JUEVES, 1 DE NOVIEMBRE DE 1979

Cuanto más pienso en ello, menos entiendo lo ocurrido. ¿Cada valle tiene una abertura como la de este? ¿Qué pasa con la gente que muere en el llano? La entrada ¿es antigua, mucho más vieja que la fundición, o la abrió la extracción de hierro donde antes solo había una colina limpia? ¿Y adónde han ido? ¿Y eran en realidad ellos, todos ellos? ¿Y qué ha pasado con Mor? ¿Dónde está ahora? Después de todo, ¿la ha cogido mi madre? ¿La ayudarán las hadas? ¿Qué pasa con los serbales? Nunca he oído nada acerca de que el serbal sea el árbol de la muerte; se supone que es el tejo, el tejo de los cementerios. Pero eran hojas de roble, hojas de roble doradas y secas. Todavía tengo una en la mochila. No significa que alguien se haya quedado atrás: Mor tenía una, y aún había hojas en el suelo cuando me fui; llevé más que suficientes. Creía que las había arrojado todas, pero quedaba una dentro de la contracubierta de Babel 17. ¡Qué libro más extraño! ¿De verdad que el lenguaje puede moldear la forma de pensar? Quiero decir, ¿de esa manera?

Hoy parece que solo tengo preguntas.

Estaba destrozada, y, de mi pierna, mejor no hablar, así que me he quedado en casa y me he pasado todo el día leyendo. Después he hecho la cena para tita Teg, para cuando regresara a casa de la escuela: champiñones cocinados con cebolla, queso y crema, y patatas asadas con más queso y guisantes. Me ha dicho que había sido muy amable y que suponía que los hombres tenían eso todos los días, si estaban casados, y que lo que necesitaba no era un esposo que esperase que ella hiciera eso sino una esposa que lo hiciese. Ha sido una alegría cocinar con alimentos de verdad. Hay algo tan esencial en ello… No es que estuviera haciendo ningún tipo de magia, porque está mucho más allá de la magia coger champiñones grandes y patatas peladas y convertirlos en algo totalmente delicioso. Solo estaba haciendo la cena. Pero me pregunto hasta qué punto cocinar algo para los demás no es algún tipo de magia, algún tipo que no conozco. Creo que es posible que lo sea. Los platos de tita Teg me quieren tan poco como Persimmon. Los cuchillos y los peladores no me cortan, pero se vuelven toscos en mis manos. Saben que yo no soy la persona que se supone que los debe usar.

Se supone que existe una novela de fantasía de Heinlein titulada Ruta de gloria. ¡Seguro que está muy bien! Me pregunto si la tendrá Daniel. Si no es así, siempre queda el bendito préstamo interbibliotecario.

VIERNES, 2 DE NOVIEMBRE DE 1979

Hoy he vuelto a subir hasta Aberdare en autobús. No había ni el menor rastro de Mor o de algún hada, pero seguía teniendo la sensación de que desaparecían en cuanto las buscaba y que aparecían precisamente donde no las podía ver. Por supuesto, esto es un juego, pero no quiero jugar a él. Quiero respuestas, aunque debería saber lo difícil que es que te den respuestas directas, incluso cuando quieren algo, y ahora está claro que no quieren nada.

He ido a casa del abuelo. Aún tengo la llave de la entrada, aunque va más dura que nunca y resulta muy difícil meterla en la cerradura. Tita Teg la mantiene limpia, pero a pesar de eso tenía algo de polvo y olía a cerrado. Es una casa muy pequeña, embutida entre otras dos. Cuando vivía allí tita Florrie no tenían cuarto de baño; se bañaban en la cocina, y el lavabo era un ty bach en el exterior. No había cambiado nada desde que vivían allí mis bisabuelos. Mi abuelo instaló unas cañerías en condiciones cuando ocupó la casa. Me gustaba bastante el baño en la cocina, al lado del fuego de carbón. Resultaba sorprendentemente acogedor. Pero odiaba salir para ir al lavabo, en especial por las noches.

Se mudó después de la muerte de Mor, para alejarse de mi madre. Todo el mundo huye de ella. Oficialmente yo no he vivido nunca aquí. Oficialmente vivía con ella. Incluso he pasado algún tiempo viviendo con ella, cuando insistía, pero lo normal era que no, mientras el abuelo estuvo bien. Tenía mi dormitorio, con mi cama de casa y mi caja azul. Dejé la mayor parte de mis libros y de mi ropa en su casa, pero encontré un jersey de lana de Mor y mis tejanos cortos con un león, y un ejemplar de Destinies. Destinies es una revista americana de ciencia ficción que se publica en formato de libro de bolsillo; la venden en Lears, y me encanta. Allí, en Lears, compré el último número —«Abril-Junio»— el lunes. Lo estoy guardando para leerlo en el tren.

Así que dejé unos pocos libros. Sé que no los podré recuperar hasta Navidad, pero realmente se me están acumulando, y estoy bastante segura de que no querré releer ninguno de estos en un futuro cercano. En la escuela no tengo mucho sitio. En cualquier caso, aunque los eche en falta, me gusta que estén aquí. Si el abuelo se recupera lo suficiente para salir de Fedw Hir y volver a casa, yo también podré regresar. A Daniel no le preocupa y no creo que le importe. Tengo la sensación de que en este momento no vivo en ningún sitio, y odio esta sensación. Pensar que en el alféizar de mi habitación hay ocho libros en orden alfabético es reconfortante. También es magia, es un vínculo mágico. Mi madre no puede entrar, y aunque pudiera, están los libros. No se puede hacer magia con los libros a menos que sean ejemplares muy especiales.

Y no pasa nada si puede entrar, pues también tiene todas mis otras cosas. Tiene todo lo mío, y no hay modo de que me lo devuelva.

Si la derroto de nuevo, y creo que lo haré, ¿querrá vengarse? No será como la última vez. Resulta extrañamente decepcionante, en especial desde que no puedo encontrar a Glorfindel para plantearle los nueve millones de preguntas que tengo.

No he podido cerrar la puerta principal. La he cerrado desde dentro y he salido por la puerta trasera, y después he dejado dentro la llave de esa puerta metiéndola por la rendija del buzón. Se lo he dicho a tita Teg, que es la próxima persona que irá.

Esta tarde he visto a Moira, a Leah y a Nasreen cuando han salido de la escuela. Me han preguntado cómo era Arlinghurst y no se lo he contado, excepto algunos detalles superficiales. Leah tiene novio, Andrew, que era bueno en mates en Park School cuando éramos pequeños. Se lo he dicho, y Moira ha comentado que algunos de nosotros seguíamos siendo pequeños. Ella ha pegado un buen estirón. Me pregunto si yo también lo haré. Soy igual de alta desde los doce años, cuando éramos las más altas de la clase, pero ahora me ha pasado casi todo el mundo. Me han contado todos los cotilleos. Dorcas, que siempre era la primera en francés y galés, cuyos padres son una especie de chiflados religiosos, adventistas del Séptimo Día o algo por el estilo, se ha quedado embarazada. Sue se ha marchado, porque sus padres se han trasladado a Inglaterra. Todo era realmente normal, pero también muy extraño, como si estuviera fingiendo.

Mañana regreso a Shrewsbury, justo cuando ellas ya no tienen clase y podríamos hacer algo juntas.

SÁBADO, 3 DE NOVIEMBRE DE 1979

El tren de Crewe es mucho más pequeño que el de Londres. Tiene los vagones pequeños, con un pasillo en medio y asientos de ocho a los lados, una especie de bancos unos enfrente de los otros. Arriba hay un portaequipajes y fotografías en blanco y negro de sitios que nunca he oído mencionar: en mi vagón, Newton Abbot. Me pregunto dónde estará. Parece bonito. Durante la mayor parte del viaje he estado sola, hasta que una señora de mediana edad y sus dos hijos se han subido al vagón en Abergavenny y se han bajado en Hereford. No me han molestado demasiado. La mayor parte del tiempo lo he pasado mirando por la ventanilla y leyendo, primero, mi Destinies, y después he empezado Callahan’s Crosstime Saloon, de Spider Robinson, que también compré en Lears.

El tren recorre la frontera galesa. En cuanto se aleja de Cardiff y Newport, todo son colinas y campos mientras atraviesa la frontera. El sol iba y venía, como suele ser su costumbre en otoño, con esa extraña luz de las tardes otoñales que casi parece una acuarela. Las nubes proyectaban zonas de oscuridad sobre las montañas, y cuando había una zona de sol, la hierba casi parecía luminosa, como si pudieses leer con su luz. Desde el tren se puede ver el Sugarloaf. Bueno, se trata de una montaña muy característica. A veces íbamos a Abergavenny, y entonces solíamos cantar una canción en el coche: «Por las colinas hacia Abergavenny, esperando que el tiempo sea bueno». Verlo me proporcionaba una sensación de calidez, aunque solo viera la estación del ferrocarril y las colinas que se elevaban detrás. Cuando le escriba al abuelo le contaré que he pasado por aquí. Después de Abergavenny, el tren cruza en algún punto la frontera con Inglaterra, porque Hereford está en Inglaterra y Ludlow es sin ninguna duda inglés. Ludlow es un pueblo pequeño. Visto desde el tren se parece a Oswestry, aunque un poco más acogedor.

La última parada antes de Shrewsbury es Church Stretton. Aquí se ha subido un montón de gente a mi vagón y el rincón maravilloso en el que me había sentido tan cómoda ha quedado un poco abarrotado. Mi corazón se ha desanimado un poco también. He conseguido disfrutar del viaje hasta ese punto sin pensar hacia dónde me dirigía.

Daniel no me estaba esperando en la estación de Shrewsbury. Pensé que estaría en el andén, pero no estaba. He salido por la barrera y he esperado en el aparcamiento. He pensado en tomar un autobús, pero no tenía ni la más mínima idea de qué autobús tenía que coger ni desde dónde vendría. También está esto: en los valles sé adonde van todos los autobuses, y cuáles son sus rutas, y cuáles me pueden ser útiles. Los rojos y blancos van a Cardiff, en tanto que los rojos oscuros son locales. Resulta fácil pensar en que conocía los dranvías y en cómo encajaba todo, pero nunca había reflexionado en lo útil que es conocer los autobuses, hasta que estuve allí de pie y me sentí bloqueada. Llevaba mi mochila y una bolsa con libros, es decir, no es que fuera cargada de equipaje, pero tampoco era lo mismo que ir sin nada.

De las diez libras me quedaban dos con diez. (Puede que no parezca mucho dinero, pero es que había comprado un montón de libros). He vuelto a entrar en la estación, donde hay un W. H. Smith, y he comprado un mapa de Shrewsbury y su distrito con la tapa rosa, editado por el Ordnance Survey, a una escala de pulgada por milla. (Siempre creí que era «Ordinance», pero aparentemente no. Ordnance. Qué palabra más divertida, y también qué concepto más divertido. Cartografiaron el país entero para la logística militar, y ahora le vendían los mapas a todo el mundo. Bueno, yo no estaba planeando una invasión). He vuelto a salir al aparcamiento y me he sentado en un banco. He encontrado Mickleham, donde está Old Hall, y estaba pensando que un autobús a Wolverhampton probablemente me dejaría cerca, cuando ha aparecido por fin Daniel. Me he sentido aliviada al ver acercarse el Bentley negro. He doblado el mapa y lo he guardado, pero él lo ha visto.

—Veo que has comprado un mapa —ha comentado.

—Los mapas son muy interesantes, de verdad —he respondido, avergonzada, aunque era él el que debería sentirse avergonzado por llegar tarde.

He subido al coche. Él ha tirado la colilla del cigarrillo por la ventanilla y ha arrancado. No debería hacer eso, ni siquiera en un aparcamiento. Es una mala costumbre. Puede provocar un incendio. Le he dirigido una mirada de desaprobación.

Creo que voy a comprar todos los mapas del Ordnance Survey que pueda. Están dispuestos en cuadrículas lógicas. Puedo coleccionar toda la serie, y al final tendré todo el país. Entonces siempre podré encontrar el camino y saber qué lugares están relacionados con otros. Aunque no me servirían de nada si me los dejara en casa cuando yo estuviera en cualquier otro sitio. Tendré que ser organizada y antes de salir meter en la mochila el mapa del lugar al que vaya a ir, y quizá también el de las zonas limítrofes.

Shrewsbury es donde compramos mis uniformes. Es un pueblo, no una ciudad, y parece que todo está construido con la misma piedra rosácea.

Regresamos a Old Hall para una merienda-cena. Si hay té con galletas, bollos y bocadillos pequeños se trata del té de la tarde, pero si hay algo caliente y de más sustancia se trata de una merienda-cena. En este caso había un plato caliente de pasta con jamón y queso, pero todo lo demás era frío. Los bocadillos eran de atún y pepino, de jamón y perejil y de queso y pepinillos. Me han gustado mucho. Los bollos estaban más secos que el Kalahari. Además, se deshacían en migajas cuando les untabas la mantequilla. Con cuatro años, yo era capaz de hacer ya mejores bollos. No he dicho nada, pero quizá para la próxima vez le comentaré a una de las tías (aún no las sé diferenciar) que me gustaría hacer unos bollos. Parece el tipo de actividad que podrían aprobar.

No han hablado de nada más que de la escuela, y esperaban que yo contribuyera con noticias frescas sobre las maestras y la situación de las casas. Las tres estuvieron en Scott y se preocupan de estas cosas mucho más que yo. No entiendo nada. Son adultas y tienen su propia casa, y es una casa bastante bonita. Pero no hacen nada. No leen, no trabajan y no producen nada. Organizan ventas benéficas para la iglesia. La abuela también solía hacerlo, pero ella tenía un puesto de maestra a tiempo completo. Mantienen en orden la casa, pero ese no es un trabajo a tiempo completo para tres personas. Pagan a mi padre para que gestione la propiedad y el dinero, así que tampoco se ocupan de eso. Son ricas, razonablemente ricas, creo, pero no van a ningún sitio ni hacen nada; solo se quedan sentadas, comen unos bollos horribles y hablan con verdadero entusiasmo de la época en que Scott ganó la Copa. No sé exactamente la edad que tienen, pero nacieron antes de 1940, así que al menos cuentan cuarenta años, y se siguen preocupando por una casa estúpida de cuando estuvieron en la escuela. No están fingiendo para hacerse las interesantes conmigo. Soy capaz de ver la diferencia. Más bien están hablando entre ellas. ¿Por qué se quedan aquí? ¿Por qué no se ha casado ninguna de las tres? Quizá odien a los niños. Desde luego, yo les parezco un suplicio, pero eso no cuenta; si quisieran, podrían tener unos bonitos niños ingleses de clase alta y les enseñarían a no ser maleducados.

Daniel tiene Ruta de gloria y Waldo y Magia, Inc., que, según él, son las dos fantasías de Heinlein. También me presta La espada rota, de Poul Anderson. Aún estoy leyendo las historias de Callahan, que son sorprendentemente dulces, sin parecerse a Telempath, pero estoy disfrutando con ellas.

Mañana, iglesia; después, almuerzo con las tías antes de volver a la escuela. Maldita sea.

LUNES, 5 DE NOVIEMBRE DE 1979

Recuerdo lo lejana que me parecía la escuela cuando estaba en el laberinto, pero un segundo después de mi regreso ya me hallaba totalmente empapada de ella, y era como si no me hubiera ido nunca.

Resulta divertido lo insignificantes que son las partes explicables de mis vacaciones. Solo ha sido una semana, pero han ocurrido tantas cosas en comparación con una semana escolar que podría haber sido un año. Pero cuando me han preguntado sobre lo que he hecho esta semana en la clase de conversación en francés durante la primera hora de esta mañana, solo he podido decir: «Je visité mon grand-père dans Londres et je visité mon autre grand-père dans Pays de Galles». Dos visitas a los abuelos, eso es todo, y todo lo que ha comentado la Madame ha sido que debería haber usado en y no dans. Me hundo en la escuela como en un baño caliente, que se cierra sobre mi cabeza. Aunque les pudiera explicar lo de Halloween, Glorfindel y los muertos, no lo haría.

Ruta de gloria es muy decepcionante. La odio. Abandoné la lectura y me puse a leer el ensayo científico de Asimov que me prestó Gill, lo cual demuestra la intensidad de mi odio. Me gusta Heinlein, pero está claro que no domina la fantasía. Es todo una idiotez. Y si alguien dice «Oh, Scar», nadie va a entender «Oscar», esto ni siquiera es plausible. Es casi tan malo como su cubierta, y eso ya es decir, porque la cubierta es tan mala que hasta la señorita Carroll enarcó las cejas desde su escritorio de bibliotecaria en el otro extremo de la sala. Resulta sorprendente que Tritón, que trata sobre sexo y sociología, tenga en la cubierta la explosión de una nave espacial, mientras que Ruta de gloria, que menciona el sexo solo de vez en cuando, si bien en realidad es una historia de aventuras tonta, tenga una cubierta como esta.

Al parecer se está preparando un concurso poético. Parece que todo el mundo da por supuesto que yo lo voy a ganar, como si fuera una conclusión evidente.

Echo de menos las montañas. Antes no las echaba de menos, excepto cuando pensaba en lo aburridamente llano que es todo por aquí. Pero ahora que he estado en casa y las he tenido a mi alrededor durante un tiempo, las echo mucho de menos, más que a mi familia viva, más que tener la posibilidad de cerrar la puerta del lavabo. En realidad esta zona no es tan llana, sube y baja, y cuando el día es claro puedo ver en la distancia las montañas de Gales del Norte. Pero echo en falta las montañas apelotonadas a mi alrededor.

MARTES, 6 DE NOVIEMBRE DE 1979

Ayer por la noche, fuegos artificiales y una hoguera en los terrenos de la escuela. Vi como se acercaban algunas hadas de fuego. Nadie más las vio. Solo las puedes ver si crees en ellas. Por eso es más fácil que las vean los niños. Las personas como yo no dejan de verlas. Para mí sería una locura dejar de creer en ellas. Pero un montón de niños lo hacen cuando crecen, aunque las hayan visto. Yo ya no soy una niña, aunque tampoco soy una adulta. Debo reconocer que no puedo esperar.

Pero mi primo Geraint, que es cuatro años mayor que yo, vio las hadas mientras jugaba con nosotras en el cwm. Tenía once o doce años, y nosotras, siete u ocho. Le dijimos que cerrara los ojos y que cuando los abriese las podría ver, y las vio. Estaba sorprendido. No podía hablar con ellas, porque él solo habla inglés, pero tradujimos lo que decía y lo que le contestaban. Debíamos de tener ocho años, porque recuerdo que traducía libremente al más puro estilo Tolkien y no leímos El Señor de los Anillos hasta cumplir los ocho. En esa época, cuando teníamos más o menos esa edad, siempre buscábamos a alguien para jugar, preferiblemente un chico, porque en los libros ese es el tipo de grupo que debes tener para entrar en otro mundo. Creíamos que las hadas nos llevarían a Narnia, o a Elidor. Geraint parecía un buen candidato. Vio las hadas y se sintió sobrecogido por ellas. Le gustaban y él les gustaba a ellas. Pero vivía en Burgess Hill, cerca de Brighton, y solo venía a Aberdare a pasar el verano, y al verano siguiente ya no las podía ver; nos dijo que era demasiado mayor para jugar, y recordaba lo que había ocurrido como si fuera un juego en el cual habíamos fingido que éramos hadas. Lo único que le interesaba era jugar al fútbol. Nos fuimos corriendo y lo dejamos en el jardín con su estúpida pelota, desconsolado, pero no les dijo a los adultos que lo habíamos dejado abandonado. Durante la cena contó que había pasado un día estupendo jugando. Pobre Geraint.

Esta mañana he recibido una carta, que no he abierto, y también una carta de Sam. Me pregunta si me ha gustado Platón y si he encontrado algo más; escribe igual que habla. Le contestaré el domingo. En la biblioteca de la escuela no tienen nada de Platón. Le pregunté a la señorita Carroll y me contestó que como no enseñan griego no es necesario. Es posible que tenga problemas con el préstamo interbibliotecario, porque no conozco a los traductores y ni siquiera los títulos. Pero puedo pedir los que aparecen en El banquete. Haré esto.

Penguin es la mejor editorial citando otros títulos, aunque no los publiquen ellos. Para el sábado tengo una lista enorme de peticiones, porque Por el tiempo tiene una larga lista de obras de Robert Silverberg. También voy a pedir Beyond the Tomorrow Mountains. Sylvia Engdahl escribió aquel libro brillantísimo titulado Heritage of the Star, que publicó Puffin y forma parte de Penguin, y yo lo leí. Trata de una gente que vive con un montón de supersticiones, pero también con algo de tecnología, que creen que es mágica, y están oprimidos por los académicos y los técnicos, y a todos los que piensan diferente los llaman heréticos. También hay unos colonizadores en otro planeta, pero no lo saben, y es brillante. Les prometen que, cuando sepan, cuando todo esté bien, podrán ir «Más allá de las montañas de Mañana», y hay una secuela con ese título, pero nunca la he encontrado por ninguna parte, aunque llevo tiempo buscándola.

El concurso poético es de alcance nacional. Todas las alumnas de Arlinghurst tienen que escribir un poema y después escogerán el mejor de cada clase para enviarlo. No puedo creer que la gente piense realmente que yo voy a ganar. De acuerdo, siendo realista, puedo ganar en quinto inferior C o probablemente incluso en todas las clases de quinto, porque el nivel académico general no es demasiado alto. Pero ¿a todos los chicos de quince años del país? Ni hablar. El mejor de la escuela recibirá cincuenta puntos para su casa. Eso hace que todo el mundo tenga mucho interés. Los cien mejores poemas del país se publicarán en un libro, y el mejor ganará cien libros y una máquina de escribir. Me gustaría mucho tener una máquina de escribir. No es que sepa mecanografía, pero los manuscritos se tienen que enviar a máquina a las revistas.

Deirdre se ha acercado furtivamente durante el almuerzo y se ha sentado en un asiento a cierta distancia, como por casualidad, pero lo ha hecho tan mal que se ha dado cuenta un montón de gente. La pobre parecía asustada pero decidida.

—Mi madre me dijo que debía apoyarte —ha susurrado.

—Bien por tu madre —he respondido en un tono normal.

—¿Me ayudarás con mi poema? —me ha preguntado.

Así que le voy a ayudar a escribir un poema durante la hora de los deberes, lo cual probablemente significa que lo tendré que escribir yo. Todavía no he escrito el mío, pero tengo mucho tiempo hasta el viernes.

JUEVES, 8 DE NOVIEMBRE DE 1979

He escrito el poema de Deirdre y estoy bastante satisfecha. Pero ayer estaba aquí leyendo Waldo y Magia, Inc. (que son dos novelas cortas bastante diferentes), cuando se acercó la señorita Carroll con una pila de libros de poesía moderna, a los que, según ella, podría echar un vistazo.

Parece que la poesía ha avanzado desde Chesterton. ¿Alguien lo sabía? Está claro que la abuela, no, ni nadie en las escuelas en las que he estado hasta ahora. Había visto una estrofa de un poema de Auden, que Delany citaba, y no había oído hablar de T. S. Eliot, ni de Ted Hughes. Me emborraché con Eliot y llegué tarde a clase de latín, lo que me valió un punto negativo. Me vengué traduciendo a Horacio como si fuera Eliot, y la maestra no pudo decir nada porque la traducción era fiel.

He escrito un poema para el concurso. No confío demasiado en él. He llegado a dominar el estilo de Chesterton, cierto que sí, pero tengo la sensación de que no he tenido tiempo para dominar este tema. Va sobre la guerra nuclear y la grafiosis de los olmos, y de cómo deberíamos salir al espacio ahora que aún podemos.

Parece que existe un poema largo de T. S. Eliot titulado Cuatro cuartetos, que no tienen en la escuela. También lo encargaré el sábado. Según la señorita Carroll, T. S. Eliot trabajaba en un banco mientras escribía La tierra baldía, porque ser poeta no da para pagar las facturas.

«Oh, tinieblas, tinieblas, tinieblas… estas perlas fueron sus ojos… Con estos fragmentos he apuntalado mi ruina».

VIERNES, 9 DE NOVIEMBRE DE 1979

No parece tan terrible que se estén muriendo los olmos cuando es otoño y todos los árboles semejan muertos.

Otra carta. Las tendré que volver a quemar. Casi tengo ganas de saber si dice algo sobre lo que he hecho. Me gustaría tener alguna confirmación. Aunque sé que funcionó.

Entrego mi poema. La señorita Lewes lo mira pero no dice nada. La señorita Gilbert, que imparte inglés en sexto, será la jueza.

Tengo la esperanza de que mañana me estén aguardando algunos libros en la biblioteca, porque casi he acabado todos los que tengo. Estoy releyendo Los nueve príncipes de Ámbar.

Sigo soñando con Mor. Sueño que se ahoga y yo no la puedo salvar. Sueño que la empujo contra un coche en lugar de apartarla. Nos atropella a las dos. Recuerdo eso con cada paso que doy, pero no en mis sueños. Sueño que la quemo viva en el centro del laberinto, tirándole tierra encima mientras se debate, y que se le queda enganchada en el cabello.

Hoy hace un año. He intentado no pensar en ello, pero me sigue asaltando a traición.

SÁBADO, 10 DE NOVIEMBRE DE 1979

Mientras me dirigía en autobús al pueblo, la expectativa de ir a la biblioteca me llenaba de alegría. Casi hacía que las calles grises y húmedas parecieran acogedoras; casi, pero no del todo. Estaba lloviznando y el cielo aparecía bajo y pesado.

El bibliotecario se quedó un poco sorprendido ante la cantidad de libros que quería pedir, pero solo me entregó una pila de formularios y me indicó que los rellenase. Me estaban esperando montañas de libros. Después fui hasta la librería y compré Cuatro cuartetos y Cuervo, de Ted Hughes, y Dragonsinger, de Anne McCaffrey. También compré una caja de cerillas.

No compré un libro titulado La ruina del amo execrable, de Stephen Donaldson, que tenía la temeridad de compararse en la cubierta con «el mejor Tolkien». La contracubierta atribuía el comentario al Washington Post, un periódico cuyas citas van a condenar cualquier libro a partir de ahora. ¿Cómo se atreven? ¿Y cómo se atreve el editor? No es una comparación que se pueda hacer, salvo para decir «Comparado con el mejor Tolkien, esto es basura». Quiero decir que esto solo se puede decir de libros de veras brillantes, como Un mago de Terramar. Mi expectativa es que La ruina del amo execrable (título realmente horrible: parece un libro de Conan) sea más bien como Tolkien en su peor momento, que se podría circunscribir al inicio de El Silmarillion.

Lo que ocurre con Tolkien, con El Señor de los Anillos, es que es perfecto. Es el mundo en su conjunto, es todo el proceso de inmersión, es el viaje. Estoy casi segura de que nada es verdad, pero eso hace que sea aún más sorprendente, que alguien se pudiera inventar todo eso. Leerlo lo cambia todo. Recuerdo cuando terminé de leer El Hobbit y se lo di a Mor con el comentario: «Léelo. Es bastante bueno. ¿No hay por algún sitio algún otro libro de este autor?». Y recuerdo cómo lo encontré, también cómo lo robé del dormitorio de mi madre. Cuando se abría la puerta, la luz del pasillo caía sobre los estantes R, S y T. Siempre teníamos miedo de ir más allá, por si ella estaba escondida en la oscuridad y nos atrapaba. Lo hizo una vez, cuando Mor estaba reintegrando La cueva de cristal. En general, cuando cogíamos un libro, movíamos los demás para que no se notase el hueco. Pero El Señor de los Anillos en un volumen era tan gordo que el método no funcionó. Estaba aterrorizada ante la idea de que ella pudiera darse cuenta. Casi no lo cojo. Pero o no se dio cuenta o no le dio importancia… Creo que es posible que estuviera fuera con uno de sus novios. No he dicho lo que quería decir sobre el tema.

Leer a Tolkien es como estar allí. Es como encontrar una fuente mágica en el desierto. Lo es todo. (Excepto lujuria, comentó Daniel. Pero él tiene Lengua de Serpiente).

Es un oasis para el alma. Incluso ahora, siempre puedo retirarme a la Tierra Media y ser feliz.

¿Cómo puedes comparar algo con eso? No me puedo creer la arrogancia de Stephen Donaldson.

DOMINGO, 11 DE NOVIEMBRE DE 1979

Ayer por la noche salí por la ventana del dormitorio en medio de la noche, hice un círculo y quemé las cartas. Nadie me vio. Hice el círculo con cosas que había tiradas por ahí, hojas, ramitas y piedras, y puse la hoja de roble, mi trozo de madera y la piedra de mi bolsillo, que procede de la playa de Amroth. Sentí que funcionaba, sentí como si me encontrara bajo un paraguas. Primero leí las cartas. Quería saber lo que decían. No había que preocuparse. Lo único que decía sobre lo que yo había hecho era: «Siempre has sido la que se parece más a mí». Lo cual es… bueno, un muñeco de nieve se parece más a una nube que un trozo de carbón, pero ninguno de los dos se parecen demasiado entre sí. Construí una pagoda con las cartas y les prendí fuego. No miré las fotos, pero vi que había algunas.

Esparcí las cenizas para que no quedase ningún rastro de ellas. Entonces cogí la piedra del bolsillo y la sostuve en alto frente a la luna (tres cuartos de luna, no sé si es correcto) e intenté convertirla en una protección contra las pesadillas. No sé si funcionó. Recogí la hoja y mi trozo de madera.

Trepé hasta la ventana y me metí en la cama. Todo el mundo estaba dormido. La luz de la luna iluminaba la cara de Lorraine. Tenía un aspecto extrañamente hermoso y distante, como si estuviera muerta, como si llevase siglos muerta y fuera una estatua de mármol sobre su tumba.

El único problema es que si sigue enviando cartas las tendré que seguir quemando. De madrugada es mucho más seguro, estando en la escuela, que cuando hay gente por ahí.

Deirdre me ha dado un bollo, un bollo helado de Finefare, realmente pegajoso y dulce. Vienen en paquetes de seis, así que le ha dado a un sinfín de gente, pero aprecio mucho el gesto. Está bien no sentirse como una paria total.

Le he escrito a Daniel sobre el lugar de Callahan y la arrogancia de Stephen Donaldson. Le he escrito una carta a Sam en la que le hablaba sobre Platón y le he explicado que he pedido más libros suyos. También le he hablado de El último vino, porque, aunque normalmente no le gustan las novelas, esta le puede gustar. Al abuelo le he escrito una carta sobre la travesía de Abergavenny, sobre cómo añoro las montañas y sobre todos los deportes de pelota a los que juegan aquí y con los que yo disfrutaría si pudiera correr. Recuerdo cómo corría. Todo mi cuerpo lo recuerda. Se trata de una memoria cinética, si es que esta es la palabra adecuada. Ha sido una mentirijilla decir que disfrutaría con los partidos. Disfruto mucho más sentada en la biblioteca y leyendo, y detesto que los deportes sean tan importantes para las chicas, cuando en realidad son totalmente triviales. Lo que me gusta es lanzar una pelota, correr y hacerme con ella, no sufrir por el marcador.

¿Qué hay entre Anne McCaffrey y yo, y qué tiene que ver con el hecho de que yo lea primero el segundo libro? Dragonsinger es la secuela de algo que no he visto nunca y que se titula Dragonsong. Lo leo de todas formas. Es extrañamente ligero comparado con los otros dos. Está ambientado en Pern, más que ser un libro sobre Pern, si lo que digo tiene sentido. Me gustaría tener un lagarto de fuego. O un dragón, ya puestos. Llegaría volando sobre mi dragón azul, que escupiría fuego y quemaría la escuela.

LUNES, 12 DE NOVIEMBRE DE 1979

El poema de Deirdre ha ganado el concurso en la escuela.

A pesar de que lo he escrito yo, me siento mortificada. Todo el mundo esperaba que ganase yo, y también yo lo esperaba. ¿Qué tiene de malo mi poema? Supongo que la señorita Gilbert es una tradicionalista. Nadie me ha dicho nada, y yo felicité a Deirdre como todo el mundo, aunque me sentí públicamente humillada. (Por otro lado, en realidad lo he escrito yo, y Deirdre lo sabe).

MARTES, 13 DE NOVIEMBRE DE 1979

Deirdre ha venido a buscarme después de hacer los deberes y me ha llevado fuera, donde podíamos hablar sin que nos oyeran. Ha empezado a llorar y a ser incoherente casi al mismo tiempo, pero creo que lo que quería decir era que no le debería haber dado mi mejor obra. Bueno, no lo hice. Pero ella cree que sí porque ganó. Es la primera vez que gana algo. No creo que hasta ahora hubiera ganado ningún punto para su casa, excepto quizá por marcar algún gol. Le he dicho que se lo merecía. Se ha sentado a mi lado durante el desayuno y muy noblemente me ha ofrecido su salchicha, que he aceptado, no porque rechazarla hubiera sido un insulto, sino porque tenía hambre.

Wordsworth está muy orgulloso de ella. Sandra Mortimer, la capitana de la casa de Wordsworth, una pelirroja con unos ojos llorosos con el borde rosado, habló personalmente con Deirdre, que casi se muere a raíz de obtener semejante honor.

Estoy leyendo El jinete en la onda de choque, de Brunner. Es muy bueno, pero no llega a la altura de Todo sobre Zanzíbar. Me pregunto cómo debe de ser escribir una obra maestra y saber que nunca más volverás a alcanzar ese nivel.

MIÉRCOLES, 14 DE NOVIEMBRE DE 1979

Esta es la historia completa y verdadera de cómo esta mañana Deirdre y yo hemos recibido cada una un punto negativo.

Estábamos en las duchas, que son simplemente una zanja larga cubierta de baldosas con una docena de alcachofas, con muy poca presión y un agua a una temperatura variable. ¡Que alguien me permita un baño algún día! Hay agua caliente, es decir, un agua que no está helada, entre las siete y las ocho de la mañana, y entre las siete y las ocho de la tarde. También hay duchas en el gimnasio, que son obligatorias después del deporte, pero son de agua fría, y normalmente las chicas pasan corriendo por ellas para quitarse un poco el barro. El aseo serio tiene lugar a primera hora de la mañana o a última hora de la tarde. Supongo que esos momentos deben de ser el paraíso de las lesbianas, porque siempre hay un montón de carne femenina moviéndose por ahí.

Esta mañana había unas quince chicas, compitiendo por la poca agua que salía. Deirdre y yo habíamos ocupado una ducha y nos estábamos valiendo de mi condición de lisiada para conservar el sitio. He visto a Shagger mirándonos de reojo, como si se estuviera arrepintiendo de evitarme. Cuando he salido del flujo de agua para enjabonarme el pelo, Deirdre ha dicho riendo:

—Te están saliendo tetas.

—¡No! —he replicado automáticamente, antes de mirar hacia abajo.

Entonces he mirado hacia abajo y he visto que algo había. Detrás de los pezones he tenido durante años una especie de insinuación de los pechos. Como eso es cuanto tiene mi madre, siempre había pensado que eso iba a ser todo, pero he visto que ahora me estaban creciendo hacia fuera en una especie de bolsita. Muchas chicas de quinto C ya tienen pechos que se mueven. Esto no es tan determinante como tener vello púbico, que yo ya tengo, y mucho más oscuro que el pelo de la cabeza, ni como tener el periodo, que casi todas tienen ya. Yo tengo la regla desde hace dos años. Tenía miedo que con ella dejase de ver a las hadas, pero no ha pasado nada, a pesar de la opinión de C. S. Lewis sobre la pubertad.

—Necesitas un sujetador —ha sugerido Deirdre.

—No —he respondido tajante. La he empujado para que me dejase el agua y aclararme el pelo. Mientras el champú me corría por el cuerpo, he bajado la mirada hacia mis pechos incipientes—. Dee, ¿crees que tienen una forma espantosa, o graciosa?

Ella se reía tanto que casi no podía respirar. Las demás estaban empezando a mirar para ver qué era eso tan divertido que estaba pasando.

—No, de verdad —he añadido en voz baja pero con vehemencia—. Tienen forma de pera. Las de las otras no son así.

He mirado a las chicas que tenía a mi alrededor en la ducha y ninguna de ellas tenía los pechos con la forma de los míos.

—Están bien —ha reconocido Deirdre.

—Eh, Dreary, ¿de qué os reís tanto? —ha preguntado Lorraine.

—Commie acaba de hacer un gran chiste —ha respondido Deirdre.

Algunas de las chicas que habían acabado de ducharse se han envuelto en toallas y han empezado a cantar Jack the Peg[3]. Las he mirado fijamente, pero no ha funcionado por culpa del agua.

Deirdre y yo nos hemos quedado juntas bajo el agua.

—Están bien —ha susurrado—. Tienen un aspecto gracioso porque las ves desde arriba. Si las pudieras ver de frente, como ves las de las demás, comprobarías que son iguales.

—En un espejo —he sugerido.

—Según Karen, deberías decir «cristal reflectante» —me ha corregido Deirdre.

—Mierda —he replicado, usando otra palabra que no se acepta en la escuela.

El único espejo que hay en la escuela está encima de los lavamanos, en los lavabos donde nos lavamos los dientes o nos peinamos. Hay una larga hilera de espejos fijados a la pared, con las luces encima.

—Vamos —le he ordenado.

Deirdre se ha reído tontamente y ha cogido su toalla, y yo he cogido la mía y me he envuelto en ella como si fuese un manto. He guardado el jabón y el champú en el neceser, porque en caso contrario alguien me los podría robar, o me podría abrir el champú y verterlo por el desagüe, algo que ya me ocurrió con el gel de baño durante la primera semana, cuando lo dejé olvidado en las duchas.

Hemos entrado en el lavabo, que está junto a las duchas. No había nadie, lo que resultaba fácil de ver porque ninguno de los cubículos tiene puerta. He dejado el neceser y me he envuelto la cabeza con la toalla como si fuese un turbante. Se trata de algo muy útil que me enseñó Sharon. Si lo ajustas bien, no se mueve. Sharon tiene el pelo largo y difícil de dominar, pero aun así se mantiene en su sitio. En definitiva, tenía la toalla en la cabeza, y la de Deirdre le colgaba de los hombros; por lo demás, estábamos completamente desnudas.

Enseguida me he dado cuenta de que la hilera de espejos era inútil, porque refleja las caras y los cuellos, pero nada que esté tan abajo como los pechos.

—Quizá si nos subimos a algo… —ha sugerido Deirdre, mirando alrededor.

—No hay nada —he afirmado—. A menos que nos subamos a la taza del inodoro, pero entonces estaremos demasiado altas.

—Intentémoslo —ha sugerido.

Así que hemos cerrado la tapa de dos inodoros y nos hemos subido a ellos. Hemos comprobado que estábamos demasiado altas, así que nos hemos agachado para conseguir el ángulo adecuado, prácticamente desnudas, manteniendo un equilibrio precario y riéndonos tontamente, porque en realidad era muy divertido. Y en ese momento ha entrado una de las prefectas para ver cuál era la causa de tanto ruido.

JUEVES, 15 DE NOVIEMBRE DE 1979

O bien mi protección contra los sueños no ha funcionado, o bien no es ella quien me está enviando los sueños, sino que surgen de mi subconsciente.

Ayer por la noche soñé que mi madre tenía un plan para separarnos. Se iba a vivir a Colchester, en Essex, y se llevaba a Mor con ella, porque, según mi madre, mi hermana era más dócil que yo y yo no hacía lo que se me ordenaba, y porque me puse muy tozuda con que quería quedarme. Protestábamos y luchábamos, pero ella se llevaba a Mor, a la fuerza, y yo lloraba y no la soltaba. En cierto sentido era lo contrario de lo que había ocurrido en el laberinto. Yo intentaba retenerla y mi madre intentaba llevársela, y empezó a transformarse en diferentes cosas y yo seguía aferrada a ella. No podía soportar la idea de la separación y pensaba que me quejaría ante todo el mundo, delante de toda la familia, de que algo así era insoportable y de que no podían permitir que ocurriera. Pensaba que dejaban que mi madre se saliera con la suya porque no se podían enfrentar al hecho de que está loca, y Mor chillaba y se agarraba a mí cuando me desperté. Durante un segundo sentí un gran alivio porque solo había sido un sueño, pero al instante siguiente, recordar la realidad fue mucho peor. Nadie puede regresar de Colchester. (Ni idea de por qué Colchester). No sé lo que significa estar muerto.

Estoy leyendo Regreso a Titán, de Arthur C. Clarke. Tiene muchos momentos magníficos de reformulación de la ciencia ficción. No es El fin de la infancia o 2001, pero es lo que hoy necesito. Hay un par de libros de Clarke que no logro encontrar y que he anotado en la lista de esta semana.

Me pregunto si habrá hadas en el espacio. De alguna manera, es una idea más plausible en el universo de Clarke que en el de Heinlein, aunque la ingeniería de Clarke parezca tan sólida. Me pregunto si se debe a que es británico. Dejando de lado el espacio, ¿en América hay hadas? Y si las hay, ¿hablan galés en todo el mundo?

VIERNES, 16 DE NOVIEMBRE DE 1979

Carta esta mañana. No la he abierto, ni lo haré.

En la oración de esta mañana, Deirdre ha dicho «re-su-re-ción» en lugar de «re-su-rrec-ción» al final del credo. Pensando en ello durante el himno, me preguntaba sobre «la resurrección de la carne y la vida eterna» y sobre cómo se relacionan con lo que vi en Halloween. Por un lado, cómo es posible la resurrección si los muertos atraviesan el valle y descienden hacia el interior de la montaña. Pero por otro lado, ¿dónde está la religión? ¿Dónde está Jesús? Las hadas estaban allí, pero no vi ningún santo ni nada por el estilo. He recitado el credo sin reflexionar seriamente sobre él.

Para ser sincera, estoy bastante enfadada con Dios desde que Mor murió: no parece que haga nada, ni ayuda en absoluto. Supongo que se parece a la magia, que no puedes decir cuándo hace algo, o por qué, sin mencionar sendas misteriosas. Si yo fuera omnipotente y omnibenevolente, no sería tan condenadamente inefable. La abuela solía decir que no podías saber cómo iban a funcionar mejor las cosas. Yo me lo creía cuando ella estaba viva, pero después de su muerte, y de la de Mor, ya no lo sé. No es que no crea en Dios; solo es que no me siento inclinada a arrodillarme y adorar a alguien que quiere que «no dude de que el universo se está desarrollando como debe». Porque esto no me lo creo. Creo que yo debería hacer algo respecto a la manera en que se está desarrollando el universo, porque hay algunas cosas que requieren una atención obvia e inmediata, como el hecho de que los rusos y los americanos pueden volar el planeta por los aires en cualquier momento, o la grafiosis de los olmos y el hambre en África, sin mencionar a mi madre. Si yo hubiera dejado a Dios que desarrollase el universo a su manera, el año pasado ella se habría quedado con un buen trozo de él. Y si el plan de Dios para detenerla implica mi participación y la de las hadas, si implica la muerte de Mor y el hecho de que yo me haya quedado machacada… Bueno, si yo fuera omnipotente y omnisciente habría pensado algo mejor. Los rayos vengadores nunca pasan de moda.

Estoy leyendo La espada rota y hay momentos en los que creo que resulta más fácil adorar a dioses como esos. Sin mencionar que son de una escala más humana. Entrometiéndose de esa manera. Como las hadas. (¿Qué son las hadas? ¿De dónde vienen?).

Pero no quiero que el abuelo sufra otro derrame, así que sigo yendo a la iglesia y participo en las oraciones en la escuela, y comulgo aunque no sé cómo encaja todo esto. Pero no me puedo imaginar hablando de esto con un sacerdote.

Con las hadas no se trata de una cuestión de fe. Están ahí. Es posible que no te hagan caso, pero están ahí y puedes discutir con ellas. Y saben un montón de cosas sobre la magia y sobre cómo funciona el mundo, y están a favor de intervenir en los acontecimientos. Yo puedo hacer un poco de magia. Puedo pensar en un montón de cosas que pueden ser útiles. Puedo construir un atrapasueños mucho mejor. Y de verdad me gustaría un karass.

SÁBADO, 17 DE NOVIEMBRE DE 1979

Siete libros me esperan en la biblioteca. Me pregunto qué ocurre cuando son más de ocho. Hoy estaba la bibliotecaria y me ha dejado que rellenara mis fichas de préstamo interbibliotecario. Si sigo pidiendo unos cincuenta libros a la semana, cualquier sábado habrá más de ocho. Me pregunto si me darán permiso para ir al pueblo una tarde entre semana. Algunas chicas vienen para asistir a clases de música. Podría empezar a estudiar un instrumento para venir a la biblioteca, pero como soy tan mala en música no creo que funcione. Me pregunto si habrá otra materia extracurricular que me permitiera venir. Le puedo preguntar a la señorita Carroll.

No tengo dinero, pero de todas formas he ido a la librería. He descubierto que el bosque que tiene delante se llama Poacher’s Wood[4] —sale en el mapa— y ayer fui allí a quemar las cartas. Me adentré en el bosque e hice un círculo. No me vio nadie, excepto un par de hadas indiferentes. Tampoco leí las cartas. Ni siquiera las abrí. Como solo había una, y bastante gruesa, no hice una hoguera sino que le prendí fuego por una esquina y la dejé caer. Prendió con más rapidez de la que esperaba y casi me quema el pelo, así que no lo volveré a hacer.

Hacía frío pero no llovía; ha sido la primera vez que he salido sin que llueva desde hace una eternidad. He intentado sentarme en el banco donde leí Tritón para leer Nacidos con los muertos, pero soplaba un viento demasiado frío. No me importa tanto el frío como que los días sean tan cortos. Oscurece antes de volver a la escuela.

He estado mirando por la librería y he visto algunas cosas que compraré cuando tenga algo de dinero, o, si no, las pediré en la biblioteca. Hay un libro para adultos de Alan Garner titulado Red Shift. Me pregunto de qué tratará. Tiene una cubierta extraña con un menhir y una luz, que no significan nada. Si le digo a Daniel que lo quiero comprar, lo más probable es que me envíe más dinero, a no ser que se suponga que las diez libras me tienen que durar hasta Navidad. Bueno, si le digo que lo quiero y se supone esto último, me lo dirá, y entonces lo puedo pedir en la biblioteca.

Más tarde, como había anochecido pero no quería regresar y no tenía dinero para sentarme en una cafetería fingiendo que bebía té, he estado recorriendo las otras tiendas del pueblo. He entrado en el Woolworths, donde he birlado un bote de talco y un Twix. En el Hogar había una chica llamada Carrie que robaba cosas continuamente, y me enseñó cómo hacerlo. Es bastante fácil si mantienes la calma. Nadie me ha prestado atención. Sin embargo, nunca me llevaría un libro, o mejor dicho, me lo llevaría de Woolworths, si tuvieran, pero nunca de una librería, excepto que estuviera desesperada.

He entrado en C&A y he mirado los sujetadores. No me he probado ninguno. Son más caros de lo que me imaginaba y las tallas son muy complicadas. Ya me lo explicará tita Teg.

En Smiths he visto a Gill que miraba discos. Los discos no me interesan nada; de hecho, asocio el interés por la música pop con las cosas de las que ella hablaba con desprecio, es decir, intentar que los chicos se fijen en ti. Pero me he acercado a saludar. Estaba mirando un disco titulado Anarchy in the U. K., de un grupo llamado Sex Pistols. Tenía una cubierta muy fea, pero me interesa bastante el anarquismo gracias a Los desposeídos. Creo que todo sería mucho más justo si viviera en Anarres. Gill ha comentado que no nos gustaría, porque en tal caso, nuestros padres no tendrían dinero ni nosotras, privilegios. He replicado que todos tendríamos los mismos privilegios. En cualquier caso, no le he dicho que mi familia no es tan rica como las de las demás chicas. Le he preguntado por qué tenemos que tener una educación mejor que alguien que no se puede permitir ir a Arlinghurst.

Gill ha comprado el disco, aunque no lo podrá escuchar hasta las Navidades, así que no le veo la gracia.

En el camino de vuelta hemos hablado de Leonardo. Por lo visto, además de pintar la Mona Lisa, también fue un científico, inventó el helicóptero, estudió los fósiles y tomó muchos apuntes. Gill tiene un libro sobre vidas de científicos que se ha ofrecido a prestarme, lo cual es muy amable por su parte, pero eso no es lo mío. Ella es un poco… no sé. No es estúpida, lo que resulta reconfortante, y no tiene miedo a hablar conmigo, pero de alguna manera parece un poco obsesionada, y eso resulta un poco molesto. Tengo la sensación de que quiere algo.

He compartido el Twix con Deirdre. No le he dicho que lo había robado.

DOMINGO, 18 DE NOVIEMBRE DE 1979

Le he escrito al abuelo. Cuando vuelva a tener dinero le compraré una tarjeta para desearle que se recupere. Le he hablado de mis notas (la primera en todo excepto en matemáticas, como siempre) y sobre el tiempo. Le he escrito a Daniel, en su mayor parte respecto a Regreso a Titán y El jinete en la onda de choque, pero también le he mencionado a Garner. Me gustaría que me diera una paga fija, como tiene la mayoría de las chicas, y así sabría de cuánto dinero puedo disponer. También le he escrito a tita Teg acerca del problema de los sujetadores, con mucho cuidado y sin pedir dinero, de hecho, diciendo claramente que no me lo envíe, pues no sería justo y solo quiero saber cómo funcionan las tallas. Hay números y letras. Supongo que le podría preguntar a Deirdre, o incluso a Gill, pero prefiero no hacerlo.

Hoy no he recibido ningún bollo.

MARTES, 20 DE NOVIEMBRE DE 1979

Esta mañana, paquete de Daniel con Ciudad, de Clifford Simak, y Dune, de Frank Herbert, pero ninguno de los dos parece muy apetecible a primera vista. Pero está tan bien tener tantas cosas para leer… También otras diez libras. No sé si me va a enviar diez libras cada vez que le diga que quiero comprar un libro que me apetece leer, pero es muy poco probable. He hablado de esto con Deirdre, pero ha resultado muy difícil que se abriera acerca de este tema, porque el dinero, y más el dinero en efectivo, es uno de esos temas tabú por los que se supone que debes pasar de puntillas. Aun así, cuando ha empezado a hablar, casi no la he podido hacer callar.

—Me dan dos libras cada vez que vuelvo. Mi madre dice que no necesito más dinero porque aquí nos lo dan todo, pero eso es una tontería. Sé que te has dado cuenta de que siempre te pido prestado el jabón. Está el jabón, el champú y todo lo demás, y cualquier cosa que quieras la encuentras en el quiosco, incluso una manzana. Y si no estás comprando siempre bollos, todo el mundo dice que eres tacaña, o peor aún, saben que eres pobre y te tratan con condescendencia. Karen me compró un bollo el trimestre pasado y me dijo: «Sé que no puedes corresponder, pero no te preocupes por ello»; ¡lo dijo en un tono tan desagradable!… Así que compré bollos la primera semana después de vacaciones.

Me di cuenta, porque también compró uno para mí.

—No me tienes que comprar bollos, de verdad —le he asegurado—. Aunque, por supuesto, resulta muy agradable recibirlos.

—La mayoría de las chicas recibe una libra cada semana, o incluso dos, algunas de ellas. No sé cómo consiguen cambiar los billetes por monedas, porque los envían con las cartas. Nadie dice exactamente cuánto recibe, porque es una vulgaridad entrar en detalles sobre el dinero.

Será vulgar entrar en detalles sobre el dinero, pero qué modelo de coche tiene tu padre, en qué trabaja, cómo es tu casa y cuál es el modelo de abrigo de pieles de tu madre son temas de conversación habituales. Yo ni siquiera sabía que existían diferentes modelos de abrigos de pieles, y mucho menos cuáles son los buenos. La primera vez que me lo preguntaron respondí zorro al azar, pues me pareció una respuesta plausible, y Josie me preguntó si me refería a zorro plateado o a zorro rojo común. Por el contexto de la pregunta quedaba tan claro que el zorro plateado era mejor que no dudé ni un momento. Por supuesto, mi madre no tiene ningún abrigo de pieles, y, si lo tiene, seguramente ha torturado al pobre animal. En cualquier caso, me parece que las pieles están mal, y así lo dije. Afirmé que nunca voy a tener un abrigo de pieles, porque no está bien matar animales solo por su piel. No soy vegetariana, creo que está bien matar animales para comer, pero eso es diferente. Ellos harían lo mismo con nosotros. Pero no hay ninguna necesidad de que nos quedemos con sus pieles solo para presumir.

Quedan cinco semanas de escuela hasta las Navidades, así que he dividido las diez libras en dos libras por semana, lo cual será más que suficiente. Aunque tendré que adelantar algo para comprarme un sujetador este fin de semana, porque ahora que me he dado cuenta de que tengo pechos, no puedo dejar de notarlos, y estaría bien tener un arnés para quitarlos de en medio.

MIÉRCOLES, 21 DE NOVIEMBRE DE 1979

Carta.

No la he abierto, pero con el simple roce parece que aumenta el dolor de la pierna, que hoy está especialmente mal.

Esta mañana he terminado Por el tiempo, cuando estaba aquí sentada, y no tenía nada más a mano, así que he ido a coger algo de las estanterías. La señorita Carroll estaba ocupada colocando una nueva remesa de libros, en su mayoría de no ficción, y yo me senté en mi rincón habitual, donde tengo paneles a mis dos lados y una estantería delante. A veces ocupo un asiento más allá, desde donde puedo mirar por la ventana, pero hoy no había nada que valiera la pena ver: el cielo gris, las ramas de los árboles desnudas y la lluvia incesante.

Estaba a punto de ponerme de pie para ir a las estanterías, cuando se ha acercado la señorita Carroll.

—Recuerdo que estuviste preguntando sobre Platón —ha comentado, y ha puesto sobre la mesa un ejemplar nuevecito de la edición de Everyman de la República del filósofo griego.

Por casualidad también ha dejado dos libros en la mesa de al lado: uno muy intrigante de Josephine Tey titulado La hija del tiempo y An Old Captivity, de Nevil Shute, que trata sobre la historia de Leif Erickson, que ya he leído.

La República no es tan divertida como El banquete. Todos son grandes discursos y no entra nadie borracho para cortejar a Sócrates en mitad de la reunión. Pero aun así es muy interesante. Sigo pensando que no funcionaría, tal como creía Sam. La naturaleza humana está en su contra. Las personas se suelen comportar de cierta manera porque son personas. Y si Sócrates cree que los niños de diez años son como lienzos en blanco para que él los trabaje, es porque debe de hacer mucho tiempo que dejó de tener diez años. Si nos metemos Mor y yo en la República, le damos la vuelta en cinco minutos. La única solución sería empezar con los bebés, como en Un mundo feliz, que ahora veo que tiene influencias de Platón. Se podría escribir una bonita historia sobre dos personas que se enamoran en la República de Platón y fastidian todo el plan. Enamorarse sería una perversión. Sería lo mismo que ser gay para Laurie y Ralph. Como utopía, prefiero Tritón o Anarres. Pero lo que de verdad me gustaría leer sería un diálogo entre Bron, Shevek y Sócrates. A Sócrates también le gustaría. Me apuesto algo a que le gustaba la gente que discutía. Puedo afirmarlo, puedo afirmar que esto era lo que le gustaba de verdad, al menos en El banquete.

Cuando he regresado por la tarde y me he vuelto a sentar en el mismo sitio, me he dado cuenta de que los libros de Shute y Tey seguían allí. Normalmente, la señorita Carroll no mueve mis cosas, y si lo hace me dice dónde me las ha dejado o me las devuelve. Pero estos libros eran suyos. De todas formas, he empezado a leer el libro de Tey. Creo que me lo ha dejado ella. Creo que se ha dado cuenta de que hoy me cuesta moverme y me los ha acercado para que tuviera algo para leer. Estoy segura de que pidió la República para mí. Supongo que soy la única persona que utiliza la biblioteca para su verdadera finalidad… No, esto no es justo, algunas chicas de sexto la usan para consultar libros para sus trabajos. Las he visto. Pero supongo que la señorita Carroll se ha dado cuenta de que me paso las horas leyendo y ha hecho algo amable en mi favor.

Tendré que tener algún gesto amable con ella. Las chicas a veces les compran bollos a las maestras. ¿La señorita Carroll cuenta como maestra? O puedo traerle algo para Navidades.

JUEVES, 22 DE NOVIEMBRE DE 1979

Mi pierna sigue mal. Me pregunto si debería volver a ir al médico. La enfermera tiene la receta del analgésico; puedo ir a que me dé uno. Y así lo haría si no fuera porque hay que bajar dos pisos y luego subir uno.

¿Quién hubiera podido creer que Ricardo III en realidad no mató a los príncipes en la Torre?

Carta de tita Teg, llena de novedades. Ahora comprendo el sistema de los sujetadores, pero no sabía que me tendrían que tomar medidas. Seguramente lo intentaré con la talla más probable y corregiré a partir de ahí.

VIERNES, 23 DE NOVIEMBRE DE 1979

Al final, ayer fui a ver a la enfermera, que me dio un analgésico, me dijo que debería ir a ver al médico y me dio hora. No le veo la necesidad, teniendo en cuenta las circunstancias, pero no se lo discutí.

Conseguí que Gill tirase la carta al cubo de basura de la cocina. El hecho de tener encima toda la basura, las sobras y todo lo que se tira, hará que no sea tan fuerte; además, pronto se la llevarán. Primero se lo pedí a Deirdre, pero no la quiso tocar. En realidad, fue muy sensato por su parte.

No me extraña que las hadas huyan del dolor. Les gusta que las diviertan, y el dolor es tremendamente aburrido.

Mañana tengo que estar preparada para ir a la biblioteca.

SÁBADO, 24 DE NOVIEMBRE DE 1979

Solo tres libros para mí en la biblioteca. Los recojo, compro una tarjeta para el abuelo y regreso de inmediato. Red Shift y el sujetador pueden esperar hasta la próxima semana.

A veces no estoy segura de ser completamente humana.

Quiero decir que sé que lo soy. No creo que mi madre haya llegado a dormir con las hadas… No, esta no es la forma adecuada de decirlo. «Dormir con las hadas» significa estar muerto. No creo que haya llegado a practicar el sexo con las hadas, pues si lo hubiera hecho, habría alardeado de ello. Y ni siquiera lo ha insinuado. De haberlo hecho, no hubiese dicho que había sido Daniel ni se habría casado con él. Además, Daniel se parece a nosotras, según dice Sam. Y en las canciones y en las leyendas, los hijos de las hadas son siempre grandes héroes —aunque, pensándolo bien, no sé qué ocurrió con el hijo de Janet en la historia de Tam Lin—; solo hay que ver a Earendil y Elwing. Pero no, no es eso lo que quiero decir.

Lo que quiero decir es que cuando miro a otras personas, a otras chicas de la escuela, y veo lo que les gusta, con qué son felices y qué es lo que quieren, me siento como si no formara parte de su misma especie. Y a veces…, a veces no me importa. En realidad me importan tan pocas personas… A veces me siento como si los libros fueran lo único que hace que valga la pena vivir, como me ocurrió en Halloween, cuando quise seguir viva porque no había terminado Babel 17. Estoy segura de que esto no es normal. Me preocupo más por los personajes de los libros que por las personas que veo cada día. A veces Deirdre me saca tanto de quicio que me gustaría ser cruel con ella, llamarla Dreary, como hace todo el mundo, o gritarle que es idiota. No lo hago por puro egoísmo, porque prácticamente es la única persona que habla conmigo.

Y Gill… A veces Gill me ataca los nervios. ¿Quién no preferiría impresionar a un dragón? ¿Quién no querría ser Paul Atreides?

DOMINGO, 25 DE NOVIEMBRE DE 1979

He escrito a tita Teg, agradecida. Me preguntaba si iría por Navidad, así que he escrito a Daniel para preguntárselo. Espero que no le importe; así me perderá de vista. También le he escrito una larga carta a Sam sobre la República y asimismo he escrito la tarjeta del abuelo. Es bonita, con un elefante estirado en una cama al que le sale un termómetro de la trompa.

Echo de menos al abuelo. En realidad, no es que tenga muchas cosas de las que hablar con él, a diferencia de lo que me ocurre con Sam, pero representa una parte esencial de mi vida. Encaja en mi vida. El abuelo y la abuela nos criaron, aunque no tenían ninguna necesidad de hacerlo. Nos podrían haber dejado con mi madre, pero no lo hicieron.

El abuelo nos enseñó muchas cosas sobre los árboles, y la abuela nos descubrió la poesía. El abuelo conocía cada árbol y cada flor silvestre. Nos enseñó a diferenciar los árboles, primero por las hojas, y después, por las yemas y por la corteza, de modo que así los podíamos reconocer también durante el invierno. También nos enseñó a trenzar paja y a cardar la lana. A la abuela no le gustaba tanto la naturaleza, aunque siempre repetía la misma cita: «Con el beso del sol para el perdón y el canto de los pájaros para la alegría, uno se encuentra más cerca del corazón de Dios en un jardín que en ningún otro lugar de la Tierra». Pero en realidad lo que le gustaba era la cita, y no el jardín. Nos enseñó a cocinar y nos hizo memorizar poemas en galés y en inglés.

En cierto sentido eran una pareja divertida. No siempre estaban de acuerdo en todo. Con frecuencia se exasperaban el uno al otro. Ni siquiera tenían demasiados intereses en común. Se conocieron porque ambos hacían teatro de aficionados, aunque a ella le gustaba el teatro y al abuelo, actuar sobre el escenario. Pero se querían. Era la manera cariñosa y exasperada con la que ella decía «¡Oh, Luke!».

Creo que la abuela se sentía atrapada. Era maestra, madre y abuela. Creo que le habría gustado tener más poesía en su vida, de una u otra manera. Desde luego, a mí me animaba a escribir. Me pregunto qué habría opinado de T. S. Eliot.

LUNES, 26 DE NOVIEMBRE DE 1979

Me he despertado de madrugada, y no ha sido por culpa de una pesadilla. Me he despertado y no me podía mover, estaba totalmente paralizada; ella estaba en la habitación, cerniéndose sobre mí, estaba segura de ello. He intentado gritar para despertar a alguien, pero no podía. Podía sentir cómo se acercaba, cómo se inclinaba sobre mi cara. No me podía mover ni hablar, no había nada que pudiera usar en su contra. He comenzado a repetir en mi cabeza la letanía contra el miedo de Dune: «El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte». Entonces ella ha desaparecido y yo he recuperado la movilidad. He saltado de la cama y me he ido a beber un poco de agua, pero la mano me temblaba tanto que la mitad me la he tirado por encima.

Si es capaz de entrar, la próxima vez me puede matar.

Las hadas de aquí no quieren hablar conmigo, y no puedo escribir a Glorfindel o a Titania para preguntarles qué tengo que hacer para detenerla. Incluso suponiendo que Daniel me deje ir por Navidad, aún falta un mes; bueno, casi.

Tengo dos piedrecitas que estaban en el círculo de piedras la última vez que quemé cartas y las he puesto sobre el alféizar de la ventana. Creo que si intentara entrar por allí, las piedras se alzarían como muros de roca y le bloquearán el paso, fundiendo las ventanas con el muro sólido. En realidad debería haber toda una fila de piedras, o una línea de arena o algo por el estilo. Sin embargo, el problema real es que en este dormitorio hay otras once chicas más, y si cualquiera de ellas ve una piedrecita extraña, probablemente la moverá de su lugar o la tirará. Lo tendré que comprobar cada noche antes de irme a dormir, y tarde o temprano alguien se dará cuenta de que lo hago. Se lo podría contar a las demás, pero este tema terrorífico me ha funcionado muy bien hasta el momento y no quiero que cambie.

Ella no puede pasar a través de una vidriera, pero esto ahora no sirve de nada.

Tendré que reunir los materiales adecuados y levantar una protección mágica de verdad, y ello por más que antes no pueda hablar de esta cuestión con las hadas. Hacerlo me da miedo, pero no tanto como que ella entre en la habitación y me paralice mientras duermo, como ha hecho esta noche. Era absolutamente incapaz de moverme, y eso que lo he intentado de verdad.

MARTES, 27 DE NOVIEMBRE DE 1979

Es curioso lo difícil que resulta concentrarse para leer en una sala de espera. Por un lado, no hay nada que desee más que sumergirme en un libro y desaparecer. Pero, por otro, tengo que estar atenta por si gritan mi nombre, de modo que cada sonido que oigo me distrae. Aquí todo el mundo está enfermo, lo que resulta muy deprimente. Hay carteles colgados sobre contracepción y sobre diversas enfermedades. Las paredes son de un verde bilioso. Hay un folleto sobre la importancia de revisarse la vista. Quizá debería hacerlo.

Lista de todo lo que veo al mirar por la ventana mientras espero:

2 vagabundos.

1 hombre con un perro pastor, un perro pastor hermoso y sano.

6 personas en bicicleta.

12 amas de casa con 19 niños.

4 niños en edad escolar sin ningún adulto.

4 parejas jóvenes.

1 bebé en su carrito, empujado por una mujer con un vestido morado.

1 un anciano ajado con vaqueros. Pero ¿qué se ha creído? Los vaqueros son para la gente joven.

1 hombre que aparca una motocicleta.

Millones de coches.

2 hombres de negocios.

1 taxista.

1 hombre con bigote y su esposa.

2 mujeres rubias con abrigos verdes a juego, que han pasado dos veces, cada vez en una dirección. ¿Quizá son hermanas?

1 par de gemelos de mediana edad. (Odio ver gemelos, aunque sé que esto no tiene sentido).

1 hombre pomposo con esmoquin. (¿A la hora de almorzar?).

1 hombre con camisa rosa. (¿Rosa?).

Un cabeza rapada con una jarra en forma de dragón. (Se ha detenido delante de la ventana y le he podido echar un buen vistazo).

1 mujer de negocios con un traje de raya diplomática y un maletín. (Iba muy acicalada. ¿Me gustaría ser como ella? No. Pero tampoco como la mayoría de la gente a la que he visto).

6 adolescentes con ropa deportiva haciendo una carrera.

8 gorriones.

12 palomas.

1 perro blanco y negro sin su amo, probablemente un terrier, que ha levantado la pata al lado de la motocicleta. Se ha ido solo, parecía alegre y lo olisqueaba todo. Quizá me gustaría ser él.

Personas que me han visto:

1 hombre con camisa vaquera, que me ha saludado con la mano.

Resulta curioso lo poco observadora que es la gente por lo general.

Cuando finalmente me ha llegado el turno, el médico estaba muy brusco. No tenía tiempo para dedicarme. Me ha dicho que me derivaba al Hospital Ortopédico para que me hicieran una radiografía. He tenido que esperar todo ese tiempo rodeada de niños con mocos y ancianos decrépitos para conseguir dos minutos de la atención del médico. ¿Para eso me he perdido física?

A pesar de todo, he comprado dos manzanas y un bote nuevo de champú, y he regresado pasando por la biblioteca, donde he devuelto tres libros y he recogido otro, así que lo puedo considerar un viaje al pueblo bien aprovechado.

Mientras esperaba el autobús para regresar a la escuela, he estado pensando en la magia. Quería que llegara el autobús y no sabía exactamente el horario. Supongamos que aplicase la magia a esta situación e imaginemos que el autobús doblara la esquina. No es que el autobús se hubiese materializado de la nada, sino que el autobús se encontraba ya en algún punto de su recorrido. Digamos que pasan dos autobuses cada hora; para que el autobús apareciese justo en el instante que yo quería, debería haber iniciado su ruta en un segundo preciso y pasar por los diferentes puntos del recorrido en momentos diferentes. Para que el autobús se encontrara donde yo quería que estuviese, tendría que enfrentarme a todo esto, incluso debería tener en cuenta la hora a la que empieza el servicio y quizá todo el horario desde el mismo momento en que se estableció, de manera que la gente habría tenido que coger el autobús a horas diferentes cada día durante meses para que yo no tuviera que esperar hoy. Dios sabe qué consecuencias iba a tener esto en el mundo, y solo por un autobús. No sé cómo se atreven las hadas. No sé cómo nadie puede tener conocimientos suficientes para atreverse.

La magia no lo puede todo. Glory no pudo hacer nada contra el cáncer de la abuela, aunque él quería hacerlo y nosotras queríamos que lo hiciera. Quizá pueda volver atrás en el tiempo, pero no le puedo devolver la vida a Mor. Recuerdo cuando murió, y cuando tita Teg me lo dijo y yo pensé: «Ella lo sabe, yo lo sé, y hay otras personas que se lo están diciendo a otras personas, y cada vez lo sabrá más y más gente, y se expandirá como las ondas en un estanque, y no habrá forma de deshacerlo sin deshacer todo lo demás». No es como caerse de un árbol y que tan solo lo vean las hadas.

MIÉRCOLES, 28 DE NOVIEMBRE DE 1979

Gill se coló ayer por la noche en mi dormitorio para traerme su libro sobre los científicos. Se sentó en mi cama y, mientras hablábamos, me puso el brazo detrás, como por casualidad, pero me di cuenta del cuidado que ponía al hacerlo y de que no dejó de mirarme en todo el rato. Di un respingo y le dije que se tenía que ir, pero Sharon me lanzó luego una mirada muy extraña y creo que lo vio todo. ¿He hecho algo que animase a Gill? O, dicho de otro modo, ¿he hecho algo que le hiciera creer que estoy interesada en ella en este sentido? Es realmente incómodo, porque en estos momentos es una de las pocas personas que me dirige la palabra. Creo que debería hablar con ella, pero no en el dormitorio. Y me da miedo decirle que quiero hablar con ella en privado, por si se lo toma como una señal de aceptación, lo que le resultaría muy doloroso cuando después resultase que no.

En I Capture the Castle, que no es en absoluto lo que yo esperaba, hay un fragmento en el cual la heroína está enamorada de un hombre y otro hombre distinto está enamorado de ella, y ella cree que quizá debería hablar con él, pero también sabe que no funcionaría y sería inútil, y no quiere herirlo. Sus sentimientos y el hecho de no querer herirlo se parecen un poco a lo que a mí me ocurre con Gill y esta situación. Honestamente, no creo que hubiera ninguna diferencia si se tratase de un amigo mío que fuera chico. Se lo diré a Gill cuando se presente la oportunidad. Quizá el sábado, o mañana después de química.

Alguien ha tirado una de las piedras del alféizar, pero la he vuelto a colocar en su sitio. Solo se trata de una solución temporal, pero de momento resiste. Ninguna visita más.

JUEVES, 29 DE NOVIEMBRE DE 1979

Pesadillas terribles. De verdad tengo que hacer algo al respecto. No puedo seguir así. Lo haré esta noche si no llueve.

¿Por qué no soy como las demás personas?

Miro a Deirdre, y su vida es totalmente anodina. ¿O eso es solo lo que me parece a mí? Se me ha acercado durante el desayuno, me ha llevado a un lado y me ha dicho:

—Shagger dice que vio cómo Gill te abordaba. —Y me ha mirado con una confianza total.

—Tal vez Shagger lo haya visto, pero no me interesa Gill y tengo intención de decírselo.

—Está mal —ha replicado Deirdre con rotundidad.

—No creo que esté mal si es lo que las dos personas quieren, pero, en este caso, yo no quiero.

Deirdre parecía confusa y se ha ido, pero después me ha dado un polo de menta para demostrarme que no estaba enfadada. Debería comprarle un bollo para el domingo.

Imposible hablar con Gill después de química. Creo posible que me esté evitando. Quizá no sea necesario que tengamos una conversación.

VIERNES, 30 DE NOVIEMBRE DE 1979

Me he levantado en plena noche para hacer magia. He bajado por el olmo hasta el suelo, he encontrado el círculo que hice la última vez y lo he vuelto a recomponer. La luna aparecía de vez en cuando entre las nubes. Esta vez no he encendido ningún fuego.

No quiero escribir lo que he hecho. Soy supersticiosa acerca de esto; siento que sería un error, que ni siquiera debería haber escrito lo que he explicado hasta ahora. ¿Tal vez debería escribirlo no solo de derecha a izquierda sino también bocabajo y en latín? Creo que ahora entiendo por qué la gente no escribe verdaderos libros de magia. Resulta demasiado difícil encontrar las palabras cuando lo has hecho tú mismo en persona. Aun así, al final me he quedado con la sensación de que no sabía realmente lo que hacía y de que estaba improvisando como una loca. Resulta tan diferente cuando haces lo que te han dicho que hagas y sabes que va a funcionar… La luna siempre ha sido mi amiga. Pero aun así.

Hasta ahora siempre nos habían dicho lo que teníamos que hacer. Glorfindel nos explicó que teníamos que lanzar las flores a la laguna, me dijo que tenía que hundir el peine en la ciénaga. Pero allí de pie junto a mi círculo me he sentido muy inexperta, y como si estuviese medio jugando y no fuera a funcionar. La magia es muy extraña. He seguido mirando hacia arriba entre las ramas desnudas, intentando ver la luna tras las nubes y esperando el momento en que estuviera visible. Y he escrito una especie de poema para cantarlo, que al menos me ha ayudado a encontrar la disposición mental adecuada.

He usado cosas que recordaba, cosas inventadas y cosas que parecían encajar. Quería conseguir que la magia me protegiera, y también encontrar un karass. Tenía una manzana. Había tenido dos y las mantuve juntas durante un par de días para que se acostumbrasen la una a la otra, aunque no procedieran del mismo árbol, y después me comí una, para que formase parte de mí, y usé la otra. Las manzanas están conectadas con el manzano y con el mundo de la fertilidad domesticada, y con el Edén, con el Jardín de las Hespérides, con Iduna y Eris. E incluso conmigo, pues una vez guardé una manzana en el cajón del pupitre, que fue madurando lentamente y después se reblandeció y se marchitó hasta convertirse en una pasta de olor dulzón, y no la tiré hasta que comenzó a tener moho por fuera. Esta es una conexión muy fuerte. En la antigua Persia, y creo que todavía ahora en algunas partes de la India, hacían «enterramientos aéreos»: se dejaban los cuerpos sobre plataformas, se los comían los pájaros y se pudrían a la vista de todo el mundo. Esto debe de dar lugar a una magia muy fuerte, pero debe de ser terrible cuando se trata de alguien a quien conoces y ves cómo va desapareciendo de esa manera. La incineración no será mágica, pero al menos es limpia.

En cualquier caso, también me he hecho un corte pequeño en el dedo y he usado mi sangre. Sé que es peligroso, pero sé también que es poderoso.

He visto al hada que me habló aquí la primera vez, en lo alto del árbol. Había otros ojos en las ramas, pero no he reconocido a ninguna y no han dicho nada. No sé cómo hacerme amiga de ellas y conseguir que confíen en mí. Son diferentes de nuestras hadas, más salvajes y más alejadas de las personas.

A pesar de la sensación permanente de haber perdido parte del equipaje, incluso teniendo en cuenta lo de Halloween, nunca había sentido con tanta intensidad que era media persona como esta noche. Me sentía, en lo relativo a la magia, como si me hubieran cortado un brazo, como si estuviese acostumbrada a sostener las cosas con las dos manos y ahora tuviera que conformarme solo con una. Y a pesar de ello, no he intentado ninguna curación. Ni siquiera he pensado en ello hasta ahora. Ni tampoco en mi pierna. Me pregunto si podría hacerlo. Tengo la sensación de que intentarlo sería peligroso, de que incluso hacer lo que he hecho era peligroso; he tratado de conseguir un karass. Quizá no debería haber ido más allá de la protección, que era lo que en realidad necesitaba. Hacer magia para obtener cosas personales no es seguro. Glorfindel me lo dijo. La mayoría de las cosas que quiero no las podré tener en años, si es que algún día las consigo. Pero un karass no debería ser imposible, ¿no? ¿O es demasiado peligroso para intentarlo?

Por supuesto, resulta imposible saber si ha funcionado. Este es siempre el problema con la magia. Uno de los problemas. Entre otros muchos problemas…

Hoy estoy agotada. Casi me quedo dormida con Dickens en la clase de inglés. Pero hay que tener en cuenta que la mayoría de las veces la clase resulta soporífera. Sigo bostezando. Pero quizá esta noche no tenga pesadillas. Ya veremos.