XXXVIII
Aochenta leguas al norte de Veracruz, entre la isla de Lobos y la costa, habían fondeado los cinco barcos liderados por el Guaña. Cien hombres aguardaban en sus buques. Setecientos habían partido en busca del más extraordinario botín jamás imaginado por aquellos maleantes. La ruta seguida por los españoles desde hacía ciento sesenta años para trasladar las mercancías del Galeón de Manila de Acapulco a Veracruz la conocían bien los habitantes de aquellas tierras del interior. No le fue difícil al corsario averiguar el itinerario, luego estudiarlo y decidir por último el mejor lugar donde atacar a la caravana y hacerse con la carga. De la escolta nadie debía quedar con vida. De los arrieros, los necesarios para guiar a los animales, que bien sabido era que son bichos nada fáciles de tratar si por algo se encorajinan o se extrañan, que nada hay más terco que una mula. Al llegar a la playa, la valiosa carga se trasladaría en botes a los barcos; se matarían las mulas más saludables para enriquecer las despensas, y por último se pasaría a cuchillo a los arrieros. Cuando en Veracruz se percatasen de lo sucedido, las naves ya se habrían hecho a la mar. Se enorgullecía de sí mismo el Guaña.
El teniente Díaz encabezaba el pelotón ya de regreso a Veracruz, luego de la inspección del terreno y de despachar con las autoridades de Acapulco las órdenes del señor Gobernador. Pensaba en Lola, de la que más enamorado se sentía cada día, aun sin poder evitar pensar en los años que ella pasó en el burdel, hasta no hacía tanto, en contra de su voluntad, ciertamente. No obstante, pasear con ella a la vista de otros hombres, algunos visitantes de aquel lupanar, le corroía las entrañas. No podía evitarlo.
—Haremos noche en Orizaba —informó a los soldados, refiriéndose a una venta que se hallaba al noroeste de Veracruz.
Orizaba era una pequeña población que había nacido a orillas del río Matzinga, donde la expedición pernoctaría y los animales saciarían la sed. No se comía mal en aquella posada, y dormir en el suelo de madera, sobre una manta, no era poca cosa después de haber cabalgado todo el día. No habría camas para todos. Él, como oficial que era, dormiría solo en una habitación, que en el camino de ida había avisado al posadero que le reservara. Esa noche, el teniente Díaz no lograba pegar ojo, pensando en Lola y su pasado. Desesperado de dar vueltas sobre el duro catre, decidió salir a tomar el aire. Se calzó las botas, se vistió los pantalones y se echó la casaca por los hombros. En la posada, al borde del camino, dormían todos. A tientas, abrió la puerta que daba al exterior tratando de no hacer ruido. Fuera hacía fresco. En la noche silenciosa lucían infinidad de estrellas y en algunas nubes reflejaba su blanca luz la luna menguante. Paz y tranquilidad se respiraba en la húmeda atmósfera de aquellas tierras del interior. El teniente hinchó de aire los pulmones y lo expulsó con un resoplido digno del Babieca que montaba. Entonces escuchó lo que le parecieron voces. Voces que no procedían del poblado que habían dejado atrás. Aguzó el oído y volvió a escuchar las voces, que cesaron de súbito. Y aquellas voces no se había pronunciado en español, sino en inglés, de eso estaba seguro.
El Guaña montó en cólera cuando dos hombres de la tripulación de Richard Morgan la emprendieron a golpes e improperios por no sabía ni le importaba qué maldita cuestión. Si a él, y a la mitad de los hombres que dormían desperdigados ocultos entre aquellos matorrales, sus voces les habían despertado en la noche callada, esas voces podían haber llegado lejos. El Guaña se acercó hasta el lugar de la disputa y encontró a Morgan embroncando a murmullos a sus dos hombres, consciente de la importancia de pasar absolutamente inadvertidos. De ser descubiertos por algún campesino, éste daría aviso a las autoridades y la sorpresa en la ejecución de la empresa se vería frustrada.
—Esos dos pedazos de rebenques van a hacer que nos descubra algún campesino —le espetó el Guaña a Morgan.
—Ya les llamé la atención. Son dos de mis mejores hombres, pero tienen muy malas pulgas.
—La madre que los parió. ¿Y qué hacen que no duermen? Me cago en sus muertos —musitó mordiéndose los labios, muy encorajinado.
—Bueno, Guaña, ya está. Ya están advertidos. ¿Qué más quieres? ¿Montar follón? ¿No hay que guardar silencio? Pues ya recuperamos el silencio —trataba de apaciguar los ánimos Morgan, también en voz muy baja.
—Nos jugamos mucho, Morgan. Así que controla a tus hombres o seré yo quien los controle a mi manera —volvió a la carga el capitán de la Curse.
—¿Me estás amenazando, Guaña? —musitó el otro, apenas reteniendo el vozarrón, entre el murmullo de los hombres cercanos al conflicto.
—¡Ya está bien, por todos los diablos! Dejémoslo estar... —terció Two Heads, oportunamente, gesticulando con las manos.
El Guaña escupió y musitó un improperio ininteligible. Los demás hicieron la vista gorda. El silencio volvió a reinar en el extenso llano cubierto de matorrales, tras la loma que les ocultaba de los muchos transeúntes que con la llegada del Galeón de Manila circulaban por allí. Setecientos hombres, armados hasta los dientes, aguardaban a un cuarto de legua del camino que recorrerían las mulas hacia Veracruz. El Guaña había prohibido hacer fuego, por razones obvias. Bizcocho y agua era todo lo que podrían ingerir durante los dos días de espera que había calculado el jefe de aquella hueste de pendencieros, a la espera del aviso de los vigías avanzados. Según había averiguado el hombre del más fétido de los alientos, la expedición del Galeón de Manila acamparía en la noche justo al otro lado de la loma, a la orilla del rio Matzinga. Aquel había sido el lugar elegido por el Guaña para el asalto, cuando la escolta de la expedición descansara. Se les echarían encima en silencio y a los soldados los pasarían a cuchillo, sin hacer uso de pistolas ni mosquetes: cuanta menos algarada, mejor. Al término de la matanza, se escurrirían por donde habían llegado. Con la reata de mulas avanzarían hacia la costa sin hacer un solo descanso, al encuentro de las naves. Soñaba el Guaña con el éxito de su extraordinaria empresa, que además de hacerle inmensamente rico, le encumbraría a los anales del corso universal, como el hacedor de la más grande de las hazañas.
El teniente Díaz anduvo hacia el lugar de donde habían llegado las voces, hacía un rato. Estuvo tentado de ir a la habitación a por la pistola y despertar a los soldados, pero sin pensarlo se encaminó hacia aquel lugar. Su poderoso instinto de supervivencia —ese que tantas veces le había alertado acertadamente y al que tenía por fiel camarada— le decía que nada bueno sucedía tras la loma, que ya alcanzaba. Apenas veía por dónde pisaba cuando alguna nube cerraba el paso a la débil luna. Llegó por fin a la cumbre del montículo. Se echó al suelo, reptó y asomó la cara al otro lado. Aguzando la vista, sólo apreciaba una llanura cubierta de altos matorrales y algunos árboles dispersos; y afinando el oído, el tímido crujir de las ramas al paso de la ligera brisa. Cerró los ojos, como si así pudiera concentrarse más en los sonidos de la noche, y... entonces lo escuchó. O más bien, los escuchó. Entre el crujir de los matorrales se colaban ronquidos humanos. Allí abajo había hombres durmiendo a pierna suelta. Se concentró más en los sonidos y pudo escuchar el murmullo de conversaciones en el idioma de los hijos de la Gran Bretaña. El corazón se le aceleró de súbito al joven teniente de los Reales Ejércitos de España. ¿Cuántos ingleses se ocultaban en aquel lugar y para qué? Se preguntó y respondió al mismo tiempo. Era evidente que aguardaban el paso de la expedición del Galeón de Manila, de camino a Veracruz. Aguardó unos minutos, rezando porque las nubes puñeteras se abrieran bajo la Luna y le dieran algo de luz. Y al fin sucedió. Aunque menguante, la Luna esparció su luz sobre aquel llano infestado de enemigos. Entre los matorrales, el teniente Díaz pudo apreciar las manchas multicolores de la vestimenta de aquellos fulanos, echados en el suelo, en la primera línea de matorrales. Aquellos no eran militares. Podía tratarse de una partida de bandoleros. Pero si hablaban en inglés, era más probable que fuesen piratas o corsarios. Mala chusma, al fin de cuentas. No pudo calcular el número, pero sin duda debían ser muchos. La luna volvió a ser ocultada por las nubes y el teniente retrocedió sobre sus pasos, con el corazón palpitándole a golpes en el pecho. Al llegar a la posada, despertó a sus hombres. A los diez minutos, el pelotón marchaba al galope hacia Veracruz. Amanecía y el camino estaba despejado.
En el mismo lugar de siempre, al término de la segunda agotadora jornada de camino a Veracruz, la larguísima recua de sufridos animales de carga se dispuso a pasar la noche. Los mulos, sedientos, se excitaron al oler el agua del cercano río. Los arrieros y peones descargaron los pesados cajones, de forma que en la mañana se cargaran de nuevo en el mismo orden. Las mulas saciaron la sed, una vez se calmaron y dejaron de sudar. El capitán Velarde, jefe de la expedición, posicionó a sus hombres protegiendo el perímetro de la extensión que ocupaba la caravana, que se había concentrado cerrando un círculo. Se hicieron hogueras en torno a las cuales se sentaron los hombres, y cada cual sacó de su morral lo que su esposa, madre o hija le había preparado para el camino. Pan, frutos secos, queso y tortas de maíz, por lo general. Los soldados se movían por el campamento, siguiendo las instrucciones del capitán. La noche fue cayendo.
Los vigías que había apostado el Guaña en el camino anunciaron la llegada de la larguísima recua de mulas. El escándalo de los rebuznos y el trajín de los arrieros se escuchaban tímidamente detrás de la loma a un cuarto de legua. El ansia por emprender el asalto hacía hervir la sangre del Guaña y la de sus socios en la empresa. La voz se corrió entre los setecientos hombres. Justo al alcanzar la tercera hora luego de ocultarse el sol, cuando la mayor parte de los soldados durmieran, marcharían en absoluto silencio hacia el río, en cuya ribera aguardaba para ellos el mayor de los tesoros.
Largas se le hicieron las tres horas. Pero al fin pasaron y la caterva de forajidos avanzó guardando el silencio que garantizaba sus vidas, porque bien claro había dejado el Guaña —luego del altercado entre hombres de Morgan—que quien alzara la voz, por cualquier motivo, debía ser degollado de inmediato por los que a su lado anduviesen, que éstos serían bien recompensados. La pistola y espada al cinto y el puñal en la mano, paso a paso, avanzaban los corsarios. La luna oculta favorecía sus intenciones. Ya alcanzaban con la vista el campamento. De un par de hogueras apenas sobrevivían algunas llamas. Otras no eran más que enrojecidas ascuas. Junto a ellas, un par de centinelas dormitaban. Las mulas descansaban meneando el rabo. Las moscas zumbaban. La cosa no podía presentarse mejor. En torno a sesenta pasos separaban la primera línea corsaria del campamento español, calculó el Guaña, que hizo señas para que los nombrados jefes de grupo comunicasen a sus hombres que acelerasen el paso para caer contra los españoles y acabar con sus vidas en un abrir y cerrar de ojos. La retaguardia, la mitad de sus hombres, debía hacerse de inmediato con las mulas, no fuese que saliesen de estampida y las perdieran, pues eran imprescindibles para el traslado de las mercancías. Avanzaban. Al Guaña se le aceleró el corazón. ¡Cuán cerca estaba ya de la gloria! Unos pasos más y se les echarían encima a los españoles. ¡Malditas ramas secas que crujían bajo sus pies! ¿Qué hacían tantas ramas secas desperdigadas por el suelo de aquel espacio sin árboles?, se preguntaron el capitán de la Curse y algunos más. Y en ese instante, cuando iba el Guaña a susurrar la orden de acelerar la marcha y el consiguiente ataque, unas hileras de pólvora se encendieron en torno a ellos y la chispa corrió como alma que lleva el diablo. Aquello desconcertó enormemente a los corsarios, que estallaron en maldiciones. La chispa de cada hilera llegó hasta una decena de montones de leña enriquecida con hojas secas, que ardieron en cuanto el montón de pólvora acumulada en el centro se incendió y prendió el combustible vegetal. El fogonazo cogió de bruces a muchos piratas, que se vieron cegados por la intensa luz en la negra noche; negrísima para ellos. De inmediato, las llamas iluminaron la atmósfera y la turba corsaria se vio envuelta por la luz de las hogueras. Un vozarrón, desde las filas españolas, gritó: ¡fuego! Y más luz cayó de pronto sobre los que habían pretendido atacar por sorpresa, salvo que ésta llegaba seguida de mortífero plomo. La debacle se precipitó en un suspiro. En menos de un suspiro.
La primera línea cayó abatida por el fuego de mosquete de la infantería española; de inmediato los otros cien fusileros hicieron fuego, mientras los primeros cargaban sus armas. A éstos se sumaban los cincuenta trabucos, pistolas y arcabuces de caza que empuñaban los arrieros y peones más avezados y un grupo de campesinos. Entre tanto, cien arrieros aseguraban las mulas, amarradas a los gruesos troncos de los altos liquidámbares que se alzaban a lo largo de la ribera del Matzinga.
Ante aquel inesperado recibimiento, luego de caer muertos o heridos la mitad de la chusma corsaria, estallando la segunda andanada del cerrado fuego español, seguida de una tercera y una cuarta que no dieron tregua, los supervivientes retrocedieron a la carrera, vociferando, despavoridos, tropezando unos con otros, cayendo al suelo y levantándose a trompicones, recibiendo plomo a diestro y siniestro. El Guaña, que se había tirado al suelo nada más intuir lo que se avecinaba, reptó dando media vuelta, dispuesto a escapar de aquel infierno. A empujones, echó a un lado un cuerpo que le estorbaba. Entonces reconoció el cadáver: era Butcher, su lugarteniente y único amigo, con un plomazo entre los ojos. Giró la cara y vio que los soldados que disparaban parapetados tras los bultos de mercancía se ponían en pie y hacían fuego avanzando hacia los que huían, como él. Echó mano de la pistola que llevaba al cinto y disparó a ciegas. Dando tropiezos con los cuerpos caídos, se puso en pie y emprendió una carrera desesperada, cuando sintió en la oreja que le quedaba un dolor espantoso y un inmediato ardor. Se la palpó. Un disparo se la había volado; apenas el lóbulo le colgaba, sanguinolento. Poco más y el plomazo le revienta el cráneo. El Guaña gritaba maldiciendo su estampa y su suerte.
Doscientos ochenta y cinco, entre muertos y heridos, contó el soldado que informaba al capitán Velarde. La mitad de los noventa heridos murieron antes del amanecer. El capitán ordenó a los arrieros y peones que se procediera a cargar de nuevo a las mulas, para reanudar la marcha a la salida del sol. Y fue asomándose el sol, cuando Velarde vio llegar al galope a cien jinetes de la guarnición de Veracruz, al frente de los cuales cabalgaba el mismísimo Gobernador.
A sus recientemente cumplidos cincuenta y siete años, el Brigadier de Caballería don Antonio Benavides González de Molina —que así hacía tiempo que firmaba los documentos y misivas, añadiendo el segundo apellido del abuelo materno—, había recorrido de un tirón, a lomos de un brioso corcel, al frente de la Primera Compañía del Escuadrón de Dragones, las veinte leguas que separaban Veracruz de Orizaba. Al Gobernador le dolían hasta las pestañas, pero fue tal la alegría al ver sanos y salvos a soldados, arrieros y peones de la caravana, así como la carga a buen recaudo, que de súbito se le pasaron los dolores. No quiso Benavides dejar pasar la ocasión de salir del tedioso despacho. ¿Acaso la custodia del cargamento del Galeón de Manila no era una de sus más importantes responsabilidades? Quien ya no aguantaba el dolor de riñones, de coxis, de glúteos, de piernas y de toda aquella parte del cuerpo que aún no se le había dormido, era el teniente Díaz, que parando sólo para dar parte de lo visto y cambiar de montura, se había metido entre pecho y espalda las cuarenta leguas que sumaban el doble recorrido. El capitán Velarde explicó al Gobernador que a media jornada de la llegada de la expedición al lugar previsto para pasar la noche, el soldado enviado por el teniente Díaz les alertó de la posible emboscada que les aguardaba. Ante la incertidumbre del número de enemigos, decidió reclutar a cuantos campesinos se encontró en las aldeas del camino, que ante la posibilidad de que aquellos hombres fueran corsarios o piratas, echando mano de las viejas armas de las que disponían, se unieron gustosos a la partida. «Bien saben los lugareños que ir contra esos malasañas es proteger a sus familias», decía Velarde en la narración de los antecedentes a la noche. «Sembrar de ramas secas el entorno fue una buena idea, al pisarse crujen y en el silencio de la noche se hacen delatoras. La pólvora hizo prender de súbito la hojarasca en el centro de los montones de leña bien repartidos. Y el fuego de los soldados, bien apoyados los mosquetes sobre los cajones de mercancías, y a tan corta distancia, fue tan certero como demoledor, Excelencia. Es que ni respirar le dejamos a esos hijos de puta... Y ahí están, entre los cadáveres, tres de los cinco capitanes. Dos han logrado escapar, según informan los prisioneros. Pero apuesto a que no llegarán lejos los muy cabrones», se explayaba el capitán Velarde, henchido de gozo al haber acabado con casi toda la tripulación de cinco barcos corsarios, en los cuales, aunque de bandera inglesa, navegaban hombres de otras naciones del mundo.
Media hora descansaron los caballos, para luego salir en persecución de los huidos, que a pie no podían haber llegado demasiado lejos. El teniente Díaz permaneció en el campamento, agradeciendo la dispensa de Su Excelencia.
Benavides observó a los campesinos, mestizos e indígenas, cristianos en su mayoría. Se acercó a ellos y los saludó con afecto. «Es el señor Gobernador de Veracruz», se escuchó decir a uno, que corrió la voz entre los otros. Los lugareños, desde jóvenes, casi niños algunos, a ancianos desdentados —tan rudos y elementales como afables por las buenas, así como temibles por las malas—, se acercaban a dar la mano a la primera autoridad de la región. Benavides habló con unos y con otros: les preguntó por sus ocupaciones; por las cosechas; por sus familias; por sus necesidades. Ellos hablaban con timidez. El Gobernador les inspiraba respeto, más que por el alto cargo, por el talante sencillo y carismático a la vez. Esas cosas con las que se nace, y que reflejan los ojos y las palabras de forma natural.
Al rato, cuando, ante la atenta mirada del Gobernador, el capitán Velarde interrogaba a uno de los prisioneros, algunos arrieros increparon a voces a varios de los corsarios heridos, obligando a los soldados a interponerse entre ellos, dado que la indignación de los campesinos pasó a mayores y algunos trataron de lincharles. Velarde preguntó por el motivo de aquel altercado. Los arrieros que se erigieron en portavoces —uno mestizo y otro zapoteco, de un poblado costero al sur de Veracruz— explicaron, fuera de sí, que habían reconocido a dos de los piratas —ellos no entendían de corsarios, ni bucaneros, ni filibusteros—, que hacía tres meses habían asaltado el poblado, asesinando a todo aquel que trató de defenderse del saqueo, y que aquellos desalmados habían secuestrado a tres muchachas de las que nunca más se supo.
—¿Quiénes son? —preguntó el Gobernador.
Los arrieros señalaron a los dos hombres, ninguno herido de gravedad. Los sujetos fueron separados del grupo de prisioneros. De rodillas, atadas las manos a la espalda, Velarde procedió a interrogarlos, mientras una línea de soldados impedían que los campesinos, muchos de ellos habitantes de poblados costeros, hartos de sufrir los asaltos piratas, los increpaban con los rostros desencajados por el odio y el desprecio, que sin duda aquella canalla se había ganado.
—Dice tu compinche —comenzó diciendo Velarde, señalando al otro que había estado interrogando— que pertenecéis a tripulaciones de cinco barcos —un cabo tradujo al inglés.
El corsario asintió.
—¿Dónde están fondeados los barcos? —inquirió Velarde.
El sujeto se encogió de hombros, y de súbito recibió un sonoro bofetón que le propinó el capitán. El Gobernador alzó la mano, y se dirigió en inglés mirando a uno y otro prisionero alternativamente. Les explicó que habían sido reconocidos por algunos campesinos como los asaltantes de su poblado hacía unos meses, y que reclamaban una justa venganza. Asimismo les ilustró sobre la procedencia zapoteca de algunos de ellos, pueblo indígena que solía desollar y empalar vivos a sus enemigos. Para luego asegurarles que si no les decían dónde se hallaban fondeados los barcos, les entregaría a los campesinos para que hicieran de ellos picadillo. Benavides, muy consciente del terror que les estaba metiendo en el cuerpo a los dos sujetos, miró a los campesinos y les gritó:
—¿Seguro que son estos dos? Ellos dicen que nunca asaltaron ningún poblado. Que os equivocáis de hombres. Que mentís.
La reacción que Benavides buscaba en los campesinos surgió de inmediato. Entraron en un estado de cólera tal, que los soldados tuvieron que emplearse a fondo para impedirles avanzar contra los prisioneros que se mantenían de rodillas. Aunque los hombres no entendieron qué les había dicho a los campesinos el Gobernador, no hizo falta preguntarle ni una sola vez más. Uno de ellos, ante el asentimiento del otro, desembuchó de corrido. Informó dónde aguardaban los barcos, cuántos eran y quiénes sus capitanes.
—Las muchachas que secuestrasteis, ¿siguen en el barco? —inquirió Benavides.
El corsario asintió. Al parecer, al capitán Harry Two Heads, comandante del Black shark, un bergantín de origen portugués, se había encaprichado de ellas y no se decidía a venderlas.
Benavides tuvo que esforzarse para calmar los ánimos de los campesinos, asegurándoles que aquellos criminales serían juzgados y ajusticiados. Les explicó que habían confesado el lugar donde estaban fondeados los barcos y que nada más llegar a Veracruz, una escuadra de guerra partiría al encuentro de los piratas, les darían caza y rescatarían a las muchachas que, según los prisioneros, aun permanecían en uno de los barcos. Cuando la larga recua de mulas estuvo cargada de nuevo, dos horas después, y la expedición reanudaba el viaje a Veracruz, la compañía a caballo regresaba de su persecución. El capitán al frente informó al Gobernador de que habían sido abatidos casi doscientos corsarios más, por ellos mismos y por la improvisada milicia campesina de Orizaba, de Jalapilla, de Ixtaczoquitlán, de Tlilapán, de Cuatlapán, de Palmira, de Mandoza, de Tuxpanquillo y de Maltrata, que alertados por los familiares de los campesinos reclutados como refuerzos el día anterior por el capitán Velarde, y corriéndose la voz de boca en boca, se armaron dispuestos a impedir que escaparan atravesando sus tierras. Al huir desperdigados los piratas, fueron acorralados y cazados bicharracos. «Hombres y mujeres de todas las edades, Excelencia, los corrieron a palos, a machetazos y a pedradas», explicaba el capitán. «Los piratas son muy odiados por los campesinos. Parecía que en esta ocasión esa gente saldaba cuentas acumuladas, con un ansia de muy atrás, de sabe Dios cuántas maldades sufridas», concluyó el oficial.
—¡Adelaaanteee! —bramó el capitán Velarde, y las ochocientas mulas reanudaron la marcha.
La mitad del escuadrón reforzó la escolta de la caravana, a la que se había unido una nueva reata, esta vez de prisioneros; la otra mitad, encabezada por el Gobernador, se adelantó al galope de regreso a Veracruz. Benavides ansiaba organizar la escuadra que partiera a la caza de los barcos que aguardaban, según habían afirmado los prisioneros, fondeados en la isla de Lobos, frente a la costa, al norte de Veracruz.
A la mañana siguiente, de los buques amarrados al espigón del castillo de San Juan de Ulúa, se formó una flotilla formada por tres fragatas y dos navíos de línea —dos formidables barcos de guerra de reciente construcción, procedentes de los astilleros de La Habana—, con el objeto de rescatar a las muchachas secuestradas, además de apresar los barcos y escarmentar a su tripulación. En el muelle, el Gobernador observaba la partida de la escuadra, acompañado de los tenientes coroneles Ruiz de Oña y Monteleón, y del capitán de puerto Cruz Menéndez. De vuelta en la Casa de Cabildos, preguntó por el padre Amaro, a quien había citado esa mañana. «Está en las cocinas, Excelencia, de animada charla con doña Clara y la señorita Lola», le informó el ordenanza. Enseguida, el párroco de Nuestra Señora de la Asunción se dirigió al despacho del Gobernador. Benavides narró al sacerdote lo ocurrido el día anterior, aunque ya era conocido en Veracruz.
—Si Dios Nuestro Señor quiere, y esperemos que así sea, padre Amaro, de aquí a tres o cuatro días tendremos con nosotros a tres muchachas que fueron raptadas por uno de esos corsarios hace varios meses —le decía Benavides.
—Madre de Dios, pobres criaturas.
—Hace un rato ha partido una escuadra con el objeto de rescatar a las muchachas y castigar a sus captores. Y de eso quiero hablarle, padre Amaro. Quiero pedir a su reverencia que las reciba y reconforte, y que se ocupe de que sean atendidas sus necesidades médicas en el hospital de Nuestra Señora de Loreto. Imagino que esas muchachas requerirán de tanta atención médica como espiritual. En cuanto ellas nos den razón, localizaremos a las familias.
—¿Y cree Vuestra Excelencia que podrán ser rescatadas con vida? Y perdóneme que así me exprese, pero en manos de esos canallas... En cuanto se vean acosados por nuestros barcos...
—Recemos porque todo salga bien. Y confiemos en el buen hacer de nuestros soldados y en la ayuda del Señor.
—Así sea.