Capítulo III
JESS Prater señaló a los dos hombretones.
—Señorita, ¿trata de armar una pelea entre estos hombres y yo?
—Qué listo es usted —dijo ella con sarcasmo— ¿Cómo lo ha sabido tan pronto?
—No debería hacer eso.
—Usted se la ganó, señor Prater… Vamos, chicos.
Tom se dirigió a su compañero.
—No hace falta que intervengas, Eneas. Estos forasteros me vienen a la medida. Con un par de pasadas, quedará listo para el gancho.
Se dirigió hacia Jess mirándose las botas. Tenía intención de distraerlo. Cuando llegó muy cerca le soltó la derecha.
Pero Jess Prater ya no estaba allí para recibir los nudillos. Dio un salto y el puño de Tom se estrelló contra la rueda del carro.
Tom se puso a saltar a la pata coja.
—¡Socorro…! ¡Mi mano!
—Ahí va el auxilio para tu mano —dijo Jess y le pegó un trallazo con la izquierda.
Tom se convirtió en una mancha borrosa porque cruzó todo el patio hasta que llegó a una valla.
Fue algo increíble. La valla saltó como si estuviera hecha de mondadientes y Tom cruzó por la otra parte.
La joven dio una patadita en el suelo.
—¡Eneas, mira lo que ha hecho con Tom!
—No se preocupe, señorita. El forastero va a quedar hecho un pingajo.
Eneas se dirigió jactanciosamente hacia Prater.
—No te muevas, guapín —dijo.
—No, chico, si yo no me muevo. El que se mueve es mi brazo. Míralo —le señaló el derecho y Eneas picó porque le miró ese brazo. Pero Jess le soltó el izquierdo.
Algo como un cohete estalló en la cara de Eneas y éste emprendió una alocada carrera, como su compañero, y terminó de llevarse los restos de la valla. Cayó en el mismo lugar que Tom.
La joven estaba perpleja.
—Señorita —dijo Jess—. ¿Tiene alguno más?
—¿Qué es lo que ha dicho?
—Que si tiene algún grandullón más como esos que lúe a buscar. Me puedo despachar a otros cuatro o cinco. La ventanilla de los puñetazos está abierta, y todavía no la cerré.
—¡Usted es un bruto!
—Oh, sí, soy un bruto por no dejar que Tom y Eneas me apuntillasen, como a una res y me colgasen de un gancho.
En este momento llegó un jinete. Era un hombre de unos cincuenta años. La joven, al verlo, gritó:
—¡Papa…! ¡Papá!
—¿Qué pasa, Marlene?
El jinete bajó de la silla y la joven corrió hacia él.
—¡He sido escarnecida, humillada y burlada!
—¿Quién ha hecho todo eso de una sola vez contigo, hija?
—El forastero. Se llama Prater.
El padre de Marlene se acercó al forastero.
—¿Qué ha hecho con mi hija?
—Lo siento, amigo, pero yo no hice nada. Ha sido ella la que lo ha armado todo. Verá, yo llegué aquí para vender mis cerdos a un tal Douglas Colbert y me salió al paso ese tipo, Hugo, que me llamó cerdo, y yo, claro, le tuve que sacudir. Y resulta que Hugo arrolló a su hija en el camino. Su hija se manchó el vestido y se puso muy furiosa. Y después de tener unas palabras conmigo, se propuso una cosa: Que Tom y Eneas me diesen una paliza de campeonato. Pero no me dejé y mandé a Tom y a Eneas al corral. Lo siento, amigo, pero no ha sido mi intención molestar ni ofender a su hija.
El hombre sonrió.
—Conque trae cerdos.
La joven soltó una exclamación.
—Papá, ¿es que no te enfadas?
—Marlene, el señor Prater ha presentado ya sus excusas, ¿verdad, señor Prater? —Bueno, no le estoy pidiendo excusas a su hija porque, al fin y al cabo, yo no le hice nada.
—¿Lo oyes, padre? ¡Ese tipo me pone nerviosa! ¡No puedo soportarlo! ¡Y no quiero que le compres los cerdos! ¿Lo entiendes? ¡No quiero que se los compres!
La joven echó a correr y entró en la casa Jess arrugó el ceño.
—¿Es usted Douglas Colbert?
—Sí, soy yo.
Jess dio un suspiro.
—En fin, lo siento. Tendré que ir a las granjas de los alrededores para vender mis cerdos —Ya los vendió, señor Prater.
—¿Qué ha dicho?
—Que yo se los compro. Naturalmente, espero que me dé un precio que sea remunerable para mí.
—Ahí dentro hay unos tres mil kilos de cerdo, señor Colbert. Creo que es un buen precio para los dos si me lo paga a medio dólar el kilo —Trato hecho.
—Pues ésta es mi mano, señor Prater.
—Y ésta es la mía.
Los dos hombres cambiaron un apretón.
—¿Me acompaña a mi despacho, señor Prater? Le pagaré el importe de su mercancía. —Con mucho gusto.
Jess siguió a Douglas Colbert hasta las dependencias interiores.
—¿Ha visto alguna vez un matadero, Prater?
—No, señor Colbert. Sí, he visto alguno, pero era de cerdos. Esto es mucho más grande que uno de cerdos.
—Aquí sacrificamos las reses y les damos un tratamiento para conservarlas. Mandamos nuestra carne a los más remotos lugares. Naturalmente, la carne está enlatada.
Jess vio una nave en donde había grandes barras con ganchos, pero la mayoría de estos estaban desocupados. Sólo de una minoría colgaban las reses sacrificadas.
Un hombre se dirigió hacia Douglas Colbert.
—Perdón, señor Colbert, pero hoy faltaron al trabajo veinte hombres.
—Ya hablaremos luego, Barton.
—Como usted quiera, señor Colbert. Pero quise que lo supiese cuanto antes.
En otra sección había mujeres que salaban la carne en grandes tinajas.
—Señor Colbert —dijo una mujer de gesto agrio—, se supone que soy la jefe de esta sección.
—Sí, señorita Sanders, ese fue el cargo que le di.
—No puedo cumplir mi misión con tan pocas chicas. Se lo he venido repitiendo hace días. De las treinta empleadas que debo tener, sólo tenemos nueve.
—Lo siento, señorita Sanders. Me ocuparé de su caso.
—Recuerde que no es mi caso, sino su caso, señor Colbert. No podremos satisfacer los pedidos, a menos que haya aquí más gente salando.
—Ya le he dicho que trataré de resolver el problema, señorita Sanders.
Douglas y su acompañante entraron en un despacho.
Prater carraspeó.
—Parece que su negocio no va viento en popa, ¿eh, señor Colbert?
—Tiene razón. No marcha bien Pero no es culpa mía.
—¿De las reses, quizá?
Douglas Colbert se echó a reír.
—Son los seres humanos los responsables de que un negocio marche bien o mal. Yo organicé muy bien este matadero. Empezó a funcionar hace dos años. Al poco tiempo pensé agrandar las naves, ya que se nos había quedado pequeño. Pero de pronto, ¿qué pasó?
—Eso pregunto. ¿Qué pasó?
—Se cruzó en mi camino Chester Allison y empezaron a ocurrir cosas extrañas.
—¿Qué cosas extrañas?
—Surgieron dificultades al comprar las reses y me vi obligado a pagar más caros los rebaños.
—¿Quién es Chester Allison?
—Un ranchero ambicioso.
—¿También tiene un matadero?
—No. El señor Allison no pensó nunca en un matadero. El ranchero, por regla general, se dedica a engordar las reses y a mandarlas a ciudades muy al Norte y muy al Este. Ya sabe, Abilene o Kansas City. Y desde allí las reses son transportadas por ferrocarril, donde están los grandes mataderos.
—Sí, he oído eso. Y por eso me extraña que usted tenga un matadero en Danville, un pueblo de tan poca cosa en el mapa.
—Eso se lo debo a mi fórmula.
—¿Su fórmula?
—Señor Prater, soy químico y siempre me ha preocupado el hambre que pasa la humanidad. Yo veía las miles de reses que había en Texas y me decía: «Douglas, ¿qué pasaría si tú lograses que esta carne se comiese en los lugares más apartados de la tierra? Pasarías a la historia como un gran benefactor de la humanidad. ¿Por qué? Porque salvarías miles de vidas» —hizo una pausa—. Un día me hice el propósito de dedicar mis esfuerzos a convertir ese sueño en realidad. Tenía que conservar la carne. Y lo conseguí, señor Prater. Fueron tres años de mucho trabajo, de experimentos que terminaban casi siempre en el fracaso. Sólo de vez en cuando veía a lo lejos una pequeña lucecilla que me indicaba el camino bueno. Un día, por fin lo tuve ante mis ojos Había conseguido una fórmula. Sí, señor Prater, una fórmula para conservar la carne. Ya no hacía falta que las reses fueran a Abilene, a Kansas City o a Chicago. Aquí mismo, en Danville, una comarca evidentemente ganadera, las reses podían ser sacrificadas, y, de aquí mismo, expedidas a cualquier punto del planeta.
Jess exhaló el aire de sus pulmones.
—¿Le estoy aburriendo, señor Prater?
—No, señor Colbert, todo lo contrario.
—Le he dado estas explicaciones para que sepa que no soy ningún loco.
—Ya sé que no lo es.
—Demostré que la carne podía ser enlatada y conservada. Hay algunos que lo han intentado y otros muchos que lo siguen intentando. Pero se ha probado que mi fórmula es la mejor. Inmediatamente que mi carne fue puesta en el mercado, vinieron muchos hombres de negocios a Danville y le aseguro que me hicieron ofertas muy sustanciosas para que les vendiese mi idea. Pero yo siempre, contesté con una negativa.
—¿Por qué? Se podía haber retirado con el dinero que le hubiesen dado por su fórmula.
—Conozco a esa gente. Son buitres. Ellos querían mi fórmula para dominar el mercado. Habían encarecido la mercancía, para obtener mayores beneficios. Yo vendo mi carne muy barata para que pueda llegar a todos los hogares. Me conformo con unos beneficios pequeños, pero esa gente sólo piensa en acrecentar su fortuna particular. No, señor Prater, rechacé los cantos de sirena. No quise oír hablar a nadie que tratase de comprarme lo que había salido de mi cabeza. Ya le dije que todos mis esfuerzos estaban encaminados a beneficiar al ser humano. Y los que venían a comprar mi fórmula, sólo querían beneficiar su bolsillo. Pero hubo alguien en Danville que me hizo también su oferta.
—Chester Allison.
—Sí, señor Prater. Lo acertó. Chester Allison. Me ofreció cien mil dólares por la fórmula y cincuenta mil por el matadero pero se encontró con la misma respuesta que había dado a los hombres del Este. Un no rotundo Pero Chester no se ha conformado con mi respuesta.
—Así que es un canalla.
—No lo puedo demostrar. Pero creo que es el causante de todo lo que está pasando. Ya oyó a mis empleados, al señor Barton y a la señorita Sanders. El personal no acude al trabajo. ¿Por qué? Porque alguien se preocupa de que esas personas reciban dinero para que no trabajen conmigo. Sí, señor Prater, eso es lo que hace Chester Allison. Pero lo más grave, es como decía antes, que cada día encuentro más dificultades para comprar reses. Antes me las traían aquí. Yo pagaba un precio justo para el ranchero. Pero ya quedan pocos que quieren trabajar conmigo. Casi todos ellos son ganaderos con rebaños pequeños y no pueden abastecer mis naves. En estos momentos tengo pedidos por valor de un cuarto de millón. Contratos que he firmado. Podré, seguir sirviendo carne durante los próximos quince días. Pero, si en esta semana no se resuelve el asunto, tendré que cerrar por no poder cumplir los contratos. Y eso quiere decir que me arruinaré.
Prater entornó los ojos.
—¿Ya terminó, señor Colbert?
—Sí.
—¿Por qué me cuenta todo eso?
Colbert se pasó la lengua por los labios.
—Al llegar, vi los resultados de sus peleas con Hugo, con Tom y con Eneas. Son mis tres empleados más fieles. Y duros como el granito, Usted les ganó sin mostrar una huella en el rostro.
—¿Me está ofreciendo una plaza de matón?
—No, señor Prater, lo suyo sería más importante. Sería una especie de administrador con las facultades más amplias.
Prater se rascó detrás de una oreja.
—Señor Colbert, usted me halaga mucho, pero no puedo aceptar.
—¿Por qué no, Prater?
—Esta pelea no es mía.
Colbert enarcó las cejas.
—Pensé que usted sería un hombre de gran espíritu.
—Señor Colbert, lo mío son los cerdos.
—Hay muy poca diferencia entre los cerdos y las reses.
—El negocio de usted es muy complicado. No creo que yo esté preparado para servirle de ayuda, señor Colbert. Sigo pensando que usted necesita un «Rompe- Huesos» como Tom o como Eneas. No, señor Colbert… Además debo decirle que sólo vine a Danville porque me citó aquí un amigo. Mark Robbins. Debe estar en un apuro, porque recibí un telegrama de él en el que me decía:
«Socorro, Jess, que me mondan.
Llégate a Danville inmediatamente.»
—¿Ya lo ha visto?
—No, todavía no, y lo malo es que le pregunté al marshal por él y no ha oído hablar de Mark Robbins.
—Bueno, señor Prater, no voy a insistir. Si usted no quiere aceptar el cargo que le ofrezco es porque tendrá razones.
—Espero que se le solucionen los problemas.
—Gracias, señor Prater.
—¿Tiene dinero para pagarme mis cerdos?
—Oh, perdón, se me había olvidado. Claro que tengo.
Colbert entregó los mil quinientos dólares a Jess y éste le firmó un recibo.
Se despidieron definitivamente y Jess salió del despacho.
Colbert encendió un cigarro.
Al cabo de un rato, llamaron a la puerta y entró Marlene.
—¿Te has desprendido ya de ese horrible hombre, padre?
—Sí, desgraciadamente se fue.
—¿Desgraciadamente?
—Marlene, conozco la valía de un tipo, y estoy convencido de que Jess Prater, nos serviría de mucha ayuda para enfrentarnos a Chester Allison.
—Es un bruto.
—De acuerdo, ganó a Hugo, a Tom y a Eneas. Y no puedo decirte lo que ya sabía de Prater antes de llegar a la fábrica.
—¿Qué sabías de él?
—Me encontré al marshal en el camino y me contó que Jess Prater había tumbado a cinco hombres porque se burlaron de él. Sí, cariño, Jess Prater dejó fuera de combate a cinco ciudadanos de Danville antes de tumbar a Hugo, a Tom y Eneas. Y tú sabes lo que está pasando. Los pequeños rancheros están siendo amenazados por gente extraña. Y yo me imagino que han sido contratados por Chester Allison. ¿Sabes que a Ed Ballard Le han pegado una paliza y le han dicho que no me venda sus reses? Era el rebaño más grande que debimos recibir esta semana. Si tuviese conmigo a Jess Prater, podríamos enfrentarnos con esa gentuza y nuestros clientes ganaderos se sentirían protegidos. La mayoría de ellos me aprecian y están dispuestos a seguir vendiéndome sus reses, siempre que no atenten contra su vida por medio de la violencia. Y es muy justo que pidan seguridad.
Marlene se había cambiado de vestido. Ahora se cubría con uno de color rosa. Pasó el dedo por el borde de la mesa y dijo:
—De modo que te interesa Jess Prater.
—Sí, pero le hice una oferta y la rechazó.
—¿Y por qué la rechazó?
—Dice que lo suyo son los cerdos.
Marlene apretó los puños.
—Padre, yo convenceré a Jess Prater, para que acepte el cargo que le ofreciste.