevárselo a un rincón, pero él siempre se las arregló para rechazarlas con tacto.

De vez en cuando miraba hacia la puerta esperando la aparición de Mirna Clausen, pero indudablemente, la joven no pensaba participar en aquella fiesta que ya duraba dos horas.

De repente sintió que le tironeaban del brazo y al volverse vio ante sí al capitán Fonress.

—¿Puedo hablar con usted, Hudson?

—Claro que sí, capi. ¿Qué es lo que quiere? ¿No ha encontrado bueno el ponche?

Fonress soltó un bufido. Su nariz estaba colorada como un pimiento.

—Es el mejor ponche que he bebido en mucho tiempo. Nueve partes de whisky y una de huevo, como lo preparaba mi mujer Edelvira. Dios la tenga en la gloria.

—No se ponga triste, capi, y arrímese a unas curvas. ¿Quiere que le presente a la rubia de los rizos?

Se refería a una señora de unos cuarenta años muy encorsetada. Su figura de avispa no estaba en consonancia con las enormes dimensiones dé pechuga y muslo.

—No estoy para esas cosas.

—Capi, pero si es usted casi un chiquillo.

Fonress enrojeció el resto de la cara.

—Es mal pensado, muchacho. Para ciertas cosas estoy como un muchacho de veinte años, pero es otro asunto lo que me preocupa.

—Abrame su pecho, lobo.

—Aquí no. Nos pueden oír.

Hudson lo llevó a una pequeña terraza rodeada de macetas.

—Usted habrá oído decir que me he pasado toda mi vida en el río, ¿eh, Hudson?

—Sí, conozco su historial.

—No solamente soy el capitán del «Helenia», sino el socio de la línea de vapores «Los Más Veloces». A decir verdad, tengo el cincuenta por ciento de las acciones. La otra mitad pertenece a mi amigo y socio, Elmer Davis. Las cosas nos fueron, muy bien al principio, pero luego se establecieron en el río nuevas líneas de vapores que utilizan toda clase de martingalas para transportar la mercancía y pasajeros. Iré al grano, Hudson. Elmer Davis padece de la gota y ya sólo está para que le canten la nana. Ha cumplido los setenta años y se ha convertido en un hombre de tierra firme. Comprendo que quiera pasar el resto de sus días al lado de los catorce nietos que le han dado sus hijos. En fin, Elmer y yo decidimos poner en venía nuestra línea y hubo un hombre que se interesó.

—El señor Clausen, el padre de Mirna.

—Sí, pero Clausen es un tipo que cuando compra algo le gusta mirar la dentadura como si fuese un caballo, y con eso quiero decir que antes de realizar la operación y aceptar nuestra oferta, ha querido echar un vistazo a nuestros barcos.

—Comprendo, capitán. Indirectamente le estropeé la combinación con aquella pelea, la caja de mercancías que cayó en una de las paletas. Lo siento de veras.

—No fue la caja de mercancías.

—¿Eh?

—Uno de los marineros me había dicho lo de la caja, pero hoy quise verlo por mi propia cuenta y observé unos cuantos detalles que no me gustaron nada.

—¿Qué es lo que ha descubierto?

—Toda la rueda había sido dañada de un modo u otro. He observado tuercas aflojadas, soportes convertidos en astillas y otras lindezas por el estilo.

—Sabotaje premeditado.

—Sí, Hudson. Eso es. Habremos de permanecer tres días en el dique seco para repararlo todo... Pero hace apenas una hora he recibido un informe que me ha revuelto las tripas.

—¿De qué se trata?

—Otro de nuestros barcos, el «Alabama», que se encontraba en si puerto de Memphis, ha sufrido un grave incendio. Estalló en la bodega, y aunque la dotación se comportó con heroísmo y pudieron atajar el fuego antes de que las llamas se apoderasen del barco, los daños son graves.

—¿Alguna noticia más con respecto a otros barcos?

—No, pero me temo que, de seguir las cosas así, no tardarán en llegar.

—¿Cuánto pidieron ustedes al señor Clausen por la línea de vapores?

—Sesenta y cinco mil dólares, pero si tuviésemos que vender ahora, tendríamos que hacerlo por cincuenta y cinco mil.

—Ya sé por dónde va, Fonress. Usted ere que los sabotajes pueden ser provocados por el propio Clausen.

—¿Qué otra cosa puedo pensar?

—Ha acudido solicitando mi ayuda. ¿Qué quiere que haga yo?

—Que atrape a esos canallas, que descubra la verdad. Si es el señor Clausen el que está detrás de todo eso, va a pagar algo más se sesenta y cinco mil dólares. Lo demandaremos. Según la ley del río, mi socio y yo podríamos llegar a arruinar al señor Clausen. A todo saboteador se le puede imponer hasta veinte años de prisión, y ya sabe lo que significaría eso para un tipo como Clausen.

Hudson recordó a Mirna, la hija del magnate. Era la única mujer por la que había empezado a sentir algo. Estaba acostumbrado a tratar con morenas, pelirrojas o rubias, y todas significaban para él lo mismo; pero lo de Mirna era distinto.

—¿Por qué no da cuenta al sheriff de todo eso?

—¿El sheriff...? ¿Qué puede hacer el sheriff? Usted desenmascaró a esos dos vivales de las expropiaciones.

—Tuve un poco de suerte.

—No, Hudson. Tratándose de tipos como usted, juega muy poco la suerte. Es su tenacidad y su conocimiento de cómo hay que ventilar una pelea. Puños y revólver. Esa es la extraña mezcla que sirve para abrirse paso.

—Gracias, capi. Sus palabras me halagan mucho, pero búsquese otro.

—Todavía no le he dicho lo que va a cobrar.

—No me interesa.

—Mil dólares si me sanea el negocio. Se los pagaré aunque invirtiese sólo un día en tirar de la manta.

Jim se rascó detrás de una oreja.

—Lo siento, capitán, pero no puedo aceptar.

—Y yo creo saber por qué.

—Cállese.

—Se trata de Mirna Clausen.

—Ande, váyase a bailar un rigodón con «Cintura de Avispa».

—La chica le ha tocado la cuerda.

—No tengo cuerdas, capi.

—Eso es lo que yo pensaba también, que sólo era un conglomerado de músculos y huesos, pero también tiene su corazón. Usted piensa que si el malvado es el señor Clausen, usted ya no tendrá ninguna probabilidad con Mirna.

—Oiga, acabo de salir de un buen lío y quiero tomarme algunas horas de descanso. Celebraré mucho que las cosas se le arreglen, pero no cuente conmigo.

Jim dio una palmada en el brazo de Fonress y se introdujo de nuevo en el salón.

Tuvo que desembarazarse del sheriff, del juez y del ayudante que pretendieron hacer tertulia a su costa. Se encaminó al piso superior y se disponía a llamar en la puerta de la habitación de Mirna Clausen cuando se detuvo al oír una voz varonil. Nunca le había gustado escuchar tras de las puertas, pero acababa de sostener una conversación muy interesante con el capitán Fonress. Se mojó los labios con la lengua y aplicó la oreja a la madera.

—Todo marchará bien, señorita Clausen —oyó que decía el hombre.

—Ya sabe que esto lo hago por mi padre.

—Desde luego, señorita, pero comprenda que por el dinero que nos paga ya hacemos bastante.

—Han de hacer más,

—¿Cree que lo nuestro no es arriesgado? En cualquier momento nos puede sorprender...

—Trabajen en la oscuridad, como hasta ahora.

—Sí, señorita Clausen, trabajaremos en la oscuridad, pero por más dinero. Al fin y al cabo, es su padre el que va a sacar más beneficio.

—¿Cuánto más?

—Digamos mil dólares.

—¡No estoy dispuesta a gastar tanto dinero!

—Entonces no cuente con nosotros, señorita Clausen. Se acabó el negocio.

Jim oyó pasos y fue a retirarse, pero quedó quieto al oír a Mirna.

—Espere, Ralph. Le daré esos mil dólares.

—Magnífico. Sabía que entraría en razón.

Hubo un silencio y Jim dedujo que la joven estaba entregando los mil dólares a su visitante.

—Ahora márchese y terminemos de una vez, Ralph.

—No podremos hacerlo hasta mañana por la noche.

—Está bien, pero no quiero que lo demoren más. El «Helenia» puede estar listo de un momento a otro.

El hombre rió cavernosamente.

—Déjelo de nuestra cuenta, señorita.

—Espero que tengan suerte.

—La tendremos.

Jim se apartó rápidamente de allí y entró en su habitación.

Oyó pasos en el corredor y asomó poco a poco la cabeza. Esperó a que el hombre empezase a bajar la escalera y entonces salió en su seguimiento.

Lo vio antes de llegar al vestíbulo. Era un tipo muy alto que se cubría con un sombrero lleno de grasa.

Esperó a que hubiese salido a la calle para ir detrás.

El llamado Ralph se encaminó hacia la zona de los muelles por unas estrechas callejuelas mal empedradas.

Jim se deslizaba amparándose en la oscuridad.

Por fin, el tipo desapareció en un local por cuyo hueco escapaban canciones y risotadas. Sobre la puerta había una barra de la que pendía un gimiente tablero en el que se leía: «Posada del Ciervo». Jim entró en el local cuya atmósfera estaba llena de humo y vio al fornido Ralph que subía una escalera y que se abría paso por entre unas cortinas.

También él subió y apartó las cortinas de un manotazo pasando a la otra parte.

De repente, alguien le aplicó el cañón de una pistola en el costado derecho.

—Hola, pajarito.

Era el propio Ralph.