XXXI
No dejó el pueblo de hablar de los sucesos del burdel de la Isidora durante mucho tiempo, y cientos fueron las especulaciones que se barajaban en las charlas de taberna o en cualquier esquina. Con la muerte de la puta más vieja del pueblo, el burdel quedó a la deriva y las mujeres que en él se ganaban la vida marcharon a Veracruz. Una noche ardió el hostal de Isidora, cuyo fuego, al no estar pared con pared con ninguna casa, no afectó a ningún vecino. Todos en el pueblo festejaron que aquella casa de tan mal fario acabara hecha cenizas.
Marta, demostrando una entereza y serenidad digna de elogio, más aún dada su edad, decidió llevar en su vientre al hijo del hombre que la mancilló y a poco acaba con su vida. Una vez naciera el niño, lo entregaría en la misión. El padre Venancio le animó a que volviera a la escuela con los demás niños y que así ayudase al padre Augusto y al padre Rafael en las clases de lectura y escritura. Así lo hizo la chiquilla, animada por sus padres, que siguiendo el consejo de Antonio Benavides, trataron de que se involucrara en las tareas cotidianas anteriores a la terrible agresión. De modo que Marta se unió cada mañana a sus hermanos y acudió a la escuela de la misión, ejerciendo más de maestra que de alumna. Los chiquillos indígenas la recibieron con abrazos y muestras de un cariño tan sincero y espontáneo que emocionó y llenó de felicidad a la muchacha. El padre Augusto no pudo contener las lágrimas cuando la vio aparecer con sus hermanos la primera mañana luego de su horrible experiencia. «Martita querida, cuánta alegría, cuánta alegría...», repetía emocionado el franciscano. El padre Rafael, rebosante de energía y bondad, la alzó en brazos cual chiquillo de cinco años, de los que por allí danzaban, y dio gracias a Dios por su vuelta a la escuela de la misión. En ocasiones, cada vez más frecuentes, a mitad de camino de casa a la misión, Jonás se hacía el encontradizo y la saludaba con un «buenos días, señorita Marta». A Marta le daba pena el muchacho. «¿Tú crees que ese chico aún me pretenda, en mi condición?», le decía a María, cuando él se alejaba, con cara de cordero a las puertas de casa del carnicero. «Pues a mí me parece que sí, porque, si no, a qué va a estar cada tres por cuatro rondando por aquí a la misma hora, hermanita», contestaba María. Al llegar a casa, después de clase, le hacía la misma pregunta a la madre, y Carmen, confusa y sorprendida, mantenía siempre que se cruzaba por el camino porque por el camino debía cruzarse, por pura coincidencia, ni más ni menos. «Ni caso hagas a ese muchacho, que algo chalado me parece a mí que está», afirmaba su madre. «Muy chalado no ha de estar, madre, porque de ser así no sería el secretario de tío Antonio», contestaba la jovencita, con buen juicio.
Marta superó su inicial resistencia a pasear hasta el castillo para hacerle visitas sorpresa a su tío Antonio, que si antes del suceso le recibía con gran alegría, luego lo hacía con tal cariño y algarabía que Marta se sentía inmensamente reconfortada. A veces, las más, la acompañaba María, que comprendió por qué a su hermana mayor le gustaba tanto visitar a tío Antonio, y pasear con él y con Canelo por el camino que bordeaba el mar. Y es que no había un día que tío Antonio no les contara algo nuevo sobre los océanos o las tierras al otro lado del Atlántico, cuando no les hablaba de historias que había leído en los montones de libros que guardaba como un tesoro en su habitación. En una de las visitas que Marta y María hicieron a su tío, se encontraron de frente con Jonás, que terminaba la jornada luego de despachar con don Antonio las decenas de asuntos diarios. Él las saludó con cortesía, sonriendo especialmente a Marta. Ellas respondieron al saludo y siguieron su camino hacia el despacho del Gobernador. A los pocos segundos escucharon a sus espaldas una soberana trifulca. Jonás se embroncaba con un soldado al que sujetaba por las solapas de la blanca casaca. De inmediato, un sargento puso orden en el entuerto. Algo improcedente sobre las niñas había dicho el infante, que Jonás no dudó en recriminar tajantemente. Marta miró a Jonás, que seguía abroncando al soldado, y reconoció que aquel muchacho le era más simpático a fuerza de toparse con él y verle esos ojos tristones que ponía cada vez que cruzaba con ella la mirada. En ese instante, se oyeron los entusiásticos ladridos de Canelo que, con el rabo como un remolino, acudía a la carrera a saludar a las chiquillas, y detrás, procedente del despacho, el Gobernador, que ignorando la trifulca del otro extremo del corredor, dio la calurosa bienvenida a sus adoradas sobrinas adoptivas. «¡Tío Antonio, que se nos casa Caridad con ese capitán de Marina que la corteja!», le anunció María, con entusiasmo. «Luis Palacios, todo un caballero. ¡Qué alegría nos hemos llevado en casa! Sobre todo madre, que está con Caridad como con la hermana que dice hubiera querido tener», dijo Marta, sonriendo con una luz especial. «Pues eso habrá que celebrarlo con una rica taza de chocolate que Antoñito nos va a preparar en un santiamén», resolvió tío Antonio mirando al criado que en ese momento llegaba, para anunciar a su señor que la merienda ya estaba preparada. «¿Has visto cómo le ha crecido la barriga a Martita, tío Antonio?», decía María con bigote de chocolate y la taza humeante entre las manos. Antonio sonrió y miró con dulzura a la joven madre, que se pasaba la mano por el abultado vientre, reflejando una especial luz en los ojos. Marta miró a su tío y le sonrió también, encogiéndose de hombros. «Él no tiene culpa... de nada», musitó Martita, como si pretendiera que sólo su tío Antonio leyera en sus labios. «Tendría que sentir la peor de las amarguras, pero no la siento», pensó ella, una vez más de tantas otras en los últimos meses. Necesitaba hablar con alguien de aquellos sentimientos encontrados que no lograba comprender y que en ocasiones le hacían feliz y otras le producían desazón. Esa tarde, cuando María jugaba con Canelo, Marta aprovechó para desahogar sus inquietudes.
—¿Si te cuento una cosa quedará entre nosotros? —inquirió ella, mirando al horizonte luego de hablarle a su tío mirándole a los ojos.
—Por supuesto, Martita.
—¿Ni a padre ni a madre?
—Si es algo que no les concierne por ser tus padres, seré un sepulcro... Y dime ya de qué se trata, porque me empiezas a preocupar.
—Madre, padre y yo convinimos en entregar el niño que llevo dentro al padre Venancio, que en la misión lo cuidará y se ocupará de que crezca ignorante de quién es su madre y su... padre.
—Y así será, porque es una justa decisión, dada las circunstancias, Martita... Siempre que así lo quieras tú. De lo contrario, deberías hablar con tus padres y sincerarte con ellos —dijo Antonio, que intuía por dónde iba la inquietud de su sobrina más querida.
—¿Por qué me lees siempre el pensamiento, Tiíto?
—Porque tú eres transparente, mi querida niña... y yo ya he cumplido años de sobra como para adivinar ciertas cosas de la vida, que más se saben por viejo que por sabio. Ya conoces el refrán.
—Ese de que más sabe el diablo por viejo que por diablo —dijo ella, riendo.
—Y ahora, cuéntame, que algo más tendrás que decirme, y quiero escucharlo.
—Es que estoy hecha un lío, tío Antonio... Yo creí que... odiaría al niño que crece dentro de mí...
—Los sentimientos son incontrolables, Marta. Pero sí nuestra reacción a ellos... Pero, sigue, no quiero interrumpirte.
—Y así fue al principio. No podía soportar llevar dentro el fruto de mi terrible desgracia... Oh, tío, ¡cuánto sufrí! Aun lo recuerdo a veces y... y no imaginas cuán mal me siento. No... no quiero pensar en eso ahora...
—Pues no pienses en eso, Marta. Piensa en el presente, cariño mío... —le decía él, tomándola de la mano, ayudándola a sentarse sobre la cureña de un cañón que miraba al lejano horizonte atlántico.
—Cada vez que vomitaba y tenía náuseas, y esas cosas que dice madre que son normales en los primeros meses de embarazo, más odiaba mi desdicha y más ganas tenía de parir a la criatura y entregarla en la misión, y olvidarme de ella para siempre... Eso sentía, y se lo decía a madre y ella me abrazaba y me decía que me comprendía. Un día escuché a padre decirle a madre, una noche que no conseguía coger el sueño, que si Canelo no hubiese matado, y perdona mis palabras, tío, pero así lo dijo, «a ese hijo de puta», lo hubiese hecho él. Porque de no hacerlo, no sería ni padre ni hombre... Y yo me toqué el vientre y pensé que aquí dentro estaba el hijo de ese malnacido que tanto daño me hizo... Y no sabes lo mal que me sentí, tío Antonio —suspiró largamente y prosiguió—. Y con eso de volver a la escuela de la misión y enseñar español a los niños indios, que son tan sencillos y cariñosos, y el padre Rafael, siempre tan alegre, animándome, y esas cosas... Y mis paseos de charla contigo, y María, que me tiene loca con sus cosas, y mis hermanos pequeños, que son un primor... y todas esas cosas, tío... El caso es que se ha ido el tiempo muy deprisa, y esta barrigota mira cómo está ya, que a punto de parir estoy.
—Es que percibimos más rápido el paso del tiempo si mantenemos la cabeza ocupada y distraída, Martita. Y eso te ha pasado a ti. Y lo aprecias más porque tu vida presente está marcada por un tiempo muy concreto: los nueve meses de embarazo. Que posiblemente sea el periodo de la vida de una mujer que más se marque en su memoria, o de los que más, imagino yo. Que de estas cosas no puedo más que imaginar... Y bien, te sigo escuchando, Martita, que hablando de imaginar, imagino que algo más has de decirme.
—Así es, tío Antonio. Y esto que voy a contarte es lo que te ruego quede entre nosotros, porque no sé si mis padres podrían entenderme, o si les haría daño con mi sentir incontrolable, y daño nunca querría hacerles... —Antonio asintió—. Y es que no sé que me ha pasado, tiíto, no sé qué cosa ha pasado en mi interior. Que no sé si es cosa del corazón o de la cabeza, o del alma... o de lo que quiera la naturaleza humana, que es lo que quiera Dios, como siempre dice el padre Rafael. No sé qué ha cambiado dentro de mí, o más bien qué ha ido cambiando sin que yo me diera cuenta. Así como quien no quiere la cosa, poquito a poquito. Poquito a poquito, tío, siento que esta cosita que llevo dentro es parte de mí, tanto como el corazón y los pulmones y los brazos y las piernas... Pero es que lo que siento, tío, es que esta criaturita que llevo dentro de esta barrigota, más me importa que mi corazón y mis pulmones y mis brazos y mis piernas. Y estoy hecha un lío, tío Antonio, porque debiera odiarla y no la odio. Debiera desear parirla y entregarla al padre Venancio y olvidarme de ella para siempre, y lo que deseo es... verla nacer para abrazarla. Y... y no sé, tío Antonio, no sé qué hacer.
Marta bajó la cara y se la tapó con las manos. Lloraba, desconsoladamente. Antonio se sentó junto a ella, en la cureña del imponente cañón, ahora improvisado diván, y le pasó el brazo sobre los hombros, tratando de consolar su ansiedad.
—Es la naturaleza de la mujer, Marta. Vas a ser madre, o más bien ya lo eres, porque en tu vientre guardas una vida humana. El instinto maternal es más fuerte que el raciocinio voluntario. Lo que sentías y pensaste hace ocho meses, en la lógica de tu terrible experiencia, hoy se ve alterado por la fuerza inquebrantable del amor maternal. Ay, mi niña bonita, mi dulce Martita, a qué dura experiencia te está obligando la vida.
—¿Y qué hago, tío? ¿Y si entrego el niño en la misión y me arrepiento... con los años? Este hijo mío, ¿no merece tener una madre que lo ame y lo cuide y...?
—Cuando llegue el momento, Marta; cuando nazca, en ese instante, sabrás qué hacer. Estás en tu derecho a entregarlo a la misión y que otra mujer de las que allí son madres se ocupe de él y que allí lo eduquen los religiosos, que eso ya está hablado y bien se ocupará el padre Venancio. O por el contrario abrazarlo y amarlo el resto de tu vida. Esta criatura que llevas en tus entrañas es inocente de todo mal. Seguro que sabrás mirarlo con los ojos de la razón y con el corazón de una madre. Estoy seguro, sobrina. Y, no obstante, hagas lo que hagas, tu tío Antonio estará a tu lado. Siempre, Martita, estaré a tu lado.
—Mejor me siento, tío. Oh, tío Antonio, gracias por escucharme y por comprenderme y por tus palabras tan reconfortantes.
—¿Y se puede saber de qué lleváis tanto rato cotilleando? —preguntó, risueña como siempre, su hermana María, casi agotadas ya las fuerza de Canelo, que jadeaba cual moloso que era.
—De cuánto le pesa la barriga en tan avanzado estado —contestó Benavides.
—Pues no sabes cuánto se le hinchan los pies —dijo María, riendo—. Así, como un melón.
—Y la cabeza de escucharte, pesada —le dijo Marta, riendo también, con los ojos brillantes como luceros.
Aquellos ratos que Antonio Benavides pasaba con sus sobrinos adoptivos, en especial con Marta y cada vez más también con María, le suponían un bálsamo de incalculable valor. El Gobernador ocupaba todo el día en guardar el orden y resolver todos los entuertos derivados de la lejanía de aquellas tierras españolas —en absoluto autosuficientes— ansiadas por los británicos. Los barcos procedentes de Veracruz, imprescindibles para el abastecimiento de la Florida, eran atacados por corsarios ingleses o piratas franceses y holandeses en su mayoría. Los buques mercantes españoles fueron reforzados con infantería, cuyo cerrado fuego de mosquete fue determinante para repeler en muchas ocasiones el intento de abordaje pirata.
La mañana del 3 de febrero de 1721, cuando Benavides celebraba una reunión con los hermanos Lorenzo y Bonifacio Santana García y algunos vecinos en representación del pueblo de San Agustín, el ordenanza le entregó una misiva. En ella, Carmen le anunciaba que Marta estaba de parto. Benavides sintió unas ganas enormes de acercarse a casa de su amigo Paquito. Sin embargo, en aquel despacho se estaba tratando un asunto de máxima prioridad, y siempre consideraba que antes que la devoción debía estar la obligación. La cosecha de cereal había sido tan escasa ese año, que la población empezaba a pasar hambre. En esas circunstancias, acababa de fondear en la bahía un barco inglés con la intención de entregar ocho prisioneros españoles. Aquel buque iba cargado con cuatrocientos setenta y siete barriles de harina y veinte de bizcochos. La compra de aquel cargamento era una oportunidad única de sacar a los lugareños de la escasez que tanto daño les hacía. Los representantes del pueblo pedían al Gobernador que, a cuenta de Su Majestad, se comprase aquel vital cargamento. Así lo estimó Benavides, que a pesar del inmediato arribo de un buque español procedente de Veracruz, con una importante carga de harina, ante la sugerencia de los vecinos que hablaban con la estimable fuerza de la razón, consideró necesarias ambas partidas de cereal.
Paquito había subido y bajado las escaleras cincuenta veces esa mañana, pendiente del parto de su hija. Cuando los gritos de Marta se acrecentaban y se oían en la taberna, el padre volaba sobre los escalones dando trompicones, aferrándose a la barandilla para no caer, y con la lengua afuera asomaba la cabeza al cuarto de Marta y preguntaba lo mismo una y otra vez: «¿Va todo bien? ¿Ya está, ya ha nacido?», y la partera lo echaba sin contemplaciones. Carmen ayudaba a la partera, una mujer menuda de avanzada edad, llamada Ludivina, que había traído al mundo a cien criaturas. «Sólo se me han muerto doce, y porque ya venían mal, y nada se podía hacer... Y madres, las puedo contar con los dedos de una mano, y es que esas mujeres o eran ya muy viejas para parir o enfermaron estando preñadas y no aguantaron el esfuerzo de echar al mundo a la criatura, ¿y de eso quién tiene culpa?», aseguraba la mujer. A las dos horas de las primeras contracciones, una cabeza diminuta se asomaba al mundo. Con gran oficio, la partera tiró de ella, asiéndola de cada parte del cuerpo que iba saliendo del cálido vientre de su joven madre. Hasta que todo el cuerpecillo quedó al aire y tras él brotó el espeso líquido que le había envuelto durante nueve meses.
—Es niña —anunció Ludivina.
Marta gritó con entusiasmo en el último esfuerzo.
—No llora —dijo, alargando el cuello para ver a su hija, sollozando de alivio y de una alegría que no podía disimular.
Carmen no pudo evitar desear que la recién parida siguiera sin llorar. «¿Habrá nacido muerta?», se preguntó la reciente abuela, que por ello se sintió mal y confusa, al no dolerle aquella posibilidad.
—Verás si llora —dijo Ludivina, aferrando por los minúsculos tobillos a la niña, que colgando cabeza abajo, cual badajo de campana, recibió dos sonoras nalgadas. De súbito, la pequeña rompió a llorar, como queriendo anunciar al mundo que había llegado y que en él quería quedarse. Aquel canto agudo inundó la atmósfera de la habitación de Marta y su mundo entero.
Con maestría, entre llantos y risas nerviosas de la madre adolescente, la partera cortó el cordón umbilical y pinzó los extremos. Luego limpió el cuerpecito del recién nacido con un lienzo de algodón y envolvió a la pequeña en una manta chiquita.
—Todo ha ido bien —festejó la partera, que sostenía a la niña en los brazos—. Siempre va bien cuando la madre es una mujer sana y joven, como tú. Tiene todos los dedos de las manos y los pies... Nada, sana como una rosa...
—Quiero verla —exclamó Marta.
—Marta, hija mía, mejor será que no la veas —le dijo la madre.
—Quiero verla, madre, quiero verla —repetía Marta.
La niña lloraba y lloraba.
—Hemos convenido que la señora Ludivina se llevaría al niño nada más nacer a la misión. Eso acordamos con el padre Venancio. Allí le espera una indígena que amamanta a su hijo, ella se ocupará de la niña. Eso convinimos, Marta, y eso haremos —concluía Carmen, tajante, seria, inquieta, angustiada.
La niña seguía llorando.
—Quiero verla, madre, sólo una vez... —repitió Marta, con los ojos inundados de lágrimas.
—Eso no es lo que acordamos, Marta —insistió Carmen.
La recién nacida lloraba aun más, en los brazos de la partera.
—¿Por qué llora tanto? —inquirió Marta, con suma desazón.
La partera miró a Carmen, pidiéndole permiso con los ojos para dejar al bebé en los brazos de su madre. Carmen negó con la cabeza.
—¡Es mi hija y quiero verla... y abrazarla! —gritó Marta, con tal convicción, que Ludivina, sin pensarlo, puso a la niña en los brazos de la madre, ante la atónita expresión de Carmen, desesperada porque aquella criatura abandonara la vida de su hija, de una vez para siempre.
Marta abrazó a la pequeña y la besó en la frente. La niña lloraba. A Marta le parecía aquel agudo llanto un canto angelical, la más bella música que jamás había escuchado.
—Tiene hambre —dijo Marta—. Tiene hambre, mi niña —repitió.
—Ya está, ya la has visto —dijo Carmen—. Cuanto antes se la lleve Ludivina, antes será alimentada.
La niña lloraba, con más ímpetu. Marta sintió el irrefrenable impulso de amamantar a su hija, que acercaba la boca al pecho de su madre, cual más grande milagro de la vida. Carmen trató de arrebatar a la nieta de los brazos de su madre.
—No hagas eso —le recriminó Ludivina, interponiéndose—. Ahora ya no... Deja que la niña tome el pecho... y luego me la llevaré.
Paquito asomó la cara, expectante, nervioso; junto a él, María, Candelaria y Belarmino, callados como nunca, atentos al inmediato acontecer. Caridad, ya casada con Luis Palacios hacía cuatro meses, llegaba en ese instante.
—Es niña —le informó María, cual portavoz familiar.
Caridad observó al bebé mamar con ansia del pecho de Marta y a ésta sonreír, contemplando embelesada a su hija recién nacida. «Esa niña no abandonará esta casa. Ahora ya no», se dijo para sí la cubana, adivinando lo que allí acontecía. Paco se emocionó ante tan bella estampa, sin percatarse de la situación que tensionaba los nervios de su esposa. Caridad sí leyó en los ojos de Carmen su ansiedad. Marta sentía cada succión de la boca de su hija como el palpitar de su corazón. En ese instante no pensaba en nada más. Sólo sentía. Y sentía un amor por la hija recién nacida que nunca antes había experimentado ni imaginaba que se podría sentir.
Al rato, la pequeña dejó de mamar, satisfecha y feliz, cálidamente acomodada junto al pecho de su madre, que la abrazaba sin dejar de sonreír. Carmen se acercó a Marta y tendió los brazos con la intención de coger al bebé. Marta se aferró a su hija y negó con la cabeza. Muy seria. Ella era la madre y ella decidiría. Y había decidido.
—Ludivina debe llevarse a la niña... ahora...—decía Carmen, tan seria como Marta, con un rictus que sorprendió a Paquito, que nunca había visto semejante tensión en el rostro de su esposa.
Carmen hizo señas a Ludivina para que cogiera a la niña. La partera se acercó a Marta y trató de sujetar al bebé.
—No, madre, no... ¡No quiero que se lleven a mi hija! —exclamó Marta, apretando a la niña contra su pecho.
—Eso habíamos... convenido... Marta —repitió Carmen, mirando a su hija y luego a su esposo.
Carmen recordó en ese instante las conversaciones que mantuvo con su Paquito sobre el futuro del hijo de Marta. «Me martiriza pensar que Marta lleva en su vientre al hijo de ese monstruo, ese asesino hijo de una ramera. Esa mujer que murió de aquella horrible forma. ¡Era una bruja, Paquito, era una bruja! ¡Oh, Paco, ese niño lleva sangre de esa mujer horrible y de ese criminal!», le había dicho a su esposo en multitud de ocasiones, de una u otra manera, a modo de desahogo. Ahora, esa criatura estaba en los brazos de su hija, que la abrazaba con pasión.
—Martita... hija... —decía el padre, sin saber cómo actuar.
—No, padre, no... Es mi hija, es mi hijita, es inocente, padre, ella es inocente...
Ludivina miró a Carmen, sin saber qué hacer. La niña volvió a llorar. Marta la besó en la frente, en la cara, en la boca, de nuevo en la frente, sonriendo con una luz indescriptible en sus ojos.
—Mi niña, mi niña, que bonita eres; hija mía, niña mía, hija de mi corazón —más que decir, casi cantaba Martita.
—Paco... ¡es la hija del bastardo que la violó! —le dijo Carmen a su esposo, casi al oído, luego de sacarlo por un brazo de la habitación, para evitar que Marta la oyera.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que se la arranque de los brazos a la fuerza? Mírala... Mira a tu hija... No vamos a hacerle sufrir más —concluyó el abuelo, acercándose a su esposa y abrazándola—. Yo te entiendo, Carmen... Pero es su hija... Marta siempre ha tenido ese corazón inmenso, tan inmenso que su amor por la hija que ha llevado en su vientre puede más que el desprecio y el odio que haya sentido por aquel canalla... ¿Qué podemos hacer, Carmen, esposa mía? ¿Qué podemos hacer más que aceptar los deseos de nuestra hija, que es la madre de esa niña? Así lo quiere ella... y así lo quiere Dios. Sólo nos queda estar con nuestra hija en estos cruciales momentos de su vida, como así ha sido hasta hoy. Sólo nos queda eso, Carmen.
Nunca se había sentido Carmen tan aturdida y desconcertada, tanto que ni siquiera había atendido a las palabras de su esposo. «Debía haberle dado a tomar las hierbas que conoce Caridad... y todo hubiera concluido hace nueve meses», pensaba entre una maraña de incertidumbre, miedo y confusión. «Al menos ha nacido hembra y no varón...», murmuró mirando a Paquito, que la miraba a su vez, tratando de hacerse a la idea del nuevo rumbo que había tomado aquel acontecimiento de tan alta transcendencia.
Entre tanto, Marta miraba a su hija, abriendo las puertas a su nueva vida, preguntándose cómo podía sentir por aquella diminuta criatura aún más amor del que ya sintió cuando la llevó dentro de sí. Un impulso irrefrenable la empujaba a protegerla, a ampararla de cualquier mal. De pronto gritó con júbilo:
—Madre, se llamará Carmen, como tú, como su abuelita... Carmencita. ¡Mi niña se llamará Carmencita!
Carmen miró a su hija al escuchar sus palabras. Y en ella vio una bondad infinita. Contempló en la expresión de su cara, en la luz de sus ojos la absoluta ausencia de rencor. Carmen no pudo más. Llegó hasta su primogénita y la abrazó con alborozo, a ella y a su nieta, entre sollozos contenidos muy dentro de sí los últimos meses. Entonces se sintió bien; al fin se sintió bien. De súbito, la maldita punzada en el pecho había desaparecido.
En una radiante mañana, una semana después de ver la luz, en la iglesia de la misión de San Agustín, el padre Augusto bautizaba a la recién nacida, que se llamaría Carmen Antonia.