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Lo que vendrá

El hombre joven se recostó en los deliciosamente mullidos almohadones apoyados contra el cabezal y sonrió con placidez a la pantalla del portátil.

—¿Dónde está mi Dickie Duck? —preguntó la mujer mayor que estaba a su lado en la cama.

—Está en la cama planeando la muerte de los monstruos.

—¿Estás escribiendo un poema?

—Sí, madre.

—Léelo en voz alta.

—Aún no está acabado.

—Léelo en voz alta —repitió la mujer, como si hubiera olvidado lo que acababa de decir.

—No es muy bueno. Necesita algo más. —Ajustó el ángulo de la pantalla.

—Tienes una voz muy bonita —dijo ella, como de corrido, tocándose con aire ausente los rizos rubios de su peluca.

Él cerró un momento los ojos. Entonces, como si estuviera a punto de tocar la flauta, se relamió un poco los labios. Cuando empezó a hablar, lo hizo en un medio susurro cadencioso:

 

Éstas son algunas de mis preferencias:

el mágico cambio que trae una bala,

la sangre que mana y salpica el suelo

hasta que se acaba,

el ojo por ojo, el diente por diente,

el final de todo, la verdad ahora,

todo el bien obrado con el arma del borracho…

Nada comparado con lo que vendrá.

 

Suspiró y miró la pantalla, arrugando la nariz.

—La métrica falla.

La mujer mayor asintió con serena incomprensión y preguntó con su vocecita timorata de niña pequeña.

—¿Qué hará mi Dickie Duck?

Él estaba tentado de describir la limpieza inminente con todo el detalle con que la había imaginado. La muerte de todos los monstruos. Era tan colorida, tan excitante, tan… ¡satisfactoria! Pero también se enorgullecía de su realismo, de su comprensión de las limitaciones de su madre. Sabía que sus preguntas no requerían respuestas específicas, que olvidaba la mayoría de ellas en cuanto las pronunciaba, que sus palabras eran meros sonidos, sonidos que a ella le gustaban, que le resultaban reconfortantes. Podía decir cualquier cosa, contar hasta diez, recitar una canción de cuna. No había diferencia en lo que decía, mientras lo dijera con sentimiento y con ritmo. Siempre buscaba cierta riqueza en la inflexión. Disfrutaba complaciéndola.