MARTES, 1 ENERO DE 1980
Feliz Año Nuevo.
Me ha encantado despertarme esta mañana sola y en casa del abuelo.
Tita Teg se ha ido a algún sitio con él a pasar la Nochevieja, tal como hace casi siempre. Yo también pude haber ido, porque me lo pidió, pero no quise. Solo habría estorbado. Ayer por la mañana fuimos a Aberdare y visitamos al abuelo, después ella se marchó y yo fui a casa de tita Flossie. Quería salir a buscar a las hadas, pero en vez de eso me encontré representando Tres gallinas francesas en la fiesta de Nochevieja de tita Flossie. La alegría era un poco forzada y estuve deseando meterme en cama desde mucho antes de la medianoche, pero he tenido días peores. He conseguido otras cuatro libras y media en chatarra, además de seis monedas de chocolate. Tomé media copa de champán a las doce. Era mejor que el de Daniel, o quizá es que se trata de una de esas cosas a las que te vas acostumbrando.
Me voy a levantar, me prepararé el desayuno y después haré otro intento de encontrar a las hadas. Es Año Nuevo, así que quizá tenga más suerte.
MIÉRCOLES, 2 DE ENERO DE 1980
Ayer por la mañana salí a buscar a las hadas. Para probar en un lugar distinto, subí por el Common Ake. En realidad se llama Heck’s Common, por el señor Heck, pero todo el mundo lo conoce como Common Ake. Es un terreno comunal, que no pertenece a nadie, como la mayor parte del país desde las leyes que establecieron los nuevos repartos de tierras en el siglo XVIII. Resulta difícil imaginar Aberdare como un valle agrícola sin nada más que St. John y una única carretera principal que iba de Brecon a Cardiff, sin calles y con todo el carbón y el hierro descansando tranquilamente en el subsuelo. Me hicieron aprender un poema moderno en galés el día de Eisteddfod, que terminaba con «Totalitariaeth glo», el despotismo del carbón. Mientras caminaba recogí un trocito de carbón. A menudo encuentran fósiles mientras excavan, hojas y flores antiguas. Todo esto tiene un origen orgánico, una masa orgánica presionada por las rocas hasta convertirse en vetas de carbón que arde. Si la hubieran presionado más se habría convertido en diamantes. Me pregunto si los diamantes arden, y si los quemaríamos si fuesen tan comunes como el carbón. Supongo que las hadas no ven la diferencia, las plantas se convierten en rocas con el tiempo. Me pregunto si las hadas recuerdan el Jurásico, y si caminaron entre dinosaurios; me pregunto qué debían de ser entonces. De ser así, ninguna de ellas tendría forma humana. No hablarían en galés. Restregué el carbón con los dedos y se deshizo un poco. Sé qué es el carbón, pero en realidad no sé qué son las hadas.
Hay un lugar en Common Ake al que llamábamos la Hondonada Boscosa. Es uno de nuestros nombres más antiguos, más antiguo que los que más tarde tomamos de El Señor de los Anillos, y escribirlo ahora hace que me sienta al mismo tiempo un tanto avergonzada y profundamente protectora. La Hondonada Boscosa es un lugar donde debió de existir una cantera o una mina a cielo abierto, o algo por el estilo. El terreno desciende de forma abrupta por tres lados, creando un pequeño anfiteatro. En las laderas empinadas crecen árboles y zarzamoras. Creo que lo vimos por primera vez recogiendo moras con el abuelo, cuando éramos bastante pequeñas. Recuerdo que me comí más moras de las que guardé en el cesto, pero eso lo hicimos durante muchos años. Nos sentimos muy orgullosas cuando vinimos solas por primera vez.
Ayer las zarzamoras estaban hibernando y los serbales no tenían hojas. Un sol pálido brillaba lejano en el cielo. Un petirrojo descarado se posó cerca de mí cuando me acercaba e inclinó la cabeza. Los petirrojos aparecen en las postales de Navidad, y a veces también los ponen en los pasteles navideños, porque no se marchan durante el invierno.
—Hola —lo saludé—. Es una alegría verte por aquí.
El petirrojo no respondió. Tampoco esperaba que lo hiciera. Pero fui consciente de inmediato de que había allí alguien más. Levanté la mirada con la esperanza de ver un hada que se desvanecía, con la esperanza de ver a Glorfindel, pero lo que vi fue a Mor, de pie delante de las hojas caídas en la ladera de la montaña. Parecía… Bueno, se parecía a Mor, pero de lo que fui realmente consciente era de que no se parecía a mí. La vez anterior que la vi, durante las vacaciones de medio trimestre, no me di cuenta, pero ahora sí. Yo había crecido, pero ella no. Yo tenía pechos. Llevaba el pelo diferente. Yo tengo ya quince años y medio, y ella sigue teniendo y tendrá siempre catorce.
Avancé un paso hacia ella, pero entonces recordé cómo me agarraba y tiraba de mí hacia la puerta en la colina, y me detuve.
—Oh, Mor —exclamé.
Ella no dijo nada. No podía, igual que el petirrojo. Estaba muerta, y los muertos no hablan. De hecho, sé cómo hacer hablar a un muerto. Le tienes que dar sangre. Pero eso es magia y, en cualquier caso, sería horrible. No me puedo imaginar haciéndolo.
Me puse a hablar con ella, aunque no me pudiera contestar. Le conté lo de la magia, y le hablé de Daniel y de sus hermanas, y de mi huida de casa de Liz, y de la escuela y del club de lectura, y de todo lo demás. Lo curioso era que cuanto más hablaba yo más lejana parecía ella, aunque no se hubiera movido, y más diferente era de mí. Antes nadie era capaz de diferenciarnos, pero siempre habíamos sido diferentes. Desde que murió, casi lo había olvidado, o quizá no olvidado, sino que más bien no había pensado tanto en ella como en un ser diferente de mí, sino que pensé siempre en las dos juntas. Yo me sentía como si me hubieran partido por la mitad, pero en realidad no había sido así, sino que ella se había ido. Yo no soy su propietaria, y siempre hubo diferencias entre las dos, siempre; ella era una persona distinta y yo lo sabía cuando estaba viva, pero todo esto se había difuminado desde que ya no estaba allí para defender sus derechos.
Si siguiera viva, nos habríamos convertido en dos personas diferentes. Creo. No creo que hubiéramos sido como las tías y nos hubiésemos quedado juntas toda la vida. Creo que siempre habríamos seguido siendo amigas, pero habríamos vivido en lugares diferentes y tendríamos amigos diferentes. Hubiéramos sido la tía de los hijos de la otra. Pero ahora ya es demasiado tarde para eso. Yo voy a crecer, y ella no. Ella se ha quedado congelada tal como está ahora, mientras que yo voy a cambiar, y quiero cambiar. Quiero vivir. Antes creía que tenía que vivir por las dos, porque mi hermana no podía vivir por sí misma, pero en realidad no puedo vivir por ella. De hecho, no puedo saber lo que Mor habría hecho, lo que habría querido, cómo habría cambiado. A mí, Arlinghurst me ha cambiado, el club de lectura me ha cambiado, y es posible que a ella la hubieran cambiado de otra manera. Es imposible vivir por otra persona.
No pude evitar hacerle algunas preguntas.
—¿El año que viene podrás bajar a la colina?
Se encogió de hombros. Estaba claro que no lo sabía. ¿Qué hay debajo de la colina? ¿Adónde van los muertos? ¿Qué pinta Dios en todo esto? Hablan del cielo como de un picnic familiar; ¿lo es realmente?
—¿Te están cuidando las hadas? —le pregunté.
Dudó, pero después asintió.
—¡Bien! —Eso hacía que me sintiera un poco mejor. Vivir con las hadas en el valle no era la peor opción que me podía imaginar al estar muerta—. ¿Por qué no quieren hablar conmigo?
Parecía sorprendida y se encogió de hombros.
—¿Les puedes contar lo de las tías y lo que quieren hacer?
Asintió con firmeza.
—¿Les puedes pedir que hablen conmigo? Estoy muy preocupada por lo de practicar magia y por sus consecuencias.
—Hacer es hacer —afirmó una voz a mi espalda, y al darme la vuelta vi un hada, una a la que nunca había visto, de color marrón avellana y nudosa como la corteza de una bellota. Su piel estaba llena de arrugas y pliegues, y no tenía forma de persona, sino más bien de tocón viejo.
Lo que me sorprendió más era que había hablado en inglés, y sus palabras fueron exactamente esas. Supongo que son lo suficientemente crípticas.
—¿Y la ética? —pregunté—. ¿Cambiar cosas de la vida de la gente sin que lo sepan? Tal vez tú puedas ver las consecuencias de lo que hago, pero yo no.
—Hacer es hacer —repitió, y desapareció, pero se oyó un golpe seco; y donde había estado el hada había ahora un bastón de paseo del mismo color que ella, con una cabeza de caballo tallada en el mango.
Me incliné con dificultades para recogerlo. Tenía la altura perfecta para mí, y el mango me encajaba cómodamente en la mano. Miré hacia Mor, pero ella también se había ido. El viento soplaba por la hondonada y agitaba las hojas muertas, pero no traía ninguna presencia.
Llevé de vuelta los dos bastones hasta la casa del abuelo, el del hada y el mío. Voy a dejar el viejo, que de todas formas era suyo, y conservaré el nuevo. Tal vez se desvanecerá al salir el sol o quizá se convertirá en una hoja o algo por el estilo, pero no lo creo. Me parece poco probable, en razón del peso que tiene. Le diré a todo el mundo que ha sido un regalo de Navidad. Y tal vez lo haya sido. Me gusta.
«Hacer es hacer».
¿Significa que no importa que sea magia o no, que todo lo que haces tiene poder y consecuencias, y afecta a otras personas? Porque este bien podría ser el caso, pero sigo pensando que la magia es diferente.
Esta noche es la fiesta de Leah.
JUEVES, 3 DE ENERO DE 1980
De vuelta en casa de tita Teg. Resaca. Me gustaría que el agua de Cardiff no tuviera tan mal sabor. He traído una botella de agua del grifo de Aberdare, pero ya me la he bebido.
No hemos hecho nada en todo el día; solo hemos regresado a Cardiff, nos hemos sentado, hemos comido pastel de chocolate, hemos mimado a Persimmon (durante el tiempo permitido) y también hemos leído. Tita Teg parece tan exhausta como yo.
La fiesta de Leah de ayer por la noche fue increíble. Había un ponche que llevaba vino tinto, mosto y latas de zumo de fruta, y más tarde le añadimos vodka. Tenía un sabor horrible y creo que la mayoría lo bebíamos tapándonos la nariz. No sé por qué lo hice. Me emborraché y supongo que estuvo bien estar fofa y perder la compostura, pero eso solo hizo de mí una auténtica estúpida. La gente lo hace para tener una excusa, de manera que así al día siguiente puedan negar la responsabilidad de sus actos. Es horrible.
No quiero escribir sobre lo que pasó. En cualquier caso, no es importante.
Por otro lado, ¿son estas unas memorias completas y sinceras, o tan solo un sinfín de parloteo angustiado?
Empecé con mal pie. Nasreen llevaba un jersey rojo igualito que el mío, aunque a ella le sentaba mejor.
—¡Somos gemelas! —exclamó con entusiasmo, y entonces se dio cuenta de lo que había dicho y se le descompuso la cara.
No hace ni un año, apenas nueve meses, que yo misma vivía aquí. Todos hemos crecido en ese tiempo y parece como si los demás hubieran aprendido algunas reglas que yo no sé. Quizá se debe a que he estado fuera, o quizá es que estaba leyendo un libro bajo el pupitre el día que la gente estuvo hablando sobre cómo hacer estas cosas. Leah se había puesto sombra de ojos y carmín… incluso Moira iba maquillada. Moira se ofreció a ponerme un poco, y lo hizo, pero no tenemos el mismo tono de piel. Parezco una persona blanca, supongo que como Daniel, pero cuando me pongo al lado de alguien de verdad blanco, y Moira es excepcionalmente pálida, resulta evidente que el color de fondo de mi piel es amarillo y no rosa. Cada vez que una de nosotras se quemaba con el sol, el abuelo decía que éramos de un pálido ridículo, y que nos tendríamos que casar con hombres negros para que nuestros hijos tuvieran alguna oportunidad, y tenía razón: comparadas con el resto de nuestra familia, y en especial con él, éramos muy pálidas. No creo que nadie pueda sospechar, si no lo sabe ya, que tengo antepasados con un color más parecido al de Nasreen que al de Moira. Pero, en cualquier caso, en mí el maquillaje de Moira parecía ridículo y me lo quité.
Después estuve hablando con Leah sobre Andrew durante toda una eternidad, y luego, con Nasreen acerca de Andrew durante otra eternidad. Leah casi ya lo ha superado y ahora le gusta otro, un chico mayor llamado Gareth, que tiene una motocicleta. Nasreen tiene peleas continuas con sus padres por culpa de Andrew, de las que me puso al día con rapidez. Si alguien quiere conocer mi opinión, no creo que Andrew sea lo bastante importante para tanto jaleo. Pero nadie me pidió la opinión, así que me pasé un par de horas hablando de él. Desde el momento en que llegó, se pasó el resto de la velada abrazado a ella, algo que los padres de Leah les habían jurado solemnemente a los de Nasreen que no iba a ocurrir. Los padres de Leah iban a estar fuera hasta las once porque habían ido al teatro a Cardiff con su hermana menor.
A la fiesta también acudió una serie de gente a la que no conocía demasiado bien. Un chico intentó colocarme el brazo sobre los hombros y le dejé hacerlo. Por qué no, pensé, pues en aquel momento ya llevaba algunos vasos del estúpido ponche púrpura, en el que flotaban trozos de uva, pera y melocotón. Siempre resulta agradable tener cerca a alguien afectuoso. Era uno de los amigos de Gareth, así que debía de tener dieciséis o diecisiete años. Se llamaba Owen y, hasta donde yo alcanzaba a comprender, no había leído un libro en su vida y no tenía ningún otro interés más allá de las motos, las chicas y la música. Le gustaban los Clash, de los que yo no había oído ni hablar, y Elvis Costello. A Leah también le debe de gustar Elvis Costello, porque lo ponía todo el rato a todo volumen. Realmente, no estoy al día de la música, porque en la escuela no se permite. Me parece atractiva la idea del Rock contra el Racismo, pero no me gusta demasiado la música actual. Owen me preguntó qué música me gustaba y le respondí que Bob Dylan, lo cual lo dejó totalmente descolocado. Diría que había oído hablar de Dylan, pero que no sabía nada de él. Bueno. Le sorprendió mucho el bastón, y me dejó sola poco después de verlo; entonces me levanté para ir al lavabo. Más tarde, Moira me aseguró que no tenía novia y que era adorable —pero no llegaba a la altura de Wim, y además, Wim tenía cerebro.
En cualquier caso, Owen regresó más tarde y empezó a abrazarme, y yo le dejé hacer. Estaba disfrutando con ello de una manera muy física. La cosa es que yo sé que las demás al menos fingen que están enamoradas de sus novios mientras salen con ellos. Sus relaciones actuales son una especie de ensayo de las relaciones adultas. Son relaciones temporalmente exclusivas, y juegan con el romance. Yo no quiero jugar a eso. Owen no me quitaba el aliento en absoluto, ni siquiera me gustaba demasiado. Pero era cariñoso, masculino, robusto y mostraba interés por mí, y me despertó la curiosidad y un deseo de más contacto corporal. Así que cuando me dijo que me quería enseñar su moto, salí con él. Solo era una Moped de 50 cc, pero estaba muy orgulloso de ella y me explicó sus características con todo lujo de detalles. No estoy demasiado segura de que ese trasto pueda subir una colina.
Podría pensarse que el aire nocturno me habría despejado, pero parecía que me emborrachaba aún más. Cuando empezó a besarme, me gustó, y le devolví los besos, lo cual noté que le parecía un poco desconcertante. (¿Acaso es que lo estaba haciendo mal? Los libros no dan detalles de cómo se hace, pero lo estaba haciendo exactamente igual a lo que había visto en el cine). Él me estaba abrazando y empezó a mover los brazos a lo largo de mi cuerpo. Entonces sí que me quedé un poco sin aliento; en realidad estaba muy excitada.
Así que volvimos dentro y entramos en una habitación pequeña, que es el estudio del padre de Leah. Allí hay un sofá. Nos sentamos y empezamos a abrazarnos. Estaba oscuro; había luz en el recibidor, pero no encendimos las luces del estudio.
¿Por qué escribir sobre sexo es más íntimo y difícil que escribir sobre cualquier otra cosa? He escrito cosas en este libro que pueden hacer que «me quemen en la hoguera», y no me preocupa haberlo hecho.
En cualquier caso, nos sobamos durante un rato, y entonces Owen me metió la mano dentro de las bragas, y me gustó, y pensé que era egoísta quedarme allí quieta sin corresponderle, así que le puse la mano sobre los pantalones y la moví en dirección a su pene. Sé perfectamente lo que es un pene; me he bañado con mis primos y también he jugado con ellos a los médicos, cuando éramos lo suficientemente pequeños para que no existieran todas esas estúpidas reglas de etiqueta. En cualquier caso, Owen tenía el pene tal como se podía esperar, y también estaba excitado, pero en cuanto lo toqué, a través de los pantalones, me apartó la mano y casi salió corriendo.
—¡Puta! —exclamó, poniéndose en pie con los puños cerrados, a la defensiva, como si creyera que se lo iba a agarrar. Entonces salió de la habitación.
Me quedé sentada durante un minuto con las mejillas ardiendo. No podía comprender qué había ocurrido. Aún no lo entiendo. Me quería. O eso creía yo. Pensaba que yo estaba actuando como una persona normal, pero está claro que no era así. Ahora mismo sigue habiendo algo que no acabo de ver, sigo sin pillarlo.
Leah me advirtió cuando regresé que debía andar con ojo con Owen porque tenía las manos muy largas. ¿Se suponía que le debía parar los pies? ¿Esperaba él que yo opusiera resistencia en vez de cooperar? Esto es enfermizo. Todo el asunto es enfermizo y no quiero tener nada que ver con él.
Quiero la serie infinita de bares de Tritón. O solo los tres bares de verdad. Eso lo puedo manejar. Esto, en cambio, me supera por completo. Al menos, lo más probable es que no lo vuelva a ver nunca más.
VIERNES, 4 DE ENERO DE 1980
Esta mañana en Cardiff, para cambiar mis vales de libros en Lears. Me gusta Lears. Es grande: dos pisos con toda una pared de ciencia ficción, y algunas ediciones americanas de importación. Compro otro número de Destinies, Red Shift, La intersección Einstein, Cuatro cuartetos, Charisma, de Michael Coney (el autor de Hello Summer, Doogbye) y, la maravilla de las maravillas, el milagro de los milagros, un libro nuevo de Roger Zelazny de la serie «Crónicas de Ámbar». He gritado en voz alta cuando lo he visto: El signo del unicornio. Tiene una cubierta amarilla horrible, pero reciban la bendición eterna Sphere por publicarlo y Lears por venderlo.
Me hace más feliz tener El signo del unicornio que todos los chicos del valle.
Esta tarde hemos ido de excursión a los Beacons para ver si las cascadas están heladas. No lo estaban, no hace suficiente frío, aunque algunos inviernos se hielan durante unos pocos días. No se veía la furgoneta de helados del área de descanso, y tita Teg lo recalcó como si realmente esperaba que estuviera. Me encantan las montañas. Me gusta el horizonte que forman, incluso en invierno. Cuando bajamos de nuevo, primero en dirección a Merthyr y después hacia Aberdare, superando las montañas, adonde tita Teg fue una vez de excursión cuando estaba en la escuela, tuve la sensación de que volvía a sumergirme en un edredón enorme.
El bastón nuevo sigue a mi lado. El abuelo es el único que se ha dado cuenta del detalle, cuando hemos pasado a verlo esta noche en el camino de vuelta. Dice que está hecho de madera de avellano. Le he dicho que me lo he comprado en el mercadillo con todo el dinero que he reunido durante las Navidades. Ha comentado que es una obra de arte preciosa y que debo buscarle una protección de goma para la contera, que también la podría encontrar en el mercadillo. Hoy parecía mucho más despierto. Nadie podría hacer más de lo que hace tita Teg para sacarlo de aquí.
SÁBADO, 5 DE ENERO DE 1980
En el tren he leído de un tirón El signo del unicornio, para dejárselo a Daniel cuando vuelva a la escuela. Lo que más me gusta de estos libros es la voz de Corwin, tan personal, con esa forma de explicar las cosas bromeando, para ponerse serio de repente. También me gustan los Triunfos y las Sombras, y las cabalgadas a través de Sombra. (Creo que a partir de ahora llamaré siempre Kentucki Fried Lizzard Partes al Kentucky Fried Chicken). No creo que le haya sacado a Sombra todo el jugo posible. Si puedes atravesarlas y encontrar tus propias sombras, hay un montón de cosas que se pueden hacer con eso.
Lo he terminado en Leominster y después he vuelto a leer Cuatro cuartetos, emborrachándome con las palabras. Podría copiar páginas y páginas de este libro. A veces resulta difícil entender qué quiere decir, pero eso forma parte de la gracia, el modo en que se unen las imágenes para que adquieran coherencia. En esto hay una historia, como ocurre en «El joven Lochinvar», pero que no está en la superficie. Estoy tan contenta de tener mi propio ejemplar… Así lo podré leer una y otra vez. Lo podré leer una y otra vez en los trenes durante toda mi vida, y cada vez que lo haga recordaré el día de hoy y me conectaré con él. (¿Esto es magia? Sí, es un tipo de magia, es algo más que solo leer el libro).
Shropshire sigue siendo horriblemente llano y sin montañas. Tiene un aspecto deprimente bajo la llovizna del mes de enero. El cielo está tan bajo que tienes la sensación de que podrías levantar una mano y pellizcarlo. Aquí es fácil entender que se puede sentir claustrofobia y acrofobia al mismo tiempo.
Daniel me estaba esperando, no ha habido ningún problema. Ha llegado pronto, y cuando salgo de la estación está sentado en el Bentley leyendo el Punch. Se disculpa mucho por no haberme acompañado a la estación el día que me fui. Me resulta muy difícil saber qué decir exactamente. Podría decir que no importa, pero sí importa. Ahora bien, ¿qué cambia si se siente culpable después de lo hecho?
—No es necesario que te disculpes, pero no lo vuelvas a hacer —le digo.
Parpadea.
He traído un roscón de Reyes, que he hecho yo y que tita Teg glaseó. En él no había magia directa ni deliberada, por más que pensé en los Reyes Magos y en el poema de T. S. Eliot sobre los Reyes mientras lo elaboraba. Pero el solo hecho de que lo hubiésemos hecho con los cuencos y las cucharas de tita Teg, y que lo hubiéramos amasado con nuestras propias manos, lo hacía realmente mágico. Supongo que las hermanas se dieron cuenta, porque también hicieron uno y me propusieron que me llevara el mío a la escuela y lo repartiese entre mis amigas. En la escuela prácticamente brillará, con la magia. No he dicho nada. Me he comido su pastel de serrín, he sonreído y he intentado ser una sobrina sumisa, recordando todo aquello por lo que vale la pena serlo. Me he dado cuenta de que estaba terriblemente excitada con la idea de volver a la escuela y de que ansiaba saber qué regalos habían recibido las otras chicas por Navidad.
Allí sentada, mientras tomaba el té y sonreía tanto que me dolía la cara, me di cuenta de que no habían intentado hacer nada mágico contra mí. Quiero decir que los pendientes fueron un primer intento, supongo, pero después habían tratado de usar su autoridad como adultas y su capacidad física para llevarme a la tienda, y todo lo demás, pero no habían intentado obligarme usando magia, haciendo que siempre hubiera deseado unos pendientes o algo por el estilo. Me pregunto cuánta magia saben y cómo la han aprendido. ¿Les han enseñado las hadas? ¿O ha sido alguien que aprendió de las hadas? En teoría, yo le podría enseñar toda la magia que sé a alguien que no ha visto jamás un hada.
He estado pensando sobre lo de las hadas del Jurásico mientras leía Cuatro cuartetos y me preguntaba si las hadas son una manifestación sensible de la interconexión mágica del mundo. Recuerdo que una vez, en Birmingham, cuando estaba huyendo, vi un hada de pie en la esquina de una calle. Estaba lloviendo y el pavimento estaba mojado y brillaba, y allí estaba ella, mirando despreocupada. Me acerqué, me vio, me saludó con una inclinación de cabeza y desapareció. Vi que donde había estado había un poco de hierba que crecía en una grieta del pavimento.
DOMINGO, 6 DE ENERO DE 1980
Siempre olvido lo ruidosa que es la escuela. En este momento me retumban los oídos.
Ayer por la noche leí en la cama la Guía del autoestopista galáctico. Tenía intención de leerlo deprisa solo para poder darle las gracias a Deirdre, pero resulta que es divertido y malévolamente inteligente, así que se lo pude agradecer con sinceridad, porque ni en un millón de años me habría fijado en él, puesto que parece una completa tontería. Me pregunto si ya lo habrán leído en el club de lectura.
Lo que les han regalado a las demás chicas por Navidad, notas para una sobrina dócil: a las más ricas, un walkman Sony. No los han podido traer a la escuela porque aquí la música está prohibida. Moira, Leah y Nasreen no se lo podían creer, y afirman que es la peor de las prohibiciones posibles. Ellas tres viven con la radio puesta. Según parece, el walkman Sony es un reproductor de casetes portátil con auriculares que se cuelga del cinturón, de manera que se puede escuchar una cinta mientras vas andando. Debo admitir que el invento es bastante ingenioso, aunque la elección musical de las chicas que lo tienen no sea la mía. A la mayoría de las chicas de la escuela les han regalado música; aunque no les tocó un walkman, muchas de ellas han hablado de discos y cintas. A Lorraine le han regalado un monopatín, y sus hermanos le han enseñado a usarlo. Según parece, es casi tan divertido como esquiar. Entre los regalos más populares se encuentran la ropa, los perfumes, los conjuntos de maquillaje con espejitos en la tapa, que también están prohibidos en la escuela pero algunas los han pasado a escondidas, y una pastilla de jabón con cordón, y eso hace que me guste un poco menos la mía.
A Deirdre le ha gustado mucho mi bastón nuevo. Me ha preguntado si era irlandés. Le he dicho que no, que era galés, y ha comentado que debía de ser celta. He estado de acuerdo con la observación. Se ha alegrado de que me gustase el libro, y yo, de que me haya gustado de verdad. Ella, por su parte, estaba muy contenta con su conjunto de jabón, o eso ha dicho.
He llevado el pastel a la cocina y les he pedido que lo repartan entre todas las alumnas de quinto inferior C. Es un pastel grande y me ha parecido que si cortaban porciones pequeñas habría más que suficiente. No me habría importado si no se lo hubieran comido, pero cuando lo han repartido después de cenar, la mayoría se lo ha comido, aunque algunas de ellas me miraban recelosas mientras lo hacían. Cuando lo elaboraba, pensaba en los Reyes llevando oro, incienso y mirra, y en la advertencia sobre Herodes, y esos pensamientos no les van a hacer daño, aunque no se lo podía decir. Sharon le ha dado su trozo a Deirdre. No sé qué piensan los judíos sobre Jesús. ¿Creen que fue solo un chico raro al que unos reyes llevaron unos regalos y que pensaba erróneamente que era el Mesías? ¿O creen que solo es un mito? No se lo puedo preguntar a Sharon, pero se lo puedo preguntar a Sam. Deirdre ha encontrado el rey, en el trozo que le había dado Sharon, y se ha emocionado mucho. El rey y el concurso de poesía son probablemente lo único que ha ganado en su vida. No sé si en Irlanda tienen la costumbre del roscón de Reyes.
Siento cómo este lugar se cierra sobre mí como si fueran arenas movedizas.
El martes, ¡club de lectura!
LUNES, 7 DE ENERO DE 1980
He salido para contemplar la escuela desde fuera y respirar un poco, y la zona estaba llena de hadas. Pensaba que se desvanecerían en cuanto se dieran cuenta de que las podía ver, pero han seguido con sus asuntos sin prestarme atención y casi sin apartarse de mi camino. En su mayoría eran del tipo asqueroso, de esas llenas de verrugas, pero también había entre ellas alguna del tipo doncella élfica. He intentado hablar con ellas en gaélico y en inglés, pero me han ignorado por completo. Me pregunto qué está ocurriendo.
Carta del hospital con una cita para el jueves por la mañana con el doctor Abdul. Se la he enseñado a la enfermera y a la señorita Ellis, e iré, aunque no sé para qué va a servir. Tengo la pierna un poco mejor desde hace unos días. El Hospital Ortopédico está en Gobowen, lo cual significa que debo ir en autobús hasta el pueblo y después tomar otro autobús para llegar allí.
La señorita Carroll ha sido muy amable conmigo, me ha preguntado por las vacaciones y por si me habían regalado algún libro. Le he preguntado si a ella también le habían hecho regalos, y me ha respondido que libros y vales para libros, igual que yo. No es tan vieja. Supongo que se hizo bibliotecaria porque le gustan los libros y la lectura. A mí no me importaría ser bibliotecaria, si lo fuera en una biblioteca de verdad, pero en una biblioteca escolar sería algo terrible, en especial aquí.
MARTES, 8 DE ENERO DE 1980
¡Esta noche, club de lectura!
Este trimestre, el libro de la asignatura de inglés es Lejos del mundanal ruido. Lo he estado leyendo durante todo el día, cada vez que he tenido tiempo para leer. Hardy es muy ampuloso, aunque técnicamente no tanto como Dickens. Hay una escena terrible en la cual una mujer descarriada llamada Fanny Robin se va arrastrando junto a una valla mientras da a luz. Me parece que el resto del libro es demasiado ligero para soportar esa escena. El final feliz es como una pesadilla: Bathsheda y Gabriel Oak casados, y «dondequiera que mire estás tú y dondequiera que mires estoy yo». ¡Qué agobio! A la abuela le gustaba Hardy, pero a mí no. Lo he intentado, pero es demasiado deprimente, y al mismo tiempo, demasiado trivial. Hace que las cosas ocurran de una manera demasiado sencilla, aunque a veces se trata de acontecimientos horribles, pero siempre son muy cotidianos. Lo odio. Podría haber aprendido un montón de Silverberg y de Delany.
También vamos a leer La tempestad y algo de Keats. Ya lo he leído todo. Lo bueno de La tempestad es que la iremos a ver al Teatro Clwyd de Mold, una salida escolar. Supongo que todo el mundo se reirá a lo tonto y eso será un estorbo, pero será una obra de verdad en un teatro. Nunca he visto representada La tempestad. Solo he visto Romeo y Julieta, en el Teatro Sherman, con tita Teg, y El sueño de una noche de verano, con la escuela en el New Theatre. Ya me imagino que el teatro de Mold no estará a la altura del de Cardiff, pero qué importa. Me pregunto cómo interpretarán a Calibán. Siempre lo he imaginado como la primera hada que vi aquí, cubierto de verrugas y telarañas. Me pregunto también cómo interpretarán a Ariel.
En historia seguimos con el aburrido siglo XIX, uf, lleno de leyes, Irlanda y sindicatos. ¡Que alguien me dé historia con un poco de diversión! En francés vamos a aprender el modo subjuntivo. Las chicas dicen que resulta duro, pero en cualquier caso no es latín. En latín vamos a empezar con el Libro Primero de la Eneida de Virgilio. Hasta ahora me gusta.
Un pueblo enemigo mío
navega ahora por el mar Tirreno
y se lleva a Italia Ilion y los Penates vencidos.
Aunque me parece que «mar Etrusco» sería mejor.
MIÉRCOLES, 9 DE ENERO DE 1980
Ayer por la noche, club de lectura. Llegué un poco tarde porque el autobús iba con retraso, pero no habían empezado aún y Janine me guardaba un sitio delante del busto de Platón.
Gran reunión, dirigida por Mark, que es un tipo regordete de mediana edad con gafas de culo de botella y barbita. Hablamos sobre la Trilogía de la Fundación. Lo mejor fue cuando nos centramos en la psicohistoria, y discutimos sobre si es posible. Yo creo que no lo es, debido al caos. No creo que se pueda producir una mutación como la del Mulo, y sería menos probable aún que la gente normal y corriente se mantuviera en línea. (Se podría conseguir usando la magia. Pero no al nivel al que supuestamente llegó Hari Seldon. Eso no lo dije). Entonces Wim la comparó con La rueda celeste y con algunos libros de Dick sobre la manipulación de la historia. En este punto pregunté si era posible escribir un relato sobre una sociedad secreta que hubiera estado manipulando la historia desde el principio con un objetivo misterioso.
—¿Quién lleva suficiente tiempo por aquí? —preguntó Greg.
—¿La Iglesia católica? —sugirió Janine.
Pete bufó.
—Entonces no han hecho demasiado bien su trabajo. Controlaban medio mundo y perdieron el control.
(Janine y Pete vuelven a ir juntos. Se cogen de la mano por debajo de la mesa. No sé si ella le ha perdonado que apoyara a Wim o si ha acabado aceptando el punto de vista de Hugh. No se lo pude preguntar, ni siquiera durante la charla intrascendente al terminar, porque Wim pululaba por allí).
—A menos que sea obra de un grupúsculo secreto interno cuyos objetivos no coincidan con las metas aparentes de la Iglesia —aporté.
—¿Los templarios? —sugirió Keith.
—¡Unos templarios secretos, dotados de tecnología alienígena! —añadió Wim.
Nos habíamos ido muy lejos de los libros de la Fundación. Pero no importaba, nos había llevado hasta ahí. Es tan agradable estar con gente que ha leído lo mismo que yo y cuyas mentes los llevan hacia ese tipo de lugares. La idea de unos templarios secretos con tecnología alienígena que manipulan toda la historia con una finalidad oculta —¿quizá para llevar a la gente a la Luna, donde tienen un escondite, o algo por el estilo, como en Las sirenas de Titán?— es maravillosa.
Al final, les hablé sobre El signo del unicornio, pero no se lo pude prestar, porque todavía lo tiene Daniel. Le pediré que me lo envíe. Casi todo el mundo estaba muy excitado, y a las dos o tres personas que no habían leído los dos primeros volúmenes —y se van a llevar una buena sorpresa cuando lo hagan— se les animó a hacerlo. Brian es el único a quien no le gusta Zelazny. Greg anunció que lo pedirá para la biblioteca, pero no lo podrá hacer hasta el mes de abril, porque se han quedado sin dinero para comprar libros hasta que empiece el nuevo año económico. Si fuera rica, donaría un montón de dinero a las bibliotecas.
—Mientras tanto, se puede pedir a través del préstamo interbibliotecario —sugirió Greg, y me sonrió.
—Eso me recuerda algo —intervine—. ¿Qué más ha escrito Zelazny?
Según parece, una infinidad de obras, pero no se puede encontrar casi ninguna. Greg me lo va a pedir todo a través del préstamo interbibliotecario. Es una de las personas más amables que conozco. Al principio no lo parece, porque tiene un carácter muy cerrado, pero bajo la superficie es encantador.
La semana que viene, Cordwainer Smith. Espléndido.
Wim se acercó a mí cuando salíamos.
—Has dicho que no habías leído El señor de los sueños, ¿verdad? —preguntó.
—Así es —contesté.
—Te lo puedo prestar, si no quieres esperar hasta que llegue. Si te apetece, podemos vernos aquí el sábado.
De manera que tengo una cita con Wim en la biblioteca a las once y media del sábado para que me lo preste.
Nadie que se ofrezca a prestarme a Zelazny puede ser tan malo como lo han pintado.
JUEVES, 10 DE ENERO DE 1980
En el hospital, en cama, en tracción, con dolores terribles. Lamento la letra ilegible. Es inevitable.
VIERNES, 11 DE ENERO DE 1980
Me siento secuestrada. Ayer vine al hospital para una cita externa. El médico, el doctor Abdul, estuvo mirando las radiografías durante cinco minutos, luego me toqueteó la pierna un par minutos y decidió que necesitaba una semana en tracción. Le indicó a su ayudante que buscase una fecha, descubrió que tenía una cama disponible, telefoneó a Daniel y a la escuela, y lo siguiente que recuerdo es que me encontraba en el potro de tortura. De verdad me siento como si estuviera en el potro. Resulta muy difícil hacer nada. Escribir es durísimo. Lo hago al derecho, porque al revés es demasiado complicado, incluso con tanta práctica como tengo. Sigo derramando el agua cuando bebo. Hasta leer resulta complicado. Tengo la pierna metida en este trasto, elevada con unas barras metálicas blancas, fijadas con vendas, estirada al máximo, así que cada segundo siento un dolor del diablo, que me obliga a estar estirada en la cama. Casi no puedo moverme. He leído los tres libros que llevaba en la mochila, uno de ellos dos veces. (Misión de gravedad, de Clement). Debí haber traído más, pero solo traje tres porque conozco los tiempos de espera en el hospital.
Dolor, dolor, más dolor y la humillación de la cuña para orinar. Tengo que apretar un botón para llamar a la enfermera cuando quiero beber o cuando necesito la cuña, y a veces tardan una eternidad en venir, pero si resulta que cuento con ello y llamo antes, entonces resulta que aparecen al instante. Para añadir mayor sufrimiento al tormento, hay un televisor al final de la sala. No hay forma de escapar de él, y es incluso más insoportable de lo normal porque está sintonizado constantemente en la ITV, de modo que hay muchos anuncios. Me pregunto si el infierno será así. Desde luego, prefiero los lagos de azufre, que te ofrecen al menos la posibilidad de nadar en ellos.
Todos los demás pacientes reciben visitas entre las dos y las tres, o entre las seis y las siete, que son las horas de visita. Este es el segundo día que los veo entrar en tropel con flores, uvas y una expresión rara en la cara. Los miro intensamente, todo lo que se puede mirar a alguien desde este ángulo. Yo no espero a nadie, y de hecho no viene nadie. Daniel sí podría venir. No está tan lejos, y sabe que estoy aquí. Pero no creo que lo dejen venir.
Mañana no podré ir a ver a Wim y creerá que no aparezco porque me han contado cosas malas sobre él.
Una mujer del fondo de la sala ha empezado a gritar, unos chillidos entrecortados. Están poniendo biombos alrededor de su cama para que los demás no podamos ver lo que le están haciendo. En definitiva, esto es mucho peor que lo que habitualmente se suele decir del infierno.
SÁBADO, 12 ENERO DE 1980
Sigo en el potro.
La señorita Carroll vino ayer por la tarde hacia el final de la hora de visita con un montón de libros de bolsillo. Los ha sacado de la biblioteca de la escuela, y por eso no son demasiado divertidos, pero en estos momentos me parecen gloria divina. No se pudo quedar mucho rato. Nadie le había dicho que estaba aquí, pero como no me veía fue a averiguar qué me había ocurrido. Vino en cuanto lo supo. Casi lloré cuando me lo contó. No tenía ni idea de lo difícil que resulta sonarse la nariz en esta posición. Me prometió que le diría a Greg dónde estoy, para que él se lo diga a Wim y a los demás. Volverá esta tarde con más libros.
Querido Dios, si estás ahí y te preocupas por las personas y las bendices, por favor, bendice a Alison Carroll con tu mejor bendición.
Me ha traído tres libros de Piers Anthony, los primeros de dos series diferentes. Creo que los cogió porque están al principio del alfabeto y tenía prisa. Yo no los había leído porque, francamente, parecen basura. Ya he dejado atrás la etapa de leerme toda la biblioteca por orden alfabético, aunque me alegro de haberlo hecho en su momento. En cualquier caso, estos libros los estoy disfrutando. Hasta el momento he leído Vicinity Cluster y Chaining the Lady, y estoy a punto de empezar Un hechizo para Camaleón, que es de fantasía. Yo tenía razón, en realidad son muy malos, pero me han servido para distraerme y me han mantenido ocupada una mitad del cerebro, mientras la otra mitad me enviaba mensajes de «Ay, ay, ay» o «Sacadme la pierna del potro», lo cual resulta todo un alivio. Ayer por la noche soñé con universos «huésped», en los que me transferían a cuerpos alienígenas. Pero todos ellos tenían las piernas mal, e incluso cuando me encontraba en el cuerpo de una bailarina tenía que bailar con el bastón. Supongo que era el dolor, que se manifiesta incluso cuando estoy dormida. Ayer por la noche leí hasta quedarme dormida y después me despertaron para darme una pastilla para dormir.
DOMINGO, 13 DE ENERO DE 1980
La señorita Carroll volvió ayer por la tarde con más libros y con un racimo de uvas, y Greg ha venido esta tarde con Janine y Pete, y con más libros. Además, mientras charlábamos sobre Piers Anthony, que a Pete le gusta y al que Greg compara con Chaucer (!), ha aparecido Daniel. Al principio no lo he visto, porque no estaba mirando obsesivamente hacia la puerta para ver a las visitas de los otros pacientes, pues, para variar, tenía mis propias tres visitas. Se ha acercado tímidamente a la cama y parecía avergonzado. Me he dado cuenta de que no estaba seguro de si debía darme un beso o no, y al final no me lo ha dado. También ha traído libros, y una tarjeta muy grande de sus hermanas y más uvas, de unos granos rojos y pequeños. No sé por qué la gente trae uvas. ¿Se supone que son especialmente curativas? Janine me ha traído una barrita de Mars, que me gusta mucho más, aunque es difícil de comer. Aquí, la comida está más allá del horror.
Al principio la conversación ha sido forzada. He presentado a Daniel a los demás, y ha quedado claro que nadie sabía qué decir. Greg incluso ha sugerido que se tendrían que ir. Entonces, por suerte, Daniel ha comentado que había traído El signo del unicornio y ha habido que decidir quién se lo llevaba primero, y hemos estado hablando de libros hasta el final de la hora de visita, cuando la enfermera ha hecho sonar el timbre y todo el mundo se ha tenido que ir. No le he preguntado a Daniel si podía esperar hasta la hora de visita de última hora de la tarde, pero evidentemente no podía, porque la hora de visita ha llegado y luego se ha ido sin rastro de él. Aun así, ha sido muy amable por su parte dedicarme su tarde del sábado.
Los libros que me ha traído Greg son todos los que me han llegado esta semana a través del préstamo interbibliotecario, y los ha sacado en mi ausencia y sin mi carnet. Bromeaba sobre que este era un servicio bibliotecario habitual, pero desde luego no lo es. Desgraciadamente, todos son de tapa dura y resultan muy difíciles de leer en esta posición. Puedo sostener un libro de bolsillo inclinado sobre mi cabeza con una mano, pero no uno de tapa dura. Tengo aquí Return to Night, de Mary Renault, y no lo puedo leer. Pero incluso así, ya es mucho que pueda ver el lomo en la mesilla de noche.
La semana de convalecencia terminará el miércoles. Tres días más de agonía e infierno.
Una enfermera se acerca hasta mi cama cada cuatro horas para darme analgésicos.
—Tómatelos solo si te duele —me indica.
¿Cómo podría no sentir dolor alguien a quien torturan así? Me los tomo, pero casi no me causan efecto.
Duermo realmente mal, con sueños extraños, y me despierto a menudo por culpa del dolor y de los movimientos en la sala. Las pastillas para dormir, que insisten en que tome, me hacen dormir, sí, pero no me mantienen dormida.
LUNES, 14 DE ENERO DE 1980
Esta noche, o a primera hora de la mañana, mi madre ha vuelto a intentar un ataque nocturno. Me he despertado y no me podía mover, y he sabido que estaba en la sala, cerniéndose sobre mí. La sala no se queda nunca totalmente a oscuras, porque siempre hay luz en el puesto de las enfermeras y unas lucecitas en el suelo y, además, alguien tenía encendida la luz de lectura en un extremo de la sala. Había luz suficiente para poder verla, pero no he podido; solo notaba su presencia con mucha fuerza. Sentía tanto dolor que no era capaz de pensar en lo que tenía que hacer. He intentado recordar qué fue lo que funcionó la última vez, y por supuesto era la letanía contra el miedo, así que la he recitado y ha vuelto a surtir efecto. Cuando me he calmado y he recuperado el control, me podía mover de nuevo, todo lo que el potro permite, y ella había desaparecido.
¿Cómo ha sabido que estaba aquí y era vulnerable? ¿Por qué mi hechizo de protección no ha resistido? No debería importar dónde me encuentro.
Esta mañana he visto al doctor Abdul por primera vez desde que me colgó de este artefacto el pasado jueves. Me ha manoseado la pierna, me ha hecho gritar, maldita sea, y me ha dicho que estaba mejorando. Entonces se ha trasladado hasta su siguiente paciente. Yo no tengo tanta fe en que esté mejorando. Es más, tengo la sensación de que incluso está empeorando.
Supongo que podría tener esa sensación y a pesar de eso, mejorar. Él es médico. Es necesario conseguir tres sobresalientes en los A Levels para empezar la formación como médico. (¿Tienen A Levels en Pakistán? Supongo que sí, porque antes eran británicos, formaban parte de la India británica cuando la abuela del abuelo se marchó de allí. Pero ahora, ¿tienen A Levels? Nasreen lo debe de saber, porque su padre tuvo que superarlos). Bueno, en cualquier caso, el doctor Abdul debió de superar el equivalente pakistaní de los tres sobresalientes en los A Levels antes de empezar su formación. Supongo que es inteligente y diligente, y que sabe lo que hace. No creo que aten a nadie en este artilugio porque sí.
¿Por qué funciona la letanía contra el miedo?
La señorita Carroll ha venido a la hora de visita de última hora de la tarde, con más libros. Son más misterios de Josephine Tey, lo cual me parece perfecto, y gracias a Dios, son de bolsillo. Me dice que me echa de menos en la biblioteca y que han mencionado mi nombre durante las oraciones.
MARTES, 15 DE ENERO DE 1980
Sigo en el potro de tortura y estoy realmente deprimida.
Echo de menos el club de lectura. Y como todos están allí y la señorita Carroll ya vino ayer, sé que no tendré visitas.
El abuelo y tita Teg ni siquiera saben que estoy aquí; si lo supieran, al menos habrían enviado una tarjeta. Entonces ¿cómo lo sabe mi madre? Aquí no hay magia. No hay hadas, no hay nada: yo creía que la escuela estaba limpia y era neutral, pero eso no es nada en comparación con esta sala.
He leído todos los libros de Tey. Brat Farrar es especialmente bueno. Pero ¿qué es el pozo en Dotan? ¿Tiene algo que ver con la historia de José?
Un día más en el potro. Empiezo a preguntarme si es posible que un sádico saque tres sobresalientes en los A Levels, pero si el doctor Abdul fuera un sádico vendría más a menudo y disfrutaría más con mi sufrimiento. Está claro que le da completamente igual. No me miró a la cara y casi ni me miró la pierna. Solo le interesan las radiografías. Hago un esfuerzo por verle el lado bueno a todo esto. Tres sobresalientes en los A Levels me empiezan a parecer demasiado poco para depositar en ello el peso de tanta confianza.
MIÉRCOLES, 16 DE ENERO DE 1980
No me dejarán salir de aquí hasta que no me vea el doctor Abdul, que no vendrá hasta mañana.
Una visita a primera hora de la tarde: ha venido Wim. Me ha traído El señor de los sueños y La isla de los muertos. Vestía una cazadora de cuero y tenía una expresión muy extraña, mucho más que la de Daniel. De repente me he dado cuenta de que llevo puesto el estúpido camisón del hospital con manchas de la comida que se me ha ido cayendo (resulta muy difícil ser limpio comiendo en posición horizontal) y que no me he lavado el pelo desde hace más de una semana. Me ha conmovido el hecho de que haya venido a verme desde tan lejos, y más aún sin los demás.
—Greg me contó ayer que estabas aquí —ha explicado—. Quería traerte esto. Aunque no parece que los necesites —ha añadido mientras hacía un gesto hacia la pila de libros que tengo en la mesilla que hay al lado de la cama.
—Ya los he leído casi todos —he reconocido.
Ha alzado las cejas.
—Aquí no tengo nada más que hacer —le he explicado.
—Parece un lugar bastante lúgubre —ha asentido—. ¿Qué tal la comida?
—Horrible.
Se ha reído.
—Mi madre es una de las cocineras.
—Estoy segura de que su comida es mucho mejor en casa —he dicho para intentar arreglarlo.
—No, no lo es —ha replicado—. No es buena cocinera, aunque reconoce que aquí la comida es atroz, así que tiene que ser realmente mala. Por eso preguntaba.
—Tampoco es tan distinta de la comida de la escuela —he reconocido.
—Creía que en Arlinghurst os daban bien de comer. Con lo que cobran…
—Yo también lo creía, pero es horrible. Basura y natillas.
—Te he traído un poco de helado de astronauta de la NASA.
Ha sacado un paquete del bolsillo.
Lo ha sostenido en alto para que pudiera verlo bien. Era negro, con la imagen de un cohete, y un texto anunciaba que era el helado de los astronautas, como el que comían en las misiones Apolo. He mirado a Wim sobrecogida.
—Todo el mundo me ha traído uvas —le explico—. ¿Dónde has conseguido eso?
Parecía un poco avergonzado, si es que eso es posible en él.
—Mi primo nos trajo algunos de Florida. Compró unos cuantos helados. Este es el último. No matan, más que nada es la ocurrencia. Lo estaba guardando para una ocasión adecuada.
He dejado de darle vueltas al paquete entre las manos y me lo he quedado mirando.
—¿Tienes un primo que ha ido a América?
Me ha sonreído y me ha asaltado de nuevo esa sensación de quedarme sin aliento.
—América existe de verdad, ¿sabes? No está solo en la ciencia ficción. Greg ha estado allí. Fue a la Worldcon de Phoenix. ¡Conoció a Harían Ellison!
—¿Qué es una Worldcon?
—Un congreso mundial de ciencia ficción. Son cinco días en los que se reúne la gente y hablan de ciencia ficción. El año pasado se celebró en Brighton. Yo fui. Fue extraordinario. Bueno, fue más que extraordinario. No te lo puedes ni imaginar.
Creo que sí me lo puedo imaginar.
—¿Como el club de lectura, pero multiplicado?
—Multiplicado exponencialmente. También vino Robert Silverberg. ¡Hablé con él! ¡Y con Vonda McIntyre!
Casi no me lo podía creer; ¡estaba sentada en la misma habitación que alguien que había hablado con Robert Silverberg!
—¿Dónde se celebra este año?
—En Boston. Normalmente se celebra en América. Dios sabe cuándo volverá a celebrarse en Gran Bretaña. Pero también hay congresos británicos. En Pascua se celebra uno en Glasgow. Por supuesto, los autores americanos no vienen. Pero lo bueno no son solo los escritores. También están los aficionados. No te puedes llegar a imaginar las conversaciones que tuve en Brighton.
—¿Vas a ir a Glasgow?
—Estoy ahorrando para ir. A Brighton fui en bicicleta y dormí en una tienda de campaña, pero para Glasgow necesitaré dinero como mínimo para compartir una habitación en un hotel durante la Semana Santa, y sería mucho más agradable si pudiera ir en tren. —Parecía ansioso y animado.
—Una habitación de hotel. Un billete de tren. ¿Cuánto cuesta la entrada?
—Lo llaman inscripción —me ha rectificado—. Yo ya la he pagado. Son cinco libras.
—No sé si Daniel me lo pagaría. No sé si me dejaría ir. Me pregunto si lo podría convencer de que me acompañara.
—¿Quién es Daniel? —ha preguntado, alejándose de mí sin levantarse de la silla—. ¿Tu novio?
—Mi padre —he contestado—. También es aficionado a la ciencia ficción. El domingo estuvo aquí con Greg, Janine y Pete, y estuvimos todo el rato hablando de libros. En un congreso disfrutaría mucho, estoy segura.
Estaba mucho menos segura de que sus hermanas le permitieran ir. Es el tipo de acontecimiento que no les gusta en absoluto, puesto que hace que Daniel se aleje de ellas para hacer lo que a él le gusta. Lo más probable es que tampoco lo encuentren adecuado para mí, no si quieren que sea una sobrina dócil. Tengo que encontrar la manera de sortearlas.
—Tienes tanta suerte… —ha dicho Wim, para mi sorpresa.
—¿Suerte? ¿Por qué? —he parpadeado. No estoy acostumbrada a pensar que soy afortunada, ni siquiera cuando no tengo la pierna atada al potro.
—Tienes un padre rico que lee ciencia ficción. El mío cree que es infantil. Le parecía bien cuando tenía doce años, pero ahora considera que leer es de mariquitas, y que leer este tipo de cosas es infantil. Me pega gritos cuando me sorprende leyendo. Mi madre lee a veces lo que ella llama bonitos romances, Catherine Cookson y ese tipo de cosas, pero solo cuando él no está en casa. Ella tampoco entiende nada. En mi casa no hay libros. Daría cualquier cosa por tener unos padres que leyeran.
—Conocí a Daniel el verano pasado —le he confesado—. Mis padres están divorciados y a mí me criaron mis abuelos. No tenían dinero, pero les gustaba leer y me animaron a hacerlo a mí también. Y Daniel no es exactamente rico. Lo son sus hermanas, que le dan dinero pero lo atan corto. Además, ellas son quienes pagan para que yo vaya a Arlinghurst. Es su forma de perderme de vista, creo. No sé si le darían el dinero para ir a Glasgow, porque no creo que quieran que vaya. A mí es posible que me dejen.
—¿Dónde está tu madre? —Es una pregunta lógica, pero la ha hecho con una naturalidad tan elaborada que parecía ensayada.
—Está en Gales del Sur. Ella… —He dudado, porque no quería decir ni que es una bruja ni que está loca, aunque ambas cosas son ciertas. En realidad no existe una palabra que agrupe los dos significados, y debería existir—. Está loca.
—A las chicas de la escuela les dijiste que es una bruja —ha replicado Wim, apartándose el cabello de la cara.
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo una novia que trabaja en la lavandería y me lo ha contado.
El corazón me ha dado un vuelco ante la noticia de que tenía novia. Es dos años mayor que yo y lo más probable era que no estuviera interesado en mí, y yo lo sabía, por más que hubiera venido a verme y me estuviese haciendo mucho caso. He comprendido de repente que su novia es la chica que vi al final del trimestre metiendo cansinamente las blusas de los uniformes en las lavadoras. En cierto sentido, resulta gratificante que le haya preguntado por mí.
—Deja que te odien si con ello consigues que te teman —he citado—. Es lo que Tiberio…
—Sí, he leído Yo, Claudio —me ha interrumpido—. ¿Les contaste que tu madre es una bruja para que te tengan miedo?
—Son unas matonas terribles —le he explicado—. Todas se conocen y yo no conozco a nadie, y tengo un acento muy distinto al suyo, y me pareció una buena estrategia. De hecho, ha funcionado bastante bien, aunque la estrategia resulta un poco solitaria.
—Entonces ¿no es una bruja? —ha preguntado en un tono extrañamente desilusionado.
—Bueno… en realidad, lo es. Una bruja loca. Una bruja malvada, como en los cuentos. —No quería hablar sobre ella, no quería explicarle cómo era. En cualquier caso, resulta bastante difícil describirla.
Se ha inclinado hacia delante y me ha mirado a los ojos. Tiene unos ojos muy azules, casi tan azules como el cielo.
—¿Puedes leer la mente?
—¿Qué? —he dicho sorprendida.
—Ya sabes, como en Muero por dentro. —Se ha quedado quieto, a unos centímetros de mí y mirándome intensamente a los ojos. Yo seguía sin aliento pero, aunque resulte sorprendente, no me he ahogado, aun sabiendo que tiene novia.
—¡No! No creo que nadie pueda hacerlo —he contestado con un graznido extraño.
—Solo me lo preguntaba. —Parecía indeciso e inseguro, como si hubiera preferido no habérmelo preguntado. No se ha movido—. Es que, la primera vez que te vi, me pareció que veías directamente dentro de mí. Y cuando oí que tu madre es una bruja, pensé, ya sabes… ¿Te ha pasado alguna vez que has leído tanta ciencia ficción que llega un punto en que ya no sabes qué es posible y qué no lo es? ¿En el que empiezas a admitir hipótesis que sabes que son descabelladas, pero…? —Su voz se ha ido apagando.
La primera vez que lo vi, lo único que pude pensar fue en lo guapo que era. Si él pensó que se produjo algún tipo de comunicación mística, estaba totalmente equivocado. Ha sonado el timbre que indica el final de las visitas.
—Es una bruja —le he explicado muy deprisa mientras se levantaba—. Y la magia existe.
Se ha inclinado sobre mí, ansioso.
—Enséñamelo.
—No es como en los libros —le he asegurado con un hilo de voz que era poco más que un susurro, aunque con el ruido de las visitas que se iban era improbable que nos escucharan.
—Enséñamelo de todas formas.
—No hay nada que ver. Y he jurado que no haría nunca magia, excepto para evitar un daño. —Al decirlo me he dado cuenta de que parecía una excusa muy débil. Su rostro se ha oscurecido y se ha puesto en pie—. Aunque quizá te puedo enseñar algo —he añadido, desesperada por que me creyera—. No sé si podrás verlo. Tendrás que esperar a que salga de aquí.
—¿No te estarás quedando conmigo? —ha preguntado, dejando claras sus sospechas en el tono de voz.
—¡No! ¡Por supuesto que no!
—De acuerdo —ha aceptado de mala gana—. Gracias.
—Gracias a ti por venir y por traer los libros.
He visto cómo salía de la sala y después me he pasado el resto del día comiendo el helado de astronauta (es una cosa muy peculiar) y apuntando hasta la última palabra de la conversación, aunque escribir me resulte tan difícil, para no olvidar nada.
No me será necesario hacer magia. Si me acompaña a Poacher’s Wood le enseñaré un hada. Él cree, debe creer; al menos, cree en algo. Pero estar en el bosque con hadas a las que yo veo y él no puede resultar muy incómodo, porque puede llegar a pensar que estoy loca o que miento, y las dos cosas son bastante espantosas.
Bueno.
JUEVES, 17 DE ENERO DE 1980
Jamás me había encontrado tan mal, ni siquiera después de haberme encontrado muy mal.
Me han hecho más radiografías. El doctor Abdul quería hablar con Daniel y se ha molestado porque no estaba, como si yo lo tuviera escondido en el bolsillo. Finalmente me han dado el alta, insistiendo en que use un bastón de metal en lugar del mío, que es tan útil y que me han dado las hadas. He conseguido llegar a la parada del autobús, y después, desde la parada del autobús a la siguiente parada. Está bien que haya muretes en los cuales poder sentarse. Nunca había estado tan mal. Creo que me han estropeado aún más la pierna, creo que me han lisiado para toda la vida y que era eso lo que le querían decir a Daniel y no querían decirme a mí.
Estoy de nuevo en la biblioteca. La señorita Carroll cree que debería estar en la cama. Me ha traído un caramelo y un vaso de agua, aunque está estrictamente prohibido comer en la biblioteca.
Dolor, dolor, ¡DOLOR!
VIERNES, 18 DE ENERO DE 1980
En cama en la enfermería. Tendida en cama, con almohadas y sin potro, se está maravillosamente bien. Tendida no me duele tanto. Hasta ahora tampoco había apreciado la comida de la escuela. Por supuesto, una de las cosas buenas del hospital fueron las visitas. Aquí no puede visitarme nadie, excepto Deirdre y la señorita Carroll. Les daría un ataque si vinieran Janine o Greg, y probablemente me expulsarían si apareciese Wim, cosa esta última que no va a suceder.
Me estoy poniendo al día con las clases que me he perdido; bueno, con todo salvo con las mates. No tengo una mente matemática y me siento bastante incapaz de situar los números con todo este dolor. En geografía estamos estudiando las glaciaciones. Yo ya lo había hecho antes, así que no tengo problemas. De hecho, resulta bastante aburrido; sí, glaciares, cwm o circos, morrenas terminales, valles en forma de U… Deirdre no había oído hablar de ello jamás, y confiesa que incluso sueña con los glaciares. He sido muy buena y no le he contado lo que narra Clarke en El enemigo olvidado.
Mañana no podré ir al pueblo, pero de todos modos tampoco había quedado con nadie. La señorita Carroll se llevará mis libros de la biblioteca y me traerá los nuevos. Quizá el martes me encuentre bien. O tan bien como antes.
Quiero que me devuelvan la movilidad. Me siento atrapada. Lo odio.
Return to Night es excesivamente freudiana y no tiene ninguna sutileza, aunque hay algunos pasajes buenos.
SÁBADO, 19 DE ENERO DE 1980
Daniel ha venido a verme, lo que ha sido toda una sorpresa. Ha asomado la cabeza por la puerta.
—¿A que no sabes a quién he traído? —ha preguntado.
Me habría gustado que fuera Sam, pero he supuesto que eran sus hermanas. Me ha sorprendido que solo fuese una.
—Hola, tía Anthea —la he saludado, lo cual ha hecho que diera un respingo. Solo ha sido una suposición, pero basada en la experiencia. Normalmente, si está una sola de las tres, se trata de Anthea, que es la mayor.
—Ya ves, no me he podido resistir a volver a ver este lugar —ha comentado.
—Me extraña que ellas sí hayan podido —he replicado, todo lo sobrina dócil que era capaz de ser.
—No había sitio en el coche, querida.
El coche de Daniel, como la mayoría de los coches, como todos los coches del mundo excepto el pequeño Fiat 500 naranja de tita Teg, tiene espacio para cuatro personas. Incluso en el coche de tita Teg, al que llamamos Gamboge Gussie, la Chica Galopante —Gussie porque la matrícula empieza por GCY— caben cuatro personas, aunque van un poco apretadas, sobre todo si una de ellas es alta. Así que me he dado cuenta de que han venido a buscarme para llevarme con ellos.
—Para pasar la convalecencia —ha aclarado Daniel.
Claramente, habría sido más útil que Daniel hubiera venido un día laborable al hospital para hablar con el doctor Abdul, pero al parecer ya habló con él por teléfono. Me pregunto quién llamaría a quién. En cualquier caso, parece que la escuela cree que me llevará algún tiempo volver a clase y que es mejor que me cuiden en casa. Bueno, eso sería así para quien tenga un hogar. He objetado todos los argumentos que podía imaginar para quedarme en la escuela, incluidos algunos estrictamente de sobrina dócil, como el de que no quería perderme el partido de hockey contra St. Felicity’s, pero ninguno de ellos ha surtido efecto.
Me han ayudado a bajar al coche. Este tipo de ayuda es en realidad un estorbo. Quien haya visto alguna vez a alguien con un bastón, sabe que el bastón y el brazo son como una pierna. Si se le coge, se le levanta o se le hace algo inesperado al bastón o al brazo, es como si alguien le cogiera una pierna a una persona normal mientras anda. Me gustaría que más gente comprendiera esta verdad tan básica. Un grupo de chicas ha visto cómo me iba, y por supuesto lo sabe la enfermera, así que tengo esperanzas de que alguien se lo diga a la señorita Carroll, quien se lo dirá a Greg y este informará a los demás. He dicho «a los demás», pero quiero decir a Janine y a todos los demás, así como también a Wim. Pero debo admitir que más que nada me refiero a Wim. Creo que me he enamorado un poco de él. Y, estúpida de mí, me he dejado en la escuela sus libros de Zelazny, que me estaba guardando para después, así que ni siquiera los puedo leer.
DOMINGO, 20 DE ENERO DE 1980
Está soplando un auténtico vendaval y parece como si pudiera derrumbar Old Hall. Golpea las ventanas, se cuela por las grietas y baja silbando por las chimeneas. Aquí tendida siento como si toda la casa cantara con él, como si fuera un velero.
Tengo un montón de libros, y Daniel sube de vez en cuando para preguntarme si quiero más. Tengo almohadas y no estoy atada al potro. Puedo llegar cojeando hasta el cuarto de baño. Tengo un decantador con agua, un decantador de verdad con un tapón de cristal como Dios manda. Me traen la comida, que no es peor que la de la escuela. (Si hay magia en la comida, se trata como siempre de la magia de Old Hall; eso es lo único que puedo sentir). Tengo una radio, con la que oigo las noticias, The Archers[6], la Hora de las Preguntas de Jardinería y, para mi sorpresa y delicia, la Guía del autoestopista galáctico. Es un serial radiofónico estupendo. Supongo que podría resintonizar el receptor de Radio 4, que el abuelo sigue llamando el Servicio Interior, a Radio 1, que la gente suele conocer como la Programación Ligera. La única ventaja de ello sería fastidiar a las tías, porque Radio 4 puede tener otras joyas inesperadas como la Guía del autoestopista galáctico, mientras que en Radio 1 emiten sobre todo música pop. De todas formas, la mayor parte del tiempo leo.
¿Hasta cuándo estaré aquí atrapada?
He bajado cojeando para tomar el refrigerio, que es como llaman a la cena cuando no se sirve de manera formal. Macarrones con queso, demasiado hechos y casi incomestibles. Nos hemos sentado todos a comer y a hacer comentarios sin importancia, asintiendo y sonriendo. Yo he interpretado mi papel de sobrina dócil. En realidad estoy ansiosa por hablar con Daniel de la posibilidad de ir a Glasgow en Pascua, pero quiero hacerlo cuando no haya oportunidad de que ellas nos oigan.
Después he preguntado si había algún inconveniente en que llamase a tita Teg. No se podían negar con Daniel delante, así que he llamado. Se ha quedado horrorizada al enterarse de lo del hospital y de que nadie le hubiera dicho nada, pues no cree que eso hubiera empeorado la situación. Ella siempre intenta verlo todo desde el lado positivo y amable, lo que generalmente es muy agradable, y no hay nadie mejor para celebrar lo que sea, pero en estos momentos no sería demasiado útil. Me ha asegurado que le contaría al abuelo por qué no había estado en contacto con él y le transmitiría mi amor. Espero que eso no lo intranquilice, pero seguro que no, porque ella le dirá que estoy mejorando y que pronto podré correr. Me gustaría que fuera verdad. Aunque en estos momentos la pierna no me duele, hay un malestar continuo que sigue persistiendo. Estoy segura de que ha empeorado.
El teléfono está en el pasillo, sobre una especie de mesa con un banco acolchado. Estaba sentada en el banco acolchado mientras hablaba con tita Teg. Después de colgar el teléfono me he preguntado a quién más podría llamar, ahora que me encontraba allí y todo el mundo estaba fuera de mi vista. El problema es que no me sé el número de nadie. En cualquier caso, no tiene ningún sentido llamar a Greg a la biblioteca el domingo por la noche. No sé el teléfono de la casa de nadie, ni siquiera el de Janine. Al lado del teléfono hay una agenda telefónica, una agenda casera, con los números de la gente anotados a mano, pero no el listín de teléfonos. La he hojeado, pero no he visto en ella a nadie que conociera, hasta que he llegado a la M y allí estaba Sam, con su dirección y el número de teléfono.
La casera ha contestado de inmediato, y me recordaba.
—La nieta pequeña —ha comentado.
No soy pequeña y me siento un poco rara al pensar en Sam como mi abuelo. Yo ya tengo al abuelo, el puesto está ocupado. Pero Sam me gusta.
Al cabo de un rato se ha puesto al teléfono.
—¿Morwenna? —ha preguntado—. ¿Algo va mal?
—Exactamente mal, no. Solo estoy en Old Hall, convaleciente, he pensado en ti y quería hablar contigo.
—¿Convaleciente de qué? —ha preguntado, así que se lo he contado todo y le he dicho que creía que la pierna había empeorado—. Quizá, quizá sí —ha asentido—. Pero a veces la curación duele. ¿Ya lo tienes en cuenta?
—No quieren explicarme nada —he añadido—. El doctor Abdul quería hablar con Daniel, pero no quiso decirme nada a mí. Podría estar muriéndome y no me dirían nada.
—Creo que Daniel te lo diría —ha replicado Sam, pero no parecía muy seguro.
—Si le dejan hacerlo.
Sam no ha dicho nada durante un momento.
—Quizá vaya a verte —ha sugerido—. Tengo una idea. Déjame hablar con Daniel.
Entonces he tenido que llamar a Daniel, que me ha enviado a la cama y se ha quedado hablando un rato con Sam. Después ha subido y me ha contado que Sam vendrá a verme mañana, en tren, y que él lo recogerá en Shrewsbury.
Parece extraño imaginar a Sam en cualquier lugar que no sea su casa, y más raro aún imaginarlo aquí, pero mañana viene. Daniel dice que es un hombre muy mayor y que es raro que vaya a ninguna parte, así que debo ver esto como un privilegio, y eso es lo que me parece.
LUNES, 21 DE ENERO DE 1980
Sam me ha traído un ramito de campanillas de invierno del jardín de atrás de su casera.
—Florecen ahora —ha comentado.
A pesar del largo viaje en tren y en coche —Daniel ha ido a buscarlo a Shrewsbury—, las flores tenían muy buen aspecto y seguían con ese aroma tan especial. A Mor le gustaban las campanillas. Eran sus flores favoritas. Plantamos algunas en su tumba y me pregunto si habrán florecido. Una de las tías las ha puesto en un pequeño jarrón de cristal que hace juego con el decantador y las tengo en la mesilla de noche.
Sam también me ha traído algo más de Platón, las Leyes y Fedro, que es el que quería leer porque se menciona en El auriga. No son nuevos, está claro que los tiene desde hace tiempo, pero habrá tenido que buscarlos durante una eternidad para encontrarlos. También ha traído un pequeño libro de bolsillo azul de Pelican titulado The Greeks, de H. D. F. Kitto, que según dice me proporcionará el contexto necesario. Me dará el contexto tanto para Mary Renault como para Platón. Espero que esté bien escrito. Todavía no he empezado el libro de Winston Churchill que gané como premio.
Otra cosa que ha traído ha sido un bote de ungüento de consuelda, que huele de un modo muy raro.
—No sé si va a ayudar, pero lo he traído de todas formas —ha comentado.
Me lo he aplicado en la pierna y no ha surtido ningún efecto, salvo darle ese olor peculiar, pero agradezco el gesto.
Pero la verdadera razón del viaje de Sam es que piensa que debo someterme a unas sesiones de acupuntura. Alrededor de Sam hay una especie de magia, no es magia de verdad, sino que es la solidez que transmite. A la magia le iba a resultar muy difícil encontrar un punto débil para empezar a influir en él. Ha sido interesante verlo con las tías; las trata con una consideración inmaculada, pero como si no fueran importantes, y ellas no saben cómo tratarlo. No tiene ninguna grieta por la que puedan penetrar. Si hubieran sugerido ellas la acupuntura, que implica clavarle agujas a una persona, me habría resistido con todas mis fuerzas. Pero como no lo habían hecho, fueron ellas quienes se opusieron a la idea.
—No es más que un tonta superstición china en la que no es posible creer —ha comentado una.
—Morwenna tiene pavor a las agujas, ni siquiera quiere que le hagan agujeros en las orejas —ha añadido otra.
—¿Qué bien le va a hacer? —ha rematado la tercera.
Pero todo esto a Sam le daba igual.
—Creo que deberíamos intentarlo. ¿Qué daño le puede hacer? Creo que Morwenna es una chica sensata.
Había encontrado un sitio de Shrewsbury donde hacen acupuntura y se anotó la dirección. Quería que fuéramos inmediatamente, pero las hermanas han conseguido persuadir a Daniel de que habría que llamar antes para pedir una cita. Ha llamado y le han dado hora para mañana por la mañana.
Sam se ha pasado la tarde en mi habitación, hablando conmigo. Es un anciano y ha tenido una vida extraña: imagina que descubres que han asesinado a toda tu familia. Sería como si Gales se hundiera en el mar en este mismo instante y solo yo siguiera viva. Bueno, el primo Arwel está en Nottingham, pero de todas las personas con las que he crecido solo quedaríamos nosotros dos. Para Sam fue así. Cuando regresó después de la guerra, todos se habían ido y en su casa vivían unos extraños, y los vecinos hicieron ver que no lo conocían. Vio la panera de su madre sobre la mesa del vecino, pero ni siquiera le dejaron recuperar eso.
—Y no significan nada para ti —ha añadido.
—No, nada.
—Son extraños. Incluso yo soy un extraño. Pero mis familiares eran tus primos. Están hablando, los diferentes gobiernos llevan hablando desde hace años sobre conceder algunas compensaciones. Pero ¿de qué modo me puede compensar nadie por la pérdida de mi familia? ¿Cómo te pueden devolver a ti los primos que no conociste, y los que no nacieron, que ahora tendrían tu edad?
Eso me ha conmovido. Podría escribir un poema sobre esto. «¡Hitler, devuélveme a mis primos!».
Me parece que Sam está un poco triste porque no soy judía, porque sus descendientes no lo van a ser. Pero no ha dicho nada ni se lo reprocha a nadie. Dice que no se quedó en Polonia porque sentía la muerte a su alrededor, como si se la pudiera encontrar al volver la esquina. Lo he comprendido muy bien. He estado a punto de hablarle de la magia, y de lo que hice para tener un karass, y de que Mor se pasea por ahí con las hadas. Lo habría hecho si hubiera tenido tiempo. Pero ha entrado Daniel y ha anunciado que tenían que irse para coger el tren, así que me he despedido.
Sam me ha dado un beso, me ha puesto la mano en la cabeza y ha recitado una bendición en hebreo. No me ha pedido permiso, pero no me importa. Al final me ha mirado y ha sonreído con un gesto viejo y arrugado.
—Te pondrás bien. —Parecía muy seguro. Todavía lo puedo oír en este momento—. Te pondrás bien —ha repetido, como si lo supiera.
Puedo oler las campanillas. Estoy tan contenta de que haya venido…
MARTES, 22 DE ENERO DE 1980
Sam tenía razón con la acupuntura.
De hecho, es magia. Lo es en su conjunto. Lo llaman «chi», sin embargo ni siquiera pretenden que no sea mágico. El hombre que la practica es inglés, lo cual me ha sorprendido, pues las tías habían intentado infundirme el temor a los orientales malvados. Se formó en Bury St. Edmundo, que está en los Fens, cerca de Cambridge, con gente que había estudiado en Hong Kong. Tiene los títulos enmarcados en la pared, como un médico, y en el techo, un mapa de los puntos de acupuntura del cuerpo humano. Lo he estado mirando mucho rato, puesto que la mayor parte del tiempo he permanecido tendida en la camilla, inmóvil, con unas enormes agujas clavadas por todo el cuerpo.
No duele nada. No las llegas a sentir, aunque son realmente largas y las tienes clavadas en el cuerpo. Lo que ocurre es que cuando se clava la última, el dolor desaparece, como si hubieran girado un interruptor. ¡Si pudiera aprender a hacerlo! Una de ellas, en el tobillo, la ha colocado en un primer momento fuera de lugar y la he notado; no ha sido un dolor de verdad, sino un pinchazo. No he dicho nada, pero él la ha movido de inmediato a un punto situado a una fracción de centímetro a un lado y ya no la he notado más. Se trata claramente de magia corporal.
Aunque solo me haya librado del dolor durante la hora que he estado allí, habrá valido las 30 libras que ha cobrado, al menos para mí. Pero no ha sido suficiente. No me he curado milagrosamente ni nada por el estilo, pero he subido cojeando las escaleras hasta su consulta y las he bajado andando, sintiéndome casi igual que antes de que me pusieran en el potro. Quiere que vaya cada semana durante seis semanas. Me ha dicho que hoy solo ha hecho lo que ha podido contra el dolor, pero que si me ve regularmente puede llegar a descubrir qué va mal y entonces hacer algo al respecto. Ha admirado mi bastón; he estado usando el de las hadas, que parece que me da más fuerza que el metálico, y además no es tan feo.
—Llévame de vuelta a la escuela —le he pedido a Daniel mientras íbamos hacia el coche.
Brillaba un sol pálido y relucían los edificios de color rosa dorado de Shrewsbury. Si nos hubiéramos ido entonces, habría llegado a tiempo a la escuela para asistir al club de lectura como siempre, después de la hora de los deberes.
—No hasta que veamos cómo te encuentras mañana —ha replicado—. Pero ¿qué tal un poco de comida china, ya que te sienta tan bien la medicina china?
Así que hemos ido a un restaurante llamado El Loto Rojo y hemos comido costillas de cerdo, langostinos a la plancha, arroz frito con pollo, chow mein y ternera con salsa de ostras. Todo estaba delicioso, lo mejor que había comido desde hacía años, quizá desde siempre. He comido hasta que estaba llena a reventar. Mientras comíamos le he explicado a Daniel lo del congreso de Glasgow, Albacon, que este año se llama Eastercon, y le he contado lo que me había dicho Wim sobre la Worldcon de Brighton, que allí conoció a Robert Silverberg y no hizo nada más que hablar de libros durante cinco días. Me ha dicho que no creía que sus hermanas lo dejaran irse en Semana Santa, pero que estaba de acuerdo en que yo fuera, y que me pagaría los gastos.
En cierto sentido, me gustaría rescatar a Daniel de sus hermanas. Ha sido bueno conmigo, y supongo que es su deber como padre, pero no sé si tiene por qué sentir ese deber. Me gustaría rescatarlo, pero no creo que pueda y creo que si lo intento provocaré una guerra con ellas, mientras que si piensan que no voy a interferir, me dejarán en paz. Si trato de rescatar a Daniel me meteré en un lío. Yo soy mi primera prioridad. Tiene que ser así. No me dejarán ir a Glasgow. Ya es mucho que accedieran a la acupuntura y a que fuéramos a comer a un restaurante chino, y lo más seguro es que no lo hubieran hecho de no haber sido por el bueno del viejo Sam.
Con la cuenta, nos trajeron galletitas de la suerte. La mía decía: «Aún no está todo perdido». Y me la tomé, feliz. Es como el verso de la Eneida, «Et haec olim meminisse iuvabit», «Quizá algún día nos acordaremos de esto con júbilo». Al principio piensas que es terrible, pero luego te das cuenta de que es verdad y que no es nada malo.
—Te gusta la comida china —ha comentado Daniel, lo cual resulta innegable.
Después de eso, decir «eres un padre terrible» habría sido muy poco acertado.
En el coche, mientras me ajustaba el cinturón de seguridad, Daniel me ha mirado muy serio.
—Parece que sigues sintiendo los efectos de la acupuntura.
—Sí —he reconocido.
—Vendrás una vez a la semana durante seis semanas, como ha dicho el doctor.
—De acuerdo —he asentido mientras terminaba de encajar el cierre del cinturón.
Daniel ha tirado la colilla del cigarrillo por la ventana.
—No podré ir a la escuela a recogerte, traerte aquí y volver a llevarte de nuevo, o al menos no podré todas las semanas. Quizá alguna vez.
Se me ha hecho evidente de inmediato que ellas no le dejarían. Ha puesto en marcha el coche y ha salido del aparcamiento, y yo no he dicho nada porque no sabía qué decir.
—Hay un tren —ha dicho al cabo de un rato.
—¿Un tren? —Estoy segura de que mi voz ha sonado escéptica—. No hay estación de ferrocarril. Supongo que quieres decir un autobús…
—Hay una estación en Gobowen. Cuando mis hermanas iban a Arlinghurst, iban en tren y alguien de la escuela las recogía allí. Entonces todo el mundo viajaba en tren.
—¿Estás seguro de que sigue allí?
No estaba en la lista de estaciones de «trenes lentos» de Flanders y Swann, cerradas por Beeching,[7] así que seguirá allí.
—Está en la ruta hacia Gales del Norte que pasa por Welshpool, Barmouth y Dolgellau —me ha informado.
De entre todos esos lugares, yo solo había oído hablar de Dolgellau, donde la abuela y el abuelo fueron a visitar a un vicario anciano que se había trasladado allí, mucho antes de que yo naciera. Gales del Norte es como otro país. Ni siquiera puedes llegar allí desde Gales del Sur; tienes que ir a Inglaterra y desde allí hacia el norte, al menos si quieres ir en tren o coger buenas carreteras. Supongo que deben de existir carreteras que atraviesan las montañas. Nunca he ido, aunque me gustaría.
—De acuerdo —he aceptado—. Eso significa un autobús al pueblo, desde allí un autobús a Gobowen y después el tren.
—Algunas veces te podré llevar yo —ha repetido, encendiendo otro cigarrillo—. ¿Qué día te iría mejor?
He estado pensando en ello. Desde luego, el martes no, porque no podría volver a tiempo para llegar al club de lectura.
—El jueves —he respondido—. Porque los jueves por la tarde solo tengo educación religiosa, y después dos sesiones de mates.
—Por tus notas parece que las matemáticas es a lo que menos te conviene faltar —ha reflexionado Daniel, pero con una sonrisa en la voz.
—Para ser sincera, no importa si voy a clase o no; simplemente, no me entran. Las mates que sé las he aprendido en química y física. La clase de mates la podrían impartir en chino. Para mí no tienen sentido. Creo que me falta ese trocito del cerebro. Y si le pido a la profesora que vuelva a explicarlo, bueno, entonces aún tiene menos sentido.
—Quizá te convendría una tutoría extra en la materia —ha sugerido Daniel.
—Sería tirar el dinero. No me entran. Sería como intentar que un caballo aprendiera a cantar.
—¿Conoces ese cuento? —me ha preguntado, volviendo la cabeza y echándome por accidente el humo a la cara; ¡puaj!
—«No me mates, dame un año y enseñaré a cantar a tu caballo. En un año puede ocurrir de todo, el rey puede morir, yo puedo morir, o el caballo puede aprender a cantar» —he resumido. Está en La paja en el Ojo de Dios, lo cual probablemente explica que yo lo tenga en la cabeza.
—Se trata de un cuento sobre la costumbre de dejar las cosas para mañana —ha comentado Daniel, como si fuera el experto mundial en el tema de dejar las cosas para más tarde.
—Es un cuento sobre la esperanza —le he rebatido—. No sabemos lo que ocurrió al final del año.
—Si el caballo hubiera aprendido a cantar, lo sabríamos.
—Puede que fuera el origen de la leyenda del centauro. Puede que se fuera a Narnia, y se llevara consigo al hombre. Puede que se convirtiera en el ancestro de Incitato, el caballo de Calígula, al que nombró senador. Puede que existiese toda una tribu de caballos cantores y que Incitato fuera su portavoz para pedir la igualdad, solo que le salió mal.
Daniel me ha lanzado una mirada muy extraña, y me habría gustado que se la hubiese guardado para alguien que pudiera apreciarla.
—El jueves, entonces —ha concluido—. Llamaré y lo arreglaré todo cuando lleguemos a casa.
Si el cuento tratara sobre dejar las cosas para mañana, habría tenido una moraleja contundente con el hombre que muere al final del año. Me gusta imaginar su supervivencia.
Al final del año rompieron la puerta del establo.
El hombre y el caballo salieron al galope,
más allá del final del atardecer, los cascos resonantes,
armonía y ritmo para su dueto.
MIÉRCOLES, 23 DE ENERO DE 1980
Esta mañana, una levísima capa de nieve, que no era suficiente ni siquiera para mojar los dedos de los pies de un hobbit, y que se derritió antes del desayuno.
Estoy de vuelta en la escuela, que es más ruidosa que nunca, tan ruidosa que produce ecos.
El señor de los sueños ha resultado ser la novelización de «El que da forma», que es una variación del Telepathist, de John Brunner, o tal vez al revés. No sé cuál de los dos se escribió primero, pero yo leí antes a Brunner. La idea misma de tratar los sueños ya es rara. El señor de los sueños es un buen libro, pero muy perturbador. Resulta inconcebible que lo haya escrito la misma persona que ha escrito los libros de Ámbar, que son tan divertidos.
La gente se muestra conmigo más afable que antes. Sharon me ha dicho hola y me ha dado la bienvenida cuando he ido a inglés después del almuerzo. Daniel había insistido en ver qué tal me encontraba después de levantarme y no me ha traído de vuelta a la escuela hasta media mañana. Sigo siendo la misma. El frío ha hecho que la pierna vuelva a comportarse como una veleta oxidada, pero la tengo mucho mejor de lo que estaba antes de la acupuntura, así que casi ni me doy cuenta.
No le he perdonado a Sharon que me diera la espalda. Seré educada y amable con ella, pero no voy a dejar de llamarla Shagger cuando lo hace todo el mundo. Sin embargo, Deirdre, que ha permanecido siempre a mi lado, tiene mi lealtad eterna, y la palabra «Dreary» no saldrá nunca de mis labios. Sorprendentemente, aunque hoy cojeo más que nunca, todo el mundo me llama Commie. Quizá mi paso por el hospital ha hecho que me respeten un poco. Pero gracias a Dios, no se ha acercado nadie por allí a interesarse por mí.
Resulta muy agradable volver a ver a la señorita Carroll. Nunca me molesta cuando estoy leyendo o escribiendo en sus dominios, pero siempre tiene palabras amables para mí cuando paso frente a su escritorio. Casi me había acostumbrado a esta biblioteca, con su madera y sus estanterías encantadoras, pero, al verla ahora, me sorprende lo fantástica que es. Me gustaría disponer de una habitación como esta en mi casa, cuando algún día tenga mi propia casa, cuando sea mayor.
La isla de los muertos es muy rara. Me gusta la idea de construir mundos, los dioses alienígenas, los extraterrestres y toda la ambientación. Pero tengo mis dudas en lo que respecta a la trama.
JUEVES, 24 DE ENERO DE 1980
Esta noche vamos a ver La tempestad al Teatro Clwyd de Mold. Nadie parece mostrar el más mínimo interés, así que yo también finjo que no me interesa. Deirdre dice que odia a Shakespeare. Ha visto El cuento de invierno y Ricardo II, y dice que odia las dos obras. La única explicación que se me ocurre es que la compañía teatral debía de ser muy mala, porque una representación de Ricardo II tiene que ser estupenda. «Sentémonos en tierra a contarnos historias tristes de la muerte de los reyes».
La actitud amigable parece que dura. ¿Acaso creían que fingía con lo de la pierna? ¿O es que ha ocurrido algo más? Actuaré con precaución, como si todo fuera normal, pero me mostraré siempre reservada con ellas, porque si digo algo me lo echarán en cara.
Estoy leyendo El Señor de los Anillos. De repente me apeteció. Casi me lo sé de memoria, pero aún puedo sumergirme en él. No conozco ningún otro libro que sea como emprender un viaje. Cuando lo he dejado un rato para escribir esto, me he sentido como si también estuviera esperando con Pippin los ecos de esa roca que ha caído al pozo.
VIERNES, 25 DE ENERO DE 1980
El primer error que ha cometido la Touring Shakespeare Company en la producción de La tempestad es que una mujer interpretara a Próspero. La actriz era muy buena, pero la obra no funciona con una madre. Toda la trama se centra en la oposición entre masculino y femenino: Próspero y Sycorax, Calibán y Ariel, Calibán y Miranda, Ferdinando y Miranda. Pero supongo que así convierten la relación entre Próspero y Antonio en un asunto hombre-mujer. Supongo que lo que realmente no funcionaba era la relación entre Próspero y Miranda. Para mí no funciona bien la relación madre-hija, al menos si se pretende que Próspero siga siendo un personaje que despierte alguna simpatía. Yo lo veo como un hombre remoto y demasiado bueno para atarlo a un bebé, pero una mujer así es demasiado antinatural para despertar simpatías. No es que yo quiera decir que las mujeres deben limitarse a criar a los hijos, pero resulta interesante el hecho de que lo mismo que en un hombre significa dar lo mejor de sí, en una mujer parece negligencia.
Aun así, Próspero es negligente, se mire por donde se mire. Debió de ser el peor duque de Milán que haya existido jamás, y lo volvería a ser. Desde luego, puedo sentir cierta simpatía hacia el hecho de que se pasara horas en la biblioteca leyendo libros en vez de preocuparse por lo que se supone que debería estar haciendo. Pero nada permite esperar que no vaya a seguir haciendo exactamente lo mismo cuando regrese. De hecho, seguro que será mucho peor, porque querrá ponerse al día de todo lo que han escrito sus autores preferidos mientras ha estado atrapado en la isla. Antonio sería probablemente mucho mejor duque. Sin duda, es un bastardo maquinador, pero tendría a todo el mundo contento, porque eso le beneficiaría a él. Lo más probable es que el pueblo se sintiera horrorizado ante el regreso de Próspero, rodeado de libros o no.
Voy a hablar muy poco de esto en mi trabajo sobre la obra de teatro. Pero desde luego, lo que no va a aparecer en absoluto es lo que pienso sobre las hadas, que eran brillantes y sorprendentemente vivas.
Ariel no ha hablado, ha recitado todo su texto cantando. Llevaba puesto algo blanco, quizá unas mallas, con velos alrededor que flotaban cuando se movía o gesticulaba. Llevaba la cabeza afeitada y cubierta con un velo. Cuando al final se libera, se le caen todos los velos y por primera vez le podemos ver la cara, su expresión como hada resultaba convincente. Me pregunto si la actriz habrá visto alguna. Cantar ha sido una buena manera de imitar su extraña forma de comunicación; bien por Shakespeare, bien por la Touring Company. Shakespeare debió de conocer bastante bien a las hadas. Hizo lo mismo que hago yo y tradujo lo que dicen ellas por lo que se supone que querían decir.
Calibán, bueno… ¿Qué es Calibán? Cuando leí la obra creí que era un hada, un hada poco fiable, con verrugas y extraña. Pero al ver la representación he empezado a pensar. Su madre, Sycorax, era una bruja. De su padre no sabemos nada. A Sycorax no la vemos nunca. ¿Era Próspero su padre? ¿Es el hermanastro de Miranda? ¿O ya estaba allí cuando ellos llegaron, como él dice, dando la bienvenida, para convertirse luego en sirviente? Quiere violar a Miranda («Así poblaré esta isla de Calibanes»), pero eso no lo convierte necesariamente en humano, ni tampoco a su madre. Podría ser humano, o medio humano, porque se le puede tocar y se le pueden dar golpes, a diferencia de las hadas. Ayer por la noche hubo un montón de golpes y de humillaciones. Lo que a mí me parece ese Calibán en particular —el Calibán de Peter Lewis (según consta en el programa)— es que se encontraba entre dos mundos. No sabía a cuál de ellos pertenecía.
Shakespeare debió de conocer algunas hadas. Ya sé que dije lo mismo de Tolkien, y de verdad creo que Tolkien las conocía. Creo que muchísima gente las ha visto.
Lo que más me gusta de Shakespeare es el lenguaje. Hemos regresado en autobús, pero yo seguía sumergida en él, y le tuve que pedir a Deirdre que repitiera lo que me decía, pues la primera vez no la había entendido. No sé qué pensó respecto a eso. Tuvimos una conversación sobre cómo sería la vida de casados de Miranda y Ferdinando, y cómo se adaptaría ella a Italia después de haber vivido en una isla. ¿Sería capaz de soportar ese mundo nuevo y tan diferente? Deirdre cree que lo haría mientras siguiera enamorada. Pero ¿te imaginas enfrentándote a todo un mundo cuando en tu vida solo has conocido a tres personas, y más cuando dos de ellas no son exactamente personas y la tercera es el remoto Próspero? ¡Lo que debe de ser acostumbrarse a la moda, a los sirvientes y a los cortesanos! Deirdre opina que fue cruel por parte de Próspero no educarla para ello. Pero quizá enseñarle a hacer magia había sido algo mucho más cruel.
Próspero rompe su báculo y hunde sus libros en el agua porque es imposible llevarse la magia de regreso a casa. Si la hubiera podido llevar consigo de vuelta, ¿se habría convertido en Saruman? ¿El poder corrompe? ¿Siempre? Estaría bien conocer a alguna persona que hiciera magia y no fuese mala. Bueno, está Glorfindel, pero no estoy segura de que las hadas cuenten. Las hadas son diferentes. El otro contraste interesante con Próspero es Fausto.
Carta de Daniel informando de que la acupuntura está acordada para el jueves y ya está pagada; también dice que ha escrito a la escuela pidiendo que me permitan ir e incluye diez libras para el billete de tren y las comidas. Cuando consiga cambio, me guardaré la mitad en el fondo de huida-emergencia.
SÁBADO, 26 DE ENERO DE 1980
He conseguido ir a la biblioteca, pero Greg no estaba. No es el sábado que le toca trabajar. He devuelto mi enorme pila de libros y he recogido los que me estaban esperando. Me gustaría haber quedado con alguien, pero no pude porque el martes no estuve. Esperaba ver a Greg para preguntarle cuál es el tema de la próxima reunión.
He ido hasta la librería dando un paseo, y no había nadie. No he comprado ningún libro. Caía una llovizna muy poco prometedora. Me he sentado en el café, me he comido un bollo de miel y me he puesto a leer, levantando la vista de vez en cuando para contemplar la lluvia. Siempre he oído decir que es un tiempo ideal para los patos, pero los patos reales del estanque tenían un aspecto tan deplorable como todo lo demás. Aunque los machos ya están desplegando sus colores primaverales. Quizá esta fuera una lluvia primaveral. He pensado que a estos patos les habría ido bien en la Ciénaga de los Muertos. He comprado un par de bollos para Deirdre y para mí; realmente no vale la pena malgastar el dinero con Sharon, por mucho que vuelva a hablarme.
La tienda de segunda mano estaba abierta y he estado mirando libros. No había nada interesante, excepto un mapa plegable de Europa, de tela (creo que era lona), con una Alemania enorme y sin Checoslovaquia. Me imagino que debe de ser de la guerra, o de poco antes. Alguien le había dibujado una línea con rotulador rosa, pero por lo demás estaba en buenas condiciones. Los países estaban pintados en tonos pastel, no en colores vivos, como en los mapas actuales. No me he podido resistir, solo costaba cinco peniques. No sé lo que voy a hacer con él. Pero los mapas son estupendos.
He regresado lentamente hacia el centro del pueblo y he pasado por Smiths, que normalmente es una pérdida de tiempo, pero hoy me he visto recompensada con un ejemplar de la Isaac Asimov’s Science Fiction Magazine. Me pregunto de dónde habrá salido. Ojalá les llegue con regularidad. Lo he comprado, junto con un paquete de Rollos, que me encantaría compartir con Frodo y con Sam si pudiera, pero no puedo. También le he comprado al abuelo una tarjeta, en la que se ven el mar y un castillo de arena, que me recuerda las vacaciones de verano, y a él también se las recordará.
Gill estaba en la parada del autobús.
—¿Hoy no ha venido tu novio? —ha preguntado.
La he mirado directamente a los ojos.
—No es que sea de tu incumbencia, pero Hugh es solo un amigo, no mi novio. Asiste al club de lectura.
—Oh. Lo siento —se ha disculpado.
Me ha sorprendido que me creyera. Menos mal que no me ha visto con Wim, o no lo habría podido decir con tanta convicción, aunque también hubiera sido verdad.
DOMINGO, 27 DE ENERO DE 1980
La manera de hacerte popular en esta escuela es ir al hospital y regresar. O quizá se trate de que alguien haya estado diciendo que has sido valiente. Sé que Deirdre lo ha estado diciendo. ¿Quizá es que antes creían que no me pasaba nada en la pierna? O quizá sienten pena por mí. Espero que no. Eso es algo que odio. Pero en cualquier caso, hoy he recibido siete bollos, contando el mío de miel. Dos bollos glaseados, dos bollos Chelsea, una magdalena glaseada y un pastelillo de crema. No me los he podido comer todos y le he dado un bollo Chelsea a Deirdre. No he hecho nada para que ocurra esto, ni magia ni nada en absoluto. Es curioso. Se lo he preguntado a la señorita Carroll y me ha dicho que seguramente se debía a que había estado en el hospital y había salido de allí sin hacer un drama de ello, y además lo habían mencionado en las oraciones y ahora las chicas lo tenían en la cabeza cuando iban a comprar bollos. Quizá. Pero me parece muy raro.
Le he escrito a Sam una carta muy alegre explicándole que su idea de la acupuntura ha sido estupenda. Como aún no he empezado los libros que me dejó, no le he dicho nada de ellos. También he escrito a Daniel, contándole cosas de La tempestad, y a tita Teg, explicándole lo de la acupuntura y lo de la obra de teatro. Le he enviado la tarjeta al abuelo.
He llegado hasta la batalla de los Campos del Pelennor, que es posiblemente lo más grande que se ha escrito nunca.
LUNES, 28 DE ENERO DE 1980
Aujourd’hui, rien.
Esto es lo que escribió Luis XVI en su diario el día del asalto a la Bastilla.
He ayudado a la señorita Carroll a catalogar algunos libros nuevos y a colocarlos en las estanterías. Todos ellos, con un aspecto terrible, pertenecen a la categoría de obras sobre adolescentes con problemas: drogas, o padres que abusan de ellos, o novios que presionan para tener relaciones sexuales, o la vida en Irlanda. Odio este tipo de libros. Sobre todo porque son inevitablemente deprimentes, por más que sabes que al final todo el mundo va a superar sus problemas y empezará a Crecer y a Comprender Cómo Funciona el Mundo. Casi se pueden ver las mayúsculas. He leído media tonelada de libros Victorianos infantiles, porque en casa estaban por todas partes: Elsie Dinsmore, Mujercitas, Eric, or Little by Little y What Katy Did. Son de autores diferentes, pero todos comparten el mismo tipo de moralina. Del mismo modo, los libros sobre problemas de adolescentes comparten un mismo tipo de moralina, aunque no es tan pintoresca ni se formula con tanta claridad como en los libros Victorianos. Si alguna vez necesitara un libro sobre cómo superar las adversidades, prefiero que me den Pollyanna antes que cualquiera de Judy Blume, aunque no comprendo la razón por la que alguien puede llegar a leer alguno de los dos, con la cantidad de ciencia ficción que existe. Incluso, se puede aprender más sobre lo que es crecer y sobre el comportamiento ético en Space Hostages o en Ciudadano de la galaxia, entre otros libros escritos para niños.
He escrito mi trabajo sobre La tempestad y la mayor parte del de Deirdre, para que lo copie a la hora de los deberes. Para que no sean iguales, el suyo lo he centrado sobre todo en Miranda y el mío, en Próspero. A cambio, ella está resolviendo mis mates. No llego a comprender todas esas ecuaciones simultáneas, y menos ahora que me he perdido algunas explicaciones.
He terminado El Señor de los Anillos, con la tristeza habitual de llegar al final y que ya no quede nada más.
MARTES, 29 DE ENERO DE 1980
Esta noche, club de lectura, pero no sé cuál es el tema.
MIÉRCOLES, 30 DE ENERO DE 1980
¡El tema era Tiptree! Me alegra mucho que supiera de entrada que es una mujer, porque habría sido una sorpresa desagradable descubrirlo cuando todos hubieran empezado a decir «ella». No he leído todo lo de Tiptree, solo las dos colecciones, y veo que tendré que solucionarlo. No tuve ningún problema para participar en la conversación, porque estuvimos discutiendo durante una eternidad sobre «La muchacha que estaba conectada» —que es una historia brillante— y sobre «Amor es el plan, el plan es morir», dos relatos que conozco muy bien. Harriet condujo la tertulia, lo cual me pareció muy bien, aunque recordé que también había dirigido la sesión sobre Le Guin, y eso me dio que pensar. ¿Por qué las dos sesiones dirigidas por Harriet han sido sobre escritoras, y en cambio ninguna de las que dirigieron hombres han estado dedicadas a mujeres escritoras?
A Keith no le gusta Tiptree, cree que está en contra de los hombres y lo pensaba incluso cuando creía que ella era un hombre. Cree que «Houston, Houston» es una historia de terror. A mí no me lo parece, aunque puedo comprender que los hombres se sientan amenazados.
Era el cumpleaños de Pete, así que al terminar fuimos todos al pub a tomar algo. Brian planteó una pregunta divertida que dijo haber escuchado en el trabajo: «¿A quién preferirías conocer, a un elfo o a un plutoniano?». Tuve que reflexionar durante un buen rato porque la cuestión suponía una elección entre pasado y futuro, o entre fantasía y ciencia ficción. Yo he conocido a un montón de elfos, aunque no son exactamente elfos (no como los elfos de Tolkien). Respondí que preferiría conocer a un plutoniano, como todos los demás, con excepción de Wim, quien aseguró que prefería conocer a un elfo, y no hubo forma de convencerle de lo contrario.
La próxima semana, Wim dirigirá la sesión sobre Zelazny. Le devolví los dos libros que me había prestado y él me dio Doorways in the Sand y Señales en el camino.
Me preguntó si nos podíamos ver el sábado. Le dije que sí y que quizá podría conocer a un elfo. Me miró como si quisiera creer lo que le decía, pero sin estar del todo seguro.
—¿Dónde? —preguntó.
—Podemos buscarlo en el Poacher’s Wood, así que podríamos encontrarnos en la pequeña cafetería que hay justo delante —propuse.
—Esos bosques son propiedad de Harriet —me explicó—. Eh, Harriet, ¿te importa si el sábado Mori y yo paseamos por tus bosques?
Harriet abandonó la conversación con Hussein y Janine sobre si Tiptree era misógina o no y enarcó las cejas.
—No hay inconveniente, William, aunque verás que en esta época del año aún están un poco embarrados. Me parece que es demasiado pronto para las violetas o las prímulas.
No sabía que el nombre de Wim en realidad era William, pero tiene lógica. Me pregunto por qué no lo llamarán Will o Billy.
Mientras tanto, Janine me estaba lanzando una mirada como la de Gill cuando me vio con Hugh. Me pregunto por qué Wim tuvo que anunciar que nos veríamos el sábado. Y si quedamos para que pueda ver un hada, o ver algo de magia, y eso es lo que piensa que sucederá, ¿por qué quiere que los demás lo sepan? No van a creerle aunque se lo explique. Cuando cuentas cosas así, la gente cree que estás loca o que mientes, tal como él pensará de mí si no vemos nada. No importa lo que diga, no voy a hacer magia solo para complacerle. Además, siempre es posible negar la magia, si quieres negarla, claro, y es muy posible que él quiera hacerlo. ¿O acaso quiere que los demás sepan que voy con él a algún sitio? ¿Y por qué? Así si le recriminan a él, ¿también me tienen que recriminar a mí? De hecho, eso era precisamente lo que estaba haciendo Janine.
Todo es tan complicado… Quiero tener un montón de amigos, no solo uno.
En el camino de regreso, en el coche, Greg me advirtió sobre Wim. No fue tan claro como habían sido Janine y Hugh. Solo me dijo que Wim había tenido una novia a la cual había metido en problemas y que debía tener cuidado con él.
—No se trata de eso —le expliqué—. Tiene novia. No está interesado en mí. Yo tengo una pierna mal, un aspecto extraño y voy a engordar porque no puedo hacer ejercicio y me paso el día comiendo, mientras que Wim…, bueno, Wim puede conseguir a quien quiera.
—Tienes una sonrisa encantadora —replicó Greg, que es lo que dice todo el mundo. Se trata de una respuesta automática, cada vez que digo que no soy guapa, de lo cual estoy segura.
—Además, es mucho mayor que yo.
—Dieciocho meses, no sesenta años —puntualizó Greg—. Y no estoy ciego. Diría que él está interesado en ti y tú en él. He visto cómo os miráis.
No podía decirle que Wim me miraba de esa forma porque pensaba que podía leer la mente como en Muero por dentro (¿de dónde sacaría esa idea?), ni tampoco que quiere ir al bosque conmigo para ver un hada.
—Tendré cuidado.
Para Wim debe de ser horrible que todo el mundo que conoce sepa lo que ha ocurrido, y que avisen de ello a todo el mundo a quien pueda llegar a conocer. Eso fue lo mismo que dijo Hugh. Hugh no asistió ayer por la noche al club de lectura y no sé dónde está. Hace siglos que no lo veo.
JUEVES, 31 DE ENERO DE 1980
Ha sido estupendo poder salir de la escuela a la hora de comer para coger el autobús. Parecía una huida. No tengo la pierna especialmente mal, lo cual ha contribuido a mi bienestar general. He tenido que pasar delante de todo el mundo. Dos autobuses y un tren y estaría en Shrewsbury, así de fácil. El tren es pequeño y no se diferencia demasiado de un autobús. La mayor parte de las personas que iban en él procedían de Gales del Norte, tenían voces de Gales del Norte y decían «sí/no» al final de todas las preguntas, como hace la gente de Gales del Sur cuando se quieren burlar de ellos. «¿Quieres una taza de té del buffet, sí/no?». «¿Estamos entrando en Shrewsbury, sí/no?». Suprimir esa coletilla era imposible. No me he reído, pero a punto he estado de hacerlo. Es difícil no reírse cuando alguien es exactamente igual que su parodia.
La acupuntura me ha ido bien. Mientras estaba tendida en la mesa no tenía ningún dolor. Es maravilloso, resulta tan agradable no sentir dolor, ni siquiera un dolorcillo que se aleja hasta convertirse en un malestar de fondo, nada. Durante muchos años ha sido así, pero me resulta difícil recordarlo. El dolor lo tiñe todo. Como mi sueño de la bailarina con el bastón.
Después he ido a una cafetería y he comido una patata asada con ensalada de huevo, un bocadillo de atún con mayonesa y un double decker[8]. Me he sentado en un reservado y he leído un buen rato (Charisma, que es brillante pero inquietante); en el reservado estaba sola y he pasado desapercibida. Era como si no fuese yo, como si una «persona entre la multitud» o un «escolar leyendo un libro en una cafetería». Me habían llamado de la agencia de casting y cuando vuelva tendrán otro papel para mí. Nadie se fijará en mí. Soy una parte insignificante del paisaje. No hay nada que te haga sentir más segura.
Después, he vuelto andando a la estación y he pasado por delante del Owen Owens, donde fui de compras con las tías. Son unos grandes almacenes, no solo de ropa, y recuerdo que me fijé en que tenían una sección de papelería. He entrado para ver si tenían plumines para mi pluma. El problema de escribir hacia atrás con una pluma es que te cargas el plumín; los zurdos tienen el mismo problema, de manera que los plumines se desgastan enseguida. Como aquí escribo mucho y casi siempre hacia atrás, devoro los plumines. Así que he entrado a mirar si tenían, y he comprado uno, pero lo mejor ha sido que desde la sección de papelería he vislumbrado la librería.
Ahora ya sé que algunos grandes almacenes tienen una sección de librería. Harrods la tiene. Mi ejemplar de El Señor de los Anillos en tres hermosos volúmenes con los apéndices provenía de allí, de cuando tita Teg fue a Londres. Pero Howells y David Morgans, en Cardiff, no las tienen —probablemente porque no compiten con Lears— y no creía que pudiera haber una en Owen Owens. Bueno, alegría y éxtasis, allí estaba. Y lo mejor de todo: para mi sorpresa, he encontrado un libro nuevo de Heinlein: El número de la bestia, en edición de bolsillo de NEL de enero de 1980; ¡recién salido del horno! Lo he comprado sin pensármelo dos veces y ni siquiera he tenido que recurrir al dinero del fondo de reserva para hacerlo.
Casi lo empiezo en el tren, pero me he comportado y no solo he terminado Charisma, sino que he empezado Doorways in the Sand. Tener un nuevo libro de Heinlein, y gordo, del que no he leído ni siquiera una palabra, me proporciona una sensación enormemente agradable. Como una recompensa. Me siento exultante y feliz solo de pensar que está allí, esperándome.