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Para descansar en paz, actúa ahora

Gurney se lo pensó todo una vez más. Era demasiado simple, y quería estar seguro de que no pasaba por alto ningún problema obvio que agujereara su elegante hipótesis. Se fijó en una variedad de expresiones faciales en torno a la mesa mezclas de excitación, impaciencia y curiosidad mientras todos esperaban a que él hablara. Respiró hondo antes de hablar.

—No puedo decir a ciencia cierta que fue así exactamente como se hizo. No obstante, es el único escenario creíble que se me ha ocurrido en todo el tiempo que he estado devanándome los sesos con esos números, y eso se remonta al día en que Mark Mellery vino a mi casa y me mostró la primera carta. Mellery estaba desconcertado y aterrado por la idea de que el autor de la carta lo conocía tan bien que era capaz de predecir en qué número pensaría al pedirle que pensara en cualquier número entre uno y mil. Noté el pánico en él, la sensación de fatalidad. Sin duda lo mismo tuvo que ocurrirles a las otras víctimas. Ese pánico era el objetivo del juego. ¿Cómo podía saber en qué número pensaría? ¿Cómo podía saber algo tan íntimo, tan personal, tan privado como un pensamiento? ¿Qué más sabía? Imagino que estas preguntas lo torturaron, que, literalmente, le volvían loco.

—Francamente, Dave —dijo Kline con mal disimulada agitación—, me están volviendo loco también a mí, y cuanto antes puedas responder, mejor.

—Condenadamente cierto —coincidió Rodríguez—. Vamos al grano.

—Si puedo expresar una opinión ligeramente contraria —dijo Holdenfield con preocupación—, me gustaría que el detective nos diera su explicación como crea conveniente, a su ritmo.

—Es embarazosamente simple —dijo Gurney—. Embarazoso para mí porque cuanto más pensaba en el problema, más impenetrable me parecía. Y averiguar cómo pudo hacer este truco con el número diecinueve no proyectó ninguna luz sobre cómo podía funcionar el asunto del seiscientos cincuenta y ocho. La solución obvia nunca se me ocurrió, hasta que la sargento Wigg contó su historia.

No estaba claro si la mueca en el rostro de Blatt era resultado de un esfuerzo por detectar el elemento clave de todo aquello, o si se debía a que tenía gases en el estómago.

Gurney hizo un gesto de agradecimiento a Wigg antes de continuar.

—Supongamos, como la sargento ha sugerido, que nuestro obsesionado asesino dedicó dos horas al día a escribir cartas y que al final de un año había completado once mil, y que entonces las envió a una lista de once mil personas.

—¿Qué lista? —La voz de Jack Hardwick tenía la aspereza intrusiva de una verja oxidada.

—Es una buen pregunta, quizá la pregunta más importante de todas. Volveré sobre eso dentro de un minuto. Por el momento supongamos que la carta original (la misma carta idéntica) se envió a once mil personas pidiéndoles que pensaran en un número entre uno y mil. La teoría de la probabilidad predeciría que aproximadamente once personas elegirían correctamente. En otras palabras, hay una posibilidad estadística de que once de esas once mil personas que pensaran en un número al azar eligieran el número seiscientos cincuenta y ocho.

La mueca de Blatt estaba adquiriendo proporciones cómicas.

Rodríguez negó con la cabeza con incredulidad.

—¿No estamos cruzando la línea desde la hipótesis a la fantasía?

—¿A qué fantasía se está refiriendo? —Gurney sonó más desconcertado que ofendido.

—Bueno, estos números que está lanzando, no tiene ninguna base real. Son todos imaginarios.

Gurney sonrió con paciencia, aunque por dentro sentía una cosa bien distinta. Por un momento lo distrajo pensar en cómo él mismo era capaz de ocultar sus emociones. Era un hábito de toda la vida: ocultar la irritación, la frustración, la rabia, el miedo, la duda. Le había servido en miles de interrogatorios, tan bien que había llegado a creer que se trataba de un talento, de una técnica profesional, pero por supuesto en la raíz no había nada de eso. Era una forma de enfrentarse a la vida que había formado parte de él desde siempre, al menos desde que tenía memoria. «Entonces tu padre no te prestaba atención, David. ¿Te hizo sentir mal?» «¿Mal? No, mal no. En realidad no sentía nada al respecto.»

Y aun así, en un sueño, uno podía ahogarse en tristeza.

Cielo santo, ahora no hay tiempo para la introspección.

Gurney volvió a concentrarse a tiempo para oír a Rebecca Holdenfield diciendo en esa voz seria de Sigourney Weaver.

—Personalmente, no creo que la hipótesis del detective Gurney sea fantasiosa. De hecho, me resulta convincente y pediría otra vez que le permitieran completar su explicación.

Dirigió su solicitud a Kline, quien levantó las palmas de las manos como para decir que ésa era la intención obvia de todos.

—No estoy diciendo —dijo Gurney— que exactamente once personas de once mil eligieran el número seiscientos cincuenta y ocho, sólo digo que once es el número más probable. No sé suficiente de estadística para recurrir a las fórmulas de probabilidad, pero quizás alguien pueda ayudarme con eso.

Wigg se aclaró la garganta.

—La probabilidad relacionada con un rango sería mucho más alta que la de un número específico en el rango. Por ejemplo, no apostaría la casa a que once personas entre once mil elegirían un número concreto, pero si añadiéramos un rango de más o menos, pongamos, siete en cada dirección, estaría muy tentada de apostar a que el número de personas que lo elegirían caería en ese rango. En este caso, que seiscientos cincuenta y ocho sería el número elegido por, al menos, cuatro personas, y por no más de dieciocho.

Blatt miró a Gurney con ojos entrecerrados.

—¿Está diciendo que ese tipo envió cartas a once mil personas y que el mismo número secreto estaba escondido dentro de esos sobrecitos cerrados?

—Ésa es la idea general.

Los ojos de Holdenfield se ensancharon de asombro al expresar en voz alta sus pensamientos.

—Y fueran los que fueran, cada persona que eligiera el seiscientos cincuenta y ocho por cualquier razón, y luego abriera ese sobrecito interior y encontrara la nota en la que decía que el autor lo conocía lo bastante bien para saber que elegiría el seiscientos cincuenta y ocho… Dios mío, ¡qué impacto tendría!

—Porque —añadió Wigg— nunca se le ocurriría que no era el único que había recibido esa carta. Nunca se le ocurriría que era la persona de entre cada mil que elegía ese número. La escritura manuscrita era la guinda del pastel. Hizo que todo pareciera totalmente personal.

—Dios —gruñó Hardwick—, lo que nos está diciendo es que tenemos un asesino en serie que usa una campaña de marketing directo para elegir víctimas.

—Es una manera de verlo —dijo Gurney.

—Esto podría ser lo más loco que haya oído nunca —dijo Kline, más desconcertado que incrédulo.

—Nadie escribe once mil cartas a mano— declaró finalmente Rodríguez.

—Nadie escribe once mil cartas a mano —repitió Gurney—. Ésa es exactamente la reacción en la que confiaba. Y si no hubiera sido por la historia de la sargento Wigg, no creo que se me hubiera ocurrido nunca esa posibilidad.

—Y si no hubiera descrito el truco de cartas de su padre —dijo Wigg, no habría pensado en la historia.

—Pueden felicitarse mutuamente después —dijo Kline—. Todavía tengo preguntas. Por ejemplo, ¿por qué el asesino pidió 289,87 dólares? ¿Por qué pidió que lo enviaran al apartado postal de otra persona?

—Pidió dinero por la misma razón que el estafador de la sargento pedía el dinero, para conseguir que los objetivos correctos se identificaran. El estafador quería saber qué personas de esa lista estaban seriamente preocupadas por cómo podrían haberles fotografiado. Nuestro asesino quería saber qué personas de esa lista habían elegido el seiscientos cincuenta y ocho y estaban lo suficientemente turbados por la experiencia como para pagar dinero con tal de averiguar quién los conocía tan bien para predecirlo. Creo que la cantidad era lo bastante grande para distinguir a los aterrorizados (y Mellery era uno de ellos) de los curiosos.

Kline se estaba recostando tanto en la silla que apenas estaba en ella.

—Pero ¿por qué esa cantidad exacta de dólares y céntimos?

—Eso me inquietó desde el principio, y todavía no estoy seguro, pero al menos hay una posible razón: para asegurarse de que la víctima enviaría un cheque y no el dinero en efectivo.

—Eso no era lo que decía la primera carta —señaló Rodríguez—. Decía que el dinero se enviara en cheque o en efectivo.

—Lo sé, y esto suena tremendamente sutil —dijo Gurney—, pero creo que la aparente elección pretendía distraer la atención de la necesidad vital de que fuera un cheque. Y la cantidad compleja estaba pensada para desalentar el pago en efectivo.

Rodríguez puso los ojos en blanco.

—Mire, sé que la palabra fantasía no es muy popular aquí hoy, pero no sé cómo más llamar a eso.

—¿Por qué era vital que el pago se enviara en forma de cheque? —preguntó Kline.

—El dinero en sí no le importaba al asesino. Recuerde que los cheques no se cobraron. Creo que tuvo acceso a ellos en algún momento del proceso de entrega al buzón de Gregory Dermott, y eso era lo único que quería.

—Lo único que quería, ¿a qué se refiere?

—¿Qué hay en el cheque, además de la cantidad y el número de cuenta?

Kline pensó un momento.

—¿El nombre del titular de la cuenta y la dirección?

—Exacto —dijo Gurney—. Nombre y dirección.

—Pero ¿por qué…?

—Tenía que lograr que la víctima se identificara. Al fin y al cabo, había enviado miles de cartas. Pero cada víctima potencial estaría convencida de que la carta que había recibido era únicamente para él, y que procedía de alguien que lo conocía muy bien. ¿Y si se limitaba a enviar un sobre con el efectivo solicitado? No habría tenido ningún motivo para incluir su nombre y dirección, y el asesino no podía pedirle de un modo específico que lo incluyera, porque eso destruiría por completo la premisa «conozco tus secretos más íntimos». Conseguir esos cheques era una forma sutil de obtener los nombres y las direcciones de los que respondían. Y quizá, si averiguaba lo que deseaba en la oficina postal, la forma más fácil de desembarazarse de los cheques después era simplemente pasarlos en sus sobres originales al buzón de Dermott.

—Pero el asesino tendría que abrirlos con vapor y volver a cerrar los sobres —dijo Kline.

Gurney se encogió de hombros.

—Una alternativa sería tener algún tipo de acceso después de que Dermott abriera él mismo los sobres, pero antes de que tuviera ocasión de devolver los cheques a sus remitentes. Eso no requeriría vapor ni volver a cerrarlos, pero plantea otros problemas y preguntas, cosas que hemos de investigar en relación con la rutina de Dermott, individuos con posible acceso a su casa y demás.

—Lo cual —gruñó Hardwick en voz alta— nos devuelve a mi pregunta, que Sherlock Gurney aquí presente ha calificado como la pregunta más importante de todas. A saber, ¿quién coño está en esa lista de once mil candidatos a víctimas de homicidio?

Gurney levantó la mano en el gesto habitual del policía de tráfico.

—Antes de que intentemos responder a eso, dejen que recuerde a todos que once mil es sólo una estimación. Es una cifra posible y apoya estadísticamente nuestra tesis respecto del seiscientos cincuenta y ocho. En otras palabras, es un número que funciona. Pero como ha señalado la sargento Wigg, el número real podría estar en cualquier lugar entre cinco mil y quince mil. Cualquier cantidad entre ésas sería lo bastante pequeña para que fuera factible y lo bastante grande para producir un puñado de personas que eligieran al azar el seiscientos cincuenta y ocho.

—A no ser, por supuesto, que se esté equivocando por completo —señaló Rodríguez—, y que toda esta especulación sea una colosal pérdida de tiempo.

Kline se volvió hacia Holdenfield.

—¿Qué te parece, Becca? ¿Vamos bien? ¿Nos estamos equivocando?

—Hay aspectos de la teoría que me resultan absolutamente fascinantes, pero me gustaría reservarme mi opinión final hasta que oiga la respuesta a la pregunta del sargento Hardwick.

Gurney sonrió, esta vez de un modo genuino.

—Rara vez plantea una pregunta sin tener antes una buena idea de la respuesta. ¿Te importa compartirla, Jack?

Hardwick se masajeó el rostro con las manos durante varios segundos, otro de los incomprensibles tics que tanto habían irritado a Gurney cuando trabajaban juntos en el caso de matricidio parricidio de Piggert.

—Si nos detenemos en la característica más significativa que todas las víctimas tienen en común (a la que se refieren los poemas amenazadores), podríamos concluir que sus nombres formaban parte de una lista de personas con problemas graves con la bebida. —Hizo una pausa—. La pregunta es: ¿qué lista es ésa?

—¿La lista de miembros de Alcohólicos Anónimos? —propuso Blatt.

Hardwick negó con la cabeza.

—No existe semejante lista. Se toman la chorrada del anonimato muy en serio.

—¿Y una lista compilada de datos públicos? —dijo Kline—. Arrestos relacionados con el alcohol, condenas.

—Podría elaborarse una lista así, pero dos de las víctimas no figurarían en ella. Mellery no tiene historial de detenciones. El cura pederasta sí, pero el cargo era poner en peligro la moral de un menor, nada sobre alcohol en el registro público, aunque el detective de Boston con el que hablé me dijo que el buen padre después logró que desestimaran los cargos a cambio de declararse culpable de un delito menor, pues achacó su conducta a su alcoholismo y accedió a someterse a una larga rehabilitación.

Kline entrecerró los ojos en ademán reflexivo.

—Bueno, entonces, ¿podría ser una lista de pacientes en esa rehabilitación?

—Es concebible —dijo Hardwick, que retorció el gesto de un modo que venía a decir que no lo era.

—Quizá deberíamos investigarlo.

—Claro. —El tono casi insultante de Hardwick creó un silencio incómodo que rompió Gurney.

—En un intento por ver si podía establecer una conexión entre las víctimas, empecé a pensar en su rehabilitación. Por desgracia, no lleva a ninguna parte. Albert Schmitt pasó veintiocho días en un centro del Bronx hace cinco años, y Mellery pasó veintiocho días en un centro de Queens hace quince años. Ninguno de los centros ofrece terapias de larga duración, lo cual significa que el cura tuvo que ir a otro distinto. Así que aunque nuestro asesino trabajara en uno de esos centros y su trabajo le diera acceso a miles de registros de pacientes, cualquier lista elaborada de esa manera incluiría el nombre de sólo una de las víctimas.

Rodríguez se volvió en su silla y se dirigió directamente a Gurney.

—Su teoría depende de la existencia de una lista gigante, quizá cinco mil nombres, tal vez once mil. He oído que Wigg dice que quizá quince mil, da igual, parece que no para de cambiar. Pero no hay ninguna fuente para esa lista. Así pues, ¿ahora qué?

—Paciencia, capitán —dijo Gurney con voz tranquila—. Yo no diría que no existe esa lista, simplemente no la hemos encontrado. Parece que yo tengo más fe en sus capacidades que usted mismo.

A Rodríguez le subió la sangre a la cara.

—¿Fe en mis capacidades? ¿Qué se supone que significa eso?

—¿En un momento u otro todas las víctimas fueron a rehabilitación? —preguntó Wigg sin hacer caso del exabrupto del capitán.

—No lo sé a ciencia cierta en el caso de Kartch —dijo Gurney, contento de volver al tema—, pero no me sorprendería.

Hardwick intervino.

—El Departamento de Policía de Sotherton nos envió sus antecedentes por fax. El retrato de un auténtico capullo. Agresiones, acoso, borrachera en público, alcohol y desorden, amenazas, amenazas con arma de fuego, conducta obscena, tres detenciones por conducir con exceso de alcohol, dos condenas estatales, por no mencionar una docena de visitas a los calabozos del condado. El material relacionado con el alcohol, sobre todo las detenciones por conducir bajo los efectos del alcohol, hacen que sea prácticamente seguro que lo mandaran a rehabilitación al menos una vez. Puedo pedir a Sotherton que lo averigüe.

Rodríguez se alejó de la mesa.

—Si las víctimas no se conocieron en rehabilitación o ni siquiera fueron al mismo centro en momentos diferentes, ¿qué diferencia habría en que estuvieran en rehabilitación o no? La mitad de los desempleados y de los artistas del mundo van ahora a rehabilitación. Es una estafa subvencionada por Medicaid, un timo para los contribuyentes. ¿Qué demonios significa que todos estos tipos fueran a rehabilitación? ¿Que era probable que los asesinaran? No creo. ¿Que eran borrachos? ¿Y qué? Eso ya lo sabíamos.

La rabia se había convertido en la emoción continua de Rodríguez, y pasaba de una cuestión a otra como si tal cosa.

Wigg, objeto de la andanada, no parecía afectada.

—El investigador Gurney dijo en cierta ocasión que creía que era probable que todas las víctimas estuvieran relacionadas por algún factor común además de la bebida. Pensaba que la asistencia a rehabilitación podía ser ese factor, o al menos parte de él.

Rodríguez rio de un modo burlón.

—Quizás esto, quizá lo otro. Estoy oyendo muchos quizá, pero ninguna conexión real.

Kline parecía frustrado.

—Vamos, Becca, dinos lo que piensas. ¿Cómo de firme es el terreno que pisamos?

—Es una pregunta difícil de responder. No sabría por dónde empezar.

—Lo simplificaré. Crees en la teoría de Gurney, ¿sí o no?

—Sí, creo en ella. La imagen que ha dibujado de Mark Mellery como mentalmente torturado por las notas que estaba recibiendo… Puedo verlo como parte plausible de cierta clase de asesinato ritual.

—Pero no pareces del todo convencida.

—No es eso, es sólo… la singularidad del método. Torturar a la víctima es un elemento bastante común de la patología del asesino en serie, pero nunca había visto un caso en que se llevara a cabo desde tanta distancia, de un modo tan frío y metódico. El componente de tortura de estos homicidios suele basarse en infligir dolor físico de manera directa para aterrorizar a la víctima; de este modo, el asesino tiene la sensación de poder definitivo y de control que ansia. En este caso, en cambio, el dolor era completamente psicológico.

Rodríguez se inclinó hacia ella.

—¿Está diciendo que no encaja en el modelo de asesino en serie? —Sonó como un abogado que ataca a un testigo hostil.

—No. El patrón está ahí. Estoy diciendo que tiene una forma de ejecutarlo singularmente fría y calculadora. La mayoría de los asesinos en serie están por encima de la media en inteligencia. Algunos, como Ted Bundy, muy por encima de la media. Este individuo podría ser único.

—Demasiado listo para nosotros, ¿es lo que está diciéndome?

—No es esto lo que yo digo —replicó Holdenfield con inocencia—, pero probablemente tiene razón.

—¿En serio? Deje que apunte esto —dijo Rodríguez, con la voz tan quebradiza como una capa de hielo fino—. ¿Su opinión profesional es que el DIC es incapaz de detener a este maniaco?

—Una vez más, eso no es lo que he dicho. —Holdenfield sonrió—. Pero una vez más, probablemente tiene razón.

La piel amarillenta de Rodríguez se puso roja de rabia, pero Kline intervino.

—Seguramente, Becca, no estás queriendo decir que no hay nada que hacer.

Holdenfield suspiró con la resignación de un maestro al que le han tocado los estudiantes más tontos de la escuela.

—Los hechos del caso hasta el momento apoyan tres conclusiones. Primero, el hombre que estamos buscando juega con nosotros, y es muy bueno. Segundo, está intensamente motivado, preparado y concentrado, y es muy concienzudo. Tercero, sabe quién es el siguiente de la lista, y nosotros no.

Kline parecía dolorido.

—Pero volviendo a mi pregunta…

—Si estás buscando una luz al final del túnel, hay una pequeña posibilidad a nuestro favor. Por rígidamente organizado que esté, cabe la posibilidad de que se derrumbe.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué quiere decir «que se derrumbe»?

Cuando Kline formuló la pregunta, Gurney sintió una opresión en el pecho. La sensación cruda de ansiedad llegó como una escena cinematográficamente clara en su imaginación, la mano del asesino, que agarra la hoja de papel con los ocho versos que Gurney había echado tan impulsivamente al correo el día anterior:

Ya sé cómo lograste hacer tu fechoría, el andar al revés y el disparo en sordina. Acabará muy pronto tu miserable juego, la garganta cortada por amigo del muerto. Cuidado con el sol, cuidado con la nieve, con la noche y el día, porque escapar no puedes. Iré con aflicción a su tumba primero y luego al asesino enviaré al Infierno.

Metódicamente, con visible desprecio, la mano arrugaba el papel en una bola cada vez más pequeña, y cuando ésta era increíblemente pequeña, no más grande que un chicle gastado, la mano se abría muy despacio y la dejaba caer al suelo. Gurney trató de quitarse de la cabeza esa imagen inquietante, pero la escena no había concluido. Ahora la mano del asesino sostenía el sobre en el cual se había enviado el poema, con la dirección boca arriba y el matasellos claramente visible, el matasellos de Walnut Crossing.

El matasellos de… «¡Oh, Dios!» Un escalofrío se extendió desde la boca del estómago de Gurney por las piernas. ¿Cómo podía haber pasado por alto un problema tan obvio? «Dios, cálmate. Piensa.» ¿Qué podía hacer el asesino con esa información? ¿Podía llevarlo hasta la dirección real de su casa, a Madeleine? Gurney sentía que se le ensanchaban las pupilas, que estaba cada vez más pálido. ¿Cómo podía haberse centrado tan obsesivamente en enviar su patética nota? ¿Cómo no había previsto el problema con el matasellos? ¿A qué peligro había expuesto a Madeleine? Su mente derrapó por la última pregunta como un hombre que corre en torno a una casa quemada. ¿Hasta qué punto era real el peligro? ¿Hasta qué punto era inminente? ¿Debería llamarla, alertarla? ¿Alertarla de qué exactamente? ¿Y darle un susto de muerte? Dios, ¿qué más? ¿Qué más había pasado por alto? ¿La seguridad de quién más, la vida de quién más, estaba pasando por alto por su tozudez a la hora de ganar la partida? Las preguntas eran mareantes.

Una voz interrumpió su pánico. Trató de aferrarse a ella, de usarla para recuperar equilibrio.

Holdenfield estaba hablando.

—… un planificador obsesivo compulsivo con una necesidad patológica de lograr que la realidad se ajuste a sus planes. El objetivo que lo obsesiona por completo es poseer un control absoluto de los demás.

—¿De todos? —preguntó Kline.

—Su foco es actualmente muy reducido. Siente que ha de dominar completamente, a través del terror y el asesinato, a los miembros de su «grupo objetivo de víctimas», que parece ser algún subconjunto de varones alcohólicos de mediana edad. Otras personas son irrelevantes para él. No son de interés o importancia.

—Entonces, ¿dónde entra el asunto del «derrumbe»?

—Bueno, cometer un asesinato para mantener una sensación de omnipotencia es un proceso con un defecto fatal. Como solución al ansia de control, el asesino en serie es profundamente disfuncional, el equivalente de perseguir la felicidad fumando crac.

—¿Cada vez necesitan más?

—Cada vez más para conseguir cada vez menos. El ciclo emocional se vuelve más y más comprimido e incontrolable. Ocurren cosas que se suponía que no tenían que ocurrir. Sospecho que algo de esta naturaleza ha sucedido esta mañana, con el resultado de que ha matado al policía en lugar de a su señor Dermott. Estos sucesos imprevistos crean serios temblores emocionales en un asesino obsesionado con el control, y tales distracciones conducen a más errores. Es como una máquina con un eje desequilibrado. Cuando alcanza cierta velocidad, la vibración destroza la máquina.

—¿Y eso qué significa exactamente?

—El asesino se vuelve más frenético e impredecible.

Frenético. Impredecible. Otra vez el temor frío se extendió desde la boca del estómago de Gurney, en esta ocasión a su pecho y su garganta.

—¿Significa que la situación va a empeorar? preguntó Kline.

—En cierto modo va a mejorar, y en cierto modo va a empeorar. Si un asesino que solía acechar en un callejón oscuro para matar de cuando en cuando a alguien con un picahielos irrumpe, de repente, en Times Square con un machete, es probable que lo pillen. Pero en ese caos final, un montón de gente podría perder la vida.

—¿Crees que nuestro hombre podría estar entrando en la fase del machete? —Kline parecía más excitado que sublevado.

Gurney se sintió mareado. El tono de macho bravucón que la gente de las fuerzas del orden usaba para protegerse del horror no funcionaba en ciertas situaciones. Ésa era una de ellas.

—Sí.

La plana simplicidad de la respuesta de Holdenfield produjo un silencio en la sala. Al cabo de un rato, el capitán habló con su predecible antagonismo.

—Entonces, ¿qué se supone que hemos de hacer? ¿Publicar un aviso sobre un educado señor de treinta años con un eje que vibra y un machete en la mano?

Hardwick sonrió retorcidamente. Blatt soltó una carcajada.

—En ocasiones un gran final forma parte del plan —dijo Stimmel.

Captó la atención de todos salvo de Blatt, que seguía riendo. Cuando éste se calmó, Stimmel continuó.

—¿Alguien recuerda el caso de Duane Merkly?

Nadie.

—Veterano de Vietnam —dijo Stimmel. Tenía problemas con la agrupación de veteranos. Problemas con la autoridad. Era dueño de un asqueroso perro guardián akita inu que se comió uno de los patos del vecino. Al mes siguiente, el akita se comió al beagle del vecino. El vecino le pegó un tiro al akita. Hubo una escalada en el conflicto y cada vez más problemas. Un día el veterano de Vietnam toma al vecino de rehén. Dice que quiere cinco mil dólares por el akita o que va a matar al tipo. Llega la Policía local, llega el equipo SWAT. Toman posiciones en torno al perímetro de la casa. La cuestión es que nadie miró la hoja de servicio de Duane. Así que nadie sabía que era especialista en demoliciones. Duane se especializó en la detonación a distancia de minas de tierra.

Stimmel se quedó en silencio, dejando que su público imaginara el resultado.

—¿Quiere decir que el cabrón hizo volar a todo el mundo por los aires? —preguntó Blatt, impresionado.

—No a todo el mundo. Seis muertos, seis incapacitados permanentes.

Rodríguez tenía cara de frustración.

—¿Cuál es el sentido de todo esto?

—El sentido es que había adquirido los componentes para las minas dos años antes. El gran final siempre había sido el plan.

Rodríguez negó con la cabeza.

—No veo la relevancia.

Gurney sí la vio y se sintió inquieto.

Kline miró a Holdenfield.

—¿Qué te parece, Becca?

—¿Si creo que nuestro hombre tiene grandes planes? Es posible. Hay una cosa que sí sé…

Entonces alguien llamó a la puerta, que se abrió. Un sargento uniformado entró hasta el centro de la sala y se dirigió a Rodríguez.

—¿Señor? Lamento interrumpir. Tiene una llamada del teniente Nardo, de Connecticut. Le he dicho que estaba en una reunión. Pero insiste en que es una emergencia, que necesita hablar con usted ahora.

Rodríguez suspiró como quien ha de soportar el peso de un hombre cargado injustamente.

—Lo cogeré aquí —dijo, señalando con la cabeza el teléfono que había en el mueble bajo, que estaba apoyado contra la pared de detrás de él.

El sargento se retiró. Al cabo de dos minutos sonó el teléfono.

—Capitán Rodríguez al habla.

Durante otros dos minutos mantuvo el teléfono pegado a la oreja con una expresión de tensa concentración.

—Es muy extraño —dijo al fin—. De hecho, es tan extraño, teniente, que me gustaría que se lo repitiera palabra por palabra a nuestro equipo de investigación. Voy a poner el altavoz. Adelante, por favor, cuénteles exactamente lo que me ha dicho.

La voz que sonó en el teléfono al cabo de un momento era tensa y dura.

—Soy John Nardo, Departamento de Policía de Wycherly. ¿Me oyen?

Rodríguez dijo que sí. Nardo continuó.

—Como saben, uno de nuestros agentes ha muerto en acto de servicio esta mañana en casa de Gregory Dermott. Ahora mismo estamos en la casa con un equipo que está registrando la escena del crimen. Hace veinte minutos se ha recibido una llamada para el señor Dermott. El que llamaba ha dicho, cito: «Eres el siguiente de la lista y después de ti será el turno de Gurney».

«¿Qué?» Gurney no estaba seguro de haber oído bien.

Kline pidió a Nardo que repitiera el mensaje de teléfono y éste lo hizo.

—¿Ha recibido algo ya de la compañía telefónica sobre la fuente? —preguntó Hardwick.

—Llamada de teléfono móvil. Sin datos GPS, sólo la localización de la torre de control. Y obviamente sin identificador de llamada.

—¿Quién recibió la llamada? —preguntó Gurney.

Sorprendentemente, la amenaza directa lo había calmado, quizá porque cualquier cosa específica, cualquier cosa con nombres estaba más limitado y, por lo tanto, era más manejable que enfrentarse a un número infinito de posibilidades. Y tal vez porque ninguno de los nombres era el de Madeleine.

—¿Qué quiere decir? —preguntó Nardo.

—Ha dicho que se recibió una llamada para el señor Dermott, no que la recibiera él.

—Ah, sí, ya veo. Bueno, resulta que Dermott estaba tumbado con migraña cuando sonó el teléfono. Ha estado bastante incapacitado desde que encontró el cadáver. Uno de los técnicos respondió la llamada en la cocina. El que llamaba preguntó por Dermott, dijo que era un amigo íntimo.

—¿Qué nombre dio?

—Un nombre extraño. Carbis… Caberdis… No, espere un momento, aquí lo tengo, el técnico lo anotó: Charybdis.

—¿Algo extraño en la voz?

—Es curioso que lo pregunte. Estaban tratando de describirla. Después de que Dermott fue al teléfono, dijo que pensaba que sonaba con acento extranjero, pero nuestro agente pensaba que era falso, un hombre que trataba de disimular la voz. O quizás era una mujer, ninguno de los dos estaba seguro. Miren, señores, lo siento, pero he de volver al trabajo. Sólo quería darles los datos básicos. Volveremos a ponernos en contacto cuando tengamos algo nuevo.

Después del sonido de desconexión, un silencio inquieto se apoderó de la sala. Por fin, Hardwick se aclaró la garganta tan ruidosamente que Holdenfield se estremeció.

—Bueno, Davey —gruñó—, una vez más eres el centro de atención. «Es el turno de Gurney.» ¿Tienes un imán para los asesinos en serie? Lo único que hemos de hacer es ponerte en una cuerda y esperar que piquen.

¿Madeleine corría el mismo peligro? Quizá todavía no. Con un poco de suerte, todavía no. Al fin y al cabo, Dermott y él estaban en primera fila. Suponiendo que el chiflado estuviera diciendo la verdad. En ese caso, le daría algo de tiempo, quizá tiempo para tener suerte. Tiempo para compensar lo que había pasado por alto. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido? Idiota.

Kline parecía inquieto.

—¿Cómo ha conseguido convertirse en objetivo?

—Sé tan poco como usted —dijo Gurney con falsa ligereza.

Su culpa hizo que tuviera la impresión de que tanto Kline como Rodríguez lo estaban mirando con curiosidad hostil. Desde el principio había tenido recelos sobre escribir y mandar ese poema, pero los había sepultado sin definirlos ni articularlos. Estaba asombrado de su capacidad para pasar por alto el peligro, incluido el que se podía cernir sobre otros. ¿Qué había sentido en ese momento? ¿El riesgo de Madeleine se había acercado a su conciencia? ¿Había tenido una idea y la había descartado? ¿Había sido tan insensible? «Por favor, Dios, no.»

En medio de su angustia, estaba seguro de al menos una cosa: estar sentado en esa sala de conferencias discutiendo la situación ya no era una opción tolerable. Si Dermott era el siguiente en la lista del asesino, entonces ésa era la mejor oportunidad para atraparlo y terminar con todo aquello. Y si él mismo era el siguiente después de Dermott, entonces ésa era una batalla que quería librar lo más lejos posible de Walnut Crossing. Apartó la silla de la mesa y se levantó.

—Si me disculpan, hay un lugar al que debo ir.

Al principio esto generó sólo miradas inexpresivas en torno a la mesa. Hasta que Kline comprendió el significado.

—Dios —gritó—, ¿no estará pensando en ir a Connecticut?

—Tengo una invitación y voy a aceptarla.

—Es una locura. No sabe dónde podría meterse.

—De hecho —dijo Rodríguez con una mirada desdeñosa en dirección a Gurney—, una escena del crimen plagada de policías es un lugar muy seguro.

—Eso podría ser así —dijo Holdenfield—, a menos… Dejó que la idea flotara, como si estuviera caminando en torno a una imagen para examinarla desde diferentes ángulos.

—A menos… —soltó Rodríguez.

—A menos que el asesino sea un policía.