CAPITULO VIII
Jim Hudson caminaba por el corredor hacia su habitación para descabezar un sueño. Eran las horas de la tarde y Wilbur y Scoppefield se habían encerrado con llave después de hacer la promesa de que no abrirían a nadie.
Un hombre menudo apareció por el otro extremo del corredor.
—Quédese ahí quieto, Hudson —dijo.
Jim movió la mano hacia el revólver, pero no llegó a tocar la culata al descubrir el arma que esgrimía aquel tipo. Le observó la cara. No lo había visto nunca antes de ahora. Estaba por los cincuenta y cinco años y tenía la barba crecida, los ojos pequeños bajo unas cejas que eran dos mechones blancos.
—Eh, abuelo, ¿qué mosca le picó?
—Abra esa puerta. No quiero matarle aquí.
—¿Dónde? ¿En la cama?
—Quizá sí.
—Le doy las gracias porque estoy muy cansado.
—Espere a hacer chistes cuando haya recibido el plomo.
El desconocido se había ido acercando poco a poco. Señaló con el revólver la puerta ante la que Jim se encontraba. Hudson abrió con la llave y se coló dentro.
Su enemigo tomó precauciones para evitarse una sorpresa, clavando el revólver en la espina dorsal de su víctima.
—No se acerque a la ventana —ordenó a Hudson.
Jim se dio la vuelta alejando la mano derecha del revólver.
—Bueno, amigo, dígame su nombre.
—No es necesario.
—Al menos quiero saber quién es el tipo que me envía al infierno.
—Alex Mac Clure.
—¿Qué le pasa, Mac Clure? No recuerdo haber tenido ningún contratiempo con usted. Y no da la fachada de un asesino... Apuesto a que se confunde.
—Usted es Jim Hudson.
—Sí.
—Al servicio de ese inspector de Expropiaciones y su secretario. Usted es su guardaespaldas.
—Lo acertó todo.
—Soy el dueño de una franja1 de terreno por donde ha de pasar el oleoducto.
—Ya le entiendo. No está conforme con la expropiación y me quiere liquidar.
—Quiero barrer a unos farsantes, pero me di cuenta que para llegar a eso, primero tendría que quitarlo a usted del medio.
—Serénese, Alex, o cuando menos lo piense la Ley se le echará encima. Comprendo que es duro vender una tierra a la que uno ha tomado cariño, pero el interés particular de una persona está por debajo del de la comunidad. Ese petróleo es necesario que llegue a su destino y no se puede transportar en barricas como si fuese vino o aceite. Ha de ir en tuberías. El Estado le pagará una cantidad de dinero por la pérdida que le ocasiona, y al propio tiempo, le regala unas tierras Semejantes a las que usted posee ahora.
—Cuento. Eso es lo que ustedes tienen.
—Ancle, váyase a casa y consúltelo con la almohada.
—Lo he consultado ya muchas noches y tomé mi decisión.
—No fue buena.
—Es la mejor.
—Oiga, Alex; suponga que me mata y que mata también al inspector de Expropiaciones y su secretario. ¿Qué cree que va a pasar? Dentro de unas semanas habrá aquí otro nuevo inspector y otro nuevo secretario.
—Sí, eso he pensado y entonces las cosas se podrán hacer legalmente.
—¿Qué quiere decir? No le comprendo.
—Esos tipejos quieren chupar mi sangre.
—Ya le he dicho que no obran en nombre propio...
—¿Por qué entonces me han pedido cuatro mil dólares por evitar que el oleoducto pase por mis tierras?
—¿Qué dice?
—Cuando me entrevisté con ellos les advertí que era pobre. Entonces Wilbur me dijo que teniendo en cuenta mis circunstancias, sólo tendría que entregarles dos mil dólares. Traté de convencerlo de que sólo tenía cuarenta dólares en casa. ¿Y qué es lo que cree que hizo él entonces? Subir de quinientos en quinientos y así llegó hasta los cuatro mil.
Jim se pasó el dorso de la mano por la mejilla.
Había empezado a sospechar de Wilbur y de Scoppefield desde que se los echó a la cara. Encontraba sigo extraño en aquellos hombres. Y Andy, el tahúr, le había hablado de anormalidades.
—No sé nada de eso, Alex —dijo, sin embargo.
El viejo rió.
—Ande, diga ahora que es usted un ángel, que cuando lo contrataron ignoraba lo que iban a hacer esos tipos.
—Lo crea usted o no, es así, Mac Clure.
—Me enteré de lo que le pagan, doscientos semanales. Un buen sueldo, ¿eh?
—He cobrado a veces más.
—Lo imagino, pero ya va a dejar de participar en el botín.
—Dígame una cosa antes de disparar, Mac Clure. ¿Conoce a algunos compañeros cuyos afectados por la expropiación a quienes esos tipos hayan pedido algo?
—No le cuesta ningún esfuerzo darme nombres. Recuerde que tiene usted la sartén por el mango.
El viejo estaba ya un poco desconcertado. Aquel hombre le hablaba con una tranquilidad pasmosa. Una de dos, o era un embustero de clase especial, o realmente no estaba de acuerdo con los dos vivales que le querían sangrar los cuatro mil dólares.
—Está Bend Castle, a quien han pedido 3.500; Howard Bravo, con 2.000; Lacy O’Hara, con 3.500.. La lista es muy larga...
—Bueno, Mac Clure, usted no va a pagar un centavo ni tampoco sus compañeros.
—Claro que no voy a pagar. Cuando haya terminado el trabajo para el que vine aquí, todos viviremos felices.
Jim se miró la punta de las botas y de pronto saltó sobre el viejo.
Mac Clure no hizo fuego, pero aunque hubiese apretado el gatillo, la bala no habría encontrado el cuerpo de Hudson.
Jim le retorció la mano y su visitante dejó caer el revólver.
Los ojos de Mac Clure despidieron chispas.
—Ande, sabueso, complete ahora su trabajo. Máteme.
Jim lo dejó libre, tomó el revólver del suelo y lo introdujo en la funda de Alex.
El anciano se quedó con la boca abierta mirando al joven, que se sentó en el borde de la cama.
—La verdad es que una voz interior me decía que Wilbur y su secretario eran un par de bastardos —dijo Hudson—, pero ya sabe lo que son estas cosas. Uno a veces puede equivocarse. Necesitaba una prueba y usted mismo la acaba de aportar. Me ha hecho un favor, Alex, y se lo ha hecho a sí mismo.
Mac Clure tragó saliva.
—¿Entonces es cierto...? ¿Usted no sabía...?
—No, Mac Clure, no. Soy un gun-man, pero no me dedico a atropellar a la gente.
—Le creo a usted, Hudson.
—Gracias.
—¿Qué piensa hacer ahora?
—Para meterles mano he de sorprenderles con las manos en la masa.
—Eso le será fácil. Esta noche, algunos de mis compañeros han quedado citados con Wilbur y Scoppefield para hacer la entrega del dinero.
—¿A qué hora y dónde?
—A las diez de la noche en el molino viejo de Frank Forester. Está a unas seis millas del pueblo... Irán Bend Castle, Lacy O’Hara y tres o cuatro más.
Jim se puso en pie y palmeó la espalda del viejo.
—Estupendo, Mac Clure. También estaré yo allí.
—No quiero faltar a esa reunión.
—No, Mac Clure. Es preferible que se quede en casa.
—Pero usted puede necesitar ayuda.
—Como no me esperan, no creo que resulte difícil. Ande, márchese; pero salga por la puerta trasera, la que utilizó para entrar.
Mac Clure esbozó una sonrisa.
—A usted no se le escapa nada.
—Algunas cosas sí.
Después de cerrar tras de sí se dirigió por el fondo del corredor en busca de la parte trasera del hotel.
Rock Miller, el hombre que usurpaba la personalidad de Scoppefield, iba a salir en aquel momento de la habitación e identificó al viejo antes de que desapareciese. Entró de nuevo en la estancia.
—¡Joe!
El falso Wilbur estaba en la cama adormilado.
Miller lo zarandeó.
—¡Despierta, Joe!
Joe despertó llevando la mano a la funda.
—¿Qué pasa, maldita sea?
—¿Sabes a quién acabo de ver ahí fuera?
—A Sally «La Curvas». Estaba soñando con ella. El mundo tiene esas casualidades.
—Déjate de Sally «La Curvas». Era el viejo Mac Clure a quien pedimos los cuatro mil dólares.
—¿Ya vino a traerlos?
—Salió de la habitación de Jim Hudson.
Joe terminó de despertar al oír aquello. Sus ojos centellearon.
—Mac Clure y Hudson...
—No resulta complicado saber qué clase de conversación han sostenido, ¿verdad, Joe?
—Ese anciano del demonio ha puesto al corriente a Hudson del asunto.
—Naturalmente.
Los dos hombres sacaron a una el revólver y apuntaron a la puerta.
—Ahora vendrá por nosotros —dijo Joe—. En cuanto se mueva el tirador, plomo para el muchacho.
Miller dio una cabezada de asentimiento.
.Pero el tiempo fue transcurriendo sin que el picaporte se moviese.
Los dos hombres se habían puesto a sudar.
—¡Maldita sea! —exclamó Miller—. ¿Por qué no viene?
Joe soltó una risita.
—¿Cuál es el chiste? —preguntó su compañero.
—Somos un par de estúpidos.
—Desde luego. Lo somos por haber consentido que ese Hudson fuese nuestro guardaespaldas.
—No me refería a eso. Es lógico que uno cometa errores en la vida, pero lo más importante es rectificar a tiempo.
—Es como si me hablases en chino.
—Hudson no va a venir aquí por nosotros, Rock.
—Nos esperará en la calle.
—Tampoco, Rock.
—¿Qué infiernos has pensado entonces? ¿Crees acaso que se va a largar de aquí porque nos tiene miedo?
—No —los labios de Joe sonreían—. Tampoco hará eso. Se quedará aquí para meternos mano, pero no lo hará ahora. ¿Dónde le dijimos a Mac Clure que llevase el dinero?
—Al viejo molino de Frank Forester a las diez de la noche... ¡Está claro! ¡Nos quiere tender una trampa!
—Sí, muchacho, eso es lo que Hudson pretende, pero las cosas no van a ocurrir como él piensa. La trampa la armaremos nosotros, y Hudson será la única pieza que se cobre en ese molino.