XLV
Pocos, que no fueran indígenas, conocían como Segismundo la selva que cubría el paso de San Francisco de Campeche a Punta Allén, de la costa oeste a la costa este de la península de Yucatán. En el poblado de Cayal, a dos días de camino de Campache, un herrero amigo del que era buen cliente Segismundo le liberó de los grilletes en pies y manos. Sin las ataduras de hierro, con fuerzas renovadas, luego de comer y beber en casa de Ramón, que así se llamaba el herrero, el arriero emprendió el camino en dirección al lugar donde sospechaba podría hallarse el traidor Van de Valle. Recordaba a la perfección las palabras pronunciadas por su peón en cierta ocasión, hacía poco más de un año: «No es mal asunto, Segismundo, y mucho dinero puedes ganar, que algo de tu generosidad me caerá también a mí». A lo que él le había contestado: «Ni se te ocurra volver a proponerme tal negocio, que no traiciono a mi patria ni a mi Rey ni por toda la plata del mundo». Aquello quedó en agua de borrajas, y nunca más mencionó el asunto Van de Valle. Entonces no le dio importancia Segismundo, pero ahora consideró posible que aquella sabandija traidora hubiese emprendido el ruin negocio por su cuenta, quitado de en medio su único impedimento, él mismo, el dueño legítimo de las mulas. Dos semanas de arduo camino llevó a Segismundo a las cercanías de Punta Allén, donde abundaba el tan preciado árbol de palo de tinte. Todos los huesos y músculos del cuerpo le dolían al fugitivo, no sólo por el palizón que a diario se daba atravesando la maleza a golpes del machete, que le había prestado el bueno del herrero, sino porque cada noche había mal dormido encaramado en la rama más gruesa y alta que encontraba en el camino, a salvo del ataque de algún jaguar, el más poderoso depredador de la península yucateca. El largo e intrincado trayecto y la escasa alimentación lo habían debilitado. Aun así, el ansia por encontrar a Van de Valle le daba las fuerzas necesarias para seguir escudriñando por las escasas veredas recorridas por los humanos en aquella zona.
Hasta que el fruto de su perseverancia llegó. Y llegó el amanecer de la tercera semana de su evasión. Desde su elevada atalaya, una alta rama de un cedro gigantesco, oyó voces en inglés. Con sumo sigilo se acercó al lugar del que procedían. Sabía que no se hallaba lejos de la costa, cerca de Punta Allén, donde fondeaban piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios que traficaban con palo de tinte. De pronto escuchó el crujido inconfundible de un tronco quebrarse recién serrado o talado a golpes de hacha. Escuchó el sonido del árbol desvanecerse y arrasar las ramas de otros árboles que hallaba en la caída, y por último el estruendo del estrellarse contra el suelo. Se le aceleraron las pulsaciones, y más aún cuando la brisa le trajo el olor a boñiga de mula. Ya muy cerca de donde llegaban con más claridad las voces en inglés, se encaramó a un álamo. Desde la altura descubrió lo que se temía. Allí estaba Van de Valle con sus siete mulas, presto para cargarlas con los haces de ramas de palo de tinte que no menos de doscientos piratas, desperdigados por la zona, hacían a machetazos del árbol recién talado.
A primera hora de la mañana, el Alguacil Mayor Sebastián Aguirre aguardaba en el pasillo, a la espera de informar al Gobernador de los avances en la búsqueda del fugitivo Segismundo Rodríguez Mesa, que hacía ya dos meses había logrado evadirse. Lo malo del caso es que no tenía avance alguno que ofrecer al General, y ya en la reunión que con él mantuvo hacía dos semanas para despachar asuntos diversos sobre el orden en la ciudad, al ser preguntado por las pesquisas al respecto de Segismundo Rodríguez, tampoco pudo aportarle alguna novedad, cuestión que no gustó nada a Benavides. Tragaba saliva Aguirre cuando oyó unos gritos que procedían de la entrada principal a la Casa de Cabildos. El escándalo aumentó. «¡Tengo que ver al señor Gobernador!», bramaba alguien, con gran energía, a pesar de notársele la voz rota. Aguirre corrió hacia la entrada. Cuatro soldados de la guardia trataban de reducir a un hombre corpulento cubierto de harapos apestosos. Dos soldados más hicieron falta para tirar al suelo y sujetar al harapiento, que no dejaba de gritar pidiendo ver al Gobernador. El hombre dejó de vociferar al recibir un culatazo de mosquete en plenos lumbares. El oficial de guardia llegaba al lugar a la vez que el Alguacil Mayor.
—¿Qué está pasando aquí? —inquirieron ambos a un tiempo.
—Este hombre no atendió al alto que le di, mi teniente —explicaba el soldado de plantón en la garita de la entrada—, y, como ha podido escuchar vuestra merced, no ha parado de gritar que quiere ver al señor Gobernador.
El hombre, envuelto en lo que fueron pantalón y camisola, tendido en el suelo con la mejilla pegada a la baldosa y las rodillas de dos de los soldados clavadas en los riñones, trataba de coger resuello, a duras penas. Siguiendo las instrucciones del teniente, un soldado le dio media vuelta mientras otro le ponía la boca del fusil a un palmo de la sien. Todos se quedaron mirándole a la cara. El pordiosero olía a pocilga; el cabello enmarañado y sucio le llegaba hasta los hombros y la tupida barba junto a la mugre que le cubría el rostro le hacían irreconocible.
—¿Quién eres, desgraciado? —interrogaba el teniente, ante la atenta observancia del alguacil.
—Es... muy importante que vea al señor Gobernador —masculló el hombre corpulento pero escuálido, ya apenas sin fuerzas.
—No está bien de la cabeza, mi teniente —observó el cabo de guardia.
—Has hecho caso omiso al alto del centinela y has irrumpido en la residencia del señor Gobernador por la fuerza, y para colmo de males te niegas a identificarte... Mal asunto —decía el teniente, cuando se acercaba al lugar del incidente Jonás Alcázar.
—He de ver al señor Gobernador... Se trata de algo de suma importancia —insistía el hombre, con voz quebrada.
—Ponedle grilletes —ordenó el teniente al cabo, y luego miró al alguacil—. Ahora ya es cosa de vuestra merced —dijo, dirigiéndose a Aguirre, que asintió.
—Teniente —intervino Jonás—, ¿no ha escuchado vuestra merced que este hombre insiste en hablar con Su Excelencia? ¿No le parece que tal insistencia de un hombre en tan lamentable estado será por algo?
El teniente y los demás, que tenían en alta consideración al secretario del Gobernador, prestaron atención a sus palabras. El cabo miró al teniente, como esperando nuevas órdenes.
—¿No le parece a vuestra merced, don Jonás, que este hombre no está en su sano juicio y que no debemos molestar a Su Excelencia con un mendigo loco, que apesta a cloaca? —se explicaba el teniente.
—No soy un mendigo loco —dijo el hombre, poniéndose en pie, ante la atenta mirada del soldado que le apuntaba con el mosquete—. Soy Segismundo Rodríguez Mesa y he de informar al señor Gobernador de algo de gran importancia...
De pronto, como si la diestra de Aguirre se hubiese tornado rayo, el alguacil desenvainó la espada y apuntó con ella al corazón del fugitivo.
—¡Date preso, Rodríguez, malnacido! —le espetó, escudriñando entre la mugre y la barba espesa que camuflaba su identidad, reconociendo en aquellos ojos hundidos la mirada del arriero huido—. Éste es el hombre que casi mata a vuestra merced, don Jonás —dijo, sin quitar la vista del ahora prisionero—. Dos meses fugado llevaba el muy macaco, que a punto estuvo de matar a los dos alguaciles que le conducían a prisión. ¡Bellaco, desgraciado, pendenciero, energúmeno...! —se explayaba Aguirre, que aún no se creía el tener frente a sí al motivo de su principal quebradero de cabeza de los dos últimos meses.
Sorprendido, Jonás trató de reconocer en aquel rostro demacrado el del hombre que lo atacó, del que apenas recordaba las facciones. Sí reconoció en él su considerable estatura —sacaba la cabeza a todos los allí reunidos— y su gran corpulencia, mermada ahora por el hambre que debió pasar las últimas fechas. Segismundo miraba a Jonás, con la esperanza de que aquel mediara por él, a pesar de los pesares.
—Nunca estuvo en mi intención hacerle daño, señor —le habló mirándole a los ojos—. El maldito alcohol, señor... —decía, sin reconocer a Jonás, del que no recordaba absolutamente nada, pero comprendiendo que aquel hombre bien vestido y educado había sido víctima de su agresión y motivo de su encarcelación, dadas las palabras del alguacil—. Pero sepa vuestra merced que es de grandísima importancia lo que debo informar al señor Gobernador. ¿Acaso, si no, me hubiese presentado aquí, sabiendo qué destino me espera?
—Gran razón lleva este hombre —dijo Jonás—. Teniente, que aguarde aquí —señaló a Segismundo—, bajo su responsabilidad, que ya informaré yo a Su Excelencia —concluyó el secretario del Gobernador.
—¡Madre de Dios! —exclamó Benavides al ver al hombre huido de la justicia, de quien a diez pasos le llegaba un nauseabundo olor a huevo podrido.
Segismundo explicó a Benavides que, dada su condición de evadido de la Justicia, si no hablaba en persona con Su Excelencia la importantísima información que guardaba podía perderse por el camino. Por lo que aun sabiendo que sería apresado de inmediato, había decidido cumplir con la obligación de todo buen español que se preciase. El Gobernador reconoció gran mérito en su decisión, y ante la importancia que supuso llevaba su información, lo hizo conducir hasta el patio del edificio, con el fin de escuchar lo que debía contarle Segismundo Rodríguez al aire libre, y mitigar así el nauseabundo olor que el arriero despedía, que en lugar cerrado sería insoportable. Al rato, con un vaso de agua entre las manos, y solo ante el Gobernador y su secretario, Segismundo comenzó su narración:
—Y antes de nada, señor Gobernador, si su señoría me lo permite... —decía.
—Al señor Gobernador se le trata Vuestra Excelencia, Segismundo —le corrigió Jonás, quien, extrañamente, no sentía ningún rencor hacia aquel hombre que casi le rompe en dos la cabeza.
—Oh, sí, perdone, Vuestra Excelencia... Sólo quiero, antes de nada, expresar mi pesar por el daño que hice al secretario de Vuestra Excelencia y que yo nunca quise...
—Está bien, está bien, Segismundo. Ahora, haz el favor de explicarme aquello de tanta importancia de lo que debías informarme en persona —le instó Benavides.
—Sí, Excelencia... Pues veréis... Una vez logré escapar de la Justicia, que sabe Dios Nuestro Señor que lo hice muy ofuscado y no dueño de mí —trataba de explicarse lo mejor que podía, a la vez de quitarse culpas delante de la Primera Autoridad de Yucatán—, me adentré en la selva, camino de la costa este, por las cercanías de Punta Allén. En aquellos lugares pensé que encontraría al traidor de mi peón, Van de Valle. Este malnacido, Excelencia, perdone mi lenguaje, este hijo del demonio me robó mis siete mulas, justo el día siguiente del desgraciado incidente en el que el maldito vino...
—Al grano, Segismundo; al grano, te lo ruego —interrumpía el Gobernador.
—Oh, perdón, Excelencia —echó un trago de agua y continuó—. Yo supuse dónde se encontraba el miserable de Van de Valle con mis mulas, porque no hará más de un año, el muy traidor a nuestro Rey y nuestra Patria me propuso entrar en contacto con unos corsarios al servicio de la enemiga Gran Bretaña —trataba el arriero de sumar méritos en sus argumentos, cuestión que no se le escapaba al Gobernador y consideraba natural, dadas las circunstancias de aquel desgraciado—. Había llegado a las orejas u oídos de Van de Valle que los piratas buscaban arrieros sumamente discretos, dispuestos, a cambio de una generosa recompensa, a transportar las cargas de palo de tinte que talaban en la selva a dos leguas de la costa. Yo le dije que se olvidara de aquello, que jamás, ni por todo el oro y la plata del mundo, traicionaría a mi Rey. Y de aquello me olvidé y nunca me volvió a hablar ese pérfido traidor... —Segismundo volvió a beber agua, y a inspirar y espirar largamente, en un par de ocasiones. A Benavides, aquella historia empezaba a interesarle seriamente. El arriero prosiguió—. Llegué hace dos semanas a poco de la costa, frente a Punta Allén, y descubrí lo que antes había adivinado: a Van de Valle con mis mulas, cargando los haces de ramas de palo de tinte que talaban los corsarios, que en efecto eran ingleses, al menos en su mayoría. Escondido en la espesura, los espié dos días completos, en los que ni pude comer, más que beber agua de los charcos, que me produjeron una tremenda diarrea que me ha dejado en los huesos —Benavides asentía. Jonás escuchaba con suma atención, obnubilado por la narración. Segismundo continuó—. En principio creí que sería la tripulación de un barco, pero me equivoqué. En aquella extensión, donde abunda el palo de tinte, se habían repartido el terreno tres barcos enemigos. Dos corsarios ingleses y un pirata holandés, que descubrí al arrastrarme hasta la costa, fondeados, en efecto, entre la playa y Punta Allén. El traidor de Van de Valle y dos arrieros más cargaban el palo de tinte hasta la playa, y de ésta a los barcos en botes. Aquella selva está siendo esquilmada, Excelencia.
—¿Hace dos semanas que presenciaste el expolio? —inquirió Benavides.
—Sí, Excelencia.
—¿Seguirán allí, aún?
—Creo que sí, Excelencia, había mucha tarea por delante, y son codiciosos esos cabrones.
—¿Hasta cuándo podrías estimar tendrían tarea en aquel lugar? —a la vez que el Gobernador preguntaba, organizaba mentalmente un plan de ataque que acabase con aquellos corsarios y requisase el cargamento de palo de tinte. Debía ser una acción ejemplarizante. Contundente.
—No lo sé, Excelencia. Avanzaban hacia el norte cuando emprendí el regreso a Campeche. Quizá dos o tres semanas. No podría decirle, señor Gobernador.
Benavides hizo llamar al Alguacil Mayor y le dio instrucciones.
—Este hombre queda desde este instante bajo su cuidado y responsabilidad, dada su condición de fugitivo de la Justicia. Y preste vuestra merced mucha atención, Aguirre, este hombre ha prestado un notable servicio a los intereses de nuestro Rey, que son los de España misma, así que será tratado con respeto y consideración. Que se asee y adecente su presencia, así como que se le alimente de forma generosa. Luego que descanse un par de horas, y a las cuatro de esta tarde, lo traerá a estas dependencias —y diciendo esto, se dirigió a Segismundo—. Lo que me has contado no se lo repitas a nadie.
Segismundo asintió. Aguirre, que ya contaba con el concurso de cuatro alguacilillos a los que había mandado llamar, siguió al pie de la letra las órdenes del Gobernador. Bien sabía que no le permitiría Benavides otra metedura de pata.
A primera hora de esa tarde, el Gobernador se reunió con su Plana Mayor: el coronel Martín Villalón, jefe del Batallón Fijo de Castilla; el coronel Badía, jefe de la Artillería y el teniente coronel Galarza, comandante del Escuadrón de Dragones de Yucatán. A la reunión asistieron los capitanes de las compañías con las que el General consideró contar para la expedición de castigo. Sobre el escritorio extendió un mapa de la península yucateca.
—¿Puedes señalarnos en el mapa la posición de los corsarios en tierra, como la situación de los barcos? —ante la expectante mirada de los demás, preguntó a Segismundo, situado al otro lado de la mesa, ya aseado, afeitado y con ropa limpia que el mismo Alguacil Mayor le había facilitado.
—No me apaño muy bien con los mapas, señor Gobernador y apenas sé firmar con mi nombre, de letras no sé más —reconoció el arriero.
—Esto es Campeche —señaló con un puntero Benavides—. Aquí está Mérida y esto Punta Allén —indicó por último el extremo de la alargada y estrecha lengua de tierra rodeada de mar por ambas lados, al norte de una bahía de poca profundidad, a diez leguas de Tulum, a cuyo amparo fondeaban los barcos, según afirmaba Segismundo—. ¿Te orientas ahora?
—Sí, sí, señor Gobernador... —asentía con seguridad—. En esta zona, de aquí a aquí talaban árboles de palo de tinte —señalaba con el índice sobre el mapa—. Hasta esta playa llevaban las mulas los haces de ramas, donde esperaban los botes que los trasladaban a los barcos, aquí fondeados.
Raudo pensó Benavides la estrategia a seguir. De inmediato escribió una misiva al Teniente General don Antonio Gaztañeta, comandante de la escuadra fondeada en Puerto Caballos, con la que un mensajero partió al galope con instrucciones de entregarla en persona al destinatario. Luego impartió órdenes a los jefes de las unidades, que a su vez ofrecieron su parecer. En una hora concluía la reunión. La experiencia y oficio del Teniente General Benavides abrumó a los subordinados, aumentando la admiración que por él sentían.
—Destruiremos los barcos y apresaremos o eliminaremos, según respondan, a todo corsario que trate de esquilmar nuestra costa. Quizá la acción no sea más que una gota de agua en el océano de nuestra continua guerra contra el corso y la piratería, pero mucho más será que no reaccionar y dejarles hacer. ¿Alguna pregunta, señores? —nadie habló; todo estaba claro—. Pues a por ellos —concluyó.
En la hondureña rada de Puerto Caballos, a día y medio de navegación de Punta Allén, aguardaban al Gobernador y Capitán General de la provincia de Yucatán los cinco buques de guerra de la Real Armada española que conformaban la escuadra al mando del teniente general Gaztañeta: los navíos de línea San Luis, Nuestra Señora de Guadalupe y Santa Rosa de Lima; y las fragatas San Cristóbal y Santa Bárbara. A quienes había que sumar el navío de línea Conquistador, de 70 bocas de fuego, que casualmente, llegado esa mañana desde La Habana, se unía a la expedición.
El atardecer del 31 de julio de 1748, más cansado Quijano que su amo, llegaron el Gobernador y la escolta de Dragones a Puerto Caballos, luego de tres agotadoras jornadas en terco carruaje, con únicas paradas en las estaciones de postas, imprescindibles para el cambio de caballos y para satisfacer las ineludibles necesidades fisiológicas. Podía haber evitado Benavides aquel agotador trajín, pues no era necesario que encabezara él la expedición de castigo, ya que con dar instrucciones y esperar noticias en su residencia de San Francisco de Campeche habría cumplido con sus responsabilidades. Sin embargo, a sus setenta años, el ilustre matancero prefería con creces dirigir aquella acción de guerra que calentar el sillón de su despacho. A punto de embarcar en el bote que le llevaría al San Luis, don Antonio besó la pequeña cruz de plata que colgaba del cuello, como siempre hacía en cruciales momentos o antes de embarcar. En el muelle le estaba esperando Gaztañeta, como procedía, dado el cargo de Primera Autoridad de la provincia que ostentaba Benavides. Ya en la pequeña embarcación, algo le decía el marino al Gobernador que éste no atendía, no por desconsideración, sino por agotamiento. Mecían las olas la lancha, que avanzaba al compás del bogar de los marineros, mientras el Comandante de la escuadra hablaba y Benavides asentía, por pura habilidad, adquirida en el tiempo, de parecer que escuchaba cuando su mente se hallaba en otro lugar. Se ponía el sol, y le trajo la memoria los atardeceres que contemplaba de niño y de joven desde aquella roca, no lejos de la era, en su Matanza de Acentejo, cuando el astro enrojecido teñía de grana el horizonte y la vecina isla de La Palma parecía convertirse en un ascua gigante. Muchas veces contempló aquel espectáculo que le regalaba la naturaleza, sin duda por orden directa del Sumo Hacedor. Muchas habían sido las veces que compartió tan gratificantes momentos con su amada Josefina. Luego de su muerte, nada fue igual. Veía acercarse el imponente buque de guerra y sentía el agua pulverizada que los remos arrancaban al mar y el viento llevaba a su rostro, pero nada conseguía apartarle de los lejanos recuerdos. Ansiaba volver a España, a su tinerfeña tierra natal, y descansar, cubiertos ya casi cincuenta años de leal servicio al Rey y a la Patria, de los cuales más de treinta los había servido en tierras de la América española.
Localizados los corsarios por los exploradores, dos indígenas descendientes directos del pueblo Maya, la primera y segunda compañías del Batallón Fijo de Castilla, que sumaban trescientos veinte infantes, al mando del capitán Sanabria, el más antiguo de los jefes de las dos unidades, se abrían en abanico sigilosamente. Esperando en retaguardia, los ochenta y cuatro jinetes de la primera compañía del Escuadrón de Dragones cubrirían los flancos, imposibilitando la huída de los piratas, que se verían obligados a correr hacia la playa. A la distancia justa para no ser descubiertos, sólo había que esperar la señal: el primer cañonazo que se diera desde la escuadra española, que, según lo proyectado por el Teniente General Benavides, poco más tendrían que aguardar. Sanabria observó a Segismundo, que a su lado sudaba la gota gorda, más por los nervios que llevaba que por el calor que hacía. En ese instante se oyó caer un árbol, el sonido del arrastrar con él las ramas de otros cercanos y el estruendo del enorme corpachón estrellarse contra el suelo. El capitán Sanabria avanzó hasta los cien pasos de distancia de la explanada abierta, donde los arrieros contratados, al menos cuatro, con entre seis y siete mulas cada uno, cargaban los animales.
—Aquel, mi capitán, aquel hijo de puta rubio de largo pelo rizado es el traidor hijo de perra que me robó las mulas —musitó Segismundo al oído del capitán, señalando a Van de Valle.
—Tranquilo, arriero, que pronto recuperarás las mulas y ese malnacido pagará su traición a España —susurró el oficial, observando con el catalejo a uno de los piratas que le llamó la atención, un viejo al que parecía faltarle una oreja y la mitad de la otra, que con un machete aligeraba de hojas las ramas que en fajos se cargaban en los animales.